Grita libertad!

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Una novela —como una película— tiene vida propia. En la pantalla se logra tanto con un gesto, una mirada, la manera de vestir de una persona, que sutilmente se pueden insinuar doce detalles con el simple modo en que un personaje entre en una habitación…, y no sólo proyecciones respecto al carácter de esa persona, sino también a propósito de otros personajes con arreglo a cómo ellos reaccionan ante su entrada, al ver su forma de vestir o advertir su estado de humor.

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Este «realismo», en el caso de Grita libertad, puede crear (y yo creo que lo consigue) una inmediatez eléctrica y, cuando esto se comparte con otros en un cine lleno, emociones muy poderosas.
Pero la novela también tiene sus ventajas, puesto que su ritmo es el ritmo del lector, y su «realidad» no depende de la interpretación, la música o la realización. Esa realidad se forja en la cabeza del lector.
Esta novela se basa en el guión de Grita libertad, que a su vez procede de dos obras de Donald Woods, Biko y Asking for trouble. No es una transcripción literal de estos libros ni del guión del film, ya que en muchas ocasiones se resuelve con arreglo a su propia vida, pero yo espero que arrastre en su andadura al lector con esas mismas emociones.
El guión de Grita libertad ofrecía un esquema a seguir por otro tipo de narradores (director, actores, editor), mientras que esta novela pretende coger de la mano al lector y decirle «sígame» dentro de ese cinematógrafo de la imaginación —el más grande y el más minúsculo— que todos llevamos en nuestros recovecos mentales.

 

La jornada comenzaba antes de que apareciera el sol. Siempre. Si trabajaba uno en Ciudad del Cabo, el boas te esperaba a las siete o a las ocho. Sin excusas posibles. Había que estar allí. Y si no estabas, sobraba gente para reemplazarte.
Por eso la neblina de humo sobre las rudimentarias chozas de hojalata y madera de cajones era ya espesa cuando la inmensa mole de Table Mountain comenzó a surgir en la oscuridad del gris frío del amanecer. Aquella masa oscura se veía igual desde las blancas y tranquilas calles de Ciudad del Cabo a varias millas, que desde las sucias callejas hormigueantes de la ciudad ilegal de chabolas de negros de Crossroads.
La plomiza actividad matutina de aquella población encubría su precaria existencia. Por todas partes, en sus retorcidas y caóticas callejas, se veían viejas cepillando su dentadura en un vaso a la puerta de las chabolas, niños descalzos adormilados llenando con restos de madera el fogón de la cocina, figuras provectas femeninas removiendo gachas de maíz, quinceañeras arropadas en telas de algodón bostezando y saliendo de alguna letrina, amorosas madres amamantando plácidamente a sus retoños, niñas encendiendo cuidadosamente lámparas de queroseno sobre la rudimentaria mesa de cocina, hombres afeitándose dificultosamente ante espejos rotos y mujeres metiendo bajo las desvencijadas camas el orinal limpio.
El único signo de la ilegalidad de aquel poblado de Crossroads era un adolescente sentado sobre la plataforma de una torre de perforación abandonada, el punto más elevado de aquel laberinto miserable. Arropado con una manta astrosa, el jovencillo estaba recostado contra un soporte roto, cabeceando intermitentemente. Colgando de su cuello tenía un gran silbato brillante… De vez en cuando miraba con ojos adormecidos hacia la larga carretera que discurría hasta Ciudad del Cabo.
Aquel cometido de centinela formaba parte del molesto juego entablado entre el gobierno y los miserables residentes de Crossroads. La región de El Cabo siempre había sido la más independiente, la menos sumisa de todas las zonas negras de Sudáfrica. Las ciudades portuarias siempre tienen sus lacras, y en Ciudad del Cabo éstas eran principalmente la falta de trabajo y la obligada mano de obra barata. Los negros llegaban a la ciudad forzados por motivos tan elementales como el hambre y la sed, y allí los patrones daban trabajo aunque no se contara con el debido permiso. Además, si sabían eludir a la policía durante el viaje, la familia del trabajador podía infiltrarse en la zona, construirse un chamizo en Crossroads y sobrevivir con el trabajo de otro, el suyo propio, o el de la mujer, el de la hija.
La policía medio hacía la vista gorda porque no podían echarlos a todos, dado que el baas tenía necesidad de ellos, y, a su vez, sabía que podía pagar menos y hacerlos trabajar más si no tenían permiso de trabajo. Por eso le interesaba que hubiera mano de obra disponible. Aunque a nadie le interesaba que aquella gente se instalara ni que pensara que tenía ningún derecho a estar allí y…
En el creciente ajetreo matinal, se abrió de pronto paso en la distancia un ruido, y el adolescente del silbato se puso alerta como si le hubiesen arrojado un cubo de agua fría. De pie, oteaba a lo lejos sobre el gris oscuro de la serpenteante carretera… Y los vio casi en el mismo instante en que comenzó a percibirse el sonido sordo y potente de los motores en la atmósfera húmeda de la mañana. Una fila de gigantes grises: «hipopótamos» del ejército, monstruos de acero capaces de transportar cincuenta soldados cruzando barricadas de piedras y hasta disparos de pistola; y tras ellos, un largo rosario de vehículos de policía con los faros apagados, aproximándose a toda velocidad al poblado de barracas, dejando tras sí una nube de polvo cada vez más visible conforme el amanecer iluminaba el cielo gris ceniza.
El silbato sonó hiriente en la atmósfera y su chillido fue repetido casi al unísono por otros doce silbatos, mientras la somnolienta población temblaba como un caballo espantado. Las mujeres cogieron a los niños y se escondieron; los hombres se abalanzaron a proteger los enseres valiosos, un reloj, una cartera, una radio; los jóvenes corrían por los caminos de tierra, saltando entre charcos, dando la alerta y animando a otros con bravatas, no sin lanzarse por encima del hombro miradas de temor conforme aumentaba el rugido de los vehículos militares.
Sin embargo, aquel día el ataque del «Sistema» hacía inútiles todos los esfuerzos por esconderse y resguardarse. Los Land Rover de la policía irrumpieron violentamente por tres lados del poblado, con enormes lanzagranadas de gases lacrimógenos montados en la parte trasera, roncos dispositivos monstruosos, semejantes a motores a reacción primitivos, que escupían copiosas cantidades del ardiente gas lacrimógeno. Todos los Land Rover evolucionaron por las polvorientas callejas, arremetiendo contra la población y dejando tras ellos nubes de gas asfixiante.
Con la rapidez adquirida por la experiencia, muchos negros lograban taparse la boca con trapos, pero era imposible impedir que el gas irritase los ojos, y, si eso no bastaba para obligarlos a salir a descubierto, tras los Land Rover marchaba la policía protegida con máscaras antigás, irrumpiendo en las chabolas y haciendo salir a todo el mundo con látigos y porras, destrozándolo todo a su paso. Las callejas se transformaron de pronto en un caos de gente corriendo en todas direcciones, tosiendo, esquivando los latigazos, tratando de proteger a los niños, y los gritos de dolor y pánico destacaban por encima del zumbido estridente de las lanzadoras de gas, los silbatos de la policía y las órdenes en afrikaan vociferadas a través de los megáfonos.
Conforme el humo se fue disipando, la policía con perros irrumpió en el poblado. Esta vez su propósito era claro: arremetían y cargaban contra los hombres, sin titubear en aporrear a cualquier mujer díscola que se interpusiera, pero economizando su furor para los varones, jóvenes y ancianos. Ni siquiera los más ligeros de piernas tenían escape, y poco a poco todos fueron apaleados y cercados en un reducto en el que aguardaban los autobuses militares, con ventanas cegadas, para llevarse a los que por un motivo u otro desagradaban a los agresores.
Mujeres y niños, muchos de ellos llevándose todavía al rostro trapos húmedos, con ojos aún inflamados por efecto del gas lacrimógeno, contemplaban impotentes cómo la policía destrozaba sus «casas» de cajas y cartones, de cuerdas, hojalata y lona. Los bulldozer derribaban las estructuras, aplastaban aquellos muebles grotescos, abatían los tabiques, destrozaban los hornillos, las camas, las ropas… Los niños, con ojos muy abiertos, miraban aterrados y fascinados. La mayoría de las mujeres seguía allí de pie, aferradas a sus más valiosas pertenencias, aguantando la agresión con estoica resignación. Sólo algunas gritaban desafiantes.
Al quedar al descubierto el interior de las viviendas, en muchas se vieron carteles de Nelson Mándela, algunos tenían escrito descaradamente su nombre con las iniciales ANC, en otras aparecieron retratos de Robert Sobukwe, el líder panafricano… Pero en algunas chabolas lo que se vio fue el retrato de alguien más joven. Un rostro agraciado y serio, de ojos graves penetrantes. En casi todos ellos ponía «Steve Biko», pero en algunos en gruesos caracteres debajo del nombre se leía «Conciencia negra». Los bulldozer pasaron una y otra vez sobre aquellos habitáculos reduciéndolos a añicos.

 
2

A unos mil trescientos kilómetros de allí, una joven despertaba en una pequeña habitación limpia. Acababa de amanecer y sólo oía los ruidos que le eran familiares. La joven estiró sus flexibles miembros y se dirigió a una mesita donde echó agua en una palangana y se desperezó dejando que el agua corriera por las mejillas y el cuello. Tenía ojos almendrados, grandes, una boca sensual, pero aun en la tranquila languidez matutina su bello rostro difundía inteligencia y era espejo de un cerebro pocas veces inactivo.
Se secó con una toalla y cogió un objeto caro de su modesta estancia: una radio ultramoderna con doble antena de acero. Salvo un florero, el único adorno de la habitación era un cartel con el retrato de Steve Biko, uno exactamente igual a los destrozados en Crossroads.
Mamphela Ramphele era médica. Unos años antes Steve Biko era estudiante de medicina, igual que ella, pero Steve había pasado de la medicina a la política, la política de la condición negra en Sudáfrica. Y ahora la doctora Mamphela Ramphele era la única médica de una pequeña clínica para negros para la que Steve había logrado reunir los fondos, a pesar de haber sido «desterrado» por el gobierno sudafricano, con prohibición expresa de reunirse con más de una persona, escribir o hablar en público.
Al igual que Steve, Mamphela era de color claro, y, según las enrevesadas leyes racistas de Sudáfrica, se le podría haber aplicado la catalogación de «color» en lugar de «negra». Los «de color» eran descendientes de mezcla de razas, negros y holandeses, negros e ingleses o negros y portugueses. El gobierno sudafricano los prefería porque eran aún menos numerosos que los sudafricanos blancos, y otorgándoles ciertos privilegios, que negaban a los negros, los utilizaban como pararrayos contra la ira negra. Los negros, sintiendo envidia de los sueldos y los trabajos algo mejor pagados de los «de color«, dejaban así de pensar tanto en sus justas reivindicaciones por lo que les hacía el gobierno.
Con todo, igual que Steve, Mamphela era demasiado inteligente para no ver el torvo propósito de aquella clasificación, demasiado ética para querer «ventajas» que sirvieran para dividir a los sudafricanos en facciones rivales. Por eso en su cartilla seguía constando la identificación racial de «negra».
Mientras se quitaba su camisón gris para lavarse, Mamphela se quedó de pronto paralizada. La voz profunda del locutor de los informativos tras dar las noticias de la mañana y puntualizar el cambio del dólar y el rand, los últimos acontecimientos en Oriente medio, el Mercado Común y el conflicto Este—Oeste, comenzó morosamente a hacer el resumen de una redada de la policía en un poblado ilegal de las afueras de Ciudad del Cabo aquella misma mañana. «Entre los detenidos se hallaban algunos sin permiso de trabajo que han sido devueltos a sus respectivos lugares de origen. La acción policial no halló resistencia y muchos de los ilegales se presentaron voluntariamente a las autoridades policiales y militares —concluyó el locutor imperturbable, añadiendo con palpable entusiasmo—: El Springboks consiguió ayer sobre el equipo visitante argentino una brillante victoria de 33—10. El equipo de rugby…»
Mamphela alargó la mano y desconectó la radio y su mirada se posó lentamente en el cartel de Steve.
Mientras tanto en Crossroads el último vehículo militar abandonaba el poblado. Era un gigantesco «hipopótamo» repleto de policías sudorosos que hablaban entre carcajadas, y que cruzando la llanura se dirigió hacia Ciudad del Cabo, dejando una nube de polvo a su paso. Tras su estela, las mujeres y los hombres que quedaban lo siguieron con la vista un instante con mudo estoicismo, y después, uno tras otro, comenzaron a recoger lo que quedaba de sus pertenencias.
Sobre la zona planeaba aún un sudario de polvo y humo, pero con paciencia y tesón poco a poco los tabiques destrozados fueron reparados y levantados. No era nada nuevo y volvería a suceder, quizá dentro de un mes, una semana, tres meses, a lo mejor con menos virulencia, o quizá más. Era el precio que se pagaba por trabajar, por ser negro. El único signo de que la incursión había suscitado las semillas del encono era una mano que aquí y allá colocaba enfurecida una foto de Mándela en un trozo de hojalata o de cartón destinado a servir de nuevo como tabique de «sala de estar».
En la clínica —llamada Zanempilo o «Lugar de Curación»— Mamphela efectuaba las visitas rutinarias matinales. Vestía una bata quirúrgica, tan limpia y sencilla como la propia sala, cuyos pacientes eran niños, la mayoría víctimas de enfermedades que no habrían padecido de haber tenido acceso a agua potable y a condiciones higiénicas normales. Pero el agua y las condiciones sanitarias normales no estaban al alcance de la mayoría de sudafricanos y el índice de mortalidad infantil era uno de los principales cargos contra el gobierno blanco de Sudáfrica. En el extremo de la sala había una pequeña pieza que albergaba a los enfermos graves. La enfermera de noche había sido Tenjy Mtsintso, quien, al entrar Mamphela, estaba tomando la temperatura a una niña afectada por una grave infección que le tapaba parte de un ojo y discurría hacia abajo por la cara y el hombro. Tenjy, una guapa muchacha menuda de veinte años, que parecía más joven y frágil de lo que realmente era, levantó angustiada la vista hacia Mamphela, pero ésta se dirigió sin más al pequeño escritorio junto a la puerta y comenzó a repasar los informes nocturnos.
Tenjy sacó el termómetro de la boca de la niña, anotó la temperatura y comenzó a cambiarle los pañales. Mamphela se le acercó.
—Le ha bajado la fiebre —dijo Tenjy—, pero sigue sin retener alimento.
Mamphela se inclinó sobre la niña y le tomó el pulso; luego la auscultó, sin que Tenjy le quitase ojo. Finalmente ésta, sin poder contenerse, le preguntó pausadamente:
—¿Has oído esta mañana las noticias?
Mamphela continuó examinando a la niña.
—Si le hubieran cogido —dijo sin inmutarse—, lo sabríamos. Lo habrían anunciado.
Su determinación sorprendió a Tenjy pero sin convencerla.
Más tarde, durante el desayuno en la reducida cocina, otros miembros de la clínica discutieron sobre lo mismo. Mapetla Mohapi, un robusto y honrado colega de Steve que prestaba su ayuda en la clínica, estaba convencido como Mamphela de que si a Steve le hubieran detenido se sabría.
—Si la policía le hubiera encontrado (a lo mejor con carteles en el coche), ¿creéis que no sería la primera noticia del informativo? —gritó mientras se dirigía al patio a coger leña para la estufa.
—¡No! —vociferó Tenjy—. ¡Primero tratarían de hacerle confesar algo! Porque si la gente sabe que está en poder de la policía, tendrían que tratarle con más cuidado.
Como de costumbre, Mamphela leía conforme comía, pero estaba atenta a la discusión. Dio un golpecito a Tenjy en el hombro y señaló hacia la ventana.
—Creen que está aquí —dijo, indicando el Land Rover de la policía aparcado en el camino de tierra que conducía hacia la clínica. En su interior se veía a los dos policías que seguían a diario los pasos de Biko. Los dos agentes estaban repantigados, como de costumbre, con los ojos medio cerrados mirándolo todo, seguros de que cualquiera que entrase o saliera tenía que pasar ante ellos.
—Si la policía de Ciudad del Cabo le hubiera cogido, seguro que esos dos lo sabrían —prosiguió Mamphela—, y no estarían ahí fuera.
Ntsiki Biko, la guapa esposa de Biko, de generoso busto, estaba dedicada a sacar medicamentos de una caja de embalaje, colocándolos cuidadosamente ordenados en el refrigerador, comprobándolos en el albarán. Ella también había escuchado la discusión, llena de angustia, pero tratando de sopesar los pros y los contras dentro de su corazón.
—Creo que está escondido —dijo con mayor convencimiento del que sentía—. Estuvo aquí con Peter Jones y Peter tiene permiso de trabajo. Si a Steve le hubiesen detenido, Peter me habría llamado.
Ante sus palabras todos callaron un instante. Incluso Tenjy renunció a tener razón para no aumentar la angustia que todos detectaron en la voz de Ntsiki.
Tabby, un niño de diez años, que estaba sentado en una ventana vigilando a los policías mientras daba cuenta de su desayuno, rompió finalmente el silencio.
—Ya llegan —dijo.
Mamphela levantó la vista del libro. Por el camino avanzaban ya los pacientes hacia la clínica. Sabía que algunos habrían estado andando toda la noche y otros incluso días.
—Bien: acabemos y abramos la sala de consultas —dijo cerrando el libro y dejándolo a un lado en la mesa—. Steve está bien, ¿sabes? —dijo, mirando a Ntsiki antes de salir.
—Claro que sí —replicó Ntsiki con sonrisa forzada.
Mamphela le tocó cariñosamente el brazo y salió con premura a iniciar su jornada.

 
 

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