La fe de nuestros padres

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No había la menor duda al respecto. Si el libro debía abordar nuevos conceptos y
temas tabúes, historias que resultaran difíciles de vender en el mercado normal de
las revistas y más particularmente a las revistas especializadas de ciencia ficción,
tenía que contactar con los escritores que no temían adentrarse en la oscuridad.
Philip K. Dick ha estado iluminando su propio paisaje desde hace años, iluminando
con los proyectores de su imaginación una terra incognita de asombrosas
dimensiones.

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No había la menor duda al respecto. Si el libro debía abordar nuevos conceptos y
temas tabúes, historias que resultaran difíciles de vender en el mercado normal de
las revistas y más particularmente a las revistas especializadas de ciencia ficción,
tenía que contactar con los escritores que no temían adentrarse en la oscuridad.
Philip K. Dick ha estado iluminando su propio paisaje desde hace años, iluminando
con los proyectores de su imaginación una terra incognita de asombrosas
dimensiones. Le pedí una historia a Phil Dick, y la obtuve. Una historia que dará
que escribir, bajo la influencia (si ello es posible) del LSD. Lo que sigue, como su
excelente novela Los tres estigmas de Palmer Eldritch, es el resultado de uno de
esos viajes alucinógenos. Dick tiene la incómoda costumbre de derribar las teodas
de uno. Por ejemplo, la mía acerca del valor de los estímulos artificiales para
animar el proceso creativo. (Es una retractación por mi parte, supongo, porque soy
incapaz de escribir sin un fondo musical a todo volumen. No importa si es
Honegger o la Tijuana Brass o Archie Shepp o la New Vaudeville Band
interpretando Winchester Cathedral. Debo tenerla.) Cuando era mucho más joven,
y rondaba los diversos clubs de jazz de Nueva York, como crítico y como simple
oyente, me díscutía con muchos músicos que juraban que necesitaban o hierba o
estimulantes para entrar en ambiente. Luego, tras convertirse en unos adictos, se
hundían completamente: lo que salía de ellos era pura locura. He conocido
bailarinas que fumaban hierba porque no podían conseguir la sensación de estar
"en el aire" sin su ayuda; psiquiatras que conseguían subvenir a sus necesidades
mediante sus propias recetas de narcóticos…, necesidades edificadas sobre la
ilusión de que la droga liberaba sus mentes y les permitía efectuar análisis más
penetrantes; artistas que estaban sometidos constantemente al ácido, cuyo trabajo
bajo las influencias "dilatadoras de la mente" era algo que ustedes frotarían
enérgicamente con un buen detergente si lo descubrieran en el fondo de su
piscina. Mi teoría, desarrollada a lo largo de años de ver a gente engañándose a sí
misma hasta la perdición, era que el proceso creativo es mucho más vívido
cuando emerge claro y puro de los profundos pozos que existen en las mentes de
los creadores. Philip K. Dick desmiente esa teoría.
Sus experiencias con el LSD v otros alucinógenos, además de los estimulantes del
tipo de las anfetaminas, han dado frutos como la historia que están ustedes a
punto de leer, una visión "peligrosa" desde todos sus ángulos. La pregunta, pues,
se plantea:, cuán válida es la totalidad ante la excepción de raros éxitos como la
obra de Phil Dick? No presumo de saberlo. Todo lo que puedo aventurar es que
una administración adecuada de drogas dilatadoras de la mente puede abrir áreas

completamente nuevas al intelecto creativo. Areas que hasta entonces fueron
dominio de los ciegos.
Para su información, Philip K. Dick efectuó sus estudios en la Universidad de
California,fue echado de varios trabajos que incluían el de director de una tienda
de discos (es un apasionado de Bach, Wagner y Buddy Greco), redactor
publicitario y presentador de un programa de música clásica en la emisora
radiofónica KSMO en San Mateo, California. Entre sus libros están Solar Lottery
(Lotería solar), Eye in the Sky (Ojo en el cielo), Time Out of Joint (El tiempo
desarticulado), The Simulacra (Los simulacros), La penúltima verdad, Martian
Time-Slip (Tiempo de Marte), Dr. Bloodmoney (Doctor Bloodmoney), Nou Waitfor
Last Year (Ahora esperamos el año pasado), y el vencedor del premio Hugo de
1963, The Man in the High Castle (El hombre en el castillo). Aunque corpulento,
barbudo y casado, es un confirmado observador de muchachas.
Hoy está con nosotros en su calidad de demoledor de teorías. Y si no muerde su
sentido de la "realidad",. aunque sólo sea con un mordisco pequeño, con este La
fe de nuestros padres, entonces comprueben su pulso. Puede que estén ustedes
muertos.
***
En las calles de Hanoi se encontró frente a un vendedor ambulante sin piernas
que iba sobre un carrito de madera y llamaba con gritos chillones a todos los
transeúntes. Chien disminuyó la marcha escuchó, pero no se detuvo. Los asuntos
del Ministerio de Artefactos Culturales ocupaban su mente y distraían su atención:
era como si estuviera solo, y no lo rodearan los que iban en bicicletas y
ciclomotores y motos a reacción. Y, asimismo, era como si el vendedor sin piernas
no existiera.
—Camarada—lo llamó sin embargo, y persiguió hábilmente a Chien con su carrito,
propulsado por una batería a helio—. Tengo una amplia variedad de remedios
vegetales y testimonios de miles de clientes satisfechos. Descríbeme tu
enfermedad y podré ayudarte.
—Está bien—dijo Chien, deteniéndose—, pero no estoy enfermo.
"Excepto—pensó— de la enfermedad crónica de los empleados del Comité
Central: el oportunismo profesional poniendo a prueba en forma constante las
puertas de toda posición oficial, incluyendo la mía."
—Por ejemplo puedo curar las afecciones radiactivas—canturreó el vendedor
ambulante, persiguiéndolo aún—. O aumentar, si es necesario, la potencia sexual.
Puedo hacer retroceder los procesos cancerígenos, incluso los temibles
melanomas, lo que podríamos llamar cánceres negros.—Alzando una bandeja de
botellas, pequeños recipientes de aluminio y distintas clases de polvos en
recipientes de plástico, el vendedor canturreó—: Si un rival insiste en tratar de

usurpar tu ventajosa posición burocrática, puedo darte un ungüento que bajo su
apariencia de bálsamo cutáneo es una toxina increíblemente efectiva. Y mis
precios son bajos, camarada. Y como atención especial a alguien de aspecto tan
distinguido como el tuyo, te aceptaré en pago los dólares inflacionarios de
posguerra en billetes, que tienen fama de moneda internacional pero en realidad
no valen mucho más que el papel higiénico.
—Vete al infierno—dijo Chien, y le hizo señas a un taxi sobre colchón de aire que
pasaba en ese momento.
Ya se había atrasado tres minutos y medio para su primera cita del día, y en el
Ministerio sus diversos superiores de opulento trasero estarían haciendo rápidas
anotaciones mentales, al igual que sus subordinados, que las harían en proporción
aún mayor.
El vendedor dijo con calma:
—Pero, camarada, debes comprarme.
—¿Por qué?—preguntó Chien. Sentía indignación.
—Porque soy un veterano de guerra, camarada. Luché en la Colosal Guerra Final
de Liberación Nacional con el Frente Democrático Unido del Pueblo contra los
Imperialistas. Perdí mis extremidades inferiores en la batalla de San Francisco.—
Ahora su tono era triunfante y socarrón—. Es la ley. Si te niegas a comprar las
mercancías ofrecidas por un veterano, te arriesgas a que te multen o que te
envíen a la cárcel…, además de la deshonra.
Con gesto cansado, Chien indicó al taxi que siguiera.
—Concedido—dijo—. Está bien, debo comprarte.—Dio un rápido vistazo a la
pobre exhibición de remedios vegetales, buscando uno al azar—. Éste—decidió,
señalando un paquetito de la última hilera y envuelto en papel.
El vendedor ambulante se rió.
—Eso es un espermaticida, camarada. Lo compran las mujeres que no pueden
aspirar a La Píldora por razones políticas. Te sería poco útil. En realidad no te
sería nada útil, porque eres un caballero.
—La ley no exige que te compre algo útil—dijo Chien en tono cortante—. Sólo que
debo comprarte algo. Me llevaré ése.
Metió la mano en su chaqueta acolchada, buscando la billetera, henchida por los
billetes inflacionarios de posguerra con los que le pagaban cuatro veces a la
semana, en su calidad de servidor del gobierno.
—Cuéntame tus problemas—dijo el vendedor.
Chien lo miró asombrado. Atónito ante la invasión de su vida privada… por alguien
que no era del gobierno.
—Está bien, camarada—dijo el vendedor, al ver su expresión—. No te sondearé.
Perdona. Pero como doctor, como curador naturista, lo indicado es que sepa todo
lo posible.—Lo examinó, con sus delgados rasgos sombríos—. ¿Miras la televisión
mucho más de lo normal?—preguntó de pronto.
Tomado por sorpresa, Chien dijo:
—Todas las noches. Menos los viernes, cuando voy al club a practicar el enlace
de novillos, ese arte esotérico importado del Oeste.
Era su única gratificación. Aparte de eso, se dedicaba por completo a las
actividades del Partido.
El vendedor se estiró y eligió un paquetito de papel gris.
—Sesenta dólares de intercambio—declaró—. Con garantía total. Si no cumple
con los efectos prometidos, devuelves la porción sobrante y se te reintegra todo el
dinero, sin rencor.
—¿Y cuáles son los efectos prometidos?—dijo Chien, sarcástico.
—Descansa los ojos fatigados por soportar los absurdos monólogos oficiales—dijo
el vendedor—. Es un preparado tranquilizante. Tómalo cuando te encuentres
expuesto a los secos y extensos sermones de costumbre que…
Chien le dio el dinero, aceptó el paquete, y siguió su camino. "La ordenanza que
ha establecido a los veteranos de guerra como clase privilegiada es una mafia—
pensó—. Hacen presa en nosotros, los más jóvenes, como aves de rapiña."
El paquetito gris quedó olvidado en el bolsillo de su chaqueta mientras entraba al
imponente edificio de posguerra del Ministerio de Artefactos Culturales, y a su
propia oficina, bastante majestuosa, para comenzar su día de trabajo.
En la oficina lo esperaba un caucásico adulto, corpulento, vestido con un traje de
seda Hong Kong marrón, cruzado, con chaleco. Junto al desconocido caucásico
estaba su propio superior inmediato, Ssu-Ma Tso-pin. Tso-pin hizo las
presentaciones en cantonés, un dialecto que dominaba bastante mal.
—Señor Tung Chien, le presento al señor Darius Pethel. El señor Pethel será el
director de un nuevo establecimiento ideológico y cultural que se va a inaugurar en
San Francisco, California. El señor Pethel ha dedicado una vida rica y plena al
apoyo de la lucha del pueblo por destronar a los países del bloque imperialista
mediante la utilización de instrumentos pedagógicos. De ahí su alta posición.
Se estrecharon la mano.
—¿Té?—le preguntó Chien.
Apretó el botón del hibachi infrarrojo y en un instante el agua comenzó a burbujear
en el adornado recipiente de carámica de origen japonés. Cuando se sentó ante
su escritorio, vio que la fiel señorita Hsi había preparado la hoja de información
(confidencial) sobre el camarada Pethel. Le dio un vistazo mientras simulaba
efectuar un trabajo de rutina.
—El Benefactor Absoluto del Pueblo se ha entrevistado personalmente con el
señor Pethel, y confía en él—dijo Tso-pin—. Eso es algo fuera de lo común. La
escuela de San Francisco aparentará enseñar las filosofías taoístas comunes
pero, desde luego, en realidad mantendrá abierto para nosotros un canal de
comunicación con el sector joven intelectual y liberal de los Estados Unidos
occidentales. Aún hay muchos vivos, desde San Diego a Sacramento; calculamos
que unos diez mil. La escuela aceptará dos mil. El enrolamiento será obligatorio
para los que seleccionemos. Usted estará relacionado en forma importante con los
programas del señor Pethel. Ejem, el agua del té está hirviendo.
—Gracias—murmuró Chien, dejando caer la bolsita de té Lipton en el agua.
Tso-pin prosiguió:
—Aunque el señor Pethel supervisará la confección de los cursos educativos
presentados por la escuela a su cuerpo de estudiantes, todos los exámenes
escritos serán enviados a su oficina para que usted efectúe un estudio experto,
cuidadoso, ideológico de ellos. En otras palabras, señor Chien, determinará cuál
de los dos mil estudiantes es confiable, quiénes responden realmente a la
programación y quiénes no.
—Ahora serviré el té—dijo Chien, haciéndolo ceremoniosamente.
—Hay algo de lo que debemos darnos cuenta—dijo Pethel en un cantonés
retumbante aún peor que el de Tso-pin—. Una vez perdida la guerra contra
nosotros, la juventud norteamericana ha desarrollado una aptitud notable para
disimular.
Dijo la última palabra en inglés. Como no la entendía, Chien se volvió interrogante
hacia su superior.

—Mentir—explicó Tso-pin.
—Pronunciar las consignas correctas en lo superficial, pero creerlas falsas
interiormente—dijo Pethel. Los exámenes escritos de este grupo se parecerán
mucho a los de los auténticos…
—¿Quiere decir que los exámenes escritos de dos mil estudiantes pasarán por mi
oficina?—preguntó Chien. No podía creerlo—. Eso es un trabajo absorbente; no
tengo tiempo para nada que se parezca.—Estaba espantado—. Dar aprobación o
negativa crítica oficial a un grupo astuto como el que usted prevé…—gesticuló—.
Me cago en…—inició en inglés.
Parpadeando ante el brutal insulto occidental, Tso-pin dijo:
—Usted tiene un equipo. Además, puede incorporar otros ayudantes. El
presupuesto del Ministerio, aumentado este año, lo permitirá. Y recuerde: el
mismo Benefactor Absoluto del Pueblo eligió al señor Pethel.
Ahora su tono era ominoso, aunque sólo sutilmente. Lo necesario para penetrar en
la histeria de Chien y debilitarla hasta que se transformara en sumisión. Al menos
momentánea. Para subrayar su afirmación, Tso-pin caminó hasta el fondo de la
oficina; se detuvo ante el tridi-retrato tamaño natural del Benefactor Absoluto.
Luego puso en funcionamiento el pasacinta montado tras el retrato. El rostro del
Benefactor Absoluto se movió y brotó de él una homilía familiar, modulada en
acentos más que familiares.
—Luchen por la paz, hijos míos—entonó con suavidad, con firmeza.
—Ajá—dijo Chien, aún perturbado, pero ocultándolo.
Era posible que una de las computadoras del Ministerio pudiese clasificar los
exámenes escritos; podía emplearse una estructura de sí-no-quizá, junto a un
preanálisis del esquema de corrección (o incorrección) ideológica. El asunto podía
transformarse en rutina. Probablemente.
—He traído cierto material y me gustaría que usted lo analice, señor Chien—dijo
Darius Pethel. Corrió el cierre de un desagradable y anticuado portafolio de
plástico—. Dos ensayos de examen —dijo mientras le pasaba los documentos a
Chien—. Esto nos permitirá saber si usted está capacitado para el trabajo.—Se
volvió hacia Tso-pin. Sus miradas se encontraron—. Tengo entendido que si usted
tiene éxito en la empresa será nombrado viceconsejero del Ministerio, y su
Excelencia el Benefactor Absoluto del Pueblo le otorgará personalmente la
medalla Kisterigian.

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