Visiones peligrosas 1

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Esto que tienen ustedes en sus manos es más que un libro. Si tenemos suerte, será
una revolución.
Este libro, la mayor antología de ficción especulativa jamás publicada de historias por completo originales, y probablemente una de las mayores en cualquier sentido, ha sido confeccionado según conceptos específicos de revolución. Su finalidad es sacudir un poco las cosas. Ha sido concebido como una necesidad de nuevos horizontes, nuevas formas, nuevos estilos, nuevos desafíos en la literatura de nuestro tiempo. Si ha sido confeccionado adecuadamente, proporcionará esos nuevos horizontes, estilos, formas y desafíos. Si no, al menos seguirá siendo un buen libro lleno de historias entretenidas.

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Introducción: Treinta y dos augures
Esto que tienen ustedes en sus manos es más que un libro. Si tenemos suerte, será
una revolución.
Este libro, la mayor antología de ficción especulativa jamás publicada de historias por
completo originales, y probablemente una de las mayores en cualquier sentido, ha sido
confeccionado según conceptos específicos de revolución. Su finalidad es sacudir un
poco las cosas. Ha sido concebido como una necesidad de nuevos horizontes, nuevas
formas, nuevos estilos, nuevos desafíos en la literatura de nuestro tiempo. Si ha sido
confeccionado adecuadamente, proporcionará esos nuevos horizontes, estilos, formas y
desafíos. Si no, al menos seguirá siendo un buen libro lleno de historias entretenidas.
Existe una camarilla de críticos, analistas y lectores que pretenden que el «mero
entretenimiento» no es suficiente, que una historia debe tener también vigor y sustancia,
un profundo mensaje filosófico o superabundancia de superciencia. Si bien sus
afirmaciones poseen un cierto mérito, lo cierto es que demasiado a menudo se han
convertido en la razón de ser de la ficción, su preocupación pontificadora de decir cosas.
Aunque ya no podemos sugerir que los cuentos de hadas son el nivel más elevado que
puede alcanzar la ficción moderna ni que la teoría debe dominar a la intriga, sí podemos
vernos obligados a optar por lo primero en vez de por lo segundo, si nos hallamos
encadenados con la amenaza de astillas de bambú metidas bajo nuestras uñas.
Por fortuna, este libro parece dirigirse directamente hacia el área de en medio. Cada
historia es casi obstinadamente entretenida.
Pero todas están llenas también de ideas. No simplemente ideas como las que han
leído un centenar de veces antes en los pulps, sino ideas frescas y atrevidas; a su
manera, visiones peligrosas.
¿Por que toda esta cháchara acerca de entretenimiento versus ideas, en una
introducción bastante larga a un libro aún mucho más largo? ¿Por qué no dejar que las
historias hablen por sí mismas? Porque… aunque anadee como un pato, grazne como un
pato, parezca un pato y se reúna con los demás patos, no tiene por qué ser
necesariamente un pato. Ésta es una colección de patos que se convertirán en cisnes
ante sus propios ojos. Son historias tan puramente entretenidas que parece inconcebible
que el ímpetu con que fueron escritas fuera una llamada a las ideas. Pero ése era
precisamente el caso, y mientras contemplan maravillados cómo esos patos del
entretenimiento se transforman en cisnes de ideas, se hallarán enfrentados a un conjunto
de historias que les demostrarán lo que es la new thing, o nouvelle vague si lo prefieren,
de la literatura especulativa.
Y aquí, queridos lectores, es donde reside la revolución.
Hay algunos que dicen que la ficción especulativa empezó con Luciano de Sarnosata y
Esopo. Sprague de Camp, en su excelente Science Ficíion Handbook (Guía de la ciencia
ficción, Hermitage House, 1953), cita los nombres de Luciano, Virgilio, Homero, Heliodoro,
Apuleyo, Aristófanes y Tucídides, y llama a Platón «el segundo griego padre de la ciencia
ficción». Groff Conklin, en The Best of Science Fiction (Lo mejor de la ciencia ficción,
Crown, 1946), sugiere que los orígenes históricos pueden ser trazados sin ninguna
dificultad a partir del Gulliver del decano Swift, de The Great War Syndicate (El sindicato
de la gran guerra) de Frank R. Stockton, de The Moon Hoax (El fraude de la Luna) de
Richard Adams Locke, del Looking Backward (Mirando hacia atrás) de Edward Bellamy,
así como de Verne, Arthur Conan Doyle, H. G. Wells y Edgar Allan Poe. En la antología
clásica Adventures in Time and Space (Aventuras en el tiempo y el espacio, Random
House, 1946), Healy y McComas optan por el gran astrónomo Johannes Kepler. Por mi
parte yo me inclino a apoyar la idea de que las bases de toda la gran ficción especulativa
se hallan en la Biblia. (Hagamos una pausa de un microsegundo para rogarle a Dios que
no descargue sobre mí uno de sus rayos.)
Pero antes de que sea acusado de intentar robarles notoriedad a los historiadores
establecidos de la ficción especulativa, déjenme asegurarles que les he ofrecido esta
relación de raíces únicamente para indicar que me he aprendido todas mis lecciones y
que por lo tanto estoy cualificado para efectuar las impertinentes observaciones que
siguen.
En realidad, la ficción especulativa en los tiempos modernos nació con Walt Disney y
su clásico film de dibujos animados Streamboat Willie, en 1928. No hay duda de que así
fue. ¿Qué sentido tiene si no un ratón que puede manejar un bote de recreo a pedales?
Después de todo, es un punto de partida tan razonable como partir de Luciano, porque
si empezamos a bucear en el viejo quid de las cosas, descubriremos que el inicio de la
ficción especulativa se halla en el primer Cromagnon que imaginó lo que había resollado
en las tinieblas más allá de su pequeño fuego. Si lo imaginó con nueve cabezas, ojos
facetados de abeja, mandíbulas exhalando fuego, y llevando zapatillas de gimnasia y una
chaqueta raída, estaba creando la ficción especulativa. Si lo vio como un puma, entonces
probablemente estaba al corriente, y no cuenta. Además, era cobarde.
Nadie puede negar razonablemente que las Amazing Stories de Gernsback en 1926
fueron el más obvio antepasado de lo que hoy, en este volumen, llamamos «ficción
especulativa». Y si aceptamos esto, entonces debemos rendir tributo a Edgar Rice
Burroughs, E. E. Smith, H. P. Lovecraft, Ed Earl Repp, Ralph Milne Farley, el capitán S. P.
Meek, del ejército de los Estados Unidos (retirado)…; a toda esa multitud. Y por supuesto
a John W. Campbell, Jr., que dirigía una revista que publicaba ciencia ficción, llamada
Astounding, y que ahora dirige una revista que publica un montón de dibujos
esquemáticos llamada Analog. El señor Campbell es generalmente considerado como el
«cuarto padre de la moderna ficción especulativa» o algo así, porque fue él quien sugirió a
los escritores que pusieran personajes dentro de sus máquinas. Lo cual nos lleva a
ustedes y a mí a los años cuarenta, con las gadget storíes.
Pero eso no nos dice mucho acerca de los años sesenta.
Después de Campbell, vinieron Horace Gold, Tony Boucher y Mick McComas, que
fueron pioneros de la concepción radical de que la ciencia ficción debía ser juzgada por
los mismos altos estándares que todas las demás formas literarias. Eso fue como un
fuerte puñetazo en la barriga para la mayoría de los pobres diablos que habían estado
escribiendo y vendiendo sus cuentos dentro del género. Significaba que tenían que
aprender a escribir bien, no simplemente a pensar un poco.
Con este escenario entramos ahora chapoteando hasta las rodillas en las horribles
historias de los Agitados Años Sesenta. Que aún no han empezado a agitarse realmente.
Pero la revolución está al alcance de la mano. Vengan conmigo.
Durante veintitantos años el fiel fan de la ficción especulativa había permanecido
golpeándose el pecho y gimiendo que el mainstream literario no reconocía las obras
literarias realmente imaginativas. Se lamentaba del hecho de que libros como 1984, Un
mundo feliz, Limbo y La hora final hubieran recibido aclamaciones de la crítica pero no
hubieran sido etiquetados como «ciencia ficción». De hecho, argüía, fueron
automáticamente excluidos de acuerdo con la simplista teoría de que «eran buenos libros;
no podían ser considerados junto con esa basura de la ciencia ficción». Se aferraba al
más pequeño esfuerzo marginal, no importa lo desconsolador que fuera (por ejemplo, The Lomokome Papers, de Wouk, el Anthem de Ayn Rand, el Loto blanco de Hersey, El
planeta de los simios de Boulle), sólo para tranquilizarse a sí mismo y reforzar su
argumentación de que el mainstream estaba robándole obras al género, y que había
mucho que compartir con el ouvrage de longue haleine que era la ciencia ficción.
Ese fan fiel está hoy pasado de moda. Se halla veinte años más atrás de su tiempo.
Aún se le puede oír murmurando de forma paranoica en el trasfondo, pero actualmente es
más un fósil que una fuerza. La ficción especulativa ha sido descubierta, y está siendo
usada por el mainstream, y se halla en proceso de ser asimilada. La naranja mecánica de
Burgess, Dios le bendiga, Sr. Rosewater y La cuña del gato de Vonnegut, El comprador
de niños de Hersey, Sólo los enamorados quedaron con vida de Wallis y Ustedes
deberían conocerlos de Vercors (por citar tan sólo algunos títulos recientes) son novelas
especulativas de gran altura, las cuales utilizan muchas de las herramientas puestas a
punto por los escritores de ciencia ficción en su propio remolino a contracorriente del
género. Ningún ejemplar de revista de gran circulación deja de dar su reconocimiento a la
ficción especulativa, ya sea por haber anticipado algún detalle de curiosidad científica que
hoy se ha vuelto muy común, o simplemente alabando algunos de los nombres más
importantes del género por medio de la inclusión de su obra junto a la de John Cheever,
John Updike, Bernard Malamud, Saúl Bellow.
Hemos llegado; es la ineludible conclusión.
Y pese a ello ese fan impenitente, y toda la miríada de escritores, críticos y editores
que han desarrollado una visión túnel a lo largo de años y más años de sentirse
encerrados en un gueto, persisten en sus lamentos antediluvianos, rechazando ese
reconocimiento por el que suspiran y sollozan. Es lo que Charles Fort llamó «la época de
la máquina de vapor». Cuando llegue el momento en que la máquina de vapor deba ser
inventada, alguien lo hará, aunque no sea James Watt.
Ésta es «la época de la máquina de vapor» para los escritores de ficción especulativa.
El milenio está al alcance de la mano. Nosotros somos lo que está ocurriendo.
Y la mayoría de esos aficionados de la fantasía ficción ante su muro de las
lamentaciones odian esto enormemente. Porque de repente incluso el conductor del
autobús, el dentista, el vagabundo de la playa y el chico de los recados del colmado están
leyendo sus historias; y lo que es peor, esos tipos recién llegados puede que no muestren
la deferencia debida hacia los Grandes Viejos Maestros del género, puede que no
piensen que las historias del Skylark sean brillantes, maduras y fascinantes; puede que no
les guste sentirse confundidos por una terminología que ha sido aceptada por la ciencia
ficción desde hace treinta años; puede que deseen comprender lo que está ocurriendo;
puede que no se adapten al viejo orden. Puede que prefieran Star Trek y Kubrick a
Barsoom y Ray Cummings. Y así, son también los destinatarios de las sonrisas burlonas
del fan, una mueca de los labios que se parece mucho al desmoronarse de una vieja
edición pulp de Famous Fantastic Mysteríes.
Pero aún más odiosa es la entrada en escena de escritores que no aceptan las
antiguas reglas. Esos chicos sabelotodo que escriben «todas esas cosas literarias», que
toman las aceptadas y venerables ideas de la arena especulativa y se las pasan por las
narices. Esos tipos son unos blasfemos. Dios los golpeará de lleno con sus rayos.
Y sin embargo, la ficción especulativa (¿observan cómo evito astutamente utilizar el
erróneo apelativo de «ciencia ficción»?) es el campo más fértil para el desarrollo del
talento de un escritor sin lazos ni fronteras, con horizontes que nunca parecen estar
demasiado cerca. Y todos esos tipos sabelotodo no dejan de surgir, sacando con frenesí
a la vieja guardia de sus casillas. ¡Señor!, cómo han caído los que estaban más alto;
porque la mayoría de los «grandes nombres» del género, que dominaban las portadas y
los precios más altos de las revistas durante más años de los que merecían, ya no
pueden seguir con ello, ya no producen. O se han trasladado a otros campos, dejando
éste a los nuevos y más brillantes, y a aquellos que eran nuevos y brillantes ya con
anterioridad pero que habían pasado desapercibidos porque no eran «grandes nombres».
No obstante, pese al nuevo interés en la ficción especulativa que muestra el
mainstream, pese a los más amplios y variados estilos de los nuevos escritores, pese a la
enormidad y expansión de los temas que se abren a esos escritores, pese a lo que parece
a primera vista un mercado sano y en expansión…, hay una constrictora estrechez mental
por parte de muchos editores y directores de revistas del género. Porque muchos de esos
editores y directores de revistas fueron en su tiempo simples fans, y retienen ese prejuicio
especializado hacia la ciencia ficción de su juventud. Escritor tras escritor descubren que
están precensurando su obra incluso antes de escribirla porque saben que su editor no
les permitirá que discutan de política en sus páginas, y que ese otro huirá aterrado ante
historias que exploren el sexo en el futuro, y el de más allá, que es tan poco importante
que tiene su oficina en el semisótano, no pagará más que en alubias y arroz, así que para
qué preocuparse en calentarse la cabeza y quemar tantas células grises sobre una idea
atrevida cuando ese piojoso sólo aceptará la vieja mierda del tío-loco-en-su-máquina-deltiempo.
A eso se le llama un tabú. Y no hay ni un solo editor del género que no esté dispuesto a
jurar, bajo la amenaza de la tortura del agua, que él no lo ha hecho, que no ha rociado
incluso toda su oficina con insecticidas para evitar que uno de esos tabúes anide en los
archivadores como un lepisma. Lo han dicho en las convenciones, lo han afirmado en
letra de imprenta, pero hay más de una docena de escritores sólo en este libro que, por
poco que se les pida, relatarán historias de horror y censura que incluyen a todos los
editores del género, incluso aquel que es tan poco importante que tiene su oficina en el
semisótano.
Oh, sí, se producen desafíos en el campo, y auténticas controversias, y se publican
obras lúcidas; pero hay tantas y tantas otras que quedan en los cajones…
Y nadie le ha dicho al escritor especulativo: «Elimina todas las barreras, no te dejes
frenar por nada, ¡di lo que tengas que decir!», al menos hasta que este libro empezó a
elaborarse.
No miren ahora, pero se encuentran en la línea de fuego de la gran revolución.
En 1961 este recopilador…
…Esperen un segundo. Acabo de recordar algo que hubiera debido decir. Quizás hayan
observado una falta de solemnidad y reserva por parte del responsable…, yo. No es
debido tanto a la exuberancia de la juventud —aunque hay legiones que jurarían que
tengo catorce años desde que pasé los diecisiete— como a la reluctancia por parte del yo
de aceptar la dura realidad de que el yo que es todo escritor ha renunciado a una
pequeña parte de su Gestalt de autor para convertirse en un recopilador. Me parece
enormemente extraño que, de todas las grandes cabezas pensantes del género, de todos
los hombres que son mucho más eminentes y están mucho mejor dotados que yo para
erigir un libro tan importante como me gusta pensar que es éste, la tarea haya recaído
sobre mí. Pero luego, pensando en ello, parece inevitable; una tarea como ésta no puede
hacerse con talento, sino con la sensación de urgencia y la obstinada determinación que
yo experimento. Si hubiera sabido al empezar que me tomaría más de dos años reunir
este libro, y todos los dolores de cabeza y gastos que me reportaría…, lo habría hecho de
todos modos.
Así que, a cambio de todas las maravillas que hallarán aquí, tendrán que sufrir la
intrusión del recopilador, que es un escritor como todos los demás reunidos en estas
páginas, y que se siente encantado de ser capaz de jugar a Dios aunque sólo sea por una
vez.
Bien, ¿dónde estaba?
Ah, sí. En 1961 este recopilador fue contratado para preparar una colección de libros
de bolsillo para una editorial pequeña en Evanston, Illinois. Entre los proyectos que
deseaba realizar en aquella colección estaba una antología de historia de ficción
especulativa, de escritores importantes, todas inéditas, y de naturaleza más bien
controvertida. Contraté a un renombrado recopilador, que hizo lo que muchos llamarían
un buen trabajo. Yo no opino así. Las historias me parecieron o tontas o insípidas o torpes
o aburridas. Algunas de ellas han sido publicadas más tarde en otros lugares, incluso
unas pocas han sido consideradas entre «lo mejor de…». De Leiber, Bretnor y Heinlein,
por recordar sólo tres. Pero el libro no me excitó de la forma en que deseaba que lo
hiciera una recopilación de ese tipo. Cuando abandoné la firma, otro director intentó lo
mismo con un segundo recopilador. No fueron mucho nías lejos. El proyecto murió antes
de nacer. No tengo la menor idea de lo que les ocurrió a esas historias que ambos
recopiladores reunieron.
En 1965 estaba charlando con Norman Spinrad en mi modesto nido de pájaro en Los
Ángeles, afectadamente llamado «Ellison Wonderland» (El país de las maravillas de
Ellison) en honor al libro del mismo título. Estábamos sentados hablando de esto y
aquello, cuando Norman empezó a quejarse de los recopiladores, por una u otra razón
que ahora escapa a mi memoria. Dijo que pensaba que yo debía sostener algunas de las
revolucionarias ideas que había estado esparciendo un poco por todas partes acerca de
la «nueva cosa» en la ficción especulativa con una antología basada en ellas.
Sonreí estúpidamente. Yo nunca había elaborado una antología, ¿qué demonios sabía
yo de eso? (Una actitud que muchos críticos de este libro adoptarán una vez lo hayan
terminado. Pero continuemos…)
Poco antes de eso le había vendido a Robert Silverberg un relato corto para una
próxima antología que él estaba preparando. Yo me había quejado de algún detalle sin
importancia que ahora no recuerdo, y había recibido una respuesta, parte de la cual
reproduzco a continuación, con el inimitable estilo del propio Silverberg:
Día 2 de octubre de 1965. Querido Harían: Te alegrará saber que en el transcurso de
un largo y agotador sueño, esta última noche, te he visto ganar dos Hugos en la Worldcon
del año pasado. Tú también parecías estar muy satisfecho de ello. No estoy seguro de en
qué categorías ganaste, pero una de ellas era probablemente Quejas Infundadas.
Permíteme una breve y paternal conferencia en respuesta a tu carta de autorización para
la antología (que estoy seguro va a hacer sobresaltarse a las dulces damas de Duell,
Sloan & Pearce)…
En cuyo punto se lanzaba a una mordaz denuncia de mis actitudes hacia aceptar una
cantidad insignificante por la reproducción en una antología de una historia de segunda
clase que él hubiera debido tener el buen sentido de empezar por no incluir. Luego
seguían varios párrafos de naderías destinadas (sin éxito, debo añadir) a ablandarme un
poco; párrafos muy divertidos, ciertamente, pero que tienen escasa importancia aquí y
ahora, por lo que quienes deseen conocerlos deberán acudir a los archivos de la
Universidad de Syracuse algún día en el futuro. Pero volvamos a lo que nos interesa, que
es lo que venía a continuación:
¿Por qué no haces tú mismo una antología? HARLAN ELLISON ESCOGE LOS
MEJORES CLÁSICOS EXCÉNTRICOS DE LA CIENCIA FICCIÓN, o algo así…
Firmaba la carta «Ivar Jorgensen». Pero ésa es otra historia.
Spinrad me aguijoneó. Hazla, hazla, mein kind. Así que me lancé al teléfono e hice una
llamada a largadistancia (así, en una sola palabra, como me enseñó mi abuela yiddish,
que palidecía cada vez que la sugerías). Para llamar a Lawrence Ashmead, de
Doubleday. Él nunca había hablado conmigo antes. Si hubiera sabido qué nuevos
horrores, ¡qué nuevos horrores!, le aguardaban por causa de su habitual educación,
habría arrojado el ofensivo aparato por la ventana del piso dieciocho del edificio estilo
Ministerio de la Verdad de Park Avenue donde están las oficinas de Doubleday en
Manhattan.
Pero escuchó. Tejí mágicos hilos de oro de arácnea ilusión. Una gran antología, todo
historias inéditas, controvertidas, demasiado fuertes para que sean adquiridas por las
revistas, escritores de primera línea, escritores importantes procedentes del mainstream,
acción, aventura, pathos, un lanzamiento de miles y miles, la gallina de los huevos de oro.
Picó. Picó inmediatamente. El orador de lengua de plata había atacado de nuevo. Oh,
se sentía seducido por la idea. El 18 de octubre recibí la siguiente carta:
Querido Harían: la opinión general de los directores editoriales que han estudiado su
proyecto de VISIONES PELIGROSAS es que necesitamos algo más definido sobre lo que
empezar a trabajar… A menos que pueda indicarnos usted exactamente qué hay
disponible en historias inéditas y pueda proporcionarme un índice bastante definitivo, no
veo muchas posibilidades de conseguir que este proyecto sea aprobado por nuestro
Comité de Publicaciones. Las antologías están a diez centavos la docena estos días, y a
menos que sean algo especial, no justifican un anticipo importante. De hecho, mi política
es limitar las antologías (a menos que sean «algo especial») a los autores que
contribuyen regularmente al fondo de Doubleday con novelas. De modo que, si puede
asegurarnos usted la mayor parte del contenido de VISIONES PELIGROSAS con algunos
contratos ya firmes… Sé muy bien que esto le coloca más o menos en la situación del
Hombre de Caramelo que no puede correr hasta estar caliente y que no puede calentarse
a menos que corra, pero…
Y ahora un dato de información histórica. Tradicionalmente, las antologías se han
compuesto siempre a base de historias publicadas ya en forma seriada o en revistas.
Pueden ser adquiridas para una edición en tapas duras de la antología por una fracción
de su coste original. El beneficio para el escritor aparece con las ventas subsiguientes:
reediciones de bolsillo, venta de derechos a otras lenguas, etc. Y puesto que ya había
cobrado originalmente una vez por su obra, todo lo demás es regalo. Así, un anticipo de
mil quinientos dólares a cuenta de derechos pagados a un recopilador significa que éste
puede quedarse, como es costumbre, la mitad para sí y repartir los setecientos cincuenta
dólares restantes entre once o doce autores, consiguiendo así un libro bastante
voluminoso. Este libro, sin embargo, había sido concebido como una recopilación de
relatos inéditos, lo cual significaba que las historias deberían ser escritas específicamente
para el libro (o, en algunos pocos casos, ser una de esas historias escritas hace ya tiempo
y rechazadas por los mercados tradicionales debido a los tabúes, de uno u otro tipo; esa
última posibilidad era, obviamente, mucho menos atractiva, puesto que por lo general, a
menos que la historia sea demasiado «caliente», siempre puede ser vendida a alguien; si
nadie la había comprado, había muchas posibilidades de que fuera mala y no demasiado
polémica; muy pronto iba a descubrir que mi razonamiento era correcto; las historias de
naturaleza polémica son compradas a menudo por los editores no porque choquen y
sorprendan, sino porque son escritas por autores con «nombre» que pueden permitirse
ese lujo; los autores menos conocidos tienen muchos más problemas en venderlas; y a
menos que desarrollen más tarde un nombre más prominente, y rebusquen algún día
esas historias «calientes» en sus cajones, éstas nunca llegan a ver la luz).
Pero para que un escritor aceptara colaborar con una historia a este libro, mi precio
debía ser competitivo con el que le ofrecerían las revistas. Eso significaba que el anticipo
estándar de mil quinientos dólares no era suficiente. No si se trataba de llevar adelante un
proyecto grande, amplio y representativo.
Los tres centavos extra por palabra de publicación en revista cobran mucha
importancia para los independientes que se ganan la vida estrictamente con las revistas.
Así que necesitaba al menos tres mil dólares, el doble del anticipo. Ashmead, que no
tiene permiso de Nelson Doubleday para rebasar ese tope de mil quinientos dólares, tenía
que dirigirse al Comité de Publicaciones, y no creía que se mostraran muy entusiasmados
en este estadio de la jugada. Dudaban incluso de entregar los primeros mil quinientos
dólares.
De modo que el orador con-garganta-de-cadmio tomó de nuevo el teléfono.
—¡Hey, Larry, mi gatito querido!
Lo que surgió finalmente de allí fue el mayor lío de cifras desde el escándalo del Teapot
Dome. Ashmead me enviaría los primeros mil quinientos dólares de anticipo, con los
cuales podría adquirir tan sólo la mitad del material propuesto inicialmente. Luego le
enviaría las historias a él y le diría que necesitaba otros mil quinientos dólares para
completar el proyecto, y si las cosas funcionaban tal como anticipábamos, habría pocas
dificultades en persuadir al Comité de que aceptara el resto.
Hoy, diecinueve meses más tarde, VISIONES PELIGROSAS ha costado a Doubleday
tres mil dólares, a mí dos mil setecientos dólares sacados de mi bolsillo (y no de mis
derechos de recopilador) y al autor Larry Niven setecientos cincuenta dólares, que puso
voluntariamente en el proyecto a fin de que pudiera realizarse. Además, cuatro de los
autores aún no han sido pagados. Sus historias llegaron tarde, cuando el libro estaba
ostensiblemente cerrado; pero habiendo oído acerca del proyecto, y sintiéndose
entusiasmados con él, deseaban ser incluidos, y habían aceptado ser pagados más tarde,
con sumas sacadas de la parte de Ellison en los beneficios y no de los royalties de los
autores.
Esta introducción ya está terminando. Gracias a las estrellas. Mucho de los increíbles
incidentes que ocurrieron en el transcurso de su nacimiento deberán quedarse sin ser
contados aquí. La historia de Thomas Pynchon. La anécdota de Heinlein. El asunto de
Laumer. El incidente de las tres historias de Brunner. El vuelo de último minuto a Nueva
York para asegurarse las ilustraciones de Dillon. El epílogo de Kingsley Amis. ¡La
pobreza, la enfermedad, el odio!
Sólo una pocas palabras más sobre la naturaleza de esta obra. En primer lugar,
pretendía ser un cuadro de los nuevos estilos de literatura, osados lanzamientos,
pensamientos poco populares. Creo que, con sólo una o dos excepciones, cada una de
las historias incluidas encaja con esa intención. No esperen nada, permanezcan
completamente abiertos a lo que los autores están intentando hacer, y deléitense con ello.
Hay muchos autores familiares a los lectores de ficción especulativa cuyas obras no
están incluidas aquí. Ésta no pretende ser una antología exhaustiva. Por la propia
naturaleza de lo que escriben, muchos autores fueron excluidos porque ya habían dicho
años atrás lo que tenían que decir. Otros no han podido aportar nada polémico o atrevido
en su contribución. Algunos expresaron falta de interés hacia el proyecto. Pero, con una
sola excepción, este libro no estuvo nunca cerrado a ningún escritor debido a prejuicios
editoriales. Así, encontrarán ustedes nuevos jóvenes escritores como Samuel Delany al
lado de artesanos reconocidos como Damon Knight. Descubrirán visitantes de otros
campos tales como el televisivo Howard Rodman junto a veteranos de las guerras de la
ciencia ficción como la encantadora (y en este caso estremecedora) Miriam Allen deFord.
Encontrarán escritores tradicionales como Philip Joseph Farmer. Sólo buscábamos lo
nuevo y lo diferente, pero en algunos casos la historia era tan…, tan historia (del mismo
modo que una silla puede ser muy muy silla) que se obligaba a sí misma a ser incluida.
Y finalmente, fue para mí un privilegio hacer este libro. Tras el asalto de este discurso
ampuloso, puede que el lector considere esto como un gesto de engañosa humildad.
Todo lo que puedo ofrecer aquí es la afirmación del recopilador de que la palabra
«privilegio» es demasiado poco expresiva. Haber vivido el crecimiento de este volumen
vivo y apasionante era como mirar a través del agujero de la cerradura no sólo el futuro,
sino también el futuro del género de la literatura especulativa.
Gracias a este observar, mientras esos treinta y dos augures contaban sus relatos del
mañana, este recopilador era capaz de llegar a la conclusión de que las maravillas y
riquezas que veía en la forma cuando empezaba a aprender por primera vez su arte
estaban reunidas realmente aquí. Si tienen ustedes alguna duda, recurran a las propias
historias. Ninguna de ellas ha sido publicada en ningún lugar antes, y durante el año
próximo al menos, ninguna de ellas aparecerá en ninguna otra parte, así que han hecho
ustedes una compra juiciosa; y han recompensado a los hombres que han tenido esas
visiones peligrosas.

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