Al ingeniero le gustan demasiado los numeros

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Renardeau detuvo su «Dauphine» detrás del «Simca» de Belliard.

—¿Qué te parece? —exclamó.

Belliard cerró de golpe la portezuela de su vehículo, y asintió con la cabeza.

—Felicidades, viejo… Verdaderamente, es magnífico.

—He vacilado mucho tiempo —dijo Renardeau—, pero encuentro el negro más elegante. Sobre todo con los costados blancos. A mi mujer le hubiese gustado un tono burdeos, pero resulta algo excéntrico.

 

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Se humedeció un dedo con la lengua y eliminó una manchita que había en el parabrisas. Luego contempló la calleja, inundada de sol.
—Bien mirado —rezongó—, ya podrían tener un garaje en la fábrica. Un sol como éste resulta mortal para las pinturas… Bueno, ¿y en tu casa?
—Todos bien —dijo Belliard—. El pequeño, creciendo.


—¿Y la mamá?
—Perfectamente. Acabo de trasladarla a casa desde la clínica.
Belliard empujó la puertecita que daba al jardincillo. Renardeau se detuvo en el umbral, y contempló una vez más su resplandeciente automóvil.
—Debí de bajar los cristales —murmuró.


Al final de la calle, el Sena fluía. El aire caldeado vibraba en el extremo de la Grande-Jatte. El motor diesel de una gabarra latía lentamente y, de pronto, el verano pareció triste. Renardeau cerró la puerta. Al final de un pasillo de cemento se levantaba el pabellón de los ingenieros.
—Ahí dentro vamos a morirnos —dijo Renardeau—. Cuando se piensa que en América hay aire acondicionado en todas partes…
Todas las ventanas que daban al jardín estaban cerradas. La pared blanca reverberaba con una luz ardiente, cuyo choque se recibía en pleno rostro.
—¿Te vas pronto de vacaciones? —preguntó Belliard.


—Dentro de unos quince días… Mi mujer quiere ir a Portugal. Yo hubiese preferido la costa vasca.
—¡Vaya suerte! —dijo Belliard—. Yo estoy aquí atrapado.
Llegaban a la esquina del pabellón. Ante ellos se extendía la fábrica silenciosa. Faltaban diez minutos para que se reanudase el trabajo. Disponían de tiempo. Sentado bajo el castaño, entre la fábrica y el pabellón, Legivre llenaba su pipa. Su pierna de madera, asomaba rígida como un poste.
—¿Qué hay, Legivre? —gritó Renardeau.


—Bien, pero este calor es muy fatigoso.
Los dos ingenieros se detuvieron en el estrecho sector de sombra que bordeaba la pared norte del pabellón y se enjugaron la frente.
—Veo que Sorbier ha hecho abrir todas las ventanas —observó Renardeau—. ¡No es mala idea! ¿Un cigarrillo?


Buscó en sus bolsillos y sacó un folleto que explicaba el funcionamiento del coche.
—Discúlpame —dijo.
—No hay por qué —bromeó Belliard—. Es la luna de miel. Conozco esto, viejo.
Renardeau le ofreció el paquete de cigarrillos. Era un día como los otros. Al cabo de unos minutos llegarían los delineantes. Allá abajo, en la puerta principal, sonaría la sirena, y los obreros retrasados correrían empujando su bicicleta, en tanto que el padre Ballu, el portero, los vigilaría desde su garita encristalada, que parecía un puesto de guardagujas. Belliard alargó su encendedor. Fue en aquel preciso momento, cuando resonó un grito como si hubiese surgido al mismo tiempo que la llama. Los hombres se volvieron, adivinando que procedía del piso del pabellón.


—¿Qué es…?
Un segundo grito se dejó oír.
—Socorro… A mí…
—Pero si es Sorbier —dijo Renardeau.
Legivre se levantaba pesadamente, mientras el banco de madera crujía. Todo resultaba preciso, pero irreal. El diesel zumbaba a lo lejos, y en el patio principal, de repente, sonó la sirena. Tres pitidos breves que anunciaban la reanudación del trabajo. Renardeau fue el primero en moverse. La puerta estaba a pocos metros. Llegaba a ella cuando resonó la detonación. El aire estaba tan seco, que el ruido del disparo produjo un eco sobre la pared de la fábrica, que fue repitiéndose dos o tres veces a lo lejos.


—Aprisa —gritó Belliard.
Entró en la sala de delineantes pisando los talones de Renardeau. La inmensa pieza, iluminada por una serie de amplios ventanales, estaba vacía, con todos sus pupitres alineados y numerosas batas blancas colgadas de los percheros. La escalera que ascendía hasta el primer piso quedaba al fondo. Renardeau, más corpulento que Belliard, se dejó adelantar, jadeante ya.
—¡Cuidado! —exclamó—. ¡El individuo va armado!


Y la frase resonaba en la cabeza de Belliard, que seguía corriendo: «El individuo va armado… El individuo va armado…»
Ascendió los primeros peldaños. Renardeau iba detrás de él, multiplicando unas advertencias que Belliard ya no oía. Llegó al rellano, dio una patada a la puerta y ésta golpeó la pared. Ante Belliard se interponía una segunda puerta; la de su propio despacho. Vaciló. Mientras Renardeau, que respiraba ruidosamente, le dio alcance.
—Yo entro primero —dice Belliard.


La puerta, violentamente abierta, deja ver la mayor parte del despacho: la mesa metálica, los archivadores verdes y los asientos tubulares. Belliard dio un paso, otro… Se detiene. A la vez, Renardeau murmuraba:
—Está muerto.


En el umbral del segundo despacho, el ingeniero jefe está tendido boca abajo, el rostro contra la alfombra y los brazos doblados bajo el cuerpo. La alfombra se va manchando de rojo. Belliard alarga la mano para impedir que Renardeau avance. Mira a su alrededor. Los vencejos rozan la ventana en sus vuelos, gritando a todo pulmón, y silba el aire en torno a sus alas.
—Seguramente está muerto —repite Renardeau.


En el despacho de Sorbier no se oye ningún ruido. Los dos ingenieros atraviesan la habitación. La alfombra ahoga sus pasos. Casi tímidamente, Renardeau se inclina por encima del cuerpo, para lanzar una ojeada.
—No hay nadie —dice con expresión estúpida.
Pasa por encima de Sorbier y penetra en el despacho, en tanto que Belliard se arrodilla junto a su jefe. Renardeau se precipita hacia la ventana. Abajo, Legivre, vacilante sobre su pata de palo, con la cabeza alzada, espera.


—¿No ha visto a nadie? —pregunta Renardeau.
—A nadie.
Abrumado, Renardeau se apoya en el alféizar de la ventana. La luz relampaguea en la grava. Bajo el cielo blanco, el castaño parece cubierto de reflejos. Legivre, después de quitarse la gorra, se rasca el cogote.
—¡Quédese ahí! —grita Renardeau.


Da media vuelta y ve el arca.
—¡Válgame Dios!, ¡el tubo!
Al fondo del despacho, la caja de caudales está entreabierta. Sus paredes son tan gruesas que el interior parece exiguo. Renardeau se adelanta, pasa la mano por el estante vacío, sin comprender cuan ridículo resulta su ademán. Retrocede y se mete dos dedos en el cuello de la camisa; se asfixia. ¡Vamos, vamos, calma! Sobre todo no aturrullarse. La sangre martillea las sienes. No irá a desmayarse, porque… porque…
—¡Belliard!


El ingeniero, arrodillado junto al cuerpo, alza la cabeza. Su mirada es la de alguien que acaba de despertarse. Se levanta vacilante sujetándose al pomo de la puerta. Renardeau ha reaccionado. Estira a Belliard por un brazo y le enseña la caja de caudales. Luego salta hacia la ventana.
—Legivre… No deje entrar a nadie…

Consulta su reloj. Las dos y tres minutos. ¡Increíble! Tiene la impresión de que lo que acaba de vivir ha durado mucho, mucho tiempo. ¿Y ahora? No lo sabe ya. Piensa en su «Dauphine», en la calleja, luego en Sorbier, que no se mueve, a quien, debido a una especie de aplastamiento del cuerpo —de inmovilidad solemne y terrible—, se adivina muerto. Belliard contempla el arca y aproxima a su rostro ambas manos, como si se dispusiese a orar. Pero se limita a frotarse las mejillas y los párpados, tratando de reaccionar. Luego da media vuelta.


— ¿Y el asesino?
—No he visto a nadie —contesta Renardeau, que se corrige inmediatamente, con voz un poco temblorosa—. No había nadie.
Los dos hombres contemplan a su alrededor aquellos despachos sin misterio —decorado de su vida cotidiana—, los objetos amigos, durante un segundo; no reconocen nada. Son unos extraños. Belliard, bruscamente, tiene un sobresalto. Corre a la ventana. Legivre sigue allí.


—Legivre… ¿no ha visto a nadie?
—A nadie en absoluto —responde éste—. ¿Qué sucede?
—Sorbier… Ya se lo explicaremos luego. Avise al personal. Ha ocurrido un accidente. Prohíba la entrada.
Regresa junto a Renardeau, que reflexiona con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos.
—Hay que telefonear al dueño.


—Sí…, pero tardará un cuarto de hora largo —objeta Renardeau—. Más valdría llamar a un médico.
—Es inútil. He visto a muchos muertos… Créeme, no se puede hacer nada.
Abajo, el ruido de pasos anuncia la llegada de los delineantes. Luego unos cuchicheos y la voz de Legivre, irritada:
—¿No les digo que está prohibido?


Belliard y su amigo permanecen silenciosos; no osan mirarse. Finalmente, Renardeau ya no puede resistir más, e inquiere:
—¿No has visto a nadie en la sala de dibujo?
Pero la pregunta es estúpida. Le consta que estaba vacía, desnuda como la mano. ¡Sólo las blusas en los percheros! Pero entre las blusas y el suelo, la pared blanca, lisa, despejada. Y luego, la escalera, el vestíbulo…
—No hay sitio donde ocultarse —prosigue Renardeau—. Ni en tu despacho, ni aquí…
Con un gesto indica alrededor de ellos las paredes brillantes, el mobiliario limitado a lo esencial. Recuerda una frase de Sorbier: « ¡Todo debe ser funcional! » Adoraba esta palabra… No, nadie ha escapado. No hay otras salidas, aparte de las ventanas abiertas en la fachada norte. Y Legivre estaba en el patio.


En la fábrica, la vida se reanuda poco a poco. La gente se mueve por abajo. Sin duda ha corrido el rumor de que algo ha sucedido.
—La caja no ha sido forzada —observa Renardeau, y se encoge de hombros; encuentra estúpida esta reflexión.
Pero todos los pensamientos son absurdos. La verdad es que no se atreven ni a pensar. Y, sin embargo, no pueden impedir que surjan las ideas, una tras otra, y que cada una de ellas aumente el malestar y la angustia.
—Un tubo de veinte kilos —murmura Belliard—. ¡Veinte kilos es un buen peso! No puede correrse muy aprisa con un objeto así en brazos.


—¡Y qué objeto! Capaz de hacer volar todo Courbevoie, si…
Renardeau se sienta en el sillón de Sorbier. Está lívido.
—¿Qué podemos hacer? —dice Belliard.
Renardeau abre los brazos y mueve la cabeza.
—Tal vez haría falta cerrar todas las salidas de la fábrica, registrar. Pero, sin embargo, aquí las salidas estaban cerradas. No había ninguna. El mismo obstáculo; como cada vez que se intenta seguir una idea coherente —dice, desalentado.
—Tanto peor —dice Renardeau—. Telefonearé. Ya veremos.
Llama a la telefonista y pregunta por el señor Aubertet.


—Tan pronto como llegue —agrega—, ruéguele que venga al pabellón. Es urgente. Muy urgente.
Cuelga el aparato, quiere cerrar la ventana por un pequeño grupo que se ha formado en el patio y que conversa casi alegremente.
—No —dice Belliard—. No debemos tocar nada. Piensa en la Policía.
—Es cierto. La Policía va a venir.
Renardeau se enjuga el rostro. ¡Con tal de que no le impida marcharse de vacaciones! Sus ojos se fijan en el cuerpo sin vida. No puede abandonarlo… Sorbier está vestido como de costumbre: pantalones de franela, chaqueta azul marino y mocasines.
—¡Caramba! —Exclama Renardeau—. El cartucho… Junto al archivador.


Belliard se vuelve, recoge el pequeño cilindro brillante, lo contempla en la palma de su mano y lo coloca sobre la mesa… Es todo lo que queda del paso del asesino.
Pero Renardeau, incapaz de seguir sin hacer nada, empieza a registrar las dos habitaciones.
Es cuestión de un momento. En el despacho de Belliard hay un enorme archivador metálico que ocupa la pared opuesta a la ventana; la mesa y su butaca en el ángulo izquierdo, cerca de la ventana; una butaca más cómoda destinada a los visitantes y un cenicero con pie de metal. Eso es todo. Ni el menor escondrijo. En el despacho de Sorbier, el mobiliario es idéntico. Pero sólo hay una butaca, porque Sorbier no recibía a nadie. Dividía en dos categorías a las personas que querían hablarle: los insignificantes y los peces gordos. Los insignificantes quedaban para Belliard. Los peces gordos, para Aubertet…


Por el cerebro de los dos ingenieros desfilan las mismas imágenes. Vuelven a ver vivo a Sorbier. No hacía mucho más ruido que estando muerto. Taciturno, con la barbilla hundida en el pecho, un brazo doblado a la espalda y el pulgar y el índice resbalando uno sobre el otro, como si estuviera palpando tejidos o contando dinero. Se llamaba a la puerta, se esperaba mucho rato… y al entrar, Sorbier miraba siempre con el mismo aire de sorprendido y descontento: «Dígame… Dése prisa…»


Escuchaba, con la cabeza un poco inclinada; tomaba una nota en una esquina de su secante, que poco a poco se cubría de signos misteriosos, de nombres y de números, como la pared de una cabina de teléfonos. Despedía a uno con un movimiento de la barbilla, y reanudaba sus meditaciones. Renardeau gruñía: « ¡Vaya una manera extraña de trabajar que tiene ése! »


A veces se reían. Se atribuían a Sorbier distracciones extraordinarias. Se contaba que una noche, al salir del teatro, se había equivocado de mujer y había llevado a su casa a una desconocida, en lugar de a su bella esposa. Pero, en general, se le reconocía su condición de graduado de la Politécnica.


—Los números —comentaba Renardeau—. Si le abrieseis la cabeza, no encontraríais más que números. —Y agregaba, porque respetaba profundamente a su jefe—: ¡De todos modos, es un genio!
En el patio, el tumulto de voces cesó bruscamente.
—Ahí está el amo —murmuró Renardeau.

Belliard se aparta un poco. No le gustan las manías de Renardeau, ni sus aires de negociante. Tampoco le gusta el aspecto bonachón de Aubertet y su forma, demasiado jovial, de hablar con los obreros. ¡Sorbier sí que era un verdadero jefe!
Aubertet asciende lentamente la escalera. Renardeau sale a su encuentro y le informa en voz baja.
— ¿Qué? ¡No es posible!


Entra y se detiene, perplejo, ante el cuerpo. También él comprende que ha muerto.
—Lo han matado casi delante de nosotros dice Renardeau—. Y, sin embargo, no había nadie.
—Vamos, vamos… —dice el director.
—Y el tubo ha desaparecido —añade Renardeau.
Aubertet mira a Belliard, esperando, tal vez, una rectificación.
—Exacto —dice Belliard.


Aubertet, abrumado, se saca lentamente los guantes y los mete en el sombrero, que deja en un sillón.
—Va a armarse un buen escándalo —murmura.
Y la mirada de Belliard se cruza con la de Renardeau. Era la frase que esperaban.
El director avanza hacia el cadáver, no sin repugnancia. La alfombra, color de paja, se oscurece lentamente alrededor de Sorbier. Renardeau, con claridad, expone brevemente los acontecimientos. Aubertet asiente con ligeros movimientos de la cabeza. Ha reaccionado. Está acostumbrado a las situaciones difíciles y a los problemas complicados.
—Habrá escapado por la ventana —dice.


—No —rectifica Renardeau—. Legivre estaba abajo. No ha visto a nadie.
El director, una vez más, mira a Belliard.
—Exacto —corrobora éste.
Aubertet pasa por encima del cadáver. Entra en el despacho de Sorbier y contempla la ventana y la caja de caudales. Repite los mismos ademanes que los dos ingenieros veinte minutos antes. Se pasa por los ojos, por las mejillas, su mano carnosa adornada con un grueso anillo.


—Resumamos —dice—. El asesino no puede estar oculto en este pabellón; no ha podido salir ni por la puerta ni por una ventana… ¡Pero esto que me cuentan es absurdo!
Sin embargo, Sorbier ha sido muerto y la caja está… ¡vacía! Aún están las llaves en la cerradura; las llaves de la víctima.
—¿Comprenden lo que eso significa? —Prosigue Aubertet—. Si por desdicha el asesino manipula ese tubo, si trata de ver lo que hay dentro…
Se sienta en la butaca de Sorbier. Se da cuenta de que todo depende de él. De su rapidez. Alarga la mano hacia el teléfono.


—Renardeau —ordena—, baje y haga evacuar el patio. Explique que Sorbier ha sufrido un accidente. No hay necesidad de alborotar al personal… Piense que, quizás, el criminal se oculta en la fábrica, e incluso es posible que desee destruirla…
Tanto Belliard como Renardeau, callan. Renardeau tiene la frente empapada de sudor, pero se muestra dueño de sí, alejándose con paso firme. Aubertet descuelga el teléfono y se vuelve hacia Belliard.
—No se puede pensar en avisar a la Comisaría, ¿verdad? Es demasiado grave. Voy a llamar al director de la Policía Judicial.
Reflexiona.


— ¿A la Policía Judicial, o la Sûreté? Un golpe dado con esta precisión y audacia… ¿Adivina, Belliard, lo que esto significa? Es un asunto de espionaje.
—En tal caso —replica Belliard—, no hay ningún peligro inmediato. El espía, si de eso se trata, se contentará con poner el tubo en lugar seguro.
—Sí, tal vez —admite el director.


Golpea ligeramente el aparato con la mano bien abierta, vacilando ante todas las hipótesis que ahora se le ocurren atropelladamente.
—Para mí —dice Belliard—, la mejor solución sería la Policía Judicial. Conozco bien al comisario Mareuil. Hicimos juntos la guerra; juntos nos evadimos… y, después, hemos pertenecido al mismo grupo de «resistentes»… Mareuil era también íntimo de los Sorbier…


—¡Perfecto!
Aubertet llama a la Policía Judicial, solicita comunicar con el director, y como Belliard hace ademán de retirarse, le retiene por un brazo. Belliard escucha, y admira, a su pesar, la concisión y claridad de Aubertet. Apenas hace cinco minutos que ha llegado, y ya se ha hecho cargo del problema, adivinando sus ramificaciones.


—Podemos volar de un momento a otro —comentó—. Voy a hacer registrar discretamente la fábrica, aunque sé que no encontraremos nada. O el hombre ha huido ya, o si se ve en peligro abrirá el tubo… Pero no hay otra alternativa… ¿Cómo? No, señor director, le doy mi palabra de que no fantaseo. No suelo hacerlo… ¿Podría enviarnos al comisario Mareuil? Conocía muy bien a la víctima… Gracias.
Cuelga y cierra los ojos durante unos segundos.


—Soy responsable de todo —dice en voz baja.
—Perdón… —observa Belliard.
—Sí, de todo. He tenido la debilidad de ceder ante Sorbier. Los otros dos tubos están en manos de los servicios interesados. No deberíamos haber guardado nada en la fábrica. Para nosotros, Belliard, sigue habiendo guerra. Pero eso es lo que uno olvida. Sorbier había descubierto el catalizador e intentado el sistema de retardo. Me era difícil aplicarle la misma regla que a los demás, sobre todo porque trabajaba para perfeccionar su invento… Y, además, ya sabe lo huraño que era.


Contemplan pensativos. Pobre Sorbier, tan correcto, tan sereno, tendido en el suelo, bañándose en su propia sangre.
—Se habían tomado todas las precauciones —arguye Belliard—. Sorbier tenía una llave de la caja, y usted la otra. Los despachos estaban vigilados durante la noche.
—Sin embargo, nada se ha podido evitar —responde Aubertet—. Siempre hay que admitir que un enemigo resuelto consiga superar las mejores defensas. ¡Ahí está la prueba! Y lo más bonito es que ha utilizado la llave del propio Sorbier.


Se interrumpe, y se frota por un momento los labios con el pulgar.
—Precisamente, aquí hay algo que se me escapa… ¿Cuánto tiempo ha podido transcurrir entre la detonación y la llegada de ustedes?
—Desde luego, menos de un minuto… Quiere usted decir que, si el asesino hubiese matado a Sorbier para robarle las llaves, no hubiese tenido posibilidad de abrir la caja de caudales, ¿no?


—Exactamente.
—Por lo tanto puede suponerse que la caja estaba ya abierta, lo que no tiene nada de extraño.
—En efecto, eso parece lo más verosímil.
Se levanta Aubertet y se detiene ante la ventana. El patio está vacío. Incluso Legivre ha desaparecido. Al pie del castaño, unos gorriones se revuelcan en el polvo.
El cielo grisea. Aubertet coge de nuevo el teléfono y llama a su secretario.


— ¿Es usted, Cassan? Bien… ¿está solo? Muy bien… Sorbier acaba de ser muerto… Sí, eso mismo, asesinado… Escúcheme, porque esto no es todo. El tubo lo han robado… Ponga inmediatamente en estado de alerta al servicio de orden. Tamice al personal… Sobre todo la hora de entrada. Cuente a todo el mundo… Haga la lista de los que faltan… Interrogue a Ballu… Que lo registren todo… El individuo podría estar oculto… Que disparen contra toda persona ajena a la fábrica… Yo asumo la responsabilidad… Que disparen a primera vista, ¿me comprende? Si el sujeto tiene aire sospechoso… Mucho tacto, ¿eh? Mucha discreción. Y nada de pánico.


Dejó caer el aparato. Una mosca zumba alrededor del cadáver. Belliard la aleja con amplios ademanes. Aubertet saca maquinalmente un cigarrillo, y vuelve a meterlo con rabia en el paquete.
—Estamos soñando, Belliard —exclama—. ¡Soñando! En fin, entre nosotros, ¿por dónde ha podido venir ese criminal?


—Por la callejuela —dice Belliard—. Como Renardeau y como yo. Como todos los que no tienen que marcar la entrada.
—Pero Legivre tenía que haberle visto entrar.


—Legivre podía estar al otro lado. A la entrada de la fábrica. Es un detalle que resultará fácil de precisar. Por lo demás, si hubiese visto a alguien, nos lo hubiese dicho ya.Aubertet no puede con aquel silencio, con aquella espera. Está acostumbrado a actuar, a doblegar los acontecimientos a las órdenes suyas. Y deambula entre aquellas cuatro paredes que le plantean un problema, cuya solución, por primera vez, no consigue vislumbrar.

 

Y, sin embargo, en aquella fábrica, todo el mundo está acostumbrado a calcular. Es, por excelencia, el mundo de los diagramas, de los gráficos, de las curvas, de las ecuaciones. Y cuando el cerebro de los hombres no es ya lo bastante poderoso para dominar los números, las máquinas lo sustituyen y, a velocidad vertiginosa, resuelven el misterio, convierten sus secretos en fórmulas sencillas, fácilmente comprensibles. Y aquí…—¡No ha podido salir! —estalla Aubertet.


—Desde luego —dice Belliard—. Pero, sin embargo, ha desaparecido.
—¿No han visto ustedes… No sé… Una silueta, una sombra…, algo?
—Nada.
— ¿Ni oído algún ruido?


—Las llamadas de socorro de Sorbier, y luego el disparo. Nada más.
El director regresa al despacho de Belliard, pasea de un lado para otro, abre la puerta del vestíbulo, la cierra, roza con los dedos los pomos de los archivadores…
— ¿En la sala de delineantes? —pregunta.


—No había nadie… Pero, además, Legivre estaba fuera, ante la puerta…, y no existe ninguna otra.
—Increíble —gruñe Aubertet—. ¿Ya sabe cuánto pesaba el tubo?
—Veinte kilos.
—Sí. Veinte kilos. ¿Se imagina salir corriendo con un paquete de veinte kilos?
—Sí, no iría muy lejos.


—Yo tampoco, y, sin embargo, no soy ningún alfeñique.
El teléfono suena estridente, y los dos hombres, sorprendidos, cierran los puños. Aubertet descuelga el aparato.
—Sí… Aquí el director. Acompáñale.
Y dirigiéndose a Belliard, que aguarda, le dice:
—Es su amigo… Dudo que sea más sagaz que nosotros.
 
CAPÍTULO SEGUNDO

No, Mareuil no parecía más sagaz que el director. Era un hombre grueso, sanguíneo, calvo, con los ojos azules ligeramente inyectados y de expresión jovial; pero su boca era delgada, irónica, y una arruga junto a la nariz dejaba adivinar, bajo aquella máscara afable, a una persona distinta, sin duda apasionada y violenta. Vestía un traje de gabardina que le caía sin gracia. El pantalón estaba arrugado junto al cinturón de cuero trenzado y en el ojal de la americana, se apretujaban varias cintas, estrechas y descoloridas.


—Mareuil —dijo a la vez que alargaba la mano con gesto campechano.
Vio el cadáver y quedó inmóvil durante unos segundos. El director empezaba ya a explicarle el asunto.
—Perdón —interrumpió el comisario—. ¿No se ha tocado nada?
—Sólo el teléfono.


Mareuil se agachó junto al cuerpo y lo volvió de espaldas. Un brazo de Sorbier cayó fláccido sobre la alfombra; el otro permanecía oprimido contra el vientre, apretando una heridita que todavía sangraba.
—¡Pobre Sorbier! —Dijo Mareuil—. Es la herida más terrible que conozco. Afortunadamente, no ha tenido tiempo de sufrir.
Se incorporó y se secó el cráneo, cubierto de abundante sudor.
—¿Qué sucede? Me han hablado de no sé qué desaparición estrambótica. ¿Qué ha pasado? ¿Me permite?


Sacando del bolsillo un paquete de tabaco negro, se sentó en un ángulo de la mesa de Belliard, balanceando una pierna con indiferencia. La atmósfera del despacho parecía haberse modificado. Una cierta confianza había renacido, como en torno a la cama de un enfermo cuando el médico está presente y las responsabilidades han cambiado de hombros.
—Es muy sencillo… —empezó Aubertet.


Mareuil escuchaba, en tanto que su mirada iba recorriendo la habitación. De vez en cuando escupía una brizna de tabaco y murmuraba:
—Ya entiendo, ya entiendo… —y cuando el director dio fin a su relato, lanzó una carcajada silenciosa que le sacudió los hombros.
—¡Un camelo como una casa!
—Pero, en fin… —protestó Aubertet, atónito.
—Soy mayor de edad, ¿sabe? —dijo Mareuil.


No aclaró su pensamiento, pero era fácil comprender que rehusaba dejarse impresionar.
—Resumamos —dijo—. El asesino ha entrado durante el descanso de la comida… Ya veremos luego… A las dos menos diez está aquí, y la presencia de Legivre en el patio, le corta toda retirada. Mata a Sorbier. Mi amigo Belliard y el señor Renardeau llegan. No encuentran a nadie, pero ha desaparecido un tubo que pesa veinte kilos… Incógnita: ¿por dónde ha salido el asesino?
—Exactamente —dijo Aubertet.
—Eso es precisamente lo que me fastidia —observó Mareuil—. Puesto que el problema, así expuesto queda sin solucionar, debe de estar mal planteado.
—Te aseguro… —intervino Belliard.
—Luego, luego, amigo Roger —interrumpió el comisario—. Tenemos tiempo sobrado para resolverlo. Ante todo, hay que establecer los hechos. ¿Puedo instalarme en el despacho contiguo?
Indicaba el de Sorbier.


—Se lo ruego —dijo Aubertet—. Voy a dar las órdenes. Está usted en su casa.
—Muchas gracias.
—Por si acaso, he hecho registrar la fábrica. En este momento, los guardianes patrullan por dentro de las naves. Más tarde nos darán su informe.
—Excelente.
Y el director, como un buen alumno, tuvo una fugaz sonrisa de satisfacción. Mareuil tiró su cigarrillo en la papelera vacía y fue junto al cadáver.


—Interrogaré aisladamente a cada testigo. Entretanto, mis hombres se ocuparán del cuerpo, de las huellas… En fin, de lo rutinario. Estaría encantado de que permaneciera usted conmigo, señor director. Tú, Roger, ¿quieres ir a buscar a Legivre y esperar abajo?
La sonrisa acentuaba la autoridad de su voz. Belliard lanzó a Aubertet una mirada que significaba: «¿Eh? ¿Qué le había dicho? Con él, las cosas irán rápidas.»
Antes de salir, enseñó el casquillo al comisario.
—Lo hemos encontrado junto al archivador.


Luego se alejó con pasos rápidos. —Del seis y treinta y cinco —dijo Mareuil. Se lo guardó en el bolsillo y volvió a detenerse ante el cadáver.
—¡Lamentable! —murmuró—. Probablemente el hombre más inteligente que he conocido. Y tan blando, bajo su aspecto severo.


—Lo sé —dijo Aubertet.
—Yo no había intimado con él —prosiguió Mareuil—, pero le admiraba mucho. Lo había conocido en casa de unos amigos, apasionados del bridge. Inútil es decirle que nos ganaba a todos, incluso a Belliard, que es un campeón.
Apoyó una rodilla en el suelo y, con suavidad inesperada, pasó los dedos sobre los párpados del muerto y se los bajó. Luego, como si hubiese hecho una promesa a Sorbier, le oprimió un hombro.


—En seguida se me ha ocurrido que era asunto de espionaje —dijo Aubertet.
—Sí…, sin duda.
Evidentemente, Mareuil estaba pensando en otra cosa.
Registraba los bolsillos de Sorbier, y echaba sobre la alfombra, junto a él, las monedas, un encendedor, billetes de autobús, un paquete abierto de cigarrillos, un pañuelo, una estilográfica y un billetero, que abrió. Contenía veintiún mil francos, un carné de conducir, con la tarjeta gris y la viñeta, y una fotografía.
—La señora Sorbier —dijo el comisario.
—La conozco —observó Aubertet.


Se inclinaron sobre la delgada cartulina. Era una fotografía de identidad, realizada en algún «fotomatón», pero que, sin embargo, no le hacía perder la extraordinaria belleza de la joven.
—Creo que es danesa, ¿no? —dijo Aubertet.
—No, sueca. Hija de un armador. Tiene veintiocho años.


El rostro sonreía, terso, bien enmarcado por los cabellos claros echados hacia atrás y enrollados en forma de corona. Los ojos, color de agua, miraban soñadores a lo lejos.
—Cuando se refería a ella, le decía la muchacha de los cabellos de lino —siguió Mareuil—. Lo he sabido por Belliard, que los frecuentaba mucho… Linda, la muchacha de los cabellos de lino… La pobre, cuando se entere…
Mareuil reunió todos los objetos en un pañuelo que colocó sobre la mesa.
—Vamos —dijo.


Adelantándose a Aubertet, penetró en el despacho de Sorbier, se asomó por la ventana, e indicó a sus acompañantes que subieran. El cielo estaba cubierto. Unas nubes en forma de montañas, silueteadas por una línea violeta, ocupaban el horizonte occidental, y el sudor afloraba a la piel. Mareuil se volvió, estudió desde lejos la caja de caudales, calculando rápidamente la distancia que separaba la ventana del suelo: unos dos metros y medio. Bien. Abrió los cajones del escritorio y vio camisas alineadas con ese orden meticuloso que tanto apreciaba Sorbier.


—Caramba…
En la papelera había un sobre ligeramente arrugado. Mareuil lo cogió entre el pulgar y el índice, por el lugar en que estaba pegado el sello. Iba dirigido a Mr. Georges Sorbier, ingeniero jefe. Compañía General de Propergoles, Courbevoie. No llevaba remitente.
—Una carta certificada —observó el comisario—, depositada ayer en París. ¿A qué hora se distribuye la correspondencia?
—La ordinaria, a las nueve y a las cuatro Lo hace un empleado, pero ésta ha debido traerla personalmente el cartero, por la firma. Sin duda entre las once y las doce. Será fácil saberlo.


—La carta ha desaparecido —dijo Mareuil—. No estaba en el billetero ni en los bolsillos de Sorbier.
Se guardó el sobre, cogió familiarmente el brazo del director y señaló el arca.
—Ahora, hábleme del robo. Así por encima, sé que el objeto es de manipulación peligrosa. Déme más detalles.


—¿Está usted al corriente de las investigaciones nucleares? —preguntó Aubertet.
—Francamente, no. He estudiado matemáticas elementales, como todo el mundo. He leído artículos de vulgarización, pero los protones, neutrones, electrones y mesones, me despistan un poco.


—Sin embargo, lo comprenderá usted fácilmente —dijo Aubertet—. Ante todo, unas palabras relativas a la fábrica en sí. Aquí nos ocupamos de los propergoles. Son los productos utilizados para la propulsión de los cohetes. Como los carburantes clásicos requieren cohetes monumentales…


—He visto algunos en el cine —interrumpió Mareuil—. Continúe, le sigo.
—En todo el mundo se ha tenido tendencia a buscar un sistema de propulsión atómica —prosiguió Aubertet—. Pero la mayor dificultad, por el momento, consiste en dosificar la desintegración, en liberar progresivamente su energía; ahora bien, Sorbier, como resultado de unas investigaciones mantenidas en secreto, descubrió recientemente una nueva forma de carga hueca: Una especie de lente o espejo, que concentra la fuerza de la explosión ordinaria hasta el punto de que ésta libera la energía nuclear de una masa muy pequeña de uranio enriquecido. De una masa mucho menor que la de una bomba atómica.


—Ya entiendo. Y el objeto robado es…
—Un modelo de la carga hueca de Sorbier, incluida la masa de uranio enriquecido.
—Prosigamos. Esos asuntos no son de mi incumbencia.
—¡Espere! El aparato va metido en una funda de plomo y provisto de una doble cápsula de abertura, semejante en cierto modo a un termo. Si desenrosca usted la primera cápsula, el tubo empieza a desprender una radiactividad intensa. Pero si, por desdicha, desenrosca usted la segunda, sin tomar precauciones especiales, el moderador no funciona, y todo vuela.


Un trueno lejano hizo sobresaltar a los dos hombres. Escucharon el retumbar que se prolongaba con débiles detonaciones cavernosas, y un cristal vibró en su marco. En aquel momento sonó el teléfono. Nervioso, Aubertet cogió el aparato.
—¿Diga? Sí… Bien… Continúen registrando. Gracias.


Colgó.
—Naturalmente —dijo—, no encuentran nada. ¿Por dónde iba?
—Me explicaba usted que el tubo actúa como una bomba.
—Ah, sí… Todo vuela…
El equipo de Mareuil trabajaba en el despacho de Belliard. Los flashes lanzaban breves destellos.
Un hombre tomaba medidas y trazaba con yeso una silueta sobre la alfombra.
—¿Sería muy violenta la explosión? —preguntó Mareuil.
—¿Violenta? La palabra resulta pálida. Destruiría toda una barriada, y la mitad de París se volvería radiactiva durante un período de por lo menos diez años. Toda la red subterránea del Metro debería ser llenada… en una previsión razonable…


—¡Diablo!
—¿Podemos entrar, jefe? —preguntó el inspector.
—Daos prisa —dijo el comisario.
Se acercó a la caja fuerte, junto con Aubertet, en tanto que el especialista en huellas soplaba sus polvos sobre los muebles y el alféizar de la ventana. El cadáver de Sorbier fue retirado. Mareuil examinaba la cerradura de la caja de caudales.
—Hay una combinación —explicó Aubertet—. No entiendo cómo el homicida ha podido conseguirlo en tan poco tiempo.


—Fred —ordenó el comisario—. Mira si hay huellas alrededor de la cerradura o en las llaves.
Con las manos en los bolsillos y una arruga cruzándole la frente, consideraba en su verdadera medida el misterio.
—Se me ocurre una cosa —murmuró—. ¿Tienen ustedes detectores de radiactividad?
—Naturalmente.
—Quisiera que viniesen con uno de ellos. Supongamos que el tubo, por alguna razón, haya sido abierto, que una de las cápsulas haya sido desatornillada. Tendríamos un rastro, una pista casi visible.
 

6 comentarios en “Al ingeniero le gustan demasiado los numeros”

  1. No puedo descargar libros
    Ultimamente no puedo descargar los libros que me recomiendan por e-mail ¿Cambió alguna modalidad? Antes colocaba el cursor en la palabra, clickeaba y se abría, ahaora y ano. Agradeceré me den una respuesta. Atte.

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