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Para un aviador solitario
William Daniels
A veces, de puro agotamiento, me quedo dormido sobre el escritorio.
Y aunque no debiera, en medio de la profundidad de mis sueños, escucho el oleaje de la
Mar; y la brisa, cuyo aroma me envuelve de pronto, me trae sus risas a lo lejos..
Todo comenzó con una amistad pasajera y superficial – o al menos eso creí en un
principio -, que nació en el aeropuerto, durante uno de esos viajes relámpago que a veces,
por obligaciones que no vienen al caso, tengo que hacer. Aquel hombre, un
norteamericano hablachento y bonachón, todo canas y ojos azules como el mar claro, era
el único pasajero que, como yo, se encontraba en la Sala de Esperas. Eran poco mas de
las cuatro de la madrugada y ni siquiera asomaban por allí los guardias de seguridad,
mucho menos los dependientes del cafetín, que, a no ser por el tintineo de las cosas
detrás de las puertas, mas allá de las barras, no parecería que se estuvieran preparando
para la jornada diaria.
He pensado mucho en si debía o no poner su nombre, finalmente he creído que,
como esta, su extraña historia, debía quedarse en el anonimato, únicamente para los
corazones amigos. Ahora poco, antes de decidirme a escribir esto, llamé a su nieta que
vive en Barquisimeto y averigüé, con pesar, que se había reunido con su única hermana,
allá en donde quiera que ahora los tres se encuentren..
– Le dejó una carta y una rosa roja, quiso que usted la guardara..- me dijo.
La rosa en cuestión está dentro de una bola de cristal con el fondo chato para
hacer pie; supongo que es obra de algún latino, aunque no estoy seguro; México y
Colombia es donde he visto tales técnicas de envidriado.
Bien, las historias cortas no deben ser muy largas, así que será mejor que
empiece.
– La historia que voy a contarle, hijo – me dijo como a las seis de la mañana, ante dos
humeantes tazas con café – es sobre una experiencia, si es que se le puede llamar
así, netamente familiar. No la he contado en años a ningún extraño, aunque mis hijas y
mis nietos, tengo veintisiete, la conocen. – Se distrajo, mordió un poco del pan con
queso al que los mesoneros llaman Sandwich, y continuó con su tono nostálgico y
dulzón:
– Recuerda la cita Olímpica de Berlín 1.936?, no, qué digo, cómo va a recordarlo si
apenas estaba compartido entre la imaginación de sus padres.. Bueno, le voy a decir
mas o menos qué sucedía en el mundo para ese entonces.. El Papa era Pío XI; en el
resto de Italia, Mussolini y sus fascistas comenzaban a imponerse. En Rusia, muchos
opositores de alto nivel eran fusilados por no compartir las ideas de Stalin, y Krushev
ya se mencionaba para el puesto de Secretario General del Partido Bolchevique.. La
revolución avanzaba por encima de los cadáveres de sus detractores, hijo. Pero.., la
lucha por el poder es casi siempre cruel.
En casos como el de Stalin y de toda esa gente, le doy gracias a Dios de que no
seamos eternos, físicamente hablando.
Por su parte, la gente de sangre azul – me guiñó un ojo burlón- compartían sus
ratos de ocio entre Montecarlo, Francia y Wimbledon, Gran Bretaña.
Howard Hughes hacía de las suyas en Norteamérica, y en París se inauguraba la
Segunda Exposición Universal de Arte y Ciencia.
Deben haber sucedido otro montón de cosas importantes, hijo, pero, no las
recuerdo.-
Sonreí, le eché una mirada al tablero automático de salidas justo cuando aparecía
nuestro vuelo, y cinco minutos después corríamos al andén.
– Ese año, creo, estalló la Guerra Civil Española y asesinaron a un gran poeta de ese
País, Lorca me parece que se llamaba. Hitler ya era canciller, y poseía autorización
del Congreso para llamar a los Judíos “personas de segunda”, quedando, gracias a
una Ley que se llamó.. Salvaguarda de la Sangre y el honor alemanes, si, eso es,
desprovistos de todos sus derechos civiles, y sobre todo, humanos.. Desde ese
momento los judíos no existían, mas que para ser exterminados..
Roosevelt era reelecto y Mao Tse-Tung, sobrevivía en las cuevas de Yen-Ngan,
junto con sus seguidores.
Ese año tenía yo veintidós tiernas primaveras y mi hermana.., mi querida
hermana, apenas diez. Asistí a la Cita acompañando a la delegación americana
como ayudante de fotografía..-
Aquí creo que fue cuando corrimos al andén, fue gracioso, estábamos en el
aeropuerto desde hacia dos horas y media, y entramos de último al avión. Ya una vez en
el aire, prosiguió con sus anécdotas.
– Nunca he olvidado aquellos momentos. El día de la inauguración pasó primero el mas
grande demagogo de todos los tiempos: Adolfo Hitler, aunque su poder sobre los
alemanes era realmente impresionante. Cada vez que hablaba y decía las estupideces
que siempre decía, los rostros de la gente.., estaban como hipnotizados.
El Stadium, si mi memoria no me falla, fue el Deutsch Kampfban, con capacidad
para albergar a ciento diez mil personas, una cifra impresionante para su época.
Siempre le he dado gracias a Dios por haber sido nosotros, desde un principio,
quienes le humillamos. Ah, hijo, Jesse Owens, ese maldito negro, Dios lo tenga en su
regazo, voló como pocas veces he visto volar algo que tenga solo dos piernas.-
Me observó de pronto, como si tratara de intuir mi reacción a lo que diría luego.
Esperé.
– Dígame una cosa, cree usted en la muerte? Yo no. Y le voy a explicar por qué. Por
aquellos años era yo un chico estirado – se estiró -, educado y muy tímido. Entonces
hice amistad con el capitán del avión que nos llevó a Berlín, un veterano de unos
cincuenta años que andaba acompañado de su único hijo, un muchacho de quince. La
madre había muerto apenas unos meses antes. Todas las tardes nos reuníamos con
los atletas en la Villa Olímpica, y compartíamos: las piscinas, el cine, los
entrenamientos, o nos escabullíamos, a veces a la sección de los Judíos, a veces al
bosque. Si algo llamaba la atención de aquella extraña pareja, padre e hijo, era la unión
que parecían tener, estaban solos y se les notaba. Cuando creían que nadie los veía,
se les escapaba una mirada triste, como si sus mentes huyeran a otros lugares. Sin
embargo, en cualquier otra circunstancia compartían con todos, fueran amigos o
enemigos, y se adaptaban a lo poco o a lo mucho que hubiera. Esas dos primeras
semanas de Agosto las pasamos divinamente bien. Otra cosa que te debo mencionar.
El hijo del Capitán siempre me recordaba a mi hermana: taciturno, inteligente, callado y
sensible, cuando hablaba era muy franco y caminaba con soltura, no se si me
entiendes, el chico era, ante todo, un yanqui, orgulloso, libre como el viento.. Pero
será mejor que no te aburra con mas detalles –
La aeromoza nos dio mas pan con queso envuelto en celofán, acabado de sacar de la
nevera, y un poco de café, mas o menos pasable.
– ..Lo cierto del caso -continuó- es que en 1.940 estalló la mas pavorosa de las guerras
contra la humanidad. Hitler, en su vanidad, comenzó a exportar el asesinato de
inocentes y trató de adueñarse del mundo. Ya no eran solo los Judíos los seres de
segunda, lo éramos todos.., Jesse Owens no logró convencerlo de lo contrario. En
1.941 entré yo a trabajar para la Armada como corresponsal de Guerra y, un año
después, adivine a quien me encontré en plena zona del Pacífico, al hijo de mi viejo
amigo, el Capitán, ya convertido en un apuesto oficial y al mando de un.., de un..
– arrugó el ceño – de un Corsario, si, uno de esos cazas pequeño, que memoria la
mía, la versión norteamericana de los Ceros Japoneses. Fue para la navidad de 1.943
que, sabiendo de la temprana muerte de su padre, lo invité a pasar la Noche Buena
con mi hermana y conmigo. Pues verá hijo que llegué tarde, como dos horas después,
y me encontré con que ya habían cenado. Si les hubieras visto, avergonzados y
enrojecidos, rostros arrobados, se miraron, era como si recordaran, en ese preciso
momento, que yo también estaba invitado, y comenzaron a correr de un lado para
otro; mientras mi hermana trataba de hacer algo decente con las sobras, porque se lo
comieron casi todo, el muchacho se esmeraba en tratar de ponerme cómodo. – se me
acercó- Me dio un ataque de risas y los paré en medio de la sala, tuve que sentarme
en el piso..
– Comenzó a reírse, yo solté una carcajada que sonó extraña dentro del avión, la
aeromoza me observó, preocupada, y alguien mencionó algo detrás de nosotros.-
Está de más decirte, hijo, creo yo, que fue amor, si no a primera vista, por lo
menos al primer apretón de manos. Los días de licencia de aquel joven
transcurrieron mas en mi casa que en el hotel en donde se hospedaba; supongo
que fue la última noche de aquella cortísima semana, nunca lo pregunté, que
decidieron conocerse.., un poco más.., tu me entiendes.. Y, sabes, creo también
que fue en ese momento supremo del amor, en que se volvieron locos el uno por
el otro.. En mi vida había yo visto cambio tan favorable en mujer alguna, el tono de
la piel, la mirada, los labios, la forma de caminar. Mi hermana, toda ella, estaba
esponjada de dicha y de amor por aquel solitario aviador de mirada tierna y
taciturna. Parecía una flor acabada de abrirse. Yo viajaba mucho y, mientras ellos
mantenían correspondencia constante, trataba, en la medida de lo posible, de no
perderle de vista. Cada dos meses justo, se escapaba y pasaba tres días con
ella.., cómo lograba la licencia? No lo sé hijo. Nadie lo supo nunca. Pero lo cierto
del caso es que mientras a todos nos costaba un imperio lograr un permiso por
apenas unas horas, aquel joven, con la regularidad de un reloj, se las ingeniaba
para regresar y amarla en donde primero la encontrara.. No te rías así, que es
cierto. Una vecina llegó a contarme que les gustaba, por las tardes, bañarse en
las playas del norte, a unos cinco minutos del pueblo, y que luego, al parecer todo
el mundo lo sabía, se amaban detrás de la pequeña ensenada que hay subiendo a
la casa. Una vez, recuerdo que desperté como a las tres de la tarde, había llegado
esa madrugada proveniente del frente europeo, los Aliados estaban preparando la
ofensiva para el Día D, donde murieron muchos soldados..-
Se detuvo, algo empañó su mirada, creí que iba a llorar, no lo hizo, suspiró hondo,
y tomó nuevamente el hilo:
– ..Y el ajetreo era constante y agotador.. Semidormido los descubrí, claro que nunca
me vieron, enloquecidos sobre la ropa sucia, junto a la lavadora.-
Esta vez río con ganas, el anciano bebe un trago de su carterita de plata, y vuelve a
observarme como si tratara de adivinar mis pensamientos.
– Sin embargo, y lamento que esto tal vez te caiga como un balde de agua fría, el correo
de la Armada llegó a casa una mañana de finales de 1.944, con un sobre lacrado en
negro. Gracias a Dios me encontraba yo en recuperación de una herida en el hombro
izquierdo, cuando aquella funesta noticia llegó a las manos de mi pobre hermana.
Podrás imaginarte como se puso..-
Su mirada se perdió mas allá de la ventanilla.
– Enloqueció mi pequeña.. Y yo sin poder hacer nada.., cómo? En apenas unos días
su rostro terso y juvenil, hermoso y lleno de vida, se tornó flacucho y cenizoso. No
comía nada, hijo, solo observaba aquel maldito mensaje del Gobierno: “Lamentamos
informarle y bla, bla, bla”. Toda esa alharaca del pésame y qué se yo y ocho cuartos.-
Respeté su silencio.
– Entonces, cuando faltaban exactamente diez días para cumplirse el plazo al que la
había acostumbrado, ella, en el colmo de su locura, comenzó a marcar las fechas en
el calendario, comió un poco mas y se acicaló de lo mas lindo. Todas las mañanas me
preparaba el desayuno, tarareando una vieja canción de amor que nos enseñó mi
madre cuando éramos pequeños. Yo me quería morir. Cómo explicarle, cómo decirle
que él no volvería, no volvería nunca mas.. Y poco a poco llegó el día.. Yo huí de casa,
no pude soportar verla esperar, arreglada con sus mejores ropas, bañadita y
perfumada, sonriente.. Sentada en el columpio, mirando al final de la calle por donde
siempre aparecía.. Vagué por el pueblo, visité a unos amigos, me distraje en el
bosque, y así, dando tumbos de un lado a otro, por la tarde y sin querer, llegué a las
playas del norte. Nunca he podido saber a ciencia cierta qué fue lo que me alertó, pero
cuando vi la mar lamiendo la arena con esa fuerza y seguridad con que siempre lo
hace, el corazón me dio un vuelco, y corrí, hijo, desesperado, de vuelta a casa..-
Volvió a estudiarme con sus ojos azules, cariñosos y firmes.
– En la puerta, suponiendo lo peor, comencé a temblar, alerta. Cómo me costó abrir
aquella maldita cosa. Mi hermana no estaba por ninguna parte. La busqué en toda la
casa, hijo, revisé la despensa, el sótano, el único baño que había, y terminé de rodillas
en el jardín, hecho un mar de lágrimas.., había sido un idiota al dejarla sola.
De pronto recordé el cuarto de la lavandería, me levanté y corrí como me enseñó el
bendito Owens años atrás. Abrí la puerta imaginándome cosas horribles, la muerte es
la muerte.., pero no. Cuando entré, quedé perplejo, si, pero por otra razón.
En el piso, sobre la ropa sucia, toda revuelta, se percibía fuertemente el aroma del
amor. El choque emocional me abofeteó el rostro, no podía ser, pensé. Y volví a creer
lo peor, supuse que, en medio de su locura, mi hermana se había entregado a algún
extraño, suponiendo que era él quien había vuelto. Entonces, en medio de la ropa,
brilló el botón dorado de su perchera de aviador, lo reconocí porque tenía en un borde
la misma muesca que, de tanto cambiarla de un lado para otro, le vi muchas veces.
Emocionado, sin entender nada, me levanté y corrí de vuelta hacia la playa. Quería
verlo, tocarlo, que me explicara como era que la Armada, muy delicada en ese tipo de
asuntos, había cometido tamaño error al enviar aquella trágica misiva..-
Volvió a extraviar su mirada fuera de la ventanilla, en las nubes de abajo que se
moteaban de rosa por el amanecer; su tono continuó siendo grave.
– Eran las seis y media de aquella tarde, hijo, cuando llegué a la ensenada, al lugar en
donde acostumbraban amarse, pero allí no había nadie. El vestido de mi hermana se
hallaba junto al camino y sus pisadas, desnudas, se encaminaban hacia la Mar.
Escuché sus risas, miré a lo lejos pero no les vi.. Corrí siguiendo las marcas en la
arena, él caminaba con ella.. Al borde de la playa me detuve y me senté, llorando de
felicidad.., y los esperé. De vez en cuando les escuchaba reírse, chapotear.-
Me miró quedamente, sonrió, bebió un poco de su carterita y volvió a sonreírme, a
pesar de lo cual, una lágrima, pequeña y solitaria, se deslizó por su mejilla copiando los
destellos de la mañana; finalmente dijo, volviendo a mirar el cielo bajo nosotros,
apretándome la mano con fuerza, estremeciéndose:
– Pero nunca volvieron..-
A veces, cuando estoy muy cansado y no me quedo dormido, cruzo los brazos
sobre el escritorio, recuesto mi barbilla encima, observo el botón dorado que me dejó con
la carta. Y la rosa roja, que según me contó, nació en aquella ensenada apenas llegar la
primavera.
Nunca he entendido por qué, y nunca pude preguntar. El sobre tenía mi nombre y
debajo, entre paréntesis, la siguiente cita:
( Para un aviador solitario..)