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Son siete mujeres muy diferentes. Sylvia, la parisiense; Serena, bella chilenoargentina; Gloria, estrella de Hollywood; Olga, la rusa; Aicha, la falsa árabe; Greta la suiza, dueña de casa, y Lea, mujer de todas partes y de ninguna. Cada una anima un fresco en esta novela original y cautivante. Las ambiciones y pasiones de las siete están dominadas por un mismo inescrupuloso personaje, el barón Graig, cerebro maquiavélico que no se contenta con ejercer su poder hipnótico sobre ellas sino que quiere aplastar a un hombre que tiene para él un especial defecto: es joven. Una novela alucinante donde lo sobrenatural se va infiltrando en la realidad en una proporción cuidadosamente dosificada con mano maestra.
Ahí estaban todos: los mundanos, los inútiles y los otros. La fiesta ofrecida por la
embajada de los Estados Unidos sobrepasaba en boato a todo cuanto París había conocido
hasta entonces. La orquesta había sido traída directamente de Nueva York, los vestidos de
las damas exhibían las últimas novedades del genio parisiense, los fracs eran de excelente
corte, la mesa estaba bien provista. El baile se anunciaba de antemano como uno de los
grandes éxitos de la temporada, del que se hablaría largo tiempo.
En semejante ambiente las mujeres no podían menos que ser lindas. Una de ellas, sin
embargo, atraía particularmente la atención. No porque fuera la más hermosa sirio por la
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desbordante juventud que emanaba de su persona. Sylvia Werner siempre producía la
misma impresión dondequiera que pasara. Los hombres la admiraban y, cosa extraña, las
mujeres no se sentían celosas de ella.
Sonreía cuando una de sus amigas de infancia le dijo:
—No has dejado de bailar desde que llegaste y sin duda ya has probado a todos los
bailarines. ¿Cuál es el mejor?
Sylvia estaba a punto de responder cuando sus ojos claros se fijaron con asombro en un
extraño personaje.
—¿Quién es? —le murmuró a su amiga.
—¿Cómo? ¿No conoces a Graig? ¡Pero mi pobre Sylvia, seguramente eres la única que
no lo conozca!
—Es la primera vez que lo veo.
—Me dejas estupefacta. Todo París ha entrevisto por lo menos su silueta…
Perdido entre la ola de los invitados el barón Graig quizás hubiera pasado inadvertido, si
una particularidad de su vestimenta no hubiese atraído la atención sobre su persona
angulosa y ligeramente encorvada: en vez de la clásica corbata del frac lucía sobre su pecho
un jabot de encaje que hubiera resultado ridículo llevado por cualquier otro.
El barón no se parecía a nadie. No tenía edad. Su cabellera ondulada, cuyos hilos de plata
conferían a su rostro una cierta dulzura, era abundante y echada hacia atrás, dándole el
aspecto de un vago sabio escapado de otro planeta. La nariz era aquilina, los labios
delgados. Pero lo que más llamaba la atención en su rostro era su mirada penetrante,
alternativamente risueña y dura, más a menudo risueña. La dureza pasaba por ella en
relámpagos: era entonces implacable. Sylvia lo adivinó en un segundo y se estremeció.
—¿Sientes frío? —le preguntó Raymonde, que había observado ese reflejo.
—Ese hombre me da miedo…
—¡Estás loca! Graig es el ser más adorable que conozco… Sólo tiene un defecto a mis
ojos: nunca baila. No podrás inscribir su nombre en tu carnet de baile, si es que posees uno.
¡Es irreductible! ¿Quieres que te lo presente? Además es un perdido admirador de las
mujeres hermosas.
—Ya comprendo: la especie "viejo galante"…
—No comprendes nada. Nadie conoce realmente a ese hombre. Vive solo en su hotel
particular en Neuilly, rodeado de domésticos chinos que se dicen mudos. Parece que nunca
se casó y no se le atribuye ninguna amante.
—¿El hombre del misterio no será sólo un viejo señor misógino?
—En este momento tengo la impresión de que está hablando de nosotras con el círculo de
cotorras que lo rodean… Creo que no necesitaré presentártelo. El mismo lo hará: viene hacia
nosotras.
Sylvia experimentó de pronto un irrazonable deseo de huir, pero el encuentro ya era
inevitable. La voz dulce del barón dijo:
—Señora: he tenido ocasión de vincularme con el señor Werner por asuntos de negocios,
y muchas veces he oído ponderar el encanto de su mujer. Debo reconocer que cuanto se me
ha dicho es superado por la realidad. Señora: ¡encarna usted la juventud deslumbrante!
Las últimas palabras fueron pronunciadas con fuerza.
—Y le debo una confesión —prosiguió el hombre—. Las damas que acabo de dejar para
venir a presentarle mis homenajes, me han lanzado un desafío. Pretenden, so pretexto de
que jamás lo he hecho, que no me atreveré a invitarla a danzar. No me desagradaría darles
una pequeña lección. Porque no lo hayan visto a uno realizar ciertos actos, no quiere decir
que los ignore… ¿Qué opina usted, querida señora?
Sylvia no respondió. La desconcertaba la manera de expresarse de su interlocutor. Sus
palabras suaves y demasiado corteses la helaban.
—Ciertos silencios, señora, son a veces una prueba de asentimiento. ¿Puedo pedirle la
extrema amabilidad de concederme esta pieza? Precisamente es un vals: el único ritmo
capaz de unir nuestras dos épocas sin demasiado» choques. Recordándome mi juventud
perdida, este vals será al mismo tiempo un discreto homenaje a la suya…
Abrió los brazos y Sylvia fue a colocarse entre ellos. La nueva pareja del hombre sin edad
y de la joven rubia se dejó arrebatar por el torbellino seguida por las miradas estupefactas de
la concurrencia. Era la primera vez que el barón Graig consentía en bailar.
.. .No por mucho tiempo, por otra parte, pues luego de algunas vueltas, declaró sonriente:
—¿Qué le parece si ahora que hemos asombrado a todos y que su triunfo personal está
asegurado, terminamos este baile sentándonos. Yo no soy en el fondo más que un viejo
señor falto de aliento…
—¡Usted baila maravillosamente!
—No hay ningún mérito en eso. Pertenezco a la última generación que sabía conservarse
erguida danzando, sin tener un aire afectado… ¿Qué tul esta salita azul, que parece esperar
visitantes discretos y donde estaríamos perfectamente tranquilos para evadirnos de esa
brillante muchedumbre que, a la larga, acaba por resultar fatigante? ¿Nos sentamos?
Sylvia continuó callada.
—De nuevo compruebo que no. es nada locuaz… Pero su silenció, no me desagrada.
Tanto más —porque tengo la mala costumbre de hablar por dos. Ahora bien: ¿usted ni
siquiera parece sospechar que tengo muchas cosas que decirle?
—¡Realmente?
—¡Por fin una palabra! Es sólo un adverbio, pero resume todo un interrogatorio.
Acababan de interrumpir su vals ante el umbral de la salita azul, por cuyos ventanales
abiertos hacia los Campos Elíseos penetraba el perfume delicado de una noche de París.
Sylvia se encontró sentada. sobre un sofá, con su extraño caballero a —la izquierda. Por
segunda vez experimentaba un sentimiento de malestar indefinible: el don de persuasión del
desconocido le parecía monstruoso. Incluso se preguntaba si jamás una voluntad humana
había podido resistir al poder fascinante del barón, que añadió, mirándola fija e
intensamente.
—¿Cree usted en los faquires?
La pregunta le pareció de tal modo — imprevista, tan absurda, que rompió a reír. Y,
mejor. que toda respuesta, su risa probaba que no creía en, los magos de la India.
—Tanto mejor —exclamó el barón— porque yo no soy uno de ellos. Con todo, ciertas
facultades naturales me permiten prever la vida de mis contemporáneos, un pequeño juego
que tiene para mi un sabor muy particular… Así, ahora que ambos estamos libres de oídos
indiscretos, quiero confesarle la verdadera razón por la cual yo—que nunca bailo, he
realizado el meritorio esfuerzo de invitarla a bailar y de exhibirme ante una multitud.
—¿Tan. penoso le resultó?
¡No me interprete—mal! Y por favor no se ofenda… Reconozco que jamás he sabido
expresarme correctamente con las jóvenes que me intimidan… ¿Será sin duda el justo
reverso de mi vida de viejo oso? Pero sepa quemo la he invitado porque sienta una
particular pasión por la danza, ni porque sea la mujer más deslumbrante de la fiesta. Sé,
además que es rica, muy rica. La he invitado solamente para decirle lo que pienso de usted.
—¿Como adivino?
—Sí, pero un adivino que a la vez se siente conmovido por su desamparo. Señora Werner:
pese a su juventud, pese a su riqueza, a, pesar de todo su encanto, es usted a mis ojos la
mujer más desdichada que he conocido… ¡Y he conocido mucho mundo!
Ella lo miró con estupor. ¿No estaría tratando con un loco? La voz suave continuó
lentamente, como si se hablara a sí misma,,casi por lo bajo.
Muy desdichada… ¡Mientras todos la creen en el colmo de la felicidad! Siempre resulta
interesante, conocer a aquel o aquella que encarna el máximo de un estado de alma…. Al
venir al baile del cuerpo diplomático no sospechaba que tendría la. oportunidad, tan rara, de
sentarme en el mismo, sillón junto a la Desgracia personificada por una joven mujer rubia.
¡Nunca la había encontrado hasta ahora y jamás la imaginé con ese rostro. He ahí, señora,
por qué le he rogado acordarme unas vueltas de vals…
Sylvia se puso dé pie, pálida.
—Señor, comienza a incomodarme con todas esas historias y con sus modales, demasiado
corteses, que sin embargo rozan la indiscreción… —
—¡La he molestado? —respondió Graig sin perder la calma y permaneciendo sentado—.
No me asombra acabo de. poner el dedo en la llaga. Y las llagas. son dolorosas… Por favor,
vuelva a sentarse y le diré cómo puede obtener una rápida cura.
Después de mirarlo con una mezcla de curiosidad y temor, ella terminó por acceder a la
demanda, diciendo:
—Lo escucho.
—En esa forma demuestra que es una mujer razonable e inteligente Ahora bien ya que
dos faquires no le inspiran confianza ¿cree en la quiromancia?
Había tomado la mano derecha de Sylvia y la sostenía entre sus dedos diáfanos. Tras
examinar minuciosamente las líneas de la palma, dijo moviendo la cabeza.
—¡Muy curioso! Ya me lo sospechaba un poco. Señora, tiene usted dos líneas de vida.
Sylvia lo observaba cada vez más estupefacta.
—Hasta el primer tercio de su existencia hay una línea de vida única —prosiguió la voz
suave—. Después olla se desdobla en su palma. Mire: ¿ve esta segunda línea, paralela a la
primera y bastante mal dibujada en la carne? Debemos sacar la conclusión de que al cabo de
ese primer tercio de su existencia, es decir alrededor de los veinticinco años, experimentará
un cambio decisivo. Si usted sigue la línea más marcada, seguirá siendo la más desdichada
de las mujeres… Si al contrario, utiliza la segunda ruta, ella le aportará la felicidad. Pero
para alcanzarla es indispensable un esfuerzo de voluntad de su parte. Una vieja sentencia
pretende que las existencias están trazadas de antemano por el destino y que ningún
individuo puede sustraerse a él. Personalmente, creo en el libre albedrío. Cada uno sigue el
camino que ha querido elegir. Él "estaba escrito" de los árabes seguramente fue inventado
por un señor con el alma invadida por una inmensa pereza natural. ¿Puedo conocer su
opinión sobre este asunto?
Sylvia permaneció muda. Jamás se había planteado tal problema.
—Este nuevo silencio —continuó su interlocutor— es para mí el más precioso indicio de
una segunda aprobación tácita. De modo que me permitiré insistir. ¡Señora de Werner, debe
usted tomar una decisión! La hora ha llegado. Cuenta ahora exactamente veinticinco años…
Sus dos líneas de vida son largas… Ellas la conducirán alegremente más allá de los noventa
años, a menos que usted misma atente contra sus días… Cosa que podría ocurrir si se siente
demasiado desdichada, demasiado desesperada… Y corre el riesgo de serlo si continúa
llevando su existencia actual.
—¿Qué debo hacer? —preguntó Sylvia sordamente.
De nuevo la aguda mirada de Graig volvió a clavarse en ella, como si quisiera saborear su
triunfo. En adelante la joven lo escucharía.
—Si consiente en hacerme el honor de venir mañana a tomar una taza de té en mi casa,
podríamos regularizar por escrito el pequeño acuerdo verbal que vamos a hacer
inmediatamente.
—¿Qué acuerdo?
—¡Cuanto más hablamos, más siento que necesita de mí! Querida señora: es usted muy
desgraciada. Las razones son a la vez clásicas y dolorosas. Su familia carecía de fortuna,
usted amaba el lujo, era bastante ambiciosa, su único capital era su juventud deslumbrante.
Pero usted no se daba cuenta de eso al borde de los diecinueve años. En cambio sus padres,
por el contrario, lo comprendieron muy bien y, prácticamente, la han vendido, después de
deslumbrarla con las ventajas que le reportaría su unión con el riquísimo Horace Werner,
treinta años mayor que usted. Usted no amaba a ese hombre, pero cedió.. . En realidad, en
esa época, nunca había amado aún. Y no creo equivocarme al pensar que lo mismo ocurre
ahora. ¡A los veinticinco años! ¡Es lamentable!
… Su marido no la amaba. Simplemente tenía necesidad de una presencia joven junto a él,
aunque sólo fuera para dar celos a aquellos de su misma edad. No digo "a sus amigos", pues
nunca los tuvo. ¡Horace Werner es un hombre execrable! Usted lo sabe mejor que yo: ¡lo
detesta!… Bebe, juega… Su placer favorito es arruinar a los demás, mientras la cubre de
pieles y alhajas para deslumbrar a sus enemigos. Durante los pocos momentos de intimidad
que suelen tener, vuelve a dominarla haciéndole sentir el peso de su poder y de su riqueza.
Ninguna de las personas de su amistad lo sabe. Sus mejores amibas de infancia, como
Raymonde, están convencidas de que usted es feliz, pues ha conseguido engañarlas
admirablemente. ¡Pero yo, Graig, lo sé!
Sylvia le había escuchado consternada. Una pregunta natural vino a sus labios:
—¿Cómo ha hecho para saber todo esto?
—¿No le he dejado entender que era un poco adivino? Lo importante ahora es la forma en
que va a abandonar esa primera línea de vida deplorable —que continuará desarrollándose
de la misma manera desolada si no le pone remedio inmediatamente, para seguir la segunda,
más audaz pero mucho más atractiva… Cometería el más grande error en no tentar la
experiencia: su línea de suerte es casi increíble…
Por tercera vez Sylvia no respondió. Su mirada, tan límpida de costumbre, se tornó ahora
suplicante. ¿Ese hombre que tan bien había sabido poner el dedo en la llaga más secreta de
su existencia, sería el único capaz de curarla? Este confuso sentimiento se reflejó en sus
ojos. Cualquiera lo hubiera notado. Y con más razón Graig, quien continuó:
—¿Cuál es el medio de salir de eso? Muy simple. Vamos a hacer un pacto que vendrá a
firmar mañana a casa, ante una taza de té… O pasado mañana, o dentro de ocho días, o
dentro de un mes,, cuando usted guste. Sé que vendrá de todas maneras… En los términos de
ese contrato escrito yo le garantizaré una dicha completa desde las veinticuatro horas
siguientes a la firma, hasta el fin de sus días, que se anuncia muy lejano.
—¿Es un ilusionista o un filántropo? —Ni lo uno ni lo otro, querida señora. Sólo soy ¡ay!
un pobre individuo, de lo más vulgar, que ha adquirido la detestable costumbre de no dar
nada por nada. Usted misma es lo bastante perspicaz como para desconfiar de tales regalos.
A cambio de la felicidad que yo le daré por contrato, usted me cederá un año de su juventud.
—¿Cómo?
Ella creyó no haber comprendido bien. Sin embargo el barón repitió con delirante
lentitud:
—He dicho bien: un año de su juventud… Ya no quedaba duda alguna: Sylvia se hallaba
en presencia de un auténtico loco. Pero éste prosiguió con la mayor calma:
—Adivino lo que está pensando y quiero tranquilizarla: no he perdido el juicio. Si le pido
un año de juventud, alrededor de sus veinticinco años —admitamos que sea el veintiséis,
para no ser más precisos— es porque sé que tal cosa no le causará ninguna molestia y en
cambio me prestará un inmenso servicio. Francamente, ¿qué puede hacerle el despertar, al
día siguiente de la firma de nuestro pequeño pacto, con un año más? Tener entonces
veintisiete años en lugar de veintiséis, no alterará mayormente su edad. Y desde luego, le
garantizo que nadie lo sabrá.
Esta vez Sylvia se echó a reír francamente.
—Supongamos, querido señor, que firmamos nuestro extraño pacto y que usted sea el
auténtico y último dispensador de la Dicha Universal… Admitamos incluso que realmente
me dé la felicidad y yo le ceda en cambio mi veintiseiseno año. ¿Qué haría con él?
—Señora: ésa es la única pregunta a la que no puedo responder. Sepa sin embargo, que lo
necesito, que tengo la más grande necesidad de él.
—¿Para usted?
Él prefirió eludir la respuesta:
—Sin duda no dejará de preguntarse por qué me he dirigido a usted antes que a ninguna
otra. En primer lugar, porque siendo la más desdichada de todas, tiene un deseo urgente e
inmenso de esa felicidad. ¿Pero qué podría darme en cambio? Nada, sino una parcela de su
juventud. ¿No es ése el único bien de su exclusiva propiedad? Igualmente podría haberle
ofrecido comprarle un año de juventud, pero el drama para mí es que usted no necesita
dinero. Gracias a su matrimonio posee todos los bienes materiales. ¡Lo único que no le ha
aportado es la juventud, pues ya la tenía! ¿Qué mejor cosa puede ofrecerme a cambio de la
felicidad?
De nuevo Sylvia se había puesto de pie. Las últimas palabras del barón la turbaban,
aunque encontró fuerzas para decir con tono gracioso:
—Cuanto acaba de contarme es muy interesante. Sin embargo, estimo que es suficiente
para nuestra primera conversación. Pues le confesaré que tengo un defecto: ¡amo el baile!
¿Si continuáramos el vals interrumpido?
—¡Sus deseos serán siempre órdenes para mí!
Y le ofreció el brazo para conducirla hacia el gran salón iluminado donde las parejas
danzaban.
—Permítame sin embargo entregarle esta tarjeta en la que hallará mi dirección y donde
acabo de anotar mi número de teléfono… Sí, he cometido un gran error al negarme a que mi
nombre figure en la guía… Pero tengo horror a los importunos y prefiero elegir yo mismo
mis lluevas relaciones.
—Me siento muy halagada… ¿Usted ha de conocer mucho mundo?
—Sin ninguna exageración, conozco el mundo entero… ¡Lo más gracioso es que también
el mundo entero me conoce, sin ninguna duda!
—En efecto, es curioso… Como usted no me parece poseer ninguna de las cualidades de
Dios, ¿no será, quizás, el Diablo?
El barón se contentó con sonreír, murmurando en el momento de ser arrebatados por el
vals:
—Nunca se sabe… ¡Si se admite que ese personaje existe!
Sylvia permanecía pensativa mientras su chofer la conducía de regreso a su casa. Había
preferido retirarse cuando terminó su vals con Graig. Las danzas siguientes, y sobre todo los
otros bailarines, le hubieran parecido estúpidos. Veinte veces, durante el rápido recorrido
nocturno desde la plaza de la Concordia al lujoso edificio que habitaba sobre el Ranelagh, la
joven se había preguntado si acababa de conocer a un visionario o a un hombre
extraordinariamente lúcido. ¿Incluso era un hombre el barón Graig" Todo cuanto le había
dicho era exacto. Ningún policía en el mundo o director de conciencia hubiese podido
sondear sus más íntimos pensamientos como acababa de hacerlo aquel desconocido de ojos
devorados por un fuego insostenible. Sylvia se sentía sobre todo trastornada por la idea de
que el enigmático personaje estaba en el secreto de sus verdaderas relaciones con su marido.
Creía sin embargo haber hecho todo para engañar a sus íntimos. Graig mismo lo había
reconocido: los otros, no sospechaban el drama de su vida. Porque ella era desgraciada,
infinitamente desgraciada…
—Cuando penetró —aún impregnada por los efluvios luminosos y bulliciosos del baile—
en el departamento, encontró a su esposo sentado en un sillón de la biblioteca, de smoking y
fumando un cigarro. La única frase de bienvenida pronunciada por ese hombre cuya
presencia se le hacía insoportable, fue un áspero "buenas noches", lanzado de mala gana
entre dos bocanadas de humo opaco, sin quitarse el cigarro de la boca. La pieza se hallaba
impregnada y apestaba con el olor del cigarro, que Sylvia execraba. Tuvo que hacer un
esfuerzo para preguntarle:
—¿No salió?
Jamás había podido acostumbrarse a tutearlo. La gran diferencia de edades, sumada a mil
renunciamientos, había cavado entre ellos, desde la noche misma de sus bodas, un foso al
que el tiempo no hacía más que profundizar.
Después de aspirar silenciosamente una bocanada y lanzarla con voluptuosidad hacia el
techo revestido en madera, el hombre consintió en responder, con la misma aspereza:
—Aún no, pero voy a hacerlo ahora.
—¿Sabe Horace, que ya son las dos de la mañana?
—¿Y de ahí? Cualquier hora es buena cuando uno tiene necesidad de distraerse.
—¿Yo no le resulto ya suficiente, sin duda?
—Tú nunca me has sido suficiente querida… Al principio de nuestra unión eras para mí
una especie de pasatiempo agradable, como el juego… Ahora ya sólo eres un hábito
detestable, como el alcohol…
—¡Es usted un monstruo!
—¡Es lamentable que tú y tus queridos padres no se hayan dado cuenta de eso antes del
matrimonio! Se dice, y es cierto, que el dinero lo arregla todo… Por desgracia, en lo que a ti
te concierne, "mi" fortuna no ha arreglado nada. Sigue siendo tan considerable y nosotros
seguimos siendo los mismos que el día que me fuiste presentada, es decir, dos
desconocidos. Pues fuiste tú quien me fue presentada: tienes tendencia a olvidarlo. Yo sólo
tuve el trabajo de elegir…
Ella sintió impulsos de abofetearlo, mientras él siguió hablando con un tono desenvuelto,
peor que la injuria:
—En fin… Todo esto es muy poco interesante… Lo que importa es que el baile haya
tenido éxito, pues ibas a lucir unas alhajas raras. ¿La embajadora estaba elegante?
—¡Como si ese detalle le interesara!
Ella quiso impedirle que se llenara otro vaso de whisky:
—Le suplico… ¡No beba más esta noche!
—¡Sería la primera vez que me impedirías hacer lo que se me antoje! ¿Te he prohibido yo
acaso salir sola ni hacer nuevas conquistas?
—Precisamente esta tarde conocí a alguien que le conoce…
—¿Quieres deslumbrarme con ese caballero? ¿Puedo saber quién es el gran señor y cómo
se llama?
—Es, en efecto, un señor… el barón Graig.
Werner pareció reflexionar algunos segundos, como buscando en sus recuerdos, antes de
responder:
—Un nombre que no me dice nada, en absoluto. Sin embargo, tengo reputación de poseer
una memoria implacable.
—¡El whisky se la hará perder, se lo aseguro! —Siempre amable… ¿Y qué te ha dicho de
mí ese noble desconocido? —¡Todo!
Tras de beber de un solo trago el contenido de su vaso, Werner dijo:
—Es mucho, mi querida… Si no tienes inconveniente, otro día hablaremos de ese
personaje, cuando no tengamos otro tema más interesante de conversación. Y ya que has
regresado, te deseo pases una muy buena noche, de la cual el alba llegará pronto. En cuanto
a mí, voy a salir. Decididamente no tenemos suerte.— ¡no hacemos otra cosa que
encontrarnos y saludarnos de paso! ¡Habría que creer que este departamento es demasiado
grande o nuestros corazones demasiados pequeños!… Tú no tienes idea cómo adoro estas
horas de la noche. Es el raro momento en que los burgueses duermen y las gentes
interesantes velan, los criminales realizan sus delitos, los escritores maduran sus obras en el
silencio, los monjes cantan maitines y las cortesanas se ofrecen a sus amantes… Realmente,
Sylvia, amo esta hora… ¿Y tú?… Tu habitual mutismo me prueba, ay, una vez más, que no
participas de mis gustos. ¡Cuánto lo lamento!
Dio un portazo al salir. No bien quedó sola se sintió presa de un irrazonable deseo de
llamar a Graig. ¿No tema, en la cartera, en la tarjeta que le había dado, su número de
teléfono? ¿Pero habría regresado ya a su casa? ¿Y si dormía? ¡Tanto peor! Tenía necesidad
de oír la voz dulce…
Mas no bien oyó llamar la campanilla en el otro extremo del hilo, cortó con precipitación.
A semejante hora, en caso de que Graig respondiera, ese llamado telefónico sería, casi una
súplica. Era preferible que el barón no sospechase el grado de su confusión: conocía ya
demasiadas cosas. Sabría tener paciencia…
Al día siguiente, hacia las cinco de la tardo, uno de los servidores chinos la introducía en
el gabinete del barón. Sylvia ni siquiera quiso decir su nombre al doméstico, quien, después
de saludarla inclinando la cabeza y sin pronunciar una palabra la condujo directamente a la
habitación donde se encontraba su amo. Al verla, el barón Graig abandonó el sillón que
ocupaba, ante un inmenso escritorio colmado de papeles.
—Mi querida señora —dijo aproximando sus labios a la mano enguantada—: la
esperaba…
—¿Cómo podía saber que vendría?
—La esperaba… ¿, Me permite ofrecerle una taza de té? Pensé que sería más agradable
hacerlo servir aquí.
El silencioso sirviente reapareció empujando una mesita de ruedas con un voluminoso
samovar. Mientras su huésped vigilaba atentamente la preparación delicada del brebaje,
Sylvia lo observó de nuevo con la secreta esperanza de que el misterio que parecía rodearlo
la víspera, se evaporara en ese ambiente más íntimo. El ceremonioso traje de etiqueta con el
jabot de encaje había sido reemplazado por un saco de interior, de terciopelo verde botella,
vestimenta que armonizaba con el tinte de marfil del hombre y el tono general del gabinete
de trabajo, amueblado con el más refinado buen gusto.
—Su hotel particular es encantador —reconoció la joven—. Lo felicito.
—Sobre todo es silencioso. El ruido me causa horror: ¡es tan inútil!… ¿Cuántos terrones
de azúcar? ¿Un poco de leche? Perfecto. Querida señora, me parece usted preocupada. ¡No
me gusta verla así! Cuando se llama a mi puerta todas las preocupaciones se dejan de lado.
Todo aquí es para la alegría.
El tono con que pronunció esta última frase sonaba a falso. Sylvia deseaba ya irse, para
hallarse lejos de aquella casa, pero no tuvo fuerzas ni tiempo para ello. Graig, en efecto,
acababa de hacerle une pregunta embarazosa:
—¿No trató de telefonearme anoche?
—No —respondió ella con demasiada vehemencia para ser sincera.
—Sin embargo hubiera creído…
—Por una vez, caro amigo, su don de videncia ha fallado.
—¡Nadie es infalible!
—¿Se olvida de Dios?
—Me desagrada en absoluto oír pronunciar ese nombre.
—¿Será usted ateo?
—No, pues creo en mí.
—¡Tiene mucha suerte! Es una fuerza que le envidio de la que carezco.
—La tendrá muy pronto… Todo está listo.
Abrió un cajón del escritorio y sacó dos hojas de papel ya ennegrecidas por una ancha
escritura. Luego continuó:
—El solo hecho de hallarse aquí prueba que ha decidido ratificar nuestro pequeño
acuerdo. Pero siempre es preferible conocer el contenido de un texto antes de firmarlo… El
contrato está redactado en doble ejemplar. Si no le es mucha molestia, voy a darle lectura.
Se había sentado ante su escritorio y leyó con su voz dulce:
"Entre los abajo firmantes:
"La señora Sylvia Werner, domiciliada en París, bulevar Beauséjour 51, por una parte y el
señor barón Graig, domiciliado en la calle Longpont 13, en Neuillysur—Seine, por la otra,
se ha convenido el siguiente contrato:
"Artículo primero; El señor barón Graig garantiza a la señora de Werner la felicidad
perfecta hasta el fin de sus días que, según su línea de vida, no ocurrirá antes de muy largo
período. Esta felicidad comenzará dentro de las veinticuatro horas siguientes a la firma del
presente contrato.
"Artículo segundo—. A cambio de su felicidad garantizada, la señora Sylvia Werner cede
al señor barón Graig un año completo de su juventud: el veintiseiseno. La señora Werner se
encontrará, pues, siendo un año mayor, día por día dentro de las veinticuatro horas
siguientes a la firma del presente contrato.
"Artículo tercero: Queda especialmente convenido, que el presente acuerdo se
mantendrá estrictamente confidencial entre las partes contratantes.
"En Neuilly, oí…"
La lectura había terminado. Graig la hizo con una cierta lentitud que impresionó a Sylvia.
Pese a todo, todavía dudaba sobre la actitud a adoptar y se estaba preguntando una vez más
si no acabaría por echarse a reír, cuando su anfitrión afirmó:
—Los mejores contratos, mi querida señora, son los que tienen el menor texto posible. Si
está de acuerdo con éste, sólo me queda ponerle la fecha de hoy y firmaremos cada uno un
ejemplar, tras añadir la mención habitual: leído y aprobado. Sin embargo, por última vez
quiero llamarle la atención respecto a que esto acto no debe firmarle a la ligera, ¿Ha
reflexionado profundamente? Sobre todo, no crea que soy un farsante. Aprecio en su justo
valor la calidad de nuestro trueque… ¿Quiere hacer alguna modificación?
—No —respondió ella con un suspiro.
—En tal caso, sírvase tomar asiento ante el escritorio. La galantería me obliga a firmar
después de usted.
Sylvia se puso de pie como movida por una fuerza invisible. Durante el corto trayecto que
recorrió, como una autómata, para bordear el escritorio, volvió a revivir, en un relámpago de
su memoria, la penosa escena sostenida la noche antes con su marido. Cuando estuvo
sentada, Graig le dijo, al mismo tiempo que le tendía una larga pluma de ganso:
—No he podido acostumbrarme a escribir con una estilográfica o una pluma moderna.
Soy un conservador obstinado… ¿No le parece que esta pluma arcaica confiere cierta
nobleza a la firma del contrato?
La joven comenzó a escribir la palabra Leído sin tomarse la pena de responder, pero se
detuvo en seco, asombrada: la tinta que impregnaba la punta de la pluma de ganso era roja,
mientras que el texto del contrato estaba en tinta negra. A pesar de todo, tras un momento de
vacilación, firmó, aunque con la desagradable sensación de que la pluma le quemaba los
dedos. Cuando las firmas estuvieron secas, Graig le tendió uno de los contratos, diciendo:
—Este ejemplar es de su propiedad. Cada uno de nosotros conservará cuidadosamente el
suyo… Ahora que hemos cumplido con esta pequeña formalidad, ¿puedo ofrecerle una
segunda taza de té?…
Sylvia rehusó. El no insistió y se contentó con decir sonriendo:
—Ya veo que tiene urgencia en partir. Por nada del mundo quisiera hacerle perder uno de
los preciosos instantes que va a vivir de ahora en adelante…
—¿Puede decirme de manera precisa cuándo va a comenzar pava mí la felicidad?
—No podrá tardar. .. Querida amiga, permítame llamarla así en lo porvenir, ¿acaso el
secreto que nos liga no acaba de crear entre nosotros una amistad indisoluble?… Querida
amiga…, ¡un poco de paciencia! Cuando la felicidad haya llamado a su puerta, bajo una
forma que usted quizá no sospecha, no vacile en advertírmelo por un simple llamado
telefónico. Me dará un gran placer. Tocó un timbre. El silencioso servidor reapareció. —
Acompañe a la señora Werner hasta su automóvil. A punto de franquear el umbral de la
habitación, Sylvia se volvió hacia Graig tendiéndole la mano que éste besó
respetuosamente.
—Hasta la vista… En fin, antes de partir, quisiera hacerle dos preguntas.
—De antemano considero un placer responderlas, si puedo.
Realmente, ¿no puede decirme en qué va a emplear el año de juventud que acabo de
cederle?
—No. De la misma manera, querida amiga, que no podría usted decirme en qué va a
utilizar la felicidad que le daré.
—Bueno. Espero tener más suerte con su segunda respuesta: ¿por qué la tinta de las
firmas era roja mientras que la del texto era negra?
—Simplemente, porque no era tinta: ¡mi pluma de ganso se moja siempre en sangre!. ..
Ella lo miró de hito en hito, aturdida. La mirada de Graig era de nuevo dura, fría,
impenetrable. Después de retirar vivamente su mano de la mano de su interlocutor, la joven
retrocedió y se alejó sin pronunciar una palabra.
Sylvia estaba nerviosa: las cuatro horas corridas desde que abandonara precipitadamente a
Graig, no habían bastado para calmarla. Erraba de una habitación a la otra, en su
departamento, llamando sin cesar a los diferentes domésticos para preguntarles si su marido
no habría regresado de improviso. Pero el verdadero responsable de su tormento era el
siniestro personaje a cuya casa jamás debió de haber ido, ni siquiera para aceptar una simple
taza de té. La última respuesta del barón, sobre todo, la había impresionado: ¿su huésped
había querido mistificar o, al contrario, hablaba seriamente cuando le explicó que la tinta de
la firma era sangre?
Muchas veces, sin embargo, desde aquel instante. La emoción de la joven dejó paso a una
sonrisa, que ella hubiese querido convertir en una franca carcajada, única cosa capaz de
tranquilizarla. "¡No se firma un contrato con sangre!", no cesaba de repetirse, con la
esperanza de convencerse. ¿Ya quién había pertenecido esa sangre? ¿A Graig f Era tan
pálido que no parecía tener suficiente para sí mismo… ¿La sangre de otro? ¿Qué otro? ¿Y
por qué sangre?
Bastaba esa afirmación del barón para probar que realmente era un loco. La inverosímil
aventura que Sylvia acababa de vivir tenía al mismo tiempo algo de pesadilla y de burlesco.
Quizá sólo se tratara de una broma de mal gusto imaginada por un triste anciano en tren de
hacerse el interesante… ¿O sería la extraña manera imaginada por un viejo mujeriego para
entrar en relación con ella? ¿No habría empleado ya esa estratagema, que le confería una
atmósfera enigmática y misteriosa, para atraerse a quienes esperaba conquistar? Si fuera así,
Sylvia comprendía que se había cubierto de ridículo. ¡Jamás se atrevería a contar a nadie la
tarde que acababa de pasar! ¿Cómo describir la firma del contrato?
¡Un contrato insensato en el que ninguna de las partes en realidad aportaba nada! Graig
no podía hacerle el don de la felicidad, de la que nadie es dueño y que se ha mostrado
siempre inasible desde que el mundo existe… Y ella misma era incapaz de cederle en
cambio su veintiseiseno año. Todo era inepto en esa historia: el acuerdo se transformaba en
un trueque de embustes.
Por centésima vez torturaba su espíritu con estas cuestiones cuando el mucamo llamó a la
puerta del tocador.
—¡Pase! —exclamó ella maquinalmente, como si hubiera sido arrancada a una pesadilla.
—Un inspector de policía ha llegado… Pregunta si la señora puede recibirlo
urgentemente.
Sylvia se levantó temblorosa y pasó a la sala donde había sido introducido el tardío
visitante, el cual parecía más bien incómodo, como embarazado por la misión que debía
cumplir.
—¿La señora Werner—preguntó con una cierta circunspección, antes de continuar—:
Señora, debo anunciarle una penosa noticia. Tenga usted valor… Hace alrededor de dos
lloras, al salir de un club privado situado en el bulevar Haussmann, el señor Werner fue
atropellado por un automóvil… lía muerto en el acto. Su cuerpo acaba de ser transportado a
la morgue. Si no le fuera demasiado penoso, ¿quisiera ahora acompañarme allí para llenar
ciertas formalidades.
El inspector se interrumpió de pronto: para su más grande asombro, el anuncio que
acababa de hacer parecía provocar sobre el rostro de la señora Werner una impresión de
alivio… La joven permaneció de pie ente él, inmóvil, silenciosa como si se hubiese dejado
arrastrar muy lejos por una visión imaginaria. Hubo una larga pausa antes de que
respondiera:
—¿Es absolutamente necesario que vaya a la morgue?
—Sería preferible, señora para que el médico de servicio pueda expedir el permiso de
inhumación.
—Señor inspector, mi pregunta seguramente va a parecerle extraña, pero ¿está usted
seguro que se trata de un accidente?
—Señora, sobre ese punto no hay duda posible. Las declaraciones de muchas personas,
testigos del accidente, son formales.
Después de una ligera vacilación, continuó:
— …Sí. Nosotros tuvimos el mismo pensamiento que usted. Pero una rápida investigación
nos ha confirmado que el señor Werner abandonó su club un poco alegre sin duda, pero con
la firme intención de regresar a su casa. Así lo manifestó a muchos de los contertulios del
establecimiento, e incluso tomó una cita con un cliente para el día siguiente a la mañana, a
las diez horas, en su escritorio. La hipótesis del suicidio debe, pues, ser descartada.
—No es en eso en lo que pensaba. ¿No cree que este accidente hubiera podido ser
voluntariamente preparado por alguien que hubiese tenido un interés cualquiera en hacer
desaparecer a mi marido? Para eso, una persona bien informada sólo tenía que esperar en un
auto el momento en que Horace saliera del club…
—Señora, eso es casi inverosímil. En efecto, el conductor del auto no huyó. Es un chofer
de taxi que acababa de recoger a una dama como pasajera. Explicó el occidente por el hecho
de que su marido habría resbalado sobre el pavimento húmedo, en el momento de atravesar
la calzada para ir hasta su propio automóvil, estacionado junto a la acera opuesta. Es un
accidente lamentable, en verdad, pero tan trivial como todos los accidentes cotidianos de
tránsito. Y además, francamente, ¿quién habría podido odiar hasta ese punto al señor
Werner?
—Nadie, en efecto —respondió ella pensativa—. Sólo le pido el tiempo de ponerme un
tapado antes de acompañarlo.
Era más de medianoche cuando se encontró de nuevo en su casa, sola, extenuada,
deprimida por la horrible visita que acababa de hacer. En realidad la súbita desaparición de
Horace Werner le causaba más inquietud que pena. Nunca hubiera creído Sylvia que la
conversación que tuvo con su marido, en esa misma biblioteca y posiblemente a. la misma
hora, sería la última. Pero sobre todo un punto la desconcertaba: ¿no comenzaba a cumplirse
la promesa de Graig? Él le garantizó que encontraría la felicidad dentro de las veinticuatro
horas siguientes a la firma del contrato… Apenas cinco horas después de la firma, el
inspector de policía venía a informarle que estaba viuda.
Así, pues, Sylvia se encontraba desembarazada para siempre de la odiosa presencia, al
mismo tiempo que heredaba una inmensa fortuna. Se sentía libre, al fin… Ante el mundo,
sabría fingir una pena decente y llevar el luto reglamentario. Por otra parte, el negro le
sentaba bien: resaltaba su blancura… Nadie podría adivinar que sólo después do la muerte
de su esposo era realmente feliz. Nadie, excepto Graig. Y Sylvia se sintió irritada ante la
idea de que por lo menos una persona conociera su prodigioso secreto.
¿Qué parte de responsabilidad podría tener el barón en el accidente? A despecho de las
afirmaciones del policía la joven tenía la íntima convicción de que, la muerte de su marido
no era puramente accidental. ¿Habría pagado Graig al chofer del taxi? Graig era el único
hombro que sabía que la verdadera felicidad sólo podía existir para ella el día en que
estuviera libre de Horace "Werner. Y no había dudado en emplear cualquier medio para
llegar a sus fines. Algunas de las palabras del barón resonaban aún en sus oídos: Es usted
muy desgraciada… Horace Werner es un hombre execrable… La felicidad no puede tardar…
Tenga un poco de paciencia… Al oírlas por primera vez le habían parecido un poco oscuras.
Después de la muerte de su esposo, se iluminaban con una claridad enceguecedora.
La noche fue atroz. Sylvia no pudo dormirse, torturada como estaba por mil
pensamientos. Cuando por la mañana la mucama vino a traerle su desayuno, la encontró
despierta, con las facciones tensas por las horas de insomnio. La doméstica le anunció que
una encomienda, cuya expedición estaba cubierta por una póliza de seguro, acababa de
llegar de los Estados Unidos, y que el mensajero no consentía en dejarla hasta después de
que le firmara el registro y de verificar la identidad del destinatario.
—Ya sé el contenido de ese paquete —respondió Sylvia—. El librador tiene razón: es un
impermeable que he encargado directamente a Nueva York. .. Tome de mi cartera, que está
sobre el peinador, mi cédula de identidad. Enséñesela y firme por mí. Creo que con eso será
suficiente.
Algunos instantes más tarde la mucama regresó con la encomienda, que Sylvia ni siquiera
se tomó el trabajo de abrir, tan preocupada estaba por otras cosas. Maquinalmente echó una
ojeada a la tarjeta de identidad que acababa de traer la doméstica y su mirada se
inmovilizó… ¡No era posible! Creyó volverse loca: la fecha de nacimiento había sido
cambiada.
La antigua, según la cual tenía veinticinco años, se encontraba tachada con un trazo y
reemplazada por una enmienda en tinta roja, indicando que había nacido el mismo día, pero
un año antes… Según esa rectificación…Sylvia tenía, pues, un año más. Y la tinta roja le
recordaba la escritura con sangre…
Saltó del lecho y preguntó a la mucama:
—¿Estás segura de que nadie ha penetrado aquí? De todas maneras esto sólo pudo ocurrir
durante el período comprendido entre mi retorno de la morgue y esta mañana….
En efecto, el cambio de fecha sobre la tarjeta de identidad no habría podido realizarse
antes, pues la había llevado consigo, en su cartera, para las verificaciones necesarias. Si la
modificación en tinta roja ya hubiese existido entonces la habría advertido. Sin embargo,
desde su regreso no había podido dormir y la tarjeta de. identidad no había salido de su
cartera, depositada sobre el tocador. ¿Había, pues, que admitir que el mistificador se había
introducido en su pieza sin que ella lo viera? Y tal mistificador no podía ser otro que Graig.
Una rápida investigación entre su personal de servicio le dio la certidumbre de que ningún
extraño había podido penetrar en el departamento: el misterio permanecía intacto.
La nueva fecha inscrita sobre la tarjeta probaba que la segunda cláusula del contrato
estaba en vigor. Sylvia había envejecido 365 días y perdido su veintiseiseno año. La primera
cláusula había sido cumplida, algunas horas antes, con la muerte de Horace. Sin que ni
siquiera lo sospechase ni supiera cómo, tanto ella como Graig habían mantenido
escrupulosamente sus compromisos…
Jamás la joven se vistió con tanta rapidez… Media hora más tarde, siempre provista de su
tarjeta de identidad, penetraba en el Registro Civil, en la alcaldía del XVP distrito. Allí
logró, no sin trabajo, que la encargada consintiese en verificar su nacimiento en el Registro.
En la fecha que indicó no figuraba anotada ninguna pequeña Sylvia. ¡En cambio aparecía
inscrita en el mismo día y a la misma hora en el registro del año precedente! El Registro
Civil le regalaba, igualmente, un año más… Lo que permitió a la empleada hacer esta
observación desprovista de gracia:
—Antes de hacer tal verificación por lo menos debería estar segura de la fecha de su
nacimiento.
Sylvia se alejó sin responder ni prestar siquiera atención a la mirada desconfiada de la
funcionaria. Se sentía trastornada. El contrato se cumplía con una precisión y un rigor
implacables.
Al regresar a su casa encontró en la biblioteca un magnífico ramo de rosas rojas, colocado
allí por una de las mucamas. Su aroma ya había suplantado al de los pestilentes cigarros de
Horace Werner. Una tarjeta acompañaba el envío. Graig había escrito en ella, con la "tinta"
roja, estas simples palabras: "Sinceras condolencias y todos mis votos de felicidad".
La joven vaciló. ¡De modo que él ya estaba enterado de la muerte de Horace cuando
ningún diario de la mañana había podido aún anunciarla! Y algo más todavía: ¿cómo Graig,
que cuarenta y ocho horas antes era sólo un desconocido para ella osaba enviarle flores —y
nada menos que rosas— en un día semejante? Es verdad que la frase escrita resumía tantas
cosas…
Presa de un sentimiento de repulsión. Sylvia arrojó el ramo a la chimenea donde moría un
fuego destinado a paliar los efectos de una noche de primavera demasiado fresca. Pero la
llama no se reanimó: las rosas de sangre no se consumían. Llamó entonces a la mucama y le
ordenó traerle un papel grueso. Envolvió en él las flores y salió del departamento llevando
el horrible regalo. Ya afuera, detuvo a un taxi y se hizo conducir a la plaza del Alma.
Después de avanzar a pie hasta el puente, aguardó un momento en que nadie prestaba
atención a sus gestos y arrojó el paquete al río.
Mientras veía alejarse las flores malditas sobre la superficie del agua, llevadas por la
corriente, otras de las palabras de Graig volvieron a su memoria: "Cuando la felicidad haya
llamado a su puerta, bajo una forma que usted quizá no sospecha, no deje de advertírmelo
por un simple llamado telefónico: me dará un gran placer… " ¡Dar placer a semejante
persona! Aquello era una irrisión. No le telefonearía en absoluto. No quería volver a oír
jamás la voz odiosamente cortés. Al entrar de nuevo en su casa, se preguntó si bien pronto
no tendría que lamentar esa felicidad que acababa de golpear tan imprevistamente a su
puerta…
Desde hacía mucho tiempo el "Salón Privado" no había conocido semejante afluencia.
Rodeados por un círculo de curiosos, los más inveterados jugadores se apretaban codo a
codo en torno del tapete verde. Los nombres de los ilustres concurrentes estaban en todas las
bocas, ¿Acaso no constituían ellos una de las atracciones más interesantes del casino de
Montecarlo? Desde hacía años, periódicamente, esos opulentos jugadores y algunas mujeres
cubiertas de alhajas, que eran la más segura garantía de su solvencia, reaparecían en el
principado, al igual Que esas aves migratorias a las cuales mueve la imperiosa necesidad de
sobrevolar los océanos para recobrar un clima sin el que no pueden pasarse.
Serían aproximadamente las once de la noche; la partida estaba en su apogeo. Entre las
damas había especialmente una que se destacaba por su encarnizamiento en pedir nuevas
cartas. El croupier atendía con la mayor solicitud a esa dienta selecta y de vez en cuando, al
pasar los inspectores de sala, le dirigían vagas sonrisas obsequiosas, bajo las cuales se
ocultaba la inmensa satisfacción de encontrarla todas las noches ante el tapete verde. La
dama no era ni muy joven ni muy madura. Pertenecía a esa vasta categoría del bello sexo
que ha logrado conservar —gracias a interminables horas pasadas en los institutos de
belleza— algo de ese brillo indispensable sin el cual una mujer, que ha sido bonita, estima
que la vida ya no vale la pena de ser vivida. Brillo que, por otra parte, se hallaba realzado en
la jugadora por un collar de cinco vueltas de perlas auténticas capaz de hacer palidecer de
celos a la mujer del más auténtico maharajá.
De improviso, la dama notable pareció interesarse un poco menos en la partida para fijar
su mirada luminosa en un joven que! acababa de sentarse enfrente de ella. Si la edad de la
dama del collar era bastante incierta, la del recién llegado, por el contrario, podía situarse en
los alrededores de la treintena. El hombre era hermoso. Parecía fuerte y dueño absoluto de
su destino, que no debía anunciarse demasiado cruel a juzgar por las caricias aterciopeladas
con que lo envolvían los ojos de su vecina, una adorable morena, muy joven.
La dama del collar envidió a la muchacha —cuyo escote juvenil podía prescindir
fácilmente de todas las joyas del mundo— y comenzó a codiciar a su enamorado. Pero en
seguida, incapaz de soportar por más tiempo esa doble visión de la dicha, la dama sin edad
cedió su lugar a otro jugador y abandonó el tapete verde para dirigirse hacia los tocadores,
movida por el imperioso deseo de examinar de muy cerca su propio rostro en el espejo y de
poner en acción, con su experiencia consumada, el lápiz de "rouge", el lápiz negro, la base,
el polvo…
Su maquillaje, sin embargo, estaba cuidado, estudiado, perfecto para una mujer que se
aproximaba alarmantemente a la cincuentena, pero cuyo gran error era querer aparentar sólo
treinta años. Ese era el drama.
Un drama, por lo demás relativo. Pites ciertas deficiencias físicas se disimulan bajo las
luces irisadas y aun suelen desaparecer por completo ante una cualidad rara: el encanto. Y la
dama del collar lo poseía para derrochar. Precisamente para intentar la difícil conquista,
contaba apoyarse en ese encanto suyo cuyo poder conocía, cuando regresó, reconfortada y
temeraria, a ocupar otro lugar libre en la mesa de juego, frente a los enamorados.
Para entablar la lucha primera era necesario llamar la atención del joven. Un único medio
infalible se le presentaba: perder. Hasta ese momento, en efecto, la dama del collar había
ganado siempre. Su suerte había sido insolento, casi indecente. Por una vez, de verdad,
deseaba perder, pues pudo observar que la presencia de la joven morena no le daba suerte al
hermoso muchacho. Quien dice desgraciado en el juego… El solo recuerdo de esa sentencia,
manoseada por una literatura de almanaque, la estremeció y se encarnizó en perder. Al
mismo tiempo, por un curioso contraste y una justa ley de equilibrio el joven comenzó a
ganar… No tardó en manifestar una intensa alegría, pero ni siquiera arrojó una mirada hacia
la perdedora, de tal modo se hallaba absorbido por su efímera victoria.
Cuando la dama del collar comprendió que todos sus esfuerzos serían vanos, incluso
pagando el tributo de pesados sacrificios, prefirió abandonar definitivamente la sala del
"Privado". A punto de franquear el umbral, y con un tono anodino, que se esforzó por hacer
lo más natural posible, preguntó a uno de los inspectores de juego, conocido suyo de
muchas temporadas:
—¿Quién es ese recién llegado que me ha hecho cambiar la suerte?
—Un joven de excelente familia, señora. Se llama Gilbert Pernet y acaba de llegar al
Hotel de París para reunirse con su novia.
—¿La chica morena?
—Exactamente.
—¿Novia de verdad?
—¡Y de lo mejor en su género, señora! La joven se aloja en el hotel desde hace dos
semanas, en compañía de sus padres. Se susurra, inclusive, que toda esa estimable clientela
está por partir mañana a la noche para la capital, donde se efectuará su próximo enlace. Será
una hermosa pareja, ¿no le parece?
La dama prefirió reservar su opinión y se dirigió hacia la salida.
La noche era dulce y tibia como sólo suelen serlo las noches de Montecarlo. Respirar
largamente ese aire fue para ella el mejor alivio antes de ubicarse en el interior de un
interminable automóvil americano que se alejó en un silencio impresionante.
El chofer conocía los gustos de su patrona: regresó a Niza por el camino de cornisa. Había
algo de irreal en ese paseo nocturno. Lo fantástico utilizaba alternativamente el claro de
luna o las estrellas, cuyos reflejos daban una apariencia de vida a las perezosas aguas del
Mediterráneo. Mientras saboreaba inconscientemente esta poesía de tarjeta postal, la dama
del collar soñaba en el joven que acababa de conocer…
Desde el instante mismo en que se instaló frente a ella, ante el tapete verde, se había
sentido realmente deslumbrada y descubrió un sentimiento que jamás hasta entonces había
conocido: el amor. Un amor loco, súbito, irrazonado, que tenía a la vez toda la fuerza y toda
la debilidad de sus cuarenta y seis años.
¡Sin embargo su vida había estado bien colmada hasta ese momento! Durante el curso de
su existencia demasiado fácil, durante la cual los años se fueron sumando unos tras otros,
sin grandes sobresaltos ni alegrías demasiado intensas, no había conseguido discernir muy
bien lo verdadero de lo falso, las palabras sinceras de las que no lo eran. Si tuvo amantes,
fue por hacer como sus amigas y llenar una soledad dorada. Pero no se había sentido ligada
a ninguno realmente. Nadie, hasta ese minuto, había encarnado para ella la imagen del
hombre que todo lo borra, del hombre ante el cual una mujer tiene la certeza absoluta de no
poder pasarse sin él. Y sin embargo, no era egoísta: sólo pidió amar y ser amada.
Desgraciadamente, cada nueva tentativa se transformaba en una nueva decepción. ..
Mientras que esta vez, sin que ella pudiera explicarse por qué, tenía la seguridad de no
engañarse. Era eso justamente lo que de pronto la hizo sentirse muy desgraciada: ¡el primer
gran amor, el único que cuenta, se le acababa de presentar sin que ella pudiera alcanzarlo!
Sobre todo, se sentía, desarmada por la juventud de la rival morena.
Durante el recorrido en auto, que debió ser sólo un paseo exquisito y se transformaba casi
en un suplicio, revivió su propia juventud. El primer personaje que reapareció en sus
recuerdos fue su marido, aquel hombre odioso al cual se había entregado sin amarlo cuando
tenía la edad de la joven morena. Un marido que había contado muy poco para ella, y que
después de robarle sus primeras y más caras ilusiones, no le había ofrecido en cambio más
que el espectáculo de sus vicios. Por suerte había muerto en el momento en que ya le
resultaba absolutamente imposible soportar su presencia. Y volvía a verse joven viuda, rica,
adulada, coqueta, creyendo sinceramente que ninguna felicidad en el mundo podía
compararse a la suya…
Veinte años pasaron casi sin que ella lo notara, pero poco a poco acabó por comprender
que su felicidad era muy incompleta.
Al encontrarse esa noche en presencia de aquel joven que, para ella encarnaba el Amor,
había experimentado un doloroso derrumbe. Sólo con ese muchacho, únicamente con él,
debió haber vivido su primer amor, un cuarto de siglo antes… Pese a todo, a despecho del
íntimo sentimiento que le decía que ya era demasiado tarde, aún quería luchar.
Cuando el automóvil se detuvo ante la escalinata de una villa, algunos kilómetros antes de
Niza, la dama descendió para penetrar rápidamente en la casa. Después de atravesar el
vestíbulo, subió la escalera y alcanzó su habitación, donde se sentó ante una. mesita
escritorio de palo de rosa, uno de cuyos cajones abrió con una llave que extrajo de su bolso.
El cajón se hallaba repleto de cartas.
Tina por mía las tomó y comenzó n desbarrarlas en pequeños trozos, sin vacilación ni
precipitación. Sus ojos ni siquiera se detenían en las firmas. Las diferentes escrituras ya no
ofrecían ningún interés para ella: ¿no pertenecían acaso a un pasado muerto, pues todas ellas
eran de hombres repudiados? Hombres que —sólo ahora lo comprendía— jamás habían
sido sus amantes. El único que podía ser el Amante, en toda la plenitud de esta palabra
demasiado a menudo envilecida, era el joven que había encontrado esa noche. Lo intentaría
todo para arrebatárselo a su novia.
La última carta inútil yacía en pedazos. En el cajón ya no quedaba más que un solo papel
doblado en cuatro. Después de un segundo de vacilación, lo sacó para desgarrarlo a su vez.
Pero, en el momento de esbozar el gesto destructor un pensamiento le atravesó el espíritu.
¿No ponía a su disposición, ese papel el medio seguro, prodigioso, infalible, de conquistar
al hombre amado? Sintió deseos de desplegar la hoja para leer su contenido, pero era inútil:
¡después de veinte años ya conocía ese texto de memoria!
Al día siguiente por la mañana tomaría el avión para París donde haría lo imposible por
hallar al hombre amado antes de que se casara. Pero no se mostraría a él hasta después de
haber hecho una visita previa a un personaje al que, sin embargo, se había jurado no volver
a ver nunca. De esa visita dependía todo el éxito.
Sylvia Werner, envejecida y brutalmente enamorada, comprendió que no tenía un
segundo que perder para encontrar a Graig.
No bien llegó a Orly, Sylvia le dio la dirección del barón al chofer de un taxi. Tina
dirección que no podía olvidar, pues estaba mencionada en el papel: calle Longpont, en
Neuilly.
Desde la firma del contrato, Sylvia jamás había vuelto a ver al extraño personaje. Y por
otra parte había tenido buen cuidado de no pedir a nadie noticias del mismo. Durante el
trayecto en avión se preguntó, llena de dudas si aún viviría. Una respuesta afirmativa sería
casi un milagro. En caso de encontrar a Graig, éste debería ser sumamente viejo. ¿Tendría
incluso el mismo domicilio?
El coche se detuvo ante el número 13. La fachada del hotel particular no parecía haber
cambiado: ahí estaba la misma puerta rojo—ocre y el inmueble parecía inmutable e
inquietante en su silencio. Sylvia tuvo una ligera vacilación antes de llamar. ¿Quién le
abriría?
La espera fue corta: un doméstico chino apareció ante ella. Se apartó en seguida,
inclinándose con respeto, para dejarla pasar. Cuando se encontró en el vestíbulo y la puerta
se cerró a sus espaldas, Sylvia tuvo la extraña impresión de que este servidor era el mismo
que la había recibido veinte años antes… "¡Todos los Hijos del Cielo se parecen…!" pensó
para darse valor. También el servidor había debido reconocerla, pues la condujo
directamente hasta el gabinete de trabajo de su amo, sin hacerle la menor pregunta.
Sentado ante su escritorio, Graig escribía… Al entrar su visitante alzó la cabeza y. una
sonrisa iluminó su pálido rostro. Mientras abandonaba su sillón para ir a su encuentro,
Sylvia tuvo tiempo de hacer una comprobación que la dejó estupefacta: ¡Graig no había
cambiado en lo más mínimo a pesar de los veinte años corridos! Sus cabellos no eran ni más
plateados ni más ralos; los ojos seguían siempre tan inquisidores, las mismas maneras
demasiado corteses… La visitante quedó inmóvil, muda, paralizada. Incluso hasta se
preguntó si no sería juguete de una alucinación cuando la voz suave, cuyo timbre tan
particular volvió de nuevo a su memoria, declaró:
—¡Por fin se ha decidido a hacer a su viejo amigo la visita que él esperaba desde hace
tanto tiempo! ¿No encuentra emocionante este, minuto?
—No —respondió Sylvia con gran franqueza.
—¿No se sienta? Parece usted cansada como si acabara de realizar una larga caminata.
Sin duda, ya es un poco tarde para ofrecerle la taza de té habitual. Un cóctel me parece más
indicado. ¿Qué le parece un martini bien seco o un rosa?
Mientras hablaba se había aproximado hasta uno de los paneles de la biblioteca, al que
hizo girar para poner en descubierto un barcito muy moderno:
—¿Seguirá siempre tan muda como el día de nuestro primer encuentro?Ya veo lo que
necesita: una bebida reconfortante… ¿Un oporto—flip?
Ella asintió con un movimiento de cabeza y permaneció silenciosa mientras el barón batía
la coctelera. A su vez él esperó a que hubiese bebido un trago antes de preguntarle:
—¿Puedo saber a qué debo el placer de una visita tan tardía?
—Sylvia respondió con calma:
—Escuche, Graig… No nos encontramos de nuevo frente a frente para derrochar
frivolidades. Conozco demasiado su exquisita cortesía para no apreciarla en su justo valor…
Usted mismo sabe muy bien que si he venido a verlo de nuevo, después de tantos años, es
únicamente porque necesito su ayuda.
—Puede contar con ella por anticipado, en la medida de mis pobres medios, que son ¡ay!
muy limitados.
—¿Por qué miente?
—Para consolarme mi querida amiga… ¡Sé demasiado bien que sólo se llama a la puerta
de Graig cuando no queda otro remedio! ¡Me gustaría tanto que amigos sinceros viniesen a
verme sólo por el placer de mi conversación!
—Usted no tiene amigos. ¡Y no los tendrá jamás! Eso no le preocupa, por otra parte…
Siempre se las arregla para que sus amigos se conviertan en sus obligados. A partir de ese
instante, ellos lo detestan.
—Es usted tan cruel como buena psicóloga.
—¡Oh, basta de charla! He venido a verlo para que me devuelva algo que ahora me
importa más que nada en el mundo… Pero como no quiero sentirme obligada, estoy
dispuesta a pagar el precio necesario. Soy rica, bien lo sabe: ¡muy rica!
—Mi querida amiga, le aseguro que no veo claro adonde quiere ir a parar.
—Si se empeña absolutamente en que le refresque la memoria, no le será difícil. Ambos
hemos firmado aquí sobre este escritorio, un contrato. Según una de las cláusulas de ese
contrato yo le cedía un año de juventud. Esta noche le pido que me lo devuelva. Eso es todo.
—Perdóneme, mi querida, creo no haber comprendido bien.
—Me asombraría que con los años se hubiese vuelto sordo: ¡usted no envejece! Yo le
reclamo mi veintiseiseno año: lo necesito. Fije el precio. ¡He sido una loca al cedérselo a
cambio de la felicidad prometida! En primer lugar nunca tuve esa felicidad… Ayer a la
noche lo he comprendido. ¡Oh, ya sé!… Cuando murió mi marido yo heredé su fortuna y
recuperé al mismo tiempo mi libertad. ¡Entonces todo me parecía magnífico! Creí que era el
comienzo de la felicidad… ¡Sólo que el resto, lo que esperaba con toda mi alma, ha tardado
veinte años en llegar! Ayer se me presentó bajo una forma que no tengo por qué describirle.
Durante el largo período de espera traté de aturdirme con una vida fácil y cómoda, salpicada
de aventuras. ¡Pero uno se cansa de todo, Graig, hasta de las aventuras! Sobre, todo cuando
no puede resistirse la imperiosa necesidad de amar… Yo no concibo la felicidad sin amor. Si
no fuera así, no sería mujer… ¡Pero para vivir el gran amor es preciso que recobre mi
juventud! No la reclamo toda, pero al menos la parcela que no he utilizado, la que le he
cedido. Creo que hablo claro: ha tenido usted los 365 días y las 365 noches de mi
veintiseiseno año a su entera disposición, mientras la felicidad prometida en cambio, ha sido
incompleta. Hemos firmado un pacto en el cual la única perjudicada soy yo. ¡Devuélvame
mi veintiseiseno año! ¡Usted me lo debe!
Las últimas palabras fueron pronunciadas con emoción. Más que un reclamo era una
súplica desesperada. Luego de reflexionar por algunos segundos, Graig respondió:
—Voy a permitirme hacerle a mi vez una pregunta, la misma con la cual antaño me puso
en aprietos. Suponiendo que pudiera devolvérselo: ¿qué piensa hacer con su veintiseiseño
año?
siete mujeres
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7 mujeres
como sabes que esta genial ya lo leiste