Sermones sobre Job

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 Estos son algunos de los titulos de los sermones:

SERMÓN N° 1: EL CARÁCTER DE JOB
SERMÓN N° 2: EL SEÑOR DIO Y EL SEÑOR QUITO
SERMÓN N° 3: BIENAVENTURADO EL HOMBRE A QUIEN DIOS CORRIGE
SERMÓN N° 4: ¿COMO SE JUSTIFICARA EL HOMBRE ANTE LOS OJOS DE
DIOS?
SERMÓN N° 5: AUNQUE EL ME MATARE, EN EL ESPERARE
SERMÓN N° 6: SI DIOS FUERA NUESTRO ADVERSARIO
SERMÓN N° 7: ¿TENDRÁN FIN LAS PALABRAS VACÍAS?
SERMÓN N° 8: YO SE QUE MI REDENTOR VIVE

INTRODUCCIÓN
POR HAROLD DEKKER, TH.M.


Una de las anomalías de la historia es que Calvino haya llegado a ser conocido más como
teólogo sistemático cuando él mismo se consideraba primordialmente un predicador. Creía que
sus sermones, y no las Instituctiones fueron su mayor contribución. Aunque parte de su tiempo lo
dedicaba a dar conferencias sobre teología siempre consideraba este rol como secundario. Se
consideraba mayormente un pastor.
Los contemporáneos de Calvino se identificaron más con esa auto-evaluación de Calvino
que las personas de siglos posteriores. En los días de su vida, y durante muchas décadas después,
sus sermones rivalizaban en popularidad con las Instituciones. Sus sermones eran bien conocidos
y muy leídos en todos los países de la Reforma. Con frecuencia eran usados en los pulpitos de
iglesias que carecían de pastor. Se imprimían centenares de copias a medida que Calvino los
predicaba en el francés original a efecto de introducirlos sistemática y clandestinamente a los
protestantes oprimidos de la patria de Calvino. Gran cantidad de ellos también fueron traducidos
a otras lenguas, especialmente al inglés y al alemán.
En inglés llegaron a publicarse un total de setecientos que gozaron de amplia distribución.
Aunque en esa tarea participaron numerosos traductores más de la mitad de los sermones fueron
traducidos por Arthur Golding. La primera edición ya apareció en 1553 y durante 40 años las
imprentas siguieron haciendo copias. Comenzando en 1574 y a lo largo de 10 años se editó cinco
veces el juego completo de los 159 sermones sobre Job. En tres años aparecieron cinco ediciones
de los sermones sobre los Diez Mandamientos. Un juego completo de doscientos sermones sobre
Deuteronomio fue publicado en 1581 siendo tan grande la demanda que en el término de dos
años hubo que publicar otra edición. No caben dudas de que la amplia circulación de estos
volúmenes fue el principal factor del primer desarrollo de calvinismo en Inglaterra. Allí las
Instituciones no aparecieron sino en 1561 y hasta fines de ese siglo solamente se reeditaron seis
veces.
A comienzos del siglo 17 hubo una disminución constante en el uso de los sermones de
Calvino. Ello es comprensible porque los sermones siempre se adecuan particularmente a
determinadas épocas y circunstancias y, siendo piezas orales pierden mucho de su vigor y algo
de claridad cuando son llevados a la forma escrita. Es completamente natural que sólo muy
pocos sermones llegaran a ser escritos clásicos. No era de esperarse que las prédicas de Calvino
fuesen indefinidamente populares en las iglesias y hogares reformados. Pero, por otra parte,
resulta extraño que tan pronto cayeran en el más absoluto de los olvidos. Al cabo de poco tiempo
estos sermones eran ignorados, no solamente por los reformados en general, sino también por las
escuelas teológicas. En efecto, no hubo otra edición de las traducciones en inglés sino a
mediados del siglo 19, cuando aparecieron dos colecciones pequeñas.
Estos sermones del gran reformador, que una vez gozaran de tanta demanda de parte de sus
seguidores en todas partes, se desvalorizaron tanto que en 1805 cuarenta y cuatro preciosos
volúmenes en folio, conteniendo manuscritos originales, taquigrafiados, fueron vendidos a dos
libreros a un precio que se estimó por el peso del papel. Quizá ello haya ocurrido
inadvertidamente, pero, de todos modos, indica que esos manuscritos eran raras veces
consultados y que se ignoraba su valor. Debido a este desafortunado error es que la mayoría de
los sermones de Calvino sobre los profetas del Antiguo Testamento se hayan perdido, igual que
muchos sobre los evangelios y las epístolas. Ocho de los cuarenta y cuatro volúmenes fueron
recuperados 20 años después por unos estudiantes de teología que los encontraron en venta en
una tienda de ropa usada; luego, a fines del siglo, reaparecieron otros cinco volúmenes que
fueron reintegrados a la biblioteca. Los estudiosos de Calvino aun alientan una débil esperanza
de que en alguna parte aparezcan los volúmenes restantes.
Ciertamente, las iglesias calvinistas han sido empobrecidas al no tener sus ministros y otros
líderes un fácil acceso a la rica y prolífica expresión de las enseñanzas de su mentor, contenidas
en los centenares de sus sermones, sin mencionar la inspiración que significa el encuentro que
ellos ofrecen con su cálido corazón pastoral. Los estudiosos de Calvino se han ocupado
extensamente de su vida y obra como reformador; de sus escritos sistemáticos y apologéticos; de
sus comentaros, tratados, y cartas; de su pensamiento social, político y económico así como de su
teología en general. Sorprendentemente prestaron poca atención a sus sermones, que por mucho
constituyen la mayor expresión de sus pensamientos. La teología reformada y los estudiosos
sobre Calvino, en general, han descuidado por extraño que parezca, una de sus fuentes más
significativas.
Teniendo en cuenta esta prolongada negligencia es notable que los eruditos modernos hayan
prestado creciente atención a estos sermones. Emile Doumergue, quizá el mayor de los modernos
estudiosos de Calvino, ha contribuido mucho para reabrir esta perspectiva sobre el gran
reformador. Su obra principal, de siete volúmenes, ofrece mucha información sobre Calvino
como predicador.1 Además ha escrito un pequeño tratado sobre este tema en particular.2 A fines
del siglo 19 aparecieron, en parte bajo su tutela, pero mayormente por su influencia, un número
de monografías sobre la predicación de Calvino. La mayoría fueron escritas en francés.3 Además
de una que apareció en alemán,4 también hubo una contribución por el profesor P. Biesterveld
del Seminario Kampen, de los Países Bajos.5 De fecha más reciente tenemos otra obra alemana
sobre el tema por Erwin Müllhaupt,6 y finalmente, en 1947 algo en inglés, un estudio muy
completo y fácil de comprender por T.H.L. Parker, un ministro religioso inglés. Su obra se titula
Los Oráculos de Dios. 7 Además de estos específicos muchos escritores modernos, dedicados a
la enseñanza de Calvino, se han volcado completamente a los sermones como fuente de
material.8 Hay que agregar que durante los últimos diez años han aparecido en una nueva
tracucción al idioma holandés por lo menos seis volúmenes de sermones.
Por eso es particularmente gratificante ver que en el círculo de calvinistas americanos ahora
también haya un renovado interés en este campo. En 1950 causó alegría la reimpresión9 de una
colección miscelánea de sermones, la única que se había publicado anteriormente en los Estados
Unidos de América. La misma se había traducido y publicado originalmente en 1830, y
recientemente resultaba imposible conseguir una copia. Aún más alentador es que un ministro de
la Iglesia Reformada en América, Leroy Nixon, produjera recientemente dos libros. El primero,
un estudio fresco y estimulante sobre Calvino como predicador expositivo.10 Es un estudio tan
incluyente como profundo. El segundo, una traducción totalmente nueva del latín y francés de
veinte sermones de Calvino sobre el Nuevo Testamento, titulada La Deidad de Cristo y otros
Sermones.^ Su obra evidencia distinguida competencia, produciendo una anticipación agradable
de su segundo juego de traducciones el cual presenta ahora a través de este volumen. Su
publicación es muy bienvenida porque ofrece, por primera vez en siglos, al lector del inglés,
algunas de las riquezas del pensamiento de Calvino, contenidas precisamente en su prodigiosa
serie de sermones sobre el libro de Job.
El avivamiento que experimenta actualmente el interés en Calvino supera, al menos en un
sentido, a muchos anteriores, y es que considera a sus sermones con un cuidado nunca antes visto
desde 1600. Y sus sermones realmente son indispensables para un entendimiento cabal de
Calvino. Emile Doumerge estuvo acertado cuando, el 2 de julio de 1909 en una gran celebración
conmemorativa de los 400 años del nacimiento de Calvino, y hablando del mismo pulpito que
Calvino ocupara, dijo: "Este es el que a mi parecer, es el verdadero y auténtico Calvino, el que
arroja luz sobre todos los demás: Calvino el predicador de Ginebra, moldeando con su palabra a
los reformados del siglo 16."12Los calvinistas americanos harán un gran servicio a su causa
siguiendo la sugerencia implícita en estas palabras. Tienen una deuda con el pastor Nixon que
tan notable comienzo ha marcado.

MÉTODO HOMILETICO

Calvino fue un auténtico predicador extemporáneo. No usaba manuscritos ni notas.
Únicamente llevaba las escrituras al pulpito. Su preparación consistía en leer los comentarios de
otros (incluyendo a los Padres de la Iglesia y probablemente también a los escolásticos así como
a sus compañeros de reforma). Realizaba una exégesis muy cuidadosa del texto aplicando sus
notables habilidades como lingüista y su tremendo conocimiento de la Biblia. Finalmente
reflexionaba sobre la manera de aplicar el texto a la congregación y la forma de comunicar dicha
aplicación. Luego todos estos pensamientos eran clasificados y almacenados en su asombrosa
memoria. No hay evidencias de que escribiera un bosquejo, además la construcción de sus
sermones aparentemente indican que no lo hacía.
Se puede objetar justificadamente que tal preparación es inadecuada para la predicación.
Ciertamente sería insuficiente para la gran mayoría de los predicadores cuyos dones son tanto
menores que los de Calvino. Probablemente Calvino mismo no recomendaría su método como
práctica normal de homilética. La principal razón para no prepararse con más precisión era la
falta de tiempo. Algunos domingos predicaba dos veces además de predicar todos los días de
semana. Todo esto lo hacía aparte de sus conferencias regulares sobre teología, su tarea pastoral,
sus responsabilidades cívicas y su enorme correspondencia. La predicación sola habría agotado
la capacidad de muchas personas menos dotada que Calvino. Pero Calvino hacía todo esto a
pesar de un estado prácticamente continuo de escasa salud. Las dimensiones de su genio
difícilmente podrían ser sobreestimadas, y sermones como los de este volumen adquieren mayor
brillo cuando son vistos a la luz de la totalidad de su trabajo.
Sin embargo, más allá de esto, había algo en su método que Calvino recomendaría
sinceramente, incluso a predicadores que suben al pulpito solo una o dos veces por semana,
teniendo tiempo abundante para la preparación. Esta no debiera ser demasiado mecánica. La
predicación no debería estar sujeta al recitado, palabra por palabra, de algo previamente
compuesto. Nunca se debería leer el sermón, sino siempre proclamarlo como la viviente palabra
de Dios. En cierta ocasión Calvino se quejaba en una carta a Lord Somerset de las pocas
predicaciones con vida en la Inglaterra de aquellos días, y que, emulando a Cranmer, los
predicadores escribían sus sermones palabra por palabra, con artificiosa retórica, para luego
esclavizarse a su lectura. Calvino creía firmemente que en el acto de la predicación debe haber
lugar para la inspiración continua del Espíritu Santo. No iba al extremo de Lulero para quien la
palabra predicada era virtualmente idéntica con la palabra escrita; tampoco aceptaba el punto de
vista zwingliano y anabaptista de que el sermón no era sino una señal dirigida hacia Cristo. Su
posición era intermedia. Por un lado sostenía que la Biblia era singularmente inspirada, que en su
forma escrita es objetivamente la palabra de Dios, y que el sermón solo tiene autoridad como
explicación de la palabra escrita; por otra parte sostenía que el sermón únicamente cobra eficacia
redentora cuando el Espíritu Santo opera tanto en el predicador como en los oyentes. De paso sea
dicho, en este punto la doctrina de Calvino sobre la predicación concuerda totalmente con su
doctrina sobre los sacramentos, lo mismo que también se daba con las doctrinas de Lutero y
Zwinglio. Para Calvino tanto el sermón como el sacramento dependen de la palabra escrita y
solamente son medios de gracia cuando van implementados por la presencia, llena de gracia, del
Espíritu Santo. El método de Calvino no consistía solamente en hacer una adaptación según
fuera la fuerza de las circunstancias; también era una expresión de doctrina fundamental. El
sermón debe ser pronunciado como la palabra viviente. Es preciso que el predicador siga siendo,
en el momento de su proclamación, un instrumento flexible del Espíritu Santo. Es preciso reiterar
que Calvino no permitiría que ninguno de estos hechos sirviera de excusa para una preparación
superficial o descuidada. En cierta ocasión lo expresó de la siguiente manera: "Si voy a subir al
pulpito sin dignarme a abrir un libro, pensando frívolamente para mis adentros 'está bien, al
predicar Dios ya me dará suficientes cosas para decir,’ y vengo aquí sin preocuparme por leer o
pensar en lo que debo declarar, y sin considerar cuidadosamente cómo aplicar las sagradas
escrituras la edificación de la gente, sería una persona realmente presuntuosa y arrogan te." 13
Debido a este método de preparación carecemos de apuntes sobre los primeros sermones de
Calvino. Algunos de sus oyentes hacían anotaciones personales, pero éstas son poco más que un
resumen general de los principales pensamientos y prácticamente carecen de valor.
Afortunadamente, en 1549, un grupo de refugiados franceses y caldenses, radicados en Ginebra,
intensos seguidores de Calvino, reconocieron el valor permanente de sus sermones, de modo que
contrataron a un secretario para que tomase notas taquigráficas de cada mensaje y luego hiciera
cuidadosas copias destinadas a la preservación en volúmenes de folios. Este secretario fue Denir
Raguenier quien cumplió con tan importante tarea como trabajo de tiempo completo hasta morir
en 1560.
Calvino predicaba con frecuencia. Al principio los servicios religiosos en Ginebra se
realizaban tres veces por semana, pero en 1549 el Concilio ordenó la introducción diaria de la
predicación matutina. Calvino mismo generalmente predicaba una vez por domingo, y con
frecuencia dos veces. Además, cada semana por medio, predicaba el sermón diario en la Iglesia
San Pedro. La serie dominical siempre era distinta a la de los días de semana. La predicación
dominical casi siempre se basaba en el Nuevo Testamento, siendo la única excepción notable
algún sermón vespertino basado en los Salmos. Los sermones de los días de semana eran todos
del Antiguo Testamento.
Los textos no los escogía ni al azar, ni siguiendo el año eclesiástico. Su método común era
predicar consecutivamente a través de libros completos de la Biblia, con frecuencia no cambiaba
ni siquiera en los días especiales de la iglesia. La longitud de los textos variaba algo, de acuerdo
al contenido. Los de los libros históricos del Antiguo Testamento y de las narraciones
evangélicas generalmente cubrían entre 10 y 20 versículos. Los de las epístolas del Nuevo
Testamento y otros pasajes didácticos normalmente cubrían dos o tres versículos. Los textos para
los sermones sobre Job son de 1 a 20, pero la mayoría de 4 a 7 versículos.
Los libros cubiertos totalmente por su predicación son: Génesis, Deuteronomio, Job, Jueces,
I y II Samuel, todos los profetas mayores y menores, Los Evangélicos, Hechos, I y II Corintios,
Calatas, Efesios, I y II Tesalonicenses, I y II Timoteo, Tito y Hebreos. Para citar algunos totales
representativos digamos que hay 200 sermones sobre Deuteronomio, 159 sobre Job, 343 sobre
Isaías, 43 sobre Amos, 189 sobre Hechos y 48 sobre Tito. Una de las omisiones más asombrosas
es el libro de Apocalipsis. Aparentemente nunca se ocupó de este libro, ni por medio de
sermones, ni conferencias ni comentarios. En cuanto a los otros libros no mencionados en esta
lista, es difícil saber algo con certeza debido a que la información anterior a 1549 es muy
incompleta. Cornos los de Lutero, los sermones de Calvino eran de longitud moderada.
Pronunciados a una velocidad promedia no superarían los cuarenta minutos. De hecho, la grave
aflicción asmática de Calvino le habrá requerido algo más. En cuanto a la duración como al
estilo, Calvino tenía una fina sensibilidad por la capacidad de sus oyentes. Nunca sobrecargaba
su comprensión, ni por una indebida complejidad, ni por una inadecuada longitud.
Evidentemente la mayoría no lo emuló muy bien en este sentido, puesto que en 1572, ocho años
después de muerto, el Concilio de Ginebra promulgó un edicto por el cual los ministros
religiosos debían predicar sermones más breves, que no excedieran una hora de duración.
También es de notar que la longitud de los sermones sea tan consistentemente igual. Por
ejemplo, en la serie sobre Job, el lector puede observar por sí mismo, que las longitudes de las
copias impresas apenas varían un poco.
ESTRUCTURA DEL SERMÓN
En su predicación, como en muchos otros aspectos, la Reforma significó un retorno a la
doctrina y a las prácticas de la iglesia primitiva. Guiados por Lutero, los reformadores volvieron
a la homilía como forma normal del sermón. Comparada con la predicación escolástica, la
homilía era más expositiva que temática, más un discurso libre que una alocución sujeta a
estructuras, más analítica que sintética; expresada en términos de afirmaciones directas más que
en sutilezas de la lógica; era más directa, a modo de conversación, que retóricamente precisa.
Calvino no es una excepción. Sus sermones son simples homilías y en ese sentido son de
una trama totalmente distinta a sus escritos sistemáticos. Al predicar sobre pasajes consecutivos
trataría el texto sección por sección, versículo por versículo, y algunas veces frase por frase,
explicando o comentando a medida que avanzaba. Difícilmente se apartaría del orden impuesto
por el texto mismo. Por otra parte, no se esclavizaría a explicar cada cosa del texto, como si su
mera presencia allí o su longitud le dieran el peso necesario para ser parte del sermón. Tampoco
limitaría necesariamente su interpretación a los diversos elementos del texto, ni a su significado
dentro del mismo, ni a su significado dentro del contexto inmediato. Aunque siempre predicaba
basado en el texto y ciertamente reconocía la importancia del respectivo capítulo y libro, su
mayor principio para la interpretación bíblica era que las escrituras siempre tenían que ser
interpretadas por las escrituras mismas, por eso, al fin de cuentas, su contexto era toda la Biblia.
Sin embargo, para Calvino el resultado de esto no era lo que frecuentemente ha sido para otros
que tenían el mismo propósito. Es de suma importancia notarlo. Para Calvino el desarrollo de un
texto nunca estaba sujeto a su significado abstracto en términos de teología. Su sermón nunca
estaba controlado por un bosquejo o esquema provenientes de su dogmática. Para Calvino el
cuerpo en sí del sermón, su esqueleto y su carne, se componían de dos cosas: el texto mismo,
visto a la luz de ambos contextos, el inmediato y el último, y las necesidades espirituales de la
congregación. La predicación en Ginebra era el producto directo de un pastor dedicado a un libro
abierto y a una congregación necesitada. Siempre eran sermones de una total relevancia para la
vida.
Es fácil de ilustrar que para el pulpito de Calvino la importancia dogmática del texto no era
decisiva. De ello el lector encontrará muchas evidencias en este volumen de sermones. Por
ejemplo, el texto en Job 9:1-6 "¿Cómo se justificará el hombre con Dios?", etc., fácilmente podía
haber inducido a un predicador a desarrollar extensamente las doctrinas de la justificación y de
los méritos de Cristo. No así Calvino (vea el Sermón N°4, p.57), quien apenas las menciona en
unas pocas palabras finales. El resto del sermón Calvino lo dedica a estar junto a Job sobre su
montón de basura procurando que sus oyentes se acerquen a tan angustiosa experiencia. Las
palabras clásicas del Job "Yo sé que mi Redentor vive" no lo llevan a desarrollar extensamente el
tema de la resurrección de Cristo, con todas sus implicaciones. Afirma, en cambio, que Job no
anticipaba tal resurrección, y si bien nosotros ciertamente tenemos que ver el texto a la luz de
nuestro conocimiento, aquí debemos ocuparnos principalmente de la convicción de Job de que
los juicios últimos de Dios trascienden a los de los hombres. Calvino advierte que estas palabras
"tomadas fuera de su contexto, no serían muy edificantes, y no sabríamos lo que Job quiso decir"
(Sermón N°8, p.109). Muchos lectores se sorprenderán al leer estos sermones, tanto por lo que
Calvino dice como por lo que omite. En su mayor parte es un tratado práctico referido a asuntos
tales como las relaciones familiares, las actitudes tanto de gozo como de compasión ante el
castigo de los malvados, una advertencia contra la hipocresía. De igual modo, al tratar los
versículos que siguen a "en mi carne he de ver a Dios" etc. (Job 19:26-29, Sermón N° 9, p. 111),
Calvino no se ocupa de los dogmas escatológicos y de la resurrección del cuerpo como doctrinas
separadas, sino que en forma impresionantes, expone lo que esto significa para Job y para el
creyente que atraviesa la experiencia de Job. En este sentido lo más asombroso es que Calvino
hace una división entre los versículos 25 y 26 del capítulo 19 separándolos en dos textos mayores
y usándolos para dos sermones diferentes. Cualquier predicador interesado en la dogmática
escatológica los habría mantenido unidos.
También hemos observado que Calvino no necesariamente deje que las proporciones de los
respectivos elementos del texto, ni aún su significado primordial dentro del mismo, sean
decisivos para el sermón. El lector hallará numerosos casos en este volumen. Por ejemplo, el
Sermón N°15, p.181, se ocupa extensamente de dos cosas referentes a Elihú: una, que Elihú era
buzita; otra, que tenía la capacidad de indignarse. Ninguno de ambos temas realmente representa
el sentido principal del texto. Sin embargo, Calvino, el pastor, tenía aplicaciones aquí para su
gente, y éstas de ninguna manera eran ajenas al texto. Era 1554. El escándalo de Servetus era
historia reciente. La doctrina calvinista de la predestinación era fieramente atacada desde
numerosos frentes. La lucha con los libertinos había alcanzado su clímax. El predicador veía aquí
una oportunidad de subrayar dos puntos; Elihú, igual de Job, estaban fuera de la línea del pacto.
Probablemente desconocían la ley de Moisés. Sin embargo, tenían un auténtico conocimiento de
Dios y manifestaban verdadera piedad. Dice Calvino que la devoción a Dios de hombres como
Job y Elihú dejan sin excusa al malvado e impenitente, vindicando a Dios ante la acusación de
ser injusto al condenar a los impíos, aún cuando éstos no hubiesen recibido toda la luz del
evangelio. Esto responde a una de las críticas referidas a la predestinación. Habiendo
mencionado, de paso, la acusación de Elihú de que Job se justificaba a sí mismo, en vez de ser
justificado por Dios, Calvino prosigue a su segundo punto principal, totalmente desligado del
primero, es decir, la justa indignación de Elihú. Esta ofrece una oportunidad bienvenida para
señalar la diferencia entre el enojo egoísta y una santa indignación, y que ésta está totalmente en
su lugar, que incluso es necesaria para el creyente respecto de los enemigos de Dios, tales como
los papistas y los libertinos. A éstos no los llama así, en cambio los tilda de "perros y cerdos" de
"burladores de Dios" y "villanos profanos." Otro ejemplo de consideraciones prácticas,
pastorales, con desviación del sentido normal del texto, se encuentra en el Sermón N° 17, p. 204.
Calvino usa este texto para defender a su propio ministerio y el de sus asociados contra los
despiadados ataques que a la sazón provenían de los libertinos de Ginebra. El texto admitirá tal
interpretación, pero también enseña otras cosas más amplias, algunas de ellas más prominentes
que la función y autoridad del ministro de la palabra de Dios. Sin embargo, el aspecto práctico de
la situación requería esta alternativa.
Que el lector sea sensible al pulso pastoral que tan inconfundiblemente palpita en estos
sermones. Nunca son meros discursos teológicos o tratados exegéticos. Son, en cambio, la viva
palabra de Dios, siempre en una dinámica tensión entre el libro de Dios y el pueblo de Dios.
Como auténticas homilías los sermones de Calvino prácticamente no tienen estructura
excepto la del texto mismo. No hay una organización a modo de prolijo bosquejo o esquema. Las
diversas partes del sermón no están en relación orgánica una con otra, ni tampoco con una idea
temática. En un mismo sermón puede haber desde una a cuatro o cinco ideas distintas sin una
unidad discernible de pensamiento, excepto que sea extremadamente general. Es evidente que
Calvino nunca incluyó la redacción de un bosquejo como paso específico en la preparación para
el pulpito. El sermón no se conforma a ningún orden de pensamiento predeterminado, excepto en
la medida en que surge del orden de las palabras del texto. Calvino no usa tema ni tópico. En tal
sentido es de notar que los títulos de los sermones de este volumen fueron provistos por el
traductor. La mayoría consiste de una frase o dos tomadas del texto, aptas para ese fin. Pero
normalmente es obvio que Nixon no pudo proveer un solo título que realmente cubriese la
totalidad de los diversos elementos del sermón.
El único tipo de síntesis que uno encuentra en estas homilías es un resumen ocasional de lo
que va a decir o de lo que ha dicho. Tales resúmenes, cuando existen, están frecuentemente en la
introducción o en la conclusión. Además, en el llamado o la oración, al final del sermón Calvino
solía mencionar ciertos pensamientos primordiales sobre los que había predicado, de modo que
la gente los recordase el "inclinarse en humilde reverencia." Este llamado a la oración
normalmente se componía de 100 a 150 palabras. Se lo encuentra en las traducciones al inglés
del Siglo XVI, pero es omitido por Nixon. Hay ejemplos en la colección de sermones de Calvino
llamada "Los Misterios de la Piedad" antes mencionada.
Para Calvino la introducción nunca está calculada a cumplir los propósitos que le asigna la
retórica normal, es decir, a conquistar la atención o despertar la receptividad del oyente respecto
del pensamiento principal. Para Calvino es simplemente el comienzo del sermón, nada más.
Watier dice que para Calvino la introducción no es tanto un pórtico como un umbral, y aunque
normalmente es breve, en algunos casos abarca un tercio del sermón. Ello demuestra en qué
pequeña medida cumple una función cuidadosamente prescrita.
Todo esto, por supuesto, no significa que los sermones de Calvino carezcan de un desarrollo
ordenado y de una lógica coherencia. Calvino no podía menos que ser sistemático en su
pensamiento y presentación. Dejaría de ser él mismo si no razonara intensamente y argumentara
sistemáticamente. A su propio modo los sermones no son menos lógicos que las Instituciones. En
cada esfera particular de pensamiento Calvino procede adecuadamente de lo conocido a lo
desconocido, y de lo menor a lo mayor. La base inductiva de sus juicios exegéticos quizá no se
revele totalmente, pero hay evidencias suficientes de ella para asegurar que es adecuada. Sus
deducciones siempre son inexorablemente lógicas y, juntamente con su perspicacia pastoral,
éstas explican la extraordinaria fuerza de la aplicación de sus sermones.
Es digno de notar que un maestro del aprendizaje como indudablemente lo fue Calvino haya
predicado deliberadamente sin la excelencia retórica que pudo haber exhibido fácilmente. Sus
escritos dogmáticos demuestran cuan resumida y sistemáticamente podía manejar cualquier
tema, y cuan agudamente analítico podía ser su tratamiento de un concepto o tema. Su
correspondencia lo revela como un maestro de la agudeza y del ingenio cuando la ocasión lo
requería. En sus presentaciones públicas, ajenas a su pulpito, Calvino mostraba una vasta
erudición y un estilo brillante, propios de la oratoria, pero ajenos a la homilía. Los predicadores
de las iglesias primitivas probablemente fueron en la mayoría de los casos, hombres de tan
escasos dones y estudios que eran incapaces de usar otra cosa que no fuese la homilía. Pero
Calvino poseía la totalidad del vasto equipamiento de su impecable educación clásica, y conocía
la artística trama del sermón escolástico. No era por carencia sino con un propósito deliberado
que usaba la homilía en su pulpito. Solamente existe una explicación y ésta está en su doctrina de
la predicación. Calvino estaba profundamente convencido de que la tarea de predicar no es sino
la de presentar fielmente la palabra de Dios, aclararla inequívocamente y todos los oyentes, hacer
oír su llamado a la conversión, exponer sus amonestaciones y arrojar su luz sobre el sendero de
la vida. En el pulpito Calvino quería ser el humilde siervo de la palabra y la simple homilía era la
que mejor se prestaba a ese propósito.
El uso eficaz de la homilía requiere una extraordinaria maestría en las escrituras, puesto que
el sermón no descansa para su efecto en artificios lógicos o retóricos. Bien sabido es que Calvino
poseía tal maestría de las escrituras, y que predicó a través de la mayor parte de la Biblia. Sin
embargo, es de notar, que no era el único en hacerlo. Bullinger, por ejemplo, prácticamente
predicó a través de toda la Biblia en los primeros diez años de su ministerio, predicando a razón
de un mensaje por día. Los ministros de las primeras iglesias de la Reforma asumían como
asunto prioritario el estudio y manejo de las escrituras. El mismo método de predicación que
usaban se lo requería. La Biblia era su principal fuente y la homilía su método. El dogma y credo
modelaba su pensamiento pero realmente no otorgaba cuerpo a sus sermones. Sin embargo, en
siglos posteriores el énfasis cambió. En el Siglo 17 la dogmática y el credo reemplazarían a la
Biblia como principal fuente de predicación, y aunque las escrituras no eran ignoradas, la
retórica volvió a controlar la estructura del sermón. Los movimientos de reforma y avivamiento
que surgieron de tanto en tanto en diferentes países siempre volvían a una predicación de mayor
orientación bíblica, aunque nunca restauraron completamente la homilía como tal. En lo que se
refiere al Protestantismo moderno sus principales fuentes homiléticas no son ni las escrituras ni
el el credo, sino una multitud de cosas que van desde los poetas clásicos hasta la colección de
anécdotas, desde el diario cotidiano hasta el último estudio sobre el complejo de inferioridad,
desde los tratados internacionales hasta los planes tendientes a mejorar las relaciones
interraciales. Aunque ésta es una característica particular del ala liberal del Protestantismo, el ala
conservador tiene una propia versión de ello y aún está lejos de lo que fue la predicación de la
Reforma.
No cabe duda que se puede mejorar la homilía. Existen buenas razones para un mayor uso
de la síntesis y para aplicar mejor los principios de retórica. Pero también debemos admitir que
en nuestros días hay pocos predicadores que podrían usar tan eficazmente el estilo de Calvino
con la homilía, aún cuando trataran de hacerlo. La estructura sintética y el artificio son con
frecuencia más una muleta que una herramienta, más un sustituto de la maestría en las escrituras
que un siervo útil de ellas.
En cuanto a la estructura del sermón se debería hacer una observación más respecto a los
sermones de Calvino. Todos ellos son de una misma pieza. No se clasifican en diversos tipos. No
se puede decir que algunos sean primordialmente discursos exegéticos y otros ensayos
dogmáticos. La congregación de Calvino no conocía la diferencia entre sermón expositivo y
sermón doctrinal. No había tales categorías como "mensaje práctico" o "mensaje evangelístico."
Calvino no predicaba lo que a veces se llama sermón "matutino" y sermón "nocturno"
(vespertino). Sus sermones de entre semana no se pueden diferenciar de los dominicales, excepto
en que aquéllos eran del Antiguo Testamento y éstos del Nuevo Testamento. Ginebra nunca
conoció algo así como "predicación catequista." El sermón nunca estuvo deliberadamente
centrado en el credo, aunque esto no significa un descuido de la doctrina. Cada versículo era
colocado en el contexto de toda la Biblia. Tan poderoso era el principio de analogía fidei y tan
completa la maestría de las escrituras que Calvino y sus compañeros de Reforma no podían sino
predicar doctrina al exponer el significado completo de las escrituras. Además en los sermones
de Calvino no hay dos secciones, una "expositiva" y otra de "aplicación." La exposición es la
trama misma de la aplicación, y la aplicación es el verdadero ropaje de la exposición. Tal vez las
distinciones arbitrarias con que frecuentemente se clasifican los sermones en diferentes tipos, y
las diversas partes del sermón reflejen más la incapacidad de los predicadores en el manejo de la
palabra de Dios en el discurso expositivo de modo que cada sermón sea tanto doctrinario como
práctico, bíblicamente adecuado tanto para creyentes como para inconversos y simultáneamente
expositivos y aplícatenos. Calvino no ofrece ningún alivio a aquellos que ven disparidad y
tensión entre estas facetas de la predicación. Calvino es el ejemplo de la predicación en la cual
cada elemento de relevancia moral y espiritual está notablemente harmonizado, cada elemento es
sostenidamente consistente. Sus hijos pueden aprender mucho de él.
Como ya se indicó, el estilo de los sermones de Calvino es simple y lúcido. Son sermones
deliciosamente sencillos. Su propósito es que sean entendidos. El predicador de Ginebra habla a
cada persona, leyendo sus sermones se lo puede visualizar fácilmente hablando con la
flexibilidad de su alocución extemporánea, observando cuidadosamente el rostro de sus oyentes,
sin abandonar un solo punto hasta estar seguro de que haya quedado razonablemente claro para
ellos. Los sermones escritos indican que frecuentemente desarrollaba un punto, para luego volver
y reelaborarlo en una forma nueva, impulsado evidentemente por el delicado raport que mantenía
con su congregación. No había manuscrito que, cuidadosamente redactado y prolijamente pulido,
lo alegara de estas sensibles reacciones.
Como traductor, Nixon sugirió en su prefacio a LA DEIDAD DE CRISTO que los sermones
de Calvino debieran ser leídos en voz alta para obtener todo su efecto. Su propósito nunca fue
otro que el de servir a la comunicación oral. Ellos hablan mejor de corazón a corazón cuanto
fluyen de la voz al oído. La mayoría de los lectores aprobarán decididamente el método de
traducción que preserva fielmente el estilo oral sin concesiones a la forma impresa. La
autenticidad y exactitud de la trascripción de muchas maneras. Un sermón es más claro y
elocuente que otro. Las palabras del sermón de un día pueden ser más concisas y vividas que las
del día anterior o que las del día siguiente. Además, repasando la totalidad de los 159 sermones
sobre Job uno a veces siente que por épocas, a lo largo de varios días, Calvino no estaba en las
mejores condiciones. No es difícil imaginar las razones. A pesar de su extraordinario genio,
Calvino debe haber sufrido los ciclos misteriosos de lucidez y pesadez mental que afligen a todos
los hombres. Además, sin lugar a dudas, había días cuando el vigor de espíritu y la agudeza
mental disminuían debido al cansancio provocado por su enorme carga de trabajo, o la fatiga
causada por sus numerosas enfermedades. Estas cosas son menos evidentes en los sermones de
este volumen, porque, naturalmente, han sido escogidos de entre los mejores. Siguiendo a
Calvino, día tras día, a lo largo de 159 jornadas, se encuentran muchas más evidencias de esto.
Pero, sin dudas, el lector atento notará, aun en esta selección de sermones, pasajes repetitivos o
confusos, oraciones vagas o complejas y lugares donde el predicador parece tener dificultad en
hallar las palabras correctas. Entonces resulta alentadora la sensación de encontrarse íntima y
personalmente con el hombre Calvino, en una manera que no es posible encontrarlo en las tan
revisadas Instituciones o los comentarios cuidadosamente elaborados.
La cualidad sobresaliente de Calvino es su claridad y simplicidad además de su forma
directa y sincera. Esta cualidad es tanto más notable cuando es comparada con la modalidad de
sus días. Desde un punto de vista literario los otros reformadores y la mayoría de los escritores y
conferencistas de aquel tiempo pertenecían a un período medieval con su acento en la
ornamentación y su oscurantismo. Como dice Parker, Calvino es "esencialmente un miembro
tanto como un creador del mundo moderno. Si, por ejemplo, se lo compara como predicador con
Lulero o Latimer, pareciera haber un siglo entre aquel y éstos. En sus hábitos mentales era
moderno, algo que se evidencia en su predicación." La diferencia entre el estilo de Calvino y el
de muchos contemporáneos queda claramente ilustrado cuando comparamos el francés de
Calvino se lee fluida y claramente, en contraste con la tortuosa redacción de dichas traducciones.
Un niño escolar podría quedar más confundido con el inglés de Arthur Golding que con el
francés de Calvino."14 Es un tributo al traductor Nixon notar que en sus traducciones haya
reproducido tan fielmente la calidad del francés de Calvino. Ahora el lector del inglés puede
apreciar plenamente el comentario de Parker en cuanto al carácter moderno de Calvino. (Para
ilustrar una diferencia entre las traducciones de Golding y las de Nixon, es de notar que en un
recuento de varias secciones breves, la cantidad de palabras usadas por Nixon es entre 8 y 10%
menor). Leyendo los sermones de este volumen uno olvida con facilidad que originalmente
fueron pronunciados hace cuatrocientos años. En su mentalidad y presentación son
asombrosamente actualizados. Un Sermón, como por ejemplo, el que se titula "La Inspiración de
Todopoderoso" (Sermón N° 16, p. 193) que se ocupa extensamente del lugar y rol de los jóvenes
en la iglesia podría ser leído provechosamente en forma casi textual a una de nuestras
congregaciones actuales.
Calvino evita el uso de términos académicos y técnicos en su predicación. Y cuando es
necesario usarlos, los explica cuidadosamente. También evita, en una medida sorprendente el uso
de palabras abstractas. Algunos, que solamente lo conocen por sus escritos sistemáticos,
esperarían que su estilo de predicación fuese pesado y descolorido. Pero, por el contrario, aunque
no es frecuente que se eleve como con alas, su predicación transcurre con toda fluidez. Hay un
uso deliberado de términos pintorescos y gráficos. Muchas oraciones son destellantes por el uso
de palabras concretas y vividas. Calvino usa ilustraciones fascinantes tomadas de la vida del
hombre de la calle. Usa el símil y la metáfora para expresarse eficazmente, pero sin abundar en
ello al extremo de ser palabrero. Respondiendo a muchos de sus sermones hay cuadros orales
que revelan un arte impregnado de pasión y belleza. Pocos predicadores lo superan pintando el
esplendor y la majestad de la creación de Dios. Además de muchos ejemplos de esto en los
sermones sobre los Salmos, encontramos ejemplos sobresalientes en los sermones basados en
aquellos pasajes de Job en que el Señor habla desde el torbellino (Job 37-39). Si alguna vez este
volumen de traducciones llegara a ser ampliado, los lectores indudablemente apreciarán la
inclusión de dichos sermones. Todo aquel que considera a Calvino una persona fría e intelectual,
y a su estilo abstracto y prosaico, ciertamente no ha conocido el calor y el color de su
predicación.
Doumergue quería corregir este concepto equivocado al hablar en Ginebra, en la celebración
de los cuatrocientos años del nacimiento de Calvino. Allí destacó la forma en que Calvino usa
proverbios comunes, a veces varios en un mismo sermón, citando algunos ejemplos: "Las
enfermedades vienen a caballo, pero se van de a pie." Los avaros son los que "se toman el mar y
también los peces." Calvino cita a Moisés subiendo al Monte Sinaí, diciendo: "Está bien que
vaya y me quiebre escalando esas alturas." En vez de decir: "está mal" diría "es algo que a uno le

hace parar los pelos de punta." En lugar de: "lo culpo…," dice, "le escupo en la cara." En vez de
"perversa naturaleza humana," "si no fuera por algunas restricciones se sacarían los ojos unos a
otros." Calvino, concluye Doumergue, usa el lenguaje vernáculo cargado de los olores, sabores e
imágenes de la vida cotidiana en la ciudad y el campo, y observaba los detalles más ínfimos de la
vida de su gente.15
Este volumen ofrece muchos ejemplos del vivaz estilo de Calvino. En cada sermón hay
pasajes concretos de una vivacidad impactante. Una y otra vez el lector verá que el predicador de
Ginebra sabía expresarse en términos de la vida común. Se pueden mencionar algunos ejemplos:
"Cuando el diablo enciende el fuego también se encarga de hacerle viento." Los que viven
piadosamente con frecuencia "se arrastran con alas caídas." Dios es como un médico que
descubre que "el mejor remedio es dejar que sangre," o bien, Dios nos da "tantos azotes como
sean necesarios para que nos acordemos de él." Estamos tan "atónitos con esta doctrina como lo
estaríamos si alguien nos diera con un martillo en la cabeza." En cuanto a los malvados, sus
pecados "son tantos que parecieran estar adobados en ellos." Los que adoran piedras y árboles
son "como un hombre que sale al mediodía para caminar sobre el borde del precipicio" creyendo
que tienen la ley escrita en sus corazones. Los papistas se "embrigan con estas doctrinas
diabólicas." Debatiendo contra Dios "muchos se salen de sus quicios."
Referencias como éstas pueden ser multiplicadas fácilmente. Quizá nos parezcan un tanto
rudas estas figuras de lenguaje, pero eran muy comunes en los días de Calvino. Por supuesto,
nuestros días requieren su propio modo de expresión. Pero toda predicación necesita la simpleza
y el vigor del estilo de Calvino. Es de notar aquí que el lenguaje de Calvino es muy similar al de
la Biblia misma. Corremos el peligro de que nuestra moderna sofisticación y nuestro lenguaje
pulido neutralicen la eficacia de la palabra que predicamos quitándole su vigor, aplastando su
filo y reduciendo su severidad. Calvino no escogía su lenguaje para adornar, sino para enseñar.
Su estilo nunca fue meramente ornamental o coloquial, sino asignado para nada más ni nada
menos que la comunicación de la palabra de Dios. En su simpleza, claridad y fuerza su lenguaje
era singularmente adecuado para tan exigente propósito.

1 comentario en “Sermones sobre Job”

  1. Gerardo Espinoza García

    dones de Espiritu Santo
    Queria aprovechar la gran oportunidad de ayudarnos con los materiales que ofrecen, creo que hacen una gloriosa lavor el los ministerios dandonos esta ayuda para la investigacion de la palabra de Dios y de esa forma tambien alimentamos de una mejor manera a la feligrecia de nuestra localidad que el Dios altisimo les recompence en gran manera

    pastor Gerardo Espinoza

Los comentarios están cerrados.

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