Galaxias como granos de arena

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He aquí un libro ingenioso de brillantes relatos que narran acontecimientos que suceden dentro de miles o millones de años. Pero no encontraremos en estas páginas una guía literal del futuro de la humanidad. Lo que se ofrece aquí es un refinado entretenimiento, una suerte de poesía visionaria, sueños sorprendentes que adquieren sustancia por medio del arte. ¿Es un mapa fiable de los mundos del mañana? No, en absoluto, nada de eso. Es imposible crear esos mapas.
«El Tiempo -como un elemento que puede ser sólido, líquido o gaseoso-tiene tres estados», escribe Brian Aldiss en la presentación de este libro. «En el presente es un flujo inasible. En el futuro es una bruma turbia. En el pasado es una sustancia sólida y vidriosa; entonces lo llamamos historia. Entonces no puede mostrarnos nada salvo nuestro rostro solemne»

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Exactamente. El presente es un misterio continuo; el pasado es un libro accesible a nuestra lectura, aunque no necesariamente lo sepamos leer; el futuro escapa a nuestra percepción y todo intento de hacer predicciones de largo alcance está condenado de antemano.
¿Qué queda entonces de la popular idea de que esa rama de la literatura imaginativa que llamamos «ciencia ficción» puede brindarnos un atisbo de lo que vendrá? Es una idea falsa. La ciencia ficción tiene muy poco valor predictivo, salvo cuando predice lo obvio. Como dice Brian Aldiss, una «bruma turbia» nos oculta el futuro. Cuando miramos hacia adelante, a lo sumo vemos trazos amplios y generales, y cuanto más nos alejamos del presente, mayor es la divergencia entre nuestras profecías y lo que realmente sucederá. Es una locura creer que alguien pueda ofrecer una anticipación precisa, trátese de un escritor de ciencia ficción, de un dirigente político o de los expertos que comentan los asuntos internacionales en los periódicos. Ya es bastante engorroso hacer una predicción meteorológica para dentro de tres días.
Un claro ejemplo de las limitaciones predictivas de la ciencia ficción: los primeros viajes a la luna. Por lo menos desde el siglo dos de nuestra era, cuando Luciano de Samosata escribió el Icaromenippus, escritores visionarios han narrado historias de viajes lunares. Pero no se requería un gran poder profético para imaginar esos viajes; el intento de abarcar un campo cada vez más amplio es propio de la naturaleza humana, y aun en la época clásica era fácil entender que en determinado momento se llegaría a los confines del mundo y la luna sería el próximo objetivo lógico. Luciano y sus muchos sucesores no se proponían predecir lo predecible. Luciano envió a Manipo a la luna para darle una perspectiva, en el sentido más básico, de las locuras que la humanidad cometía en la tierra: su libro era una obra de intención satírica. Jules Verne, en De la Tierra a la Luna (1869), intentó ofrecer un relato realista de una visita a la Luna, una guía turística potencial, a partir de los conocimientos tecnológicos aceptados en su época; pero sabía que estaba creando una obra de la imaginación, no un croquis para ingenieros futuros. Los primeros hombres en la Luna (1901) de H. G. Wells se presentaba como una encantadora fantasía romántica que, al igual que el Icaromenippus, examinaba irónicamente los absurdos de la humanidad desde una distancia de 383.024 kilómetros. Wells no esperaba que los futuros viajeros del espacio llegaran flotando a la Luna por medio de la antigravedad, ni que descubrieran una sociedad de seres humanoides inteligentes en las cavernas selenitas.
Aunque las narraciones de viajes lunares constituyeron un tópico de la literatura imaginativa durante siglos, ninguna obra de lo que se llama «ciencia ficción» se aproximó siquiera a una descripción atinada de lo que sucedió en 1969. Los viajes siempre se realizaban bajo auspicios privados. ¿Dónde está el relato que hable de un vasto proyecto dirigido por el gobierno, con un coste de miles de millones de dólares y con la participación de cientos de grandes empresas trabajando en colaboración? ¿Quién anticipó los gigantescos centros de control de la Tierra? ¿Quién previó transmisiones en vivo desde la Luna por parte de los primeros exploradores? Y -lo más asombroso- ¿qué relato de ciencia ficción nos cuenta que realizaríamos tres o cuatro alunizajes tripulados y luego abandonaríamos la empresa? (A decir verdad, existe uno: Tendencias de Isaac Asimov, publicado en 1939, ridículamente equivocado en los detalles pero profunda y espléndidamente acertado en la tesis de que el primer vuelo a la Luna sería seguido por una creciente hostilidad popular hacia el concepto de la exploración espacial. El cuento de Asimov es un vívido ejemplo de la notable capacidad de la ciencia ficción para llegar a las verdades futurológicas metafóricas más amplias mientras fracasa rotundamente en la predicción de los detalles específicos.)
Cuando abordamos aquellos libros que están ambientados en un futuro realmente lejano -Primeros y últimos hombres de Olaf Stapledon, La Tierra moribunda de Jack Vance, Invernáculo de Brian Aldiss-, abandonamos totalmente el ámbito de la predicción para entrar en el de la poesía y la metáfora. Esos libros no tienen la menor intención de ser hipótesis especulativas serias, visiones que debamos tomar literalmente; son raudas obras de la imaginación, auténticos vuelos de la fantasía.
Así son los nueve relatos que constituyen Galaxias como granos de arena de Aldiss. Datan del período inicial de la fecunda carrera de este gran escritor. Toda su obra, desde su primera novela, La nave estelar (1958), hasta libros como Invernáculo (196z) y Barbagrís (1964), y la monumental y
magistral trilogía de Helliconia de los años 8o, está signada por la imaginación exuberante, el vigor estilístico y una maravillosa y traviesa inventiva en la elaboración conceptual. Hallamos todas esas características en los relatos con los que Aldiss ha urdido sus Galaxias como granos de arena.
El libro se presenta como una crónica de los milenios venideros, y eso es. Pero quienes lo lean como una guía Baedeker del futuro se sentirán defraudados. La deslumbrante colmena de genes, la vasta megalópolis de Nunion, los misterios de la enigmática Yinnisfar, todo ello se debe tomar por lo que es: bellos sueños, elegantes fantasmagorías.
Existe una tribu indígena de los Andes en cuya lengua uno habla del pasado como si lo tuviera «enfrente». Para nosotros resulta un modo extraño de expresar las cosas, hasta que nos detenemos a pensar que, aunque el pasado es accesible hasta cierto punto para nuestra memoria, la totalidad del futuro siempre será un misterio. Y así, aunque podamos recorrer los hechos del pasado como si estuvieran frente a nosotros en una planicie, debemos retroceder a ciegas para internarnos en el ignoto futuro, sin ver claramente todos sus aspectos hasta que estemos en su centro.
Quizá estos indígenas andinos, que miran el pasado mientras retroceden hacia el futuro, hayan dado con la metáfora justa. Ver lo que nos espera dentro de poco es difícil, cuando no imposible; las eras distantes, veladas por una gigantesca montaña de variables incalculables, escapan totalmente a nuestra percepción. Los escritores como Brian Aldiss están obligados a retroceder hacia el futuro como el resto de nosotros. Pero mientras escrutan lúcidamente el pasado obtienen, por medio de la visión periférica o la intuición artística, atisbos de cosas venideras que los demás no podemos ver. Lo que tenemos aquí, pues, es un viaje de la imaginación, una incursión en lo que es inherentemente recóndito, un libro de fábulas desbordantes, bellas, poéticas, visionarias. No es un mapa utilitario de la carretera que se extiende ante nosotros. Apreciémoslo como aquello que el autor quiso que fuera, y que logró tan estupendamente.
ROBERT SILVERBERG
Oakland, California, julio de 1999

 

 

Entre las leyes que podemos deducir del mundo externo, una destaca sobre las demás: la Ley de la Transitoriedad. Nada está destinado a perdurar.
Año a año los árboles caen, las montañas se derrumban, las galaxias se extinguen como velas de sebo. Nada está destinado a durar salvo el Tiempo. El manto del universo se desgasta, pero el Tiempo perdura. El Tiempo es una torre, una mina inagotable; el tiempo es monstruoso. El Tiempo es el héroe. Personajes humanos e inhumanos quedan clavados en el Tiempo como mariposas en una lámina: aunque las alas conserven el brillo, han olvidado el vuelo.
El Tiempo -como un elemento que puede ser sólido, líquido o gaseoso- tiene tres estados. En el presente es un flujo inasible. En el futuro es una bruma turbia. En el pasado es una sustancia sólida y vidriosa; entonces lo llamamos historia. Entonces no puede mostrarnos nada salvo nuestro rostro solemne; es un espejo traicionero que sólo refleja nuestras limitadas verdades. A tal punto forma parte del hombre que la objetividad es imposible, es tan neutral que parece hostil.
Algunos de estos relatos fueron escritos por quienes participaron en los hechos. Otros son reconstrucciones. Algunos pueden ser mitos que han pasado tanto tiempo por verdades que se aceptan como tales. Todos son fragmentarios.
El largo espejo del pasado está hecho añicos, y las astillas han sido pisoteadas. Antaño cubría todas las paredes de todos los palacios; ahora sólo quedan fragmentos, estos que sostienes en la mano.


1. LOS MILENIOS DE GUERRA

Comencemos, pues -aunque por cierto no es un comienzo-, con un fragmento perteneciente a un extraño mundo del pasado donde las nubes del nacionalismo se han acumulado hasta desatar una tormenta de guerra. Misiles de destrucción sobrevuelan continentes olvidados: Asia, América, África. La atribulada gente de esos tiempos no comprende del todo la naturaleza del conflicto en que está sumida. Los simples matices políticos de la situación son relativamente fáciles de entender. Pero más allá de esas cuestiones existen factores que apenas se comprenden en los consejos de Pekín, Londres, El Cairo y Washington, factores que surgen del largo y salvaje pasado de la raza, factores relacionados con el instinto y la frustración del instinto, con el miedo, la lujuria y el albor de la conciencia, factores inseparables de la adolescencia de una especie, que arrojan su sombra sobre todos los asuntos del hombre como una cordillera infranqueable.
Los hombres se combatían unos a otros en vez de luchar con ellos mismos. Los valientes procuraban eludir las corrientes del odio viajando a los planetas más cercanos del sistema solar; los cobardes dormían en vastas colmenas llamadas sueñerías, donde los consuelos de la fantasía podían compensar los estragos de la guerra. En última instancia, ninguno de los dos caminos ofrecía refugio; cuando llega el terremoto, derrumba tanto la torre como la choza.
Es adecuado que el primer fragmento comience con un hombre sentado impotente en una silla, mientras caen las bombas.
El director de la Sueñería Cinco se levantó de la silla y abandonó el silencioso tablero de mando. El caso de Floyd Milton lo tenía a mal traer. Detonaciones ocasionales anunciaban que afuera continuaba el ataque enemigo, lo cual no contribuía a tranquilizar al director. Aunque se encontraría más seguro en las bóvedas, espiando los sueños de Floyd Milton, era otro el motivo que lo impulsaba a abordar el ascensor para bajar a las frescas honduras de la Sueñería Cinco. Había visto la cara de Milton cuando llegó aquella tarde. Milton parecía un cadáver.
Los depósitos de durmientes estaban húmedos como de costumbre, y apestaban a la mezcla que usaban los robots masajistas.
-¡Babosas! -gritó el director hacia las filas de durmientes.
Estaban aletargados con la cabeza oculta en los auriculares de realimentación. De vez en cuando enrollaban a uno hasta hacerle tocar los hombros con los pies y erguir el trasero en el aire; una máquina cubierta de goma lo sacudía y lo aporreaba. Después lo estiraba y le aporreaba el pecho, cuidando de no tocar los tubos de alimentación intravenosa que colgaban del cielo raso. Fuera cual fuese su estado mental, a los durmientes se los mantenía en buen estado físico. Y todo el tiempo dormían y soñaban sus oscuros sueños.
-¡Babosas! -repitió el director. De nada habría servido un director que amara a los durmientes que tenía a su cargo; a solas en las vastas sueñerías automáticas, habría sentido la tentación de fisgonear las ensoñaciones de estos introvertidos sin remedio.
Aparte de algunos jóvenes impulsados por una genuina curiosidad, en las sueñerías sólo había psicópatas e inadaptados que se pasaban la vida en ensueños estériles. Por desgracia, sumaban un gran porcentaje de la población; los sesenta años de guerra fría -que ahora se había vuelto espantosamente caliente- habían producido una asombrosa cantidad de inválidos mentales que sólo ansiaban usar esa vía de escape para recluirse en sus fantasías.
Floyd Milton no se parecía a esas personas, ni tampoco a los recios exploradores del espacio que, después de las emociones de un largo viaje a Marte o Ganimedes iban allí a recuperarse. Parecía un hombre que se había traicionado a sí mismo, y que lo sabía.
Por eso el director tenía que verle los sueños. A veces se podía salvar de sí mismos a los hombres -los hombres de verdad- antes de que se hundieran demasiado.
El director se detuvo delante de la cama de Milton. El recién llegado respiraba secamente, en silencio, el rostro oculto bajo la visera y los auriculares de realimentación. Después de mirar el número, el director fue a la cabina de control más cercana y lo marcó. Se puso el visor y los auriculares.
En un instante entraría de manera automática a las ensoñaciones de Milton; a juzgar por la expresión de Milton al entrar en la Sueñería Cinco, no sería agradable, pero el director podía graduar los circuitos para amortiguar el efecto empático y conservar su propia conciencia.
Como cada vez que iniciaba una supervisión, realizó una apresurada revisión mental de su propio mundo; una vez en los sueños de otro, le costaba orientarse. No era un mundo cómodo. Las barreras ideológicas erigidas en toda la Tierra desde los años cuarenta del siglo anterior habían impedido todo avance en la felicidad humana.
A fines de los sesenta habían descendido en la luna las primeras naves tripuladas. A fines de los ochenta se habían aplicado al cerebro dormido los principios de la sugestión subumbral; en combinación con ciertas técnicas de realimentación, esto había permitido desarrollar un método para obtener sueños más vívidos que una película tridimensional. Al cabo de tres años se había construido la Sueñería Uno.
Poco antes de fin de siglo, habían llegado los solitas. No habían llegado en naves espaciales sino en vehículos que llamaban portamaterias, aparatos parecidos a casas que se proyectaban a la Tierra desde el mundo solita. Su ciencia era una paraciencia incomprensible para los terrícolas, pero la Tierra les causaba un inocente placer.
-¡Amaban la Tierra! -dijo el director. Había visto cómo los solitas, con la bendición de los terrícolas, cargaban sus portamaterias con riquezas terrestres, que para ellos no eran oro ni uranio sino plantas, animales y mariposas. Eran gentes adorables, salvajes refinados que disfrutaban de la vida en su totalidad. Cuando la guerra fría se calentó de golpe, desaparecieron, manifestando que nunca regresarían.
Para la gente sensata de todas partes, ese momento había representado la muerte de la esperanza. La Tierra volvía a estar sola, aislada por sus propios males.
-Está conectado, señor -anunció una voz metálica.
El director se preparó. Pronto estuvo zambullido en los sueños de Floyd Milton.
Era agradable. Después de las escalofriantes bóvedas de la Sueñería Cinco y los rumores de una guerra global, era doblemente agradable.
No obstante, para el director era extraño, muy extraño.
Las plantas mostraban flores adorables como bocas de muchachas; las flores echaban brotes, crecían, se disipaban y creaban serpentinas de cincuenta metros que ondeaban en la brisa, esparciendo semillas perfumadas. Las plantas crecían en círculo, y el círculo era una habitación.
Sólo una habitación. Las paredes de otra habitación eran rutilantes miríadas de peces, diminutas criaturas grises con negras lenguas bífidas que parecían serpientes. Nadaban en torres de agua que te mojaban el dedo si las tocabas. Los campos del transmisor de materia, de dos moléculas de espesor, los mantenían en su sitio, elevándose en el aire bermejo.
Otra habitación parecía estar revestida de estrellas; polillas gigantes revoloteaban y se posaban en las estrellas, que tintineaban como campanillas.
En otra habitación, altas hierbas relucían cargadas de rocío del alba.
En otra habitación, la nieve caía eternamente, aumentando de tamaño mientras se hundía en cristales de diez centímetros de diámetro que desaparecían al tocar el piso.
En otra habitación… pero cada habitación era diferente, pues éste era el palacio de Amada Malfrey, y el palacio estaba en Solite. La propia Amada estaba allí, y acababa de volver de su visita a la Tierra, cargada de flores y tigres. Estaba ofreciendo una fiesta para reencontrarse con las viejas amistades y presentarles al segundo marido.
Había unas quinientas invitadas. Muchas habían traído a sus esposos, hombres de atuendo brillante cuyas frívolas túnicas contrastaban con la ropa negra y exigua de las mujeres. Muchas mujeres y algunos hombres venían escoltados por animales: chitas, guacamayos, un soberbio lagarto que tenía un metro de altura cuando caminaba erguido. Se agolpaban animadamente en las magníficas habitaciones.
Alegres globos, llevados por vientos alisios artificiales, transportaban copas de bebida por el gozoso palacio. Todos parecían beber, aunque nadie parecía beber en exceso. Otro detalle hacía la fiesta muy diferente de una fiesta terrícola: aunque todos hablaban, nadie hablaba a voz en cuello.
Deslumbrado, el director pensó que nunca había visto una fantasía tan fantástica como ésa. Los meticulosos detalles le indicaban que eran recuerdos, no el material de satisfacción de deseos que la mayoría .de los internos de la Sueñería Cinco maquinaba en sus oscuros y pequeños cerebros. Floyd Milton había andado de veras por ese increíble edificio.
Había andado por esas alegres avenidas cuyas frías lámparas de argón arrojaban una luz irisada en el rostro de los invitados. Había caminado por esa senda invisible que cruzaba un arroyo gorgoteante. Había probado esos increíbles manjares y había hablado con los invitados en su titubeante versión de la lengua solita.
Milton había hecho todo eso porque el palacio era suyo. Era el segundo esposo de Amada, y la fiesta se ofrecía en su honor. Las invitadas iban allí para conocerlo. Era la gran noche de su vida, pero no se sentía feliz.
-Pareces preocupado, precioso -le dijo Amada. Habría podido ser una mujer de la Tierra, y una mujer encantadora, si no fuera por el escaso cabello rizado que le cubría la cabeza. Ahora tenía la expresión consternada de una mujer cuyo marido se comporta con torpeza en un momento inoportuno.
-No estoy preocupado, Amada -dijo Milton-. Y por favor no me llames «precioso». Precioso es ese tigre azul que tienes ahí.
-Pero es un cumplido, Floyd -dijo ella, palmeando la cabeza de la criatura-. ¿Acaso Subyani no es una preciosa mascota?
-Subyani es un tigre. Yo soy un hombre. ¿No puedes recordar esa pequeña diferencia?
Amada nunca ponía mal ceño, pero su expresión de mártir se acentuó; Milton tuvo que admitir que la hacía sumamente deseable.
-Es una diferencia obvia -dijo ella-. La vida es demasiado corta para derrocharla señalando lo obvio.
-Bueno, no es nada obvia para mí -protestó Milton- ¿Qué hace tu gente? Visita la Tierra y se dedica a llevarse todo lo que puede: árboles, hierba, peces, aves…
-¡Incluso maridos! -dijo Amada.
-Sí, incluso maridos. Hacéis todo eso, Amada, porque os habéis enamorado de la Tierra. Traéis aquí todo lo que podéis. Me siento como si fuera una planta exótica o un caniche.
Amada le dio la hermosa espalda.
-Pues ahora actúas con la inteligencia de un caniche -dijo.
-¡Amada! -exclamó él. Amada giró lentamente, y Milton dijo con voz compungida-: Lo lamento, cariño. Sabes por qué estoy irritable. No puedo dejar de pensar en la guerra que asola la Tierra. Y.. la otra cosa…
-¿La otra cosa? -dijo ella.
-Sí. ¿Por qué los solitas son tan reacios a decir en qué parte del universo está este mundo? Ni siquiera señaláis su dirección en el cielo nocturno de la Tierra. Sé que con vuestros portamaterias la distancia no importa, pero me gustaría saberlo. Tal vez para ti sea sólo un detalle, pero a mí me preocupa.
Amada dejó que la imagen de una gran mariposa se le posara en el dedo.
-En el actual estado de civilización de la Tierra -dijo lentamente-, ella no puede llegar a este mundo. Entonces ¿qué importa dónde estamos?
-Oh, sé que nuestras naves del espacio son apenas un comienzo…
Milton dejó de hablar. El problema era que la civilización solita era demasiado vasta y demasiado bella. Parecían terrícolas, pero pensaban y actuaban de otra manera. Eran… alienígenas. Era eso, sobre todo, lo que preocupaba a Milton. Un persistente puritanismo le hacía preguntarse si no cometía un pecado innombrable al casarse con una mujer de otro planeta.
Al cabo de un mes de matrimonio, él y Amada habían tenido varias… no, no eran riñas, sólo diferencias. Se amaban. Sí, se amaban, pero Milton, al cuestionar su propio amor, se preguntaba si no lo habían seducido con el conocimiento de que casándose con ella podría llegar al fabuloso Solite. Sólo se podía visitar ese planeta matriarcal casándose con una ciudadana; de lo contrario, flotaba inalcanzable en remotos cielos ajenos.
A pesar de sí mismo, Milton trató de volver sobre el asunto.
-La Tierra es un mundo pobre -dijo, sin tener en cuenta la expresión de tedio de su esposa-. Solite es un mundo rico. Pero os enamoráis de todas las cosas terrícolas. Las importáis. A la Tierra no le dais nada a cambio… ni siquiera vuestra posición.
-Nos gustan las cosas de la Tierra por ciertos aspectos que vosotros no veis -dijo ella.
Allí estaba de nuevo, ese extraño modo de pensar. A pesar del calor de la habitación, Milton se estremeció.
-No le dais nada a la Tierra -repitió, y de inmediato reparó en la mezquindad de sus palabras. Había hablado sin pensar, con la mente ocupada en otras cosas.
-Trato de darte todo esto, si quieres aceptarlo -respondió ella con suavidad-. Ahora, hazme el favor de venir a sonreír a ciertas personas.
Aunque sus preocupaciones persistían, Milton pronto logró relegarlas a un segundo plano. Su problema era la culpa; su país estaba en guerra, mientras que aquí todo estaba creado para el placer. El propio Solite era inmensamente delicioso. Milton adoraba su atmósfera hedonista, que aun así tenía un sabor astringente. Amaba a sus mujeres por la belleza y por esa jovial urbanidad que disimulaba la firmeza con que controlaban todo. Los hombres le fascinaban menos; eran agradables, pero Milton no podía perdonar que fuesen el sexo débil. Cuesta superar viejas actitudes.
La nueva partida de mujeres y animales -como siempre, estaban mezclados- que le presentaron a Milton comenzó a pasearse por el palacio con él. Todo era maravillosamente confuso: algunas habitaciones producían una sensación de aposentos interiores, otras de aire libre; la contigüidad de la carne y la pelambre era estimulante; el calidoscopio de colores embriagaba. Milton se encontró asediado por preguntas acerca de la Tierra. Las respondía casi sin pensar, pues se hacía tarde y la procesión se transformaba en una especie de danza de cortejo. Inevitablemente, la alegría lo contagió, entibiándole el corazón, calmándole el pulso.
Lo que pensaban los solitas era evidente: él era primitivo, raro y quizá peligroso, pero estimulante. ¡Que pensaran lo que quisieran! Podían considerarlo un troglodita, siempre que esa maravillosa fiesta durara un poco más.
Pero a pesar de la fascinación, registrando algunos datos que se habían deslizado en la conversación informal, Milton aprendió algo sobre la civilización a la cual se había integrado. Solite era un mundo árido; la mitad del territorio que había entre los polos estaba acribillado de cráteres y despojado de tierra. En el resto, los solitas habían tratado de forjar su idea del paraíso, creando algunos oasis entre los desiertos. Llenaban los oasis con plantas y animales de la Tierra, porque tenían pocas especies propias.
-¿No obtenéis plantas y animales de otros planetas de la galaxia? -preguntó Milton a una mujer con ojos de bruja. Por un segundo le pareció que ella trastabillaba. Aquellos ojos verdes lo escrutaron hasta que él bajó la mirada.
-Sólo de vuestra Tierra -dijo ella, y se alejó grácilmente.
Los solitas calculaban que su cultura tenía quince mil años. Habían llegado a un período de estabilidad. Aunque eran gente alegre, Milton creía detectar en el fondo cierta melancolía. Pero al fin, su sensación de diferencia se disipó en la excitación de la velada. Estaba algo ebrio, aunque bebía poco.
Ahora el palacio era como un espejismo: gente radiante, música chispeante, una arquitectura que flotaba a la deriva con calculada magia.
-¡Pronto mudaremos todo al mar! -exclamó Amada-. Una noche como ésta es incompleta sin el mar. Pronto nos trasladaremos a Bahía Unión. ¡Debemos rodearnos de olas y del ritmo de las mareas! .
Entretanto, las habitaciones se volvieron alucinatorias. Los portamaterias parecían capaces de cualquier milagro, pues sus delicados servomecanismos respondían al estado de ánimo de los festejantes. Paredes resplandecientes atravesaban paredes resplandecientes y los salones flotaban llevando consigo a los juerguistas, de modo que estrellas y copos de nieve se mezclaban en una tormenta bella e imposible, mientras los chiribitas volaban entre ramas de cactos azulados. El ritmo de la música oculta se intensificó, acompañando con su cadencia la marcha del decorado móvil.
Entonces llegó Wangust llsont, la última invitada. En su cabello se arqueaba un camaleón color magenta que concordaba con el magenta de sus labios y pezones. Se acercó rápidamente a Amada y a Floyd Milton. También ella había estado en la Tierra; también ella había regresado con un esposo nativo.
-Será grato para ambos -dijo Wangust, sonriéndole cálidamente a Milton mientras le aferraba la mano-, en caso de que sintáis añoranza. Tú serás el mejor amigo de mi esposo, y cazarás y beberás con él. No vivimos lejos de aquí; un caballo os puede llevar casi tan rápidamente como un portamateria.
Trajo a su esposo terrícola y lo presentó como Chun Hwa.
Cuando los dos hombres se enfrentaron, todos los demás parecieron desvanecerse, perdidos en un momento de crisis.
Las expresiones se sucedieron deprisa en la cara de Chun Hwa. Un feroz disgusto. Arrepentimiento por el disgusto. Embarazo. Una dolorosa búsqueda. Al fin una mueca que decía que no era lugar ni momento para ser desagradable. Extendió la mano con una sonrisa.
Milton se recobró con menos rapidez.
Sin fijarse en la mano que le tendían, se volvió ofendido hacia Amada.
-Este hombre pertenece a un país que está en guerra con el mío -dijo.
Se hizo un tenso silencio. En parte, era un silencio de incomprensión. Milton hablaba en la lengua solita, pero como ese idioma no parecía tener equivalentes para las palabras «nación» y «guerra», tuvo que usar los equivalentes de «grupo» y «problema».
-¿Cómo puede haber problemas entre vosotros? -preguntó Amada con calma, pero con un tono levemente amenazador-. Ahora ambos sois solitas. La Tierra está lejos y no tiene ningún derecho sobre vosotros.
Esas palabras surtieron un mal efecto en Milton. Todos sus sentimientos de culpa afloraron con violencia. Apretó los puños, sabiendo que iba a hacer una tontería.
-Hay problemas entre nosotros -dijo-. Uno de nosotros debe marcharse de inmediato.
-No entiendo -dijo Wangust. Estaba totalmente desconcertada por la reacción de Milton-. Ambos sois terrícolas.
-¿Os conocíais? -preguntó alguien.
-¿Qué son estos grupos de que hablas? -preguntó otra persona.
-¿Cuál es ese problema?
-¡No os entrometáis en esto! -les rogó Amada. Se volvió hacia su esposo. Subyani, el tigre, no podía rivalizar con su feroz belleza cuando se encolerizaba. La ira volvía a Amada tan atractiva como temible.
-Quiero conocer de inmediato, y de manera clara, la causa de esta necedad -le exigió a Milton.
Chun Hwa empezó a explicar. Milton notó airadamente que hablaba el solita con más fluidez que él. El concepto de nacionalidad parecía incomprensible para la mayoría de las mujeres presentes; pertenecían a un mundo poco poblado donde los ubicuos portamaterias impedían que la segregación en grupos fuera permanente.
Pero Amada y Wangust, como habían visitado la Tierra, sabían algo sobre los temibles armamentos y habían visto el estallido del conflicto global antes de partir para Solite. Ambas se alarmaron al encontrarse con un eco de esa espantosa lucha. Durante la discusión que siguió, dejaron deslizar un dato que accidental o deliberadamente le habían ocultado a Milton: ninguna unidad de portamateria visitaría la Tierra en medio de esa contienda. Estaba totalmente aislado de su mundo natal.
Chun Hwa, cortés y conciliatorio, acaparaba ahora la atención. Milton, incapaz de seguir todo lo que se estaba diciendo, descubrió que no quería escuchar. Lo dominaba el desconcierto; su cerebro, ya mareado por los colores, las luces y las seductoras mujeres, era presa de un conflicto. La sensación de extrañeza, de insensibilidad ante tantos esplendores, resultaba abrumadora.
Airadamente; dio media vuelta y se marchó. Amada no hizo nada para detenerlo.
En el estado de alegre exaltación que reinaba en el palacio, un novicio no podía marcharse. Milton se conformó con alejarse todo lo posible, lo más rápido posible, aguijoneado por la angustia.
Lamentaba lo que había hecho; lamentaba haberse ido de la Tierra. Amaba apasionadamente a Amada; también amaba su tierra. Era una antítesis desgarradora. Sus pensamientos giraban más locamente que la música.
Caminó un largo trecho, abriéndose paso entre grupos de sorprendidas celebrantes, mientras las habitaciones lo devolvían a veces casi al punto de partida. Y entonces la escena cambió.
En un esfuerzo por salvar la fiesta, Amada había desplazado el palacio. Al haber sido oficial de electrónica antes de la boda, Milton sabía algo de la complejidad que había detrás de ese traslado en apariencia tan sencillo. A pesar del actual estado de ánimo, el prodigio lo fascinó.
Súbitamente, el enorme edificio quedó medio sumergido en un mar estival. Los aposentos traseros estaban en la playa, y los delanteros, como la proa de una nave condenada, se hundían bajo la espuma. Era de noche. Una fosforescencia ilusoria lamía las murallas y, mediante una astuta retroproyección, parecía inundar el palacio.
Bajo las aguas traslúcidas, empezaron a llegar los bailarines de un exótico ballet. Focas que llevaban esferas luminosas, peces con forma de lanza, anguilas, grandes peces tropicales rojos, bancos de delfines, tiburones y mantas giraban en el acuoso escenario. Nadaban alrededor de las paredes transparentes, subiendo y bajando en una extraña zarabanda.
-¡Tengo que regresar! -exclamó Milton, y dio la espalda al desfile de peces.
Echó a correr por las habitaciones aparentemente sumergidas hasta llegar a una cámara que reconoció, pese al camuflaje. Allí estaba solo.
Metió la mano entre flotantes ramilletes de capullos de lila. Detrás de ellos encontró una caja metálica; la abrió, arriesgándose a una descarga, y tanteó en busca del primer terminal. Esa pequeña caja contenía el dispositivo que, siguiendo instrucciones del ordenador instalado en los cimientos, mantenía el contenido cúbico de esa habitación en su posición espaciotemporal.deseada.
Milton, apretando la cara contra las dulces lilas, arrancó el cable que había bajo el primer terminal. Al arrancarlo se le disolvió entre los dedos.
La habitación se esfumó.
Empezó a sonar una alarma, que luego bajó bruscamente una octava. El palacio se evaporó. La gente, la música, las flores, las brillantes fachadas y terrazas, todo desapareció.
En la emergencia causada por Milton al cortar el circuito, el ordenador había llevado de vuelta todo el edificio a su base de tierra adentro.
Milton se hundió cuatro metros en el mar indolente.
Todo estaba en silencio cuando regresó a la superficie. El zoológico submarino había escapado. Sólo un ave marina, muerta por la materialización original del palacio, flotaba junto a Milton en el agua. En lo alto, la gibosa luna de Solite resplandecía con su rojo y torvo fulgor, como un ojo cuya pupila nada en sangre.
Escupiendo una bocanada de agua, Floyd Milton avanzó hacia la orilla.
-¡Regreso! -exclamó. Era posible. La distancia que lo separaba de los grandes portamaterias que habían viajado a la Tierra no era grande: podía recorrerla a pie. Se metería subrepticiamente a bordo, los obligaría a llevarlo de regreso. La llamada del deber era súbitamente imperiosa.
Para volver, no vacilaría en matar. Los solitas eran alienígenas; ni siquiera su querida Amada podría entender. Se negaba a revelarle algo tan simple como la cantidad de años-luz que los separaban de la Tierra; en consecuencia, no podía amarlo profundamente. Debía olvidar a Amada. Quizá después de la guerra… siempre que hubiera un después, tras ese terrible holocausto…
Necesitaba un arma.
Un pequeño muelle sobresalía de la playa. Milton nadó hasta allí y subió por una escalerilla. En el muelle, roja bajo el siniestro claro de luna, se levantaba una caseta de madera. Milton abrió la puerta de un empellón.
La suerte lo acompañó. Dentro de la caseta había equipo de buceo. Aletas, gafas, medidores de profundidad. Y había un magnífico arpón… una concesión afortunada, reflexionó Milton, dada la naturaleza apacible de los solitas. Al examinarlo, descubrió que funcionaba con aire comprimido y disparaba un proyectil afilado de aspecto aterrador, equipado con un cartucho que estallaba al hacer contacto.
Llevándose una cartuchera con municiones de repuesto, Milton salió de la caseta con el arma. Afuera, se detuvo de repente. Chun Hwa se acercaba por el muelle.
Sí, al saltar un fusible y ver que él no aparecía por ninguna parte, no les habría costado mucho adivinar lo que había pasado, y se habían apresurado a buscarlo. Mostrando los dientes, Milton levantó el arma y apuntó. Chun Hwa se detuvo.
-¡No dispares! -le dijo en solita-. Floyd Milton, escúchame, por favor, no soy tu enemigo. No comprendes. Es evidente que no te han contado tanto acerca de este mundo como a mí.
-¡No quiero oír nada! -gritó Milton. La sangre le bramaba en los oídos como un oleaje. En la noche roja distinguió unas siluetas que avanzaban por tierra; debían de haber salido a cazarlo.
-¡Óyeme, Milton! ¡No dispares, por favor! Esta gente nos ha salvado, a nosotros y a los animales y a las plantas, porque la guerra en la Tierra destruirá casi todo. ¿Entiendes, Milton? Los solitas son nuestros…
Milton lo interrumpió con un grito salvaje. La gente se apiñaba en la playa bordeada de cactos. Habían llegado al muelle. Algunos corrían por la espuma voceando su nombre. Milton apretó el gatillo del arpón. Casi de inmediato, el cartucho estalló en el estridente blanco.
Todo se borró, petrificándose en un gris opaco y uniforme.
Durante un largo rato, el director se quedó en la cabina de control, las manos dolorosamente entre lazadas. Tan vívido había sido el impacto del sueño de Floyd Milton que casi se imaginaba ensartado por el arpón. Cuando pasó esa sensación, se levantó sobresaltado, -volviendo a su mundo. Algo había interrumpido el sueño de Milton; no tendría que haber cesado tan bruscamente.
Con controlada severidad, el director se arrancó el visor, llamó a la sala de operaciones de la sueñería y exigió saber cuál era el problema.
-El ala de la Sueñería Cinco desde donde habla usted -dijo una serena voz de robot- ha sufrido un impacto indirecto de una ojiva de cobalto. Todos los protectores se han puesto ya en pleno funcionamiento y las cuadrillas de reparación están trabajando.
El director miró hacia la bóveda por la ventana de la cabina y vio la larga hilera de durmientes que se movían inquietos; un par de ellos se estaban sentando. Un gigante les había pisoteado las patéticas imágenes de linterna mágica. Pronto estarían despiertos, presas del pánico; tenía que evitarlo.
El director volvió a usar al teléfono.
-Inyectar triple dosis de sedante estándar en todos los tubos de alimentación de esta ala… ¡inmediatamente! -ordenó. Eso los haría dormir como los Siete Durmientes, y una pequeña jaqueca les colorearía los sueños cuando se restableciesen los circuitos. Pero su orden tendría una excepción.
El director salió deprisa de la cabina y se acercó a la figura tendida de Floyd Milton. Con un rápido movimiento arrancó los tubos dobles, de plata y de plástico, conectados al pecho del hombre. Con más suavidad, le quitó el visor y los auriculares.
-¡Floyd! -dijo-. ¡Floyd Milton! ¡Despierte! Milton abrió los ojos; era como mirar de repente un mar vacío, gris, sombrío y perdido.
-Soy su amigo -dijo el director, sin saber si el otro lo veía-. Ahora sé por qué vino aquí, y sé que es un hombre demasiado valioso para desperdiciar su vida con todas estas babosas. Usted puede enfrentar lo que ha hecho. ¡Debe enfrentarlo! Necesitamos a hombres como usted en la cima.
-¡Soy un asesino! -gruñó Milton. Se sentó convulsivamente-. Oh, Dios, lo que hice…
-Sé lo que hizo -dijo el director-. Espié su sueño. No lo llame asesinato. Lo hizo en cumplimiento del deber, para escapar.
Milton lo miró sin entender.
-Los solitas lo trajeron de vuelta en portamateria, realizando un viaje especial -le recordó el director-. Me dieron esa información cuando usted llegó aquí. Eso demuestra que no lo han culpado. Su acto criminal les hizo comprender que hacían mal en retenerlo en Solite, así que lo dejaron volver a casa.
-¡Usted está loco! -dijo Milton. Por primera vez, miró al director con inteligencia-. No me dejaron «volver a casa». ¡Me desterraron! No quisieron tenerme un instante más. Yo les repugnaba, ¿entiende? Vieron que era un cavernícola, y obviamente lo mejor era que regresara a morir en mi mundo troglodita. Era su modo civilizado de tratar con un homicida.
-Pero Chun Hwa… él era su enemigo -protestó el director-. Cuando usted lo mató en el muelle… Milton soltó un gruñido. Se tapó la cara con las manos, hamacándose.
-No maté a Chun Hwa -exclamó-. Maté a Amada, mi esposa.
Con voz entrecortada, narró la escena. Era Amada quien había corrido por el muelle en la noche carmesí, quien había tratado de arrebatarle el arma, quien incluso había suplicado por la vida de Chun Hwa cuando Milton amenazó con dispararle. Un intenso aguijonazo de celos desencadenó la furia de Milton. Disparó.
Amada trastabilló y desde el borde del muelle cayó al mar. El carrete del arpón rechinó salvajemente mientras la línea se desenroscaba.
Al recordarlo, Milton empezó a lamentarse de nuevo. El director le apoyó una mano en el hombro, sin saber qué hacer. Fuera de la sueñería sonaron más explosiones. Los gobiernos habían prometido que esa guerra para acabar con todas las guerras se libraría sobre todo en los épicos desiertos de la luna; bien, no era la primera vez que los gobiernos mentían. En ese momento, la tragedia universal parecía menor que la tragedia personal de Milton.
-Así que nunca pudo averiguar dónde está Solite, y por qué sigue siendo inalcanzable -dijo el director-. Todos hubieran tenido interés en saberlo… en otros tiempos.
Milton lo miró con ojos turbios.
-Sí, sé dónde está. Lo descubrí por accidente en el viaje de regreso; me prestaron un libro técnico sobre los portamaterias para que me entretuviera, y yo estaba demasiado deprimido para tratar de entenderlo… lo tiré después de abrirlo una sola vez. Pero una frase que leí se me grabó en la memoria.
Decía: «La transmisión de materia sólo es factible allí donde los factores gravitatorios pueden actuar con eficacia sobre la masa transmitida», o algo parecido.
-Lo lamento. No significa nada para mí -dijo el director.
-Sólo implica una cosa -replicó distraídamente Milton-. Significa que los portamaterias no funcionan en el espacio interplanetario, donde la atracción gravitatoria es baja. Verá usted, esa luna sangrienta ardía con incendios atómicos. Era nuestra luna… Al reflexionar, comprendí… oh, comprendí todo: que Solite era lo que nosotros llamamos la Tierra, que los solitas eran terrícolas, de nuestra misma raza. Que mi querida Amada… ojalá lo hubiera sabido antes… no era una criatura alienígena…
El director estaba pálido. Interrumpió con dureza los quejidos de Milton.
-Si es así, si no son viajeros del espacio… ¿me está diciendo que retrocedieron en el tiempo? Milton asintió.
-Quince mil años -dijo.
-Entonces ¿por qué no nos lo dijeron? ¿Por qué no nos lo dijeron? ¿Estaban locos?
-Sólo fueron amables -dijo Milton-. Sabían que estábamos al borde de la catástrofe suprema, y no soportaban contárnoslo; son los descendientes de los pocos sobrevivientes de una guerra total. Por eso, en cuanto dominaron el viaje por el tiempo, que era una aplicación de la fórmula del portamateria, regresaron a rescatar lo que podían… aves, plantas y demás criaturas que casi se extinguieron con el holocausto.
Una estruendosa explosión hizo temblar la sueñería. Del cielo raso cayó una nube de polvo.
-Con este holocausto -corrigió Milton.
-Gracias a, Dios -exclamó el director-. Es una noticia asombrosa. ¡Cambia todo!
Milton le lanzó una breve mirada de asesino y volvió a taparse la cara demacrada con las manos.
-Para mí no cambia nada -dijo.

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