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John Fox (o Foxe) nació en Boston, en el condado de Lincolnshire (Inglaterra) en 1517, donde se dice que sus padres vivían en circunstancias respetables. Quedó huérfano de padre a una edad temprana, y a pesar de que su madre pronto volvió a casarse, permaneció bajo el techo paterno.
Por su temprana exhibición de talento y disposición al estudio, sus amigos se sintieron impelidos a enviarlo a Oxford, para cultivarlo y llevarlo a la madurez.
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Historia De Los Mártires Cristianos. Hasta La Primera
Persecución General Bajo Nerón
Cristo nuestro Salvador, en el Evangelio de San Mateo, oyendo la confesión de Simón Pedro, el
cual, antes que todos los demás, reconoció abiertamente que Él era el Hijo de Dios, y
percibiendo la mano providencial de Su Padre en ello, lo llamó (aludiendo a su nombre) una
roca, roca sobre la cual El edificaría Su Iglesia con tal fuerza que las puertas del infierno no
prevalecerían contra ella. Y con estas palabras se deben observar tres cosas: Primero, que Cristo
tendría una iglesia en este mundo. Segundo, que la misma Iglesia sufriría una intensa oposición,
no sólo por parte del mundo, sino también con todas las fuerzas y poder del infierno entero. Y en
tercer lugar que esta misma Iglesia, a pesar de todo el poder y maldad del diablo, se mantendría.
Esta profecía de Cristo la vemos verificada de manera maravillosa, por cuanto todo el
curso de la Iglesia hasta el día de hoy no parece más que un cumplimiento de esta profecía.
Primero, el hecho de que Cristo ha establecido una Iglesia no necesita demostración. Segundo,
¡con qué fuerza se han opuesto contra la Iglesia príncipes, reyes, monarcas, gobernadores y
autoridades de este mundo! Y, en tercer lugar, ¡cómo la Iglesia, a pesar de todo, ha soportado y
retenido lo suyo! Es maravilloso observar qué tormentas y tempestades ha vencido. Y para una
más evidente exposición de esto he preparado esta historia, con el fin, primero, de que las
maravillosas obras de Dios en Su Iglesia redunden para Su gloria; y también para que al
exponerse la continuación e historia de la Iglesia, pueda redundar ello en mayor conocimiento y
experiencia para provecho del lector y para la edificación de la fe cristiana.
Como no es nuestro propósito entrar en la historia de nuestro Salvador, ni antes ni
después de Su crucifixión, sólo será necesario recordar a nuestros lectores el desbarate de los
judíos por Su posterior resurrección. Aunque un apóstol le había traicionado; aunque otro le
había negado, bajo la solemne sanción de un juramento, y aunque el resto le había abandonado,
excepto si exceptuamos aquel «discípulo que era conocido del sumo sacerdote», la historia de Su
resurrección dio una nueva dirección a todos sus corazones, y, después de la misión del Espíritu
Santo, impartió una nueva confianza a sus mentes. Los poderes de los que fueron investidos les
dieron confianza para proclamar Su nombre, para confusión de los gobernantes judíos, y para
asombro de los prosélitos gentiles.
I. San Esteban
San Esteban fue el siguiente en padecer. Su muerte fue ocasionada por la fidelidad con la que
predicó el Evangelio a los entregadores y matadores de Cristo. Fueron excitados ellos a tal grado
de furia, que lo echaron fuera de la ciudad, apedreándolo hasta matarlo. La época en que sufrió
se supone generalmente como la pascua posterior a la de la crucifixión de nuestro Señor, y en la
época de Su ascensión, en la siguiente primavera.
A continuación se suscitó una gran persecución contra todos los que profesaban la
creencia en Cristo como Mesías, o como profeta. San Lucas nos dice de inmediato que «en aquel
día se hizo una grande persecución en la iglesia que estaba en Jerusalén», y que «todos fueron
esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles».
Alrededor de dos mil cristianos, incluyendo Nicanor, uno de los siete diáconos,
padecieron el martirio durante «la tribulación que sobrevino en tiempo de Esteban».
II. Jacobo el Mayor
El siguiente mártir que encontramos en el relato según San Lucas, en la Historia de los Hechos
de los Apóstoles, es Jacobo hijo de Zebedeo, hermano mayor de Juan y pariente de nuestro
Señor, porque su madre Salomé era prima hermana de la Virgen María. No fue hasta diez años
después de la muerte de Esteban que tuvo lugar este segundo martirio. Ocurrió que tan pronto
como Herodes Agripa fue designado gobernador de Judea que, con el propósito de congraciarse
con los judíos, suscitó una intensa persecución contra los cristianos, decidiendo dar un golpe
eficaz, y lanzándose contra sus dirigentes. No se debería pasar por alto el relato que da un
eminente escritor primitivo, Clemente de Alejandría. Nos dice que cuando Jacobo estaba siendo
conducido al lugar de su martirio, su acusador fue llevado al arrepentimiento, cayendo a sus pies
para pedirle perdón, profesándose cristiano, y decidiendo que Jacobo no iba a recibir en solitario
la corona del martirio. Por ello, ambos fueron decapitados juntos. Así recibió resuelto y bien
dispuesto el primer mártir apostólico aquella copa, que él le había dicho a nuestro Salvador que
estaba dispuesto a beber. Timón y Parmenas sufrieron el martirio alrededor del mismo tiempo; el
primero en Filipos, y el segundo en Macedonia. Estos acontecimientos tuvieron lugar el 44 d.C.
III. Felipe
Nació en Betsaida de Galilea, y fue llamado primero por el nombre de «discípulo». Trabajó
diligentemente en Asia Superior, y sufrió el martirio en Heliópolis, en Frigia. Fue azotado,
echado en la cárcel, y después crucificado, en el 54 d.C.
IV. Mateo
Su profesión era recaudador de impuestos, y había nacido en Nazaret. Escribió su evangelio en
hebreo, que fue después traducido al griego por Jacobo el Menor. Los escenarios de sus labores
fueron Partia y Etiopía, país en el que sufrió el martirio, siendo muerto con una alabarda en la
ciudad de Nadaba en el año 60 d.C.
V. Jacobo el Menor
Algunos suponen que se trataba del hermano de nuestro Señor por una anterior mujer de José.
Esto es muy dudoso, y concuerda demasiado con la superstición católica de que María jamás
nunca tuvo otros hijos más que nuestro Salvador. Fue escogido para supervisar las iglesias de
Jerusalén, y fue autor de la Epístola adscrita a Jacobo, o Santiago, en el canon sagrado. A la edad
de noventa y nueve años fue golpeado y apedreado por los judíos, y finalmente le abrieron el
cráneo con un garrote de batanero.
VI. Matías
De él se sabe menos que de la mayoría de los discípulos; fue escogido para llenar la vacante
dejada por Judas. Fue apedreado en Jerusalén y luego decapitado.
VII. Andrés
Hermano de Pedro, predicó el evangelio a muchas naciones de Asia; pero al llegar a Edesa fue
prendido y crucificado en una cruz cuyos extremos fueron fijados transversalmente en el suelo.
De ahí el origen del término de Cruz de San Andrés.
VIII. San Marcos
Nació de padres judíos de la tribu de Leví. Se supone que fue convertido al cristianismo por
Pedro, a quien sirvió como amanuense, y bajo cuyo cuidado escribió su Evangelio en griego.
Marcos fue arrastrado y despedazado por el populacho de Alejandría, en la gran solemnidad de
su ídolo Serapis, acabando su vida en sus implacables manos.
IX. Pedro
Entre muchos otros santos, el bienaventurado apóstol Pedro fue condenado a muerte y
crucificado, como algunos escriben, en Roma; aunque otros, y no sin buenas razones, tienen sus
dudas acerca de ello. Hegesipo dice que Nerón buscó razones contra Pedro para darle muerte; y
que cuando el pueblo se dio cuenta, le rogaron insistentemente a Pedro que huyera de la ciudad.
Pedro, ante la insistencia de ellos, quedó finalmente persuadido y se dispuso a huir. Pero,
llegando a la puerta, vio al Señor Cristo acudiendo a él, a quien, adorándole, le dijo: «Señor, ¿a
dónde vas?» A lo que él respondió: «A ser de nuevo crucificado». Con esto, Pedro, dándose
cuenta de que se refería a su propio sufrimiento, volvió a la ciudad. Jerónimo dice que fue
crucificado cabeza abajo, con los pies arriba, por petición propia, porque era, dijo, indigno de ser
crucificado de la misma forma y manera que el Señor.
X. Pablo.
También el apóstol Pablo, que antes se llamaba Saulo, tras su enorme trabajo y obra
indescriptible para promover el Evangelio de Cristo, sufrió también bajo esta primera
persecución bajo Nerón. Dice Abdías que cuando se dispuso su ejecución, que Nerón envió a dos
de sus caballeros, Ferega y Partemio, para que le dieran la noticia de que iba a ser muerto. Al
llegar a Pablo, que estaba instruyendo al pueblo, le pidieron que orara por ellos, para que ellos
creyeran. Él les dijo que poco después ellos creerían y serían bautizados delante de su sepulcro.
Hecho esto, los soldados llegaron y lo sacaron de la ciudad al lugar de las ejecuciones, donde,
después de haber orado, dio su cuello a la espada.
XI. Judas
Hermano de Jacobo, era comúnmente llamado Tadeo. Fue crucificado en Edesa el 72 d.C.
XII. Bartolomé
Predicó en varios países, y habiendo traducido el Evangelio de Mateo lenguaje de la India, lo
propagó en aquel país. Finalmente fue cruelmente azotado y luego crucificado por los agitados
idólatras.
XIII. Tomás
Llamado Didimo, predicó el Evangelio en Partia y la India, donde, provocar a los sacerdotes
paganos a ira, fue martirizado, atravesado con lanza.
XIV. Lucas
El evangelista, fue autor del Evangelio que lleva su nombre. Viajó con por varios países, y se
supone que fue colgado de un olivo por los idolátricos sacerdotes de Grecia.
XV. Simón
De sobrenombre Zelota, predicó el Evangelio en Mauritania, Africa, incluso en Gran Bretaña,
país en el que fue crucificado en el 74 d.C.
XVI. Juan
El «discípulo amado» era hermano de Jacobo el Mayor. Las iglesias Esmirna, Pérgamo, Sardis,
Filadelfia, Laodicea y Tiatira fueron fundadas él. Fue enviado de Éfeso a Roma, donde se afirma
que fue echado en un calde de aceite hirviendo. Escapó milagrosamente, sin daño alguno.
Domiciano desterró posteriormente a la isla de Patmos, donde escribió el Libro Apocalipsis.
Nerva, el sucesor de Domiciano, lo liberó. Fue el único apóstol que escapó una muerte violenta.
XVII. Bernabé
Era de Chipre, pero de ascendencia judía. Se supone que su muerte tu lugar alrededor del 73 d.C.
Y a pesar de todas estas continuas persecuciones y terribles castigos, Iglesia crecía diariamente,
profundamente arraigada en la doctrina de apóstoles y de los varones apostólicos, y regada
abundantemente con la s de los santos.
***
Las Diez Primeras Persecuciones
La primera persecución de la Iglesia tuvo lugar en el año 67, bajo Nerón, el sexto emperador de
Roma. Este monarca reinó por el espacio de cinco años de una manera tolerable, pero luego dio
rienda suelta al mayor desenfreno y a las más atroces barbaridades. Entre otros caprichos
diabólicos, ordenó que la ciudad de Roma fuera incendiada, orden que fue cumplida por sus
oficiales, guardas y siervos. Mientras la ciudad imperial estaba en llamas, subió a la torre de
Mecenas, tocando la lira y cantando el cántico del incendio de Troya, declarando abiertamente
que «deseaba la ruina de todas las cosas antes de su muerte». Además del gran edificio del Circo,
muchos otros palacios y casas quedaron destruidos; varios miles de personas perecieron en las
llamas, o se ahogaron en el humo, o quedaron sepultados bajo las ruinas.
Este terrible incendio duró nueve años. Cuando Nerón descubrió que, su conducta era
intensamente censurada, y que era objeto de un profundo odio, decidió inculpar a los cristianos, a
la vez para excusarse para aprovechar la oportunidad para llenar su mirada con nuevas
crueldades. Esta fue la causa de la primera persecución; y las brutalidades cometidas contra los
cristianos fueron tales que incluso movieron a los mismos romanos a compasión. Nerón incluso
refinó sus crueldades e inventó todo tipo de castigos contra los cristianos que pudiera inventar la
más infernal imaginación. En particular, hizo que algunos fueran cosidos en pieles de animales
silvestres, antojándolos a los perros hasta que expiraran; a otros los vistió de camisas atiesadas
con cera, atándolos a postes, y los encendió en sus jardines, para iluminarlos. Esta persecución
fue general por todo el Imperio Romano; pero más bien aumentó que disminuyó el espíritu del
cristianismo. Fue durante esta persecución que fueron martirizados San Pablo y San Pedro.
A sus nombres se pueden añadir Erasto, tesorero de Corinto; Aristarco, el macedonio, y
Trófimo, de Éfeso, convertido por San Pablo y su colaborador, así como Josés, comúnmente
llamado Barsabás, y Ananías, obispo de Damasco; cada uno de los Setenta.
El emperador Domiciano, de natural inclinado a la crueldad, dio muerte primero a su
hermano, y luego suscitó la segunda persecución contra los cristianos. En su furor dio muerte a
algunos senadores romanos, a algunos por malicia, y a otros para confiscar sus fincas. Luego
mandó que todos los pertenecientes al linaje de David fueran ejecutados.
Entre los numerosos mártires que sufrieron durante esta persecución estaban Simeón,
obispo de Jerusalén, que fue crucificado, y San Juan, que fue hervido en aceite, y luego
desterrado a Patmos. Flavia, hija de un senador romano, fue asimismo desterrada al Ponto; y se
dictó una ley diciendo: «Que ningún cristiano, una vez traído ante un tribunal, quede exento de
castigo sin que renuncie a su religión».
Durante este reinado se redactaron varias historias inventadas, con el fin de dañar a los
cristianos. Tal era el apasionamiento de los paganos que si cualquier hambre, epidemia o
terremotos asolaban cualquiera de las provincias romanas, se achacaba a los cristianos. Estas
persecuciones contra los cristianos aumentaron el número de informadores, y muchos, movidos
por la codicia, testificaron en falso contra las vidas de los inocentes.
Otra dificultad fue que cuando cualquier cristiano era llevado ante los tribunales, se les
sometía a un juramento de prueba, y si rehusaban tomarlo, se les sentenciaba a muerte, mientras
que si se confesaban cristianos, la sentencia era la misma.
Los siguientes fueron los más destacables entre los numerosos mártires que sufrieron
durante esta persecución.
Dionisio, el areopaguita, era ateniense de nacimiento, y fue instruido en toda la literatura
útil y estética de Grecia. Viajó luego a Egipto para estudiar astronomía, e hizo observaciones
muy precisas del gran eclipse sobrenatural que tuvo lugar en el tiempo de la crucifixión de
nuestro Salvador.
La santidad de su forma de vivir y la pureza de sus maneras le recomendaron de tal
manera ante los cristianos en general que fue designado obispo de Atenas.
Nicodemo, un benevolente cristiano de alguna distinción, sufrió en Roma durante el furor
de la persecución de Domiciano.
Protasio y Gervasio fueron martirizados en Milán.
Timoteo, el célebre discípulo de San Pablo, fue obispo de Éfeso, donde gobernó celosamente la
Iglesia hasta el 97 d.C. En este tiempo, cuando los paganos estaban para celebrar una fiesta
llamada Catagogión, Timoteo, enfrentándose a la procesión, los reprendió severamente por su
ridícula idolatría, lo que exasperó de tal manera al pueblo que cayeron sobre el con palos, y lo
apalizaron de manera tan terrible que expiró dos días después por efecto de los golpes.
En la tercera persecución, Plinio el Joven, hombre erudito y famoso, viendo la lamentable
matanza de cristianos, y movido por ella a compasión, escribió a Trajano, comunicándole que
había muchos miles de ellos que eran muertos a diario, que no habían hecho nada contrario a las
leyes de Roma, por lo que no merecían persecución. «Todo lo que ellos contaban acerca de su
crimen o error (como se tenga que llamar) sólo consistía en esto: que solían reunirse en
determinado día antes del amanecer, y repetir juntos una oración compuesta en honor de Cristo
como Dios, y a comprometerse por obligación no ciertamente a cometer maldad alguna, sino al
contrario, a nunca cometer hurtos, robos o adulterio, a nunca falsear su palabra, a nunca
defraudar a nadie; después de lo cual era costumbre separarse, y volverse a reunir después para
participar en común de una comida inocente.»
En esta persecución sufrieron el bienaventurado mártir Ignacio, que es tenido en gran
reverencia entre muchos. Este Ignacio había sido designado al obispado de Antioquia, siguiendo
a Pedro en sucesión. Algunos dicen que al ser enviado de Siria a Roma, porque profesaba a
Cristo, fue entregado a las fieras para ser devorado. También se dice de él que cuando pasó por
Asia [la actual Turquía], estando bajo el más estricto cuidado de sus guardianes, fortaleció y
confirmó a las iglesias por todas las ciudades por donde pasaba, tanto con sus exhortaciones
como predicando la Palabra de Dios. Así, habiendo negado a Esmirna, escribió a la Iglesia de
Roma, exhortándoles para que no emplearan medio alguno para liberarle de su martirio, no fuera
que le privaran de aquello que más anhelaba y esperaba. «Ahora comienzo a ser un discípulo.
Nada me importa de las cosas visibles o invisibles, para poder sólo ganar a Cristo. ¡Que el fuego
y la cruz, que manadas de bestias salvajes, que la rotura de los huesos y el desgarramiento de
todo el cuerpo, y que toda la malicia del diablo vengan sobre mí; ¡sea así, si sólo puedo ganar a
Cristo Jesús!» E incluso cuando fue sentenciado a ser echado a las fieras, tal era el ardiente deseo
que tenía de padecer, que decía, cada vez que oía rugir a los leones: «Soy el trigo de Cristo; voy
a ser molido con los dientes de fieras salvajes para que pueda ser hallado pan puro».
Adriano, el sucesor de Trajano, prosiguió esta tercera persecución con tanta severidad
como su sucesor. Alrededor de este tiempo fueron martirizados Alejandro, obispo de Roma, y
sus dos diáconos; también Quirino y Hermes, con sus familias; Zeno, un noble romano, y
alrededor de diez mil otros cristianos.
Muchos fueron crucificados en el Monte Ararat, coronados de espinas, siendo traspasados
con lanzas, en imitación de la pasión de Cristo. Eustaquio, un valiente comandante romano, con
muchos éxitos militares, recibió la orden de parte del emperador de unirse a un sacrificio
idolátfico para celebrar algunas de sus propias victorias. Pero su fe (pues era cristiano de
corazón) era tanto más grande que su vanidad, que rehusó noblemente. Enfurecido por esta
negativa, el desagradecido emperador olvidó los servicios de este diestro comandante, y ordenó
su martirio y el de toda su familia.
En el martirio de Faustines y Jovitas, que eran hermanos y ciudadanos de Brescia, tantos
fueron sus padecimientos y tan grande su paciencia, que el Calocerio, un pagano,
contemplándolos, quedó absorto de admiración, y exclamó, en un arrebato: « ¡Grande es el Dios
de los cristianos! », por lo cual fue prendido y se le hizo sufrir pareja suerte.
Muchas otras crueldades y rigores tuvieron que sufrir los cristianos, hasta que Quadratus,
obispo de Atenas, hizo una erudita apología en su favor delante del emperador, que estaba
entonces presente, y Arístides, un filósofo de la misma ciudad, escribió una elegante epístola, lo
que llevó a Adriano a disminuir su severidad y a ceder en favor de ellos.
Adriano, al morir en el 138 d.C., fue sucedido por Antonino Pío, uno de los más gentiles
monarcas que jamás minara, y que detuvo las persecuciones contra los cristianos.
Marco Aurelio sucedió en el trono en el año 161 de nuestro Señor, era un hombre de naturaleza
más rígida y severa, y aunque elogiable en el estudio de la filosofía y en su actividad de
gobierno, fue duro y fiero contra los cristianos, y desencadenó la cuarta persecución.
Las crueldades ejecutadas en esta persecución fueron de tal calibre que muchos de los
espectadores se estremecían de honor al verlas, y quedaban atónitos ante el valor de los
sufrientes. Algunos de los mártires eran obligados a pasar, con sus pies ya heridos, sobre espinas,
clavos, aguzadas conchas, etc., puestos de punta; otros eran azotados hasta que quedaban a la
vista sus tendones y venas, y, después de haber sufrido los más atroces tormentos que pudieran
inventarse, eran destruidos por las muertes más temibles.
Germánico, un hombre joven, pero verdadero cristiano, siendo entregado a las fieras a
causa de su fe, se condujo con un valor tan asombroso que varios paganos se convirtieron a
aquella fe que inspiraba tal arrojo.
Policarpo, el venerable obispo de Esmirna, se ocultó al oír que le estaban buscando, pero fue
descubierto por un niño. Tras dar una comida a los guardas que le habían prendido, les pidió una
hora de oración, lo que le permitieron, y oró con tal fervor que los guardas que le habían
arrestado sintieron haberio hecho. Sin embargo, lo llevaron ante el procónsul, y fue condenado y
quemado en la plaza del mercado.
El procónsul le apremió, diciendo: «Jura, y te daré la libertad: Blasfema contra Cristo.»
Policarpo le respondió: «Durante ochenta y seis años le he servido, y nunca me ha hecho
mal alguno: ¿Cómo voy yo a blasfemar contra mi Rey, que me ha salvado?» En la estaca fue
sólo atado, y no clavado como era costumbre, porque les aseguró que se iba a quedar inmóvil; al
encenderse la hoguera, las llamas rodearon su cuerpo, como un arco, sin tocarlo; entonces dieron
orden al verdugo que lo traspasara con una espada, con lo que manó tal cantidad de sangre que
apagó el fuego. Sin embargo se dio orden, por instigación de los enemigos del Evangelio,
especialmente judíos, de que su cuerpo fuera consumido en la hoguera, y la petición de sus
amigos, que querían darle cristiana sepultura, fue rechazada. Sin embargo, recogieron sus huesos
y tanto de sus miembros como pudieron, y los hicieron enterrar decentemente.
Metrodoro, un ministro que predicaba denodadamente, y Pionio, que hizo varias
excelentes apologías de la fe cristiana, fueron también quemados. Carpo y Papilo, dos dignos
cristianos, y Agatónica, una piadosa mujer, sufrió el martirio en Pergamópolis, en Asia.
Felicitate, una ilustre dama romana, de una familia de buena posición, y muy virtuosa, era
una devota cristiana. Tenía siete hijos, a los que había educado con la más ejemplar piedad.
Enero, el mayor, fue flagelado y prensado hasta morir con pesos; Félix y Felipe, que le
seguían en edad, fueron descerebrados con garrotes; Silvano, el cuarto, fue asesinado siendo
echado a un precipicio; y los tres hijos menores, Alejandro, Vital y Marcial, fueron decapitados.
La madre fue después decapitada con la misma espada que los otros tres.
Justino, el célebre filósofo, murió mártir en esta persecución. Era natural de Nápolis, en
Sarnaria, y había nacido el 103 d.C. Fue un gran amante de la verdad y erudito universal;
investigó las filosofías estoica y peripatética, y probó la pitagórica, pero, disgustándole la
conducta de uno de sus profesores, investigó la platónica, en la que encontró gran deleite.
Alrededor del año 13 3, a los treinta años, se convirtió al cristianismo, y entonces, por vez
primera, percibió la verdadera naturaleza de la verdad.
Escribió una elegante epístola a los gentiles, y empleó sus talentos para convencer a los
judíos de la verdad de los ritos cristianos. Dedicó gran tiempo a viajar, hasta que estableció su
residencia en Roma, en el monte Viminal.
Abrió una escuela pública, enseñó a muchos que posteriormente fueron personajes
prominentes, y escribió un tratado para confutar las herejías de todo tipo. Cuando los paganos
comenzaron a tratar a los cristianos con gran severidad, Justino escribió su primera apología en
favor de ellos. Este escrito exhibe una gran erudición y genio, e hizo que el emperador publicara
un edicto en favor de los cristianos.
Poco después entró en frecuentes discusiones con Crescente, persona de vida viciosa,
pero que era un célebre filósofo cínico; los argumentos de Justino fueron tan poderosos, pero
odiosos para el cínico, que decidió, y consiguió, su destrucción.
La segunda apología de Justino, debido a ciertas cosas que contenía, dio al cínico
Crescente una oportunidad para predisponer al emperador en contra de su autor, y por esto
Justino fue arrestado, junto con seis compañeros suyos. Al ordenársele que sacrificara a los
ídolos paganos, rehusaron, y fueron condenados a ser azotados, y a continuación decapitados;
esta sentencia se cumplió con toda la severidad imaginable.
Varios fueron decapitados por rehusar sacrificar a la imagen de Júpiter, en particular Concordo,
diácono de la ciudad de Spolito.
Al levantarse en armas contra Roma algunas de las agitadas naciones del norte, el
emperador se puso en marcha para enfrentarse a ellas. Sin embargo, se vio atrapado en una
emboscada, y temió perder todo su ejército. Encerrado entre montañas, rodeado de enemigos y
muriéndose de sed, en vano invocaron a las deidades paganas, y entonces ordenó a los hombres
que pertenecían a la militine, o legión del trueno, que oraran a su Dios pidiendo socorro. De
inmediato tuvo lugar una milagrosa liberación; cayó una cantidad prodigiosa de lluvia, que fue
recogida por los hombres, haciendo presas, y dio un alivio repentino y asombroso. Parece que la
tormenta, que se abatió intensamente sobre los rostros de los enemigos, los intimidó de tal
manera, que una parte desertó hacia el ejército romano; el resto fueron derrotados, y las
provincias rebeldes fueron totalmente recuperadas.
Este asunto hizo que la persecución amainara por algún tiempo, al menos en aquellas
zonas inmediatamente bajo la inspección del emperador, pero nos encontramos que pronto se
desencadenó en Francia, particularmente en Lyon, donde las torturas que fueron impuestas a
muchos de los cristianos casi rebasan la capacidad de descripción.
Los principales de estos mártires fueron un joven llamado Vetio Agato; Blandina, una
dama cristiana de débil constitución; Sancto, que era diácono en Vienna; a éste le aplicaron
platos de bronce al rojo vivo sobre las partes más sensibles de su cuerpo; Biblias, una débil mujer
que había sido apóstata anteriormente. Attalo, de Pérgamo, y Potino, el venerable obispo de
Lyon, que ienía noventa años. El día en que Blandina y otros tres campeones de la fe fueron
llevados al anfiteatro, a ella la colgaron de un madero fijado sobre el suelo, y la expusieron a las
fieras como alimento-, mientras tanto ella, con sus fervorosas oraciones, alentaba a los otros.
Pero ninguna de las fieras la tocó, por lo que fue vuelta a llevar a la mazmorra. Cuando fue
sacada por tercera y última vez, salió acompañada por Pontico, un joven de quince años, y la
constancia de la fe de ellos enfureció de tal manera a la multitud que no fueron respetados ni el
sexo de ella ni la juventud de él, y los hicieron objeto de todo tipo de castigos y torturas.
Fortalecido por Blandina, el muchacho perseveró hasta la muerte; y ella, después de soportar los
tormentos mencionados, fue finalmente muerta con espada.
En estas ocasiones, cuando los cristianos recibían el martirio, iban omados y coronados
con guirnaldas de flores; por ellas, en el cielo, recibían eternas coronas de gloria.
Se ha dicho que las vidas de los cristianos primitivos consistían de «persecución por encima del
suelo y oración por debajo del suelo.» Sus vidas están expresadas por el Coliseo y las
catacumbas. Debajo de Roma están los subterráneos que llamamos las catacumbas, que eran a la
vez templos y tumbas. La primitiva Iglesia en Roma podría ser llamada con razón la Iglesia de
las Catacumbas. Hay unas sesenta catacumbas cerca de Roma, en las que se han seguido unas
seiscientas millas de galerías, y esto no es la totalidad. Estas galerías tienen una altura de
alrededor de ocho pies (2,4 metros) y una anchura de entre tres a cinco pies (de casi 1 metro
hasta 1,5), y contienen a cada lado varias hileras de recesos largos, bajos, horizontales, uno
encima de otros como a modo de literas en un barco. En estos nichos eran puestos los cadáveres,
y eran cerrados bien con una simple lápida de mármol, o con varias grandes losas de tierra cocida
ligadas con mortero. En estas lápidas o losas hay grabados o pintados epitafios y símbolos. Tanto
los paganos como los cristianos sepultaban a sus muertos en estas catacumbas. Cuando se
abrieron los sepulcros cristianos, los esqueletos contaron su temible historia. Se encuentran
cabezas separadas del cuerpo; costillas y clavículas rotas, huesos frecuentemente calcinados por
el fuego. Pero a pesar de la terrible historia de persecución que podemos leer ahí, las
inscripciones respiran paz, gozo y triunfo. Aquí tenemos unas cuantas:
«Aquí yace Marcia, puesta a reposar en un sueño de paz.»
«Lorenzo a su más dulce hijo, llevado por los ángeles.»
«Victorioso en paz y en Cristo.»
«Al ser llamado, se fue en paz.»
Recordemos, al leer estas inscripciones la historia que los esqueletos cuentan de persecución,
tortura y fuego.
Pero la plena fuerza de estos epitafios se aprecia cuando los contrastarnos con los epitafios
paganos, como:
«Vive para esta hora presente, porque de nada más estamos seguros.»
«Levanto mi mano contra los dioses que me arrebataron a los veinte años, aunque nada malo
había hecho.»
«Una vez no era. Ahora no soy. Nada sé de ello, y no es mi preocupación.»
«Peregrino, no me maldigas cuando pases por aquí, porque estoy en tinieblas y no puedo
responder.»
Los más frecuentes símbolos cristianos en las paredes de las catacumbas son el buen pastor con
el cordero en sus hombros, una nave con todo el velamen, arpas, anclas, coronas, vides, y por
encima de todo, el pez.
Severo, recuperado de una grave enfermedad por los cuidados de un cristiano, Regó a ser
un gran favorecedor de los cristianos en general; pero al prevalecer los prejuicios y la furia de la
multitud ignorante, se pusieron en acción unas leyes obsoletas contra los cristianos. El avance del
cristianismo alarmaba a los paganos, y reavivaron la enmohecida calumnia de achacar a los
cristianos les desgracias accidentales que sobrevenían. Esta persecución se desencadenó en el
192 d.C.
Pero aunque rugía la malicia persecutoria, sin embargo el Evangelio resplandecía
fulgurosarnente; y firme como inexpugnable roca resistía con éxito a los ataques de sus chillones
enemigos. Tertuliano, que vivió en esta época, nos informa de que si los cristianos se hubieran
ido en masa de los territorios romanos, el imperio habría quedado despoblado en gran manera.
Víctor, obispo de Roma, sufrió el martírio en el primer año del siglo tercero, el 201 d.C.
Leónidas, padre del célebre Orígenes, fue decapitado por cristiano. Muchos de los oyentes de
Orígenes también sufrieron el martirio; en particular dos hermanos, llamados Plutarco y Sereno;
otro Sereno, Herón y Heráclides, fueron decapitados. A Rhais le deffarnaron brea hirviendo
sobre la capeza, y luego lo quemaron, como también su madre Marcela. Potainiena, hermana de
Rhais, fue ejecutada de la misma forma que Rhais; pero Basflides, oficial del ejército, a quien se
le ordenó que asistiera a la ejecución, se convirtió.
Al pedírsele a Basílides, que era oficial, que hiciera un cierto juramento, rehusó, diciendo
que no podría jurar por los ídolos romanos, por cuanto era cristiano. Llenos de estupor, los del
populacho no podían al principio creer lo que oían; pero tan pronto él confirmó lo que había
dicho, fue arrastrado ante el juez, echado en la cárcel, y poco después decapitado.
Ireneo, obispo de Lyon, había nacido en Grecia, y recibió una educación esmerada y cristiana. Se
supone generalmente que el relato de las persecuciones en Lyon fue escrito por él mismo.
Sucedió al mártir Potino como obispo de Lyon, y gobernó su diócesis con gran discreción; era un
celoso oponente de las herejías en general, y alrededor del 187 d.C. escribió un célebre tratado
contra las herejías. Víctor, obispo de Roma, queriendo imponer allí la observancia de la Pascua
en preferencia a otros lugares, ocasionó algunos desórdenes entre los cristianos. De manera
particular, Ireneo le escribió una epístola sinódica, en nombre de las iglesias galicanas. Este celo
en favor del cristianismo lo señaló como objeto de resentimiento ante el emperador, y fue
decapitado el 202 d.C.
Extendiéndose las persecuciones a África, muchos fueron martirizados en aquel lugar del
globo; mencionaremos a los más destacados entre ellos.
Perpetua, de unos veintidós años, casada. Los que sufrieron con ella fueron Felicitas, una
mujer casada y ya en muy avanzado estado de gestación cuando fue arrestada, y Revocato,
catecúmeno de Cartago, y un esclavo. Los nombres de los otros presos destinados a sufrir en esta
ocasión eran Saturnino, Secundulo y Satur. En el día señalado para su ejecución fueron llevados
al anfiteatro. A Satur, Secúndulo y Revocato les mandaron que corrieran entre los cuidados de
las fieras. Estos, dispuestos en dos hileras, los flagelaron severamente mientras corrían entre
ellos. Felicitas y Perpetua fueron desnudadas para echarlas a un toro bravo, que se lanzó primero
contra Perpetua, dejándola inconsciente; luego se abalanzó contra Felicitas, y la empitonó
terriblemente; pero no habían quedado muertas, por lo que el verdugo las despachó con una
espada. Revocato y Satur fueron devorados por las fieras; Saturnino fue decapitado, y Secúndulo
murió en la cárcel. Estas ejecuciones tuvieron lugar en el ocho de marzo del año 205.
Esperato y otros doce fueron decapitados, lo mismo que Androcles en Francia.
Asclepiades, obispo de Antioquia, sufrió muchas torturas, pero no fue muerto.
Cecilia, una joven dama de una buena familia en Roma, fue casada con un caballero
llamado Valeriano, y convirtió a su marido y hermano, que fueron decapitados; el máximo, u
oficial, que los llevó a la ejecución, fue convertido por ellos, y sufrió su misma suerte. La dama
fue echada desnuda en un baño hirviente, y permaneciendo allí un tiempo considerable, la
decapitaron con una espada. Esto sucedió el 222 d.C.
Calixto, obispo de Roma, sufrió martirio el 224 d.C., pero no se registra la forma de su
muerte; Urbano, obispo de Roma, sufrió la misma suerte el 232 d.C.
los martires
muy bun libro
los martires
muy bueno