Dioses de la guerra

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Este libro habla de la guerra, porque el siglo XXI amaneció aturdido por esa palabra. Como si quisiera darle la razón a Homero, que afirma desde el fondo de la historia que "los hombres se cansan antes de dormir, de amar, de cantar y de bailar que de hacer la guerra"

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Este libro habla de la guerra, porque el siglo XXI amaneció aturdido por esa palabra. Como si quisiera darle la razón a Homero, que afirma desde el fondo de la historia que "los hombres se cansan antes de dormir, de amar, de cantar y de bailar que de hacer la guerra"; o a Colmar von der Goltz, cuando en su libro La Nación en Armas sostiene que los pueblos "que desean la paz, deben prepararse para la guerra"; o a Hegel, que en sus Lecciones de Filosofia de la Historia Universal exalta las virtudes de la guerra llegando a la conclusión de que fue luchando en Troya que los antiguos griegos lograron la unidad material y espiritual.


El siglo comenzó escribiendo con sangre el "designio de la naturaleza" que movió las reflexiones de Kant, hasta llevarlo a la conclusión de que es la natural propensión al antagonismo lo que desarrolla las cualidades del hombre. Por eso, a pesar de que desea la concordia, posee una naturaleza que "sabe mejor que él lo que es bueno para su especie, y ella desea la discordia". Posiblemente, la guerra sea parte de la condición humana, aunque no necesariamente por la razón positiva que señala el filósofo alemán, sino por la apocalíptica sentencia que creyó descubrir Joseph de Maistre, quien en sus Soirées de St. Petersbourg le hace decir a uno de sus personajes que "la guerra cumple con un decreto divino: si no existiese su furia destructora, no podría realizarse entre los hombres la ley universal de la violencia, según la cual toda la naturaleza y el hombre en ella están sujetos a la necesidad del exterminio universal" .
Sacralizando el devenir de la historia desde una visión teologizante, de Maistre sentencia que "la tierra entera, continuamente empapada de sangre, es un altar inmenso donde todo lo que vive debe ser inmolado sin cesar hasta la consumación de las cosas, o sea, hasta la muerte de la muerte".


Personalmente, comparto la repulsión que contra las justificaciones de la violencia expresa Norberto Bobbio en El Problema de la Guerra y las Vías de la Paz, y la indignación que expone al respecto José Pablo Feinmann en La Sangre Derramada. Pero Dioses de la Guerra no contiene un tratado de filosofía, sino una simple descripción de los hechos y personajes que protagonizan el conflicto con que se inicia el Siglo XXI.. Una recopilación de ensayos publicados 'a partir del año 2000, que al sumarse componen una suerte de álbum de postales y retratos que permiten vislumbrar el paisaje del mundo; en el amanecer del nuevo milenio.


En parte, la metodología es la misma de mi primer libro. Por eso vale recurrir al prólogo de Crónicas de Fin de Siglo para explicar que "un álbum de postales y retratos no es un balance ni una conclusión final, porque los personajes y 1os hechos que desfilarán por estas páginas no son descriptos y analizados desde un momento posterior. Cada postal, cada retrato, muestra al hecho cuando ocurría y al personaje cuando actuaba. Los muestran tal como eran y como se veían en ese momento.


La mirada retrospectiva tiene muchas ventajas. Uno puede recoger todo lo escrito, comparar y corregir a la luz de lo ocurrido posteriormente y con la evidencia de las consecuencias producidas por esos acontecimientos y por esas personas. Pero también hay un valor en el retrato del momento. Los hechos y las personas se muestran como eran en esas circunstancias. Los álbumes de fotos tienen esa ventaja. Por eso éste es un álbum de fotografías. Sus personajes y paisajes aparecen como se veían, o como los veía la lente que. los tomó en el momento en que fueron retratados. Juntos componen un panorama'. El panorama del conflicto que marca el comienzo del siglo XXI. También vale, para Dioses de la Guerra, la advertencia sobre las deformaciones que la intención literaria puede causar en la presentación de los hechos. Por eso, como en Crónicas de Fin de Siglo, corresponde aclarar que "la realidad sobrepasa lo periodístico y los instrumentos de la crónica no alcanzan. Quiero decir que observar la realidad suele derribar las certezas de lo real. No sé si escribo lo que veo o lo que creo ver. No sé si lo que veo es lo que es, o simplemente lo que estoy viendo. Los personajes y los hechos son lo que son y también lo que hacen de ellos los ojos que los observan, y las mentes que hay detrás de esos ojos, y las vivencias que se acumulan en esas mentes.


Entonces la alternativa puede ser describir lo que veo, lo que siento, lo que creo. Pero…¿cómo abarcar con la descripción ciertas magnitudes? El relato. periodístico no alcanza. La irrealidad de lo real lo vuelve inútil. y cuando la desesperación nos empuja a descreer, viene la literatura a rescatamos.

Entonces la crónica o el análisis se confunden con el relato novelado o transitan por la estructura de un cuento. Ocurre que la aceptación de la irrealidad de lo real termina por liberar la imaginación. Y la imaginación suele enamorarse de las formas modificando rasgos, retocando paisajes o privilegiando el ritmo del relato de aventuras. Porque…¿cómo saber lo que verdaderamente pasa? Hay más certeza en la afirmación de lo que creo que pasa, pero hay que subrayar el "creo". y una posibilidad de hacerlo es privilegiando la forma, o sea refugiándose en la intención literaria".


Respecto al contenido, las postales y retratos componen un paisaje general del escenario que surge de los ataques del 11 de septiembre. Los personajes y los hechos evolucionan de tal modo que van conformando un tablero mundial radicalmente distinto. El propio George W Bush, de parecer inicialmente un presidente condenado a la intrascendencia, va descubriendo en los acontecimientos la posibilidad de imprimir un giro copernicano que, para bien o para mal, genera otras reglas en la escena internacional.


Apoyado en el ala derecha de su equipo, particularmente en el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, tal vez el principal ideólogo de la administración republicana, encontró en la guerra contra el terrorismo la hipótesis de conflicto que faltaba tras la desaparición de la Unión Soviética, convirtiéndola en la base para un nuevo orden tanto en el mundo como en el interior de los Estados Unidos.


Me refiero a que las políticas puestas en marcha desde el 11-S cambian aspectos esenciales de la naturaleza del Estado nortea.mericano y ponen punto final a las reglas mundiales que rigieron desde el Tratado de Westfalia, que puso fin en 1648 a la Guerra de los Treinta Años señalando el surgimiento de los estados modernos que superaron la concepción medieval.


La relación entre los países que establece del tratado de Westfalia y se ratifica en Utrecht en 1713, está marcada por el principio de la inviolabilidad de las fronteras, idea que constituye la esencia, junto al Pacto Kellog de 1928, de la Carta de San Francisco, que en 1945 sienta las bases constitutivas de las Naciones Unidas.


Todo ese sistema de reglas se ve sustancialmente alterado por la nueva doctrina de seguridad impuesta por Bush, en la que la superpotencia se reserva el derecho al "ataque preventivo".


En rigor, las acciones militares llevadas a cabo en Panamá y Grenada Son ejemplos de que no hay nada nuevo en el terreno de los hechos, pero sí lo hay en el campo de la interpretación del derecho. Y el mundo observa con preocupación un tablero mundial en el que, por un lado, existen regímenes despóticos como el iraquí, que ya demostraron temeridad para aventurarse en agresiones militares utilizando armas de destrucción masiva como las químicas y biológicas; además de regímenes anacrónicos e impredecibles como el norcoreano, que hizo pública su posesión de arsenales nucleares a pesar de haber firmado compromisos que le impiden la producción y almacenamiento de este tipo de armamentos; pero que, por otro lado, abre paso al unilateralismo proclamado por George W Bush, quien no parece encarnar los mejores valores que hacen a la esencia de los Estados Unidos porque no puede ser considerado un liberal, sino apenas un libremercadista a ultranza. Pero no es la intención de este libro hacer futurismo ni presentar una teoría del mundo, sino simplemente recopilar retratos de algunos de los principales protagonistas del nuevo escenario bélico, realizados en momentos claves de los últimos dos años.


En todo caso, arriesga una hipótesis de interpretación sobre el giro producido tras el final de la Guerra Fría, con el atrevimiento de corregir ciertos aspectos de la teoría sobre el choque de culturas planteada por Samuel Huntington. En el paisaje que describe Dioses de la Guerra se vislumbra un mundo en el que, más que un choque de civilizaciones, parece darse un resurgir de la religiosidad que, en todas las civilizaciones, va ganando terreno en el razonamiento político y creando las nuevas convicciones absolutas que generan confrontaciones.
Los dogmatismos con que ciertas ideologías basadas en concepciones historicistas surgidas del iluminismo y las revoluciones de los siglos XVIII y XIX, no hicieron más que reconvertir los dogmas religiosos que imperaron durante el medioevo. Mientras que, con la caída del Muro de Berlín y el final de la Confrontación Este- Oeste, se percibe un retorno a los dogmas puramente religiosos para sostener lo que ha sido una constante en la historia de la humanidad: la necesidad de aferrarse a convicciones absolutas que, por su naturaleza, no pueden convivir porque están condenadas a confrontar para aniquilarse.


Finalmente, el libro presenta una mezcla de géneros, porque a los ensayos que componen el álbum de retratos y postales se suma un relato enteramente ficcional que desemboca en un cuento de Borges.


 Cuando en 1998 escribí "Serás tu Sangre", abrumado por la sensación de .que la especie humana está condenada a transitar la tragedia de la guerra hasta el final de los tiempos, se me ocurrió considerarla una pequeña novela poética. En rigor, de lo único que estoy seguro es que se trata de un relato de ficción, aunque los conflictos por los que deambula la errática mente del  personaje sean descriptos desde su realidad histórica.


Si los retratos que componen el álbum corresponden a la realidad, en todo caso bañada por algunas dosis de ficción; el relato que cierra el libro responde enteramente a la ficción, aunque bañada por hechos de la realidad.
El hilo conductor que justifica la mezcla de géneros es la guerra marcada por el espíritu religioso. "Serás tu Sangre" recoge la sensación abrumadora que dejó la historia del siglo XX; mientras que el álbum describe el escenario conflictivo que beligerantes convicciones empapadas de religiosidad plantean como comienzo del siglo XXI. – El producto de esta suma es Dioses de la Guerra.

  
Las mil muertes de la ilusión
Publicada en enero del 2001, esta postal que muestra al hombre del nuevo milenio en un mundo que parece imponer la necesidad de desprenderse de las estériles ciclotimias del pasado, describe el paisaje humano que dejaron las guerras del siglo XX, marcadas por ideologías y nacionalismos.
Comenzaba el siglo .XXI  y ese paisaje humano ya permitía vislumbrar al protagonista principal del conflicto que estallaría ocho meses más tarde, con los atentados en Washington y Nueva York: el fanatismo de carácter religioso.
Los tiempos de algún modo se repiten. Pero ahora duran menos. Como los personajes de Scott Fitzgerald, que resumen dos tiempos. Uno despreocupado, optimista; el otro vacío, desconcertado, sin ilusión, o de ilusiones frustradas. Dos momentos de la historia resumidos en un puñado de personajes literarios. Los primeros, esos que transitan las páginas de A este lado del paralso y de Hermosos y malditos, parecen describir un mundo convencido de haber sobrevivido al infierno y, por ende, capaz de avanzar hacia el mejor de los mundos.


El joven de Minnesota que tocó el cielo con las manos al formarse junto a la elite de la Universidad de Princeton, publicó su primer novela al comenzar esa década que lo llenó de optimismo existencial y a la que llamó "la era del jazz".
Los años '20 emergían felices de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Occidente había sobrevivido a la batalla de Verdun, al gas mostaza, los lanzallamas, los carros blindados y los submarinos. Había sobrevivido al frenesí de la destrucción. Nada tan nefasto podía volver a ocurrir. La década del '20 marcaba el comienzo de una vida nueva y definitiva. La humanidad avanzaría hacia sociedades más libres y pacíficas, en un escenario internacional donde reinarían el entendimiento y la colaboración. Por eso los personajes de Francis Scott Fitzgerald transitaban despreocupados una vida entregada a la aventura. Pero en la década del '30, aparecieron otros personajes que hablaban de otros tiempos. El Occidente que había sobrevivido al infierno se encaminaba decididamente hacia otro infierno. Las maquinarias bélicas se reconstruían velozmente para que Europa volviera a suicidarse. La humanidad no avanzaba hacia sociedades más pacíficas y del escenario internacional se apoderaban el supremacismo y la dominación expansionista.


Entonces aparece El gran Gatsby, con sus personajes desencantados. y luego Suave es la noche, donde Scott Fitzgerald confiesa el dolor por los sueños que no se cumplieron. "La era del jazz" se desangraba en los bosques de Francia, y en los llanos polacos y en las afueras de Praga y en los incendiados Balcanes.
    El mañana inexorable   

Estos últimos años transcurrieron a la sombra del Gran Gatsby. El desconcierto se instaló en la atmósfera de un hombre que ya no se permite décadas del '20. Apenas un par de años soñando que el final de la Guerra Fría marcaría el fin del equilibrio atómico y de las guerras regionales. Apenas un par de años esperando la prosperidad globalizada y la muerte del odio étnico y racial. Después, el desencanto. Después, el hombre frente a la vida del hombre. Sin décadas de ilusiones rococó ni años locos.


¿Por qué esperar diez años para desilusionarse? Después de todo, el fervor optimista que trajo el final de la Segunda Guerra Mundial duró más de la cuenta. Sobre los escombros del Tercer Reich había bailado la confianza humana con Fred Astaire y Ginger Rogers. La esperanza que Hollywood describía iluminada como los salones del Ritz, recibió su primer balazo en la península coreana y luego, bloqueada en Berlín, se desvanecía hasta morir quemada por el napalm en la jungla vietnamita.


La prometedora alianza que rescató al mundo del infierno nazi, se rompió dando lugar a la confrontación Este-Oeste. La humanidad quedó parada sobre arsenales nucleares que crecían hasta la capacidad de hacer estallar el planeta en mil pedazos. El Occidente capitalista y el Occidente marxista, que habían logrado juntos destruir la maquinaria del odio hitlerista, se enfrentaban indirectamente en distintos rincones de Asia, Africa y América latina. Pero esta vez el hombre no abandonó "este lado del paraíso" vestido con los blancos y elegantes trajes del Gran Gatsby.


Parada sobre el equilibrio atómico, la humanidad procuraba inmunizar su optimismo existencial inyectándose el antídoto de las ideologías. La fórmula resultó exitosa en la medida en que logró salvar el futuro de un presente desgarrador.


El dolor del aquí y ahora se amortiguaba con la percepción de un mañana definitivamente liberado de los infiernos por los que transitó la historia. La muerte y el miedo que reinaban sobre un estado de guerra permanente, no impedían vislumbrar la luminosidad de ese futuro. Hacia delante, la historia se resolvería positivamente. Así lo demostraban las ecuaciones ideológicas. Había que confiar en ellas, abrazarlas como a un credo laico con precisión científica, para sobrevivir a la desilusión del hoy en la Guerra Fría.


En ambas trincheras de la Confrontación Este-Oeste, reinaban las ecuaciones que articulaban la historia con proyecciones mecanicistas que rescataban el optimismo de un presente devastador. Tal vez por eso, al revés de las ilusiones de las décadas del '20 y del '50, de entre los escombros del Muro de Berlín surgió un hombre más bien desconcertado.


Primero intentó aferrarse a la ecuación de Fukuyama. Pero el optimismo no duró "diez años locos" como "la era del jazz", ni bailó sin que se le arrugara el frac todas las piezas que bailaron Ginger y Fred en salones iluminados como los del Ritz. Pronto comprendió que ni la historia había terminado ni él era el último hombre. y deambuló la dimensión errática de los personajes de Salinger, capaces de pegarse un tiro sin razón alguna, en una hermosa mañana de sol.

Sin futuro asegurado
Kafka imaginó el totalitarismo moderno antes de que existiera. En El Proceso lo describió tal como después sería. El hombre que percibió podría, como en La Metamorfosis, habituarse rápidamente a ser un gigantesco insecto. Tal vez porque no encontraba una diferencia esencial entre el hombre y el insecto.
Lo que hacía era adelantar su pesimismo a las futuras muertes de la ilusión. Como lo hizo Salinger.


Quizá, el hombre del siglo XXI esté más cerca de ellos que de los resucitadores de ilusiones condenadas a muerte. Por eso no se permitió décadas doradas tras la caída del Muro de Berlín. Para ahorrarse futuras decepciones. O quizá porque las nuevas guerras no le dieron tiempo, A renglón seguido, Saddam deglutió Kuwait y la ofensiva que le hizo vomitar el pequeño emirato no terminó con su banquete de poder en Bagdad. y luego aparecieron campos de concentración en Bosnia con guerras de aniquilamiento en otros rincones balcánicos. y África siguió económica y militarmente africanizada; los talibanes retrotrajeron Afganistán a lo más oscuro del Medio Evo; y el barco que piloteaban los laicos hacia la paz naufragó en el océano de fanatismo religioso que inundó Oriente Medio. El mismo fanatismo que embarcó a la India y Pakistán en una carrera nuclear.


El mundo sigue siendo el mundo. Con ciegas convicciones metafísicas remplazando en gran medida a las ecuaciones que resolvían el futuro, pero con la misma contraindicación que Albert Camus denunció en los dogmatismos ideológicos: sólo sirven para justificar el crimen.


El hecho es que el mundo sigue siendo el mundo. Aunque ya. no está Scott Fitzgerald para describirlo en sus esperanzas y decepciones. No pudo sobrevivir a la desolación que caracterizó a sus últimos personajes. De nada le sirvió la fortuna que amasó con sus primeros libros, ni el sol del Mediterráneo que entraba por los ventanales de su mansión en la costa francesa. Con el éxito llegó la necesidad de ahogar vacíos existenciales en el alcohol; y la locura de Zelda, su mujer, y la soledad en Hollywood escribiendo guiones desde el anonimato y una novela que no llegó a terminar.


De haber sobrevivido a aquella muerte de la ilusión, tal vez hubiera imaginado un hombre capaz de avanzar hacia el futuro aunque no lo crea predeterminado. Un hombre sin mañanas artificiales, que no le tema al desconcierto y hasta pueda vivenciarlo como una aventura útil, constructora y disfrutable.
De haber sobrevivido, tal vez habría creado personajes capaces de inventar la vida sin transitar desde este lado del paraíso la vacía elegancia del Gran Gatsby

 
Capítulo 1

Esta parte del dlbum muestra el paisaje político norteamericano entre los años 2000 y 2002, comenzando por la postal surgida en el momento en que Osama Bin Laden aparece encabezando la lista de enemigos de los Estados Unidos. Incluye las internas partidarias y la elección presidencial que llevaron a George W Bush al poder; la ejecución de Timothy Mc Veigh, el autor del atentado terrorista de Oklahoma; el electrizante momento provocado por los ataques con aviones en Washington y Nueva York y los albores de la política que estos hechos pusieron en marcha.


El Bush aquí retratado muestra una imagen de errática debilidad lejana del avasallante protagonismo que, para bien o para mal fue adquiriendo con los acontecimientos posteriores.

 
En la dimensión de Ciudad Gótica
Este ensayo fue publicado a comienzos del 2000, a raíz de que el nombre de Osama Bin Laden apareció encabezando la lista de enemigos que publica el Pentágono. Describe la imagen que el mundo contemplaría absorto el 11 de setiembre de1 2001. Es la imagen de la opulencia vulnerable, retratada por Bob Kane al crear Batman en la década del 30 y llevada a la realidad el 11-S con el ataque a las torres gemelas de Nueva York.


En la postal aparecen, además de Bin Laden, todos los elementos del conflicto que comenzó casi dos años después: la teoría de Huntington sobre el choque de culturas; el fundamentalismo islámico; la milicia talibán; el integrismo cristiano norteamericano; Saddam Hussein y, particularmente remarcados, el terrorismo y el peligro que representan las armas químicas y bacteriológicas como tentación terrorista desde el atentado con gas sarín que realizó en una estación del subterráneo de Tokio una secta budista.


Nunca brillaba el sol. Era siempre de noche o la envolvía una sombra crepuscular que bañaba sus callejones y rascacielos con un azul grisáceo y metálico.
No era parte de ningún país. Era más bien una Ciudad-Estado, como la antigua polis griega. Pero su gobierno y la policía padecían una debilidad crónica que se reflejaba en los habitantes; individuos solitarios y desprotegidos que confiaban su temor a un héroe oscuro y misterioso, al que movía un sentimiento de venganza contra los asesinos de sus padres.


Así era Ciudad Gótica, el escenario surrealista que comenzó a describir, en 1939, la imaginación turbulenta y alucinante de Bob Kane. En los umbrales de la Segunda Guerra Mundial, el creador de Batman imaginó un mundo sombrío y sin países. Un mundo de ciudades faraónicas, pero desprotegidas y siempre amenazadas por estrafalarios malhechores. Los enemigos de la Ciudad-Estado no eran otros estados. Eran absurdos forajidos que se proponían dominar el mundo por razones delirantes.


El futuro que un año antes concibieron Jerry Siegel y Joe Shuster, los creadores de Superman, era el de un planeta atacado desde otras galaxias. Pero en el futuro que imaginó Bob Kane junto a su amigo Bill Finger hay un mundo extraño, con estados pusilánimes amenazados por personajes absurdos. Y el mundo que llegó al tercer milenio, tiene elementos que lo acercan a la dimensión de Ciudad Gótica.


El peor enemigo
A la lista de enemigos que elaboró el Pentágono no la encabeza un país o un bloque identificado con determinada ideología o religión. La encabeza un hombre. Un misterioso millonario saudita que multiplicó la fortuna que su familia comenzó a amasar con los negocios inmobiliarios que manejaba en Yemen.


Se llama Osama Bin Laden. Tiene turbante, barba y una historia que comenzó a ser pública desde que abandonó su mansión de Ryad para adiestrarse en las artes del sabotaje, la emboscada y los atentados, en un campo de entrenamiento para terroristas que él mismo creó y financió en Sudán.
En algún suburbio de Khartoun organizó el primer gran golpe sufrido por los Estados Unidos en su propio territorio, después del ataque japonés a la Bahía de Pearl Harbor. Manhattan tembló con el estallido de una poderosa carga explosiva en las torres gemelas de World Trade Center.


Después se refugió en las áridas mesetas de Afganistán. Los estrategas de la CIA hablan de una caverna dotada de los más avanzados adelantos tecnológicos, oculta en inhóspitas montañas centro asiáticas situadas en un país que se quedó sin estado y al que domina, sin gobernar, una pandilla de teólogos delirantes que estudió en la universidad coránica de Peshawar (Pakistán) y se identifica con el nombre de Milicia Talibán.


Ese agujero con aires de baticueva sería la guarida de Bin Laden. Desde allí habría planeado y financiado los atentados contra las embajadas norteamericanas de Nairobi y Dar el-Salam. Y estos ataques provocaron la novedad histórica.


Desde su nacimiento, y a lo largo del siglo XX, Estados Unidos tuvo por enemigos y peleó en guerras contra otros Estados. La Alemania del Kaiser; el Tercer Reich de Adolf Hitler; el Japón de Hirohito; la Italia de Mussolini; el ejército norcoreano de Kim il-Sung; la insurgencia sudvietnamita apoyada desde Hanoi; la Cuba castrista, la Nicaragua sandinista y el gobierno izquierdista de Grenada; el régimen iraquí de Saddam Hussein o el supremacismo eslavista serbio.


Siempre fueron estados los ocasionales peores enemigos de los norteamericanos. Pero el siglo que comienza tiene una nómina en el Pentágono y no la encabeza un país o una alianza de países. La encabeza un hombre con nombre, apellido y número de documentos. Tiene una fortuna que nadie sabe calcular a ciencia cierta. Con ella financia acciones terroristas y se propone nada menos que destruir a la potencia hegemónica que proyecta a todo el mundo su economía y su cultura occidental.


Entre la razón y la fe
Para muchos, las dos guerras de la última década que dibujan el escenario mundial del nuevo siglo son las de Kosovo y Kuwait.
Algunos dicen que la "Tormenta del Desierto" con que el general Norman Schwarzkopf barrió a los iraquíes del pequeño emirato pérsico, fue la única respuesta justa y posible frente al expansionismo anacrónico de Saddam Hussein. Otros ven en esa guerra que lanzó George Bush el mensa,je norteamericano de que nadie debe agredir a sus aliados estratégicos.
Del mismo modo, algunos consideraron un acto desinteresado de defensa de una minoría en peligro a la guerra que la OTAN lanzó contra el ejército yugoslavo que expulsaba de sus tierras ancestrales a los musulmanes kosovares. Mientras que para otros, el objetivo principal era advertirle a China lo que podría ocurrirle sí se aventuraba en la anexión de Taiwán.


Algunos aplaudían y otros repudiaban, pero todos coincidían en que el Golfo y los Balcanes fueron escenario de un nuevo protagonista: el comisario global.
Hegemonía económica y militar serían las claves de un siglo en el cual, siguiendo a Huntington, una confrontación de culturas remplazaría a la pulseada ideológica que provocó la Guerra Fría.


El análisis converge con la realidad que muchas veces muestra al fundamentalismo islámico como cabeza de lanza de una reacción orientalista contra el dominio del modernismo occidental. Sin embargo, otra lectura del escenario mundial permite observar una confrontación menos geográfica. En ella, la clave radica en el resurgimiento de una religiosidad muchas veces feroz y combativa, luchando contra el laicismo en todos los rincones del planeta.


La influencia conquistada en el Partido Republicano por la Coalición Cristiana, versión protestante del integrismo, y visible en casos como el "sexgate", es una muestra del resurgimiento de la religiosidad extrema en el mismísimo corazón del modernismo occidental. La escena se repite al observar en la Keneset (el Parlamento israelí) a los partidos ultrareligiosos ocupando espacios de influencia que nunca tuvieron desde que Ben Gurión fundó el estado judío; o incluso en rincones orientales como la India, donde el occidentalista Partido del Congreso fue desplazado del poder por el Baharatiya Janata, movimiento que encarna el nacionalismo hinduista; o en Pakistán, donde se produjo un golpe de Estado que algunos analistas explican con la "talibanización del ejército", o sea el contagio del fanatismo de los clérigos afganos a un poder militar tradicionalmente aliado de los Estados Unidos.


Los ejemplos serían muchos, pero hay dos casos que nunca fueron colocados dentro de esta tendencia y tal vez habría que hacerlo.

 

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