Las Crónicas de Prydain – El gran rey

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A pesar de sus defectos y carencias, ningún libro me ha proporcionado más placer a la hora de escribirlo que las Crónicas de Prydain. Ahora llego con tristeza al final de este viaje, consciente de la imposibilidad de hacer un comentario objetivo sobre una obra que me ha tenido absorbido durante tanto tiempo y de una manera tan personal.

Pero debo advertir a los lectores de esta quinta crónica que han de esperar loinesperado. Su estructura es un poco distinta, y su alcance un poco más amplio. Hay más conflicto externo, cierto, pero también he intentado añadir más contenido interior;

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1 – El regreso al hogar
Dos jinetes avanzaban sobre la hierba bajo un cielo frío y gris. Taran, el más alto de los
dos, había tensado el rostro contra el embate del viento y se había inclinado hacia
adelante sobre su silla de montar clavando los ojos en las distantes colinas. De su
cinturón colgaba una espada, y de su hombro un cuerno de batalla ribeteado de plata. Su
compañero Gurgi, más peludo que el pony que montaba, se envolvió en su maltrecha
capa, se frotó las orejas cubiertas de escarcha y empezó a lanzar gemidos tan
quejumbrosos y abatidos que Taran acabó tirando de las riendas cíe su caballo.
—¡No, no! —gritó Gurgi—. ¡El fiel Gurgi continuará galopando! Gurgi sigue a su
bondadoso amo, oh, sí, tal como siempre ha hecho. ¡No hagáis caso de sus temblores y
dolores! ¡No hagáis caso de los cabeceos de su pobre y tierna cabeza!
Taran sonrió. Acababa de darse cuenta de que a pesar de sus valerosas palabras
Gurgi no apartaba los ojos del refugio que ofrecía un bosquecillo de fresnos cercano.
—Tenemos tiempo de sobras —respondió—. Anhelo volver a casa, pero no quiero que
tu pobre y tierna cabeza pague un precio excesivo a cambio de ello. Acamparemos aquí,
y no reanudaremos el viaje hasta el amanecer.
Ataron sus monturas y encendieron una pequeña hoguera dentro de un círculo de
piedras. Gurgi se hizo un ovillo y empezó a roncar casi antes cíe haber acabado de
comer. Taran estaba tan cansado como su compañero, pero se dispuso a remendar los
arneses de cuero. De repente interrumpió su tarea y se levantó de un salto. Una silueta
alada caía velozmente del cielo precipitándose hacia él.
—¡Mira! —gritó Taran. Gurgi se irguió y parpadeó, aún bastante adormilado—. ¡Es
Kaw! Dallben debe de haberle enviado en nuestra búsqueda.
El cuervo batió las alas, hizo chasquear su pico y empezó a lanzar estruendosos
graznidos incluso antes de haberse posado sobre la muñeca que había extendido Taran.
—¡Eilonwy! —graznó Kaw con toda la potencia de sus pulmones—. ¡Eilonwy!
¡Princesa! ¡Casa!
El cansancio que encorvaba los hombros de Taran cayó de ellos como si fuese una
capa. Gurgi, quien ya había despertado del todo, fue corriendo a desatar las riendas de
los caballos mientras lanzaba gritos de alegría. Taran montó de un salto sobre Melynlas,
hizo volver grupas al corcel gris y salió galopando del bosquecillo con Kaw posado encima
de su hombro y Gurgi y el pony galopando detrás de él.
Cabalgaron día y noche, deteniéndose sólo lo imprescindible para engullir un bocado
de comida o permitirse unos momentos de sueño, pidiendo el máximo a la velocidad y
fortaleza de sus monturas y de ellos mismos, y avanzaron en dirección sur bajando hasta
el valle de la montaña y cruzando el Gran Avren hasta que los campos de Caer Dallben
volvieron a extenderse delante de ellos una soleada mañana.
Apenas Taran hubo cruzado el umbral de la casita ésta se alborotó de tal manera que
Taran casi no sabía en qué dirección volverse. Kaw había empezado a chillar y aletear
nada más entraron; Coll, cuya gran coronilla calva y ancho rostro irradiaban deleite, le
daba palmadas en la espalda; y mientras tanto Gurgi lanzaba gritos de alegría y daba
saltos envuelto en la nube cíe pelos que se desprendían de su cuerpo. Incluso el anciano
encantador Dallben, quien rara vez permitía que algo turbara sus meditaciones, salió
cojeando de su habitación para contemplar la bienvenida. La agitación que le rodeaba
hizo que Taran apenas pudiera distinguir a Eilonwy, aunque oyó con toda claridad la voz
de la princesa alzándose por encima del estrépito.
—¡Taran de Caer Dallben, llevo días esperando verte! —gritó Eilonwy mientras Taran
intentaba abrirse paso hasta ella—. Después de todo el tiempo que he pasado lejos de
aquí aprendiendo a ser una joven dama, como si no lo fuera ya antes de marcharme… ¡Y
luego cuando por fin vuelvo a casa resulta que tú no estás!
Un instante después Taran estaba a su lado. La esbelta princesa seguía luciendo sobre
su garganta el creciente lunar de plata, y llevaba en su dedo el anillo forjado por el Pueblo
Rubio; pero ahora una banda de oro circundaba su frente, y la magnificencia de su
aspecto hizo que Taran fuera súbitamente consciente de que su capa de viaje estaba
manchada y de que tenía las botas cubiertas de barro.
—Y si piensas que vivir en un castillo es agradable —siguió diciendo Eilonwy sin
detenerse a tomar aliento—, puedo asegurarte que no lo es. ¡Es horrible y aburridísimo!
Me han obligado a dormir en camas donde había tantas almohadas de plumas de ganso
que podías ahogarte en ellas. Estoy segura de que los gansos las necesitaban más que
yo…, me refiero a las plumas, claro, no a las almohadas. Y además hay servidores que te
traen justo lo que no quieres comer, y que te lavan el pelo tanto si necesita ser lavado
como si no, y que cosen y tejen y te hacen reverencias y montones de cosas más en las
que no quiero ni pensar. Ya no sé cuánto tiempo hace que no desenvaino una espada…
Eilonwy se calló de repente y contempló en silencio a Taran mientras ponía cara de
curiosidad.
—Qué raro… —dijo—. Hay algo distinto en ti. No es tu pelo, aunque a juzgar por su
aspecto se diría que te lo has cortado tú mismo con los ojos cerrados. Es… Bueno, no sé
muy bien qué es. Quiero decir que… Bueno, si no se lo dices nadie adivinaría que eras un
Ayudante de Porquerizo.
El fruncimiento de perplejidad de Eilonwy hizo que Taran dejara escapar una carcajada
jovial y llena de ternura.
—Ay, ha pasado mucho tiempo desde que cuidé por última vez de Hen Wen. Cuando
Gurgi y yo estuvimos viajando por los Commots Libres yendo cié un lado a otro entre sus
gentes hicimos todos los trabajos imaginables, salvo el de cuidar los cerdos. Esta capa
cuya urdimbre tramé e hilé en el telar de Dwyvach la Tejedora; esta espacia… Hevydd el
Herrero me enseñó cómo forjarla. Y esto… —dijo con una sombra de tristeza en la voz
mientras sacaba un cuenco de barro de su jubón—. Lo hice en el torno de Annlaw, el
Moldeador de la Arcilla. —Colocó el cuenco en las manos de Eilonwy—. Si te complace
es tuyo.
—Es muy hermoso —dijo Eilonwy—, Sí, lo guardaré como un tesoro. Pero también me
refería a eso. No estoy diciendo que no seas un buen Ayudante de Porquerizo, porque
estoy segura de que eres el mejor que existe en todo Prydain, pero hay algo más…
—Dices la verdad, princesa —intervino Coll—. Nos dejó siendo un porquerizo, y vuelve
teniendo el aspecto de poder salir triunfante de cualquier empresa en la que decida
embarcarse.
Taran meneó la cabeza.
—Descubrí que no he nacido para ser herrero ni tejedor…, ni tampoco moldeador de la
arcilla, por desgracia. Gurgi y yo ya volvíamos a casa cuando Kaw nos encontró, y aquí
nos quedaremos.
—Me alegra oírte decir eso —replicó Eilonwy—. Lo único que se sabía de ti era que
andabas vagabundeando de un lado a otro. Dallben me dijo que estabas buscando a tus
padres. Después encontraste a alguien que creíste era tu padre, pero que resultó no
serlo. ¿O era al revés? La verdad es que no lo entendí del todo.
—Hay muy poco que entender —dijo Taran—, Encontré lo que buscaba, aunque no era
lo que tenía la esperanza de encontrar.
—No, no lo era —murmuró Dallben, quien había estado observando a Taran con
mucha atención—. Encontraste más de lo que buscabas, y quizá hayas obtenido más de
lo que tú mismo sabes.
—Sigo sin entender por qué quisiste marcharte de Caer Dallben… —empezó a decir
Eilonwy.
Taran no tuvo ocasión de replicar, pues alguien se apoderó de su mano y empezó a
estrecharla vigorosamente haciéndola subir y bajar a gran velocidad.
—¡Hola, hola! —exclamó un joven de ojos azul claro y cabellos color de paja.
Su capa adornada con hermosos bordados parecía haber quedado empapada y haber
sido colgada luego a secar. Los cordones de sus botas, rotos en varios puntos, habían
sido recompuestos mediante enormes nudos que colgaban a un lado y a otro.
—¡Príncipe Rhun!
Taran casi no le había reconocido. Rhun estaba más alto y delgado, aunque su sonrisa
seguía siendo tan grande y jovial como siempre.
—Rey Rhun, en realidad —respondió el joven—, ya que mi padre murió el verano
pasado. Ésa es una de las razones por las que la princesa Eilonwy se encuentra aquí
ahora. Mi madre quería que se quedara en Mona con nosotros para completar su
educación. ¡Y ya conoces a mi madre! La educación nunca se habría acabado, a pesar de
que Dallben había enviado un mensaje diciendo que Eilonwy debía volver a casa. Bien, al
final tuve que imponer mi voluntad —añadió orgullosamente—. Ordené que aparejaran un
navío y zarpamos del puerto de Mona. ¡Es asombroso lo que puede llegar a conseguir un
rey cuando decide poner manos a la obra! Y hemos traído a alguien más con nosotros…
—dijo Rhun, y señaló la chimenea con la mano.
Su gesto hizo que Taran se fijara por primera vez en el hombrecillo regordete que
estaba sentado al lado del hogar con una marmita entre las rodillas. El desconocido se
lamió los dedos y contempló a Taran arrugando su nacida nariz. No hizo ningún intento de
levantarse, y se limitó a asentir brevemente con la cabeza, lo que hizo que la no muy
abundante franja de pelos que rodeaba su bulbosa cabeza se agitase como un matorral
de algas sumergidas.
Taran le observó sin creer en lo que veían sus ojos. El hombrecillo se irguió y sorbió
aire por la nariz mientras adoptaba una expresión entre altiva y ofendida.
—Nadie debería tener problemas para acordarse de un gigante —elijo con voz
malhumorada.
—¿Que si me acuerdo de ti? —replicó Taran—. ¡Cómo no iba a acordarme! ¡La
caverna de Mona! Pero la última vez que te vi eras más…, más grande, y eso sin
exagerar. Pero no cabe duda de que eres tú… ¡Sí, es él! ¡Es Glew!
—Cuando era un gigante muy pocos me habrían olvidado tan deprisa —dijo Glew—.
Por desgracia las cosas son como son y lo pasado pasado está. Bueno, en la caverna…
—Has conseguido que vuelva a empezar —murmuró Eilonwy volviéndose hacia
Taran—. Ahora seguirá hablando y hablando de los gloriosos días en los que era un
gigante hasta que acabes tan harto de oírle que apenas podrás tenerte en pie. Sólo
parará para comer, y sólo parará de comer para hablar… Puedo comprender que coma de
esa manera, ya que pasó mucho tiempo alimentándose únicamente de hongos; pero
cuando era un gigante debió de ser muy desgraciado, y cualquiera pensaría que querría
olvidarlo.
—Sabía que Dallben envió a Kaw con una poción para encoger a Glew devolviéndole a
su tamaño normal —dijo Taran—, En cuanto a lo que le ha ocurrido después de eso, no
sé absolutamente nada.
—Eso es lo que le ha ocurrido —replicó Eilonwy—, En cuanto logró salir de la caverna
fue directamente al castillo de Rhun. Nos aburrió a todos hasta extremos indecibles con
esas interminables historias suyas que no tienen ni pies ni cabeza, pero daba tanta pena
que nadie se atrevió a echarle del castillo. Cuando zarpamos nos lo llevamos con
nosotros pensando que sentiría una inmensa gratitud hacia Dallben y querría agradecerle
personalmente lo que había hecho por él. ¡Pues no! Casi tuvimos que retorcerle las orejas
para conseguir que subiera a bordo… Ahora que está aquí desearía que le hubiéramos
dejado donde estaba.
—Pero faltan tres cíe nuestros compañeros —dijo Taran recorriendo el interior de la
casita con la mirada—. El buen Doli, y Fflewddur Fflam… Y albergaba la esperanza de
que el príncipe Gwydion quizá hubiera venido para dar la bienvenida a Eilonwy.
—Doli te envía sus mejores deseos —dijo Coll—, pero tendremos que prescindir de su
compañía. Desenraizar a nuestro amigo el enano del reino del Pueblo Rubio es más difícil
que sacar un tocón de un campo. Se niega a moverse de allí. En cuanto a Fflewddur
Fflam, no hay nada que pueda impedir que él y su arpa se mantengan alejados de una
celebración. Ya tendría que llevar algún tiempo aquí.
—Y el príncipe Gwydion también tendría que haber llegado ya —añadió Dallben—. Él y
yo tenemos asuntos que discutir. Aunque vosotros los jóvenes podáis dudarlo, algunos de
ellos tienen una importancia aún mayor que dar la bienvenida a una princesa y a un
Ayudante de Porquerizo.
—Bueno, volveré a ponerme esto cuando lleguen Fflewddur y el príncipe Gwydion para
que puedan ver qué tal me queda —dijo Eilonwy quitándose la tiara de oro de la frente—,
pero no estoy dispuesta a aguantarla ni un momento más. El roce me ha hecho una
ampolla, y me da dolor de cabeza…; es como si alguien te estuviera apretando el cuello
todo el rato, sólo que más arriba.
—Ah, princesa, una corona es más incomodidad que adorno —dijo Dallben con una
sonrisa que creó nuevas arrugas en su rostro—. Si has aprendido eso ya has aprendido mucho.
—¡Aprender! —gritó Eilonwy—. He estado aprendiendo tantas cosas que se me salen por las orejas. Lo que he aprendido no se ve, claro, por lo que resulta difícil darse cuenta de que está allí. No, esperad, eso no es del todo verdad… Mirad, he aprendido a hacer esto. —Sacó de entre los pliegues de su capa un cuadrado de tela doblada, y se lo alargó a Taran en un gesto de ofrecimiento casi tímido—. Lo bordé para ti. Aún no está acabado, pero aun así quiero que lo tengas, a pesar de que admito que no es tan hermoso como algunas de las cosas que has hecho tú.

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