Deus Irae

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En DEUS IRAE nos encontramos con la inesperada colaboración esporádica de dos autores, entre los que destaca ante todo su diversidad.Philip K. Dick ha hecho famoso su interés por cuestionar el sentido de la realidad. Roger Zelazny parece ser el polo contrario: mesurado en su estilo, poeta y filósofo, se ha interesado repetidas veces por lostemas de inspiración mitológica, donde aborda con facilidad los aspectos religiosos.

A la entrañable memoria de
Stanley G.Weinbaum, por haber
dado al mundo su relato
“Una odisea marciana”

 
 
1
 
 
 

La vaca con manchas negras tiraba del carrito con ruedas de bicicleta. Y en la puerta de la sacristía, el padre Handy, dando un
vistazo al sol de la mañana desde Wyoming hacia el norte, como si el sol viniera de esa dirección, vio al empleado de la
iglesia, el tronco sin miembros y con la cabeza llena de bultos, balanceándose como en un viaje fantástico, al ritmo de una
lenta giga, mientras la vaca Holstein chapoteaba en su avance.
Un mal día, pensó el padre Handy. Porque tenía que dar malas noticias a Tibor McMasters. Volviéndose, entró nuevamente en
la iglesia y se ocultó. Tibor, en su carro, no lo había visto, pues en ese momento era presa de náuseas y oscuros pensamientos;
siempre era así cuando el artista llegaba para comenzar su trabajo: estaba enfermo del estómago y cualquier olor, cualquier
imagen, aun la de su propia obra, lo hacía toser. Y el padre Handy se interrogaba sobre esto, el rechazo de las percepciones
sensoriales a primera hora del día, como si Tibor, pensó, no quisiera estar nuevamente vivo durante otro día.
El sacerdote disfrutaba del sol. El cálido olor de los tréboles, de las praderas de Charlottesville, Utah, que lo rodeaban. El
tintineo de las plaquetas de las vacas… olfateó el aire que llenaba su iglesia y, sin embargo… , no la imagen de Tibor, sino su
conciencia del sufrimiento del hombre sin miembros; eso le preocupaba.
Allí, detrás del altar, estaba la minúscula parte del trabajo ya terminada; cinco años necesitaría Tibor, pero el tiempo no
contaba en un tema de esta clase: eterno… no, eterno no, porque las cosas hechas por el hombre -pensó el padre Handy- están
condenadas…, pero durará mucho tiempo; estará aquí durante generaciones. Las otras personas sin brazos, sin piernas que
llegarían después, no se arrodillarían porque les faltaba el equipamiento fisiológico; eso era oficialmente aceptado.
-Muuuuu -mugió la vaca Holstein, mientras Tibor, por medio de su sistema extensor U.S. ICBM, tiraba de las riendas para
detenerla en el patio posterior de la iglesia, donde el padre Handy guardaba su «Cadillac» 1976, inmóvil y desprovisto de
neumáticos, dentro del cual unos pollitos pequeños y encantadores, con plumajes alegres, dorados, luminosos, porque eran
Bantam mexicanos, pasaban las noches, estropeándolo… , y sin embargo, ¿por qué no? El estiércol de hermosos pájaros que
vagabundeaban formando una pequeña bandada, conducidos por Herbert G., el gallo que hacía siglos se había lanzado a una
confrontación con todos sus rivales, había ganado y había vivido para ser seguido; un conductor de animales, pensó el padre
Handy, melancólicamente. Era una cualidad innata de Herbert G., que, ahora, hurgaba en el suculento jardín buscando bichos.
Mutantes especiales y gordos.
El sacerdote odiaba los bichos; había demasiadas variedades raras, que habían aparecido de un día para otro después de la
lluvia radiactiva… de modo que amaba a los predadores que se alimentaban de rastreros quitinosos, amaba a su rebaño -era
gracioso pensarlo- ¡de pájaros! No de hombres.
Pero los hombres llegaban, por los menos en el Día Sagrado, el martes, para diferenciarlo (a propósito) del arcaico Día Sagrado
cristiano, el domingo.
En el patio trasero, Tibor separó su carrito de la vaca. Luego, movido por la energía de las baterías, el carrito subió por su
rampa especial de tablones de madera y entró en la iglesia. El padre Handy lo oyó dentro del edificio: la llegada del hombre sin
miembros que, haciendo arcadas, luchaba por controlar su cuerpo abreviado, para poder retomar el trabajo donde lo había
dejado ayer, a la puesta del sol.
El padre Handy preguntó a Ely, su mujer:
-Tienes café caliente para él? Por favor.
-Sí -contestó ella, seca, respetuosa, pequeña y marchita, como si careciera de humedad propia; a él le disgustó la falta de
atractivo de su cuerpo mientras la miraba disponer una taza de Melmac y un platillo, no con amor, sino con la fría devoción de
la mujer de un sacerdote, por tanto, la sirvienta de un sacerdote.
-¡Hola! -llamó alegremente Tibor.
Siempre alegre, como profesionalmente, por encima de sus repetidas náuseas fisiológicas.
-Negro -dijo el padre Handy-. Caliente. Aquí mismo.
Se hizo a un lado, para que el carrito, que resultaba enorme dentro de un edificio, pudiera pasar por el corredor, y entrara en la
cocina de la iglesia.
-Buenos días, señora Handy -dijo Tibor.
Ely Handy dijo en tono polvoriento y sin mirar al hombre sin miembros:
-Buen día, Tibor. La pax sea contigo y con tu bendita chispa.
-¿Pax o viruelas? (Juego de palabras intraducible; en inglés viruelas se dice pox. (N. del T.))-preguntó Tibor, e hizo un guiño al
padre Handy.
No hubo respuesta; la mujer se ocupaba en fruslerías. El odio, pensó el padre Handy, puede adoptar formas maravillosas,
excesivamente atenuadas; súbitamente deseó que fuera directo, abierto, maduro y bien dirigido. No esta mera falta de gracia,
esta formalidad… La miró sacar la leche de la nevera.
Tibor comenzó la dificultosa tarea de beber café.
Primero tenía que detener su carrito. Colocó el freno. Luego separó el relé, controlado por solenoides, del circuito ambulatorio
y envió energía de la batería de helio líquido al circuito manual. Una limpia extensión tubular de aluminio se estiró y, en su
extremo, un mecanismo de presa de seis dedos metálicos, cada uno de los cuales estaba conectado por separado a los músculos
del hombro del hombre sin miembros, asió la taza vacía. Entonces, cuando Tibor vio que todavía estaba vacía, miro
inquisitivamente.
-Está en el fuego -dijo Ely, sonriendo significativamente.
De modo que hubo que quitar el freno del carrito. Tibor fue hasta la cocina, volvió a aplicar el freno del carrito por medio del
relé controlado por solenoides y envió su mecanismo de presa a levantar la cafetera. El extensor tubular de aluminio, parecido
a un brazo, levantó tediosamente la cafetera, con un movimiento casi parkinsoniano, hasta que, finalmente, Tibor se las
arregló, por medio de todos los elaborados componentes de conducción ICBM, para servir café en su taza.
El padre Handy dijo:
-No te acompaño porque tuve espasmos pilóricos anoche y al levantarme esta mañana. -Se sentía irritable, físicamente. Como
tú, pensó, tenso (aunque sea Completo), problemas con mi cuerpo esta mañana; con las glándulas y las hormonas. Encendió un
cigarrillo, el primero del día, saboreó el tabaco genuino y blando, exhaló y se sintió mucho mejor; un producto químico
controlaba el exceso de producción de oro y ahora se sentó a la mesa, mientras Tibor, que aún sonreía alegremente, bebía el
café recalentado sin quejarse.
Y sin embargo…
»A veces, el dolor físico es una precognición de cosas malignas que se acercan, pensó el padre Handy, y en tu caso, yes eso?
Sabes qué es lo que voy a decirte -lo que debo decirte- hoy? No hay elección, y por tanto soy yo, sólo un hombre-gusano a
quien se le dice y que, los martes, dice, pero eso es sólo un día y sólo una hora de ese día.
-Tibor -dijo-, wie geht es Heute?
-Es geht mir gut -respondió instantáneamente Tibor.
Ambos amaban su recuerdo y su uso del alemán. Significaba Goethe y Heine y Schiller y Kafka y Falada;ambos hombres,
juntos, vivían para esto y de esto. Ahora, como el trabajo vendría pronto, era un ritual que rozaba lo sagrado, un recuerdo de
las horas posteriores a la puesta del sol, cuando era imposible pintar y sólo podían -tenían que- hablar. En la semioscuridad de
los faroles de petróleo y la luz del hogar, que era una mala fuente de luz, demasiado irregular, por lo que Tibor se había
quejado, en su estilo discreto, de fatiga visual. Y eso era un presagio terrible porque en ningún lugar de la zona Wyoming-Utah
había un tallador de lentes; ningún trabajo de refracción de cristales había sido posible últimamente, al menos por lo que sabía
el padre Handy.
Se requeriría una Pere para que Tibor obtuviera gafas si era necesario, y se resistía a eso, porque con mucha frecuencia el
empleado de la iglesia a quien se intimidaba para que emprendiera una Pere, partía y no retornaba nunca. Y ni siquiera se
enteraba de las razones; más allá, ¿las cosas eran mejores o peores? Podría ser-lo había decidido a partir de las declaraciones
de las noticias radiales de las seis de la tarde-que fueran las dos cosas; dependía del lugar.
Y el mundo, ahora, era muchos lugares. Las conexiones habían sido destruidas. Las conexiones que habían hecho posible la
antiguamente castigada «uniformidad».
-«Tú entiendes» -entonó el padre Handy, en un sonsonete, citando Ruddigore. E inmediatamente Tibor dejó de beber su café.
-«Creo que sí» -entonó a su vez, terminando la cita-. «Ese deber, el deber ha de ser cumplido» -dijo entonces. La taza de café
fue apoyada, un elaborado rechazo que requirió el uso de muchos cables y conductos que se abrieron y se cerraron.
-La regla -dijo el padre Handy- se aplica a todos.
Como hablando consigo mismo, con verdadera amargura, Tibor dijo:
-Para eludir la tarea. -Volvió la cabeza, lamió rápidamente con su experta lengua y contempló al sacerdote estudiándole
profunda y largamente-. ¿Qué pasa?
Pasa, pensó el padre Handy, el hecho de que estoy encadenado; soy parte de una red que fustiga y se estremece con toda la
cadena, que es sacudida desde arriba. Y creemos-como tú sabes- que el movimiento definitivo proviene de Ese Otro Sitio, del
que recibimos suaves efluvios, datos que nos esforzamos honestamente por entender y cumplir porque creemos – sabemos- que
lo que quiere no solamente es fuerte, sino correcto.
-No somos esclavos -dijo en voz alta-. Después de todo, somos servidores. Podemos desistir. Tú puedes. Y hasta yo, si creyera
que es lo correcto.
Pero nunca lo haría; lo había decidido hace mucho y había prestado un juramento secreto.
-¿Quién te hace hacer tu trabajo aquí? -preguntó entonces.
-Bueno, usted me paga -dijo Tibor cautelosamente.
-Pero no te obligo.
-Tengo que comer. Eso me obliga.
El padre Handy dijo:
-Puedes hallar muchos trabajos, en cualquier sitio. Podrías estar trabajando en cualquier parte. Pese a tu… hándicap.
-El Amén de Dresde -dijo Tibor.
-¿Eh? Qué? -No comprendía.
-Alguna vez, cuando conecte el generador con el órgano eléctrico, lo tocaré para que lo oiga; lo reconocerá. El Amén de
Dresde se levanta muy alto. Señala hacia Arriba. Hacia el lugar donde le dan órdenes a usted.
-Oh, no -protestó el padre Handy.
-Oh, sí -replicó Tibor sarcásticamente, y su cara apretada empalideció a causa de su emoción reprimida, su convicción-.
Aunque sea «bueno», un poder benigno. Aun así le obliga a hacer cosas. Dígame sólo esto: ¿tengo que borrar algo que ya haya
hecho? ¿O tiene que ver con el conjunto del mural?
-Con la composición definitiva; lo que has hecho es excelente. Las diapositivas en colores de treinta y cinco milímetros que
enviamos… quedaron encantados, los que las vieron, los Antanos de la Iglesia, sabes.
Reflexionando, Tibor dijo:
-Es extraño. Puedes obtener película de color y revelarla. Pero no puedes comprar un periódico.
-Bueno, están las noticias de las seis en la radio -señaló el padre Handy-. Desde Salt Lake City.
Aguardó, esperanzado. No hubo respuesta. El hombre sin miembros bebió silenciosamente el café.
-¿Sabes -preguntó el padre Handy- cuál es la palabra más antigua que hay en el idioma inglés?
-No -contestó Tibor.
-Might (Migth, en inglés: poder, poderío, fuerza. (N.. del T.))-dijo el padre Handy- en el sentido de ser poderoso. En alemán es
Macht. Pero es más antigua aún que el teutónico; se remonta hasta los hititas.
-Hum.
-La palabra hitita mekkis. «Poder.»-Nuevamente, aguardó esperanzado-. «¿No estuviste charlando? ¿No es eso cosa de
mujeres?»
Estaba citando La flauta mágica, de Mozart.
-«La acción es cosa de hombres» -terminó.
-Usted es el que está charlando -dijo Tibor.
-Y tú -dijo el padre Handy- debes actuar. Tenía algo que decirte.
Reflexionó.
-Oh, sí, las ovejas. -Tenía, detrás de la iglesia, en una pradera de seis acres, seis ovejas-. Ayer a última hora, recibí un carnero
de Theodore Benton. En préstamo, para criar. Benton lo dejó; yo no estaba. Es un carnero viejo; tiene el hocico gris.
-Hum.
-Vino un perro y trató de hacer huir al rebaño; era esa especie de setter irlandés rojo de los Yeats. ¿Sabes?, casi todos los días
hace correr a mis ovejas.
Interesado, el hombre sin miembros volvió la cabeza.
-¿Acaso el carnero…?
-Cinco veces, el perro se acercó al rebaño. Cinco veces, moviéndose lentamente, el carnero anduvo hacia el perro, dejando
atrás el rebaño. El perro, por supuesto, se detuvo y se quedó quieto cuando vio que el carnero iba hacia él, de modo que el
carnero se detuvo y fingió; pacía. -El padre Handy sonrió al recordar-. Qué inteligente era el viejo carnero; lo vi paciendo, pero
estaba vigilando al perro. El perro gruñó y ladró y el viejo carnero siguió paciendo. Y luego, nuevamente, el perro se acercó.
Pero esta vez el perro corría y brincó más allá del carnero; se colocó entre el carnero y el rebaño.
-Y el rebaño huyó.
-Sí. Y el perro… sabes cómo hacen, cómo aprenden a hacer… separó a una oveja, para darle caza; entonces matan a la oveja, o
la inutilizan, la cogen por la barriga. -Guardó silencio-. Y el carnero era demasiado viejo. No podía correr y alcanzarlo. Se
volvió y vigiló la escena.
Ambos hombres, juntos, guardaron silencio.
-¿Podrá pensar? -preguntó Tibor-, Quiero decir, el carnero.
-Sé lo que yo pensé -dijo el padre Handy-. Fui a buscar el revólver. Para matar al perro. Tuve que hacerlo.
-Si fuera yo -dijo Tibor-, si yo fuese ese carnero y viera eso, si viera que el perro pasa junto a mí haciendo huir al rebaño y lo
único que pudiese hacer fuera vigilar…
Vaciló.
-Desearías estar muerto -concluyó por él el padre Handy.
-Sí.
-De modo que la muerte, como enseñamos a los Siervos de la Ira… enseñamos que es una solución. No un adversario, como
enseñaban los cristianos, como decía Pablo. Recordarás su texto: «Muerte, ¿dónde está tu aguijón? Tumba, ¿dónde está tu
victoria?» ¿Entiendes lo que quiero decir?
Tibor dijo lentamente:
-Si no puedes hacer tu trabajo, es mejor que mueras. ¿Cuál es el trabajo que tengo que hacer?
En tu mural, pensó el padre Handy, debes crear Su rostro.
-Él -dijo-. Y cómo Él es realmente.
Después de una pausa llena de perplejidad, Tibor dijo:
-¿Quiere decir Su apariencia física exacta?
-Y no una interpretación subjetiva -confirmó el padre Handy.
-¿Tiene fotografías? ¿Datos de vídeo?
-Me han proporcionado algunos. Para que te los enseñe.
Mirándolo con fijeza, Tibor dijo:
-¿Quiere decir que tiene una foto del Deus Irae?
-Tengo una foto en colores con profundidad, lo que antes de la guerra llamaban 3-D. No está animada, pero creo que será
suficiente.
-Veámosla. -El tono de Tibor era complejo, una mezcla de asombro y miedo y la hostilidad de un artista turbado, incómodo.
Entrando en su despacho interior, el padre Handy cogió el pliego de papel manita, volvió con él, lo abrió, sacó la foto en
colores y 3-D del Dios de la Ira y se la tendió. El extensor manual derecho de Tibor la cogió.
-Ese es el Dios -dijo el padre Handy.
-Sí; se nota -Tibor asintió-. Esas cejas negras, esos cabellos negros enredados, los ojos… Veo dolor, pero está sonriendo.
Abruptamente, su extensor devolvió la foto.
-No puedo pintarlo partiendo de eso.
-¿Por qué no?
Pero el padre Handy sabía por qué no. La foto no había captado la condición divina; era la foto de un hombre. La condición
divina… no podía ser registrada por celuloide con una capa de nitrato de plata. Dijo:
-Estaba, en el momento en que se tomó esta foto, en un luau, en Hawai. Comiendo hojas tiernas de taro con pollo y pulpo.
Divirtiéndose. ¿Ves la gula, la sensualidad, creando una expresión poco natural? Estaba descansando, un domingo por la tarde,
antes de decir un discurso a los profesores de alguna universidad. He olvidado cuál. En los días felices, en los años setenta.
-Si no puedo hacer mi trabajo -dijo Tibor- es por culpa suya.
-Un pobre trabajador siempre culpa a…
-Usted no es una caja de herramientas. -Los dos extensores manuales golpearon el carrito-. Mis herramientas están aquí. No las
culpo; las uso. Pero usted… usted es mi patrón y me está diciendo qué debo hacer, pero ¿cómo puedo hacerlo con esa única
foto en colores? Dígame…
-Una Pere. Los Antanos de la Iglesia dicen que si la fotografía no es adecuada -y no lo es, lo sabemos todos nosotros-, entonces
debes emprender una Pere, hasta que encuentres al Deus Irae, y han enviado documentos que tienen que ver con eso.
Parpadeando a causa de la sorpresa, Tibor contuvo el aliento y luego protestó:
-Pero…, mi metabatería. ¿Y si se estropea?
-De modo que culpas a tus herramientas -dijo el padre Handy.
Su voz estaba cuidadosamente controlada y resonaba sin estridencias.
Desde la cocina, Ely dijo:
-Despídelo.
El padre Handy le respondió:
-No despido a nadie. (En inglés to fire(echar, despedir) y fire(fuego) tienen la misma ortografía. (N.. del T.)) Un juego de
palabras: fuego, el infierno, los cristianos.
Nosotros no tenemos eso -le recordó.
Y luego dijo a Tibor el Gran Poema de todos los mundos, ese que los hombres simultáneamente entendían y no captaban, que
no podían, como Papagano con su red, apresar. Lo recitó en voz alta, como un vínculo que los unía en lo que ellos, los
cristianos, llamaban ágape, amor. Pero esto era más elevado que aquello: esto era amor y hombría y belleza, los tres. Una
nueva trinidad.
Ich sih die liehte heide
in gruner varwe star.
Dar süln wir alíe gehen
die sumerzit enpahen.
Después que dijo eso, Tibor asintió, cogió su taza de café, ese movimiento, ese problema difícil y elaborado; bebió. La
habitación quedó en silencio.
Afuera, la vaca que tiraba del carrito de Tibor mugió roncamente y cambió de postura; quizá, pensó el padre Handy, está
buscando, deseando comida. Ella necesita comida para su cuerpo, nosotros para nuestra mente. O todos morimos. Nosotros
necesitamos el mural; él necesita recorrer casi dos mil kilómetros, y si su vaca muere o su batería se descarga, entonces
expiraremos con él: no está sólo en esta muerte.
Se preguntó si Tibor sabría eso. Si saberlo sería útil. Probablemente no. De modo que no lo dijo; en este mundo nada era útil.

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