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Ciclo del Centro Galáctico I
Planeta menor 1.566. Tenía la órbita elíptica más excéntrica de todos los asteroides conocidos (e = 0,83), el eje semi-mayor de menores dimensiones (a = 1,08) y era el que pasaba más próximo al Sol (28.000.000 de kilómetros). Lo descubrió en 1949 Walter Baade, del Observatorio de Monte Palomar. Su órbita se extendía desde el exterior de la de Marte hasta el interior de la de Mercurio y podía aproximarse 800 metros y un período de rotación de unas dos horas y media. La órbita inusitada sólo despertó escaso interés hasta junio de 1997, cuando Ícaro empezó a emitir súbitamente un penacho de gas y polvo. Puesto que al parecer se trataba de un asteroide Apolo típicamente rocoso, esta transformación en un cuerpo semejante a un cometa conmocionó al mundo de la astronomía. La peculiaridad despertó gran preocupación en octubre de 1997,cuando los cálculos demostraron que el impulsotransferido a la cola disparada del cometa estaba alterando la órbita de Ícaro. Esta perturbación orbital podía determinar que, al cabo de pocos años, una parte del cometa chocara con la Tierra. El impacto del gas tenue sería inofensivo. Pero en esas circunstancias la cabeza del cometa Ícaro permanecía oculta y algunos especialistas en el tema conjeturaban que podía conservar un núcleo sólido, en cuyo caso…
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Ícaro
En la leyenda griega, hijo de Dédalo. Después de que Dédalo, arquitecto y escultor, construyó el laberinto para el rey Minos de Creta, perdió la confianza del monarca. Fabricó, para sí y para Ícaro, unas alas de cera y plumas, y huyó a Sicilia. Sin embargo, Ícaro se acercó demasiado al Sol y sus alas se derritieron, debido a lo cual cayó al mar y se ahogó. La isla en la que el mar depositó sus restos fue bautizada posteriormente con el nombre de Icaria. A menudo se invoca la leyenda como símbolo de la búsqueda de conocimientos y nuevos horizontes a cualquier precio. La obra maestra de Van Hoven, Icarus Descending (1997) alude a Ícaro como paradigma de la decadencia del predominio cultural de Occidente…
1
Descubrió la montaña voladora por su sombra.
Delante, un velo turbulento de polvo atenuaba el resplandor del Sol, y Nigel vio por primera vez a Ícaro en la punta de un penetrante dedo de sombra, entre las nubes.
—Aquí está el núcleo —anunció por la radio—. Es sólido.
—¿Estás seguro? —preguntó Len. Su voz, filtrada por la estática crepitante de la radio, sonaba atiplada y lejana, a pesar de que el módulo Dragón esperaba a sólo mil kilómetros de allí.
—Sí. Algo muy voluminoso proyecta una sombra a través del polvo y la cabellera.
—Voy a hablar con Houston. Volveré dentro de un segundo, amigo.
Un zumbido embotó el silencio. Nigel sentía la boca fofa llena de algodón: era la mezcla de miedo y excitación lo que le producía la sensación de tener la lengua tumefacta. Enderezó su módulo hacia el cono de sombra que apuntaba directamente adelante, hacia el Sol, y corrigió el control de altura. Un guijarro rebotó contra la sección de popa.
Entró en el cono de sombra. El Sol palideció y después titiló cuando, a proa, una mancha de crecientes dimensiones atravesó su faz. Nigel siguió a la deriva, bañado en el resplandor amarillo. La corona flameaba y brillaba alrededor de una dura pepita negra: Ícaro. Él era el primero que veía el asteroide desde hacía más de dos años. La flamante capa de polvo y gas había ocultado el centro sólido a los observadores de la Tierra.
—Nigel —dijo apresuradamente Len—, ¿a qué velocidad te aproximas?
—Es difícil determinarla. —La pepita había crecido y ahora tenía la dimensión de una moneda de cinco centavos de dólar sostenida a un brazo de distancia—. Me desplazo hacia el costado, fuera de la sombra, por si arremete a demasiada velocidad.
Dos esquirlas de piedra chocaron contra el fuselaje con un ruido hueco. Allí el polvo parecía más espeso e Ícaro sangraba fragmentos dispersos para engendrar la cola.
—Sí, eso es lo que acaban de sugerir desde Houston. ¿Alguna lectura de campo magnético?
—No… espera, acabo de detectar una. Quizás… oh…una décima de gauss.
—Aja. Será mejor que lo comunique a Houston.
—De acuerdo. —Se le crispó ligeramente el estómago. «Ha llegado la hora», pensó.
La moneda negra creció. Alejó aún más el módulo del borde del disco, para conservar un margen de seguridad. Una descarga de los reactores de dirección redujo la velocidad. Estudió con el telescopio menor el borde irregular de Ícaro, pero el blanco fulgurante del Sol difuminó los detalles. Sintió que su corazón palpitaba dentro del traje que le constreñía.
Un clic, un poco de estática.
—Aquí Dave Fowles, en Houston, Nigel, comunicando vía Dragón. Enhorabuena por su contacto visual. Queremos verificar esta fuerza del campo magnético: ¿puede transmitir el registro automático?
—Entendido —respondió Nigel. Las conversaciones con Houston se retrasaban: la demora era de varios segundos, a pesar de que las ondas de radio viajaban a la velocidad de la luz. Accionó los interruptores y se oyó un «bip» agudo—. Listo.
El borde del disco arremetió hacia él.
—Voy a rodearlo, Len. Es posible que la comunicación quede cortada durante un rato.
—Muy bien.
Sobrevoló la nítida línea crepuscular y se topó con la luminosidad del Sol. Abajo vio la escoria calcinada de un mundo. Las pequeñas protuberancias y los valles poco profundos proyectaban sombras bajas, y en todas direcciones la roca tenía un color negro parduzco, Ícaro estaba tan cocinado como si lo hubieran ensartado en un asador: a consecuencia de su órbita muy elíptica, dos veces por año pasaba tan cerca del Sol como el mismo Mercurio.
Nigel coordinó velocidades con la roca rodante y activó una serie de experimentos automáticos. Las luces del panel parpadearon y en la atestada cabina se oyó un apacible ronroneo, Ícaro giraba lentamente bajo la luz blanca del Sol, semejante a la de un arco voltaico y parecía desolado y escabroso… sin que nada reflejara su condición de instrumento de muerte, capaz de aniquilar a millones de seres humanos.
—¿Me oyes, Nigel? —preguntó Len.
—Sí.
—Ya he salido de tu zona de interferencia radial. ¿Qué aspecto tiene?
—Pétreo, tal vez con un poco de níquel y hierro. Sin rastros de nieve ni de estructuras conglomeradas.
—No es extraño. Ha estado asándose durante miles de millones de años.
—¿Entonces de dónde salió la cola del cometa? ¿Cómo se explica la cabellera?
—Afloró una veta de hielo, o quizá se abrió una grieta en la superficie… Ya sabes qué es lo que nos dijeron. Cualquiera que fuese la sustancia, probablemente ya se ha evaporado por completo. Han transcurrido dos años, y con eso basta.
—Parece rotar… hummm, lo mediré… aproximadamente cada dos horas.
—Aja —asintió Len—. Es lo que faltaba.
—Si fuera algo menos que roca sólida no soportaría tanta fuerza centrífuga, ¿no te parece?
—Eso dicen. Quizás Ícaro es el núcleo de un cometa consumido y quizá no… Es una roca, y ahora eso es lo único que nos interesa.
Nigel sintió un sabor amargo en la boca. Bebió un poco de agua, revolviéndola entre los dientes.
—Tiene alrededor de un kilómetro de diámetro y es casi esférico, sin muchos detalles visibles en la superficie —comentó lentamente—. No hay cráteres nítidos, pero sí algunas depresiones circulares poco profundas. Quién sabe, es posible que el ciclo de calentamiento y enfriamiento que se produce cuando pasa cerca del Sol sea un buen mecanismo erosivo.
Lo dijo mecánicamente, mientras trataba de olvidar su ligero desencanto. Nigel había alimentado la ilusión de que Ícaro fuera un conglomerado de hielo en lugar de una roca, aunque sabía que la inmensa mayoría de las pruebas indirectas se acumulaban en contra de esa hipótesis. Junto con unos pocos astrofísicos había esperado que la cabellera de 1997 —una brillante cola anaranjada de treinta millones de kilómetros de longitud que flameó y danzó e iluminó el cielo nocturno de la Tierra durante tres meses— marcara el fin de Ícaro. Ningún telescopio, ni siquiera el del Skylab X orbital, había conseguido sondear la nube de polvo y gas que se dilataba y ocultaba el punto donde había estado el asteroide Ícaro.
Una serie de científicos argumentaba que la eterna lluvia de partículas procedentes del Sol —el viento solar— había erosionado una costra pétrea, y que el núcleo subsistente de hielo había entrado en súbita ebullición, formando la cabellera. Por tanto, no perduraba ningún núcleo. Pero la mayoría de los astrónomos dudaban que hubiera habido hielo en el centro de Ícaro. Probablemente la mayor parte del asteroide rocoso sobrevivía en algún repliegue de la nube de polvo.
La National Aeronautics and Space Administration disfrutaba con la controversia y esperaba que en esas condiciones fuera más fácil obtener fondos para una futura expedición a Ícaro. La cola enroscada y abierta como un abanico era más brillante que cualquier otra posterior al cometa Halley. La gente la veía, incluso a través de la atmósfera contaminada de las ciudades. Era noticia.
Pero en el invierno de 1997 la composición de Ícaro se convirtió en algo más que un problema transitorio, académico. El chorro de gas que brotaba de la cabeza de lo que ya era el cometa Ícaro pareció desviarlo. La nube de polvo se desplazaba en sentido ligeramente oblicuo al seguir la vieja órbita de Ícaro, y era lógico suponer que si perduraba un núcleo, éste se hallaba cerca del centro de la nube errante. La desviación era pequeña. Era difícil practicar mediciones exactas y subsistieron algunas dudas. Pero a mediados de 1999 quedó demostrado que el centro de la nube y lo que restaba de Ícaro entrarían en colisión con la Tierra.
—Len, ¿cómo lo ves desde tu punto de observación? —preguntó Nigel.
—Muy borroso. El polvo dificulta la visual. A través de la nube, el Sol aparece de un color aguachento. Estoy muy alejado de la trayectoria, para separar tu imagen radial y de radar de las del Sol.
—¿Dónde estoy yo?
—Justo en el lugar ideal, en el centro del polvo. Rumbo a Bengala.
—Ojalá no.
—Sí. Eh… aquí recibo una transmisión de Houston para ti.
Otra breve pausa poblada de zumbidos mientras el acribillado mundo negro giraba a sus pies. Nigel se preguntó si estaba compuesto del material primigenio del sistema solar, como alegaban los astrofísicos, o si era el centro de un planeta fragmentado, como proclamaban estentóreamente las revistas de divulgación. Él había alimentado la esperanza de que fuera una bola de nieve de metano y agua congelada, que se desintegraría al llegar a la atmósfera terrestre… poblando tal vez el cielo de chorros de luz azul y anaranjada y dispersando una aurora alrededor de todo el mundo, pero sin causar daños.
Miró el mundo de escoria que lo había defraudado al ser tan concreto, tan letal. Las cámaras automáticas se disparaban metódicamente, revelando sus protuberancias y depresiones fortuitas. En la cabina había un penetrante olor a metal caliente y sudor rancio. Ahora, nada de paseos despreocupados y expediciones de prospección, nada de mediciones, nada de recolecciones de muestras. No había tiempo.
—Nuevamente Dave, Nigel. Los campos de fuerza magnética lo confirman, amigo. Níquel y hierro. Ochenta por ciento de pureza, o más. A juzgar por las dimensiones, calculamos que la roca tiene una masa de aproximadamente cuatro mil millones de kilogramos.
—Correcto.
—Las mediciones de radar de Len también nos han ayudado a determinar la órbita con más precisión. Esa bola de roca que estás mirando caerá en medio de la India, tal como habíamos previsto. Yo…
—Quieres que nos dediquemos al comercio de aves—le interrumpió Nigel.
—Sí. Pon el Huevo.
Nigel encendió un panel de monitores.
—Inicio el proceso de activación del Huevo —dijo Nigel mecánicamente, mientras observaba las secuencias luminosas.
—Buena suerte, amigo —intervino Len—. Será mejor que busques un lugar para depositarlo. Disponemos de mucho tiempo. Llámame si necesitas ayuda —agregó, aunque ambos sabían muy bien que Len no podía introducir el módulo Dragón en la nube sin perder momentáneamente casi todas las comunicaciones con Houston.
Nigel dedicó una hora a activar el dispositivo de fusión de cincuenta megatones que cabalgaba pocos metros más atrás de su cabina. Recitó la jerga —controles de redundancia, norma del brazo de seguridad, verificación de perfil— sin apartar totalmente la atención de la superficie calcinada que tenía a sus pies. Transcurrido ese lapso divisó lo que había previsto: una fisura mellada en el borde de Ícaro que correspondía al naciente.
—Creo que he encontrado la grieta —anunció—. Tiene más o menos la longitud de un campo de fútbol, y quizá diez metros de ancho en algunos puntos.
—¿Una fractura? —preguntó Len—. Quizás el cuerpo se está desintegrando.
—Es posible. Sería interesante ver si hay otras, y si forman una configuración específica.
—¿Qué profundidad tiene?
—Aún no la puedo medir. El fondo está en la sombra.
—Si dispones de tiempo… Espera, Houston quiere volver a comunicarse contigo.
Una pausa. A continuación:
—Estamos muy satisfechos con la telemetría que nos envías, Nigel. Aquí en Control tenemos la impresión de que el Huevo está listo para volar.
—Hay que empollarlo antes de que pueda volar.
—Tienes razón, muchacho. Me has dado una lección —exclamó Dave con un tono súbitamente exuberante y jovial.
Otra pausa, y después Dave habló con voz redondeada, modulada:
—Sabes, me gustaría mostrarte las imágenes tridimensionales de las multitudes que rodean esta instalación, Nigel. El tránsito está bloqueado en un radio de veinte kilómetros, hay gente por todas partes. Creo que esto ha cautivado la imaginación de la humanidad, Nigel. Una noble iniciativa…
Se preguntó si Dave sabía cómo sonaba eso. Bien, probablemente lo sabía: todo astronauta estaba asociado a la Mutualidad de Actores.
Hizo una mueca cuando, un momento después, la voz untuosa describió el sudado apiñamiento de cuerpos alrededor de la NASA, en Houston; los ataques de insolación y los partos en medio de la muchedumbre expectante, las ondulantes rondas litúrgicas de los Nuevos Hijos, sus vigilias nocturnas en torno a las hogueras de llamas repuntes, aceitosas. Ese hombre era un experto sin lugar a dudas. Los millones de escuchas indiscretos creían haber sorprendido un diálogo veraz: una comunicación directa entre Houston e Ícaro era algo serio. Pero en realidad, el parlamento de Dave había sido cuidadosamente ensayado y recitado.
—¿Deseas hablar con alguien aquí en la Tierra, Nigel, mientras te tomas un descanso?
Contestó que no, que no quería hablar con nadie. Sólo le interesaba contemplar a Ícaro en plena rotación, estudiar la fisura. Y al mismo tiempo imaginaba a sus padres en su apartamento desordenado, anhelaba charlar con ellos, recordaba la forma balbuceante, torpe, en que había tratado de explicarles por qué hacía eso.
Ellos aún vivían en ese amado mundo muerto donde el espacio era sinónimo de investigación, que a su vez era sinónimo de verdad objetiva. Sabían que lo habían entrenado para programas que no se habían materializado nunca. Había sumado horas en órbita desempeñándose como un excelso mecánico, y eso les había parecido estupendo.
Pero esto. No entendían cómo había aceptado una misión que no prometía nada, excepto la posibilidad de colocar una bomba si tenía éxito, y de morir si fracasaba. Una misión embrollada, tramposa, exasperada, con un sesenta por ciento de probabilidades de malograrse, según decían los analistas de sistemas.
Habían emigrado de Inglaterra siguiendo a su hijo cuando a éste lo habían seleccionado para el programa norteamericano-europeo, en la etapa más ardua de su último año de estudios en Cambridge. En su condición de científico sin una especialización determinada había parecido el sujeto adecuado, con buenas aptitudes físicas —jugador de squash, de fútbol, piloto aficionado, simpático, dócil (al fin y al cabo era británico, dichoso de tener una carrera)— y presentable. Cuando exhibió reflejos excepcionales, se desenvolvió correctamente en su entrenamiento de vuelo y fue incluido en el programa abortado de Marte, sus padres se sintieron satisfechos: habían recibido una justa recompensa por sus sacrificios.
Pensaron que Nigel sería el pionero de la nueva era de exploración lunar. Esto justificaría su emigración de una Inglaterra aletargada y confortable a ese circo tecnocrático que parecía filmado en tecnicolor.
De modo que cuando se produjo la contingencia Ícaro, le preguntaron: ¿por qué arriesgar sus años de Cambridge, su astronáutica, en el vacío que separaba a Venus de la Tierra?
¿Y él qué respondió…?
Nada, en verdad. Siguió sentado en la mecedora bostoniana, zarandeándose impacientemente, y habló de trabajo, de planes, de la familia, de la Segunda Depresión, de política. Poco era lo que recordaba de los argumentos de ellos. Sólo la vaga cadencia de sus voces. En la memoria, sus padres se confundían en una sola persona, con un lerdo acento de Suffolk que, rememoraba Nigel, había llenado su adolescencia. Su propia voz nunca podía aterrizar en esas vocales suaves: él nunca podría ser como ellos. Eran un ente autónomo y, aunque él fuera su hijo, permanecía fuera de un perímetro tácito que dibujaban en torno a sus vidas. Dentro de esa curva estaban la certidumbre, las formas claras.
Su sala de estar contenía bolsones de aire, sectores que olían a té dulce o a encuadernaciones mohosas o a flores en tiestos: elementos más sustanciales que las palabras de él. Allí, en la húmeda y vieja casa de sus padres, el mundo nervioso, abigarrado, de Nigel, se desmoronaba, y a él también le resultaba difícil creer en las masas humanas que se hacinaban en las ciudades, emporcándolo todo y borrando, como esponjas, lo mejor que alguien pudiera hacer o planear para ellas.
Había poquísimos fondos para la investigación, para las nuevas ideas, para los sueños. Pero sus padres no se daban cuenta de esto. Su padre meneaba la cabeza un milímetro hacia cada lado mientras Nigel hablaba, y el anciano probablemente ni siquiera tenía conciencia de que traicionaba su reacción. Cuando Nigel terminó de describir el plan de la misión Ícaro, su padre le dirigió a su madre una de esas miradas indescifrables y después le aconsejó muy serenamente a Nigel que rechazara la misión, que esperase algo mejor Seguramente se presentaría otra oportunidad.
Sí, seguramente. Desde el interior de su perímetro lo veían con mucha claridad. Él aún no les había dado una nuera, ni nietos, y durante los últimos años había pasado muy poco tiempo en casa. Todo esto estaba latente en el milimétrico ademán de su padre, y Nigel se prometió que cuando la misión Ícaro terminara definitivamente los visitaría más a menudo.
Su padre, que obviamente estaba versado en la materia, mencionó las misiones de refuerzo no tripuladas. Las sondas reboticas, armadas con una serie de dispositivos nucleares. ¿Por qué Houston no podía confiar exclusivamente en ellas? Nigel, satisfecho de pisar terreno concreto, le explicó que se trataba de una cuestión de probabilidades.
Pero, a pesar de lo que decían los informes de la comisión, sabía que las probabilidades eran muy inciertas. Quizás un hombre era mejor, ¿pero quién podía afirmarlo con certeza? Aunque sólo los hombres pudieran explorar el núcleo de Ícaro, en medio de tanto polvo, ¿por qué debía ser Nigel el encargado? Las respuestas eran fáciles: porque era joven, porque tenía buenos reflejos y, finalmente, porque no quedaban muchos hombres capacitados para ello. Nigel no dijo ni una palabra de esto mientras impulsaba la mecedora, bebía té, y murmuraba en medio de la estratificada atmósfera estancada de la vieja casa. Fuera como fuese, iría. Sus padres lo sabían. Y esa última velada concluyó en silencio.
Mientras volaba de regreso al hormiguero de Houston, cogió el único volumen que había descubierto en la biblioteca de su viejo dormitorio y que había llevado impulsivamente consigo. Las amarillentas tapas duras estaban resquebrajadas, y las páginas estaban endurecidas y manchadas por los accidentes de la adolescencia. Recordó que, poco después de presentar su candidatura para el programa norteamericano-europeo, lo había leído con la intención de explorar la mentalidad norteamericana. Hojeó escenas conocidas y cerca del final encontró el único pasaje que había aprendido involuntariamente de memoria.
Y entonces, Tom, él habló y habló y dijo, larguémonos los tres de aquí una noche y cojamos lo necesario y vayamos en busca de aventuras delirantes entre los indios, en el territorio, durante un par de semanas o más tiempo; y yo dije, muy bien, conforme…
Reclinado en el asiento curvo del avión, sintió que se parecía más a Huck Finn que al europeo calculador con el que le identificaban los demás.
Irrumpió la voz de Dave Fowles.
—Tenemos una nueva estimación de los daños que producirá el impacto, Nigel. Es muy inquietante.
—Oh.
—Dos millones seiscientos mil muertos. Daños periféricos en un radio de cuatrocientos kilómetros alrededor del punto de colisión. No afectará a ninguna de las grandes ciudades de la India, pero sí a centenares de aldeas…
—¿Qué hay respecto a la hambruna?
Dave suspiró.
—Es peor de lo previsto. Supongo que apenas se filtro la noticia de que Ícaro podía estrellarse, todos los pequeños agricultores abandonaron sus cultivos y empezaron a prepararse para la vida en el más allá. Esto sólo sirvió para agudizar la falta de alimentos. La ONU calcula que dentro de seis meses habrá varios millones de muertos, y los víveres que enviamos por avión no modificarán la cifra. Nuestros sociómetras opinan lo mismo.
—¿Y la evacuación del área de impacto?
—Marcha mal. Sencillamente se resignan y no dan un paso —dijo Herb—. Debe de ser a causa de su religión o algo semejante. No lo entiendo, de verdad, no lo entiendo.
Nigel reflexionó y algo vibró en él.
—Se me ocurre una idea —dijo—. ¿Puedo hablar?
—Cómo no, acabamos de pasar a la comunicación privada, Nigel. Las cadenas no captan esto. Habla.
—Voy a implantar el Huevo después de este período de descanso, ¿no es cierto? El campo magnético prueba que este cuerpo es de metal sólido. Es inútil esperar.
—Correcto. El jefe de la misión acaba de confirmármelo. El comienzo de tu descenso está previsto para dentro de unos trece minutos.
—De acuerdo. Se trata de lo siguiente: quiero implantar el Huevo en la grieta que he encontrado. Es una fisura larga e irregular. El Huevo nos dará una mejor transferencia de impulso si estalla en una fosa, y ésta parece muy profunda.
Un susurro de estática marcó el transcurso del tiempo. Una diminuta faceta de Ícaro le envió un fugaz destello blanco y desapareció. Nigel estaba ansioso por explorarlo, por extraer una muestra. Se sentía suspendido debajo del Sol blanco.
—¿Qué profundidad calculas? —preguntó Dave con tono cauteloso.
—He observado el desplazamiento de las sombras a medida que la fisura rota bajo el Sol. Creo que el fondo debe de estar a unos cuarenta metros, por lo menos. Así aprovecharemos mejor la potencia del Huevo. Y al mismo tiempo podré recoger algunos especimenes interesantes —concluyó débilmente.
—Te contestaré dentro de un minuto.
Len interrumpió la espera subsiguiente.
—¿Crees que podrás apañarte? Tal vez sea difícil acoplar el dispositivo si no tienes suficiente espacio de maniobra.
—Si no puedo bajar al fondo lo dejaré colgado. En la superficie el Huevo ni siquiera pesará un kilo. Podré colgarlo de la pared de la fisura como si fuera un cuadro.
—De acuerdo. Ojalá acepten.
Y entonces llegó la comunicación de Houston.
—Autorizamos desembarco cerca del borde. Si la fisura es suficientemente ancha…
Ya estaba preparando el abordaje.
2
Era un mundo de líneas rectas, desprovisto de parábolas serenas. Posó lentamente su módulo —finos vástagos radiales, cilíndricos, para conservar la estabilidad, un perfil de insecto rematado por un receptáculo globular que era el Huevo— observando la pantalla del radar. Era difícil vislumbrar en ese mundo-guijarro el potencial necesario para abrir en la Tierra un cráter de cuarenta kilómetros de diámetro. Parecía torpe, inerte.
—¿Estás seguro de que no necesitas ayuda? —preguntó Len.
Nigel sonrió y su rostro moreno se cubrió de finas arrugas.
—Sabes que en Houston no nos permitirán cortar el contacto. Es posible que la antena de alta capacidad del Dragón no funcione en medio de todo este polvo, y…
—Lo sé —dijo Len—, y si ambos estamos en la cara de Ícaro que mira al Sol, la Tierra estará en mi zona de interferencia radial. Estupendo. Sólo te pido que me llames si…
—Por supuesto.
—No lo dejes escapar, chico.
La superficie accidentada aumentó de volumen. Voló hacia la línea de naciente y las pequeñas depresiones y los ángulos aparecieron con más nitidez. Los cohetes de dirección murmuraban a sus espaldas. Se concentró en las distancias y en las velocidades relativas, y en la activación de las cámaras automáticas, hasta quedar flotando directamente sobre la fisura. Hizo girar el módulo para tener una imagen más clara y se aproximo.
—Es más profundo de lo que pensé. Tengo una perspectiva de cincuenta metros y la boca es muy ancha.
—Eso parece alentador—comentó Dave.
Sin esperar más instrucciones, descendió con el módulo hasta la abertura de la grieta. Las piedras calcinadas se aproximaron, piedras marrones que habían virado al negro, allí donde se habían cocinado insignificantes vestigios de gas.
Sus auriculares chasquearon y crepitaron.
—Estoy perdiendo tu telemetría —anunció la voz de Len.
Nigel detuvo el módulo.
—Escucha, Len, no puedo introducirme más sin que la roca te interfiera.
—No debemos perder el contacto.
—Bien…
—Quizá deba acercarme.
—No, evita el polvo. Desplázate hacia el Sol y a mis espaldas…, allí siempre habrá un cono de buena recepción.
—Muy bien, allá voy.
—Escuchad, muchachos —intervino Dave—, si tenéis dificultades quizás habrá que conformarse con…
Nigel le desconectó. Estaban derrochando minutos.
Rotó el módulo para sacar una serie completa de fotos.
Ícaro era una colina desigual y redonda que se curvaba en todas las direcciones de su campo visual. Los montículos bruñidos y las grietas conformaban una geografía diminuta, y parecían mayores de lo que eran a medida que el ojo trataba de compaginarlos en una perspectiva familiar.
Echó una mirada al reloj. Había pasado suficiente tiempo. Accionó el interruptor y volvió a oír el bordoneo de la estática.
—¿Cómo marcha eso, Len? —preguntó.
—Eh, ¿tienes problemas de transmisión? Te he perdido durante un minuto.
—Quería reflexionar.
—Oh. Dave dice que en la base lo están pensando mejor.
—No me extraña. Pero no están aquí arriba, ¿no es cierto?
Len lanzó una risita.
—Supongo que no.
—¿En qué punto de la curva estás? ¿Listo para mi entrada?
—Casi. Necesitaré algunos minutos. ¿Qué aspecto tiene eso?
—Muy lúgubre. Me pregunto por qué Ícaro es casi esférico. Esperaba encontrar algo mellado.
—No puede ser por efecto de la fuerza de la gravedad.
—No, la que hay no es suficiente como para retener un guijarro. Todo está pelado, sin un rastro de escoria.
—Quizá la erosión solar ha redondeado todo el asteroide.
—Voy a entrar —dijo Nigel bruscamente.
—Muy bien. Creo que desde aquí te puedo seguir el rastro.
La rotación de Ícaro había acercado la pared izquierda. Desplazó nuevamente el módulo hacia el centro, mientras recordaba la primera vez que había leído en un olvidado texto escolar que la Tierra rotaba. Durante muchas semanas vivió convencido de que cada vez que se caía ello se debía a que la Tierra se había movido debajo de él sin que lo notara. Le había parecido prodigioso que todos consiguieran mantenerse en pie cuando era obvio que la Tierra intentaba derribarlos.
Sonrió e introdujo el módulo.
Las mandíbulas de piedra bostezaron alrededor de él. Sobre las rocas quemadas brillaban fragmentos dispersos de algo semejante a la mica. Nigel se detuvo a mitad del trayecto y dirigió los focos hacia arriba para estudiar la cara inferior de una cornisa. Era áspera, pardusca. Se deslizó hacia la pared de la fisura y desplegó una pinza mecánica articulada. Sus dientes mordieron limpiamente con un chasquido sordo y se llevaron unos pocos kilos de piedra disecada. Len le habló; Nigel contestó con monosílabos. Volvió a desviar el módulo hacia abajo, introduciéndose cuidadosamente en la oscuridad silenciosa. Utilizó un receptáculo adosado al fuselaje de la nave para almacenar la muestra, e introdujo otras pocas paladas de rocas en distintos compartimientos.
Estaba casi en el fondo cuando la vio.
El piso era un cúmulo de rocas que se alzaban sobre charcos de tinta. Nigel no podía distinguir los detalles. Dirigió los focos hacia abajo.
Una grieta profunda recorría el centro del suelo escabroso. Medía aproximadamente cinco metros de ancho y era totalmente negra.
A intervalos regulares asomaban de la grieta unos elementos angulares, carbonizados y embotados. Algunos despedían reflejos centelleantes, como si estuvieran parcialmente fundidos y derretidos.
Nigel se aproximó en un vuelo rasante.
Uno de los elementos era una larga faja enroscada de un metal semejante al cobre que describía una trama de espirales, intrincada y retorcida.
La miró en medio del silencio. El tiempo pasaba.
A diez metros de allí, una forma abollada que había sido cuadrangular estaba encajada en la grieta, como si un intenso vendaval la hubiera desprendido parcialmente. No era la única. Nigel las fotografió.
Hacía un rato que Len le llamaba.
Cuando Nigel hubo terminado su exploración, pulsó un botón para transmitir y dijo:
—Tendremos que rehacer todas las hipótesis, Len. Ícaro no es una bola de hielo ni de roca ni de ningún otro material bruto. Creo —hizo una pausa, sin terminar de convencerse—, creo que tiene que ser una nave.
3
Houston necesitó una hora para llegar a la decisión de que Nigel debía salir del módulo. Tanto él como Len debieron discutir con un director de proyectos convencido de que ya habían derrochado demasiado tiempo. Evidentemente, el hombre no creía nada de lo que le contaban y pensaba que ésa era una patraña urdida para que Nigel pudiera dedicar más tiempo a la recolección de muestras. Sólo a duras penas consiguieron disuadir a Len de internarse personalmente en la nube, y lo único que lo detuvo fue la necesidad de reevaluar la misión.
Incluso después de acceder, Houston exigió una compensación. Nigel debía sujetar antes el Huevo al lecho de la fisura. Podía hacerlo sin salir del módulo, y en lugar de discutir actuó con rapidez y eficacia para abreviar el trabajo.
El Huevo era una opaca esfera gris con remaches empotrados en la superficie. Nigel maniobró cerca de la pared de la negra fisura e hizo saltar los remaches que lo aseguraban. La esfera se zafó.
Antes de que el Huevo pudiera flotar demasiado lejos, disparó los remaches de fijación posteriores y éstos atravesaron el espacio en dirección a la pared y se incrustaron en la roca. Los cables de acero se enroscaron y acercaron el Huevo a la fachada de piedra. Ahora nada podría moverlo y sólo Len o Nigel podrían detonar sus cincuenta megatones.
Nigel comió antes de abandonar el módulo. En Houston no había unidad de criterios respecto a los planes de emergencia, y Dave le recitó un informe que él sólo escuchó a medias. Él y Len tenían reservas de aire para otras veintidós horas, y podrían introducir algunos cambios en la órbita de contención al retornar a la Tierra.
Se estaban acelerando los preparativos de las dos misiones de refuerzo no tripuladas, pero ahora parecían menos prometedoras. Los módulos sensores guiados por radar debían aproximarse a Ícaro a gran velocidad, y el polvo y los guijarros de la nube podrían inutilizar las ojivas nucleares, al azotarlas vertiginosamente mientras todavía buscaban el núcleo de Ícaro.
—Abandono la nave —anunció Nigel, y pasó la conexión a la radio de su traje. La escotilla se abrió con un ruido hueco. Se asomó cautelosamente, se deslizó a lo largo del cable de amarre del módulo cogiéndose con ambas manos, y por fin pisó la superficie de Ícaro—. El suelo cruje un poco bajo mis pies —dijo, porque sabía que Len le acribillaría a preguntas si no le enviaba constantemente sus comentarios Ambos habían viajado durante cinco semanas en la cabina pequeña e impregnada de olor a transpiración, para interceptar a Ícaro, y ahora Len se perdía una satisfacción mayor de cuantas podían haber imaginado—. Debe de ser algo semejante a escoria. Reseca. Por lo menos eso es lo que parece.
Una pausa.
—Estoy en el borde de la grieta. Aquí tiene aproximadamente dos metros de ancho y los bordes son muy lisos. Ahora estoy suspendido sobre ella, mirando hacia dentro. Las paredes se prolongan cuatro metros y después sólo veo oscuridad. Mis focos no me permiten ver nada más allá de esa distancia.
—Quizás hay un boquete —conjeturó Len.
—Es posible.
Antes de que Dave pudiera entrometerse, Nigel agregó:
—Voy a entrar —y se apoyó en una cornisa de roca para introducirse en la grieta.
A medida que la roca quedaba atrás sólo vio al frente un débil reflejo trémulo. Cuando prosiguió la marcha vio aparecer un rectángulo blanco. Parecía embutido en el flanco de una losa de mayores dimensiones, a ras de la roca en un extremo y de por lo menos cien metros de lado. Tenía aberturas con extrañas configuraciones, algunas de ellas con arabescos y rebordes de piedra granulosa con forma de paréntesis. Al aproximarse Nigel perdió el control de sus movimientos y tuvo que hacer girar los brazos para enderezar los pies. Cuando se posó hubo un ligero repique.
El material blanco tenía el lustre opaco del metal. Nigel utilizó una herramienta cortante para extraer una astilla. Cerca de allí, un elemento retorcido, rojo y verde, parecía brotar limpiamente del metal blanco, sin ninguna costura. Semejante a una escultura abstracta, pensó Nigel. Cuando lo tocó sintió una ligera vibración en los dedos: en una de sus prolongaciones se produjo un movimiento infinitesimal, y después se detuvo. No ocurrió nada más.
Siguió desplazándose, examinó otros objetos, y después enfocó un rayo de luz sobre una de las aberturas de la losa. Se trataba de un gran óvalo y vio a lo lejos el punto donde se cruzaban otros corredores oscuros.
Entró.
Un largo tubo de roca picada. Cogió una muestra. ¿Origen volcánico? Sus vetas grises tenían una connotación extraña.
Una cámara. Paredes grises, con manchas pardas de calcinación.
Cuesta abajo.
Líneas tendidas que se empinaban… por… un ávido conglomerado de protuberancias. ¿Debía seguir adelante? Bajo el rayo de su linterna las sombras danzaban al compás de cada vaivén de su brazo, como ojos atentos a todos los movimientos. Configuraciones onduladas.
Configuraciones.
¿En las paredes?
¿Debía? Detrás de cada sonrisa, acechan los dientes.
Abajo, ahora abajo. A nivel. Flotando. Con las piernas colgando
colgando
blandamente
algo semejante a un cojín pero no ve nada, sólo las sombras que ahora funden algo
caliente
después frío antiguo
succionándolo nuevamente hacia abajo, comprimiéndolo escalonadamente en cubos frescos de espacio, donde todo está sesgado, ahora en una sala esférica, de color rojo fulgurante allí donde se posa su linterna, ¿o acaso es una ilusión óptica? Le resulta difícil enfocar la vista, probablemente por la pérdida de la vertical local, un problema habitual en la gravedad cero, pero basta girar la cabeza para corregirlo…
Escalones de piedra desgastada que suben imposiblemente, hasta un cielo raso ahora abollado, salpicado con gotas anaranjadas que refulgen como aceite en su luz mortecina. De repente, Nigel recordó vagamente… Una vieja película. Una película de la tumba de Tutankhamon, el dios chacal Anubis rampante sobre nueve enemigos derrotados. En la sala del tesoro descansaba un cofre que los guardias de la necrópolis habían apoyado contra la pared contigua a la cámara mortuoria, después de un robo. Un cofre de madera seca. Contenía los cuerpos momificados de dos niños que habían nacido muertos, quizás hijos de Tutankhamon, entre resinas, gomas y aceites.
Apertura de la tumba.
Ingreso en ella.
Y desde el Valle de los Reyes, desde Karnak y Luxor, serpenteando con el Nilo hasta Alejandría, una mujer, anciana, con las muñecas teñidas y caminando con piernas entumecidas por obra de una enfermedad corrosiva, devoradora…
Nigel sacudió la cabeza.
Los escalones eran sólo marcas. No conducían a ninguna parte. Los fotografió, clic rrrr, y siguió su marcha.
Una vez más el extraño susurro. Allí no había aire… ¿cómo lo oía? Se deslizó por un tubo que se estrechaba progresivamente. El susurro era más potente. Delante flotaba una esfera. No estaba conectada a las paredes. Nigel la tocó. No se movió. Aumentó el volumen del susurro. Sujetó a la esfera la trama adhesiva del dorso de sus guantes y utilizó el apoyo para girar alrededor de ella. Del otro lado bostezaba un espacio negro. Su linterna penetró en él y no encontró nada. La luz se perdía sencillamente a lo lejos. Sin generar ningún reflejo. El susurro continuaba.
Se desplazó hasta la cara distal de la esfera y escudriñó el abismo que se abría del otro lado. Nada.
El susurro aumentó bruscamente de intensidad, chilló, aulló… y cesó.
Nigel parpadeó, atónito. Silencio. A su alrededor había un bolsón de tinieblas. Cuando se volvió para enfrentar la esfera ésta le pareció inerte, exhausta.
Nigel frunció el ceño. Hizo que sus propulsores le llevaran de nuevo a la esfera, la contorneó y recorrió en sentido inverso el túnel por donde había entrado, buscando.
4
Tres horas más tarde, cuando ya había agotado sus carretes de película y empezaba a cansarse, regresó. El sistema de corredores consistía en una red sencilla de cámaras esféricas destinadas a ahorrar espacio, que se entrecruzaban intrincadamente, y no le resultó difícil hallar la salida.
—Estoy de vuelta en la cabina —anunció con un suspiro de agobiante fatiga.
—Dios mío, ¿dónde has estado, Nigel? Han pasado varias horas sin ningún contacto… Estuve apunto de ir a buscarte.
—Había mucho para ver.
—Houston está conectado, y están furiosos, además, de modo que empieza a hablar.
Los paseó por todas partes, describiendo los pequeños recintos con mallas primorosas que podrían haber sido los aposentos, los salones semejantes a auditorios, los cielos rasos con luces danzantes, todas las analogías que se le ocurrieron.
Y lo extraño: los espacios henchidos de una película verde estratificada hasta el infinito, una película que no se disipaba en el vacío circundante sino que producía ondulaciones cuando él pasaba junto a ella; los recintos que parecían cambiar de dimensión delante de sus ojos; la sala que emitía vibraciones agudas que le llegaban a través del uniforme.
—¿Había alguna iluminación? —preguntó Dave.
—Ninguna, por lo que yo pude captar.
—Hace varias horas sintonizamos una fuerte pulsación radial —dijo Dave—. Supusimos que intentabas transmitir desde el interior.
—No —respondió Nigel—. Con la radio incorporada al traje no podía comunicarme con Len ni con nadie, de modo que la desconecté y me limité a explorar.
—La señal no apareció en las frecuencias que tenemos asignadas —agregó Len.
—No pudimos grabarla… sólo duró aproximadamente un segundo, y todos nuestros monitores están sintonizados en las bandas de telemetría—explicó Dave.
—No importa —dijo Len—. Escucha, Nigel, ¿eso está sencillamente abandonado? ¿Sin rastros de ocupantes?
Nigel hizo una pausa. Había cosas que quería contarles, cosas que había intuido. ¿Pero cómo podría hacérselas entender? La base terrestre quería datos concretos.
Nigel tuvo una súbita imagen de sí mismo avanzando sin rumbo, con los puños crispados, por esos corredores que se desovillaban misteriosamente. La esfera. El susurro. ¿Acaso había activado accidentalmente algún mecanismo?
—Nigel.
—Creo que hace mucho tiempo que está desocupado. Dentro hay grandes cámaras abiertas, de varios centenares de metros de longitud. Allí debían de almacenar algo… quizás agua o víveres…
—¿O máquinas? ¿Combustible? —comentó Len.
—Es posible. Fuera lo que fuese, ha desaparecido. Si era líquido, probablemente se evaporó al abrirse la fisura.
—Sí, eso podría ser lo que generó la cola del cometa, la cabellera luminosa —asintió Dave.
—Creo que sí. Eso, y la atmósfera que escapó por la grieta. Dentro reina un gran desorden: dispositivos arrancados de las paredes, dispersos por todas panes, y marcas en las paredes que tal vez fueron producidas por objetos voladores. Recogí algunos de los elementos más pequeños que encontré y los traje conmigo.
Nadie habló durante un rato. Nigel apoyó la mano sobre la pared más próxima de la cabina y palpó su integridad. Miró hacia la plataforma de roca bruñida y comprendió cuál era el problema con el que se enfrentaba. Era algo que podía alzar en la palma de la mano, algo que podía hacer girar para observar cómo la luz se reflejaba en sus facetas, más o menos en la misma forma en que antes había imaginado el desplazamiento silencioso de Ícaro que se acercaba a la Tierra a una velocidad de treinta kilómetros por segundo, mientras él y Len se remontaban al encuentro de la mole giratoria, para reventarla y volver a casa. Ése había sido un problema claro con soluciones fáciles, pero ahora se desmoronaba y se les escapaba de las manos, y era sustituido por otra visión más oscura que se gestaba lentamente, asumiendo contornos cada vez más nítidos en su cabeza…
Poco antes de introducirse en el penacho de polvo, mientras Len aún estaba a la vista, Nigel había practicado una medición, tomando como punto de referencia las estrellas más notables, para montar el giróscopo de inercia. Era una operación simple, fácil de ejecutar en el tiempo asignado. Cuando se disponía a apartar el telescopio de la tronera, un punto luminoso atrajo su atención, y lo enfocó. Se dilató hasta convertirse en un disco, azul y blanco y chato, y comprendió que estaba mirando la Tierra. Un círculo desprovisto de elementos llamativos, completo y sereno. Solitario. Un blanco desprevenido. Su curva lisa, segura, parecía algo más que una mancha sobre el fondo de estrellas. No, era un centro. Un orificio a través del cual manaba la luz desde el otro lado del universo. Completo. Lo contempló durante un largo rato.
A través de la ronca estática, Dave dijo:
—Bien, podemos concederte tiempo para otra expedición al interior, Nigel. Recoge todo lo que puedas, toma más fotos. Después tú y Len os reuniréis y os alejaréis del Huevo y…
—No.
—¿Qué dices?
—No, no vamos a detonar el Huevo, ¿verdad, Len?
—Nigel… —empezó a protestar Dave, y luego se interrumpió.
—No sé —murmuró Len—. ¿Qué piensas hacer?
—¿No comprendes que esto lo cambia todo?
—Es lo que me pregunto —respondió Len, distante—. Nuestro objetivo es el de salvar millones de vidas, Nigel. Cuando Ícaro se estrelle va a desintegrar un territorio enorme, va a despedir una nube de polvo a la estratosfera y probablemente modificará el clima. Creo…
—¡Pero no es así! Ya no. ¿No entiendes que Ícaro es hueco. Tiene tan sólo una fracción de la masa que le habíamos atribuido. Claro que provocará una violenta explosión cuando llegue a la India, pero no será nada parecido a la hecatombe en la que habíamos pensado…
—Quizás ése es un buen argumento —asintió Len.
—Puedo calcular el volumen restante…
—Nigel, he consultado con algunos compañeros de Houston. Cuando descubriste que el núcleo es hueco empezamos a reevaluar la dinámica y la trayectoria de la colisión. Pronto tendremos los resultados, pero hasta entonces quiero charlar de esto contigo. —Dave hizo una pausa.
—Habla.
—Aunque la masa de Ícaro sea diez veces menor que la prevista, la energía que generará su impacto seguirá siendo miles de veces mayor que la de la erupción del Krakatoa. Piensa en la población de Bengala.
—Lo que queda de ella, quieres decir —contestó Len—. Los ciclos de hambruna ya han matado a millones, y ya hace un año que están abandonando la zona de colisión. Desde que cayó el gobierno de la India nadie sabe de cuántos habitantes se trata, Dave.
—Es cierto. Pero si esa gente no te interesa, Len, piensa en el polvo que saldrá despedido a la estratosfera. Es posible que esto solo baste para producir otra Era Glacial.
Nigel terminó de masticar una barra de alimento concentrado. Experimentaba una curiosa extenuación flotante, y sentía el cuerpo relajado y débil. Los estimulantes que había ingerido le mantenían alerta, pero no bastaban para disipar la lasitud que se estaba apoderando de sus brazos y piernas.
—No quiero matar a nadie, Dave —protestó Nigel—. Deja de ser melodramático. Pero hay que admitir que lo que nos enseñará esta reliquia tal vez vale algunas vidas humanas.
—¿Qué propones, eh? ¿ Qué plan descabellado se te ha ocurrido?
—Que nos quedemos aquí una semana, diez días, vaciando el interior de todo lo que se pueda desmontar. Tú nos enviarás una reserva adicional de aire y agua… Utiliza uno de los interceptores no tripulados que en este preciso instante transportan ojivas nucleares. Abandonaremos Ícaro con tiempo suficiente para que los otros interceptores lo bombardeen, y también detonaremos el Huevo.
—Creo que es un plan viable —murmuró Len, y Nigel experimentó un arrebato de entusiasmo. Lo iba a hacer. No podían rechazar su propuesta.
—Tú sabes que los interceptores no son confiables en medio de la nube de polvo. Ésa es la razón por la que vosotros estáis allí ahora. Y cuanto más cerca de la Tierra esté Ícaro cuando lo bombardeemos, tanto menor será la desviación neta antes de la hora cero. Si algo fallara en el último momento, aún podría embestirnos.
—Vale la pena arriesgarse, Dave —insistió Len.
—¿Estás realmente de acuerdo con él, Len? Tenía la esperanza…
—Nosotros también tenemos esperanzas —le interrumpió Nigel con súbita vehemencia—. Esperanzas de poder aprender aquí algo que pueda sacar a la raza humana del caos en el que está metida. Un nuevo concepto físico, un invento que pudiera surgir de esto. Los seres que lo construyeron eran superiores a nosotros, Dave, incluso en sus dimensiones… Las puertas y los corredores son grandes, anchos.
—¡El riesgo, Nigel! Si el Huevo no cumple su cometido y…
—Tenemos que correrlo.
—…os enviamos allí para que ejecutarais una labor. Ahora estáis…
Nigel se preguntó por qué Dave parecía tan sosegado, aun ahora. Quizá le habían ordenado que se comportara con deliberada serenidad y que no provocara nuevas tensiones. Se preguntó qué pensarían sus padres de eso, de su actitud favorable a explorar aun a costa de vidas humanas. También se preguntó si sabían lo que ocurría… Probablemente la NASA había suspendido la difusión de noticias al primer atisbo de que algo fallaba. Ésa había dejado de ser una heroica misión salvadora. Observó que le temblaban las manos.
—Esperad un momento, esperad —exclamó Dave—. No he querido agraviaros, muchachos. Todos sabemos que creéis estar procediendo correctamente. —Hizo una pausa en medio del apacible zumbido de la estática, como si quisiera medir sus palabras—. Sin embargo, ha aparecido en escena un nuevo elemento. Acaban de entregarme la nueva trayectoria que prevén los ordenadores, una vez incorporada a los datos la reducción de la masa de Ícaro. Hay una gran diferencia.
En el oceano de la noche
:dry:
Muchas gracias por poner a alcance estos libros.