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El planeador siguió la ladera del monte Kettleback, efectuó un giro ascendente desde el valle de Brann y se lanzó hacia un cielo azul plateado, con nubes crepusculares. Por encima del frío y blanco murmullo del río Skara, se extendía una masa brumosa de aire helado, que volvió a absorber la nave.
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Por un instante, las manos de Viíyan se movieron frenéticas sobre los controles. Después de cruzar el río, la máquina se elevó una vez más, hasta que sobrevoló el límite forestal.
—Ya estamos cerca, hermano de juramento —dijo—. Será mejor que te prepares.
Torrek asintió, abandonó su asiento y se arrastró por la estrecha extensión del fuselaje. Sintió que el ligero tejido —una tela encerada, tensada sobre un marco de cañas huecas—se estremecía a su contacto y resonaba con el estrépito de los vientos entrecruzados.
Al llegar a la pequeña escotilla, se asomó al cristal empotrado y contempló la agreste aridez, listada de campos nevados. Revisó sus bártulos: la cuerda arrollada y atada a un travesaño, los tres cuchillos enfundados en la cintura, la redecilla que sujetaba su pelo rubio para que no le cubriera los ojos. Por lo demás, sólo usaba un taparrabos. Para aquella misión, no se atrevía a llevar más peso del indispensable.
Torrek era un joven ágil y fornido, de facciones duras en las que se marcaban los huesos, lo cual le singularizaba entre la elegante gente de Dumethdin. El nombre mismo que le habían asignado, Torrek, no sólo significaba «extranjero», sino que apuntaba a cierto de grado de monstruosidad, pues él era el único entre los habitantes de debajo de los Anillos que no podía siquiera conjeturar su linaje. No obstante, llevaba tatuados en el rostro los emblemas de su clan y su secta.
—¡Allí está el nido!
La frente de Vilyan se cubrió de sudor, perlando el símbolo azul allí grabado, la señal de la secta del Oso Marino, en cuyo seno se había convertido en hermano de juramento de Torrek.
Vilyan tiró apenas de las palancas, y el planeador vibró. Se encontraban a mucha altura y, hasta ese momento, se habían deslizado a lo largo de la oscura y adusta cima denominada el Sombrero de Hombre de la Skara. Sobre un ventoso peñasco, que dominaba novecientos metros de fríos cielos, se elevaba un enorme y desordenado montón de ramas, que el deterioro de los siglos había convertido en una maciza fortaleza. Hasta donde recordaba la tradición, las krakas siempre habían anidado allí.
En Diupa, algunos de los ancianos consideraban una impiedad matar a la kraka, que llevaba allí tanto tiempo, lo mismo que sus madres y sus abuelas, causando estragos en los valles. Si la kraka desaparecía de Sombrero de Hombre, si se desvanecía su acechante amenaza sobre el fiordo Penga, se produciría un vacío en el cielo.
Pero aquellos cuyo ganado e hijos pequeños habían sido arrebatados hasta esas inexpugnables alturas no pensaban lo mismo.
El oscuro y temerario rostro de Vilyan se animó con una repentina mueca:
—¡ Allí viene, hermano de juramento!
—Bien —gruñó Torrek.
—Que Ellevil y la señora Luna te protejan…
—Mantén la estabilidad —le interrumpió Torrek con aspereza.
Quien no le conociera, tal vez se hubiera ofendido ante su brusquedad —justificada en ese momento, puesto que la muerte subía con el viento a su encuentro—, pero en Diupa creían comprender lo que significaba ser un «trasplantado». ¿Cómo esperar alegría, ni suavidad, ni siquiera demasiada cortesía de alguien cuya vida ha sido tan horriblemente desarraigada? Pensaban que su cerebro continuaba surcado por las cicatrices de la memoria desconectada cinco años atrás.
Por lo tanto, Vilyan se limitó a afirmar con la cabeza. No obstante, cuando Torrek dejó el planeador, volvió a orientarlo hacia la población pesquera —imposible permanecer flotando en ese torbellino de vientos opuestos— y le cantó la Canción del Largo Adiós, dedicada a quienes parten para la guerra y no es probable que regresen. Torrek abrió la portezuela, arrojó la cuerda y se deslizó por ella. Llevaba uno de los puñales entre los dientes.
Durante unos minutos interminables, se balanceó como un badajo, a más de un kilómetro por encima del fiordo. Llegó a sus oídos el sonido del viento, un descomunal y cavernoso rugido que atravesaba el azul atardecer. Su fuerza le hacía balancearse al extremo de la cuerda.
Le alcanzó el desafío de la kraka. Ésta se sacudió, mientras se erguía ciega de ira. En aquella época del año tenía crías en el nido, y esa cosa de alas rígidas se atrevía a sobrevolarlo. Estuvo a punto de lanzarse directamente contra el planeador y aplastarlo, como antaño había hecho su madre. En ese instante, sin embargo, descubrió a Torrek, tal como éste había previsto, colgado como un cebo de anzuelo. Viró y se abalanzó sobre él.
El hombre experimentó una última tensión de sus nervios y sus músculos. Sus ojos parecieron adquirir una claridad definitiva y sus oídos aguzarse ante el estrépito de las Cascadas Humeantes, donde la Skara hundía sus despeñaderos. Había llegado el momento de demorarse hasta que la impetuosa kraka se inmovilizara en el aire, y él pudiera contar las franjas de su leonado pellejo después de cada aleteo gigantesco. Aun así, Torrek no temió. En apenas cinco años de vida recordada, hay muy poco tiempo para aprender a sentir eso que se llama miedo.
Y de pronto, la kraka atacó.
Era un poco más pequeña que él, descontando la extensión de casi diez metros de sus correosas alas y la larga cola en forma de timón. Pero sus cuatro patas terminaban en garras, capaces de partir a un hombre por la mitad de un solo golpe, y su hocico ocultaba unos dientes cortantes como sables. Muy pocas personas colgadas de una cuerda con una sola mano habrían resistido la tentación de dejarse caer y tratar de huir.
En el último instante, Torrek se alzó y se ovilló como una pelota. Cuando el rayo alado golpeó bajo sus pies, se soltó. Cerró las piernas alrededor del magro vientre de la kraka, le aferró el cuello con el brazo izquierdo y, con la mano derecha, le clavó un puñal en la garganta.
La kraka gritó.
Durante unos segundos, se sacudió, se encabritó y retorció en el aire, con la intención de quitárselo de encima. El cuchillo de Torrek cayó en un meteórico centelleo. Lo había soltado al comprender que necesitaba ambos brazos y hasta el último resto de sus fuerzas para mantenerse en su lugar. El peso resultó excesivo para la kraka. Comenzaron el descenso hacia las áridas cuestas. El batir de las alas amortiguó en parte la caída, que se transformó en un prolongado planeo… Entretanto, Torrek había echado mano a otros de sus cuchillos y la apuñalaba metódicamente en sus órganos vitales.
No sintió la menor piedad por la más espléndida de las bestias. Había demasiados huesos pequeños en el Sombrero de Hombre de la montaña Skara. Pero reconoció su valentía.
En un respiro, Torrek divisó desde tan increíbles alturas, los nebulosos bosques y las verdes profundidades del valle de Brann, más allá de las Cascadas Humeantes y los estrechos campos que los hombres habían arado entre los acantilados y el fiordo de Diupa.
También distinguió, al otro lado del fiordo Penga de Holstok y el delta del río Blanco, las fértiles tierras bajas, listas para la cosecha. Localizó el angosto extremo de la bahía y siguió con la mirada sus serpenteos hacia el norte, entre las rocas, en dirección a la embocadura. Allí donde el Remanso espumaba con la marea ascendente, se encontraban las islas guardianas, llamadas de los Hombres Alegres. Torrek creyó ver incluso los severos muros de Ness, el fuerte sobre Gran Ulli, que montaba guardia para evitar que los piratas de Illeneth, con sus cascos de bestias, volvieran a arrasar Dumethdin.
La kraka se debilitaba, salpicando con su sangre el aire azulado del atardecer. Al batir las alas con menos frenesí, se aceleró la caída. Torrek apretó los dientes al pensar que se vengaría de él pintando con su carne los cercanos despeñaderos del Skara.
Luego, en una tambaleante convulsión, la kraka se bamboleó hacia el este, donde los vapores más cálidos de los campos arados le ofrecían una última ayuda: el fiordo, sobre el que se dejó caer.
Torrek se zambulló un segundo antes de que la kraka se hundiera. El joven chocó contra las aguas con tal ímpetu, que se sumergió cada vez más en las verdosas profundidades, hasta que los tímpanos dejaron oír su protesta. Una lanza de coral le desgarró el flanco. Cuando logró volver a la superficie, sus pulmones parecían a punto de estallar. Transcurrió largo rato hasta que cesó su jadeo.
La kraka flotaba a poca distancia, sustentada por sus enormes alas…, muerta. No muy lejos brillaban las primeras luces de Diupa.
—Muy bien, viejita —resolló Torrek—, fue muy amable de tu parte. Ahora espera aquí y no permitas que los olíenbors te devoren y te limpien los huesos. ¡Quiero tu pellejo listado!
Se dirigió a zancadas a la población, al principio resintiéndose del cansancio, aunque recuperó las fuerzas con una prontitud que sabía anormal. A veces, por la noche, a solas con su alma truncada, Torrek se preguntaba si era un ser humano… o qué.
Asomaban canoas en el embarcadero. Los habitantes del lugar habían previsto su llegada. Las esbeltas estructuras con portarremos exteriores surcaban las rumorosas olas, mientras un centenar de canaletes golpeaba las aguas al unísono. Los farolillos de papel coloreado colgaban como ojos avizores de los palos de proa.
—¡Ojoiajá!
Una caracola marina de gran tamaño lanzó su ronco sonido después del grito, y el latido de los gongos adquirió un ritmo uniforme.
—¡Ojoiajá! Creíamos que no volveríamos a verte, pero el mar te devuelve, oh amado. El mar te devuelve vivo. ¡Ojoiajá!
—¡ Aquí estoy! —gritó Torrek, dejándose de ceremonias.
La embarcación más cercana viró. En tanto unas manos musculosas le izaban a bordo, las caracolas, los gongos y las voces loaron su triunfo.
Cuando la flota regresó arrastrando a la kraka y exhibiendo a Torrek en el estrado del capitán, todo el pueblo de Diupa le aguardaba reunido en el muelle:
Enmascarados y con mantos de plumas, agitando sus matracas y sus armas —ballestas, hachas, zapapicos, alabardas, cerbatanas—, los jóvenes de la secta del Oso Marino expresaron con la danza el orgullo que él les había inspirado. Los ancianos de su clan adoptivo esperaban bajo brillantes faroles, solemnes en sus túnicas bordadas de escarlata y azul. Entre las espaciosas casas de hule pintado, largas y bajas, con paneles de madera tallada y tejados de ripia en punta, los niños y las doncellas arrojaban flores a su paso.
Hasta los más humildes granjeros, artesanos y pescadores, sin más galas que un taparrabos de líber y una toca de plumas, levantaron sus tridentes y le rindieron honores cuando cruzó ante ellos.
En lo alto de las montañas, se abrieron las tenues nubes crepusculares. El sol estaba bajo, aunque faltaban horas para que cayera la oscuridad sobre las cálidas latitudes del Mundo Llamado Maanerek. El cielo lucía un infinito azul claro, y dos de las lunas ascendían, casi llenas. Al sur se elevaba, enorme, el arco iris de los Anillos, el puente sagrado.
Era corriente que las nubes del largo y templado día —cuarenta horas duraba el recorrido del sol sobre las Islas— se dispersaran a medida que el atardecer daba paso a la fría noche. Pero Torrek, en cuya piel cosquilleaba aún el beso helado del fiordo, imaginó que el todo bondadoso Rymfar le brindaba su bienvenida, corriendo el telón del cielo en el preciso momento en que él desembarcaba al encuentro de su gente.
Su gente. Por primera vez sintió que algo se ablandaba en su interior. Esos ágiles seres morenos y de pómulos altos le habían aceptado como uno de los suyos al descubrirle mudo e inerme en los campos. Le habían enseñado con la misma paciencia y bondad que mostraban con sus hijos y le habían perdonado los errores inevitables en quien no se había criado entre ellos desde su nacimiento.
Como compensación, él les había acompañado, navegando en sus canoas, pescando, cazando y arando los campos con ellos, luchando en las líneas de combate cuando los bandidos de Illeneth forzaron el Remanso y entraron en Dumethdin.
Y el pueblo le había ascendido de categoría, según sus aptitudes crecientes, y ahora ostentaba el título de piloto.
No obstante, no había dejado de ser el niño abandonado. No les había retribuido por su vida entre ellos…, hasta ese día.
—Bebe —le invitó el mayor Yensa, al tiempo que le tendía la antigua copa de plata del Concejo.
Torrek hincó una rodilla y bebió el sutil vino especiado.
—Que tu nombre quede escrito en el pergamino de los arponeros —declamó el escriba Glamm— y que la próxima vez que la Flota salga en busca de serpientes marinas, empuñes una potente lanza y seas recompensado con lo que corresponde a tu trabajo.
Torrek inclinó la cabeza:
—No soy digno, reverendo tío.
En realidad, sabía muy bien que merecía esa elevada distinción. Esperaba alcanzarla si salía con vida de aquella misión. Ahora…
Se irguió y dirigió una mirada hacia las mujeres jóvenes, que permanecían respetuosas junto a la hilera de faroles.
Sonna le miró a su vez y bajó la vista. Un lento rubor cubrió sus mejillas. Inclinó la cabeza hasta que la larga cabellera oscura adornada con guirnaldas ocultó su rostro a la mirada del joven.
—Reverendo tío —dijo Torrek, inclinándose ante el hombre canoso del clan Korath, que le observaba con picardía—, ¿tiene un arponero rango suficiente para hablar como un amigo con los hijos de un capitán?
—Así es—confirmó Baelg.
—¿Me concedes entonces el permiso de ir a las montañas con tu hija Sonna?
—Si ella lo desea, ésa es mi voluntad. —Baelg sonrió y se tironeó la corta barba—. Y creo que ella estará conforme. Pero antes debes descansar.
—Descansaré en las montañas, reverendo tío.
—¡No hay duda de que eres un hombre resistente! —exclamó Baelg, en tanto que los muchachos le observaban, admirados de su fortaleza—. Adelante. Si al volver deseáis contraer matrimonio, daré mi aprobación.
Sin pronunciar otra palabra, Torrek se inclinó ante los ancianos, ante el escriba, ante los concejales de Diupa y el virrey de Dumethdin. Sonna le siguió, ajustándose al ritmo de sus grandes zancadas. Pocos minutos después, habían traspuesto los límites de la población y llegado a un camino que serpenteaba montaña arriba, a través de los campos.
—Si me lo hubieses pedido, me hubiera quedado para el festín, Sonna —dijo Torrek torpemente—. Quizá me mostré demasiado impaciente.
—No para mí —replicó ella con gran dulzura—. Hace mucho que aguardaba esta noche.
El camino se convirtió en una estrecha senda, que ascendía entre frescas frondas de susurrantes hojas. Palpitaba en el aire un húmedo olor a verde y un bullicioso sonido de cascadas. Había allí muchas cuevas donde una pareja joven podía tenderse sobre lechos de capullos, comer frutas silvestres y romper las duras cáscaras de frutos secos, como la nuez de la skalli, a lo largo de la prolongada noche clara del Mundo Llamado Maanerek.
LA SEXTA ISLA
ME AGRADARIA QUE ME ENVIEN EL LIBRO
LA SEXTA ISLA DEL ESCRITOR URUGUAYO DANIEL CHAVARRA