La ballena dios

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Larry Dever se arrodilló en la oscuridad sobre la húmeda grava frente a East Gate, sus manos sobre las frías y ásperas barras. Las nieblas anteriores al amanecer apelmazaban sus greñas rubias. Frescas gotas colgaban de sus facciones jóvenes y angulosas. Su justillo y sus jeans de fibra estaban mojados.

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Larry Dever se arrodilló en la oscuridad sobre la húmeda grava frente a East Gate, sus manos sobre las frías y ásperas barras. Las nieblas anteriores al amanecer apelmazaban sus greñas rubias. Frescas gotas colgaban de sus facciones jóvenes y angulosas. Su justillo y sus jeans de fibra estaban mojados.
–Conéctate e informa –murmuró Larry.
–Conecto –dijo su Cinturón, guiñando un amorfo indicador de calcógeno–. El parque estará templado hoy: noventa y dos grados, sin nubes. Alimentos: numerosos.
La larga noche había helado sus huesos. ¿Dónde estaba aquel sol? ¿Dónde el calor?
–¿Sexo?
–Probabilidad cero, punto dos –dijo Cinturón.
Larry sonrió. Esa era una estimación probablemente demasiado elevada, considerando su juventud, cuando la actividad gonadal tenía más de un noventa y ocho por ciento de anticipación. Apoyó su huesuda cara contra las barras, unos rasgos Dever que mostraban las pesadas líneas molares y mandibulares propias de su clan. Hacia Oriente, el cielo comenzaba a teñirse de azul, después de ocre pálido, al tiempo que extraía lentamente un disco solar de cobre que se alzaba expulsando la niebla del lago.
–Al fin.
Los discos ópticos giraron en el mástil de vigilancia. Las puertas chirriaron al abrirse.
–Disfruta. Disfruta. Corre y gasta tus CDV  –gritó Cinturón. Las palabras iban acompañadas de una enérgica tonada con ritmo de carga de caballería que calentó la sangre de Larry impulsándole y haciéndole correr sobre unas piernas rígidas a través de la alta hierba húmeda de rocío. Seis pequeños pájaros pardos saltaron de sus refugios y huyeron. Ahora Larry corría, perturbando a los saltamontes y a un escuadrón de mariposas nocturnas amarillo–grisáceas. Al alcanzar los límites de su oxígeno mioglobínico hizo una pausa para recuperar aliento. El sol templaba su nuca y secaba el tejido sintético de sus pantalones.
–¿Alimentos? –preguntó Larry.
Cinturón le mostró una variedad de semillas y frutos: grandes tomates–filete, rica fruta de pan, uvas pegajosas. Estaba asombrado ante la salvaje profusión de comestibles biológicos. ¿Nombres? Su vocabulario se limitaba a los sabores gelatinosos de la ciudad: ambargris, cálamo, nuez de cola, loto dulce, ruda, estórax e ilang–ilang.
–Muéstrame un sabor que sea a la vez sutil y estimulante.
–Género Malus –sugirió Cinturón–. Cruza el lago a nado y escala aquella lejana colina a tu izquierda. Busca un árbol de ramas gruesas y engarfiadas y frutos policromos.
Larry bajó hasta el borde del agua desprendiéndose de sus sandalias trenzadas con un brusco movimiento. Un siluro, inquieto, se separó de la herbosa ribera dibujando una «V». Lanzando a un lado sus pantalones, dio unos pasos dentro de las frescas aguas. El barro se arremolinaba entre los dedos de sus pies. El frío hizo que un estremecimiento recorriera sus piernas y espalda. Tiró su justillo hacia atrás, sobre la hierba, sumergiéndose en las ondas centelleantes. Temblaba. En este momento, los capilares cutáneos más sensitivos se contrajeron a fin de conservar el calor. Una gota perdida le golpeó. Sus primeras brazadas fueron torpes hasta que hicieron aparición los reflejos cerebelosos remotamente aprendidos y consiguió un ritmo excéntrico, un golpe de rueda dentada que lo llevó a saltos a través del agua. El tobogán de un derramadero le llevó al riachuelo. Subió por el pontón de un acueducto remontando el torrente, cabalgando entre la tumultuosa fuerza del elevado curso del agua, muy por encima del laberinto de canales y pasajes. La hierba era suave en la colina Malus. Un revoltijo oculto de ramitas magulló unos pies que el agua había sensibilizado. Goteando, se encaramó al árbol, sentándose sobre la áspera corteza. Los injertos habían hecho posible que una variedad de pomas se encontrara a su alcance: ácidos, manzanas silvestres, junto a otras grandes y rojas; y otra clase aún de frutos pequeños y amarillos. Alcanzó una roja de textura cerúlea que chasqueó jugosamente al ser mordida. Aplastó ruidosamente la crujiente pulpa. ¡SABOR! Un cálido mosaico de luz solar se perfiló entre las hojas, secándole. Las frutas caídas en fermentación atrajeron una ruidosa abeja. Cinturón cantó. Larry desplazó su peso sobre la nudosa rama, adormeciéndose. La fresca brisa del atardecer le despertó.
–¿Cuánto hemos gastado? –preguntó.
Cinturón calculó:
–1.207 pisadas a 0,027, más 6,11 minutos acuáticos a 1,0, nos da 38,7 Créditos de Dispendio Vital.
–38,7 CDV –murmuró Larry–. ¡Tanto! Supongo que haríamos mejor en tomar un camino de vuelta gratuito.
Mostrando en sus miembros el enrojecimiento producido por la corteza, descendió y se dirigió por el inerte sendero de polímero hacia el montón de sus ropas, vistiéndose en las fibras calentadas al sol y plegando el justillo bajo el cinturón. El cíber farfulló:
–¿Disfrutaste de las experiencias sensoriales del parque?
Larry asintió con aire ausente. El día estaba terminando, con lo que los estímulos del parque se perdían. La vuelta a Ciudad–central significaba el tedio monótono y embrutecedor. Parado en el exterior de la estación, sintió repulsión a la vista de los atestados niveles de pasajeros con sus fétidos vapores. En los niveles más bajos esperaba las cápsulas de mercancías situadas sobre raíles adyacentes ofreciendo un más excitante, aunque ilegal, viaje, una tentación de nuevos estremecimientos táctiles, más la oportunidad de evitar los malos olores procedentes de los conductos tubulares de pasajeros. Alzándose sobre las verjas protectoras, Larry se aventuró entre las oscuras y pesadas máquinas que apestaban a lubricantes aromáticos.
–Peligro –advirtió Cinturón.
–¿Dónde está tu espíritu aventurero? –dijo Larry–. Mis créditos cubrirán la intrusión.
Se aproximó a una pesada cápsula que se balanceaba a baja altura sobre sus suspensores. Remontó los escalones, alcanzando la pasarela.
–Huele este tanque –dijo de nuevo Larry–. Debe contener calorías lábiles.
Levantando la cubierta de polvo conectó los controles a Manuel, fijando la cubierta contra el conmutador maestro. Parpadeó una luz roja. Los controles se deslizaron de nuevo hacia Auto. Afianzó más estrechamente la cubierta.
–Peligro –repitió Cinturón.
Larry se arrastró a lo largo de la pasarela y de un tirón abrió la escotilla. Esta silbó al abrirse lanzando una corriente de aire fresco y fragante contra su cara. El interior estaba oscuro y refrigerado.
–Pasas o uvas –sonrió– en fermentación.
–No sabemos.
–Tranquilízate –dijo Larry. Su lengua estaba anegada por copiosas secreciones parotídeas–. No seremos cogidos –miró por encima y por debajo de los raíles.
La línea de las cápsulas de carga se extendía hasta perderse de vista en ambas direcciones. No vio guardias ni torres de vigilancia, así que se deslizó rápidamente dentro haciéndose con un puñado de húmedas perlas.
–¡ATENCIÓN! ¡ATENCIÓN!
La mano purpúrea y goteante de Larry estaba en contacto con su boca cuando se detuvo irritado. «¿Ahora qué?» Las luces de Cinturón cambiaron de ámbar a rojo. El tren gruñó mientras la cápsula se balanceaba. La húmeda mano de Larry se deslizó sobre el marco de la puerta. La escotilla se cerró suave pero firmemente, atrapándole por la cintura. Percibió el farfulleo que producía la torcida membrana lingual de Cinturón.
–¡Condenación! Ahora me cogerán y con seguridad seré multado –dijo Larry.
El tren osciló de nuevo. La cubierta se desprendió del mando de control. Larry sintió cómo aumentaba el apretón ejercido por la escotilla y se debatió tratando de hacerla retroceder con sus uñas ensangrentadas. Su estómago e hígado fueron comprimidos contra el diafragma y el aire expulsado de sus pulmones, sin que pudiera inhalar de nuevo. Cinturón graznó al aplastarse sus circuitos y Larry notó la creciente hinchazón de ojos y lengua. Sus sentidos se nublaron. La presión que sufría su abdomen creció al ganar la escotilla unas pulgadas más. Una estrecha franja de luz solar mostró la huella que sus manos colgantes dejaban en la húmeda y bamboleante masa de uvas. El clic, clic, clic de las ruedas se debilitó con el progresivo estrechamiento de la ranura. Oscuridad.

Retornó la conciencia. El dolor había disminuido. Aún colgaba cabeza abajo como un murciélago. Los labios y los párpados estaban hinchados y entumecidos. Sus manos se hundieron en la carga. Con las vibraciones habían aparecido jugos, unas arenas movedizas húmedas y gustosas que amenazaban con ahogarle. Buscó apoyo tanteando la escotilla. ¡Estaba cerrado al ras! Un temblor involuntario hizo castañetear sus dientes mientras recorría el reborde de la escotilla con sus dedos húmedos. Sin resultado. Se preguntó si el sol brillaría todavía. No hubo sensación de calor en sus piernas. ¡No hubo sensaciones en absoluto! Ni un solo sonido penetró en las gruesas paredes de la cápsula. Trató de escuchar el tintineo de las ruedas. Nada. Solamente el deslizamiento de la carga.
–¡Cinturón! –silbó más que dijo–. Llama a un Equipo Blanco. Estoy malherido. ¿Cinturón? ¿Cinturón? –palpó el aplastado cíber infundibuliforme que ceñía su cintura–. ¡La puerta te mató! –se palpó la cara con dedos temblorosos–. Esa puerta me mató a mí también –dijo llanamente–. He sido cortado en dos. ¡Condenación! ¿Cómo pudo suceder una cosa tan estúpida?
Los dedos siguieron el borde de la escotilla una y otra vez. Renuente a aceptar la pérdida de su pelvis y piernas, cerró fuertemente los ojos y trató de sentir los dedos de sus pies. Los esfuerzos cerebrales encaminados a flexionar la rodilla, orinar o mover los pies fracasaron en obtener una respuesta sensorial tranquilizadora; percibió solamente los miembros fantasmas del pasado. Su mente recordaba las perdidas piernas, dándole brumosas sensaciones de pies –fríos e irreales– que se negaban a obedecer sus órdenes.
–¡Condenación! ¡Condenación! ¡Condenación! Estoy muerto –susurró.
El ruido producido por la abertura de un cierre hermético interrumpió sus prematuras alabanzas. La luz vaciló mientras chirriaba un sensor del tanque que se proyectó hacia fuera con un movimiento espiroideo. Era lo suficientemente grande como para permitir el paso del antebrazo de un hombre. Algo manipulaba en la parte exterior del agujero interrumpiendo el rayo luminoso en varias ocasiones.
–¡Ayuda! –dijo Larry, preguntándose si habría encontrado la palabra mágica que lo salvaría.
–Está vivo –dijo una voz lejana.
–Saquémosle de ahí –dijo otra.
–¡No! Esperen, por favor. Si abren la puerta yo…–su voz se desvaneció. Sus pulmones parecían demasiado pequeños para permitir el habla y la respiración al mismo tiempo. Se imaginó la escotilla abriéndose y liberando el apretón que ejercía sobre su maltratado abdomen –las vísceras y la sangre derramándose– y lanzándole de cabeza al profundo cargamento de olorosa pulpa violácea.
–¡No!
La escotilla se abrió bruscamente. El no cayó. En el resplandor de dos rayos de luz Mec divisó los alzados brazos de un robot blanco –el Medimec–, un pulpo restaurador provisto de grapas, hemostáticos y suturas listas para contener cualquier posible hemorragia. Nadie vino. Larry colgaba de un amasijo de circuitos –Cinturón había sido aplastado en una masa informe–, una barrera de elementos corporales que mantenían cerrado su abdomen. El Medimec procedió a colocar suturas de contención a todo lo largo de la zona herida. Gruesas compresas blancas oprimían la lesión mientras las suturas eran tensadas. En los brazos de Larry se clavaron agujas provistas de sondas a fin de llevar flexitubos al interior de los vasos sanguiticos. Pronto los fluidos nutritivos y sedantes penetraron en su sistema vascular, aliviando los afectados parámetros autónomos.
–Está estabilizado. Conduzcámosle a la camilla.
La marcada mueca de Larry se desvaneció mientras lo acomodaban en la bolsa de malla situada a la espalda del Medimec. Se encontró con que no estaba solo. El extremo más bajo de la bolsa contenía un crispado bulto envuelto en una mortaja. El Medimec verificó los pulsátiles túbulos conectando a Larry con la consola de soporte vital. Tubos similares penetraron en el bulto. Al levantar el tec la sábana un pie se proyectó hacia fuera, un pie calzado en una sandalia tejida: el de Larry.
–Eso es –dijo el tec–. Hemos recuperado todos sus trozos. Volvemos a la clínica.

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