Blood Money

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Esta novela de ciencia ficción comienza así: 

 Temprano en aquella brillante mañana dorada por el sol, Stuart McConchie barría la
acera frente a la Modern TV, Ventas y Reparaciones, escuchando los coches que
recorrían la avenida Shattuck y las secretarias apresurándose sobre sus altos tacones hacia sus oficinas, todos los movimientos y delicados olores de una nueva semana, una nueva época en la que un buen vendedor podía hacer grandes cosas.

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 I

Temprano en aquella brillante mañana dorada por el sol, Stuart McConchie barría la
acera frente a la Modern TV, Ventas y Reparaciones, escuchando los coches que
recorrían la avenida Shattuck y las secretarias apresurándose sobre sus altos tacones
hacia sus oficinas, todos los movimientos y delicados olores de una nueva semana, una
nueva época en la que un buen vendedor podía hacer grandes cosas. Pensó en el bollo
caliente y el café que se tomaría en su segundo desayuno, a las diez aproximadamente.
Pensó en los clientes a los que había convencido para que volvieran a formalizar la venta,
quizá todos ellos hoy, su talonario de ventas rebosante como aquella copa de la Biblia.
Mientras barría, tarareaba una canción del nuevo álbum de Buddy Greco, y pensó en lo
que sentiría uno sabiéndose famoso, un gran cantante conocido en todo el mundo y la
gente pagando para verle en lugares tales como Harrah's en Reno o los carísimos clubs
de Las Vegas que no había visto nunca pero de los que había oído hablar muchas veces.
Tenía veintiséis años y a menudo conducía, ya tarde algunos viernes por la noche, por
la autopista de diez carriles que va de Berkeley a Sacramento y a través de las Sierras
hasta Reno, donde uno puede jugar y encontrar chicas; trabajaba para Jim Fergesson, el
propietario de la Modern TV, a sueldo y comisión, y como era un buen vendedor se
ganaba bien la vida. Y de todos modos estaban en 1981 y los negocios no iban mal. Otro
buen año que empezaba bien, con América haciéndose más grande y más fuerte y todo el
mundo prosperando.
—Buenos días, Stuart. —Con una inclinación de cabeza, el señor Crody, un hombre de
mediana edad, propietario de la joyería del otro lado de la avenida Shattuck, pasó por su
lado camino de su pequeña tienda.
Todas las tiendas, las oficinas, estaban abriendo ya; eran las nueve pasadas, e incluso
el doctor Stockstill, el psiquiatra y especialista en desórdenes psicosomáticos, apareció,
llave en mano, para iniciar su bien pagado trabajo en el consultorio que tenía alquilado en
el edificio de cristal que había edificado con parte de sus excedentes financieros la
compañía de seguros. El doctor Stockstill había estacionado su coche de importación en
el aparcamiento; podía permitirse el lujo de pagar cinco dólares al día. Y entonces llegó su
espectacular secretaria, alta y de bien torneadas piernas, pasándole una cabeza a su jefe.
Y, si, mientras Stuart observaba, apoyado en el mango de su escoba, el furtivo primer
loco del día estaba ya deslizándose con aire culpable hacia la consulta del psiquiatra.
Este es un mundo de locos, pensó Stuart, observando. Por eso los psiquiatras se
llenan los bolsillos. Si yo tuviera que ir a un psiquiatra, entraría y saldría por la puerta de
atrás. Nadie me vería para reírse de mí. Quizás algunos de ellos lo hagan, pensó; quizá
Stockstill tenga una puerta de atrás. Quizá para los más responsables, o mejor (se
corrigió) para aquellos que no quieren darse al espectáculo; quiero decir los que
simplemente tienen un problema, por ejemplo esos que se preocupan por la acción
policial en Cuba y que no están exactamente locos, sino tan sólo inquietos.
Y él mismo se sentía inquieto, ya que todavía era posible que lo llamaran a
movilización para la guerra con Cuba, que de nuevo se había estabilizado en las
montañas, pese a las nuevas y pequeñas bombas antipersonal que localizaban a los
asquerosos mugrientos amarillos por muy hondo que se ocultaran. No le reprochaba nada
al Presidente. No era culpa del Presidente el que los chinos hubieran decidido respetar su
pacto. Era tan sólo que difícilmente regresaba uno a casa después de luchar contra los
asquerosos mugrientos amarillos sin haber pillado una infección vírica hasta los huesos.
Un combatiente veterano de treinta años regresaba con el aspecto de una momia reseca
que hubiera sido dejada fuera de su pirámide durante todo un siglo… y a Stuart
McConchie le costaba imaginarse a sí mismo vendiendo de nuevo televisores estéreo en
esas condiciones, reemprendiendo su carrera de vendedor al detall.
—Buenos días, Stu —dijo una voz femenina, sobresaltándolo. La pequeña vendedora
de la tienda de dulces de Edy y sus oscuros ojos—. ¿Ya soñando tan pronto por la
mañana? —Sonrió mientras pasaba por la acera a su lado.
—Infiernos, no —dijo él, barriendo de nuevo vigorosamente.
Al otro lado de la calle el furtivo paciente del doctor Stockstill, un hombre de aspecto
sombrío, cabello y ojos negros, tez pálida, envuelto prietamente en un gran abrigo color
noche profunda, hizo una pausa para encender un cigarrillo y mirar a su alrededor. Stuart
vio las hundidas facciones, los ojos intensos, y la boca, sobre todo la boca. Estaba
crispada y sin embargo la carne colgaba blanda, como si la presión, la tensión hubiera
roído allí desde hacía tiempo los dientes y la mandíbula; la tensión era aun visible en
aquel rostro infeliz, y Stuart desvió la mirada.
¿Es así como se ve?, pensó. ¿El estar loco? Corroído de ese modo, como devorado
por… no sabía decir por qué. El tiempo o quizás el agua; algo lento pero que nunca se
detenía. Había visto aquel mismo deterioro antes, observando el ir y venir de los
pacientes del psiquiatra, pero nunca tan profundo, nunca tan completo.
El teléfono sonó en el interior de la Modern TV, y Stuart se apresuró hacia allí. Cuando
miró de nuevo hacia la calle el hombre vestido de negro había desaparecido, y el día
había recuperado de nuevo su brillantez, su promesa y su aroma de belleza. Stuart se
estremeció al tomar de nuevo su escoba.
Conozco a ese hombre, se dijo. He visto su foto o ha venido a la tienda. O es un
cliente, uno antiguo, quizás incluso un amigo de Fergesson, o es una celebridad
importante.
Pensativo, siguió barriendo.
El doctor Stockstill dijo a su nuevo paciente:
—¿Una taza de café? ¿Té, una cola? —Leyó la fichita que la señorita Purcell había
dejado sobre su escritorio—. Señor Tree —dijo en voz alta—. ¿Ninguna relación con la
famosa familia inglesa de literatos? Iris Tree, Max Beerbohnt…
Con voz dotada de un marcado acento, el señor Tree dijo:
—Este no es mi nombre auténtico, ¿sabe? —Parecía irritable e impaciente—. Se me
ha ocurrido mientras hablaba con su empleada.
El doctor Stockstill miró interrogativamente a su paciente.
—Soy mundialmente famoso —dijo el señor Tree—. Estoy sorprendido de que usted no
me reconozca; debe estar siempre recluido o algo así. —Pasó una temblorosa mano por
sus largos cabellos negros—. Hay miles, quizá millones de personas en todo el mundo
que me odian y que desearían destruirme. Así que naturalmente he de tomar medidas;
me veo obligado a darle un nombre falso. —Carraspeó y chupó rápidamente su cigarrillo;
sujetaba el cigarrillo al estilo europeo, con el extremo prendido envuelto en el cuenco de
su mano, casi tocando la palma.
Oh Dios mío, pensó el doctor Stockstill. Reconozco a este hombre. Es Bruno Bluthgeld,
el físico. Y está en lo cierto; hay un montón de personas tanto aquí como en el Este que
desearían echarle la mano encima a causa de su error de cálculo allá por 1972. A causa
de la terrible caída de partículas procedentes de aquella explosión a gran altitud que se
suponía no iba a dañar a nadie; las cifras de Bluthgeld lo probaron por anticipado.
—¿Así que desea que sepa quién es usted? —preguntó el doctor Stockstill—. ¿O
prefiere que lo acepte simplemente como «el señor Tree»? A mí me es indiferente;
cualquiera de las dos formas me sirve.
—Sigamos simplemente como hemos empezado —rechinó el señor Tree.
—De acuerdo —el doctor Stockstill se acomodó confortablemente y su pluma rasgueó
sobre el papel de su bloc de notas—. Adelante.
—La imposibilidad de subir a un autobús normal, ya sabe, con quizás una docena de
personas desconocidas para uno, ¿significa algo? —el señor Tree le observó
intensamente.
—Es posible —dijo Stockstill.
—Tengo la impresión de que todos me están mirando.
—¿Por alguna razón particular?
—Debido —dijo el señor Tree —a lo desfigurado de mi rostro.
Sin ningún movimiento aparente, el doctor Stockstill consiguió levantar la vista y
escrutar a su paciente. Vio a un hombre de mediana edad, más bien gordo, de cabello
negro, con una barba rala asomando su negrura sobre una piel anormalmente blanca. Vio
círculos de fatiga y tensión bajo los ojos del hombre, y la expresión de sus ojos, la
desesperación. El físico tenía una piel enferma y necesitaba un corte de pelo, y todo su
rostro reflejaba su preocupación interna… pero no había nada «desfigurado». Excepto el
visible estado de tensión, era un rostro de lo más común; en medio de un grupo no
hubiera despertado la menor atención.
—¿Ve usted las manchas? —dijo el señor Tree con voz ronca. Señaló sus mejillas, su
mentón—. ¿Los horribles estigmas que me aíslan de todos los demás?
—No —dijo Stockstill, aceptando el riesgo y hablando francamente.
—Están aquí —dijo el señor Tree—. Están dentro de la piel, por supuesto. Pero la
gente las ve, y me mira. No puedo tomar el autobús ni ir al restaurante ni al teatro; no
puedo ir a la ópera de San Francisco ni al ballet ni a un concierto sinfónico ni siquiera a un
club nocturno para ir a escuchar a uno de esos cantantes de folk; si consigo penetrar en
uno de ellos, debo irme casi inmediatamente a causa de las miradas. Y de las
observaciones.
—Cuénteme qué dicen.
El señor Tree permaneció en silencio.
—Como usted mismo ha dicho —dijo Stockstill—, es mundialmente famoso… ¿y no es
natural que la gente murmure cuando algún personaje mundialmente famoso viene y se
sienta cerca de ella? ¿No ha sido así durante años? Y su trabajo ha sido controvertido,
como usted mismo ha señalado… hostilidad y tal vez algunas observaciones
desagradables. Pero alguien conocido…
—No es eso —interrumpió el señor Tree—. Espero eso; escribo artículos y aparezco en
la televisión, y espero eso; lo sé. Pero esto… tiene que ver con mi vida privada. Mis más
íntimos pensamientos. —Miró fijamente a Stockstill y dijo—: Leen mis pensamientos y
hablan de mi vida privada, de mis cosas personales, con todo detalle. Tienen acceso a mi
cerebro.
Paranoia sensitiva, pensó Stockstill; así que por supuesto habría que realizar algunos
tests… el Rorschach en particular. Podía tratarse de una insidiosa esquizofrenia
avanzada; podían ser los estadios finales de un proceso congénito de enfermedad. O…
—Algunas personas pueden ver las manchas en mi rostro y leer mis pensamientos
personales más claramente que otras —dijo el señor Tree—. He observado todo un
espectro de habilidades… algunos apenas se dan cuenta, otros parecen tener un
instantáneo gestalt de mis diferencias, de mis estigmas. Por ejemplo, mientras avanzaba
por la acera hacia su consulta, había un negro barriendo al otro lado… ha dejado de
trabajar y se ha concentrado en mí, pero naturalmente estaba demasiado lejos para
burlarse de mí. De todos modos, ha visto. Es típico de las personas de clase baja. Lo he
observado. En mayor proporción que la gente educada o culta.
—Me pregunto por qué ocurre esto —dijo Stockstill, tomando notas.
—Presumiblemente lo sabría si fuera usted competente. La mujer que me lo
recomendó me dijo que era usted excepcionalmente capaz. —El señor Tree se le quedó
mirando, como si no viera en absoluto ninguna señal de capacidad.
—Creo que será mejor que me proporcione algunos datos sobre usted —dijo
Stockstill—. Veo que ha sido Bonny Keller quien le recomendó que acudiera a mí. ¿Cómo
está Bonny? No la he visto desde el pasado abril o así… ¿ha abandonado su marido
aquel trabajo en el parvulario rural como decía?
—No he venido aquí para hablar de George y Bonny Keller —dijo el señor Tree—. Me
siento terriblemente apremiado, doctor. En cualquier momento pueden decidir completar
su obra de destrucción conmigo; hace tiempo que me acosan que… —Cambió de tema—.
Bonny cree que estoy enfermo, y siento un gran respeto hacia ella. —Su tono era bajo,
casi inaudible—. Así que me he dicho ve allí, al menos una vez.
—¿Siguen viviendo los Keller en West Marin?
El señor Tree asintió.
—Tengo una casa de verano allí —dijo Stockstill—. Soy un apasionado de la vela; voy
a la bahía Tomales cada vez que puedo. ¿Ha intentado usted practicar alguna vez la
vela?
—No.
—Dígame dónde nació y cuándo.
—En Budapest, en el 1934 —dijo el señor Tree.
El doctor Stockstill, con un hábil interrogatorio, empezó a obtener con detalle la historia
de la vida de su paciente, hecho por hecho. Era esencial para lo que tenía que hacer:
primero diagnóstico y luego, si era posible, tratamiento. Análisis y luego terapia. Un
hombre conocido por todo el mundo que sufría alucinaciones de que los extraños lo
miraban… ¿cómo, en un caso así, podía separarse la realidad de la fantasía? ¿Qué
referencias tomar para distinguir la una de la otra?
Seria tan fácil, pensó Stockstill, diagnosticar allí un caso patológico. Tan fácil… y tan
tentador. Un hombre tan odiado… Yo mismo comparto su opinión, se dijo, la de aquellos
de quienes me está hablando Bluthgeld… o más bien Tree. Después de todo, yo también
formo parte de la sociedad, parte de la civilización amenazada por los grandiosos,
extravagantes errores de cálculo de este hombre. Podría ocurrir, quizás algún día ocurra,
que fueran mis hijos quienes sufrieran las quemaduras porque este hombre haya tenido la
arrogancia de asumir que él no podía equivocarse.
Pero aún había algo más. En su tiempo, Stockstill había observado una cualidad
retorcida en aquel hombre; lo había observado mientras era entrevistado por la televisión,
lo había escuchado hablar, había leído sus fantásticos discursos anticomunistas… y
llegado a la tentadora conclusión de que Bluthgeld sentía un profundo odio hacia la gente,
lo suficientemente profundo y penetrante como para empujarle, a alguno de sus niveles
inconscientes, a cometer un error, a desear poner en peligro la vida de millones de seres.
No era de extrañar que el director del FBI, Richard Nixon, hubiera hablado tan
vigorosamente acerca de «los militantes anticomunistas aficionados en los altos círculos
científicos». Nixon también se había alarmado mucho antes del trágico error de 1972. Los
elementos paranoicos, con las ilusiones no sólo mesiánicas sino también
megalomaníacas, habían sido palpables; Nixon, un experto conocedor de hombres, los
había observado, y con él muchas otras personas.
Y evidentemente habían estado en lo cierto.
—Vine a América —estaba diciendo el señor Tree— a fin de escapar de los agentes
comunistas que deseaban asesinarme. Estaban detrás de mí… como lo estaban también
los nazis, por supuesto. Todos estaban detrás de mí.
Entiendo —dijo Stockstill, sin dejar de escribir.
Todavía lo están, pero en última instancia van a fracasar —dijo el señor Tree
roncamente, encendiendo un nuevo cigarrillo—. Porque tengo a Dios de mi lado; ve mis
necesidades, y a menudo me ha hablado, dándome la sabiduría necesaria para sobrevivir
a mis perseguidores. Actualmente estoy trabajando en un nuevo proyecto, en Livermore;
los resultados van a ser definitivos en lo que concierne a nuestro enemigo.
Nuestro enemigo, pensó Stockstill. ¿Quién es nuestro enemigo… sino usted mismo,
señor Tree? ¿No es usted quien está sentado aquí, derramándome sus ilusiones
paranoides? ¿Cómo consiguió alguna vez ocupar el alto puesto que llegó a ocupar?
¿Quién es el responsable de haberle dado a usted poder sobre la vida de los demás… y
de haber permitido que siguiera conservando ese poder incluso después del fracaso de
1972? Usted —y ellos— son seguramente nuestros enemigos.
Todos nuestros temores sobre usted resultan confirmados; está usted trastornado, su
presencia aquí lo prueba. ¿Lo prueba? pensó Stockstill. No, no lo prueba, y quizá deba
retirarme; quizá no sea ético que intente ocuparme de usted. Considerando cuales son
mis sentimientos… no sabría tomar una posición imparcial, desinteresada, con respecto a
usted; no puedo permanecer genuinamente científico, y consecuentemente mi diagnóstico
podría demostrarse erróneo.
—¿Por qué me está mirando usted así? —estaba diciendo el señor Tree.
—¿Perdón? —murmuró Stockstill.
—¿Se siente usted repelido por mis desfiguraciones? —dijo el señor Tree.
—No… no —dijo Stockstill—. No es eso.
—¿Mis pensamientos, entonces? ¿Está usted leyéndolos y su carácter repugnante
hace que desee que no hubiera entrado en su consulta? —Poniéndose en pie, el señor
Tree se dirigió bruscamente hacia la puerta—. Buenos días.
—Espere —Stockstill le siguió—. Terminemos al menos los datos biográficos; apenas
hemos empezado.
—Tengo confianza en Bonny Keller —dijo el señor Tree tras una pausa, mirándole
fijamente—; conozco sus opiniones políticas… no forma parte de la conspiración de la
internacional comunista que intenta matarme a la primera oportunidad. —Volvió a
sentarse, algo más tranquilo ahora. Pero su postura era de alerta; no se iba a permitir el
relajarse ni un instante en presencia de Stockstill, se dio cuenta el psiquiatra. No se
abriría, no se revelaría sinceramente tal como era. Continuaría mostrándose suspicaz… y
quizá no estuviera equivocado, pensó Stockstill.
Mientras estacionaba su coche, Jim Fergesson, el propietario de la Modern TV, vio a su
vendedor Stuart McConchie apoyado en su escoba frente a la tienda, no barriendo sino
simplemente montando castillos en el aire o cualquier otra cosa semejante. Siguió la
mirada de McConchie, y constató que el vendedor no estaba gozando de la vista de
alguna chica que pasaba o de algún coche de modelo raro —a Stu le gustaban las chicas
y los coches, y era normal— sino que observaba en dirección a los pacientes que
entraban en la consulta del doctor al otro lado de la calle. Aquello no era normal. ¿Qué
interés podía tener McConchie en aquello?
—Mira —dijo Fergesson mientras andaba rápidamente hacia la entrada de su tienda—,
deja esto; algún día quizá seas tú el enfermo, y entonces ¿te gustaría que algún estúpido
se te quedara mirando así mientras tú acudes a pedirle ayuda al médico?
—Hey —respondió Stuart, girando la cabeza—, tan sólo estaba mirando a un tipo
importante que acaba de entrar y que no consigo acordarme de quién es.
—Sólo un neurótico espía a los otros neuróticos —dijo Fergesson, y penetró en la
tienda, abriendo la caja registradora y llenándola de cambio para el día.
De cualquier modo, pensó Fergesson, espera a ver a quien he contratado como
reparador de televisión; entonces vas a tener realmente a quien mirar.
Escucha, McConchie —dijo Fergesson—. ¿Sabes ese chico sin brazos ni piernas que
va en ese carrito? ¿Ese focomelo que tiene tan sólo diminutos muñones como aletas de
foca porque su madre tomó aquella droga en los años sesenta? ¿Ese que siempre está
merodeando por aquí porque desea ser reparador de televisión?
Stuart, sujetando su escoba, dijo:
—Lo ha contratado.
—Ajá. Ayer, mientras tú estabas fuera, vendiendo.
Tras una pausa, McConchie dijo:
—Es malo para el negocio.
—¿Por qué? Nadie lo verá; va a estar abajo, en el departamento de reparaciones. Y de
todos modos hay que darles trabajo a esa clase de personas; no es culpa suya que no
tenga ni brazos ni piernas, es culpa de esos alemanes.
Tras otra pausa, Stuart McConchie dijo:
—Primero me contrata usted a mí, a un negro, y ahora a un foco. No soy nadie para
decirlo, señor Fergesson, pero creo que está intentando organizarla.
Sintiendo la erupción de la rabia, Fergesson dijo:
—Yo no intento nada, yo hago; no monto castillos en el aire, como tú. Soy un hombre
que toma sus decisiones y actúa. —Fue a abrir la caja fuerte—. Su nombre es Hoppy.
Vendrá esta mañana. Tendrías que verle manejar el material con sus manos electrónicas;
es una maravilla de la ciencia moderna.
—Ya lo he visto —dijo Stuart.
—Y te molesta.
Stuart hizo un gesto.
—Es… antinatural.
Fergesson se le quedó mirando.
—Escucha, no digas nada en esos términos al chico; si te pillo a ti o a cualquier otro de
los vendedores o a quien sea que trabaje para mí…
—De acuerdo —murmuró Stuart.
—Estás aburrido —dijo Fergesson—, y el aburrimiento es una consecuencia de que no
te empleas a fondo; holgazaneas, y en horas de trabajo. Si trabajaras duro no tendrías
tiempo de apoyarte en esa escoba y burlarte a espaldas de la pobre gente que va a ver al
doctor. Te prohíbo desde ahora que estés fuera, en la acera; si te descubro allí te
despido.
—Oh, Cristo, ¿cómo se supone entonces que iré a los sitios y a comer? ¿Y cómo
entraré en la tienda, en primer lugar? ¿A través de la pared?
—Puedes ir y venir —decidió Fergesson—, pero no haraganear.
Con una dolida mirada, Stuart McConchie protestó:
—¡Oh, mierda!
Fergesson ya no prestaba atención a su vendedor; estaba preparando los expositores y
los carteles publicitarios para la jornada.

II

El focomelo Hoppy Harrington llegaba generalmente en su carrito a la Modern TV
Ventas y Reparaciones hacia las once cada mañana. Generalmente se deslizaba dentro
de la tienda, se detenía frente al mostrador y, si Jim Fergesson estaba por allí, le pedía
que le dejara bajar para ver como trabajaban los dos reparadores de televisión. Sin
embargo, si Fergesson no estaba por allí, se iba casi en seguida, ya que sabía que los
vendedores no le dejarían bajar; simplemente se reirían de él haciéndole falsas promesas.
No le importaba. O al menos eso era lo que podía decir Stuart McConchie: no le
importaba.
Pero, de hecho, Stuart se dio cuenta de que no comprendía a Hoppy, con su rostro
afilado de ojos brillantes y su rápida y nerviosa manera de hablar que a menudo se
convertía en un tartamudeo. No lo comprendía psicológicamente. ¿Por qué deseaba
Hoppy reparar televisores? ¿Qué había de interesante en ello? La forma en que
merodeaba el foco le hacía pensar a uno que era el mejor de los oficios. Y en cambio el
trabajo de reparador era duro, sucio, y no estaba demasiado bien pagado. Pero Hoppy
estaba apasionadamente determinado a convertirse en un reparador de televisión, y
ahora lo había conseguido, puesto que Fergesson estaba obcecado en hacer lo correcto
con todos los grupos minoritarios del mundo. Fergesson era miembro de la Unión
Americana para las Libertades Civiles, de la Asociación Nacional para el Progreso de la
Gente de Color y de la Liga de Ayuda a los Disminuidos… aunque esta última, por lo que
sabía Stuart, no era más que un grupo político a escala internacional creado para
encontrar trabajos fáciles a todas las víctimas de la medicina y la ciencia modernas, como
la multitud de la catástrofe Bluthgeld de 1972.
¿Y entonces qué hay conmigo?, se preguntó Stuart mientras se sentaba arriba, en la
oficina de la tienda, para poner al corriente su talonario de ventas. Quiero decir, pensó,
con un foco trabajando aquí… eso me convierte prácticamente en algo así como un
monstruo producto de las radiaciones también, como si el hecho de ser de color fuera una
especie de forma anticipada de quemaduras radiactivas. Se sintió repentinamente triste al
pensar en aquello.
Hubo un tiempo, pensó, en el que todos los pueblos de la Tierra eran blancos, y
entonces algún pollino de mierda hizo estallar una bomba a gran altura digamos que hace
unos diez mil años, y algunos de nosotros resultamos quemados, y fue algo que se hizo
permanente, afectó a nuestros genes.
Y así estamos hoy.
Otro vendedor, Jack Lightheiser, entró y se sentó al otro lado del escritorio frente a él y
encendió un Corona.
—He oído que Jim ha contratado a ese chico del carrito —dijo Lightheiser—. Sabes por
qué lo ha hecho, ¿no? Por publicidad. Todas las revistas de ciencia-ficción hablarán de
ello. A Jim le gusta ver su nombre en los papeles. Es muy astuto, cuando uno piensa en
ello. El primer comerciante al detall en la Bahía Este que contrata a un foco.
Stuart gruño.
—Jim tiene una imagen idealizada de sí mismo —dijo Lightheiser—. No es tan sólo un
comerciante; es un moderno romano, es una mente cívica. Después de todo, es un
hombre educado… posee un doctorado por Stanford.
—Eso ya no significa nada —dijo Stuart. El mismo había conseguido un doctorado por
California en 1975, y ya podía ver a dónde lo había llevado.
—Lo obtuvo cuando aún significaba algo —dijo Lightheiser—. Después de todo, se
graduó en 1947; está en aquel documento que posee extendido por el Gobierno.
Bajo ellos, ante la puerta principal de la Modern TV, apareció un carrito a ruedas, en
cuyo centro, frente a un panel de control, estaba sentada una figura delgada. Stuart gruño
y Lightheiser le miró.
—Es un pelmazo —dijo Stuart.
Dejará de serlo cuando empiece a trabajar —dijo Lightheiser—. El chico es todo
cerebro, nada de cuerpo, o muy poco. Lo único que tiene es una mente poderosa, y
también ambición. Dios, tiene tan sólo diecisiete años y todo lo que desea es trabajar,
salir de la escuela y trabajar. Es admirable.
Ambos contemplaron a Hoppy en su carrito; Hoppy rodaba hacia las escaleras que
descendían al departamento de reparaciones de televisión.
—¿Los chicos de abajo ya lo saben? —preguntó Stuart.
—Oh, seguro. Jim se lo dijo la noche pasada. Se lo toman filosóficamente; ya sabes
como son los reparadores de televisión… maldicen de todo, pero eso no quiere decir
nada; se pasan maldiciendo todo el tiempo.
Oyendo la voz del vendedor, Hoppy miró bruscamente hacia arriba. Su delgado y
adusto rostro se enfrentó a ellos; sus ojos llameaban mientras dijo tartamudeando:
—Hey, ¿está por ahí el señor Fergesson?
—No —dijo Stuart.
—El señor Fergesson me ha contratado —dijo el foco.
—Ajá —dijo Stuart. Ni él ni Lightheiser se movieron; permanecieron sentados junto al
escritorio, mirando hacia abajo, al foco.
—¿Puedo bajar? preguntó Hoppy.
Lightheiser se alzó de hombros.
—Salgo a tomar una taza de café —dijo Stuart, poniéndose en pie—. Volveré en diez
minutos; vigila la tienda por mí, ¿vale?
—Seguro —dijo Lightheiser, asintiendo mientras chupaba su cigarro.
Cuando Stuart llegó a la planta baja el foco aún seguía allí; todavía no había iniciado el
difícil descenso al sótano.
—Espíritu del 72 —dijo Stuart al pasar al lado del carrito.
El foco enrojeció y tartamudeó:
—Nací en 1964; no tengo nada que ver con aquella explosión. —Mientras Stuart
cruzaba la puerta y salía a la calle, el foco gritó tras él ansiosamente—: Fue esa droga,
esa talidomida. Todo el mundo lo sabe.
Stuart no respondió; siguió su camino hacia la taza de café.
Al focomelo le costaba maniobrar su carrito escalera abajo hasta el sótano, donde los
reparadores de televisión trabajaban en sus bancos, pero tras un tiempo lo consiguió,
agarrando el pasamanos con los extensores manuales que generosamente le había
proporcionado el Gobierno de los Estados Unidos. Los extensores no eran en realidad
muy buenos; tenían ya cinco años, y no solamente estaban parcialmente gastados sino
que estaban —como había podido comprobar leyendo las publicaciones especializadas
del momento— anticuados. En teoría, el Gobierno debía reemplazar su equipo por el
modelo más reciente; el Decreto Remington lo especificaba, y él había escrito al decano
de los senadores de California, Alf M. Partland, al respecto. Sin embargo, hasta el
presente no había recibido respuesta. Pero era paciente. Había escrito varias veces
cartas a los miembros de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos sobre una
variedad de temas, y a menudo las respuestas habían llegado muy tarde o simplemente
habían consistido en circulares impresas, y a veces ni siquiera había habido respuesta.
En este caso, sin embargo, Hoppy Harrington tenía la ley de su lado, y era tan sólo una
cuestión de tiempo antes de que consiguiera obligar a alguien con la suficiente autoridad
a darle lo que le correspondía. Se sentía intransigente al respecto: paciente e
intransigente. Tenían que ayudarle, lo quisieran o no. Su padre, un criador de ovejas en el
valle Sonoma, se lo había dicho claramente: no dudes nunca en exigir lo que te
corresponde por derecho.
Rugieron sonidos. Los reparadores trabajaban; Hoppy hizo una pausa, abrió la puerta e
hizo frente a los dos hombres sentados ante sus largos y atestados bancos, con sus
instrumentos y medidores, sus diales y herramientas y televisores en todos los estadios
de descomposición. Ninguno de los reparadores hizo ademán de haberle visto.
—Oye —dijo de pronto uno de los reparadores, sorprendiéndole—. El trabajo manual
está muy mal considerado. ¿Por qué no te buscas algo intelectual, por qué no te vuelves
a la escuela y sacas algún título?— El reparador se giró para mirarle interrogativamente.
No, pensó Hoppy. Deseo trabajar con… mis manos.
—Podrías convertirte en un científico —dijo el otro reparador, sin dejar su trabajo;
estaba verificando un circuito, estudiando su voltímetro.
—Como Bluthgeld —dijo Hoppy.
El reparador se echó a reír al oír aquello, con simpatía y comprensión.
—El señor Fergesson me dijo que me darían algún trabajo —dijo Hoppy—. Algo fácil de
hacer, para empezar. ¿De acuerdo? —Esperó, temeroso de que no le respondieran, y
entonces uno de ellos señaló hacia un tocadiscos automático—. ¿Qué es lo que tiene? —
dijo Hoppy, examinando la tarjeta de reparación—. Sé que puedo arreglarlo.
—Un muelle roto —dijo uno de los reparadores—. No se para después del último disco.
—Ya veo —dijo Hoppy. Tomó el tocadiscos con sus dos extensores manuales y rodó
hacia el extremo más alejado del banco, donde había un espacio despejado—. Trabajaré
aquí.
—Los reparadores no protestaron, así que tomó unas pinzas. Es fácil, se dijo. He
practicado en casa. Se concentró en el tocadiscos pero sin dejar de observar a los dos
reparadores con el rabillo del ojo. He practicado muchas veces; casi siempre funciona, y
cada vez mejor, cada vez es más preciso. Más previsible. Un muelle es un objeto
pequeño, pensó, tan pequeño como cualquier otra cosa. Tan ligero que bastaría con
soplarle. Veo dónde estás roto, pensó. Moléculas de metal que no se tocan, como antes.
Se concentró en aquel punto, sujetando las pinzas de tal modo que el reparador que
estaba más cerca de él no pudiera ver; pretendió sujetar el muelle, como si intentara
sacarlo.
Cuando terminó se dio cuenta que había alguien detrás de él, observándole desde
hacía un rato; se giró, y vio a Jim Fergesson, su patrón, sin decir nada sino simplemente
de pie allí con una peculiar expresión en su rostro, las manos metidas en los bolsillos.
—Ya está —dijo Hoppy nerviosamente.
—Déjame ver —dijo Fergesson. Tomó el tocadiscos, lo levantó hasta la luz de los tubos
fluorescentes.
¿Me habrá visto?, se preguntó Hoppy. ¿Comprende, y si es así qué piensa de ello?
¿No le gusta, le preocupa? ¿Se siente… horrorizado?
Hubo un silencio mientras Fergesson inspeccionaba el tocadiscos.
—¿De dónde has tomado el muelle nuevo? —preguntó de pronto.
—Oh, estaba por ahí —dijo rápidamente Hoppy.
Todo iba bien. Fergesson, si lo había visto, no había comprendido nada. El focomelo se
relajó y se sintió contento, sintió que un placer de orden superior tomaba el lugar de su
anterior ansiedad; sonrió a los dos reparadores, y miró a su alrededor en busca de un
próximo trabajo.
—¿No te pone nervioso que haya alguien mirándote? —dijo Fergesson.
—No —dijo Hoppy—. La gente puede mirarme todo lo que quiera; ya sé que soy
diferente. Me han mirado desde mi nacimiento.
—Quiero decir cuando trabajas.
—No —dijo, y su voz sonó fuerte, quizá demasiado fuerte, en sus oídos—. Antes de
tener un carrito —dijo—, antes de que el Gobierno me proporcionara nada, mi padre me
llevaba de un lado a otro cargado a su espalda, en una especie de mochila. Como un niño
indio. Sonrió, inseguro.
—Entiendo —dijo Fergesson.
—Esto ocurría en Sonoma —dijo Hoppy—. Allí crecí, Había ovejas. En una ocasión un
carnero me topeteó y salí volando por los aires, Como una bola. —Se echó a reír de
nuevo; los dos reparadores lo miraban silenciosos, ambos haciendo una pausa en su
trabajo.
—Apuesto —dijo uno de ellos tras un instante— a que seguiste rodando cuando
llegaste al suelo.
—Sí —dijo Hoppy, sonriendo, Todos ellos sonreían ahora, él y Fergesson y los dos
reparadores; imaginaban la escena, con él, Hoppy Harrington, a los siete años, sin brazos
ni piernas, sólo un torso y una cabeza, girando por el suelo, gritando de miedo y dolor…
pero era divertido; lo sabía. Lo contaba de modo que fuera divertido; lo hacía a propósito.
—Estás mucho mejor equipado ahora, con tu carrito —dijo Fergesson.
—Oh, sí —dijo—. Y estoy diseñando uno nuevo, un diseño propio; todo electrónico. He
leído un artículo sobre conexiones cerebrales, las están aplicando en Suiza y en
Alemania. Uno es conectado de tal modo a los centros motores del cerebro que no hay
tiempo de respuesta: puede moverse tan rápidamente como… como una estructura
fisiológica normal. —Había estado a punto de decir como un ser humano—. Lo habré
perfeccionado en un par de años —dijo—, y será incluso un perfeccionamiento con
respecto a los modelos suizos. Y entonces podré librarme de toda esa chatarra
gubernamental.
—Admiro tu valor —dijo Fergesson con voz formalmente solemne.
Sonriendo, Hoppy dijo con un ligero tartamudeo:
—G-gracias, señor Fergesson.
Uno de los reparadores le tendió un sintonizador multiplex de frecuencia modulada.
—Fluctúa. Mira a ver qué puedes hacer para arreglarlo.
—De acuerdo —dijo Hoppy, tomándolo con sus extensores metálicos—. Seguro que
podré. He hecho un montón de reglajes así en casa; soy un experto en eso. —Para él era
el trabajo más sencillo de todos: tan sólo tenía que concentrarse en el instrumento. Era
como si estuviera pensado para él y sus habilidades.
Mirando el calendario de la pared de su cocina, Bonny Keller vio que aquél era el día
en que su amigo Bruno Bluthgeld iba a ver a su psiquiatra, el doctor Stockstill, a su
consulta en Berkeley. De hecho, ya había visto a Stockstill, había tenido su primera hora
de terapia y se había marchado. Sin duda ahora debía estar conduciendo de vuelta a
Livermore y a su propia oficina en el Laboratorio de Radiación, el laboratorio para el cual
ella misma había trabajado hacía unos años, antes de quedar encinta; allí era donde
había conocido al doctor Bluthgeld, en 1975. Ahora tenía treinta y un años y vivía en West
Marin; su esposo George era el director adjunto de la escuela primaria local, y ella se
sentía muy feliz.
Bueno, no completamente feliz. Tan sólo moderadamente —tolerablemente— feliz.
Continuaba haciéndose psicoanalizar —una vez a la semana en lugar de tres— y en
muchos aspectos se conocía mejor a sí misma, sus derivaciones inconscientes y sus
distorsiones sistemáticas de la realidad de la situación. Seis años de análisis le habían
hecho muy bien, pero no estaba curada. En realidad no existía curación; la «enfermedad»
era la propia vida, y era preciso que se produjera un crecimiento constante (o más bien
una adaptación a un crecimiento viable), o el resultado sería un estancamiento psíquico.
Y estaba determinada a no estancarse. Precisamente ahora estaba leyendo La
Decadencia de Occidente en su original alemán; llevaba leídas cincuenta páginas y valía
realmente la pena. ¿Y quién otro había aparte de ella que las hubiera leído, incluso en
inglés?
Su interés hacia la cultura germana, a través de su producción literaria y filosófica,
había empezado hacía unos años, a través de su contacto con el doctor Bluthgeld.
Aunque había estudiado tres años de alemán en la universidad, no lo había tomado como
un elemento vital para su vida adulta; como muchas otras cosas de las que había
aprendido concienzudamente, se había sumergido en su inconsciente desde que se había
graduado y conseguido un empleo. La magnética presencia de Bluthgeld había reactivado
y ampliado muchos de sus intereses académicos, su amor a la música y al arte…
reconocía su gran deuda con Bluthgeld, y se sentía agradecida por ello.
Ahora, por supuesto, Bluthgeld estaba enfermo, como sabía casi todo el mundo en
Livermore. El hombre poseía una conciencia profunda, y no había dejado de sufrir desde
el error de 1972… y todos aquellos que lo sabían, todos aquellos que formaban parte de
Livermore en los días del suceso, reconocían que no había sido específicamente culpa
suya; no era su responsabilidad personal, pero él la había hecho suya, y a causa de ello
había caído enfermo, un poco más a cada año que pasaba.
Mucha gente entrenada, y los más delicados aparatos, las más sofisticadas
computadoras de la época, se habían visto involucrados en el cálculo erróneo… erróneo
no en términos de la totalidad del conocimiento disponible en 1972, sino erróneo con
relación a la situación real. Las enormes masas de nubes radiactivas no habían derivado
hacia el espacio como se calculaba sino que habían sido atraídas por el campo
gravitatorio terrestre y habían regresado a la atmósfera; nadie se había sorprendido más
que el personal de Livermore. Ahora, por supuesto, la Capa Jamison-French era
completamente conocida; incluso las revistas populares como Time y US News podían
explicar lúcidamente lo que había fallado y por qué. Pero esto era nueve años más tarde.
Pensando en la Capa Jamison-French, Bonny recordó el acontecimiento del día, que
estaba a punto de perderse. Se dirigió al televisor del salón y lo conectó. ¿Habría sido
lanzado ya?, se preguntó, consultando su reloj. No, no antes de media hora. La pantalla
se iluminó, y el cohete estaba aún allá en su torre de lanzamiento, rodeado de personal,
de camiones, de aparatos; estaba aún en el suelo, y probablemente Walter Dangerfield y
la señora Dangerfield aún no habían subido a bordo.
La primera pareja que emigraba a Marte, se dijo a sí misma socarronamente, pensando
en lo que debía sentir Lydia Dangerfield en aquel momento… aquella alta mujer rubia que
sabía que sus probabilidades de alcanzar Marte habían sido computadas en tan sólo un
sesenta por ciento. Un gran equipo, enormes excavaciones y construcciones, les
aguardaban, pero ¿y si resultaban incinerados por el camino? De todos modos, aquello
debía estar impresionando al bloque soviético, que había fracasado en su intento de
establecer una colonia en la Luna; los rusos habían muerto penosamente, por falta de aire
o de alimentos… nadie lo sabía con exactitud. Fuera como fuese, la colonia había
desaparecido. Había salido de la historia del mismo modo como había entrado,
misteriosamente.
La idea de la NASA enviando tan sólo a una pareja, un hombre y su esposa, en lugar
de un grupo, la asombraba; sentía instintivamente que era dar oportunidades al fracaso
no diversificar las posibilidades. Debería haber algunas personas partiendo de Nueva
York, otras de California, pensó mientras observaba en la pantalla de televisión a los
técnicos procediendo a las últimas inspecciones en el cohete. ¿Cómo se le llamaba a
aquello? ¿Compensar los riesgos? De todos modos, no debían colocarse todos los
huevos en una sola cesta… y, sin embargo, esto era lo que había hecho siempre la NASA,
un solo astronauta cada vez, desde el principio, y siempre con mucha publicidad. Cuando
Henry Chancellor, allá por 1967, había ardido en partículas en su plataforma espacial,
todo el mundo había podido verlo a través de la televisión… con el corazón encogido, por
supuesto, pero les habían dejado verlo. Y la reacción pública había retrasado la
exploración espacial en el Este por cinco años.
—Como pueden ver ustedes ahora —estaba diciendo el locutor de la NBC con suave
pero apresurada voz—, se están realizando los últimos preparativos. La llegada del señor
y la señora Dangerfield es esperada de un momento a otro. Permítannos recordarles una
vez más para su información los enormes preparativos que se han necesitado para
garantizar…
Pamplinas, se dijo Bonny Keller, y con un estremecimiento apagó el televisor. No
puedo mirar, se confesó.
Pero por otro lado, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Tan sólo permanecer sentada
mordiéndose las uñas durante las próximas seis horas… de hecho durante las dos
próximas semanas? La única respuesta hubiera sido no recordar que hoy era el día en
que iba a ser lanzada la Primera Pareja. De todos modos, ahora ya era demasiado tarde
para no recordarlo.
Le gustaba pensar en ellos así, como la primera pareja… como algo leído en una
antigua y sentimental historia de ciencia-ficción. Adán y Eva, revisados y actualizados,
excepto que realmente Walt Dangerfield no era un Adán; daba más bien la imagen del
último y no del primer hombre, con su retorcida y mordiente inteligencia, su entrecortado y
casi cínico modo de hablar cuando se dirigía a los periodistas. Bonny lo admiraba:
Dangerfield no era un cualquiera, no era un joven autómata rubio con el pelo cortado a
cepillo, preocupado únicamente por la última tarea que le había asignado la Fuerza
Aérea. Walt era una persona real, y no había la menor duda de que por eso lo había
seleccionado la NASA. Sus genes… probablemente debían estar henchidos con cuatro mil
años de cultura, la herencia de la humanidad contenida en ellos. Walt y Lydia fundarían
una Nova Terra… dentro de poco habría montones de sofisticados pequeños Dangerfield
correteando por Marte, declamando intelectualmente y, sin embargo, rezumando pura
ironía como la rezumaba el propio Dangerfield.
—Imagínenlo como una larga autopista —había dicho en una ocasión Dangerfield, en
una entrevista, respondiendo a la pregunta de un periodista acerca de los peligros del
viaje—. Un millón y medio de kilómetros y diez carriles… sin nadie que te venga de frente,
sin ningún camión que te estorbe el paso. Piensen que son las cuatro de la madrugada…
y sólo está tu coche, no hay ningún otro. Así que, ¿por qué preocuparse? —y entonces
había sonreído como sólo él sabía hacerlo.
Inclinándose, Bonny volvió a conectar la televisión.
Y entonces apareció en la pantalla el rubicundo rostro de Walt Dangerfield, con sus
gafas; llevaba su traje espacial —todo menos el casco—, y a su lado estaba Lydia,
silenciosa, mientras Walt respondía a las preguntas.
—Me han dicho —estaba diciendo Walt, con un movimiento de chicle en su mandíbula,
como si estuviera masticando la pregunta antes de contestarla— que hay una E.V.D. en
Boise, Idaho, que está preocupada por mí. —Miró hacia un lado, como si alguien en la
ruidosa habitación le hubiera hecho una pregunta—. ¿Una E.V.D.? —dijo Walt—. Bueno…
es un término acuñado por el ya difunto Herb Caen para Encantadora Vieja Dama…
siempre hay alguna de ellas, en cualquier lugar. Probablemente habrá una también en
Marte, y vivirá en la calle de enfrente de nosotros. Bueno, como iba diciendo, esa de
Boise, si he comprendido bien, está algo inquieta acerca de Lydia y de mí, preocupada
porque nos puede pasar algo. Así que nos ha enviado un amuleto. —Lo mostró,
sujetándolo torpemente con el grueso guante de su traje. Todos los periodistas
murmuraron, divertidos—. Bonito, ¿verdad? —dijo Dangerfield—. Les diré para qué sirve:
es bueno para el reuma. —Los periodistas rieron—. En caso de que pillemos el reuma en
Marte. ¿O será la gota? Creo que dice la gota en su carta. —Miró a su mujer—. Es la
gota, ¿verdad?
Imagino, pensó Bonny, que aún no se fabrican amuletos para eludir los meteoritos o las
radiaciones. Se sentía triste, como si una premonición hubiera planeado sobre ella. ¿O se
trataba únicamente de que aquél era el día de la primera visita de Bruno Bluthgeld al
psiquiatra? Aquel hecho le traía pensamientos dolorosos, pensamientos de muerte y
radiaciones y errores de cálculo y terrible e interminable enfermedad.
No creo que Bruno se haya vuelto paranoico esquizofrénico, se dijo. Es tan sólo un
deterioro de la situación, y con la adecuada ayuda psiquiátrica —unas pocas píldoras aquí
y allá— volverá a estar bien. Es una irregularidad endocrina que se manifiesta
físicamente, y que puede curarse muy bien con eso; no es un defecto de carácter, una
constitución psicótica, revelándose bajo la forma de stress.
Pero lo que sé, pensó melancólicamente, es que fue necesario que Bruno se sentara
aquí y nos dijera que «ellos» estaban envenenando su agua potable para que George y
yo nos diéramos cuenta de lo grave que era el asunto… ya que él simplemente parecía
deprimido.
En aquel momento podía imaginar a Bruno con una receta para algunas píldoras que
estimularan el córtex o aislaran el diencéfalo; en cualquier caso el moderno equivalente
occidental de las hierbas medicinales chinas, alterando el metabolismo del cerebro de
Bruno, librándole de sus obsesiones como si fueran telarañas. Y todo volvería a ir bien de
nuevo; ella y George y Bruno estarían juntos de nuevo para sus Conciertos de Música
Barroca de West Marin, interpretando a Bach y a Haendel por la noche… como antes.
Ellos dos a la flauta de la Selva Negra (auténticas), y ella al piano. El salón lleno de la
barroca música y el aroma del pan horneado en casa, y una botella de vino de Buena
Vista de la más antigua bodega de California…
En la pantalla del televisor Walt Dangerfield estaba bromeando con su elaborado estilo,
una mezcla de Voltaire y Will Rogers.
—Oh, sí —estaba diciendo a una periodista que llevaba un divertido sombrero
amplísimo—. Esperamos descubrir un montón de extrañas formas de vida en Marte. —Y
miró a su sombrero, como diciendo: «Creo que ahí hay una», y todos los periodistas
rieron de nuevo—. Creo que se ha movido —dijo Dangerfield, señalando el sombrero a su
tranquila e impasible esposa—. Está viniendo hacia nosotros, querida.
La quiere realmente, se dijo Bonny, observándolos a los dos. Me pregunto si George ha
sentido alguna vez hacia mí lo mismo que Walt Dangerfield siente hacia su esposa; lo
dudo, francamente. Si fuera así, nunca me hubiera permitido llevar a cabo esos dos
abortos terapéuticos. Aquello la hizo sentirse aún más triste, y se levantó y se alejó del
televisor, dándole la espalda.
A George tendrían que enviar a Marte, pensó amargamente. O mejor aún, enviarnos a
todos nosotros, a George y a mí y a los Dangerfield; George podría tener un escarceo con
Lydia Dangerfield —si es capaz— y yo podría acostarme con Walt; estoy segura de que
sería una compañera adecuada para la gran aventura. ¿Por qué no?
Me gustaría que ocurriera algo, se dijo. Me gustaría que Bruno llamara para decir que
el doctor Stockstill lo había curado, o me gustaría que Dangerfield decidiera
repentinamente que no seguía adelante, o que los chinos desencadenaran la tercera
guerra mundial, o que George firmara de una vez ese horrible contrato con la dirección de
la escuela como ha dicho que haría. Algo, cualquier cosa. Quizá, pensó, debería sacar mi
rueda de alfarero y ponerme a hacer cerámica; regresar a la autoproclamada creatividad,
o dedicarme a la sodomía, o lo que sea. Podría dedicarme a la cerámica porno. Diseñarla,
cocerla en el horno de Violet Clatt, venderla en San Anselmo a la Compañía de Artes
Creativas, esa asociación de mujeres que rechazó mi bisutería soldada el año pasado. Sé
que aceptarían una cerámica porno si fuera realmente una buena cerámica porno.
Una pequeña multitud se había reunido ante el escaparate de la Modern TV para ver el
enorme aparato estéreo de televisión en color, ya que en todos lados el vuelo de los
Dangerfield era mostrado a todos los americanos, en sus casas y en sus lugares de
trabajo. Stuart McConchie permanecía con los brazos cruzados, detrás de la gente,
mirando también.
—El fantasma de John L. Lewis —estaba diciendo Walt Dangerfield con su seca voz—
comprendería el verdadero sentido de las dietas de traslado… De no haber sido por él,
probablemente me hubieran pagado unos cinco dólares por hacer este viaje, con el
argumento de que mi trabajo no empezará realmente hasta que haya llegado allí. —Su
expresión era más seria ahora; era ya casi el momento para él y Lydia de entrar en la
cápsula de la nave—. Tan sólo recuerden esto… si nos ocurre alguna cosa, si nos
perdemos, no vengan a buscarnos. Quédense en casa, y estoy seguro de que Lydia y yo
reapareceremos en alguna parte.
—Buena suerte —estaban murmurando los periodistas, mientras los oficiales y los
técnicos de la NASA aparecían y se llevaban a los Dangerfield fuera del campo de visión
de las cámaras.
—No va a ser largo —dijo Stuart a Lightheiser, que se había reunido con él para verlo
también.
—Es un idiota —dijo Lightheiser, masticando un palillo—. No volverá nunca; no van a
quedar ni los huesos.
—¿Y por qué querría volver? —dijo Stuart—. ¿Qué hay que sea interesante aquí? —
Sentía envidia de Walt Dangerfield; le hubiera gustado ser él, Stuart McConchie, el que
estaba ante las cámaras de televisión, contemplado por todo el mundo.
Hoppy Harrington llegó apresuradamente en su carrito, procedente de las escaleras
que conducían al sótano.
—¿Ya lo han lanzado? —preguntó a Stuart con voz nerviosamente precipitada,
mirando a la pantalla—. Se quemarán; les pasará lo mismo que aquella otra vez, en el 65.
Yo no lo recuerdo, naturalmente, pero…
—Cállate, ¿quieres? —dijo en voz baja Lightheiser, y el focomelo, enrojeciendo, guardó
silencio. Entonces todos se quedaron mirando, cada uno con sus propios pensamientos y
reacciones, mientras en la pantalla del televisor el último equipo de inspección surgía en
un andamiaje a la altura de la nariz del cohete. La cuenta atrás iba a empezar de un
momento a otro; el cohete había sido cargado de combustible, comprobado
concienzudamente, y ahora la pareja estaba entrando en él. El pequeño grupo alrededor
del televisor se agitaba y murmuraba.
Un poco después, aquella misma tarde, su espera sería recompensada, ya que
Dutchman IV emprendería el vuelo; orbitaría la Tierra durante aproximadamente una hora,
y la gente seguiría ante la pantalla de televisión mirándolo, viendo como el cohete giraba y
giraba, y entonces finalmente sería tomada la decisión, y alguien abajo en el búnker de
cemento prendería la ignición de la última fase y el cohete orbital cambiaría su trayectoria
y abandonaría el mundo. Ya lo habían visto otras veces; era casi lo mismo cada vez, pero
esta vez había algo nuevo ya que la gente de aquel cohete no regresaría nunca. Por eso
valía la pena perder un día frente al aparato; la multitud estaba dispuesta a esperar.
Stuart McConchie pensaba en ir a comer y luego regresar y seguir mirando; se pararía
de nuevo allí, junto a los demás. Iba a trabajar muy poco aquel día, no iba a vender
televisores a nadie. Pero eso era más importante. No podía perdérselo. Quizá yo esté
también ahí algún día, se dijo; quizá yo emigre también más tarde, cuando haya ganado
lo suficiente como para casarme, tomar a mi esposa y a mis hijos e iniciar una nueva vida
allá arriba en Marte, cuando la colonia esté creciendo y sea algo más que máquinas.
Se imaginó a sí mismo en la cápsula, como Walt Dangerfield, atado junto a una mujer
enormemente atractiva. Ambos pioneros, él y ella, fundando una nueva civilización en un
nuevo planeta. Pero entonces su estómago gruñó y se dio cuenta de lo hambriento que
estaba; no podía posponer por mucho tiempo la comida.
Mientras seguía mirando al enorme cohete erguido en la pantalla de televisión, sus
pensamientos se desviaron hacia un plato de sopa y panecillos y estofado de buey y tarta
de manzanas con helado, todo ello servido en el café de Fred.

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