El niño de las estrellas- Enrique Barrios

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Comenzó una tarde del verano pasado en un balneario de la costa donde vamos con mi abuelita casi todos los
años.
Esa vez conseguimos una casita de madera. Tenía muchos pinos y boldos en el patio, y por el frente, un
antejardín lleno de flores. Se encontraba cerca del mar, en un sendero que lleva hacia la playa.
Quedaba poca gente, porque la temporada iba a terminar. A mi abuelita le gusta salir de vacaciones los
primeros días de marzo, dice que es más tranquilo y más barato.
Comenzó a oscurecer. Yo estaba sobre unas rocas altas junto a la playa solitaria, contemplando el mar. De
pronto vi en el cielo una luz roja sobre mí. Pensé que sería una bengala o un cohete de esos que se lanzan
para el año nuevo. Venía descendiendo, cambiando de colores y arrojando chispas. Cuando estuvo más bajo
comprendí que no era una bengala ni un cohete, porque al agrandarse llegó a tener el tamaño de una avioneta
o mayor aún…
Cayó al mar a unos cincuenta metros de la orilla, frente a mí, sin emitir sonido alguno. Creí haber sido testigo
de un desastre aéreo, busqué con la mirada algún paracaidista en el cielo; no había ninguno. Nada perturbaba
el silencio y la tranquilidad de la playa.
Sentí mucho miedo y quise correr a contarle a mi abuelita; pero esperé un poco para ver si divisaba algo más.
Cuando ya me iba, apareció algo blanco flotando en el punto en donde había caído el avión, o lo que fuera:
alguien venía nadando hacia las rocas. Supuse que se trataba del piloto, que se habría salvado del accidente.
Esperé que se aproximara, para intentar ayudarlo.
Como nadaba con agilidad, comprendí que no estaba malherido.
Cuando se acercó más, me di cuenta de que se trataba de un niño. Llegó a las rocas y antes de comenzar a
subir me miró amistosamente. Pensé que estaba feliz de haberse salvado, la situación no parecía dramática
para él, eso me calmó un poco. Llegó a mi lado, se sacudió el agua del pelo y me sonrió, entonces me
tranquilicé definitivamente; tenía cara de niño bueno. Vino a sentarse junto a mí, suspiró con resignación y se
puso a mirar las estrellas que comenzaban a brillar en el cielo.
Parecía más o menos de mi edad, un poco menor y algo más bajito, vestía un traje blanco como de piloto,
hecho de algún material impermeable, ya que no estaba mojado, su vestimenta terminaba en un par de botas
blancas de gruesas suelas. En el pecho llevaba un emblema color oro: un corazón alado dentro de un círculo.
Su cinturón, también dorado, tenía a cada lado una especie de radios portátiles, y en el centro una hebilla
grande y muy bonita.
Me senté junto a él. Pasamos un rato en silencio; como no hablaba, le pregunté qué le había sucedido.
-Aterrizaje forzoso -contestó riendo.
Era simpático, tenía un acento bastante extraño, supuse que venía desde otro país en el avión. Sus ojos eran
grandes y bondadosos.
– ¿Qué le pasó al piloto? -pregunté. Como él era un niño, pensé que el piloto tendría que ser una persona
mayor.
-Nada. Aquí está, sentado a tu lado -respondió.
– ¡Ah! -Quedé maravillado. ¡Ese niño era un campeón! ¡A mi edad ya manejaba aviones! Supuse que sus
padres serían ricos.
Fue llegando la noche y tuve frío. El se dio cuenta, porque me preguntó:
– ¿Tienes frío?
-Sí.
-La temperatura está agradable -me dijo sonriendo. Sentí que realmente no hacía frío.
-Es verdad -le contesté.
Después de unos minutos le pregunté qué iba a hacer.
-Cumplir con la misión -respondió sin dejar de mirar el cielo.
Pensé que estaba frente a un niño importante, no como yo, un simple estudiante en vacaciones. El tenía una
misión… tal vez algo secreto… No me atrevía preguntarle de qué se trataba.
– ¿No lamentas haber perdido el avión?
-No se ha perdido -respondió, dejándome sin comprender.
– ¿No se perdió, no se destruyó entero?
–No.
– ¿Cómo se puede sacar del agua para repararlo… o no se puede?
-Oh, sí, se puede sacar del agua -me observó con simpatía y agregó- ¿cómo te llamas?
-Pedro -respondí, pero algo comenzaba a no gustarme: él no respondía a mi pregunta. Al parecer, se dio
cuenta de mi disgusto y le hizo gracia.
-No te enojes, Pedrito, no te enojes… ¿Cuántos años tienes?
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-Diez… casi. ¿Y tú?
Rió muy suavemente, con la risa de un bebé cuando le hacen cosquillas. Yo sentí que él intentaba ponerse por
sobre mí, debido a que manejaba un avión y yo no, eso no me gustaba; sin embargo, era simpático, agradable,
no pude enojarme seriamente con él.
Tengo más años de los que tú me creerías -respondió sonriendo. Sacó del cinturón uno de los aparatos
parecidos a radios a pila. Era una especie de calculadora de bolsillo, la encendió y aparecieron unos signos
luminosos, desconocidos para mí. Hizo algún cálculo y al ver la respuesta me dijo riendo:
-No, no… si te lo digo, no me creerías…
Llegó la noche y apareció una hermosa luna llena que iluminaba toda la playa. Miré su rostro con atención. No
podía tener más de ocho años, sin embargo, era piloto de avión… ¿Tendría más años?… ¿No sería un enano?
– ¿Crees en los extraterrestres? -me preguntó sorpresivamente. Tardé un buen rato en responder. Me
observaba con unos ojos llenos de luz, parecía que las estrellas de la noche se reflejaban en sus pupilas. Se
veía demasiado bonito para ser normal. Recordé el avión en llamas, su aparición, su calculadora con signos
extraños, su acento, su traje, además, era un niño, y los niños no manejamos aviones…
-¿Eres un extraterrestre? -pregunté con algo de temor.
Y si lo fuera… ¿te daría miedo?
Fue entonces que supe que sí venía de otro mundo.
Me asusté un poco, pero su mirada estaba llena de bondad.
-¿Eres malo?-pregunté tímidamente. El rió divertido.
-Tal vez tú eres más malito que yo…
-¿Por qué?
-Porque eres terrícola.
-¿De verdad eres extraterrestre?
-No te asustes -me confortó sonriendo y señaló hacia las estrellas mientras me decía: este universo está lleno
de vida… millones y millones de planetas están habitados… Hay mucha gente buena allá arriba…
Sus palabras producían un extraño efecto en mí. Cuando él decía esas cosas, yo podía «ver» esos millones de
mundos habitados por gente buena. Se me quitó el temor. Decidí aceptar sin sorprenderme que él era un ser
de otro planeta. Parecía amistoso e inofensivo.
-¿Por qué dices que los terrícolas somos malos? -pregunté. El continuó mirando el cielo y dijo:
-Qué hermoso se ve el firmamento desde la Tierra… Esta atmósfera le otorga un brillo… un color…
No me estaba respondiendo otra vez. Volví a sentirme molesto; además, no me gusta que me crean malo, no
lo soy, al revés: yo quería ser explorador cuando fuera grande y cazar malos en los ratos libres…
-Allá, en las Pléyades, hay una civilización maravillosa…
-No todos somos malos aquí…
-Mira esa estrella… así era hace un millón de años… ya no existe…
-Dije que no todos somos malos aquí. ¿Por qué dijiste que todos los terrícolas somos malos? ¿Ah?
-Yo no he dicho eso -respondió sin dejar de mirar el cielo, le brillaba la mirada- Es un milagro…
-¡Sí lo dijiste!
Como levanté la voz, logré sacarlo de sus ensueños; estaba igual que una prima mía cuando contempla la foto
de su cantante preferido; está loquita por él.
Me miró con atención, no parecía molesto conmigo.
-Quise decir que los terrícolas suelen ser menos buenos que los habitantes de otros mundos del espacio.
-¿Ves? Estás diciendo que somos los más malos del universo.
Volvió a reír y me acarició el pelo.
Tampoco quise decir eso.
Aquello me gustó menos aún. Retiré la cabeza, me molesta que me miren como a un tonto, porque soy uno de
los primeros de mi clase, además, iba a cumplir diez años.
-Si este planeta es tan malo, ¿qué haces aquí?
-¿Te has fijado cómo se refleja la luna en el mar?
Continuaba ignorándome y cambiando el tema.
-¿Viniste a decirme que me fije en el reflejo de la luna?
-Tal vez… ¿Te diste cuenta de que estamos flotando en el universo?
Cuando me dijo eso, creí comprender la verdad: ese niño estaba loco. ¡Claro! Se creía extraterrestre, por eso
hablaba cosas tan extrañas. Quise irme a casa, otra vez me sentí mal, ahora, por haber creído sus historias
fantásticas. Había estado tomándome el pelo… Extraterrestre… ¡y yo se lo creí! Me dio vergüenza, rabia
conmigo mismo y con él. Me dieron ganas de darle un buen golpe en la nariz.
-¿Por qué; es muy fea mi nariz?…
-Quedé paralizado. Sentí temor. ¡Me había leído el pensamiento! Lo miré. Sonreía victorioso. No quise
rendirme, preferí creer que eso fue una casualidad, una coincidencia entre lo que yo pensé y lo que él dijo. No
le demostré sorpresa, tal vez fuera verdad, pero tenía que comprobarlo… tal vez estaba ante un ser de otro
mundo, un extraterrestre que podía leer el pensamiento…
Decidí hacerle una prueba.
– ¿Qué estoy pensando ahora? -dije, y me puse a imaginar una torta de cumpleaños.
– ¿No te basta con las pruebas que ya tienes? -preguntó. Yo no estaba dispuesto a ceder un milímetro.
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– ¿Cuáles pruebas?
Estiró las piernas y apoyó los codos sobre la roca.
-Mira, Pedrito, hay otro tipo de realidades, otros mundos más sutiles, con puertas sutiles para inteligencias
sutiles… – ¿Qué significa sutiles?
– ¿Con cuántas velitas?… -dijo sonriendo.
Fue como un golpe al estómago. Me dieron ganas de llorar, me sentí tonto y torpe. Le pedí que me disculpara,
pero no se molestó por aquello, no me hizo caso y se puso a reír. Decidí no volver a dudar de él.
CAPÍÍTULO 2
PEDRIITO VOLADOR……
-Ven a quedarte a mi casa -le ofrecí, porque ya era tarde.
-No incluyamos adultos en nuestra amistad dijo, arrugando la nariz entre sonrisas.
-Pero tengo que irme…
-Tu abuelita duerme profundamente, no te echará de menos si conversamos un rato.
Otra vez me causó sorpresa y admiración. ¿Cómo sabía acerca de mi abuelita? …Recordé que era un
extraterrestre.
– ¿Puedes verla?
-Desde mi nave la vi. a punto de quedarse dormida -respondió con picardía, luego, exclamó con entusiasmo:
– ¡Vamos a pasear por la playa! Se incorporó de un salto, corrió hasta el borde de la altísima roca y se lanzó
hacia la arena.
¡Descendía lentamente, planeando como una gaviota!
Recordé que no debía sorprenderme demasiado por nada que viniese de aquel alegre niño de las estrellas.
Bajé de la roca como pude, con gran cuidado.
– ¿Cómo lo haces? -pregunté, refriéndome a su increíble planeo.
– Sintiéndome como un ave -respondió, y se puso a correr alegremente por entre el mar y la arena, sin tener
ningún motivo especial para hacerlo. Me hubiera gustado actuar como él, pero no podía.
– ¡Sí puedes!
Otra vez me había captado el pensamiento. Vino a mi lado intentando animarme y dijo: ¡Vamos a correr y a
saltar como pájaros! Entonces me tomó de la mano y sentí una gran energía. Comenzamos a correr por la
playa.
– ¡Ahora… saltemos!
El lograba elevarse mucho más que yo y me impulsaba hacia arriba con su mano. Parecía suspenderse en el
aire unos instantes. Continuábamos corriendo y cada cierto trecho saltábamos.
– ¡Somos aves; somos aves! -me animaba, me embriagaba. Poco a poco fui dejando de pensar como de
costumbre, fui cambiando, ya no era yo el de siempre. Animado por el niño extraterrestre fui decidiéndome a
ser liviano como una pluma, estaba poco a poco aceptando ser un ave.
¡Ahora… arriba!
Realmente comenzábamos a mantenernos en el aire durante algunos instantes. Caíamos suavemente y
continuábamos corriendo, para luego volver a elevarnos. Cada vez lo hacíamos mejor, eso me sorprendía…
-No te sorprendas… tú puedes… ¡ahora!
En cada intento era más fácil lograrlo. Íbamos corriendo y saltando como en cámara lenta por la orilla de la
playa, bajo la noche llena de luna y de estrellas… Parecía otra forma de existir, otro mundo.
– ¡Con amor por el vuelo! -me animaba. Un poco más adelante me soltó la mano.
– ¡Tú puedes, sí puedes! -me miraba transmitiéndome confianza mientras corría a mi lado.
– ¡Ahora! –nos elevábamos lentamente, nos manteníamos en el aire y comenzábamos a caer como si
planeáramos, con los brazos extendidos.
– ¡Bravo, bravo! –me felicitaba.
No sé cuanto tiempo jugamos esa noche. Para mí fue como un sueño. Cuando me sentí cansado, me lancé
sobre la arena, jadeando y riendo feliz. Había sido algo fabuloso, una experiencia inolvidable.
No se lo dije, pero interiormente le di las gracias a mi extraño amiguito por haberme permitido realizar cosas
que yo creía imposibles. No sabía aún todas las sorpresas que me aguardaban aquella noche…
Las luces de un balneario brillaban al otro lado de la bahía. Mi amigo contemplaba con deleite los movedizos
reflejos sobre las aguas nocturnas, extasiado, tendido sobre la arena bañada por la claridad lunar, luego se
regocijaba mirando la luna llena.
– ¡Qué maravilla… no se cae! -reía- ¡Este planeta tuyo es muy hermoso!
Yo nunca había pensado que lo fuera, pero ahora que él lo decía… sí, era hermoso tener estrellas, mar, playa y
una luna tan bonita allí suspendida… y además, no se caía…
– ¿Tu planeta no es bonito? -pregunté. Suspiró profundamente mirando hacia un punto del cielo, a nuestra
derecha.
–Oh, sí, también lo es, pero todos nosotros lo sabemos… y lo cuidamos…
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Recordé que me había insinuado que los terrícolas no somos demasiado buenos. Creí comprender una de las
razones: nosotros no valoramos nuestro planeta, ni lo cuidamos; ellos sí lo hacen con el suyo.
– ¿Cómo te llamas?
Le hizo gracia mi pregunta.
-No te lo puedo decir.
– ¿Por qué… es un secreto?
– ¡qué va; nada es secreto! es sólo que no existen en tu idioma esos sonidos.
– ¿Cuáles sonidos?
-Los de mi nombre.
Eso me sorprendió, porque yo había pensado que hablaba mi idioma, aunque con otro acento.
– ¿Cómo aprendiste entonces a hablar en mi lengua?
-No la hablo ni la comprendo… a menos que tenga esto -respondió divertido mientras tomaba un aparato de su
cinturón.
-Esto es un «traductor». Esta cajita explora tu cerebro a la velocidad de la luz y me transmite lo que quieres
decir, así puedo comprenderte, y cuando voy a decir algo, me hace mover los labios y la lengua como lo harías
tú… bueno… casi como tú. Nada es perfecto…
Guardó el «traductor„ y se puso a contemplar el mar, mientras se tomaba las rodillas, sentado en la arena.
– ¿Cómo puedo llamarte entonces? -le pregunté.
-Puedes llamarme «Amigo», porque eso es lo que soy: un amigo de todos.
-Te llamaré «Ami». Es más corto y parece nombre.
Le gustó su nuevo apodo.
– ¡Es perfecto, Pedrito! -nos dimos la mano. Yo sentí que sellaba una nueva y gran amistad. Así iba a ser…
– ¿Cómo se llama tu planeta?
– ¡PUF!… tampoco. No hay equivalencia de sonidos, pero está por allí -apuntó sonriendo hacia unas estrellas.
Mientras Ami observaba el cielo, yo me puse a pensar en las películas de invasores extraterrestres que había
visto tantas veces en la televisión.
– ¿Cuándo nos van a invadir?
Mi pregunta le hizo gracia.
– ¿Por qué piensas que vamos a invadir la Tierra?
-No sé… en las películas todos los extraterrestres invaden la Tierra… ¿o no todos?
Esta vez su risa fue tan alegre que me contagió. Después traté de justificarme:
-…Es que en la tele…
– ¡Claro, la televisión!… ¡Veamos una de invasores! -dijo entusiasmado, mientras de la hebilla de su cinturón
extraía otro aparato. Apretó un botón y apareció una pantalla encendida. Era un pequeño televisor en colores,
sumamente nítido. Cambiaba de canales con rapidez. Lo sorprendente era que a esa zona llegaban sólo dos
estaciones, pero en el aparato iban apareciendo una multitud: películas, programas en vivo, noticieros,
comerciales, todo en diferentes idiomas y por personas de distintas nacionalidades.
-Las de invasores son muy ridículas -decía Ami divertido.
– ¿Cuántos canales puedes sintonizar allí?
Todos los que están transmitiendo en este momento en tu planeta… Esto recibe las señales que captan
nuestros satélites y las amplifica ¡Aquí hay una, en Australia, mira!
Aparecían unos seres con cabezas de pulpo y muchos ojos saltones surcados de venitas rojas. Disparaban
rayos verdes contra una multitud de aterrorizados seres humanos. Mi amigó parecía divertirse con ese film.
– ¡Qué barbaridad! ¿No te parece cómico, Pedrito?
-No, ¿porqué?
-Porque esos monstruos no existen más que en las monstruosas imaginaciones de quienes inventan esas
películas…
No me convenció. Yo había pasado varios años viendo todo tipo de seres espaciales perversos y espantosos
como para que pudiera borrármelos de un plumazo.
-Pero si aquí mismo en la Tierra hay iguanas, cocodrilos, pulpos… ¿por qué no van a existir en otros mundos?
-Ah, eso. Sí los hay, pero no construyen pistolas de rayos, son como los de aquí: animales. No son inteligentes.
-Pero tal vez existan mundos con seres inteligentes y malvados…
– ¡»Inteligentes y malvados»! -Ami reía a todo pulmón-. Eso es como decir buenos-malos.
Yo no podía comprender. ¿Y esos científicos locos y perversos que inventan armas para destruir el mundo,
contra los que Batman y Superman luchan? Ami captó mi pensamiento y explicó riendo:
–Esos no son inteligentes; son locos.
-Bueno, entonces es posible que exista un mundo de científicos locos que podrían destruirnos…
-Aparte de los de la Tierra, imposible…
– ¿Por qué?
-Porque si son locos, se destruyen ellos mismos primero. No alcanzan a obtener el nivel científico necesario
como para lograr abandonar sus planetas y partir a invadir otros mundos. Es más fácil construir bombas que
naves intergalácticas, y si una civilización no tiene bondad y consigue un alto nivel científico, más tarde o más
temprano utilizará su poder destructivo contra sí misma, mucho

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