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Su nombre era una sucesión de pulsaciones radiales. Convertidas en las ondas de sonido equivalentes habrían producido un disonante chirrido, ya que él, como muchas conciencias, era el centro de su propia existencia. Llamémoslo Cero.
Aquel día había salido de caza. En la cueva las reservas de energía habíanllegado a un punto crítico. El otro, a quien se podría llamar Uno puesto que era elhabitante más importante dentro del universo de Cero, no se había quejado. No eranecesario; él también había sentido una disminución de la potencia. Cerca habíaabundancia de acumuladores, pero había que procesar cierta cantidad de
determinadas células para recargar a Uno. Los movibles en cambio disponían de más
energía concentrada y, naturalmente, estaban mejor organizados. Era posible
desmembrar por completo el cuerpo de un movible, sin necesidad de muchas reformas,
para que Cero pudiera utilizarlas. A pesar de las mínimas exigencias de su
funcionamiento, el mismo Cero deseaba una carga más fácilmente asimilable de la que
procedía de los acumuladores.
En resumen, ambos necesitaban un cambio de dieta.
Las piezas de caza ya no se acercaban a la cueva; durante los últimos cien años
habían aprendido que ese no era un lugar seguro, y Cero supo que pronto iba a tener
que tomar alguna iniciativa.
Pero la mera idea de tener que ayudar a Uno a lo largo de kilómetros y
kilómetros de peligroso territorio escarpado, cubierto de maleza le hacía retrasar la
decisión. Seguramente dentro de un radio de pocos días de su morada actual iba a
poder encontrar grandes movibles. Uno le ayudó a ajustarse a la espalda una percha
para acarreo, tomó algunas armas y se puso en marcha.
El crepúsculo estaba próximo. Cuando encontró los rastros el cielo estaba claro
todavía: cristales de tierra rotos aún sin arreglar, varias tablas cortadas de algunos
troncos… Conectó sus receptores en el punto de sensibilidad máxima, para controlar
todas las bandas de frecuencia que generalmente transmitían ruidos de movibles.
Captó una conversación de baja amplitud entre dos personas que estaban a unos cien
kilómetros y que debido a alguna excentricidad atmosférica había llegado de tan lejos;
un poco más cerca percibió las señales de pequeñas formas escurridizas que no valía
la pena cazar; un volador se lanzó hacia las alturas y por un momento llenó de estática
su campo de percepción. Pero ninguna onda del grande. Seguro que ha pasado hace
días por aquí – pensó –, y ahora estará fuera del alcance del receptor…
Bueno, siempre le quedaba el recurso de seguirle el rastro y por lo menos
alcanzar al torpe aserrador. Sin duda se trataba de un aserrador (conocía bien los
signos), por lo tanto, bien valía la pena que la caza fuera larga. Se hizo una rápida
inspección: todas las partes en perfecto orden. Y se puso en marcha a largos pasos; se
desplazaba con un esfuerzo que podía levantar cualquier cosa que hubiera en la
huella.
Terminó el crepúsculo. Por encima de las montañas se elevaba la pequeña lente
fría de una luna casi llena. Los vapores nocturnos resplandecían en espesas masas y
chorros contra un cielo negro violáceo en el que las estrellas relucían en el espectro
óptico y susurraban y cantaban en el campo radial. La selva reverberaba de aloy*,
resplandecía en heladas partículas de silicato. El viento resopló en lo alto entre las
placas absorbentes de radiación y las hacía tintinear unas contra otras; se oyó el
zumbido de un horadador mientras un desherbador tascaba a través de encajes de
cristal y un río frío y ronco bramaba por una cuesta hacia el valle.
Mientras se abría paso zigzagueando entre troncos, vigas y varillas con la
facilidad que da la larga práctica, Cero no apartaba su atención de los receptores de
radio. Esa noche percibía algo extraño en las frecuencias altas, una nota corta,
extraviada…, una serie de notas, voz, zumbido, nunca había oído nada similar ni sabía
de otros que lo hubieran escuchado… Pero el mundo estaba lleno de misterios. Nadie
había cruzado el océano rumbo al oeste ni las montañas hacia el este. Por último, Cero
dejó de escuchar y puso toda su atención en localizar a la presa. No era tarea fácil
moviéndose tan lentamente como lo hacía mientras sus antenas ópticas quedaban
anuladas por la oscuridad. En un momento recogió lubricante de una perforación del
cilindro y el otro diluyó sus ácidos con un trago de agua. Varias veces sintió que sus
células energéticas se polarizaban, y se detuvo un rato hasta que pasara. Descansó.
El cielo, empalidecido por el alba en los picos distantes, se volvió gradualmente rojo.
Vapores húmedos y sulfurosos rodaron por las cuestas hacia el valle. Cero pudo ver la
huella nuevamente, y empezó a moverse con ansiedad.
Entonces volvió a escuchar aquello tan extraño, sólo que esta vez con más
fuerza.
Se acuclilló. Su antena tembló levemente. Sí, los impulsos venían desde cierta
altura, y seguían cobrando fuerza. Muy pronto sería capaz de identificarlas como los
ruidos radiales que se asocian al funcionamiento de un movible. Pero no las sentía
como los tipos ya conocidos…, había algo más: un áspero armónico ondulante, como si
hubiera recogido alguna pérdida desde el borde de un rayo modulado de onda corta.
El sonido le causó impresión.
Al principio era un silbido delgado, alto y frío por encima de las nubes del alba.
Pero en pocos segundos había crecido hasta convertirse en un rugido que sacudió la
tierra, reverberó por las montañas y repiqueteó en las placas del sorbedor hasta hacer
retumbar toda la selva. La cabeza de Cero parecía una cámara de resonancias; el
barullo le sacudía el cerebro de un lado a otro. Orientó hacia arriba las antenas
horrorizadas y mareadas. Entonces vio descender aquella cosa.
Enloquecido, en el primer momento pensó que sería un volador. Al menos tenía
como ellos un cuerpo fino y ahusado y las aletas de aire. Pero nunca había visto un
volador que descendiera en una cola multicolor de llamas. Tampoco ningún volador era
capaz de oscurecer porción tan grande de cielo… ¡Y a menos de dos kilómetros de
distancia!
Cuando aquello aterrizó sintió el impacto destructivo: estructuras derribadas,
cristales de tierra disueltos, un pequeño horadador aplastado en su cueva… Una ola de
angustia cundió por toda la selva. Se arrojó al suelo achatando el cuerpo todo lo que
pudo mientras se aferraba a los restos de su propia cordura con las cuatro manos.
Cuando el monstruo estuvo asentado en su lugar, el silencio que siguió fue como el
estallido de un trueno final.
Cero levantó lentamente la cabeza. Sus percepciones se aclararon. Un rayo de
sol atisbaba sobre la tierra. Parecía una afrenta que el sol se atreviera a salir como si
nada hubiera sucedido. Los últimos ecos se perdieron entre las montañas.
Decisión repentina: no era el momento para ser precavido con su propia
existencia. Cero abrió al máximo la corriente de su transmisor.
– ¡Alarma! ¡Alarma! Todos aquellos que estén recibiendo que se preparen para
transmitir. ¡Alarma!
Alguien contestó a cuarenta kilómetros del lugar. No dejó de aumentar la
intensidad de la potencia ni por un momento: muy bien podría llamarse Dos.
– ¿Eres tú, Cero? Noté algo extraño en dirección a tu posición. ¿Qué sucede?
Cero no pudo contestar de inmediato. Sentía en su cabeza el murmullo de
muchas voces, y otros llegaban desde las colinas, de las cimas de las montañas, de
llanuras, de chozas y tiendas y cuevas: cazadores, mineros, agricultores, fabricantes de
herramientas convertidos de pronto en una sola unidad. Pero él emitía señales a su
lugar de origen.
– Quédate aquí dentro, Uno. Trata de conservar las energías. No estoy herido.
Tendré cuidado. Tú, escóndete y espera mi llamada.
– ¡Silencio! – vociferó una estridencia que todos reconocieron como procedente
de Cien. Era el más viejo de todos, probablemente había pasado por media docena de
cuerpos.
Su proceso mental mostraba ya los efectos de una polarización irreversible y era
más lento, se había desgastado poco a poco, pero conservaba la sabiduría que le
habían dado los años y era él quien presidía los concejos.
– Cero, informa de lo que has observado.
– No es fácil – dijo el cazador, vacilante –, estoy en…
Dio detalles de su ubicación.
– ¡Ah, sí – murmuró Cincuenta y Seis –, es cerca de la gran pérdida de galena…!
– Eso parece un volador, pero es enorme; más de treinta metros de largo. Bajó a
un par de kilómetros de aquí en un chorro incandescente y ahora está quieto. Creo
haber escuchado la señal de un rayo. De ser así el grito no se parece al que haya
emitido movible alguno hasta ahora.
– …por estos lugares – agregó astutamente Cien –, pero algo de ese tamaño
con aletas tan estrechas no es capaz de deslizarse…, lo que me hace dudar que se
trate de uno de rapiña.
– Acumuladores de señuelo – dijo Ocho.
– ¿Eh? ¿Qué pasa con esos? – preguntó Cien.
– Bueno, que si los acumuladores de señuelo son capaces de emitir señales tan
poderosas como para controlar cualquier pequeño movible que se hubiera acercado, y
hacerlo entrar entre sus muelas, tal vez esta cosa tenga una habilidad semejante. A
juzgar por su tamaño, puede tener un radio de acción enorme, y de cerca sería capaz
de dominar a grandes movibles. También a personas, quizás.
Algo parecido a un estremecimiento pasó por la banda de comunicación.
– Probablemente sea un desherbador – dijo Tres– . En ese caso…
Su señal se perdió en la nada, pero la idea permaneció en las mentes
parcialmente unidas.
¡Un movible de semejante tamaño…! Tantos megavatios-hora en sus células de
engría. Cientos, quizá miles de partes útiles. Toneladas de metal. Oye, Cien: acaso tu
tátara-creador pueda recordar semejante caza hace cientos de milenios.
No.
Si es peligroso será preciso ahuyentarlo o destruirlo. En caso contrario debemos
repartirlo entre todos. Pero de cualquier modo, hay que atacarlo.
Cien no vaciló en tomar una decisión:
– Que todas las personas masculinas tomen las armas y se dirijan al punto de
reunión en Broken Glade, sobre el río Gusto a Cobre. Cero, tú acércate lo más que
puedas y observa todo, pero manténte en silencio a menos que ocurra algo imprevisto.
Cuando estemos reunidos podrás darnos detalles para trazar un plan concreto. ¡Aprisa!