Flores en el atico 4 – Semillas del ayer

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Y así llegó el verano en que, cuando yo tenía cincuenta y dos años, y Chris, cincuenta y cuatro, se cumplió finalmente la promesa de riquezas que nuestra madre nos había hecho hacía mucho tiempo, cuando Chris y yo teníamos catorce y doce años, respectivamente.

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Los dos nos quedamos de pie contemplando aquella enorme y espantosa casa que habíamos esperado no volver a ver jamás. Aunque no era una reproducción exacta del Foxworth Hall original, sentí un estremecimiento interior. Qué precio habíamos tenido que pagar Chris y yo para estar ahí, donde nos hallábamos en ese momento, dueños provisionales de esa gigantesca casa que hubiera debido permanecer en ruinas carbonizadas. En otro tiempo muy lejano, yo había creído que los dos viviríamos en aquella casa como una princesa y un príncipe, y que entre nosotros existía el toque dorado” del rey Midas, aunque mejor controlado.

 

No he vuelto a creer en cuentos de hadas. Tan vivamente como si hubiera sucedido el día anterior, recordé aquella desapacible noche de verano, tenuemente iluminada por la mística luz de la luna llena y estrellas mágicas en un cielo de terciopelo negro, cuando nos acercamos a ese lugar por vez primera, con la esperanza de que únicamente nos sucedería lo mejor para acabar encontrando solamente lo peor.

 

Por aquel entonces Chris y yo éramos tan jóvenes, inocentes y confiados que creíamos en nuestra madre, la amábamos, nos dejábamos guiar por ella mientras nos conducía, a nosotros y a nuestros hermanos gemelos, una parejita de cinco años, a través de una noche en cierto modo horrible, hacia aquella mansión llamada Foxworth Hall. A partir de aquel momento, todos nuestros días futuros estarían iluminados por el verde, símbolo de riqueza, y el amarillo de la felicidad.
Qué fe tan ciega tuvimos cuando la seguíamos de cerca.

 

Encerrados en aquella sombría y lúgubre habitación en lo alto de la escalera, jugando en aquel ático mohoso y polvoriento, habíamos conservado nuestra confianza en las promesas de nuestra madre de que algún día poseeríamos Foxworth Hall y todas sus fabulosas riquezas. Sin embargo, a pesar de sus promesas, un viejo abuelo, cruel e inhumano, con un perverso pero tenaz corazón, que rehusaba dejar de latir para que cuatro jóvenes corazones, rebosantes de esperanza, pudieran vivir, lo impedía, de modo que nosotros esperamos y esperamos, hasta que transcurrieron más de tres larguísimos años y sin que mamá cumpliera su promesa.

 

Y no fue hasta el día en que ella murió —y se leyó su última voluntad— cuando Foxworth Hall cayó bajo nuestro control. Ella había legado la mansión a Bart, su nieto favorito, e hijo mío y de su propio segundo marido; pero hasta que Bart cumpliese veinticinco años, las propiedades quedaban bajo la custodia de Chris.
La reconstrucción de Foxworth Hall había sido ordenada antes de que ella partiera hacia California para buscarnos, pero hasta después de su muerte no fueron completados los últimos retoques de la nueva Foxworth Hall.

 

Durante quince años, la casa permaneció vacía, cuidada por celadores, administrada legalmente por un bufete de abogados que habían escrito o telefoneado a Chris para discutir con él los problemas que iban surgiendo. La mansión aguardaba, agraviada tal vez, el día en que Bart decidiese vivir allí, como siempre habíamos supuesto haría un día. Y ahora nos la cedía por un corto espacio de tiempo para que fuese nuestra hasta que él llegase y tomase posesión de todo.

 

 

«Siempre existe una trampa en cada ganga ofrecida», susurraba mi mente suspicaz. Y sentía el señuelo que se nos ofrecía para tendernos un lazo de nuevo. ¿Habíamos recorrido Chris y yo un camino tan largo con el único fin de completar la vuelta al círculo, regresando al principio?¿Cuál sería esta vez la trampa? «No, no», me repetía a mí misma una y otra vez; mi naturaleza recelosa, siempre insegura, estaba dominándome.

 

Teníamos el oro sin empañar… ¡lo teníamos! Algún día teníamos que obtener nuestra recompensa. La noche había terminado: nuestro día había llegado por fin, y ahora estábamos de pie, a la plena luz de los sueños que se habían realizado.Hallarnos aquí en ese momento, planeando vivir en esa casa restaurada, puso repentinamente una amargura familiar en mi boca. Todo mi placer desapareció. Estaba viviendo una pesadilla que no se desvanecería cuando abriese los ojos.

 

Aparté tal sentimiento y sonreí a Chris, apretándole los dedos. Contemplé la reconstruida Foxworth Hall, que se alzaba entre las cenizas de la antigua mansión, para enfrentarnos y confundirnos de nuevo con su majestuosidad, su formidable tamaño, su sensación de albergar el mal y sus innumerables ventanas con persianas negras como párpados pesados sobre unos oscuros ojos pétreos.

 

Se levantaba imponente, enhiesta y amplia, extendiéndose sobre varios centenares de metros cuadrados en una grandeza tan magnífica que intimidaba.
Era mayor que muchos hoteles, construida en forma de una gigantesca «T», con una enorme sección central de la que partían alas que se proyectaban en dirección norte y sur, este y oeste.

 

Estaba construida con ladrillos rosados. Las numerosas persianas negras hacían juego con el tejado de pizarra. Cuatro impresionantes columnas corintias de color blanco soportaban el gracioso pórtico de la fachada. Sobre la doble puerta principal negra, se percibía una especie de fuego de artificio producido por los cristales de colores. Unas enormes planchas de latón con el escudo de armas adornaban las puertas y convertían aquello que hubiera podido ser sencillo en algo elegante y menos sombrío.

 

Eso habría debido animarme, si el sol no hubiera adoptado, de pronto, una posición huidiza detrás de una oscura nube empujada por el viento. Levanté la mirada hacia el cielo, que se había vuelto tempestuoso y lleno de malos presagios, anunciando la lluvia y el viento. Los árboles del bosque circundante comenzaron a balancearse de tal modo que los pájaros se alborotaron alarmados, revoloteando y chillando mientras huían en busca de cobijo. Los prados verdes, conservados sin mácula, enseguida quedaron cubiertos de ramitas rotas y hojas caídas, y las flores, abiertas en sus cuadros dispuestos de manera geométrica, eran fustigados sin piedad contra el suelo.

 

Temblé y pensé: «Dime otra vez, Christopher querido, que todo saldrá bien. Dímelo otra vez, porque ahora que el sol se ha ido y la tormenta se acerca, ya no puedo creerlo.»

 

Él miró también hacia arriba, presintiendo mi creciente ansiedad, mi poco deseo de seguir adelante, a pesar de la promesa formulada a Bart, mi hijo segundo. Hacía siete años que los psiquiatras nos habían dicho que su tratamiento estaba teniendo éxito y que Bart era normal por completo y podía vivir su vida entre la sociedad sin necesidad de ninguna terapia.

 

Con la intención de animarme, el brazo de Chris se alzó para rodearme los hombros, y sus labios rozaron mi mejilla.

 

—Acabará por dar un buen resultado para todos nosotros. Sé que será así. Ya no habrá muñecas de Dresde atrapadas en la habitación del ático, pendientes de que los mayores hagan lo correcto. Ahora nosotros somos los adultos, controlamos nuestras vidas. Hasta que Bart alcance la edad fijada para recibir su herencia, tú y yo somos los amos; el doctor Christopher Sheffield y su esposa, de Manin County, California. Nadie nos conocerá como hermano y hermana. No sospecharán que somos legítimos descendientes de los Foxworth. Hemos dejado detrás de nosotros todos nuestros problemas. Cathy, ésta es nuestra oportunidad. Aquí, en esta casa, podemos reparar todo el daño que nos han causado a nosotros y a nuestros hijos, en especial a Bart. No gobernaremos con voluntad de acero y puño de hierro, al estilo de Malcolm, sino con amor, compasión e inteligencia.

 

Chris me rodeaba con su brazo, estrechándome contra su costado, y eso me hizo reunir las fuerzas suficientes para contemplar la casa bajo una nueva luz. Era hermosa. Por el bien de Bart, nos quedaríamos hasta que cumpliera los veinticinco años y, pasado ese día, Chris y yo partiríamos, acompañados por Cindy hacia Hawai, donde siempre habíamos querido pasar nuestra vida, cerca del mar y las blancas playas. Sí, así debía ocurrir. Sonriente, me volví hacia Chris:


—Tienes razón. No tengo miedo de esta casa ni de ninguna otra.
Él rió suavemente y bajó su brazo hasta mi cintura, apremiándome para que avanzara.

 

Poco después de haber finalizado sus estudios en el instituto, mi hijo mayor, Jory, se había trasladado a Nueva York para reunirse con su abuela, madame Marisha, en cuya compañía de ballet se integró. Pronto fue mencionado por los críticos en sus artículos y conseguía papeles principales. Su enamorada de la infancia, Melodie, había escapado al este para reunirse con él.

 

A la edad de veinte años mi Jory se casó con Melodie, un año más joven que él. juntos habían luchado y trabajado para alcanzar la cima. Formaban la pareja de danza más notable del país, con una coordinación bella y perfecta, como si el uno pudiera penetrar en la mente del otro con un destello de la mirada. Durante cinco años habían permanecido en la cresta del éxito. Cada representación provocaba elogiosos comentarios de crítica y público. Sus programas de televisión les proporcionaron una audiencia mayor de la que jamás hubieran obtenido solamente con actuaciones en teatros.

 

Madame Marisha había fallecido mientras dormía hacía dos años, aunque nos consolábamos sabiendo que había vivido ochenta y siete años y había trabajado hasta el mismo día de su muerte.

 

Hacia los diecisiete años, mi segundo hijo, Bart, se transformó casi mágicamente, dejando de ser un estudiante torpe para convertirse en el más brillante de su escuela. En esa época Jory se había establecido en Nueva York. En aquel momento pensé que la ausencia de Jory había provocado que Bart saliera de su caparazón y que mostrara interés por aprender. Dos días antes se había graduado en la Facultad de Derecho de Harvard, y él fue el alumno que pronunció el discurso de despedida de fin de carrera.

 

Chris y yo nos habíamos reunido con Melodie y Jory en Boston, y en el enorme paraninfo de la Facultad de Derecho de Harvard habíamos presenciado cómo Bart recibía su diploma de graduación. Cindy, nuestra hija adoptiva, no nos acompañaba, pues se encontraba entonces en Carolina del Sur, en la casa de su mejor amiga. Me había causado un nuevo dolor saber que Bart seguía sintiendo celos de una chica que había hecho todo lo posible por lograr su aprobación, especialmente cuando él no había tratado en absoluto de ganarse la de ella. Otro disgusto adicional para mí fue comprobar que Cindy no se había liberado de su antipatía hacia Bart durante el tiempo suficiente como para asistir a la ceremonia.

 

—¡No! —me había dicho ella por teléfono—. ¡No me importa que Bart me haya enviado una invitación! Sólo lo ha hecho para presumir. Puede poner diez títulos detrás de su nombre y yo seguiré sin admirarlo ni simpatizar con él. No podría después de cuanto me ha hecho. Explica a jory y a Melodie el porqué, para no herir sus sentimientos, pero no tienes que dar explicaciones a Bart; él ya lo sabe.

 

Yo estaba sentada entre Chris y jory, asombrada de que mi hijo, que en casa se mostraba tan reticente, caprichoso y poco dado a comunicarse con los demás, pudiera haberse alzado hasta el primer lugar de su clase y ser nombrado valedictorian. Sus serenas palabras crearon un hechizo contagioso. Miré de reojo a Chris, que, pletórico de orgullo, me devolvió la mirada con un guiño.
—¿Quién lo hubiera adivinado? Es formidable, Cathy. ¿No estás orgullosa? Yo sí lo estoy.

 

Sí, sí, por supuesto, me enorgullecía ver a Bart allá arriba. Sin embargo, sabía que el Bart del podio no era el Bart que todos conocíamos en casa. Quizá ahora estaba sano, era completamente normal, como habían asegurado los médicos.
No obstante, a mi modo de ver, todavía existían pequeños indicios de que Bart no había cambiado de forma tan radical como sus médicos pensaban. justo antes de separarnos me había dicho:

 

—Debes estar allí, madre, cuando yo asuma mi independencia. —Ni siquiera había mencionado la probabilidad de que Chris me acompañara—. Para mí, lo importante es que tú estés allí.
Siempre había tenido que esforzarse por pronunciar el nombre de Chris.
—Invitaremos a Jory y a su esposa, y, por supuesto, también a Cindy. —Hizo una mueca cuando nombró a la muchacha.

 

Yo no conseguía comprender cómo podía haber alguien que sintiera tal animosidad por una chica tan linda y dulce como nuestra querida hija adoptiva. Me habría resultado imposible amar más a Cindy aunque hubiera sido carne de mi carne, y sangre de mi Christopher Doll. En cierto modo, desde que la habíamos acogido en nuestro hogar, cuando sólo tenía dos años, la habíamos considerado— nuestra hija, la única que verdaderamente podíamos declarar que nos pertenecía a ambos.

 

Cindy tenía dieciséis años y era mucho más sensual de lo que yo había sido a su edad. La diferencia se debía a que ella no había sufrido tantas privaciones como yo. Sus vitaminas las había recibido del aire fresco y la luz del sol, elementos que habían sido negados a cuatro niños prisioneros. Cindy había disfrutado de lo mejor; buenos alimentos, ejercicio… En cambio, a nosotros sólo se nos había ofrecido lo peor.

 

Chris preguntó si nos quedaríamos fuera todo el día, esperando que la copiosa lluvia nos empapara antes de entrar. Tiraba de mí hacia dentro, animándome con su desenfadada confianza.

 

Lentamente, mientras los truenos comenzaban a retumbar aproximándose con rapidez y en el cielo cargado y oscuro zigzagueaba la electricidad de terribles relámpagos, nos acercamos al gran pórtico de Foxworth Hall.

 

Observé detalles que antes me habían pasado inadvertidos. El suelo del pórtico estaba cubierto por teselas de tres tonalidades distintas de rojo, que formaban un mosaico en que se dibujaba un esplendoroso sol, que conjuntaba con el sol del cristal que aparecía en la parte superior de las dobles puertas principales. Miré aquellas resplandecientes ventanas y me alegré. No estaban allí antes. Quizá sería como Chris había predicho.

 

—Deja de buscar algo que nos robe el placer de este día, Catherine. Lo veo en tu rostro, en tus ojos. juro y doy mi palabra de honor de que abandonaremos esta casa y partiremos hacia Hawai tan pronto como Bart haya celebrado su fiesta. Si una vez allí se acerca un huracán y envía una ola gigante que barra nuestro hogar, seguro que habrá ocurrido porque tú habrás esperado que tal desgracia suceda.

 

Me hizo reír.
—No te olvides del volcán —dije sonriendo maliciosa—. Podría arrojarnos lava ardiente. —Él rió y me dio una palmada juguetona en el trasero.
—¡Para! Por favor, por favor. El 10 de agosto estaremos en el avión, pero te apuesto a que entonces te preocuparás por Jory, por Bart, y te preguntarás que estará haciendo en esta casa, completamente solo.

 

En ese momento recordé algo que había olvidado. En el interior de Foxworth Hall nos aguardaba la sorpresa que Bart había prometido que encontraríamos. Me miró de forma extraña cuando me dijo:

 

—Madre, te quedarás pasmada cuando veas… —Hizo una pausa, sonrió, y lo noté inquieto—. He viajado en avión hasta allí todos los veranos sólo para comprobar cómo marchaban las obras y asegurarme de que la casa no estaba desatendida y abandonada al deterioro y la ruina. He dictado órdenes a los decoradores de interiores para que le den el aspecto exacto que solía tener, excepto en mi despacho. Quiero que sea muy moderna, con todo el confort electrónico que yo necesitaré. Pero si quieres puedes modificar algunas cosas para hacerla más agradable.

 

¿Agradable? ¿Cómo podía resultar agradable una casa como ésa? Sabía qué se sentía al estar encerrada dentro, engullida, atrapada para siempre. Me estremecí al oír el ruido de mis tacones altos junto al sonido apagado de los zapatos de Chris mientras nos aproximábamos a las puertas negras con sus escudos de armas decorados con los emblemas heráldicos. Me pregunté si Bart habría buscado hasta encontrar, entre los antepasados de Foxworth, los títulos aristocráticos y los blasones que él deseaba desesperadamente y parecía necesitar. En cada una de las negras puertas había pesados aldabones de cobre y, entre las puertas, un pequeño pulsador casi invisible, que hacía sonar un timbre.

 

—Estoy seguro de que esta casa está llena de aparatos modernos que sobresaltarían a los genuinos habitantes de los hogares históricos de Virginia —susurró Chris.

 

Sin duda, Chris tenía razón. Bart estaba enamorado del pasado, pero aún más encaprichado con el futuro. No había ingenio electrónico salido al mercado que él no comprase.

 

Chris sacó del bolsillo la llave de la puerta que Bart le había entregado en el mismo instante en que tomamos el avión de Boston. Chris me sonrió cuando introdujo la gran llave de latón en la cerradura. Antes de completar el giro, la puerta se abrió silenciosamente. Asustada, retrocedí un paso. Chris me empujó de nuevo hacia adelante, mientras hablaba con cortesía al viejo que nos invitó a entrar con un gesto.

 

—Pasen —dijo con voz débil pero ronca, al tiempo que nos examinaba de arriba abajo—. Su hijo telefoneó y me pidió que les esperase. Estoy contratado para ayudar…, por así decirlo.

 

Observé con atención al flaco anciano que se inclinaba de tal modo que su cabeza se proyectaba de forma desgarbada, y parecía que se hallaba escalando una montaña incluso estando sobre una superficie llana. Tenía el cabello descolorido, ni gris ni rubio. Sus ojos eran de un acuoso azul pálido, las mejillas desvaídas, los ojos hundidos, como si hubiera padecido tremendos sufrimientos durante muchos, muchísimos años. Había algo en él que me resultaba familiar.
Mis piernas, como si de pronto fueran de Plomo, se negaban a moverse. El feroz viento agitaba la ancha falda de mi vestido blanco de verano, alzándola lo suficiente para mostrar mis caderas en el momento en que ponía un pie dentro del fastuoso vestíbulo del Fénix llamado Foxworth Hall.

 

Chris permanecía muy cerca de mí. Me soltó la mano para rodear con el brazo mis hombros.
—Soy el doctor Christopher Sheffield, y esta señora es mi esposa. —Nos presentó con su amable estilo—. ¿Cómo está usted?
El enjuto anciano parecía reluctante a tender la mano para estrechar la fuerte y morena de Chris. En sus delgados y viejos labios se dibujaba una sonrisilla torcida, cínica, que duplicaba la malicia de una ceja poblada.
—Encantado de conocerle, doctor Sheffield.

 

Yo era incapaz de apartar la vista de aquel viejo encorvado de ojos azules. Había algo en su sonrisa, su cabello fino con grandes mechones plateados, aquellos ojos con sus sorprendentes pestañas oscuras… ¡Papá!
Se parecería a nuestro padre si hubiera vivido el tiempo suficiente para llegar a ser tan viejo como ese hombre que teníamos delante de nosotros y hubiera sufrido toda clase de tormentos conocidos por la humanidad. Me recordaba a mi papaíto, mi adorable y guapo padre —que había sido el gozo de mí juventud. Cómo había rogado volver a verle algún día.

 

La vieja mano fibrosa fue asida firmemente por Chris, y fue entonces cuando el viejo nos dijo quién era él.
—Soy vuestro viejo tío perdido, según se creía, en los Alpes suizos, hace ahora cincuenta y siete años.

JOEL FOXWORTH

Rápidamente Chris dijo todas las frases adecuadas para disimular la impresión que, sin duda, traslucieron nuestros rostros.
—Ha asustado usted a mi esposa —explicó cortésmente—. Su nombre de soltera era Foxworth, y hasta ahora ella había creído que todos los miembros de su familia materna habían muerto.

 

Una leve sonrisa de soslayo flotó como una sombra en la cara de «tío Joel» antes de que en ella apareciese el gesto piadoso y benigno de los excelsamente puros de corazón.

 

—Comprendo —dijo el anciano con una voz susurrante que sonaba como un viento ligero haciendo crujir de forma desagradable las hojas muertas.
En las profundidades cerúleas de los lacrimosos ojos de Joel anidaban oscuras sombras siniestras. Sabía que Chris consideraría que mi imaginación estaba trabajando otra vez más de lo debido.

 

«No hay sombras, no hay sombras, no hay sombras … », intentaba convencerme, salvo aquellas que yo misma me creaba.
Para ahuyentar las sospechas que despertaba en mí ese viejo que declaraba ser uno de los dos hermanos de mi madre, observé con atención el vestíbulo que tan a menudo se había utilizado como sala de baile. Oí cómo el viento aumentaba su intensidad a medida que los truenos se acercaban indicando que la tempestad estaba casi encima de nosotros.

 

¡Oh! Lancé un suspiro por aquel día en que yo tenía doce años y contemplaba la lluvia, deseando bailar en aquella misma sala con el hombre que era el segundo esposo de mi madre y que más tarde sería el padre de mi segundo hijo, Bart: un suspiro por la joven llena de fe que fui entonces, tan confiada en que el mundo era un lugar bello y bondadoso.

 

Lo que me pareció impresionante cuando era sólo una niña, no era nada en comparación con cuanto había visto después de que Chris y yo hubiéramos viajado por toda Europa y visitado Asia y Egipto. Sin embargo, el vestíbulo me pareció más elegante y grandioso de lo que me había parecido cuando yo tenía doce años.

 

Era una pena que aquel esplendor todavía me abrumara. Miré alrededor y sentí temor a mi pesar. Una angustia extraña se apoderaba de mi corazón y hacía que palpitara con más fuerza y que mi sangre corriera más aprisa y ardientemente. Contemplé las tres arañas de cristal y oro, cada una de las cuales medía más de cuarenta y cinco decímetros de diámetro y sostenía siete hileras de velas. ¿Cuántas filas había habido antes? ¿Cinco? ¿Tres? No podía recordarlo. Observé los grandes espejos de marcos dorados, que rodeaban el vestíbulo, reflejando el exquisito mobiliario Luis XIV donde aquellos que no bailaban podían acomodarse para conversar.

 

¡No tenía que ser así! Las cosas pasadas nunca son como se recuerdan… ¿Por qué ese segundo Foxworth Hall me intimidaba aún más que el original?
Entonces reparé en algo más, algo que no esperaba ver. Aquellas escaleras dobles que formaban curva, dispuestas una a la derecha y otra a la izquierda de un vasto espacio de mármol de cuadros rojos y blancos, ¿no eran las mismas escaleras, restauradas, pero las mismas? ¿No había presenciado yo cómo el incendio había consumido Foxworth Hall hasta dejarlo convertido en rescoldos rojos y humo? Las ocho chimeneas habían aguantado, firmes, así como las escaleras de mármol. Las barandillas de diseño y el pasamanos de palo de rosa debieron quemarse y ser reemplazados. Tragué para deshacer el nudo que se me había formado en la garganta. Hubiese deseado que la casa fuese nueva, totalmente nueva, que nada quedase de lo viejo.

 

Joel me observaba atentamente, demostrando así que mi cara revelaba más que la de Chris. Cuando nuestras miradas se cruzaron, él desvió de inmediato la suya antes de hacer un gesto para indicarnos que le siguiéramos. El anciano nos mostró las hermosas habitaciones del primer piso mientras yo permanecía aturdida, sin habla, y Chris formulaba todas las preguntas necesarias antes de que nos acomodáramos en uno de los salones de la planta inferior y Joel comenzara a relatarnos su propia historia.

 

Durante el recorrido se detuvo en la enorme cocina para prepararnos un tentempié como merienda. Rechazó la ayuda de Chris y nos sirvió una bandeja con té y unos exquisitos bocadillos. Chris estaba hambriento y en pocos minutos había despachado seis bocadillos y se disponía a coger otro cuando Joel le sirvió una segunda taza de té. En cambio yo tenía poco apetito, lo que era de esperar. Me limité a comer un poco y a sorber algo de té, que estaba muy caliente y era muy fuerte, ansiosa por oír la historia que Joel iba a contarnos.

 

Su voz era débil, con aquellos ásperos tonos bajos que hacían creer que estaba resfriado y le resultaba difícil hablar. Sin embargo, olvidé enseguida el tono desagradable de su voz cuando procedió a explicar lo que yo siempre había querido saber sobre nuestros abuelos y la infancia de nuestra madre. No tardó en hacerse evidente que había odiado mucho a su padre, y entonces comencé a sentir cierta simpatía hacia él.

 

—¿Se dirigía usted a su padre por su nombre de pila? —Fue la primera pregunta que planteé desde que él inició su narración, y mi voz sonó como un susurro asustado, como si el propio Malcolm pudiera estar acechando, escuchando desde algún lugar cercano.

 

Sus labios delgados se movieron para torcerse en una grotesca sonrisa burlona.
—Naturalmente. Mi hermano Mal era cuatro años mayor que yo, y nosotros siempre nos referíamos a nuestro padre por su nombre, aunque nunca en su presencia; no teníamos tanto coraje. No podíamos llamarle «padre» porque no era un padre de verdad. Llamarle «papá» parecía ridículo porque hubiera indicado una relación afectuosa, que ni teníamos ni deseábamos. Cuando debíamos dirigirnos a él, le llamábamos «padre», aunque en realidad procurábamos no ser vistos ni oídos por él. Desaparecíamos cuando se hallaba aquí. Aparte de un despacho en la casa, tenía una oficina en la Ciudad, desde la que dirigía la mayoría de sus negocios. Siempre estaba trabajando, sentado detrás de una pesada mesa de escritorio que suponía una especie de barrera para nosotros. Incluso cuando se encontraba en casa, se las arreglaba para mostrarse distante, intocable. Nunca estaba ocioso, sino que ocupaba su tiempo efectuando llamadas telefónicas desde su despacho para que nosotros no pudiéramos escuchar sus transacciones.

 

»Hablaba poco con nuestra madre, pero a ella no parecía importarle. En raras ocasiones le vimos sostener a nuestra hermanita, bebé todavía, en su regazo. Cuando así ocurría, nos escondíamos y lo observábamos con extraños anhelos en nuestros pechos. Después hablábamos de ello, preguntándonos por qué sentíamos celos de Corine, puesto que ella era a menudo castigada con la misma severidad que nosotros. Sin—embargo nuestro padre se mostraba apesadumbrado cuando la castigaba a ella. Para compensar alguna humillación, alguna paliza, o haberla encerrado en el ático, uno de sus modos favoritos de castigarnos, acostumbraba regalar a Corine una costosa pieza de joyería, una muñeca o un juguete caro. Ella disfrutaba de cuanto una niña pudiera desear, pero si obraba mal él le quitaba lo que ella más apreciaba y lo donaba a la iglesia de que era protector. Corine lloraba y procuraba conquistar de nuevo su afecto, pero él podía volverse contra ella con la misma facilidad con que se inclinaba en su favor.

 

»Cuando Mal y yo intentábamos conseguir algún obsequio de consolación, él nos volvía la espalda y nos decía que nos portásemos como hombres y no como chiquillos. Nosotros dos creíamos que tu madre sabía muy bien cómo engatusar a nuestro padre para obtener de él lo que deseaba. En cambio nosotros éramos incapaces de actuar con dulzura, de persuadirle.

 

Podía imaginar a mi madre de niña, corriendo por esa hermosa pero siniestra casa, creciendo entre cosas lujosas y caras. Por esa razón cuando más tarde se casó con papá, que ganaba un salario modesto, ella seguía sin preocuparse por lo que gastaba.

 

Yo continuaba sentada allí, escuchando asombrada las palabras de Joel.
—Corine y nuestra madre no simpatizaban. A medida que mi hermano y yo crecimos, constatamos que nuestra madre envidiaba la belleza de su propia hija, y sus muchos encantos, que le permitirían convertir a cualquier hombre en su juguete. Corine era excepcionalmente hermosa. Incluso nosotros, sus hermanos, percibíamos el poder que ella llegaría a alcanzar algún día. —Joel colocó las manos abiertas sobre sus piernas. Sus manos eran nudosas, pero de alguna manera conservaban cierto resto de elegancia, quizá porque las movía con gracia o tal vez porque eran pálidas—. Observad toda esta grandiosidad y belleza e imaginad una familia cuyos miembros, atormentados, luchaban por liberarse de las cadenas con que Malcolm nos amarraba. Incluso nuestra madre, que había heredado una fortuna de sus propios padres, estaba sujeta a un estricto control.

 

»Mal escapó del negocio bancario, que detestaba y en el que Malcolm le había forzado a participar, y lanzándose en su moto hacia las montañas, para quedarse allí en una cabaña de troncos que ambos habíamos construido. Invitábamos a nuestras amigas y hacíamos todo aquello que sabíamos que nuestro padre desaprobaría, desafiando, deliberadamente, su absoluta autoridad.

 

»Un terrible día de verano, Mal se despeñó por un precipicio; tuvieron que extraer su cuerpo de la hondonada. Tenía entonces veintiún años, y yo, diecisiete. En ese momento me sentí medio muerto, vacío y solo sin mi hermano. Mi padre se dirigió a mí tras el funeral de Mal para anunciarme que debería ocupar el puesto de mi hermano mayor y trabajar en uno de sus bancos para aprender lo necesario sobre el mundo financiero. Hubiera podido muy bien ordenarme que me cortara las manos y los pies. Aquella misma noche huí de casa.

 

 

En torno a nosotros, la enorme casa parecía aguardar silenciosa, demasiado silenciosa. También la tempestad parecía contener la respiración, aunque, según contemplé a través de la ventana, el pesado cielo gris aparecía cada vez más denso y cerrado. Me moví ligeramente, acercándome más a Chris en el elegante sofá. Frente a nosotros, en una butaca de respaldo alto, Joel permanecía sentado, callado, como si estuviera atrapado en sus melancólicos recuerdos y Chris y yo hubiéramos dejado de existir para él.

 

—¿Dónde fue usted? —preguntó Chris, dejando su taza de té y acomodándose antes de cruzar las piernas. Su mano. buscó la mía—. Debió de ser difícil para un muchacho de diecisiete años sentirse solo y libre…
Joel volvió bruscamente a la realidad y parecía asombrado por hallarse de nuevo en la odiada casa de su infancia.
 

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