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No ha olvidado que tuvo otra vida. El recuerdo de unas viejas fotografías amarillentas que quedaron en su casa, a salvo de las llamas, le produce una cierta tristeza, pero es demasiado distante, como si no fuera de este mundo, como si realmente hubiera desaparecido para siempre. En su vivienda de Beijing, todavía se encontraba una foto de familia que le dejó su padre, ya fallecido, cuando la policía la precintó.
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Era la fotografía más completa de su numerosa familia. En aquella época, su abuelo todavía vivía, tenía el pelo totalmente blanco. Debido a un ataque cerebral, ya no conseguía hablar y permanecía sentado en su mecedora. El era el primogénito del primero de los hijos y el único niño de la fotografía, estaba entre sus abuelos, llevaba un calzón con una abertura en la entrepierna, que dejaba aparecer su pequeño miembro, y un gorro al estilo norteamericano en forma de barco.
La guerra de Resistencia contra Japón, que duró ocho años, acababa de terminar y todavía no había empezado la Guerra Civil. Se hicieron la fotografía delante de la puerta redonda de un jardín lleno de crisantemos dorados y de gallocrestas púrpura. Resplandecía la luz del sol de verano —en todo caso ése era el recuerdo que tenía—; pero, en la fotografía, las marcas de agua habían dado al jardín un color gris amarillento. En segundo plano, tras la puerta redonda, se veía la casa de dos pisos de estilo británico en la que vivía la familia, con la galería abajo y una balaustrada en la planta de arriba. Recordaba que en la fotografía había trece personas, una cifra nefasta: su padre, su madre, sus tíos y sus tías; pero, menos él y una tía que ahora vivía en los Estados Unidos, todos habían desaparecido de este mundo, al igual que la casa de detrás de la puerta redonda.
Cuando todavía vivía en China, volvió a pasar una vez por esa ciudad,, y buscó ese patio detrás del banco donde trabajaba su padre, pero sólo encontró unas viviendas modestas de ladrillo gris, construidas hacía ya años, y cuando preguntó a las personas que entraban o salían de esas viviendas si ese patio había existido anteriormente, nadie sabía nada. Sin embargo, él recordaba que la casa tenía una puerta trasera que daba a un lago que llegaba hasta una escalera de piedra, y que el día de la fiesta de Duanwu, su padre y sus colegas del banco se apretujaban en la escalera de piedra para contemplar las carreras de los barcos-dragones.
A bordo de las naves, que solían adornar con guirnaldas, se tocaban tambores y gongs. Los tripulantes tenían que acercarse a la puerta de atrás de las casas para atrapar unas bolsas rojas que colgaban sobre cañas de bambú. Por supuesto, en las bolsas había dinero. Sus dos tíos y su pequeña tía también lo llevaban en barco a recoger castañas de agua frescas, pero nunca había ido al otro lado del lago, y aunque lo hiciera ahora y mirara desde allí hacia esta orilla, ya no conseguiría traer ninguna imagen clara de sus recuerdos, que hoy le parecían sueños.
Era una familia en decadencia, demasiado dulce, demasiado frágil para subsistir en aquella época, y estaba abocada a desaparecer. Después de la muerte de su abuelo, su padre perdió rápidamente su puesto en la dirección del banco y empezó el declive de la familia. Tan sólo su segundo tío, que se pasaba el tiempo canturreando unas arias de la Ópera de Beijing, colaboró durante unos cuantos años con el nuevo poder político como personalidad demócrata, antes de ser tachado de derechista. Desde entonces, cayó en un mutismo total, y dormitaba siempre que se quedaba sentado.
Se fue transformando rápidamente en un viejo decrépito totalmente amorfo, y acabó por apagarse del todo al cabo de unos años. Todos los miembros de su numerosa familia habían muerto: de enfermedad, se habían ahogado, suicidado, de locura, o junto a sus maridos, al seguirlos a los campos de reeducación por el trabajo. El único descendiente que quedaba era él, ese hijo desnaturalizado. Ahora, según se comentaba, sólo debía de seguir viva una tía paterna, que había traído la mala suerte a toda la familia; pero nunca la había vuelto a ver desde que tomaron la fotografía. El marido de esa tía se enroló en el Ejército del Aire del Guomindang, servía en tierra y nunca había tirado bombas; después, se refugió en Taiwan, donde murió de enfermedad unos años más tarde. En cuanto a la tía que se marchó a los Estados Unidos, él nunca supo cómo consiguió salir del país, ni se molestó en saberlo.
El día en que cumplió diez años —en realidad nueve, ya que se seguía el antiguo calendario lunar— la familia todavía estaba en pleno esplendor; el cumpleaños fue muy animado. Por la mañana, nada más levantarse, se vistió con ropa nueva y nuevos zapatos de cuero, lujo inaudito por aquel entonces para un niño pequeño. También le dieron regalos: una cometa, un juego de damas, un rompecabezas, lápices de colores de importación y una pistola de tapón, además de los Cuentos de los hermanos Grimm en dos volúmenes ilustrados con aguafuertes. Su abuela le dio unos cuantos yuanes de plata en una bolsa roja: unas piastras de la época de la dinastía Manchú, con el dibujo de un dragón o la gran cabeza calva de Yuan Shikai, así como nuevos yuanes de plata con la imagen de Chiang Kaishek en uniforme.
Al sacudirlos, su sonoridad era diferente; los más nuevos emitían un sonido cristalino, mucho menos grave y sordo que los que llevaban la cabeza de Yuan Shikai; los guardó en un maletín de cuero en el que conservaba su álbum de sellos y sus canicas de todos los colores. Después, la familia al completo fue al restaurante a comer pequeños raviolis rellenos de huevas de cangrejo, un establecimiento ajardinado con rocalla y un estanque lleno de peces rojos.
Colocaron una enorme mesa redonda para que todos pudieran tomar asiento alrededor. Era la primera vez que se convertía en el punto de mira de toda la familia. Estaba sentado al lado de su abuela, en el lugar que habría tenido que ocupar su abuelo, que acababa de morir, como si hubiera esperado para irse al otro mundo a que el niño se hiciera cargo de los suyos. Mordió con fuerza un ravioli que quemaba y que le salpicó de aceite su ropa nueva, pero nadie lo regañó, todos se rieron, y él se sintió muy incómodo. Si se acordaba de aquello era probablemente porque se había sentido muy avergonzado, acababa de salir de la despreocupación de la infancia para pasar a la edad adulta.
Recordaba todavía que, cuando murió su abuelo, la sala funeraria estaba llena de inscripciones sobre tejido que las personas ofrecían para dar el pésame, parecía la parte de atrás de un teatro; era aún más interesante que el día de su cumpleaños. Unos cuantos monjes golpeaban los gongs y los tambores mientras leían los sutras, y él se divertía entre las tiras que colgaban. Su madre quería que se pusiera unos zapatos de cáñamo y acabó haciéndole caso, pero no aceptó ponerse en la cabeza un trozo de tela blanca, porque le parecía muy feo. Probablemente fuera la voluntad de la abuela, ya que su padre había tenido que anudarse una cinta blanca en la cabeza, aunque llevaba un traje de lino blanco al estilo occidental.
Casi todos los hombres que venían a dar el pésame también vestían al estilo occidental y llevaban una corbata anudada al cuello, mientras que las mujeres lucían vestido chino de origen manchú y zapatos de tacón alto. Una de ellas sabía tocar el piano y cantaba con voz de soprano coloratura y soltando unos trémolos que evocaban balidos, no durante ese funeral, por supuesto, sino en otra ocasión, en una velada con su familia; era la primera vez que escuchaba a alguien cantar de aquel modo y no pudo evitar reírse. Su madre lo riñó al oído, pero él no consiguió contener su ataque de risa.
En su memoria, el período del fallecimiento de su abuelo sólo era una de las pocas fiestas que vivió; no sentía nada de tristeza. Pensaba que el viejo estaba condenado a morirse desde hacía tiempo. Fulminado por una apoplejía mucho antes, el abuelo se pasaba todo el día en su mecedora. su muerte era algo normal, llegaría tarde o temprano, y por eso no le asustaba en absoluto. En cambio, la muerte de su madre lo espantó; se ahogó en un río, cerca de la granja donde trabajaba. Un campesino que había salido temprano para llevar sus patos al agua la encontró; el cadáver, ya hinchado, flotaba siguiendo la corriente. Su madre, en respuesta al llamamiento del Partido, había acudido a una granja para la reeducación ideológica, Murió en la flor de la vida, acababa de cumplir treinta y ocho años, y su imagen permanecía en su corazón todavía igual de bella.
Entre los regalos que tuvo cuando era niño había una estilográfica Parker de oro, que le había regalado un colega de su padre. En realidad, tomó la pluma del tío Fang para divertirse y ya no quiso devolvérsela. Los adultos vieron en aquello un buen augurio y dijeron que el niño probablemente sería escritor. En una clara muestra de generosidad, el tío Fang se la dio. No fue el día de su cumpleaños, sino bastante antes, escribía ya su diario, debía de ser cuando tenía ocho años.
Por aquel entonces, ya debería haber empezado a ir a la escuela; pero, como era un niño enclenque y enfermizo, su madre le enseñó a leer y a escribir con el pincel. El copiaba, trazo a trazo, los modelos impresos en rojo. No le era difícil y a veces llenaba todo un cuaderno en un solo día. «Está bien —decía su madre—, podrás escribir con el pincel tu diario, así gastaremos menos papel.» Le compró cuadernos cuadriculados de redacción, y él se pasaba horas rellenando páginas enteras, como si estuviera haciendo los deberes. En su primer diario escribió: «La nieve ha extendido en el suelo una capa muy blanca, pero las huellas de los que pasan la han ensuciado», su madre alababa su trabajo y se empeñaba en que toda la familia y las personas cercanas estuvieran al tanto de lo que iba escribiendo. A partir de aquel momento, no paró de escribir, y, como recurrió a la escritura para confesar sus sueños y sus amores, sembró así las semillas de la catástrofe que vendría más tarde.
A su padre no le gustaba que se quedara todo el día en su habitación leyendo y escribiendo; creía que un niño tenía que ser un poco más travieso, salir a ver mundo, hacer amistades, abrirse paso en la vida; no le parecía buena idea que su hijo quisiera ser escritor. Su padre se consideraba un gran bebedor; no es que fuera alcohólico, más bien lo hacía para demostrar su fuerza.
Durante los banquetes, brindaba vaciando su copa con cada uno de los convidados —a eso se le llamaba «superar los obstáculos»—, y, aunque hubiera tres, cuatro o cinco mesas, tenía que dar la vuelta a todas, y sólo lo aclamaban como un verdadero hombre si llegaba hasta el final. No obstante, una vez, los empleados lo llevaron borracho a su casa y lo dejaron en la mecedora del abuelo fallecido. Como no había otro hombre en casa, entre su abuela, su madre y la sirvienta no consiguieron llevarlo a la planta de arriba para meterlo en la cama.
Recordaba que lanzaron una cuerda desde el primer piso, lo ataron a la mecedora, no sabía muy bien cómo, y lo subieron lentamente. Suspendido en el vacío, su padre, borracho, mantuvo en su rostro la misma sonrisa que continuaba flotando en sus recuerdos. Ésa fue una de las grandes hazañas de su padre, aunque quizá no fuera más que una alucinación. En un niño, resulta difícil separar la imaginación de los recuerdos.
Ahora veía su vida hasta los diez años como si fuera un sueño. De hecho, su vida también parecía un sueño por aquel entonces, como cuando huían de la guerra, tambaleándose por unas carreteras cenagosas de montaña, bajo la lluvia, a bordo de un camión entoldado, abrazando un cesto de mandarinas que no paraba de comer. Le preguntó a su madre si realmente ocurrió así, y ella le dijo que en aquella época las mandarinas eran más baratas que el arroz; bastaba con dar algo de dinero a los campesinos para que cargaran todas las que pudieran en el camión. Su padre trabajaba en un banco del Estado. El banco tenía escoltas para proteger los camiones durante el transporte del dinero, y muchas veces las familias del personal del banco reculaban del frente de batalla en aquellos camiones.
Hoy, a menudo ve la antigua residencia familiar en sus sueños, no la casa de estilo occidental de su abuelo, que tenía una puerta redonda y un jardín de flores, sino la vieja casa de su abuela materna, en la que había un pequeño patio interior. Aquella anciana menuda —muerta desde hacía mucho tiempo— siempre estaba rebuscando en un gran baúl. En sus sueños, veía la escena desde arriba; la casa no tenía techo, y las habitaciones de abajo, divididas por un tabique de madera, estaban vacías; sólo veía a su abuela buscando y rebuscando en el baúl.
También recordaba que en su casa había una pequeña maleta de cuero, lacada, en cuyo interior estaban escondidos los títulos de propiedad de la casa y del terreno de su abuela, bienes desde hacía tiempo hipotecados o vendidos; no esperó a que el nuevo régimen viniera a confiscarlos. Cuando su madre y su abuela materna quemaron esos papeles amarillentos, las notó muy desconcertadas, y si no lo denunció fue porque nadie vino a preguntarle nada. Pero si realmente alguien hubiera ido a interrogarlo, probablemente las habría delatado, ya que entonces creía que su madre y su abuela materna se habían puesto de acuerdo para destruir unas pruebas criminales, aunque lo amaran profundamente.
Este sueño lo tuvo muchos años más tarde; ya se encontraba en Occidente desde hacía bastante tiempo. Estaba en un pequeño hotel de una ciudad del centro de Francia, Tours, frente a unas viejas persianas despintadas, una ventana entreabierta protegida por una cortina de gasa traslúcida, y, a través de las hojas de los plátanos, aparecía un cielo gris. Cuando se despertó se sentía confuso; en el sueño que acababa de tener estaba de pie en el ángulo de un muro del desván —que todavía no había sido derrumbado— de la vieja residencia, y miraba hacia abajo, apoyado en la barandilla oscilante de madera.
Frente a la casa había un campo de calabazas en el que acostumbraba a cazar grillos entre los montones de tejas y los tallos de las calabazas. En su sueño veía claramente las habitaciones separadas por tabiques de madera ocupadas por mucha gente, pero en ese momento todos habían desaparecido, como su abuela materna, como todo lo que había vivido. Los recuerdos de esa vida y los sueños que tenía se confundían; sus impresiones iban más allá del tiempo y del espacio.
Como era el primogénito del primero de los hijos, toda la familia, incluida su abuela materna, había depositado sus esperanzas en él; pero, desde su más tierna infancia, enfermaba con mucha frecuencia, lo que les producía una profunda inquietud, así que a veces acudían a los adivinos para que le predijeran su futuro. La primera vez, se acordaba muy bien, fue en el interior de un templo, cuando sus padres lo llevaron a pasar las vacaciones de verano a Lushan. La cueva de los Inmortales era un lugar célebre y al lado había un gran templo que había abierto un restaurante vegetariano y un salón de té para acoger a los visitantes. Hacía frío en el templo y había pocos turistas. Subió a la montaña en una silla con dos porteadores, acurrucado contra su madre.
Se agarraba a la barra de delante con fuerza, y no podía evitar mirar por los enormes precipicios que bordeaban el camino. Antes de salir de China, volvió a aquellos lugares, vio como unos autocares escalaban la montaña, pero no encontró el templo y ni siquiera el rastro de sus ruinas. Sin embargo, recordaba con mucha nitidez que en la gran sala donde estuvo habían colgado un largo lienzo de pintura con el retrato de Zhu Yuanzhang con la cara cacarañada. Se comentaba que le hacían ofrendas en ese templo desde la dinastía Ming, porque Zhu Yuanzhang se refugió allí antes de ser emperador. Unos hechos tan complejos y concretos no podían ser sólo fruto de la imaginación de un niño.
Además, el retrato de Zhu Yuanzhang con la cara cacarañada lo acabó viendo en las preciosas colecciones del museo del Palacio Imperial de Taipei. El templo, por lo tanto, había existido; ese recuerdo era totalmente real, y el viejo monje que le predijo su futuro también debía de serlo. El anciano exclamó entonces: «¡Este pequeño vivirá muchas desgracias y catástrofes, tendrá una vida difícil!». Luego le dio una fuerte palmada en la frente que le sorprendió, pero no lloró. Si lo recordaba era porque nunca antes le habían pegado.
Varios años más tarde, volvió a interesarse por el budismo zen, y el despertar que sintió al leer los gong'an quizá le viniera de aquella primera entrada a la vida que el viejo monje le dio.
Realmente había conocido otra vida, pero después acabó olvidándola.
2
La persiana de la ventana no está bajada del todo. En la sombra negra de las montañas aparecen muchos rascacielos iluminados; sobre ellos, el cielo oscuro. A los pies de la ventana convergen todas las luces de la noche, que demuestran lo próspera que es la ciudad. Enfrente se distinguen claramente las visceras de un rascacielos —una construcción postmoderna transparente, con un ascensor en el que, cuando llega a tu nivel, puedes distinguir incluso a los ocupantes, y que sube y baja sin parar por esa especie de tubo digestivo. Desde allí, con un teleobjetivo, se podría tranquilamente fotografiar el interior de tu habitación, sería posible incluso ver cómo haces el amor con ella.
No tienes nada que ocultar ni nada que temer, no eres un artista de cine o de televisión, ni una personalidad del mundo político o un potentado de Hong Kong que temiera que sus secretos se airearan en la prensa. Tienes un documento de viaje francés, eres refugiado político, estás de visita, porque te han invitado, y esta habitación te la han reservado, no eres tú quien la pagas. Como has tenido que mostrar tus papeles para poder hospedarte en este hotel enorme, propiedad de la Administración del continente, tus datos están en el ordenador de la recepción que se encuentra en el gran hall.
El responsable y las jóvenes recepcionistas han demostrado que les cuesta entender el chino mandarín que hablas, pero, dentro de algunos meses, cuando Hong Kong vuelva al redil de la madre patria, probablemente ellos también deberán hablar con tu mismo acento. Quizá ya se estén preparando. Tienen la obligación de estar al tanto de las tendencias de su clientela; actualmente trabajan para las autoridades oficiales, y quizá han grabado ya unas imágenes que te muestran haciendo el amor, desnudo como un gusano. Además, en estos hoteles enormes es habitual tener cámaras de vídeo por todos lados, aunque sólo sea por cuestiones de seguridad. Estás sentado al borde de la cama, has secado tu sudor, pero tienes un poco de frío y te gustaría apagar el aire acondicionado, que emite ese zumbido continuo.
—¿En qué piensas?
—En nada.
—¿Qué miras?
—El edificio de enfrente. El ascensor que sube y baja. Se ve la gente que va dentro; hay una pareja que se está besando.
—Yo no veo nada.
Ella levanta un poco la cabeza para mirar.
Tú dices que os podrían ver con un teleobjetivo.
—Entonces, cierra la persiana.
Está tumbada boca arriba, su cuerpo blanco completamente desnudo, una mata de pelo negro suntuoso en la entrepierna.
—Si nos filmaran en vídeo, se verían hasta los pelos —dices
—¿A quién te refieres? ¿Quién filmaría esta habitación?
Dices que podría ser una cámara automática.
—Es imposible, aquí no estamos en China.
Dices que este hotel ya lo han comprado las autoridades chinas.
Lanza un ligero suspiro y se sienta.
—Te preocupas demasiado.
Alarga la mano y te acaricia el pelo.
—Enciende la lámpara de la mesita de noche, voy a apagar la luz.
—No, todo ha pasado tan deprisa que hasta ahora no he podido mirarte con detenimiento.
Respondes con dulzura. Te inclinas para besar ligeramente su bajo vientre, de una blancura cegadora bajo la lámpara, y le preguntas:
—¿No tienes frío?
—Sí, un poco.
Esboza una pequeña sonrisa antes de preguntar:
—¿Quieres un poco más de coñac?
Dices que quieres café. Se levanta de la cama, apaga el aire acondicionado y pone en marcha la cafetera eléctrica. Vierte en las tazas café instantáneo. Sus senos rollizos se balancean con cada uno de sus movimientos.
—¿No crees que estoy demasiado gorda? —pregunta sonriendo—. Las chinas son más bellas que yo.
Tú dices que no es así, que a ti te gustan sus pechos, magníficos, muy atractivos.
—¿Nunca habías podido tocar unos pechos así?
Ella se sienta frente a ti, en el sillón medio redondo de delante de la ventana, arrellanándose contra el respaldo, y deja que la contemples hasta la saciedad.
Te tapa el ascensor transparente del rascacielos. Detrás, la sombra de las montañas es todavía más oscura. Una noche mágica. Dices que su cuerpo desnudo, tan blanco, es increíble, casi irreal.
—¿Por eso quieres café, para despertarte del todo? —pregunta, con un destello burlón en los ojos.
—¡Para retener mejor este instante!
Dices, además, que la vida a veces parece un milagro. Te alegras de estar vivo todavía. Dices que todo es mera casualidad, que no es un sueño, sino la realidad.
—Yo, en cambio, preferiría vivir siempre en un sueño, pero es imposible. Me gustaría no pensar en nada más.
Bebe un trago de alcohol, cierra los ojos, tiene unas pestañas muy largas, una auténtica alemana. Le dices que abra las piernas para que puedas verla con claridad, para que esa imagen quede grabada en tus recuerdos. Ella dice que no quiere tener recuerdos, que sólo quiere sentir ese instante. Le preguntas si la ha notado. ¿Tu mirada? Ella dice que ha sentido que se desplazaba por su cuerpo. ¿De dónde a dónde? Dice que desde los dedos de los pies hasta la cintura; ah, un líquido sale de nuevo de ella, dice que te desea. Dices que tú también la deseas a ella, que quieres ver cómo se mueve ese cuerpo lleno de savia.
—¿Para filmarme? —pregunta ella con los ojos cerrados.
—Sí.
La miras fijamente, tu mirada explora su cuerpo de los pies a la cabeza.
—¿Podrían filmarlo todo?
—Todo.
—¿No te da miedo?
—¿Miedo de qué?
Dices que ahora ya no tienes nada que temer. Ella dice que ella tampoco, que le da igual. Dices que esto es Hong Kong y que China está muy lejos, le levantas para abrazarla de nuevo. Te pide que apagues la luz. Entonces penetras de nuevo en su carne húmeda y resbaladiza.
—¿Te atraigo mucho? —jadea dulcemente.
—Sí, me quiero refugiar en ti.
Dices que te vas a refugiar en su carne.
—¿Sólo en mi carne?
—Sí, y sin recuerdos, sólo este instante.
Ella dice que ella también necesita hundirse en la oscuridad, en una inmensidad caótica.
—Sentir el calor de una mujer…
—Un hombre también da calor, hace tiempo que no había tenido…
—¿No habías estado con ningún hombre?
—No había estado tan excitada, tan agitada…
—¿Por qué?
—No lo sé, no sé por qué…
—Intenta decírmelo…
—No lo tengo muy claro…
—¿Es porque esto ha sucedido de repente, sin pensarlo?
—No me lo preguntes.
Pero tú quieres precisamente que te lo diga. Ella dice que no. Tú no te das por vencido, la bombardeas con preguntas: ¿Porque el encuentro fue casual? ¿Porque no os conocíais? ¿Es lo desconocido lo que la ha excitado? ¿O quizás ella estaba buscando esa excitación? Lo niega todo con la cabeza. Dice que te conoce desde hace tiempo, y que, aunque sólo te vio dos veces hace muchos años, se acordaba perfectamente de ti, y ese recuerdo lo veía cada vez con mayor nitidez. Además, dice que hace unas horas se emocionó mucho al verte. Dice también que no se acuesta con cualquier hombre, que no le faltan, que no es una cualquiera, que no tienes que insultarla…
Tú estás emocionado, también necesitas su intimidad, no se trata sólo de excitación sexual. Hong Kong, para ti y para ella, es una tierra extranjera. Tu relación con ella, el viejo recuerdo de hace diez años, fue en China, más allá del mar, cuando todavía vivías allí.
—Fue en tu casa, una noche de invierno…
—Hace tiempo que la precintaron.
—Tu casa era muy especial, muy agradable. Se estaba muy calentito…
—Era porque la tubería de la calefacción central siempre estaba muy caliente. En el apartamento, en invierno se podía estar con muy poca ropa. Recuerdo que cuando viniste traías un abrigo acolchado con el cuello subido.
—Teníamos miedo de que nos reconocieran y no queríamos causarte problemas…
—Es cierto, delante del edificio a menudo había un poli vestido de civil, pero se marchaba a las diez de la noche. Quedarse más tiempo en el viento de invierno de Beijing, que soplaba sin cesar, habría sido demasiado duro para él.
—Fue Peter quien tuvo la idea repentina de ir a verte sin telefonearte primero. Me dijo que quería llevarme a tu casa, que erais viejos amigos, que era mejor ir por la noche, así evitaríamos que nos interrogaran.
—No quise tener teléfono en mi casa para que mis amigos no soltaran por el auricular cualquier cosa comprometida y para evitar el contacto con los extranjeros. Peter era una excepción, vino a China a estudiar chino, y en esa época sentía una auténtica pasión por la Revolución Cultural de Mao. Discutíamos mucho. Realmente es un viejo amigo. ¿Qué ha sido de él?
—Nos separamos hace tiempo. Al principio fue representante en China de una empresa alemana. Después se casó con una china y se la llevó a Alemania. Me han dicho que ahora ha montado una pequeña empresa. En aquella época yo acababa de llegar a Beijing para estudiar. No hablaba muy bien el idioma. Me costaba hacer amigos.
—Sí, me acuerdo. Por supuesto que me acuerdo. Cuando entraste, te quitaste el abrigo, luego, la bufanda ¡Qué extranjera más guapa!, me dije.
—Menudo par de tetas, ¿no es eso?
—Claro. Un buen par de tetas, y una piel tan blanca, y unos labios tan rojos sin maquillaje, tan sexy.
—Es imposible que te fijaras en mis labios.
—Claro que sí, eran tan rojos que no era posible no fijarse en ellos.
—También era porque hacía mucho calor en tu casa, y porque había ido en bicicleta durante una hora.
—Aquella noche te quedaste en silencio, frente a mí. No dijiste nada.
—Os escuchaba con mucha atención. Peter y tú hablabais sin parar. Ya no me acuerdo de qué. En aquella época no comprendía muy bien el idioma, pero recuerdo que aquella noche sentí algo muy especial.
Y tú, por supuesto, te acuerdas de aquella noche de invierno, de las velas encendidas en el cuarto, que añadían algo más de dulzura a la velada. Desde la calle era imposible darse cuenta de si había alguien en la habitación. Al final conseguiste ese pequeño apartamento, un nido decente, un hogar en el que podías resistir las tormentas políticas del exterior. Ella estaba sentada en el suelo, de espaldas a la estantería de libros, sobre la alfombra —una alfombra de lana que seguramente fabricaron para la exportación, pero que acabó en el mercado interno—, probablemente un producto de segunda categoría vendido en oferta, pero, aun así, un producto de lujo, el equivalente a la totalidad de los derechos de autor que recibiste por un libro tuyo, un libro que no hablaba en absoluto de política, pero que, a pesar de eso, te había dado muchos quebraderos de cabeza. Ella tenía abierto el cuello de la blusa, resaltaba la piel de su abultado pecho, de un blanco deslumbrante; sus medias negras brillantes y sus largas piernas eran particularmente atractivas.
—No olvides que en tu casa también había una chica, con muy poca ropa, descalza, si no me falla la memoria.
—Normalmente estaba desnuda, incluso poco antes de que llegarais.
—Sí, aquella chica salió discretamente de otra habitación cuando nosotros ya habíamos empezado a beber algo y estábamos charlando desde hacía rato.
—Al ver que no os ibais enseguida, le dije que se uniera a nosotros. Se puso algo de ropa.
—Nos estrechó la mano y luego no dijo nada durante toda la noche.
—Como tú.
—Era una noche particular, nunca había visto ese ambiente en casa de un chino…
—Lo particular era que una joven belleza alemana llegara así, inesperadamente, y tuviera esos labios rojos…
—También había una belleza china, descalza, esbelta y adorable…
—Las llamas vacilantes de las velas…
—Bebíamos vino en tu habitación. Se estaba tan bien; era confortable y cálida. Escuchábamos cómo soplaba el viento glacial…
—Era tan irreal como ahora, puede que en la calle alguien estuviera vigilando…
Sin querer, piensas de nuevo en que quizá estáis siendo filmados en la habitación.
—¿Todavía es tan irreal?
Te abraza con fuerza, tú cierras los ojos, la sientes contra ti, aprietas su cuerpo contra el tuyo, murmuras:
—No tienes que irte antes de que amanezca…
—Por supuesto… —dice ella—. Aquella noche tampoco tenía ningunas ganas de irme. Tenía que volver en bicicleta durante más de una hora en plena madrugada de invierno. Fue Peter quien quiso marcharse, y tú no hiciste nada para impedirlo.
—Sí, es verdad.
Le explicas que a ti te ocurría exactamente lo mismo, debías acompañar a tu amiga al cuartel con tu bicicleta.
—¿Qué cuartel?
Dices que era enfermera en un hospital militar y que no tenía derecho a pasar la noche fuera.
Relaja el abrazo y pregunta:
—¿De qué hablas?
Dices que el hospital militar en el que ella trabajaba se encuentra en un cuartel de un lejano barrio de Beijing. Ella llegaba todos los domingos por la mañana; tú debías ponerte en marcha el lunes a las tres de la mañana y hacer más de dos horas en bicicleta para dejarla en el complejo militar antes de que amaneciera.
—¿Hablas de esa china? —pregunta apartándose de ti e irguiéndose.
Abres los ojos y ves los suyos, grandes, que te miran fijamente. Estás un poco confuso, lo mejor es explicarle que ha sido porque ella ha sacado el tema de tu amante de entonces.
—¿Piensas mucho en ella?
Tras un momento de reflexión, dices:
—Todo eso está muy lejos. Hace tanto tiempo que no he vuelto a tener contacto…
—¿Nunca has vuelto a saber nada de ella?
Cruza las piernas y se sienta sobre la cama.
—No.
Te yergues tú también y te sientas al borde de la cama.
—¿No tienes ganas de volverla a ver?
Dices que para ti China ya está muy lejos. Ella dice que te entiende. Tú dices que no tienes patria. Ella dice que, aunque su padre era alemán y su madre judía, tampoco tiene patria, pero que no puede evitar los recuerdos. Le preguntas por qué. Ella te contesta que no es como tú, ella es una mujer. Dices simplemente «Ah», sin añadir nada más.
🙂
ei necesito el libro completo .para leerlo…pliss el q puede conseguirlome lomanda pliis zx 😛
asjkas
wueona estupida marikona mierda wna cmo eris tan tonat pa pedir la wuea delibro pa qte lo lei wna !se rebelde cmoio no te lo leas estupida re qlia! zx asjkajs pta pendeja qe me das risa wna.. re qlia de mierda! :cheer:
Pregunta
Señores : Con todo respeto a las normas de convivencia les pregunto por que permiten que mensajes como el anterior puedan ser editados , En nombre de una mal llamada libertad de expresion que no es aceptable , creo que tendrian que pasar por un filtro para evitar tner que leer semejantes exabruptos .Cordialmente los saluda Gladis
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