Las páginas siguientes tienen la esperanza de ser algo más que una mera continuación a las Crónicas de Prydain. La pregunta «¿qué sucede luego» es siempre importante, y este volumen pretende contestarla aunque sea sólo en parte. Sin embargo, El caldero mágico debería ser considerado como una crónica por derecho propio. Aquí se revelan ciertas cuestiones a las que previamente sólo se había hecho alusión; al mismo tiempo que prolongaba la historia, he intentado también profundizar en ella.
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1 – El consejo en Caer Dallben
El otoño había llegado con demasiada rapidez. En las comarcas situadas al norte de
Prydain había ya muchos árboles sin hojas, y entre las ramas colgaban las siluetas
maltrechas de los nidos vacíos. Hacia el sur, al otro lado del Gran Avren, las colinas
protegían Caer Dallben de los vientos, pero incluso allí la pequeña granja parecía
recogerse sobre sí misma como buscando refugio.
Para Taran, el verano había terminado antes de empezar. Esa mañana Dallben le
había encargado lavar a la cerda oráculo. Si el viejo mago le hubiera mandado capturar
un gwythaint adulto, Taran habría partido alegremente en busca de una de esas feroces
criaturas aladas. Sin embargo, siendo muy otra su tarea, había llenado el cubo en el pozo
y se había dirigido, con paso lento y desganado, hacia el aprisco de Hen Wen. La cerda
blanca, que normalmente acogía con placer la perspectiva de un baño, lanzó un chillido
nervioso al verle y se dejó caer de espaldas en el barro. Taran, muy ocupado intentando
hacer que Hen Wen volviera a levantarse, no se dio cuenta de que había llegado un jinete
hasta que éste se detuvo junto a la valla.
—¡Eh, tú! ¡Porquerizo!
El jinete que le contemplaba desde lo alto de su montura era sólo algunos años mayor
que Taran. Su cabellera era de un matiz leonado y sus negros ojos parecían hundirse en
un rostro pálido y arrogante. Aunque de excelente calidad, sus ropas estaban muy
desgastadas, y llevaba la capa cuidadosamente dispuesta para ocultar entre sus pliegues
el mal estado de su atuendo. Taran notó que incluso la capa había sido minuciosamente
remendada. El jinete iba montado en una yegua esbelta y nerviosa, con el pelaje
constelado de manchas rojas y amarillas; la cabeza, larga y estrecha, tenía una expresión
tan malhumorada como la de su amo.
—Tú, porquerizo —repitió —, ¿es esto Caer Dallben?
Aunque tanto el tono como las maneras del jinete molestaron a Taran, logró dominar su
temperamento y le hizo una reverencia cortés, —Sí —le replicó, y añadió a continuación
—, pero no soy un porquerizo. Soy Taran, Aprendiz de Porquerizo.
—Un cerdo es un cerdo —dijo el forastero—, y un porquerizo es un porquerizo. Ve
corriendo y dile a tu amo que he llegado —le ordenó—. Dile que el príncipe Ellidyr, Hijo de
Pen-Llarcau…
Hen Wen decidió aprovechar la ocasión para revolcarse en otro charco de fango.
—¡Hen, basta ya! —gritó Taran, apresurándose a detenerla. —Deja a esa cerda —le
conminó Ellidyr—. ¿Acaso no me has oído? Haz lo que te he dicho, y procura ser rápido.
—¡Díselo tú mismo a Dallben! —le gritó Taran por encima del hombro, en tanto
intentaba mantener a Hen Wen lejos del fango—. ¡De lo contrario, deberás esperar a que
termine con mi trabajo!
—Vigila tus maneras —le contestó Ellidyr—, o acabarás recibiendo una buena paliza.
Taran se ruborizó. Dejando que Hen Wen hiciera lo que le viniera en gana, fue hacia la
empalizada y trepó por ella con rapidez.
—Si la recibo —le replicó impetuosamente, echando hacia atrás la cabeza y clavando
los ojos en el rostro de Ellidyr—, no serás tú quien me la dé.
Ellidyr lanzó una carcajada despectiva. Antes de que Taran pudiera saltar a un lado, la
yegua se precipitó sobre él y Ellidyr, agachándose, cogió a Taran por el cuello. Taran
agitó inútilmente los brazos y las piernas: aunque era fuerte, no logró soltarse. Sintió que
le sacudían con violencia hasta hacerle castañetear los dientes. Ellidyr lanzó su yegua al
galope y arrastró a Taran por todo el prado, para acabar finalmente arrojándole con
rudeza al suelo delante de la casa, mientras las gallinas huían en todas direcciones.
El estruendo hizo salir a Dallben y a Coll. La princesa Eilonwy abandonó a toda prisa la
cocina y apareció con el delantal alborotado y una marmita aún entre los dedos. Con un
grito de alarma, corrió hasta Taran.
Ellidyr, sin molestarse en bajar de su montura, se dirigió hacia el mago de blanca
barba.
—¿Eres Dallben? Te he traído a tu porquerizo para que su insolencia sea castigada
con unos azotes.
¡Vaya! —dijo Dallben, sin inmutarse un ápice ante la furiosa expresión de Ellidyr—. Que
sea insolente es una cosa, y que deba ser azotado es otra muy distinta. De todos modos,
no me hacen falta tus sugerencias al respecto.
¡Soy un príncipe de Pen-Llarcau! —gritó Ellidyr.
—Sí, sí, sí —le cortó Dallben agitando su mano frágil y huesuda—. Todo eso ya lo sé, y
estoy demasiado atareado para preocuparme por ello. Anda, calma la sed de tu montura y
al mismo tiempo calma un poco tu temperamento. Cuando sea necesaria tu presencia ya
se te llamará.
Ellidyr iba a contestarle, pero la firme mirada del mago le contuvo. Hizo volver grupas a
su montura y se encaminó hacia el establo.
Mientras tanto la princesa Eilonwy, ayudada por el fornido y calvo Coll, había ayudado
a Taran a levantarse.
—Muchacho, ya deberías saber que no es bueno andar peleándose con los forasteros
—le dijo Coll con aire bonachón.
—Eso es muy cierto —añadió Eilonwy—. Especialmente si ellos van a caballo y tú a
pie.
—La próxima vez que le encuentre… —empezó a decir Taran.
—La próxima vez que le encuentres —dijo Dallben—, por lo menos tú actuarás con
toda la cortesía y dignidad que te sean posibles…; aunque debo admitir que seguramente
no podrás disponer de ambas cosas en gran cantidad, deberás arreglártelas como
puedas. Ahora, vete. La princesa Eilonwy puede contribuir a que tengas un aspecto algo
más presentable que el actual.
Con el ánimo por los suelos, Taran siguió a la muchacha de dorada cabellera hasta la
cocina. Aún se encontraba algo dolorido, más por las palabras de Ellidyr que por el
revolcón; y no le complacía en absoluto que Eilonwy le hubiera visto derrumbado a los
pies del arrogante príncipe.
—¿Cómo ocurrió todo? —le preguntó Eilonwy, mientras tomaba un trapo húmedo y lo
pasaba por el rostro de Taran.
Taran no le respondió y, aunque de mala gana, se sometió a sus cuidados.
Antes de que Eilonwy hubiera terminado, una figura peluda cubierta de ramitas y hojas
apareció en la ventana y saltó con gran agilidad sobre el alféizar.
—¡Tristeza y desolación! —gimió el ser, acercándose presuroso a Taran —. ¡Gurgi ve
ya las palizas y los golpes del poderoso señor! ¡Mi pobre y buen amo! Gurgi siente pena
por él… ¡Pero hay noticias! —añadió Gurgi a toda prisa—. ¡Buenas noticias! ¡Gurgi ve
también acercarse a la carrera al más poderoso de los príncipes! Sí, sí, ya se acerca a
todo galope, montado sobre un caballo blanco, con una espada negra. ¡Oh, qué alegría!
—¿Qué es eso? —preguntó Taran —. ¿Te refieres al príncipe Gwydion? No puede
ser…
—Sí puede ser —dijo una voz a su espalda.
En el umbral estaba Gwydion.
Con un grito de asombro, Taran corrió hacia él y le estrechó la mano. Eilonwy rodeó
con los brazos la alta figura del guerrero, en tanto que Gurgi daba alegres patadas en el
suelo. Cuando Taran le vio por última vez, Gwydion iba ataviado como un príncipe de la
casa real de Don; ahora, sin embargo, iba vestido con sencillez: una capa gris con
capucha y un jubón de tela tosca y sin adornos constituían su atuendo. De su cinto pendía
Drynwyn, la espada negra.
—Bien hallados seáis todos —dijo Gwydion —. Gurgi parece tan hambriento como
siempre y Eilonwy está más bonita que nunca. En cuanto a ti, Aprendiz de Porquerizo —
añadió, con su rostro curtido por la intemperie suavizado por una sonrisa—, tienes un
aspecto algo peor que de costumbre. Dallben ya me ha contado cómo conseguiste esos
moretones.
—No fui yo quien buscó pelea —afirmó Taran.
—Pero la encontraste, pese a todo —dijo Gwydion—. Creo que ése es un rasgo
inherente a tu carácter, Taran de Caer Dallben. Pero no importa —dijo, retrocediendo un
paso y examinando atentamente a Taran; en sus ojos parecían brillar destellos
verdosos—. Deja que te mire bien. Has crecido desde nuestro último encuentro. —
Gwydion sacudió la cabeza en un gesto de aprobación, haciendo oscilar su abundante
cabellera, que recordaba el pelaje grisáceo de un lobo—. Espero que hayas ganado en
sabiduría al igual que en talla: ya lo veremos. Ahora debo prepararme para el consejo.
—¿El consejo? —exclamó Taran—. Dallben no dijo nada de ningún consejo. Ni
siquiera dijo que fueras a venir aquí.
—La verdad es que Dallben no le ha estado diciendo gran cosa a nadie —aclaró
Eilonwy.
—A estas alturas, ya deberías haber comprendido que Dallben cuenta siempre muy
poco de lo que sabe —dijo Gwydion—. Sí, habrá un consejo, y he llamado a otros para
que se reúnan con nosotros.
—Ya soy lo bastante mayor como para tomar asiento en un consejo de hombres —le
interrumpió Taran, emocionado—. He aprendido mucho; he combatido junto a ti, he…
—Despacio, despacio —le dijo Gwydion—. Hemos estado de acuerdo en que tendrás
un lugar en el consejo. Aunque —añadió en voz más baja y con cierta tristeza en el tono
—quizá hacerse adulto no suponga todo lo que tú crees. —Gwydion puso sus manos en
los hombros de Taran—. Mientras tanto, debes prepararte. Muy pronto se te confiará una
tarea que llevar a cabo.
Tal como les había anunciado Gwydion, el transcurso de la mañana trajo consigo otras
llegadas. Una tropa de jinetes apareció poco tiempo después y empezó a montar su
campamento entre los rastrojos del campo que había más allá del huerto. Taran vio que
los guerreros iban armados para combatir y sintió que el corazón le daba un vuelco.
Estaba seguro de que también ellos guardaban relación con el consejo de Gwydion. La
cabeza, llena de preguntas sin respuesta, le daba vueltas continuamente; se apresuró a
dirigirse hacia el campo. Cuando se encontraba a medio camino se detuvo en seco,
enormemente sorprendido. Dos figuras familiares se acercaban con sus monturas por el
sendero. Taran echó a correr hacia ellas.
—¡Fflewddur! —gritó mientras el bardo, con su hermoso instrumento a la espalda,
alzaba una mano saludándole—. ¡Y Dolí! ¿Eres realmente tú?
El enano de roja cabellera saltó con agilidad de su poni y por un instante le sonrió
ampliamente, para recuperar luego su gesto malhumorado de costumbre. Pese a todo, no
logró ocultar el brillo de placer que iluminaba sus ojos redondos y rojizos.
—¡Dolí! —Taran le dio una palmada en el hombro—. Pensé que no volvería a verte. Me
refiero a verte de modo auténtico, ya que habías conseguido el poder de hacerte invisible.
—¡Buf! —resopló el enano, vestido con un jubón de cuero—. ¡Invisible! Ya he tenido
más que suficiente. ¿Te das cuenta del esfuerzo que requiere? ¡Algo terrible! Me hacía
zumbar los oídos, y eso no era lo peor. Nadie puede verte y por lo tanto no dejan de
aplastarte los pies o de meterte el codo en el ojo. No, no, eso no es para mí. ¡Ya no podía
aguantarlo más!
—Fflewddur, también te he echado de menos —exclamó Taran mientras el bardo
desmontaba—. ¿Sabes de qué va a tratar el consejo? Ésa es la razón de que hayáis
venido tú y Dolí, ¿verdad?
—No sé nada de consejos —refunfuñó Dolí—. El rey Eiddileg me ordenó que viniera,
como un favor especial a Gwydion. Pero, francamente, puedo decirte que me gustaría
mucho más estar en casa, en el reino del Pueblo Rubio, ocupándome de mis propios
asuntos.
—En mi caso —dijo el bardo —, dio la casualidad de que Gwydion pasó por mi reino…;
bueno, pareció que era una pura casualidad, aunque ahora estoy empezando a pensar
que no se trataba de eso. Sugirió que quizá me gustara visitar Caer Dallben. Dijo que el
viejo Dolí estaría aquí y, naturalmente, me puse en marcha de inmediato.
»Había abandonado el oficio de bardo —prosiguió Fflewddur—, y estaba de nuevo
felizmente instalado en mi puesto de rey. A decir verdad, he venido sólo para complacer a Gwydion.De inmediato, dos cuerdas se partieron con un estruendoso chasquido.
Fflewddur se quedó callado y tosió levemente.
—Sí, bueno… —añadió—, debo reconocer que me encontraba realmente fatal. Habría aprovechado cualquier excusa para abandonar ese húmedo y tétrico castillo, aunque sólo hubiera sido por unos días. ¿Así que un consejo, no? Tenía la esperanza de que setratara de alguna fiesta de la cosecha y que mi presencia fuera necesaria para lasdiversiones.