La Reina Margot

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La reina Margot tenía sus amantes que el rey no solo conocía sino que los tenía por aliados y el rey tenia a su amante también, pero la reina a pesar de que como ella misma afirma no ama al rey, se muestra algo mas celosa que este, quizas eso del honor y demás esté más presente en la vida.

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PRIMERA PARTE
I
EL LATÍN DEL DUQUE DE GUISA

 

El lunes 18 de agosto de 1572 se celebraba en el Louvre una gran fiesta.
Las ventanas de la gran residencia, habitualmente a oscuras, se hallaban profusamente iluminadas; las
calles y las plazas contiguas, siempre solitarias en cuanto se oían las nueve campanadas en Saint-Germain
d'Auxerre, estaban, aun siendo ya media noche, atestadas de gente. Aquella multitud apretujada,
amenazadora y escandalosa parecía en la oscuridad de la noche un mar tenebroso y revuelto, cuyo ímpetu
rompía en oleadas murmuradoras y cuyo caudal, desembocando por la calle de Fossés-Saint-Germain y por
la de l'Astruce, fluía al pie de los muros del Louvre, batiendo con su reflujo las paredes del palacio de
Borbón, que se elevaba enfrente.
A pesar de la fiesta real, o quizá debido a ella, la muchedumbre ofrecía un aspecto poco tranquilizador.
El pueblo ignoraba que semejante solemnidad, en la que tan sólo tomaba parte como simple espectador, no
era sino el preludio de otra, aplazada para ocho días después, a la que sí sería convidado y a la que asistiría
sin recelo alguno.
Celebraba la corte las bodas de doña Margarita de Valois, hija del rey Enrique II y hermana del rey
Carlos IX, con Enrique de Borbón, rey de Navarra. Aquella misma mañana, el cardenal de Borbón los
había casado, sobre una tribuna erigida frente a la puerta de Nótre-Dame, siguiendo el ceremonial de rigor
en las bodas de las princesas de Francia.
Este matrimonio sorprendió a todo el mundo y dio mucho que pensar a los más perspicaces. Nadie se
explicaba cómo se habían reconciliado dos partidos como el protestante y el católico, que tanto se odiaban
en aquella época. ¿Perdonaría el joven príncipe de Condé al duque de Anjou, hermano del rey, la muerte de
su padre, asesinado en Jarnac por Montesquieu? Y el joven duque de Guisa ¿perdonaría al almirante
Coligny la muerte del suyo, asesinado en Orleáns por Poltrot de Meré? Más aún: Juana de Navarra, la
valiente esposa del débil Antonio de Borbón, que condujera a su hijo Enrique a este regio enlace, había
muerto, apenas hacía dos meses, y corrían singulares rumores acerca de tan repentina muerte. En todas
partes se comentaba a media voz, y en algunos lugares se llegó a decir en voz alta que Catalina de Médicis,
temerosa de que revelara algún terrible secreto, la había envenenado con unos guantes perfumados, obra de
un tal Renato, florentino muy hábil en tales menesteres. El rumor se propagó, adquiriendo mayores visos de
verosimilitud cuando, después de la muerte de la reina, a petición de su hijo, dos médicos, uno de los cuales
era el famoso Ambrosio Paré, fueron autorizados para abrir y estudiar el cadáver, excepción hecha del
cerebro. Como quiera que Juana de Navarra había sido envenenada por la vía del olfato, sólo el cerebro,
única parte del cuerpo excluida de la autopsia, podía presentar huellas del crimen. Y empleamos esta
palabra porque nadie dudó que se trataba de un crimen.
No acababan aquí los motivos de extrañeza. Señalemos particularmente con qué empeño, lindante con la
obstinación, había tomado el rey Carlos esta boda; bien es verdad que no solamente restablecía la paz en su
reino, sino que atraía a París a los principales hugonotes de Francia.
Como los desposados pertenecieran, uno a la religión católica y otro a la reformada, hubo de recurrirse
para la autorización a Gregorio XIII, que ocupaba por entonces la Sede Pontificia. Pero la dispensa tardaba
y tal retraso llegó a inquietar en sumo grado a la reina de Navarra, quien un día expresó al rey Carlos IX sus
temores de que no fuera concedida, a lo que el rey tuvo a bien contestar:
-No os preocupéis, mi buena tía: os respeto más que al Papa y amo a mi hermana más de lo que parece.
No soy hugonote, pero tampoco soy tonto, y si el señor Papa pretende hacerse el remolón, yo mismo cogeré
a Margarita del brazo y la llevaré hasta el templo protestante para que se case con vuestro hijo.
Estas palabras circularon por el palacio y por la ciudad, regocijando profundamente a los hugonotes y
procurando graves motivos de intranquilidad a los católicos, que ya se preguntaban en secreto si el rey les
traicionaría o si sólo estaba representando una comedia que tendría a la postre cualquier desenlace
inesperado.
Sobre todo al almirante Coligny, quien desde cinco o seis años atrás no había cesado en su encarnizada
oposición al rey, la conducta de Carlos IX parecía inexplicable. Luego de haber puesto a precio su cabeza
ofreciendo por ella ciento cincuenta mil escudos de oro, el rey no brindaba más que a su salud, llamándole
padre y declarando ante todo el mundo que sólo a él confiaría en adelante la dirección de la guerra.
Llegaron las cosas a tal punto, que la propia Catalina de Médicis, que hasta entonces dirigió los actos, la
voluntad y hasta los deseos del joven príncipe, parecía empezar a inquietarse seriamente; no sin motivo, ya
que, en un momento de desahogo, Carlos IX había dicho al almirante a propósito de la guerra de Flandes:
-Padre mío, será preciso que cuidemos de que la reina madre, que como sabéis en todo quiere meter la
nariz, no se entere de nada. Hemos de mantener este asunto tan en secreto, que ella no lo pueda adivinar,
pues embrolladora como es, nos lo echaría todo a perder.
A pesar de su buen sentido y de su experiencia, Coligny no supo mantenerse fiel a una confianza tan
ilimitada. Había llegado a París con grandes sospechas, pues, al salir de Chátillon, un campesino se arrojó a
sus pies gritando: «¡oh señor, nuestro buen amo, no vayáis a París, porque, si vais, moriréis lo mismo que
todos los que os acompañan!» Sin embargo, aquellos recelos se apagaron poco a poco en su corazón y en el
de su yerno, Teligny, a quien el rey también daba grandes muestras de amistad llamándole su hermano, así
como llamaba padre al almirante, y tuteándole como solía hacer con sus mejores amigos.
Los hugonotes, pues, excepto algunos de espíritu melancólico y desconfiado, se hallaban por completo
tranquilos. La muerte de la reina de Navarra se había atribuido a una pleuresía, y los espaciosos salones del
Louvre se veían llenos de todos aquellos valientes protestantes que esperaban del matrimonio de su joven
jefe Enrique un inesperado cambio de fortuna. El almirante Coligny, La Rochefoucauld, el príncipe de
Condé hijo, Teligny, en fin, todos los capitostes del partido se consideraban triunfantes al ver
todopoderosos en el Louvre y tan bien acogidos en París a aquellos mismos a quienes tres meses antes el
rey Carlos y la reina Catalina querían colgar de horcas más altas que las empleadas para los reos de
asesinato. No faltaban más que el mariscal de Montmorency, a quien en vano se hubiera buscado entre sus
pares. Ninguna promesa pudo seducirlo ni se dejó engañar por ningún gesto. Retirado en su castillo de
L'Isle-Adam, daba por excusa de su ausencia el dolor que aún le causaba la falta de su padre, el condestable
Anio de Montmorency, muerto de un tiro de pistola por Robert Stuart en la batalla de San Dionisio. Como
habían transcurrido ya más de tres años desde tan desdichado acontecimiento y la sensibilidad no era una
virtud muy en boga en aquella época, cada cual interpretó como quiso aquel luto que prolongaba más de lo
común.
Nada daba la razón al mariscal de Montmorency: el rey, la reina y los duques de Anjou y de Alençon
cumplían a las mil maravillas con los honores de la fiesta.
El duque de Anjou recibía de los propios hugonotes alabanzas muy merecidas con motivo de las dos
batallas de Jarnac y de Montcontour, que supo ganar cuando todavía no había cumplido los dieciocho años,
siendo en esto más precoz que César y Alejandro, a quienes se les comparaba, cuidando muy bien de situar
en un plano inferior a los vencedores de Issus y de Farsalia. El duque de Alençon veía todo esto con su
mirada seductora y falsa. La reina Catalina, resplandeciente de alegría, hecha una dulzura, felicitaba al
príncipe Enrique de Condé por su reciente matrimonio con María de Cleves. En fin, hasta los señores de
Guisa sonreían a los seculares enemigos de su casa, y el duque de Mayenne conversaba con el señor de
Tavannes y el almirante sobre la próxima guerra que, ahora más que nunca, era llegado el momento de
declarar a Felipe II.
Por en medio de los grupos iba y venía, con la cabeza ligeramente ladeada y el oído atento a todas las
conversaciones, un joven barbilampiño de dieciocho años, de inteligente mirada, cabello negro muy corto,
cejas espesas, nariz aguileña y sonrisa maliciosa. Este joven, que tan sólo se había distinguido en el
combate de Arnay-leDuc, donde expuso valientemente su vida, y que ahora recibía múltiples felicitaciones,
era el alumno preferido de Coligny y el héroe del día. Tres meses antes, es decir, cuando todavía su madre
no había muerto, le llamaban príncipe de Bearne; ahora era rey de Navarra, hasta tanto no fuese Enrique
IV.
De vez en cuando, una nube sombría y rápida cruzaba por su frente; sin duda recordaba que hacía apenas
dos meses que su madre había muerto y que él era quien menos podía dudar que había sido envenenada,
pero la nube debía ser pasajera, puesto que desaparecía como una sombra flotante; precisamente quienes le
dirigían la palabra, le felicitaban y se codeaban con él, eran los mismos que habían asesinado a la valiente
Juana de Albret.
A pocos pasos del rey de Navarra, casi tan pensativo y preocupado como alegre y expansivo aparentaba
estar el rey, el joven duque de Guisa conversaba con Teligny. Más afortunado que el bearnés, su fama, a los
veintidós años, era casi tan grande como la de su padre, el gran Francisco de Guisa. Era un distinguido
mozo, de elevada estatura, de mirada altiva y orgullosa y dotado de tan natural majestuosidad, que a su
paso los demás príncipes parecían plebeyos. Pese a su juventud, los católicos le consideraban jefe de su
partido, mientras que los hugonotes reconocían como jefe del suyo a Enrique de Navarra, cuyo retrato se
acaba de esbozar.
Comenzó usando el título de príncipe de Joinville, habiendo hecho sus primeras armas en el sitio de
Orleáns, al lado de su padre, que murió en sus brazos acusando al almirante Coligny de ser su asesino.
Entonces, el joven duque hizo, como Annibal, un solemne juramento: vengar la muerte de su padre en la
persona del almirante o en la de algún miembro de su familia, y perseguir a los de su religión sin tregua ni
reposo, prometiendo a Dios convertirse en su ángel exterminador sobre la tierra hasta concluir con el último
hereje. Por fuerza había de producir gran asombro el ver a este príncipe, siempre tan fiel a su palabra,
estrechar la mano de quienes juró ser enemigo mortal y charlar amistosamente con el yerno de aquél a
quien, ante su padre agonizante, prometió dar muerte.
Pero, como ya hemos dicho, ésta era la noche de las sorpresas. El observador privilegiado, que hubiese
podido asistir a la fiesta provisto de ese conocimiento del porvenir del que por fortuna carecen los hombres
y de esa facultad de leer en los corazones que, por desdicha, solo pertenece a Dios, habría gozado sin duda
del más curioso espectáculo que ofrecen los anales de la triste comedia humana.
Este observador, que faltaba en las galerías interiores del Louvre, continuaba en la calle, mirando con
ojos llameantes y rugiendo con voz amenazadora: este observador era el pueblo, quien, con su instinto
maravilloso agudizado por el odio, seguía desde lejos el ir y venir de las sombras de sus enemigos
implacables, deduciendo sus pasiones tan claramente como pueda hacerlo un espectador situado ante las
ventanas de un salón de baile en el que no puede entrar. La música embriaga y marca el compás al bailarín,
mientras que el espectador de fuera, como no la oye y tan sólo advierte el movimiento, ríe de ese muñeco
que parece agitarse caprichosamente.
La música que embriagaba a los hugonotes era la voz de su orgullo. Aquellas luminarias que a media noche
veían los parisienses eran los relámpagos de su odio que iluminaban el porvenir. Sin embargo, todo reía
en el interior del Louvre, y ahora un murmullo más dulce y halagador que nunca se dejó sentir: la joven
desposada, después de quitarse su traje de boda, su manto y su largo velo, acababa de entrar en el salón de
baile, acompañada por la hermosa duquesa de Nevers, su mejor amiga, y conducida por su hermano Carlos
IX, que la presentaba a sus principales invitados.
La recién casada, hija de Enrique II, era la perla de la corona de Francia, es decir, Margarita de Valois, a
quien el rey Carlos IX, con su familiar ternura, llamaba siempre «mi hermana Margot».
Jamás un recibimiento, por halagador que fuese, había sido tan merecido como el que ahora se dispensaba
a la nueva reina de Navarra. Margarita, que entonces apenas contaba veinte años, era ya el objeto de
las alabanzas de todos los poetas. Unos la comparaban a la aurora, otros a Citerea. Era, en efecto, la belleza
sin rival en aquella corte donde Catalina de Médicis había reunido, para convertirlas en sus Sirenas, a las
mujeres más hermosas que pudo hallar. Tenía los cabellos negros, el color encendido, la mirada voluptuosa

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