philip_k_dick-laberinto_de_muerte 0 bytes
Laberinto de muerte trata de la religión, y más concretamente de su aspecto más inquietante, el silencio de Dios y la soledad del creyente. La relación directa con la divinidad es uno de esos lugares comunes de la obra de Dick a que hacíamos referencia anteriormente.
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Su trabajo lo aburría como siempre, así que la semana anterior había ido hasta el transmisor de la nave y había añadido conductos a los electrodos permanentes que salían de su glándula pineal. Los conductos habían llevado su plegaria al transmisor, y desde allí la plegaria había pasado a la red repetidora más próxima; su plegaria había rebotado por la galaxia hasta llegar -teso esperaba él- a uno de los mundos deíficos.
Era una plegaria sencilla: «Este maldito trabajo de control de inventario me aburre. Es pura rutina. Esta nave es demasiado grande y para colmo tiene exceso de personal Estoy en. un inservible módulo de reserva. ¿Puedes ayudarme a encontrar algo más creativo y estimulante?» Había dirigido la plegaria al Intercesor. Si hubiera fallado, habría enviado-la plegaria de nuevo, esta vez al Mentufactor.
Pero no había fallado.
-Señor Tallchiéf -dijo el supervisor, entrando en el cubículo de Ben-. Lo van a trasladar. ¿Qué le parece?
-Transmitiré una plegaria de agradecimiento-dijo Ben, con una sensación agradable. Uno siempre se sentía bien cuando sus plegarias eran respondidas-=. ¿Cuándo me trasladan? ¿Pronto? -Nunca había ocultado su insatisfacción al supervisor, y ahora tenía menos motivos para hacerlo.
-Siempre rezando -dijo el supervisor-. Ben Tallchief, la mantis religiosa.
-¿Ustedwo reza? -preguntó- Ben, asombrado.
-Sólo cuando no hay alternativa. Creo que la gente debe resolver sus problemas sin ayuda externa. De todos modos, la orden de traslado es válida. -El superviso,. arrojó un documento en el escritorio de Ben-. Una pequeña colonia en un- planeta llamado Delmak-O. No sé nada sobre él, pero supongo que se enterará de todo cuando llegue. -Miró- a Ben pensativamente-. Usted tiene derecho a- usar uno de los narizones de la nave. Por un pago de tres dólares de plata.
-Hecho -dijo Ben, y se levantó, aferrando el documento.
Subió por el ascensor expreso hasta el transmisor, que estaba-ocupado-con mensajes oficiales.
-¿Habrá períodos de inactividad más tarde? -preguntó al jefe de operadores de radio-.. Tengo. otra plegaria, pero no quiero recargar el equipo si vas a necesitarlo.
-Estaré ocupado todo el día -dijo el jefe de operadores-. Oye, amigo, la semana pasada enviamos una plegaria tuya. ¿No es suficiente?
Al menos- lo -intenté, pensó Ben Tallchief mientras abandonaba la sala, con los atareados operadores, y regresaba a la habitación. Si alguna vez se saca el tema, pensó, podré decir que hice todo lo posible. Pero, como de costumbre, los canales estaban ocupados por comunicaciones no personales.
Sentía una creciente ansiedad. ¡Al fin un trabajo creativo, y justo cuanto más lo necesitaba! Unas semanas más aquí, se dijo, y habría empezado a embriagarme como en los lamentables viejos tiempos. Por eso me concedieron el traslado, comprendió. Sabían que estaba a punta de derrumbarme. Habría terminado en el calabozo de la nave, junto con… ¿Cuántos había en el calabozo? Bien, no tenía mayor importancia. Unos diez. No eran tantos, tratándose de una nave de ese tamaño. Y con reglas tan restrictivas.
Sacó un botellín de whisky Peter Dawson del cajón de la cómoda, rompió el sello, desenroscó la tapa. Una pequeña libación, se dijo, sirviéndose scotch en un vaso de papel. Y una celebración. Los dioses aprecian la ceremonia. Bebió el whisky, volvió a llenar el vaso.
Para enaltecer la ceremonia, buscó -a regañadientes- su ejemplar del Libro: Cómo me levanté de entre los muertos en mi tiempo libre y también usted puede. hacerlo de A. J. Specktowsky; era un ejemplar barato, en rústica, pero el único que él había tenido, así que le tenía un apego sentimental. Abriéndolo al azar (un método muy aprobado) releyó algunos conocidos párrafos de la apología pro sua vita del gran teólogo comunista del siglo XXI.
«Dios no es sobrenatural. Su existencia fue la primera modalidad del ser que se autoconstituyó, y la más natural.»
Es verdad, se dijo Ben Tallchief. Como las invesligaciones teológicas posteriores habían demostrado, Specktowsky había sido un profeta además de un lógico; todas sus predicciones se habían cumplido tarde o temprano. Aún quedaba mucho por saber' desde luego… por ejemplo, la causa de la existencia del Mentufactor (a menos que uno se conformara con creer, con Specktowsky, que los seres de ese orden se creaban a sí mismos y existían fuera del tiem po, y por tanto fuera de la causalidad). Pero en, general todo estaba allí, en esas páginas reeditadas tantas veces.
«Con cada círculo más amplio, el poded el bien y el conocimiento poseídos por Dios se debilitaron, de modo que en la periferia del círculo más grande su bien era débil, su conocimiento era débil, demasiado débil para observar al Destructor de Formas, que cobró existencia por medio de los actos con los que Dios creaba formas. El origen del Destructor de Formas no está claro; por ejemplo, no sabemos con certeza si 1) era una entidad ^j aparte de Dios desde el principio, no creada poro Dios pero también autocreada,. como Dios, 0 2) si el Destructor de Formas es un aspecto de Dios, nos habiendo nada que…
Dejó de leer, bebió whisky y se frotó la frente con fatiga. Tenía cuarenta y dos años y había- leído Libro muchas veces. Su vida, aunque larga, n había sido muy fructífera hasta ahora. Había ten' do varió s trabajos, en los que había prestado un " nieto de servicios á sus empleadores, pero si destacar nunca. Tal vez pueda empezar a sobresalí se dijo. En esta nueva tarea. Tal vete sea mi gran oportunidad.
Cuarenta y dos. Su edad lo había asombrado durante años, y cada vez que, sentía ese asombro, preguntándose qué se había hecho del joven delgado de veinte años, pasaba un año entero y tenía que añadirlo, una suma en crecimiento constante que él no podía conciliar con la imagen que tenía de sí mismo. Aún se consideraba joven, y cuando se veía en fotografías se deprimía. Ahora se rasuraba con una afeitadora eléctrica, pues no deseaba mirarse en el espejo del lavabo. Alguien se llevó mi presencia física y la reemplazó por esto, pensaba en ocasiones. Bien, así eran las cosas. Suspiró.
Entre sus lamentables trabajos sólo había disfrutado de uno, y aún lo evocaba de cuando en cuando. En 2105 había manejado el sistema de música funcional dé una enorme nave colonizadora que se dirigía a uno de los mundos de Deneb. En la bóveda de cintas había encontrado todas las sinfonías de Beethoven mezcladas al azar con versiones para cuerdas de Carmen, y había pasado la Quinta, su favorita, mil veces por el complejo de altavoces, que llegaba a cada cubículo y zona laboral de la nave. Curiosamente, nadie se había quejado, y él había insistido, hasta que su predilecta pasó a ser la Séptima, y al fin, en un arrebato de entusiasmo, durante los últimos meses de la travesía, la Novena, qué aún era su preferida
Quizá lo que necesito es sueño, se dijo. Una especie de vida crepuscular donde sólo oiga como trasfondo la música de Beethoven. Todo el resto sería un borrón.
¡No -decidió-, quiero existir! Quiero actuar y lograr algo. Y cada año es más necesario. Y cada año las probabilidades se reducen. Lo que tiene el Mentufactor, reflexionó, es que puede renovarlo todo. Puede- interrumpir el proceso de decadencia, reemplazando el objeto decadente por uno nuevo cuya forma sea perfecta. Y después ese objeto decae. El Destructor de Formas se apodera de él, y pronto el Mentufactor lo reemplaza. Como una sucesión de viejas abejas que gastaran las alas, murieran y fueran reemplazadas por abejas nuevas. Pero yo no puedo hacer eso. Yo decaigo y el Destructor de Formas me tiene en sus manos. Y esto sólo puede empeorar.
Dios, pensó, ayúdame.
Pero no me reemplaces. Eso estaría bien desde una perspectiva cosmológica, pero dejar de existir no- es lo- que busco; quizá lo hayas comprendido cuando respondiste a mi plegaria.
El whisky le había dado sueño; notó consternado que estaba cabeceando. Era necesario estar totalmente alerta. Se levantó de un brincó y caminó hasta el fonógrafo portátil, escogió un visdisco al azar y lo puso en el giradiscos. La otra pared de la habitación se iluminó y formas brillantes se entremezclaron en un hervor de movimiento y vida, pero con una chatura antinatural. Ajustó por reflejo el circuito de profundidad; las figuras se volvieron tridimensionales. También subió el volumen de sonido. '
«… Legolas tiene razón. No podemos dispararle así a un anciano, por sorpresa y solapadamente, al margen de nuestras dudas o temores. ¡Mirad y esperad!»
Las conmovedoras palabras de esa vieja pieza épica le devolvieron la perspectiva; regresó al escritorio, volvió a sentarse y sacó el documento que le había dado el supervisor. Frunciendo el ceño, estudió la información codificada, tratando de descifrarla. En números, perforaciones y letras, describía su nueva vida, su próximo mundo.
«Hablas como alguien que conoce bien a Fangorn. ¿Es así?
El visdisco seguía girando, pero él ya no escuchaba; había empezado a entender la esencia del mensaje codificado.
«¿Qué tienes que decir que no hayas dicho en nuestra última reunión?», preguntó una voz aguda y potente. Ben levantó la vista y se encontró frente a la figura de Gandalf, vestida de gris. Era como si Gandalf le hablara a él, a Ben Tallchief. Pidiéndole cuentas. «Quizá quieras retractarte», dijo Gandalf.
Ben se levantó, fue hasta el fonógrafo y lo apagó. Ahora no puedo responderte, Gandalf, se dijo. Debo hacer cosas, cosas reales. No puedo permitirme una conversación misteriosa e irreal con un personaje mitológico que quizá no haya existido. Para mí los viejos valores han desaparecido súbitamente; debo desentrañar qué significan estas malditas perforaciones, letras y números.
Empezaba a entender. Tapó la botella de whisky y enroscó la tapa con fuerza. Viajaría solo en un narizón; en la colonia se reuniría con una docena de personas, reclutadas en diversos sitios. Rango de habilidades 5: una operación clase C, con una paga escala K-4. Tiempo máximo: dos años. Pensión completa y servicios médicos a partir del instante en que llegara. Anulación de todas las órdenes previas, así que podía partir de inmediato. No tenía que terminar su trabajo antes de irse.
Y tengo los tres dólares de plata para el narizón, se -dijo. Eso es todo, nada de que preocuparse. Salvo…
No podía descubrir en qué consistiría su trabajo. Las letras, números y perforaciones no lo decían. Mejor dicho, él no podía obligarles a divulgar esa información, la que más le interesaba.
Pero parecía un destino atractivo. Me gusta, se dijo. Lo quiero. Gandalf, pensó, no tengo que retractarme de nada; no es frecuente que respondan las plegarias, y aceptaré esto.
-Gandalf, ya no existes -dijo en voz alta-, salvo en la mente de los hombres, y lo que tengo aquí viene de la Deidad única, Verdadera -y Viviente, que es totalmente real. ¿Qué más puedo esperar?
Enfrentó el silencio de- la habitación; ahora no veía a Gandalf porque había apagado el aparato.
-Quizá un día -continuó- me retracte de esto. Pero ahora no. Ahora no. ¿Entiendes?
Esperó, experimentando el silencio; sabiendo que podía interrumpirlo con sólo tocar el control del fonógrafo.
2
Seth Morley cortó pulcramente el queso Gruyére con un cuchillo de mango de plástico.
Me marcho -dijo. Se sirvió una gigantesca tajada de queso y se la acercó a los labios con el cuchillo-. Mañana por la noche. El kibutz Tekel Upharsin me ha visto por última vez.
Sonrió, pero Fred Gossim, el jefe de ingenieros, no festejó ese mensaje de triunfo, sino que frunció el entrecejo. Su presencia reprobatoria llenaba la oficina.
-Mi esposo solicitó este traslado hace ocho años -murmuró Mary .Morley-. No teníamos la intención de quedarnos, y lo sabías.
-Y nosotros nos iremos con ellos -tartamudeó Michael Niemand con entusiasmo-. Te lo mereces, por traer aquí a un biólogo marino de primer orden y ponerlo a levantar bloques de piedra en la maldita cantera. Estamos hartos. –Codeó a su menuda esposa, Clair-. ¿No es,verdad?
-No hay ninguna masa acuática en este planeta -rezongó Gossim-, así que no podíamos poner a un biólogo marino a trabajar en su profesión.
-Pero hace ocho años publicaste anuncios pidiendo un biólogo marino -señaló Mary Morley. Gossim frunció aún más el ceño-. El error fue tuyo.
Pero éste es vuestro hogar dijo Gossim-. El de todos vosotros. -Señaló a los funcionarios del kibutz apiñados alrededor de la entrada de la oficina-. Todos lo construimos.
-Y el queso es pésimo -dijo Seth Morley-. Esos quakkip, esos suborganismos parecidos a cabras que huelen como la ropa interior usada del Destructor de Formas… espero no verlos más. Ni a los quakkip ni al queso. -Cortó otra tajada del costoso Gruyére importado y le dijo a Niemand-: No podéis venir con nosotros. Tenemos órdenes de viajar en narizón. Punto A: un narizón sólo tiene capacidad para dos, en este caso mi esposa y yo. Punto B: tú y tu esposa son dos personas más, ergo, no entraréis. Ergo, no podéis venir.
-Llevaremos nuestro propio narizón -dijo Niemand.
-No tenéis instrucciones ni autorización para el traslado a Delmak-O -dijo Seth Morley, masticando queso.
-No nos queréis -dijo Niemand.
Nadie os quiere -gruñó Gossim-. En mi -opinión, estaríamos mejor sin vosotros. Pero no quiero que los Morley tiren su suerte por la borda.
Mirándolo de soslayo, Seth Morley comentó ácidamente:
-¿Y esta misión equivale, a priori, a tirarlo todo por la borda?
-Es un trabajo experimental -dijo Gossim-. Por lo que puedo entender. En pequeña escala. Trece,catorce personas. Para vosotros sería como retroceder a los primeros días de Tekel Upharsin. ¿Acaso queréis empezar de nuevo? Mirad cuánto hemos tardado en reunir cien miembros eficientes y bien intencionados. Habéis mencionado al Destructor de Formas. ¿Con este acto no conspiráis contra la forma de Tekel Upharsin?
-También contra la mía -dijo Morley, entre dientes. Ahora estaba de mal humor. Las palabras de Gossim lo habían afectado. Gossim siempre había sabido usar las palabras, algo asombroso en un ingeniero. Las seductoras palabras de Gossim los habían mantenido en su puesto a través de los años. Pego esas palabras eran cada vez más insípidas para los Morley. Ya no surtían el mismo efecto, aunque conservaban un destello de su gloria pasada. $1 no podía despedirse sin más del corpulento ingeniero de ajos oscuros.
Pero nos vamos, pensó. Como en el Fausto de Goethe, «En el principio fue la acción». La acción y no la palabra,-como había observado Goethe, anticipándose a los existencialistas del siglo veinte.
-Querréis regresar -comentó Gossim.
-No lo creo -dijo Seth Morley.
-Sabes qué te respondo? -exclamó Gossim-. Si recibo una solicitud vuestra, pidiendo regresar al kibutz Tekel Upharsin, diré que no necesitamos un biólogo marino, que ni siquiera tenemos mar. Y no construiremos ni siquiera un charco para que tengáis una razón legítima para trabajar aquí.
-Nunca te pedí un charco -dijo Morley.
-Pero te gustaría tenerlo.
-Me gustaría tener agua -dijo Morley-. De eso se trata. Por eso nos vamos, y por eso no vamos a regresar.
-¿Estás seguro de que Delmak-O tiene agua? -preguntó Gossim.
Supongo… -empezó a decir Morley, pero Gossim lo interrumpió.
-Supusiste lo mismo de Tekel. Upharsin -gruñó-. Así empezaron tus problemas.
-Supuse que si pedías un biólogo marino… -dijo Morley. Suspiró con fatiga. No tenía caso tratar de convencer a Gossim. El ingeniero, principal autoridad del kibutz, tenía una mente cerrada-. Sólo déjame comer el queso-dijo Morley, y probó otra tajada. Pero se había cansado del sabor, había comido demasiado-. Al diablo -dijo, dejando el cuchillo. Estaba irritable y Gossim le caía mal; no tenía ganas de seguir esa conversación. Lo importante era que Gossim, en definitiva, no podía revocar la orden de traslado. Ésta contenía una anulación de las ordenes previas, y -como decía ese estribillo de William S. Gilbert- no había vuelta de hoja.
-Te odio -dijo Gossim.
-Yo también te odio -dijo Morley.
Un empate -dijo Niemand-. Como verás, Gossim, no puedes obligarnos a quedarnos aquí: Sólo puedes rezongar. '
Gossim se marchó, despidiéndose de Morley y Niemand con un gesto obsceno, y desapareció en alguna parte del complejo. Ahora la oficina estaba en silencio. De inmediato Seth Morley se sintió
mejor.
-Las discusiones te agotan -dijo su esposa:
-Sí -convino Morley-. Y Gossim me agota. Esteenfrentamiento me ha extenuado, por no hablar de los ocho años que precedieron a este día. Iré a escoger un narizón.
Se levantó y salió de la oficina al sol del mediodía.
Un narizón es una nave extraña, se dijo mientras inspeccionaba las naves desde el linde de la pista. Ante todo, eran increíblemente baratos; podía comprar uno por menos de cuatro dólares de plata. Segundo, podían ir pero no volver; los narizones eran naves de ida exclusivamente. La razón era sencilla: un narizón era demasiado pequeño para llevar combustible para un viaje de regreso. El narizón sólo podía despegar de una' nave grande o una superficie planetaria, dirigirse a su destino y- agonizar allí en silencio. Pero cumplían su función. Las razas inteligentes, humanas o no, recorrían la galaxia a bordo de esas naves semejantes a vainas.
Adiós, Tekel Upharsin, se dijo Morley, y se cuadró ante las hileras de naranjales que crecían más allá de la pista. .
Se preguntó cuál elegiría. Todos lucían similares, herrumbrados, derruidos. Como si estuviera en un depósito de coches usados en la Tierra. Elegiré el primero en cuyo nombre haya una palabra que empiece con M, decidió, y se puso a leer los nombres.
El Pollo Morboso. Bien, eso era. No muy trascendental, pero adecuado; la gente, Mary incluida, siembre le decía que él tenía una vena morbosa. Lo que tengo, se dijo, es un ingenio mordaz. La gente confunde los dos términos porque suenan parecidos.
se trata. Por eso nos vamos, y por eso no vamos a regresar.
-¿Estás seguro de que Delmak-O tiene agua? -preguntó Gossim.
Supongo… -empezó a decir Morley, pero Gossim lo interrumpió.
-Supusiste lo mismo de Tekel. Upharsin -gruñó-. Así empezaron tus problemas.
-Supuse que si pedías un biólogo marino… -dijo Morley. Suspiró con fatiga. No tenía caso tratar de convencer a Gossim. El ingeniero, principal autoridad del kibutz, tenía una mente cerrada-. Sólo déjame comer el queso-dijo Morley, y probó otra tajada. Pero se había cansado del sabor, había comido demasiado-. Al diablo -dijo, dejando el cuchillo. Estaba irritable y Gossim le caía mal; no tenía ganas de seguir esa conversación. Lo importante era que Gossim, en definitiva, no podía revocar la orden de traslado. Ésta contenía una anulación de las ordenes previas, y -como decía ese estribillo de William S. Gilbert- no había vuelta de hoja.
-Te odio -dijo Gossim.
-Yo también te odio -dijo Morley.
Un empate -dijo Niemand-. Como verás, Gossim, no puedes obligarnos a quedarnos aquí: Sólo puedes rezongar. '
Gossim se marchó, despidiéndose de Morley y Niemand con un gesto obsceno, y desapareció en alguna parte del complejo. Ahora la oficina estaba en silencio. De inmediato Seth Morley se sintió
mejor.
-Las discusiones te agotan -dijo su esposa:
-Sí -convino Morley-. Y Gossim me agota. Esteenfrentamiento me ha extenuado, por no hablar de los ocho años que precedieron a este día. Iré a escoger un narizón.
Se levantó y salió de la oficina al sol del mediodía.
Un narizón es una nave extraña, se dijo mientras inspeccionaba las naves desde el linde de la pista. Ante todo, eran increíblemente baratos; podía comprar uno por menos de cuatro dólares de plata. Segundo, podían ir pero no volver; los narizones eran naves de ida exclusivamente. La razón era sencilla: un narizón era demasiado pequeño para llevar combustible para un viaje de regreso. El narizón sólo podía despegar de una' nave grande o una superficie planetaria, dirigirse a su destino y- agonizar allí en silencio. Pero cumplían su función. Las razas inteligentes, humanas o no, recorrían la galaxia a bordo de esas naves semejantes a vainas.
Adiós, Tekel Upharsin, se dijo Morley, y se cuadró ante las hileras de naranjales que crecían más allá de la pista. .
Se preguntó cuál elegiría. Todos lucían similares, herrumbrados, derruidos. Como si estuviera en un depósito de coches usados en la Tierra. Elegiré el primero en cuyo nombre haya una palabra que empiece con M, decidió, y se puso a leer los nombres.
El Pollo Morboso. Bien, eso era. No muy trascendental, pero adecuado; la gente, Mary incluida, siembre le decía que él tenía una vena morbosa. Lo que tengo, se dijo, es un ingenio mordaz. La gente confunde los dos términos porque suenan parecidos.
se trata. Por eso nos vamos, y por eso no vamos a regresar.
-¿Estás seguro de que Delmak-O tiene agua? -preguntó Gossim.
Supongo… -empezó a decir Morley, pero Gossim lo interrumpió.
-Supusiste lo mismo de Tekel. Upharsin -gruñó-. Así empezaron tus problemas.
-Supuse que si pedías un biólogo marino… -dijo Morley. Suspiró con fatiga. No tenía caso tratar de convencer a Gossim. El ingeniero, principal autoridad del kibutz, tenía una mente cerrada-. Sólo déjame comer el queso-dijo Morley, y probó otra tajada. Pero se había cansado del sabor, había comido demasiado-. Al diablo -dijo, dejando el cuchillo. Estaba irritable y Gossim le caía mal; no tenía ganas de seguir esa conversación. Lo importante era que Gossim, en definitiva, no podía revocar la orden de traslado. Ésta contenía una anulación de las ordenes previas, y -como decía ese estribillo de William S. Gilbert- no había vuelta de hoja.
-Te odio -dijo Gossim.
-Yo también te odio -dijo Morley.
Un empate -dijo Niemand-. Como verás, Gossim, no puedes obligarnos a quedarnos aquí: Sólo puedes rezongar. '
Gossim se marchó, despidiéndose de Morley y Niemand con un gesto obsceno, y desapareció en alguna parte del complejo. Ahora la oficina estaba en silencio. De inmediato Seth Morley se sintió
mejor.
-Las discusiones te agotan -dijo su esposa:
-Sí -convino Morley-. Y Gossim me agota. Esteenfrentamiento me ha extenuado, por no hablar de los ocho años que precedieron a este día. Iré a escoger un narizón.
Se levantó y salió de la oficina al sol del mediodía.
Un narizón es una nave extraña, se dijo mientras inspeccionaba las naves desde el linde de la pista. Ante todo, eran increíblemente baratos; podía comprar uno por menos de cuatro dólares de plata. Segundo, podían ir pero no volver; los narizones eran naves de ida exclusivamente. La razón era sencilla: un narizón era demasiado pequeño para llevar combustible para un viaje de regreso. El narizón sólo podía despegar de una' nave grande o una superficie planetaria, dirigirse a su destino y- agonizar allí en silencio. Pero cumplían su función. Las razas inteligentes, humanas o no, recorrían la galaxia a bordo de esas naves semejantes a vainas.
Adiós, Tekel Upharsin, se dijo Morley, y se cuadró ante las hileras de naranjales que crecían más allá de la pista. .
Se preguntó cuál elegiría. Todos lucían similares, herrumbrados, derruidos. Como si estuviera en un depósito de coches usados en la Tierra. Elegiré el primero en cuyo nombre haya una palabra que empiece con M, decidió, y se puso a leer los nombres.
El Pollo Morboso. Bien, eso era. No muy trascendental, pero adecuado; la gente, Mary incluida, siembre le decía que él tenía una vena morbosa. Lo que tengo, se dijo, es un ingenio mordaz. La gente confunde los dos términos porque suenan parecidos.
Miró el reloj de pulsera y vio que tenía tiempo para hacer un viaje al departamento de empaque de la fábrica de productos cítricos. Partió en esa dirección.
-Diez frascos de mermelada clase AA -le dijo al empleado de expedición. Si no los conseguía ahora, no los conseguiría nunca.
-Estás seguro de que tienes derecho a diez frascos más?
El empleado lo miró dubitativamente, pues ya lo conocía.
puedes revisar mi lista de mermeladas con Joe Perser -dijo Morley-. Vamos, levanta el teléfono y llámalo. '
-Estoy demasiado ocupado -dijo el empleado. Contó diez frascos del principal producto del kibutz y se los dio a Morley en una bolsa, no en una caja de cartón.
-¿Sin caja? -preguntó Morley.
-Lárgate -dijo el empleado.
Morley sacó uno de los frascos para verificar si eran clase AA. Lo eran. «Mermelada del kibutz Tekel Upharsin -rezaba la etiqueta-. Hecha con auténticas naranjas sevillanas (grupo 3B, subdivisión Mutaciones). ¡Lleve una porción de la soleada España a su cocina o cubículo de cocción!
-Bien –dijo Morley-. Y gracias.
Agarró la voluminosa bolsa de papel y salió al brillante sol del mediodía.
De nuevo en la pista de narizones, empezó a cargar los frascos de mermelada en el Pollo Morboso. Lo único bueno que produce este kibutz, se dijo mientras. almacenaba los frascos en el campo magnético del compartimiento. Me temo que es lo único que echaré de menos. Llamó a Mary por la radio del,cuello.
He escogido un narizón le informo-. Ven a la pista y te lo mostraré.
-Estás seguro de que es bueno?
-Sabes. que puedes contar con mi habilidad mecánica-dijo tozudamente Morley-. He examinado el motor, los circuitos, los controles, los sistemas de protección vital, todo. -Metió el último frasco en el compartimiento y cerró la puerta con firmeza.
Ella llegó poco después, esbelta y bronceada con la camisa caqui, los pantalones cortos y las sandalias.
-Bien -dijo, mirando el Pollo Morboso-, parece bastante vetusto. Pero si tú dices que está bien, supongo que lo está.
-Ya he empezado a cargar -dijo Morley.
¿Qué?
Morley abrió la puerta del compartimiento y le mostró los diez frascos de mermelada.
-Cielos-exclamó Merey al cabo de una pausa.
-¿Qué demonios pasa?
—No- has revisado los circuitos ni el motor. Has estado acaparando toda la mermelada que les podías -sacar. -Cerró la puerta del compartimiento con indignación-. A veces creo que estás loco. Nuestras vidas dependen del funcionamiento de este maldito narizón: Supongamos que falle el sistema de oxígeno, o el circuito térmico, ó que haya filtraciones microscópicas en el casco. 0…
-pídele a tu hermano que lo examine -interrumpió Morley-. Confías en él mucho más que en mí.
-Está ocupado: Lo sabes.
-De lo contrario estaría aquí -dijo Morley-. Él, y no yo, elegiría el narizón donde viajaríamos..
La mujer lo miró de hito en hito, el cuerpo menudo crispado en una enérgica actitud de desafío. De pronto se aflojó con lo que parecía una irónica resignación.
-Lo raro -dijo- es que. tienes tanta suerte… en relación con tu talento, quiero decir. Es probable que este narizón sea el mejor que hay aquí. Pero no porque tú lo sepas, sino por tu suerte de mutante.
No es suerte. Es discernimiento.
-No -dijo Mary, sacudiendo la cabeza-. De ninguna manera. Tú no tienes discernimiento en el sentido habitual. Pero qué diablos.. Usaremos este narizón, y espero que la suerte te ayude como de costumbre. Pero ¿cómo puedes vivir así, Seth? -Lo miró con tristeza-. No es justo para mí.
-Siempre logro salir del paso.
-No lograste salir de este kibutz -dijo Mary-. En ocho años.
-Pero ahora sí.
-Y quizá vayamos a un sitio peor. ¿Qué sabemos sobre este nuevo trabajo? Nada, excepto lo que sabe Gossim… y él lo sabe porque se ocupa de fisgonear las comunicaciones de los demás. Leyó tu plegaria original… no quise decírtelo porque sabía que te pondrías…
-Ese canalla. -Seth sintió una furia violenta, erizada de impotencia-. Leer las plegarias de otra persona es una infracción moral.
-Él es quien manda. Se cree que todo es de su incumbencia. De cualquier modo, nos libraremos de esa molestia, gracias a Dios. Vamos, cálmate. No puedes remediarlo. Él la leyó años atrás.
-¿Dijo si le parecía una buena plegaria?
-Fred Gossim nunca diría semejante cosa. Yo creo que sí. Evidentemente lo era, porque obtuviste el traslado.
-Eso creo. Porque Dios no atiende muchas plegarias de los judíos, debido a esa alianza de los tiempos anteriores al Intercesor, cuando el poder del Destructor de Formas era tan grande, y nuestra relación con Dios era tan arrevesada.
-Te imagino en aquellos tiempos -dijo Mary-. Quejándote amargamente de todo lo que el Mentufactor hacía y decía.
Habría sido un gran poeta -dijo Morley-. Como David.
Habrías tenido un empleo insignificante, como ahora. -Con eso ella se alejó, dejándolo ante la puerta del narizón, una mano sobre la hilera de frascos de mermelada.
La sensación de impotencia de Morley creció, haciéndole un nudo en la garganta.
-¡Quédate aquí! -gritó-. Me marcharé sin ti.
Ella siguió andando bajo el sol caliente, sin mirar atrás ni responder.
Durante el resto del día Seth Morley se ocupó de cargar sus pertenencias en el Pollo Morboso. Mary no apareció. A la hora de la cena, Morley comprendió que él lo estaba haciendo todo. ¿Dónde se habrá metido?, se preguntó. No es justo.
Se sintió deprimido, como era habitual a la hora de: comer. Me pregunto si valdrá la pena, se dijo.
Pasar de un empleo inmundo a otro. Soy un fracasado. Mary tiene razón; mira el narizón que he elegido. Mira cómo estoy cargando las cosas. Echó un vistazo- al interior del narizón, observando las desordenadas pilas: ropa, libros, discos, artefactos dé cocina, máquina de escribir, provisiones médicas, fotos, mantas de eterna duración, juego de ajedrez, cintas de referencias, equipo de comunicaciones y chatarra, chatarra, chatarra. Qué hemos acumulado en ocho años de trabajo?, se preguntó. Nada de valor. Además, no podía meterlo todo en el narizón. Tendría que tirar muchas cosas, o dejarlas para que las usara otro. Mejor destruirlas, pensó sombríamente. No toleraba la idea de que otro usara sus pertenencias. Lo quemaré todo, se dijo. Incluidas esas inservibles prendas que ha juntado Mary, como un arrendajo, eligiendo todo lo que tuviera colores chillones.
Apilaré sus cosas afuera, decidió, y luego pondré las mías a bordo. Es su culpa; tendría que estar aquí para ayudarme. No tengo ninguna obligación de cargar sus petates.
Mientras estaba allí con la ropa en los brazos vio, en la penumbra del crepúsculo, una silueta que se aproximaba. Se preguntó quién era, y entornó los ojos para ver mejor.
No era Mary. Era un hombre, o algo parecido a un hombre. Llevaba una túnica holgada, con cabello largo sobre los hombros mórenos y robustos. Seth. Morley sintió miedo.. Era el. Caminante. Ha venido a. detenerme. Temblando, Morley dejó en el suelo el bulto de ropa. La conciencia le dio una furiosa dentellada; ahora sentía todo el peso de sus malas acciones. Meses, años… hacía tiempo que no veía al Caminante, y ese peso era intolerable. Una acumulación que siempre dejaba su impronta. Que no se borraba hasta que el Intercesor la eliminaba.
La figura se detuvo ante él.
-Señor Morley -dijo.
Sí -respondió Morley, sintiendo la hemorragia de sudor en el cuero cabelludo. Le chorreaba por la cara y trató de enjugárselo con el dorso de la mano-. Estay cansado. He trabajado durante horas para cargar este narizón. Es un trabajo pesado.
Tu narizón, el Pollo Morboso-dijo el Caminante-, no os llevará a tu esposa y a ti a Delmak-O. En consecuencia debo intervenir, querido amigo. ¿Comprendes?
-Claro -dijo Morley, jadeando de culpa.
-Elige otro.
-Sí -dijo Morley, asintiendo frenéticamente-. Sí, lo haré. Y gracias, muchas gracias. Lo cierto es que nos has salvado la vida.
Escudriñó el rostro borroso del Caminante, buscando una expresión de reproche. Pero no pudo distinguir nada; la escasa luz del sol comenzaba a disiparse en una bruma nocturna.
-Lamento que hayas trabajado tanto para nada -dijo el Caminante.
-Bien, como yo digo…
Te ayudaré a cargar de nuevo -dijo el Caminante. Extendió los brazos, se agachó, levantó una pila de cajas y echó a andar entre los narizones estacionados-. Recomiendo éste -dijo al fin, deteniéndose frente a uno y abriendo la compuerta-. No parece gran cosa, pero mecánicamente está en perfectas condiciones.
-Caray -dijo Morley, siguiéndolo con un bulto que había recogido precipitadamente-. Quiero decir, gracias. De todos modos, la apariencia no es importante. Lo que cuenta es lo que hay dentro. Tanto en la gente como en los narizones.
Se echó a reír, pero le salió un graznido áspero. Calló de inmediato, atemorizado, y el sudor que le penaba el cuello se congeló.
. -No tienes por qué temerme -dijo el Caminante.
-Intelectualmente lo sé -dijo Morley.
Anduvieron juntos en silencio, llevando una caja tras otra desde el Pollo .Morboso hasta el otro narizón. Morley trataba de pensar en algo que decir, pero no se le ocurría nada. El susto lo había obnubilado; el fuego de su rápido intelecto, en el que te-. nía tanta fe, casi se había apagado.
-¿Alguna vez has pensado en pedir ayuda psiquiátrica? -le preguntó al fin el Caminante.
-No -dijo él.
-Descansemos un momento. Así podremos hablar un poco.
-No -dijo Morley.
-¿Por qué no?
No quiero saber nada. No quiero oír nada. -Oyó s el balido de su voz débil, parapetada en su ignorancia. El balido de la necedad, de la enorme locura de que era capaz. Lo sabía, lo reconocía cuando se lo decían, pero aun así se empecinaba en actuar de esa .; manera-. Sé que no soy perfecto. Pero no puedocambiar. Estoy satisfecho.
-No examinaste el Pollo Morboso.
-Iklary no se equivocaba. En general tengo suerte: -Ella también habría muerto.
-Díselo a ella.
No me lo digas a mí, pensó. Por favor, no me digas más. ¡No quiero saberlo!
El Caminante lo miró un instante.
-¿Hay algo de lo que quieras hablarme? -preguntó al fin.
-Estoy agradecido, muy agradecido. Por tu aparición.
-En los últimos años has pensado muchas veces en- lo que dirías si me vieras de nuevo. Muchas cosas se te cruzaron por la mente.
-No recuerdo-jadeó Morley.
-Puedo bendecirte?
-Claro -dijo Morley con voz entrecortada, casi inaudible-. Pero ¿por qué? ¿Qué he hecho?
-estoy orgulloso de ti, eso es todo.
-Pero ¿por qué?
Morley no comprendía; no lo habían reprendido como esperaba.
-Hace años -dijo el Caminante-, tuviste un gato que amabas.. Era glotón- y taimado, pero 1o amabas. Un día murió porque tenía fragmentos de hueso alofiados en el estómago, consecuencia de haber robado. los. restos de un gallinazo marciano de un bote de basura. Estabas triste, pero aún lo amabas: Su esencia, su apetito… todo aquello que lo constituía lo, habían impulsado a la muerte. Habrías pagado mucho por volver a tenerlo vivo, pero lo habrías y tal como. era, glotón e impulsivo, tal como >lo amabas, sin cambios. ¿Comprendes?
Entonces recé-dijo Morley-. Pero no recibí ayu-parece gran cosa, pero mecánicamente está en perfectas condiciones.
-Caray -dijo Morley, siguiéndolo con un bulto que había recogido precipitadamente-. Quiero decir, gracias. De todos modos, la apariencia no es importante. Lo que cuenta es lo que hay dentro. Tanto en la gente como en los narizones.
Se echó a reír, pero le salió un graznido áspero. Calló de inmediato, atemorizado, y el sudor que le penaba el cuello se congeló.
. -No tienes por qué temerme -dijo el Caminante.
-Intelectualmente lo sé -dijo Morley.
Anduvieron juntos en silencio, llevando una caja tras otra desde el Pollo .Morboso hasta el otro narizón. Morley trataba de pensar en algo que decir, pero no se le ocurría nada. El susto lo había obnubilado; el fuego de su rápido intelecto, en el que te-. nía tanta fe, casi se había apagado.
-¿Alguna vez has pensado en pedir ayuda psiquiátrica? -le preguntó al fin el Caminante.
-No -dijo él.
-Descansemos un momento. Así podremos hablar un poco.
juajuajua
:woohoo: 👿 B) :kiss: :pinch: :s 😉 :whistle: :huh: 😛 🙂 :X
no lo puedo descargar
el libro no mola
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YO TAMPOCO LO PUEDO DESCARGAR TE ACOMPAÑO EN TU DOLOR JIJIJIJIJIJIIJI