Atentamente suyo, Jack el destripador

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Miré al diplomático inglés. Él me miró a mí.
-¿Sir Guy Hollis? -pregunté.
-En efecto. ¿Tengo el placer de hablar con John Carmody, el psiquíatra?
Asentí. Mis ojos examinaron disimuladamente a mi distinguido visitante. Alto, delgado, con el pelo rojizo y el tradicional bigote. Y el traje de mezclilla. Sospeché la existencia de un monóculo en el bolsillo de pecho de la americana, y me pregunté si se habría dejado el paraguas en la oficina exterior.
Pero, más que eso, me pregunte qué diablos habría impulsado a Sir Guy Hollis, de la Embajada británica, a ponerse en contacto con un forastero aquí, en Chicago.

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Sir Guy no me ayudó lo más mínimo mientras tomaba asiento. Se aclaró la garganta, miró nerviosameute a su alrededor y golpeó su pipa contra el borde del escritorio. Luego abrió la boca.


-Mr. Carmody -dijo-, ¿ha oído usted hablar de… Jack el Destripador?
-¿El asesino? -pregunté.
-Exactamente. El más monstruoso de todos. Peor que Landrú. Jack el Destripador. Jack el Rojo.


-He oído hablar de él -dije.
-¿Conoce usted su historia?
-Escuche, Sir Guy -murmuré-. No creo que nos sirva de nada desempolvar antiguos cuentos de viejas acerca de famosos criminales de la historia.
Sir Guy me miró fijamente.


-Esto no es ningún cuento de viejas. Es un asunto de vida o muerte.
Estaba tan obsesionado, que incluso hablaba en tono melodramático. Bueno, estaba dispuesto a escucharle. A los psiquíatras nos pagan para que escuchemos.
-Adelante -le dije-. Oigamos la historia.


Sir Guy encendió un cigarrillo y empezó a hablar.
-Londres, 1888 -empezó-. Finales de verano y comienzos de otoño. Ésa fue la época. Surgida de ninguna parte, apareció la sombría figura de Jack el Destripador… una sombra furtiva con un cuchillo, vagabundeando por el East End de Londres. Acechando a las escuálidas divas de Whitechapel. Nadie sabe de dónde llegó. Pero trajo la muerte. La muerte en un cuchillo.


»Aquel cuchillo descendió seis veces para hundirse en las gargantas y en los cuerpos de mujeres de Londres. Busconas. El 7 de agosto fue la fecha del primer asesinato. Encontraron el cadáver de la mujer con treinta y nueve cuchilladas. Un crimen horroroso. El 31 de agosto, otra víctima. La prensa empezó a interesarse por el asunto. Los habitantes de los suburbios se interesaron todavía más.


»¿Quién era aquel desconocido asesino que vagabundeaba por allí y mataba a capricho en las desiertas calles de sus barrios? Y, lo que era más importante: ¿cuándo entraría de nuevo en acción?


»La fecha fue el 8 de septiembre. Scotland Yard nombró comisionados especiales. Los rumores iban y venían. La espantosa nuraleza de los asesinatos era tema de las más descabelladas especulaciones.


»EI asesino utilizaba un cuchillo… con gran pericia. Seccionaba gargantas y cortaba… ciertas partes de los cadáveres después de la muerte. Escogía víctimas y lugares con diabólica premeditación. Nadie le vio ni le oyó. Pero los guardias, al hacer su ronda al amanecer, tropezaban con la desdichada víctima del Destripador.


»¿Quién era? ¿Qué era? ¿Un cirújano loco? ¿Un carnicero? ¿Un científico demente? ¿Un enfermo mental escapado de un manicomio? ¿Un noble psicopático? ¿Un miembro de la policía londinense?


»Luego apareció el poema en los periódicos. El poema anónimo, destinado a poner fin a las especulaciones… pero que sólo consiguió aumentar hasta el frenesí el interés público. Una burlona cuarteta:

No soy un carnicero, ni tampoco un mendigo,
ni un médico demente, ni un loco matador:
soy su sincero amigo,
atentamente suyo: Jack el Destripador.

»Y el 30 de septiembre, fueron cercenadas otras dos gargantas.
Interrumpí un momento a Sir Guy.


-Muy interesante -comenté. Temo que el tono de mi voz dejó traslucir cierto sarcasmo.
Sir Guy dio un respingo, pero no interrumpió su relato.
-A continuación, el silencio cayó sobre Londres durante una temporada. El silencio, y un indescriptible temor. ¿Cuándo atacaría de nuevo Jack el Rojo? Esperaron hasta octubre. Cada jirón de niebla ocultaba su fantasmal presencia. La ocultaba perfectamente, ya que no pudo averiguarse nada acerca de lá identidad del Destripador, ni acerca de sus propósitos. Las rameras de Londres se estremecían con cada ráfaga nocturna del viento de noviembre. Se estremecían, y saludaban agradecidas la aparición del sol, a la mañana siguiente.


»9 de noviembre. La encontraron en su cuarto. Estaba tendida sobre la cama, con los brazos y las piernas extendidos, sin el menor desorden. Y a su lado reposaban su cabeza y su corazón. Esta vez, el Destripador se había superado a sí mismo en la ejecución.


»Luego, pánico. Pero pánico inútil. Ya que a pesar de que la prensa, la policía y la población esperaban con mortal terror, Jack el Destripador no volvió a atacar.
»Transcurrieron los meses. Un año. El interés inmediato murió, pero no el recuerdo. Dijeron que Jack se había marchado a América. Que se había suicidado. Dijeron… y escribieron. Han estado escribiendo desde entonces. Teorías, hipótesis, argumentos, suposiciones. Pero, hasta la fecha, nadie sabe quién fue Jack el Destripador. Ni por qué asesinaba. Ni por qué dejó de matar.


Sir Guy se calló. Evidentemente, esperaba que yo hiciera algún comentario.
-Cuenta usted la historia muy bien -observé-. Aunque con una leve tendencia emotiva.
-He reunido todos los dócumentos -dijo Sir Guy Hollis-. Poseo una colección de los datos existentes, y los he estudiado a fondo.


Me puse en pie.
-Bien -bostecé-. Su relato me ha complacido muchísimo, Sir Guy. Ha sido muy amable al abandonar sus obligaciones en la Embajada británica para obsequiar a un pobre psiquíatra con sus anécdotas.


El tono sarcástico siempre producía el efecto deseado.
-Supongo que querrá saber por qué estoy interesado en esto -dijo Sir Guy.
-Sí. Eso es exactamente lo que me gustaría saber. ¿Por qué está usted interesado?
-Porque -dijo Sir Guy Hollis- en estos momentos estoy sobre la pista de Jack el Destripador. ¡Creo que está aquí… en Chicago!


Volví a sentarme. Me había quedado de una pieza.
-¡Re… repita eso! -tartamudeé.
-Jack el Destripador está vivo, en Chicago, y voy a localizarle.
-¡Un momento! -dije-. ¡Un momento!


Sir Guy no sonreía. No era una broma.
-Vamos a ver -dije-. ¿En qué fecha se cometieron aquellos asesinatos?
-De agosto a noviembre de 1888.
-¿1888? Pero, si Jack el Destripador era ya un hombre formado en 1888, lo más probable es que haya muerto… Suponiendo que hubiera nacido aquel mismo año, en la actualidad habría cumplido los cincuenta y siete.


-¿De veras? ¿Sería un hombre de cincuenta y siete años? -sonrió Sir Guy Hollis-. ¿O una mujer de cincuenta y siete años? Porque Jack el Destripador podía ser una mujer…
-Sir Guy -dije-. Cuando vino usted a verme, acudió a la persona más indicada. Porque es evidente que necesita usted los servicios de un psiquíatra.
-Quizá. Dígame, Mr. Carmody, ¿cree usted que estoy loco?


Le miré y me encogí de hombros. Pero tenía que darle una respuesta sincera.
-Sinceramente…, no.
-Entonces, puede usted escuchar los motivos que tengo para creer que Jack el Destripador está vivo.
-Desde luego.


-He estudiado el caso durante más de treinta años. He visitado los lugares donde se produjeron los crímenes. He hablado con policías, y con amigos y conocidos de las desdichadas mujeres que fueron asesinadas. He interrogado a hombres y mujeres de la vecindad. He reunido toda una biblioteca de material relativo a Jack el Destripador. He analizado cuidadosamente todas las teorías, por descabelladas que fueran.
»He aprendido algo. No mucho, pero algo. No voy a importunarle con mis conclusiones. Pero existía otro campo de investigación que me dio mejores frutos. He estudiado los crímenes sin resolver. Asesinatos.


»Puedo enseñarle recortes de los periódicos de las grandes ciudades de todo el mundo. San Francisco, Shanghai, Calcuta, Omsk, París, Berlín, Pretoria, El Cairo, Milán, Adelaida…


»La pista está allí. Crímenes sin resolver. Mujeres con la garganta cercenada. Con las peculiares desfiguraciones y amputaciones. Sí, he seguido una pista de sangre. Desde Nueva York hacia el Oeste, a través de todo el continente. Luego hasta el Pacífico. Desde allí a Africa. Durante la Guerra Mundial de 1914-1918 fue Europa. Después, América del Sur. Y desde 1930, otra vez los Estados Unidos. Ochenta y siete asesinatos que llevaban la marca del Destripador.


»Recientemente, se produjeron los llamados descuartizamientos de Cleveland. ¿Los recuerda? Una impresionante serie. Y, finalmente, dos muertes recientes en Chicago. En los últimos seis meses. Una en Deaborn. Otra en Halsted. El mismo tipo de asesinato, la misma técnica. Le digo a usted que en todos esos casos hay la huella inequívoca de la mano de Jack el Destripador.
Sonreí.


-Una teoría muy arriesgada -dije-. Sin embargo, no voy a poner en duda sus deducciones. Usted es el criminólogo, y tengo que aceptar su autoridad en la materia. Pero me gustaría hacer una pequeña objeción.
-Adelante -dijo Sir Guy.

 

-Ésta: ¿cómo podría un hombre de… digamos ochenta y cinco años, cometer esos crímenes? Ya que si Jack el Destripador tenía alrededor de treinta años en 1888, en la actualidad tendría ochenta y cinco.
Sir Guy permaneció silencioso unos instantes. Acusó el impacto. Pero…
-Suponga que Jack el Destripador no ha envejecido -susurró.
-¿Qué?


-Suponga que Jack el Destripador no ha envejecido. Suponga que sigue siendo un hombre joven…
-De acuerdo -dije-. Lo supongo por un momento. Luego dejo de suponer, y llamo a mi enfermera para que le encierren.
-Estoy hablando en serio -dijo Sir Guy.


-Todos hablan en serio -repliqué-. Es lo más lamentable de todo, ¿verdad? Todos saben que oyen voces y que ven demonios. Pero eso no impide que les encerremos.
Era una crueldad, pero dio resultado. Sir Guy se puso en pie y se encaró conmigo.
-Es una teoría descabellada, de acuerdo -dijo-. Todas las teorías acerca del Destripador son descabelladas. La idea de que era un médico. O un maníaco. O una mujer. Los motivos en favor de tales hipótesis son bastante endebles. No resisten un análisis a fondo. ¿Por qué tendría que ser peor la mía?


-Porque la gente envejece -argüí-. Médicos, maniacos y mujeres.
-¿Y qué me dice de los… brujos?
-¿Brujos?
-Nigrománticos. Hechiceros. Practicantes de la Magia Negra.
-¿De qué está usted hablando?
-Lo he estudiado todo -dijo Sir Guy-. Incluso las fechas de los asesinatos. El ritmo que siguen esas fechas. El ritmo solar, lunar, estelar. El aspecto sideral. El significado astrológico.
Estaba loco. Pero seguí escuchando.


-Suponga que Jack el Destripador no mataba por el solo placer de matar. Suponga que deseara hacer un… sacrificio.
-¿Qué clase de sacrificio?
Sir Guy se encogió de hombros.
-Dicen que si se ofrece sangre a los dioses malignos, éstos conceden ciertas gracias. Sí, cuando el sacrificio se ofrece en la época apropiada… cuando la luna y las estrellas se encuentran en la posición correcta… y con el adecuado ceremonial… conceden ciertas gracias.
-¡Eso es absurdo!


-No. Eso es… Jack el Destripador.
Me puse en pie.
-Una teoría muy interesante -dije-. Pero, Sir Guy, hay otra cosa que me interesa más. ¿Por qué ha venido a contarme todo eso a mí? No soy una autoridad en hechicería. No soy criminólogo ni funcionario de la policía. Soy un simple psiquíatra. ¿Cuál es la relación?
-Entonces, ¿está usted interesado?
-Sí, lo estoy, lo reconozco.


-Bien. Antes de hablarle de mi plan, quería asegurarme de su interés.
-¿A qué plan se refiere?
Sir Guy me dirigió una prolongada mirada. Luego habló.
-John Carmody -dijo-, usted y yo vamos a capturar a Jack el Destripador.

2

Así fue como sucedió. He reproducido aquella primera entrevista en todo su prolijo y tal vez enojoso detalle, porque creo que es importante. Ayuda a proyectar cierta claridad sobre el carácter y la actitud de Sir Guy. Y en vista de lo que ocurrió después de aquello…
Pero no adelantemos los acontecimientos.


La idea de Sir Guy era sencilla. Ni siquiera era una idea. Un simple presentimiento.
-Usted conoce a la gente aquí -me dijo-. He investigado, y como resultado de mis investigaciones he llegado a la conclusión de que usted es el hombre ideal para lo que me propongo. Tiene usted relación con muchos escritores, pintores y poetas. Con los intelectuales, en una palabra. Con los bohemios.


»Por motivos que ahora no interesan, he deducido que Jack el Destripador pertenece a aquel grupo social. Y tengo la impiesión de que si usted me introduce en aquel medio, podré localizarle.
-Por mi parte no hay inconveniente -dije-. Pero ¿cómo espera localizarle? Como usted ha dicho, puede ser cualquiera, estar en cualquier parte. Y usted no tiene la menor idea de su aspecto. Puede ser joven o viejo. Rico, pobre, vagabundo, ladrón, médico, abogado… ¿Cómo podrá averiguarlo?


-Veremos -suspiró Sir Guy-. Pero tengo que encontrarle. En seguida.
-¿Por qué tanta prisa?
Sir Guy suspiró de nuevo.
-Porque dentro de dos días volverá a matar.
-¿Está usted seguro?
-Segurísimo. Fíjese en este mapa. Todos los asesinatos corresponden a un determinado ritmo astrológico. Si, como sospecho, ofrece un sacrificio de sangre para renovar su juventud, tiene que matar dentro de dos días. Fíjese en la pauta de sus primeros crímenes en Londres. 7 de agosto. 31 de agosto. 8 de septiembre. 30 de septiembre. 9 de noviembre. Intervalos de 24 días, 9 días, 22 días -en esta ocasión dos asesinatos-, y luego 40 días. Desde luego, hubo otros crímenes intercalados Pero no fueron descubiertos o no le fueron atribuidos.


»De todos modos, he trazado una pauta para él, basada en los datos que poseo. Y digo que dentro de dos días matará. De manera que debemos localizarle antes de que transcurran esos dos días.
-Continúo preguntándome qué es lo que desea que haga yo.
-Permitirme que le acompañe -dijo Sir Guy-. Presentarme a sus amigos. Llevarme a las reuniones.


-Pero ¿por dónde vamos a empezar? Que yo sepa, mis amigos artistas, a pesar de sus excentricidades, son personas completamente normales.
-Lo mismo que el Destripador. Es completamente normal. Excepto en determinadas noches… Entonces se convierte en un monstruo implacable, obligado a matar.
-De acuerdo -dije-. De acuerdo. Le llevaré a las reuniones, Sir Guy.
Hicimos nuestros planes. Y aquella misma noche le llevé al estudio de Lester Baston.
Mientras subiamos al ático en el ascensor, aproveché la ocasión para advertir a Sir Guy.
-Baston es un hombre muy extravagante -le dije-. Lo mismo que sus huéspedes. Prepárese para lo mejor y para lo peor.


-Lo estoy.
Introdujo la mano en un bolsillo de sus pantalones y volvió a sacarla empuñando un revólver.
-¿Qué diablos…? -empecé.
-Si veo a Jack el Destripador, estaré preparado -dijo Sir Guy.
Hablaba completamente en serio.
-Pero no puede usted presentarse en una reunión con un revólver cargado en el bolsillo -protesté.
-No se preocupe, no cometeré ninguna imprudencia.
Desde luego, Sir Guy Hollis no era un hombre normal.


Salimos del ascensor y nos dirigimos a la puerta del apartamento de Baston.
-A propósito -murmuré-, ¿cómo quiere usted que le presente? ¿Diciéndoles quién es usted y a quién está buscando?
-Me tiene sin cuidado. Tal vez sea preferible decir la verdad.
-Pero ¿no cree que el Destripador -si por algún milagro está presente- se pondrá inmediatamente sobre aviso?


-Creo que la impresión de la noticia de que estoy buscando al Destripador provocará en él algún gesto comprometedor -dijo Sir Guy.
-Sería usted un buen psiquíatra -admití-. La teoría no es mala. Pero le advierto que va a enfrentarse usted con más dificultades de las que parece esperar.
Sir Guy sonrió.
-Estoy preparado -dijo-. He ideado un pequeño plan. No se sorprenda por nada de lo que haga.
Asentí y llamé a la puerta.
Acudió a abrir el propio Baston. Tenía los ojos enrojecidos. Se balanceó hacia adelante y hacia atrás, mientras nos contemplaba con expresión solemne. Bizqueó ante el bigote de Sir Guy y mi bombín.


-¡Ajá! -exclamó-. La morsa y el carpintero.
Le presenté a Sir Guy.
-Bienvenido -dijo Baston, invitándonos a entrar con exagerados ademanes de cortesía. Nos siguió, tambaleándose, hasta el llamado saloncito.
Contemplé el grupo que se movía incansablemente a través de la niebla que formaba el humo de los cigarrillos.


La reunión estaba en su apogeo. Cada mano sostenía un vaso. Todos los rostros mostraban un rumor alcohólico. En un rincón, el piano sonaba a toda presión, pero las notas marciales de la Marcha de El Amor de las Tres Naranjas no conseguía ahogar el ruido profano de los dados procedente del otro rincón.

 

Prokofieff no tenía ninguna posibilidad contra el inventor del «seven-sleven .
Sir Guy se quitó rápidamente el monóculo. Vio a LaVerne Gonnister, la poetisa, golpear a Himye Kralik en el ojo. Vio a Himye sentarse en el suelo, gritando, hasta que Dick Pool aterrizó accidentalmente sobre su estómago cuando se dirigía a la cocina en busca de más bebida.


Oyó a Nadia Vilinoff, la artista comercial, decirle a Johnny Odcutt que opinaba que su tatuaje era de un horroroso mal gusto, y vio a Barclay Melton arrastrarse bajo la mesa del comedor con la esposa de Johnny Odcutt.


Sus observaciones zoológicas podían haber continuado indefinidamente si Lester Baston no se hubiese parado en el centro de la habitación y reclamado silencio rompiendo un vaso contra el suelo.


-Esta noche, nuestra humilde reunión se ve honrada con la presencia de dos distinguidos visitantes -rugió Lester, extendiendo el brazo en nuestra dirección-. Nada menos que la Morsa y el Carpintero. La Morsa es Sir Guy Hollis, un no-sé-qué de la Embajada británica. El Carpintero, como todos ustedes saben, es nuestro propio John Carmody, el eminente dispensador de linimento para los cerebros.
Se volvió y agarró a Sir Guy por el brazo, arrastrándole hasta el centro de la alfombra. Por un instante creí que Hollis iba a protestar, pero un rápido guiño me tranquilizó. Sir Guy estaba preparado.


-Tenemos la costumbre, Sir Guy -dijo Baston en voz alta-, de someter a nuestros nuevos amigos a un pequeño examen. Un simple formulismo, desde luego. ¿Está usted preparado para contestar a mis preguntas?
Sir Guy asintió, sonriendo.


-Muy bien -murmuró Baston-. Amigos… acabo de recibir este paquete de Inglaterra. Voy a abrirlo en vuestra presencia, para ver lo que contiene.
Empezó el interrogatorio. Yo quería escuchar, pero en aquel momento Lydia Dare me vio y me arrastró al vestíbulo para una de aquellas rutinarias Querido-he-estado-esperando-todos-los-días-que-me-llamaras.


Cuando pude librarme de ella y regresar al salón, el examen de Sir Guy se encontraba en su punto culminante. A juzgar por la actitud de los presentes, deducí que Sir Guy no necesitaba abogados que le defendieran.
De pronto, Baston formuló una pregunta que me hizo contener la respiración.
-¿Puedo preguntarle qué le ha traído aquí esta noche? ¿Cuál es su misión, oh Morsa?
-Estoy buscando a Jack el Destripador.


Nadie rió.
Tal vez les sorprendió como me había sorprendido a mí. Miré a mis vecinos y empecé a hacerme preguntas.
LaVerne Gonnister. Hymie Kralik. Inofensivos. Dick Pool. Nadia Vilinoff. Johnny Odcutt y su esposa. Barclay Melton. Lydia Dare. Todos inofensivos.
Pero ¡qué sonrisa más forzada en el rostro de Dick Pool! ¡Y qué decir de la actitud huidiza de Barclay Melton!


¡Oh! Era absurdo, de acuerdo. Pero por primera vez vi a aquellas personas a una nueva luz. Me interrogué acerca de sus vidas… sus vidas secretas, más allá del escenario de las reuniones.
¿Cuántos de ellos estaban representando una comedia, ocultando algo?
¿Cuál de ellos podía adorar a los horribles dioses malignos y ofrecerle un sacrificio de sangre?
Incluso Lester Baston podía estar fingiendo.


Una rara inquietud planeó sobre todos nosotros, por unos instantes. Vi preguntas que revoloteaban por el círculo de ojos alrededor de la habitación.
Sir Guy estaba de pie en el centro de la estancia, y puedo jurar que tenía plena conciencia de la situación que había creado, y que gozaba con ella.
Me pregunté vagamente qué era lo que en él no funcionaba como era debido. Por qué tenía aquella extraña obsesión acerca de Jack el Destripador. Tal vez estaba ocultando, también, algún terrible secreto…


Baston, como de costumbre, disipó la inquietud. Tomó la cosa por el lado cómico.
-La Morsa no está bromeando, amigos -dijo. Palmeó la espalda de Sir Guy mientras hablaba-. Nuestro primo inglés se encuentra realmente sobre la pista del fabuloso Jack el Destripador. Supongo que todos ustedes recuerdan a Jack el Destripador. Fue un personaje que dejó huellas imborrables de su paso por la tierra.


»La Morsa tiene la idea de que el Destripador está vivo, probablemente aquí, en Chicago, y que se pasea por la ciudad con un cuchillo de explorador. En realidad… -Baston hizo una pausa melodramática-. En realidad, tiene motivos para creer que Jack el Destripador puede encontrarse esta noche aquí, entre nosotros.
Se produjo la esperada reacción de exclamaciones jocosas. Baston se dirigió a Lydia Dare en tono de reproche.


-El llevar faldas no las autoriza a reírse, muchachas. Jack el Destripador podía ser una mujer, también. Una especie de Jill la Destripadora.
-¿Quiere usted decir que sospecha realmente de uno de nosotros? -intervino LaVerne Gonnister, dirigiéndose a Sir Guy-. Jack el Destripador desapareció hace muchísimos años. En 1888…


-¡Ajá! -la interrumpió Baston-. ¿Cómo es que está tan enterada de los detalles, jovencita? ¡Resulta muy sospechoso! Mírela bien, Sir Guy… es posible que no sea tan joven como parece. Estas poetisas suelen tener pasados muy oscuros.
La tensión había desaparecido, y todo el asunto se estaba convirtiendo en una vulgar broma de reunión. El hombre que había interpretado la Marcha estaba contemplando el piano con un brillo de Scherzo en sus ojos que no auguraba nada bueno para Prokofieff. Lydia Dare estaba mirando ansiosamente en dirección a la cocina, esperando que terminara aquello para ir en busca de otro trago.


En aquel momento, Baston lo cogió.
-¿A que no lo adivinan? -aulló-. La Morsa tiene un revólver.
Al abrazar a Sir Guy, su mano se había deslizado hacia abajo hasta tropezar con el revólver que se encontraba en el bolsillo de la americana de su huésped. Lo sacó antes de que Hollis pudiera evitarlo.


Me quedé mirando a Sir Guy, preguntándome si la cosa no estaría llegando demasiado lejos. Pero él me hizo un guiño tranquilizador, y recordé que me había dicho que no me alarmara por nada.
De modo que esperé, mientras a Baston se le ocurría una idea muy propia de él.
-Vamos a jugar limpio con nuestro amigo Morsa -gritó-. Ha viajado hasta aquí desde Inglaterra para cumplir una misión. Si ninguno de ustedes está dispuesto a confesar, sugiero que le concedamos la oportunidad de descubrirlo por sí mismo.
-¿Cómo? -preguntó Johnny Odcutt.


-Voy a apagar todas las luces durante un minuto. Sir Guy permanecerá aquí con su revólver. Si alguien de los que se encuentran en esta habitación es el Destripador, puede huir, o aprovechar la ocasión para…, bueno, para eliminar a su perseguidor. ¿Qué les parece?


Era completamente absurdo, pero cautivó a la imaginación popular. Las protestas de Sir Guy quedaron ahogadas en el mar de exclamaciones que levantó la propuesta de Baston. Éste se encontraba ya junto al interruptor de la luz.
-Que nadie se mueva -advirtió, con fingida solemnidad-. Por espacio de un minuto, permaneceremos a oscuras… quizás a merced de un asesino. Transcurrido ese tiempo, volveré a encender las luces y buscaremos los cadáveres. Escojan su pareja, damas y caballeros.
Las luces se apagaron.
Alguien se rió entre dientes.

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