El velo negro

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Una velada de invierno, quizá hacia fines de otoño de 1800, o tal vez uno o dos
años después de aquella fecha, un joven cirujano, recientemente establecido, se
hallaba en un pequeño despacho, escuchando el rumor del viento, que empujaba la
lluvia en sonoras gotas contra la ventana y silbaba sordamente en la chimenea.

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La
noche era húmeda y fría; y como él había andado durante todo el santo día por el
barro y el agua, ahora descansaba confortablemente en bata y zapatillas, medio
dormido, pensando en mil cosas. Primero en cómo el viento soplaba y de qué manera
la lluvia le azotaría el rostro si no estuviese cómodamente instalado en su casa.
Después, sus pensamientos recayeron sobre la visita que hacía todos los años para
Navidad a su tierra y a sus amistades e imaginaba que sería muy grato volver a verlas
y en la alegría que sentiría Rosa si él pudiera solamente decirle que, al fin, había encontrado
un paciente y esperaba encontrar más, y regresar dentro de unos meses para
casarse con ella, y llevársela a su hogar, en donde alegraría las veladas junto a la leña
encendida y le estimularía para nuevas tareas. Luego empezó a hacer cálculos de
cuándo aparecería este primer paciente o si, por especial designio de la Providencia,
estaría destinado a no tener jamás ninguno. Entonces volvió a pensar en Rosa y le
entró sueño y la soñó, hasta que el dulce sonido de su voz resonó en sus oídos y su
mano, delicada y suave, se apoyó sobre su espalda.
En efecto, una mano se había apoyado sobre su espalda, pero no era suave ni
delicada; su propietario era un muchacho corpulento, con una cabeza redonda, el cual
por un chelín semanal y la comida había sido empleado en la parroquia para repartir
medicinas y hacer mandados. Como no había demanda de medicamentos ni necesidad
de recados, acostumbraba ocupar sus horas ociosas -unas catorce por día- a substraer
pastillas de menta, tomarlas y dormirse.
-¡Una señora, señor, una señora! -exclamó el muchacho, sacudiendo a su amo para
que despertase.
-¿Qué señora? -exclamó nuestro amigo, aun medio dormido-. ¿Qué señora? ¿Y en
dónde?
-¡Aquí! -repitió el muchacho, señalando la puerta de cristales que conducía al gabinete
del cirujano, con una expresión de alarma que podría atribuirse a la insólita
aparición de un cliente.
El cirujano miró hacia la puerta y se estremeció también a causa del aspecto de la
inesperada visita.
Se trataba de una mujer de singular estatura, vestida de riguroso luto y que estaba
tan cerca de la puerta que su cara casi tocaba con el cristal. La parte superior de su
figura se hallaba cuidadosamente envuelta en un chal negro, como para ocultarse; y
llevaba la cara cubierta con un velo negro y espeso. Estaba de pie y erguida; su figura
se mostraba en toda su altura, y aunque el cirujano sintió que unos ojos bajo el velo se
fijaban en él, ella no se movía para nada ni mostraba darse cuenta de que él la estaba
observando.
-¡Viene para una consulta? -preguntó el cirujano titubeando y entreabriendo la
puerta. Esta se acabó de abrir, pero no por eso se alteró la posición de la figura, que
seguía siempre inmóvil.
Ella inclinó la cabeza en señal de afirmación.
-Haga el favor de entrar -dijo el cirujano.
La figura dio un paso adelante; luego, volviéndose hacia donde estaba el
muchacho, el cual sintió un profundo horror, pareció dudar.
-Márchate, Tom -dijo el joven al muchacho, cuyos ojos grandes y redondos habían
permanecido abiertos desmesurada
mente durante la breve entrevista-. Corre la cortina y cierra la puerta.
El muchacho corrió una cortina verde sobre el cristal de la puerta, se retiró al
gabinete, cerró la puerta tras él e inmediatamente miró por la cerradura.
El cirujano acercó una silla al fuego e invitó a su visitante a que se sentase. La
figura misteriosa se adelantó hacia la silla, y cuando el fuego iluminó su traje negro el
cirujano observó que estaba manchado de barro y empapado de agua.
-¿Se ha mojado usted mucho? -le preguntó.
-En efecto -respondió ella con una voz baja y profunda.
-¿Y se siente mal? -inquirió el cirujano, compasivamente, ya que su acento era el
de una persona que sufre.
-Sí, bastante mal. No del cuerpo, pero sí moralmente. Aunque no es por mí, por mi
interés, que he venido. Si yo estuviese mala no iría por el mundo a estas horas y en
una noche como esta, y, si dentro de veinticuatro horas me ocurriese lo que me ocurre,
Dios sabe con qué alegría guardaría cama y desearía morirme. Es para otro que
solicito su ayuda, señor. Puede que esté loca al rogarle por él. Pero una noche tras
otra, durante horas terribles velando y llorando, este pensamiento se ha ido poco a
poco apoderando de mí; y aunque me doy cuenta de lo inútil que es para él toda
asistencia humana, ¡el solo pensamiento de que puede morirse me hiela la sangre de
las venas!
Había tal desesperación en la actitud y en la manera de expresarse de esta mujer
que el joven cirujano, poco curtido en las miserias de la vida, en esas miserias que
suelen ofrecerse a los médicos, se impresionó profundamente.
-Si la persona que usted dice -exclamó levantándose bruscamente- se halla en la
situación desesperada que usted describe, no hay que perder un momento. ¿Por qué no
consultó usted antes al médico?
-Porque hubiera sido inútil y todavía lo es ahora -repuso la mujer, cruzando las
manos.
El cirujano contempló por un momento su velo negro, como para cerciorarse de la
expresión de sus facciones que tras él se escondían; pero era tan espeso que le fue imposible
saberlo.
-Se encuentra usted enferma -dijo amablemente-. La fiebre, que le ha hecho soportar,
sin darse cuenta, la fatiga que evidentemente sufre usted, arde ahora dentro.
Llévese esa copa a los labios -prosiguió, ofreciéndole un vaso de agua- y luego explíqueme,
con cuanta calma le sea posible, cuál es la dolencia que aqueja al paciente,
y cuánto tiempo hace que está enfermo. Cuando conozca los necesarios detalles para
que mi visita le sea útil, iré inmediatamente con usted.
La desconocida llevó el vaso de agua a sus labios sin levantar el velo; sin embargo,
lo dejó sin haberlo probado, y rompió en llanto.
-Conozco -dijo sollozando- que lo que le digo a usted parece el delirio de una
fiebre. Me lo han dicho otras veces, aunque sin la amabilidad de usted. No soy una
mujer joven; y, se dice, que cuando la vida se dirige hacia su final, la escasa vida que
nos queda nos es más querida que todos los tiempos anteriores, ligados al recuerdo de
viejos amigos, muertos hace años, de jóvenes, niños quizá, que han desaparecido y la
han olvidado a una por completo, como si una estuviese muerta. No puedo vivir ya
muchos años; así es que, bajo este aspecto, tiene que resultarme la vida más querida;
aunque la abandonaría sin un suspiro y hasta con alegría si lo que ahora le cuento fuese
falso. Mañana por la mañana, aquel del que le hablo, aunque desearía ardientemente
pensar de otra manera, se hallará fuera de todo humano socorro; y, a pesar de ello,
esta noche, aunque se encuentre en un terrible peligro, usted no puede visitarle ni
servirle de ninguna manera.
-No quisiera aumentar sus pensas -dijo el cirujano-, haciendo un comentario de lo
que usted me acaba de decir, o apareciendo como deseoso de conocer algo que, comprendo,
desea usted ocultar. Pero hay en su relato algo que no puede conciliarse con
sus probabilidades. La persona que usted me dice está muriéndose y no puedo verla,
cuando mi presencia le sería de algún valor. En cambio, usted teme que mañana sea
inútil y, con todo, ¡quiere que entonces le vea! Si él le es tan querido como las
palabras y la actitud de usted me indican, ¿por qué no intentar salvar su vida sin
tardanza antes de que el avance de su enfermedad haga la intención impracticable?
-¡Dios me asista! -exclamó la mujer llorando amargamente-. ¿Cómo puedo esperar
a que un extraño quiera creer lo que parece increíble, aun a mí misma? ¿No querrá
usted visitarlo, señor? -añadió levantándose vivamente.
-Yo no digo que me niegue a visitarle -replicó el cirujano-. Pero le advierto que, de
persistir en tan extraordinaria demora, incurrirá en una terrible responsabilidad si el
individuo se muere.
-La responsabilidad será siempre grave -replicó la desconocida en tono amargo-.
Cualquier responsabilidad que sobre mí recaiga, la acepto y estoy pronta a responder
de ella.
-Como yo no incurro en ninguna -agregó el cirujano-, si accedo a la petición de
usted, veré al paciente mañana, si usted me deja sus señas. ¿A qué hora se le puede
visitar?
-A las nueve-replicó la desconocida.
-Usted excusará mi insistencia en este asunto-dijo el cirujano-. Pero… ¿está él a su
cuidado?
-No, señor.
-Entonces, si le doy instrucciones para el tratamiento durante esta noche, ¿podría
usted cumplirlas?
La mujer lloró amargamente y replicó:
-No; no podría.
Como no había grandes esperanzas de obtener más informes con la prolongación
de la entrevista y deseoso, por otra parte, de no herir los sentimientos de la mujer, que
ya se habían convertidos en irreprimibles y penosísimos de contemplar, el cirujano
repitió su promesa de acudir a la mañana siguiente y a la hora indicada. Su visitante,
después de darle la dirección, abandonó la casa de la misma forma misteriosa que
había entrado.
Es de suponer que tan extraordinaria visita produjo una gran impresión en el joven
cirujano, y que este meditó por largo tiempo, aunque con escaso provecho, sobre
todas las circunstancias del caso. Como casi todo el mundo, había leído y oído hablar
a menudo de casos raros, en los que el presentimiento de la muerte a una hora
determinada, había sido concebido. Por un momento se inclinó a pensar que el caso
presente era uno de estos; pero entonces se le ocurrió que todas las anécdotas de esta
clase que había oído se referían a personas que fueron asaltadas por un presentimiento
de su propia muerte. Esta mujer, sin embargo, habló de un hombre; y no era posible
suponer que un mero sueño le hubiese inducido a hablar de aquel próximo
fallecimiento en una forma tan terrible y con la seguridad con que se había expresado.
¿Sería acaso que el hombre tenía que ser asesinado a la mañana siguiente, y que la
mujer aquella, cómplice de él y ligada a él por un secreto, se arrepentía y, aunque
imposibilitada para impedir cualquier atentado contra la víctima, se había decidido a
prevenir su muerte, si era posible, haciendo intervenir a tiempo al médico? La idea de
que tales cosas ocurrieran a dos millas de la ciudad le parecía absurda. Ahora bien, su
primera impresión, esto es, de que la mente de la mujer se hallaba desordenada,
acudía otra vez a su imaginación; y como era el único modo de resolver el problema,
se aferró a la idea de que aquella mujer estaba loca. Ciertas dudas acerca de este
punto, no obstante, le asaltaron de vez en cuando, durante una pesada noche sin sueño,
en el transcurso de la cual, y a despecho de todos los esfuerzos, no pudo expulsar
de su imaginación perturbada aquel velo negro.
La parte más lejana de Walworth, aun hoy, es un sitio aislado y miserable. Pero
hace treinta y cinco años era casi en su totalidad un descampado, habitado por alguna
gente diseminada y de carácter dudoso, cuya pobreza les prohibía aspirar a un mejor
vecindario, o bien cuyas ocupaciones y maneras de vivir hacían esta soledad deseable.
Muchas de las casas que allí se construyeron no lo fueron sino en años posteriores; y
la mayoría de las que entonces existían, esparcidas aquí y allá, eran del más tosco y
miserable aspecto.
La apariencia de los lugares por donde el joven cirujano pasó a la mañana
siguiente, no era muy a propósito para levantar su ánimo o disipar la ansiedad o
depresión que le había despertado aquella singular visita. Saliendo del camino real,
tenía que cruzar por el yermo fangoso, por irregulares callejuelas, donde acá y allá
una ruinosa y desmantelada casa de campo se arruinaba en el abandono. Algún
infortunado árbol y algún hoyo de agua estancada, sucio de lodo por la fuerte lluvia de
la noche anterior, orillaban el camino de vez en cuando. Y a intervalos, un raquítico
jardín, con algunos tableros viejos sacados de alguna casa de verano, y una vieja
empalizada arreglada con estacas robadas de los setos vecinos, daban testimonio de la
pobreza de sus habitantes y de los escasos escrúpulos que tenían para apropiarse de lo
ajeno. En ocasiones, una mujer de aspecto enfermizo aparecía a la puerta de una sucia
casa, para vaciar el contenido de algún utensilio de cocina en la alcantarilla de enfrente,
o para gritarle a una muchacha en chancletas que había proyectado escaparse,
con paso vacilante, con un niño pálido, casi tan grande como ella. Pero apenas si se
movía nada por aquellos alrededores. Y todo el panorama, ofrecía un aspecto solitario
y tenebroso, de acuerdo con los objetos que hemos descrito.
Después de afanarse a través del barro y del lodo; de realizar varias pesquisas
acerca del lugar que se le había indicado, recibiendo otras tantas respuestas
contradictorias, el joven llegó al fin a la casa que se le había designado como final de
su misión. Era una casita baja, de aspecto desolado y poco prometedor. Una vieja
cortina amarilla ocultaba una puerta de cristales al final de unos peldaños, y los
postigos de la salita estaban entornados. La casa se hallaba separada de las demás y,
como estaba en un rincón de una corta callejuela, no se veía otra por los alrededores.
Si decimos que el cirujano dudaba y que anduvo unos pasos más allá de la casa
antes de dominarse y levantar el llamador de la puerta, no diremos nada que tenga que
provocar la sonrisa en el rostro del lector más audaz. La policía de Londres, por aquel
tiempo, era un cuerpo muy diferente del de hoy día; la situación aislada de los
suburbios, cuando la fiebre de la construcción y las mejoras urbanas no habían
empezado a unirlos al cuerpo de la ciudad y sus alrededores, convertían a varios de
ellos, y a este en particular, en un sitio de refugio para los individuos más depravados.
Aun las calles de la parte más alegre de Londres se hallaban entonces mal iluminadas.
Los lugares como el que describimos estaban enteramente abandonados a la luna y las
estrellas. Las probabilidades de descubrir a los personajes desesperados, o de seguirles
el rastro hasta sus madrigueras, eran así muy escasas y, por tanto, sus audacias crecían
proporcionalmente; y la conciencia de una impunidad relativa cada vez se hacía
mayor por la experiencia cotidiana. Añádanse a estas consideraciones, que hay que
tener presente, que el joven cirujano se había pasado algún tiempo en los hospitales de
Londres; 

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