El Lobo y la corona

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La espada surgió tan fácilmente de la piedra que Arthor sólo pudo quedarse allí, de pie, asombrado, con la empuñadura de oro en su mano temblorosa y la hoja argéntea resplandeciendo a la luz del sol. Trató de devolverla de inmediato a la roca negra en cuya hendidura permaneciera tanto tiempo inmóvil, imperturbada. Pero la roca no aceptaría la hoja ya más. La espada se le deslizó del puño y habría repicado en aquella piedra como un yunque y caído al suelo, si no la hubiera agarrado con premura otra vez.
 

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La empuñadura de oro parecía preternaturalmente destinada a su palma y sus dedos, y la hoja cortaba ligera el aire como una extensión natural de su brazo.

 

Desde la distancia al pie de la colina, abajo en las faldas de Mons Caliburnus, una pequeña congregación de gente profería gritos y alaridos al ver la espada tan simplemente extraída de la piedra. Eran éstos los espaderos y sus patrones, los mercaderes y guerreros que habían acudido a Camelot para el tercero de los festivales quinquenales que conmemoraría el emplazamiento de la espada en la roca por el mago Merlín.


Sólo momentos antes, Arthor había intentado comprarles una espada para su hermano Cei, que había estropeado su arma en el camino peligroso desde White Thorn, su morada en Cymru. Los espaderos se habían burlado de él, un andrajoso sirviente sin una moneda ni nada de valor que darles a cambio.


Él había marchado monte arriba, desalentado, arrastrando los pies y pateando pequeños arbustos y dientes de león entre el trébol amarillo. Ni siquiera habría tratado de tocar la espada, si no hubiera recordado haber visto esta arma milagrosa en otra ocasión.


Justo unos días atrás, en su viaje a Camelot, Arthor había sido desviado hacia los montes huecos, el reino de la pálida gente de la tradición celta conocido como los Daoine Síd. Estos dioses célticos no eran sólo tradición —eso lo sabía ahora—, por el contrario, eran muy reales y tal conocimiento turbaba dolorosamente su mente cristiana.

 

En los montes huecos, había visto maravillas que sacudían los mismísimos fundamentos de su fe: seres feéricos que pretendían engañarlo y lamias vampíricas que casi lo despedazan; Noche Brillante, príncipe de los elfos, había conversado con él; y peor aun, había confrontado al dios vehemente que las tribus del norte llaman Furor y observado con espanto su enloquecido ojo único. El Furor lo habría destruido allí mismo de no haber sido por Merlín, que apareció en el último momento para blandir esta espada milagrosa y detener a la rabiosa divinidad. Arthor escapó, así, con su vida intacta… y su cordura casi destrozada.


Esta era aquella espada, comprendió mientras la tajante verdad lo pasmaba y se veía obligado a apoyarse en la piedra negra. ¿Era un sueño?, inquirió de su alma amedrentada. ¿Es esto un sueño?


Las voces clamorosas que gritaban desde abajo le confirmaban que estaba despierto. Y la luz del sol rebotaba en la hoja clara para herirle los ojos y grabarle al fuego en el cerebro la forma precisa que Arthor recordaba de su tránsito furtivo por el inframundo. ¿ Cómo puede ser?


Los espaderos y guerreros llegaban corriendo desde abajo y gritándole: "¡Muchacho! ¡Muchacho! ¡Deja esa espada!"


Él quiso obedecerles de inmediato. Pero, de nuevo, la piedra se negaba a recibir la hoja. Se volvió y alzó el arma, con un desventurado encogerse de hombros, para mostrar que había tratado de hacerlo y había fallado.

Merlín y Arthor

La airada multitud se aproximó amenazadora; después sus gritos cesaron de golpe. Arthor pensó por un momento que la belleza de la espada los había silenciado. De pronto, una voz oscura surgió de detrás de él, haciéndole saltar y casi perder la hoja.


"¡La espada ha sido extraída!"
Merlín apareció por el precipicio de Mons Caliburnus, como sostenido por alas invisibles. Sus ropas azul medianoche tremolaban con la brisa del río y su sombrero de alas anchas, con su cima cónica, le arrojaba una sombra oscura sobre el rostro.


"¡La espada ha sido extraída! ¡Doblad la rodilla ante vuestro rey!"
"¡Pero si es un muchacho!", gritó uno de los guerreros en el mismo momento en que la mayoría de la gente cayó reflejamente de hinojos ante la imponente presencia del mago.


"Éste no es cualquier muchacho." Merlín se acercó a Arthor y le puso su largo brazo sobre los hombros. Vestido con un jubón de cáñamo, el cabello corto y tieso como un erizo, y su pálida faz de rosadas mejillas con la quijada flácida de puro sobrecogimiento, Arthor parecía en efecto un bisoño mochil. "Este joven es Aquila Regalis Thor, alto rey de toda Britania. ¡Arrodillaos ante él o quedad desterrados!"


El imperativo en la voz vibrante de Merlín puso a todo el mundo de rodillas. Arthor, mudo de asombro, se volvió para mirar al mago. Tan de cerca, podía ver el hilado carmesí de los símbolos astrológicos y emblemas alquímicos en la urdimbre azul. Y bajo la sombra del chapelo, descubrió un perfil fuerte y añoso, pálido y cacarañado como si hubiera sido esculpido en piedra.


"No digas nada", le susurró el mago. "Sostén la espada en alto y marcha monte abajo hasta tu palafrén. Con lentitud. Recuerda, tú eres el rey. Condúcete con porte regio."


Arthor obedeció, aunque su corazón le farfullaba en el pecho y velaban su mente dudas y multitud de interrogantes. Todos los ojos dirigidos hacia él lo contemplaban atónitos y maravillados.


Ninguno se atrevió a hablar, excepto un aprendiz de espadero, un muchacho no mayor que el mismo rey, que gritó dócilmente: "¡Larga vida al Rey Arthor!"
El sonido de su nombre maridado al título de rey le oprimió el corazón aun más fuerte en el pecho dejándolo casi sin aire y estupefacto. Y, si hubiera podido hacerlo, habría bendecido a aquel aprendiz de herrero por no burlarse de él.
Merlín abrió camino monte abajo hacia el caballo de Arthor, de cuya silla colgaba aún el escudo mellado del joven. La abollada imagen de la Virgen Bendita miró tristemente a Arthor mientras éste marchaba rígido hacia delante, la espada en alto. El ver a la Santa Madre le recordó al joven guerrero las muchas batallas en que había luchado por su padre adoptivo Kyner, jefe de los celtas cristianos, y bajó la deslumbradora hoja.


"¿Qué estratagema es ésta?", inquirió Arthor e hizo gesto de entregarle el arma al mago.
"Estratagema ninguna, Arthor", replicó Merlín tomando por la brida el caballo gris y conduciéndolo alrededor de una erupción de moreras y limeros. "Has extraído de la piedra la espada Excálibur. A partir de este momento, eres el rey legítimo de toda Britania."


"¿Yo?" Arthor sacudió la cabeza. "Imposible. No soy sino el sirviente de lord Kyner. Soy un bastardo, vástago de una violación, engendrado por un saqueador sajón en una anónima campesina de Cymru."
Merlín dirigió sus argénteos ojos fríos al muchacho tembloroso y dijo serenamente: "No, Arthor. No eres ningún bastardo, ni el resultado de un violento ultraje. Eres el hijo único de Uther Pendragón e Ygrane, reina de los celtas."

Camelot

Sobre la garganta verdeciente del río Amnis, en una meseta elevada, la inacabada ciudad-fortaleza de Camelot se hallaba rodeada de campos cubiertos por los bloques de los picapedreros.


Las incompletas cortinas de muralla, almenas, las torres aún en esqueleto contemplaban en las laderas un carnaval de tiendas y de cromáticos pabellones, mientras el tercero de los festivales quinquenales estallaba jolgorioso. Músicos y juglares divertían a las masas de britorromanos y celtas congregados en la amplia campiña esmeralda para celebrar su unión contra las tribus de paganos invasores.


Un rápido jinete cargó a través dé los campos de juego, donde diversos competidores probaban su destreza con el arco, en el tiro de la jabalina y el arte de la espada. Gritos de protesta siguieron al jinete hasta que la multitud oyó lo que aquél anunciaba: "¡La espada! ¡Excálibur ha sido arrancada de la piedra!"
Los flautistas, músicos y acróbatas, entonces, quedaron quietos y en silencio, y murmullos excitados recorrieron la festiva muchedumbre alrededor de las mesas de banquetes y de los coloristas pabellones de juego. Toda actividad —carreras de cerdos, el tira y afloja de la cuerda, danzas, tiro al blanco y competiciones a caballo— se detuvo al instante. Bajo los orgullosos chapiteles, los pisos del andamiaje contra los parapetos y los terraplenes a medio construir, las ondas de una excitación callada se imponían a la turba festejante.


"¿Es eso verdad?", preguntó Severus Syrax, cuando el jinete se deslizó de su corcel y se inclinó ante el pabellón de comandantes, cuyas lonas exhibían tanto símbolos cristianos como emblemas célticos ornadamente nudosos. El adusto magister militum de la gran ciudad de Londinium había sido el primero en emerger abruptamente del pabellón a los gritos del heraldo. Sus rasgos persas, perfilados por las líneas precisas de su barba oscura y sus rizos negros elegantemente peinados, vibraron de sorpresa. "¿Quién ha sacado la espada?"
"Un muchacho, mi señor magister", jadeó el jinete. "Un muchacho con un nombre muy largo… Aquila Regalis Thor…"


"¡Arthor!", gritó Kyner estupefacto. El corpudo jefe celta, que vestía una túnica blanca blasonada con la cruz escarlata, surgió del pabellón y se alzó tras el viperino Severus Syrax. Los árticos ojos azules del celta se abrieron más y más al ver que el mensajero hablaba seriamente y la áspera mano del guerrero ascendió hasta la boca y cubrió su mostacho ponderoso como si quisiera contener un grito atónito. "¿Mi hijo…Arthor?"


Severus Syrax apartó al jadeante jinete y señaló con un dedo anuloso los pastos estivales por los que la figura larga, vestioscura, de Merlín se aproximaba portando de la brida a un palafrén. Y sobre el lomo del bruto… el joven Arthor, con la espada en alto.
"¡Santa Madre de Dios!", gritó Kyner como si lo hubiesen apuñalado. "¡Es Arthor!"

Obediencia y Desafío

Merlín condujo al montado guerrero a través de una ingente turba festiva que lo observaba silenciosa y por los herbosos campos de torneo, donde los combatientes quedaban pasmados al ver a aquel tosco muchacho sostener Excálibur en alto con ambas manos. Se movieron lentamente como en regia procesión y sólo la severa presencia del mago impidió a la nutrida muchedumbre mofarse a gritos del joven en su jubón de cáñamo.


"¡Éste es vuestro rey!", anunció Merlín potente cuando hubieron alcanzado el espacio ante la puerta principal de la ciudad. Se detuvieron frente al gran pabellón de lona amarilla y oriflamas púrpura donde los señores de la guerra y los jefes permanecían en mudo estupor. "Éste es el que ha arrancado a Excálibur de la piedra. De rodillas ante vuestro señor, el alto rey de Britania, el hijo único de Uther Pendragón e Ygrane, reina de los celtas: ¡Aquila Regalis Thor!"


La voz poderosa de Merlín rodó por la campiña y estalló en ecos en la vacía fortaleza detrás de él. Al instante, la multitud cayó de hinojos. Sólo los señores de la guerra y los jefes reunidos ante el gran pabellón permanecieron de pie hasta que Merlín los miró; Kyner hincó dubitativo entonces una rodilla.
"¡Levántate, loco!", le espetó Severus Syrax. "¿No te das cuenta de que es un truco del mago? No es más que tu chico, Arthor."


Kyner no se movió. De repente, un millar de inocentes detalles ignorados durante los quince años pasados encajaron en la prodigiosa comprensión de que este muchacho, que él tomara por un descastado, el burdo vástago de un pagano y una campesina, era de noble origen. Incluso el verdadero hijo de Kyner, Cei, el cariancho bravucón que reprendiera a su hermano adoptivo todos estos años aconsejando al bastardo no abandonar su lugar entre los sirvientes, comprendió de golpe que Merlín decía la verdad porque había caído de rodillas antes que todos los demás.

 

Urien, el celta de la Costa, de pecho desnudo y cabello blondo como la sal, habló con fuerza: "Si este muchacho es en verdad el hijo de nuestra antigua reina Ygrane, tendrá para toda mi vida mi alianza. Pero he de oír la verdad de boca de la mujer que fue mi reina… y no de un hechicero."


El viejo Lot de las Islas Septentrionales, desnudos los hombros al uso celta y vibrante su gran mostacho con su áspera respiración, permaneció detrás de Urien y no dijo nada. Su pelirroja y brujesca esposa, Morgeu la Fey, no aparecía por ningún lugar.


"Y yo hablo por los señores de la guerra británicos", saltó Severus Syrax otra vez. "Hará falta algo más que un mago para elevar a este chico al trono. Y aunque sea el hijo de Pendragón y de Ygrane, no es más que una criatura. ¿Tan desesperados estamos como para ponernos en manos de un crío?"


Sólido y con una cabeza sin cuello como un bloque de piedra, Bors Bona se golpeó con el puño la coraza de cuero y gritó: "¡Un hombre probado queremos por rey!"


Marcus Dumnoni, el rubio comandante del Oeste, no dijo nada pero, cuando los demás se tornaron para marcharse, él los siguió. Instantes después de la presentación del Rey Arthor por Merlín, los campos habían empezado a vaciarse mientras los jefes y señores de la guerra reunían a sus gentes y tomaban el camino a casa en los diversos rincones del turbado reino isleño.
 

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