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El mejor mundo alternativo de ciencia ficción que ha surgido de los escritores británicos, Antihielo es una visión sombría de la Gran Bretaña de finales del siglo XIX. Baxter utiliza la trama de su tercera novela para examinar el imperialismo, los pros y los contras del equilibrio de poderes basado en la destrucción mutua asegurada, y la responsabilidad moral de los inventores. Y, además, también es un libro divertido
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UNA CARTA A UN PADRE
7 de julio de 1855
Frente a Sebastopol
Mi querido padre:
Apenas sé cómo dirigirme a usted después de la vergonzosa conducta que me obligó a abandonar el hogar. Sé muy bien que ha pasado todo un año sin recibir ni una palabra mía, y sólo puedo ofrecer mi gran vergüenza como única excusa para mi silencio. Puedo reafirmarle mi culpa al pensar que usted, madre y Ned podrían haberme supuesto en alguna oscura región de Inglaterra, solo, sin un penique y moribundo.
Señor, el amor y el deber se han aliado con los acontecimientos extraordinarios de los últimos días para obligarme a romper mi silencio. Padre, estoy sano y salvo y sirvo en el 90 Regimiento de Infantería Ligera por la causa del Imperio en la campaña de Crimea. Comienzo este relato sentado sobre los restos de la fortificación rusa que llamamos Redan — por «diente» en francés, entienda, un conjunto no muy impresionante pero eficaz de sacos de arena y albarradas— frente a las minas de Sebastopol. Estoy seguro de que estas noticias le sorprenderán ya bastante —y me atrevo a esperar que su corazón se alegrará de que haya sobrevivido hasta ahora— pero aún así, debe usted prepararse para sorpresas mayores, querido padre, por lo que tengo que contarle. Sin duda ha leído las crónicas de Russell en The Times sobre la destrucción final de la fortaleza de Sebastopol por parte de ese tipo Traveller y su infernal proyectil de antihielo. Señor, yo fui testigo de todo aquello. Y —dada mi eterna deshonra— considero el haber sobrevivido un regalo del Señor que no merezco, ya que tantos buenos compañeros —no sólo ingleses, también franceses y turcos— han caído a mi alrededor.
Le debo algunas explicaciones sobre mi conducta después de abandonar el hogar en Cobham, aquel terrible día del año pasado, y sobre cómo llegué a esta remota costa.
Como sabe, sólo me llevé unos pocos chelines. Mi ánimo era de menosprecio, Señor, y de vergüenza; decidido a expiar mi culpa, me dirigí a Liverpool y allí me alisté en el 90 Regimiento. Me uní como soldado raso; por supuesto, no tenía forma de adquirir un nombramiento de oficial, y en todo caso me había decidido a descender, a mezclarme con los más bajos hombres, para poder así purificarme de mi pecado.
Una semana después de mi llegada a Liverpool me enviaron a Chatham, y pasé allí algunos meses adquiriendo la forma de un soldado del Imperio. Luego, decidido a poner mi vida en manos del Señor, en febrero de ese año me ofrecí como voluntario para la 90 Infantería Ligera, para que me enviasen aquí, a la guerra turca.
Al esperar el viaje, convencido de que sólo la muerte me aguardaba en los lejanos campos de Crimea, deseaba desesperadamente escribirles; pero mi coraje —que me ha dado fuerzas para soportar la terrible carnicería de esta guerra— me falló ante una tarea tan simple, y abandoné Inglaterra sin una palabra.
Tardamos quince días en llegar a Balaclava; y luego nos enfrentamos a algunos días de marcha por el camino a los campamentos aliados en torno a Sebastopol.
Pido su indulgencia para describir la situación que allí encontré; aunque corresponsales como Russell han informado razonablemente bien sobre la campaña, quizás el punto de vista de un soldado raso de infantería —porque eso soy, y muy orgulloso de serlo— tendrá algún interés.
Señor, ya sabe por qué estamos aquí.
Nuestro Imperio rodea el mundo. Y nuestro dominio se sostiene por hilos que son nuestras líneas de comunicación: Caminos, trenes y líneas marítimas. El zar Nicolás, deseando un puerto mediterráneo, había mirado con envidia al desfalleciente Imperio otomano. Por tanto, amenazó a la misma Constantinopla y a nuestras líneas a la India. Pronto el Zar estaba derrotando a Johnny Turco por tierra y mar y, por tanto, nosotros, al lado de los franceses, entramos en guerra con él.
Entramos en guerra bajo el mando de lord Raglan, que sirvió a las órdenes de Wellington en Waterloo. Padre, en una ocasión vi al gran caballero en persona, atravesando a caballo el campamento para reunirse con su homólogo francés, Canrobert.
Señor, ver a Raglan aquel día, con la espalda recta sobre el caballo, con la manga vacía metida en el abrigo (los franceses le habían volado el brazo) y su gran mirada preocupada de halcón observándonos a todos, la mirada que una vez había intimidado al mismo Bonaparte; ¡puedo decirle que no fui el único en vitorearle y lanzar la gorra al aire!
Pero desde el día de mi llegada, había murmuraciones contra Raglan.
Su cabeza estaba llena con los días de gloria contra el corso, Raglan aparentemente era dado a referirse a los rusos como los «Franceses». Y, por supuesto, había murmuraciones sobre la actuación de Raglan en la campaña. Después de todo, el primer enfrentamiento con los rusos fue en Alma, diez meses antes, cuando dimos una buena lección a los hombres del zar. Qué espectáculo, según cuentan; las filas de los aliados eran un bosque de color resaltadas por el brillo de las bayonetas, mientras que el oído era asaltado por un tumulto de ruidos, tambores y cornetas de todo tipo, todo inmerso en el interminable zumbido de las fuerzas armadas en marcha. Un compañero me ha descrito una carga de una unidad de los Grays, las grandes gorras de piel de oso por encima del enemigo mientras luchaban espalda contra espalda, golpeando y cortando por todas partes…
¡Lo único que lamento es que me perdí toda la diversión!
Pero, después de la victoria en Alma, Raglan no continuó.
Quizá hubiésemos podido perseguir a los rusos para luego expulsarlos de la península y ¡habríamos vuelto a casa para Navidad! Pero no fue así, y ya conoce usted el resto de la historia: las grandes batallas de Balaclava e Inkerman con, en Balaclava, la matanza de la noble Brigada Ligera al mando del conde de Cardigan (padre, podría comentarle que a principios de mayo tuve la oportunidad de cabalgar por el famoso valle del Norte, casi hasta la posición de los cañones rusos que habían sido el objetivo de la brigada. La tierra estaba llena de flores, calor y brillo en los rayos del sol de la tarde; metralla y una pieza de cañón yacían sobre el suelo, con las flores creciendo entre los fragmentos oxidados. Encontré un cráneo de caballo, casi sin nada de carne, atravesado por un único agujero de bala de izquierda a derecha. No vimos ni rastro de cuerpos humanos. Pero oí de un tipo que encontró una mandíbula, completa y blanca, con el más perfecto y regular juego de dientes).
En cualquier caso, los rusos aguantaron y —para Navidad— se habían recluido en la fortaleza de Sebastopol.
Pero Sebastopol, padre, es la principal base naval rusa en la zona. Si pudiésemos tomar la ciudad, la amenaza sobre Constantinopla se desvanecería y las ambiciones mediterráneas del Zar no serían nada. Por eso nos llevaron allí en gran número con nuestras trincheras, reparos y minas; y —desde Navidad— sitiamos la ciudad.
Era —o me parecía— una farsa de sitio; los rusos tenían un buen suministro de municiones y no teníamos forma de imponer un bloqueo por mar, ¡y las naves del Zar suplían casi a diario vituallas a los sitiados!
Pero Raglan no estaba dispuesto a considerar otra forma de desalojar a los rusos que el paciente desgaste. Y, por supuesto, se negaba en redondo a considerar cualquier sugerencia relacionada con armas de antihielo; un hombre de su honor no quería tener nada que ver con tales monstruosidades modernas.
Y mientras tanto, esperábamos y esperábamos…
Sólo puedo agradecer a un Salvador demasiado benévolo el que yo, indigno como soy, superase lo peor del invierno de esta región. Los muchachos que sobrevivieron tienen todos algo que contar. Los meses de verano habían sido benévolos, entienda, con buenas incursiones, e incluso tiempo suficiente para un buen juego de cricket, ¡improvisado pero jugado estrictamente según las reglas! Pero el invierno convirtió los caminos y trincheras en barro. Sólo había una cubierta de lona —si acaso— y los hombres tenían que dormir lo que podían con las rodillas hundidas en el barro helado. Incluso los oficiales sufrían vergonzosamente; ¡según parece se veían obligados a llevar las espadas en las trincheras como única forma de distinguirse de los soldados comunes! Padre, eso realmente era ser soldado sin el brillo.
Y, por supuesto, estaba la Dama Cólera, traída a todos los rincones de la península por la estación de desembarco de Varna. Una epidemia de cólera no es divertida, señor, porque un hombre puede pasar de ser un soldado sano a convertirse en una sombra delgada y triste en unas pocas horas, y al día siguiente está muerto. Mantener la disciplina y la compostura en tales circunstancias dice mucho del valor de mis compañeros y, me atrevo a decir, el inglés común salió más airoso que los franceses a pesar de los rumores del superior aprovisionamiento de nuestros aliados.
Pero tengo mis propias ideas sobre la situación de los aprovisionamientos, padre. ¡Según mi impresión, los franceses pasan hambre mejor que nosotros! Se le quita a un inglés el rosbif y la cerveza, y gruñirá y se tenderá para morir. Pero un francés… Un tal capitán Maude, un tipo alegre (al que más tarde enviaron a casa cuando un proyectil estalló en el interior de su caballo y le laceró la pierna) nos habló de una ocasión en que le invitaron a cenar con un teniente del ejército francés. Acercándose a la tienda del tipo, nuestro Maude fue recibido por los aromas de una buena cocina y fragmentos de ópera, ¡y dentro de la tienda se habían colocado mesas con manteles limpios, y se había servido una comida de tres platos! Y al felicitar a su anfitrión, Maude descubrió sorprendido que ¡los únicos ingredientes de los tres platos eran judías y algunas hierbas locales!
¡Ahí lo tiene!
Pero yo no me quejaría de las condiciones soportadas por los ingleses comunes en el momento de mi llegada. Encontré alojamiento en una choza que había sido construida por un pelotón de turcos. Ahora recibimos carne salada y galletas todos los días, ciertamente pobres raciones comparadas con la comodidad del hogar, pero más que suficiente para mantener la vida. Y la degradación del alcohol no nos es desconocida, padre. La cerveza es difícil de conseguir y es bastante cara… pero no muy alcohólica. Por ejemplo, hay una especie de veneno llamado «raki» que puede obtenerse de los campesinos locales. Más de una vez he visto a hombres, también oficiales, borrachos con ese líquido; aunque, por supuesto, ese comportamiento no se aprueba. Podría relatar la caída de un tipo espléndido, un hombre de más de seis pies de alto, un buen soldado, pero un demonio con el alcohol en el interior. Las ceremonias de castigo siempre se celebran muy temprano, frente a todo el regimiento; en aquella ocasión el aire estaba helado y soplaba un viento fuerte. Los tobillos y muñecas del soldado estaban atados a un triángulo de barras de camillas y tenía desnuda la espalda; un tamborilero manejaba el látigo mientras el mayor contaba los golpes. Padre, el tipo recibió sesenta latigazos sin un murmullo, aunque la sangre caía después de una docena. Cuando terminó, se puso firmes y saludó al coronel.
—Esta mañana me ha ofrecido un desayuno caliente, señor— dijo, y fue caminando al hospital.
Por lo que pueda valer, padre, puedo decirle que ni una gota ha pasado por mis labios desde que abandoné su casa en condiciones tan desafortunadas.
Ahora —casi puedo oírle gritar ¡al fin!— le describiré los importantes acontecimientos de los últimos días y, si me ha acompañado hasta ahora, concluiré con noticias de mi propia disposición.
Sebastopol es un puerto naval en el mar Negro. Imagine si quiere una bahía de oeste, visto desde el mar, hasta el este; la ciudad está en el lado sur de la bahía. Y la ciudad está dividida en dos por una ensenada que se extiende al sur de la bahía durante un par de millas.
La importancia práctica de ese detalle, padre, es que se necesitan dos ejércitos diferentes para cercar la ciudad; porque una fuerza que atacase por un lado no podría ofrecer apoyo a una fuerza que atacase por el otro, a causa de la ensenada. Y por esa razón nosotros y los franceses nos habíamos situado a lados opuestos de la ensenada; los franceses a la izquierda, los británicos a la derecha.
Las defensas rusas tienen —o tenían— aspecto débil, pero ocupaban posiciones muy estratégicas y la misma naturaleza las había fortificado. Por ejemplo, ya he mencionado la batería de tierra llamada Redan, que estaba armada con diecisiete cañones pesados.
Recuerdo que un día caminamos hasta una milla de la ciudad, con la intención de explorar los alrededores. Desde un altozano podía ver las maravillosas naves de guerra rusas como fantasmas grises en la bahía, y los habitantes de Sebastopol recorriendo las calles tan despreocupados como si los ciento cuarenta mil hombres que sitiaban el puerto no fuesen sino un sueño. Pero menos de ensueño eran las fortalezas que miraban a nuestras posiciones. Grandes cañones negros me observaban a través de los alféizares, y cuando me mostré con demasiada claridad hubo una bocanada de humo y oí el silbido de la bala por encima de mi cabeza; porque tenían los alcances bien calculados y podían hacerlas caer muy cerca.
He dicho que el asedio duró muchos meses, y no fueron pocos los hombres, distraídos por la falta de progreso, que murmuraban que lord Raglan, con sus muchos recuerdos y formas tradicionales, no tenía la flexibilidad mental para resolver el problema de Sebastopol.
Entonces, a principios de mayo, tuvimos nuestra primera indicación de esas murmuraciones en círculos superiores. Un grupo de oficiales se unió a nosotros, evidentemente recién llegados de Inglaterra porque las charreteras brillaban mucho. Los dirigía el general sir James Simpson, un caballero corpulento de feroz aspecto. Con ellos llegó un civil: un extraño tipo de como unos cincuenta años, más de seis pies de alto y dotado de una nariz como un pico de halcón, con patillas enormes como grandes arbustos, tan negras como un cuervo, y una chistera que le hacía parecer diez pies mayor (la leyenda dice que un disparo perdido de los rusos —que continuamente volaban por en medio como pájaros de muerte— hizo un día un perfecto agujero en el sombrero; y el caballero, con completa frialdad, se lo quitó, examinó el agujero, y prometió que a su vuelta a Inglaterra ¡le pasaría la factura de la reparación a la embajada del Zar!). El tipo se movía por el barro, examinando las defensas y estudiando a los amputados y otros enfermos, y su preocupación y lúgubre estado de ánimo nos eran evidentes a todos.
Reconocerá, espero, por mi descripción, al famoso sir Josiah Traveller, autor de todas esas maravillas de ingeniería que han vuelto tan famosos en casa a los industriales de Manchester. Pero por lo que sé, nunca antes se habían empleado artefactos de antihielo en una guerra.
Bien, sir Josiah había venido a la península para aconsejarnos sobre ese mismo tema.
Por supuesto, no estaba enterado de los debates que siguieron a la llegada de Traveller, y lo que diga está necesariamente basado en cosas oídas. El general Simpson estaba completamente a favor de desplegar los nuevos proyectiles de Traveller, lo más rápido posible, para resolver la situación.
Pero Raglan no quería ni oír hablar de ellos. ¿Hubiese usado el viejo duque dispositivos tan diabólicos, el mismo duque que incluso había prohibido el uso del látigo en los borrachos? (así me imagino que discutió Raglan). No, caballeros, no lo hubiese hecho; y tampoco aprobaría lord Fitzroy Raglan tal desviación. Los métodos tradicionales de asalto, refinados durante siglos, no podían fallar, y no fallarían en esta ocasión.
Bien, Raglan ganó ese día; y se planeó un asalto a la fortaleza.
Ahora, padre, sólo se necesita un ligero estudio de la ciencia del asalto para entender que atacar una fortaleza como Sebastopol, con pequeña superioridad numérica frente a los rusos, sólo con piezas de campo en nuestro lado, y con los flancos y la retaguardia inseguros, era una propuesta muy desesperada. Sin embargo, el 18 de junio, después de nueve meses de asedio debilitador y sin resultados visibles, las fuerzas aliadas lo intentaron.
Nuestro bombardeo había comenzado una quincena antes, padre, los proyectiles y balas volaban sobre nuestras cabezas día y noche, y llegaba el fuego de respuesta de los rusos.
Constantemente preparado y con el fusil Minie en el pecho, apenas había dormido durante esas dos semanas. Y como si el ruido de los cañones no fuese molestia suficiente para nuestra tranquilidad mental, los hombres del Zar tenían la costumbre de enviar tiros de treinta y dos libras saltando por nuestra posición como bolas de cricket, sin preocuparse del reloj, ¡lo que no permitía un tranquilo sueño nocturno!
Al fin, a principios del dieciocho, oímos las cornetas y tambores que nos señalaron que el asalto había comenzado. Lanzamos un grito —recuerde que era mi primer caso de acción real, señor— y saqué mi estúpida cabeza de la trinchera, para poder mejor seguir la acción.
Por el humo, el vapor y la tierra rota vi que los franceses iban primero. Pero los rusos estaban preparados, y los muchachos cayeron como si les hubiesen cortado los hilos; los que seguían tropezaron con los caídos, y pronto todo fue confusión. Me temo, padre, que algunos de aquellos valientes galos cayeron frente a fuego aliado en toda aquella confusión.
Al final se nos dio la orden de avanzar. Nos movimos sobre el barro cuarteado, los gritos quemándonos la garganta, las bayonetas reluciendo frente a nosotros. Nos dirigimos al reducto más formidable de los rusos, la Redan; nuestra misión era cubrir a la fuerza de asalto que llevaba las escaleras y sacos, con la idea de escalar las murallas de piedra de la Redan. Alcé el Minie frente a mí ¡y, durante unos segundos, el fuego de la batalla corrió por mis venas!
Por desgracia, los rusos no estaban dispuestos a jugar.
Los hombres del Zar permanecieron en sus fortificaciones y enviaron una lluvia de metralla y mosquetones sobre nosotros. Nunca llegaré a saber cómo sobreviví a esos minutos, padre; porque a mi alrededor caían hombres mejores que yo. Finalmente, coloqué inadvertidamente la bota sobre el barro blando de un cráter de explosión; caí hacia delante y me encontré tendido en el fondo del agujero. La metralla rusa llenaba el aire como una sábana a pulgadas por encima de mí, así que me hundí más en el barro, sabiendo que levantarse en ese momento era enfrentarse a una muerte segura.
Espero que no crea que fue cobardía lo que me mantuvo allí, padre; mientras estaba tendido en el agujero, con el olor de la cordita y la sangre en la nariz, la rabia se comía el alma, y me prometí a mí mismo que en cuanto tuviese la oportunidad retomaría el asalto y vendería cara mi vida.
Al fin, los disparos dejaron de correr, salí arrastrándome del refugio, levanté el Minié y corrí hacia delante.
Me recibió la visión más fantástica.
Las escaleras de asalto estaban esparcidas como palos por la planicie; y los hombres —y fragmentos de hombres— estaban tendidos entre ellas, adornados por disparos humeantes y trozos de proyectiles. Sólo una escalera, vi, había sido elevada por algún milagro contra las paredes ansiadas del reducto: los que la habían cargado estaban tendidos en un montón de barro, brazos y piernas por todas partes, al pie de la pared. Y los cañones rusos miraban impasibles desde los alféizares del reducto.
Sonó la retirada, y bajo una nueva lluvia de metralla de parte de nuestros renuentes anfitriones, nos arrastramos de vuelta a las trincheras.
Y así terminó mi primera experiencia de combate, padre; y esa noche permanecí inquieto en la cama. Porque, ¿cómo podía justificarse la muerte de tantos buenos hombres por una chapuza tan grande?
La siguiente semana fue lóbrega. Durante horas y horas los carros pasaban por entre las tiendas y refugios, y cargamos en ellos a nuestros pobres muchachos heridos y se les llevó en un viaje incómodo hasta el hospital a tres millas de distancia, en la costa.
Los gritos y sollozos eran terribles.
Y día y noche, como para reírse de nuestro fracaso, la artillería rusa rugía.
No menos perturbadoras eran las indirectas que nos llegaban de los follones entre los oficiales al mando. Las conferencias eran continuas y, más de una vez, vi salir un gran caballero de la tienda de lord Raglan y recorrer el campamento enfadado las mejillas marcadas llenas de furia, los guantes blancos golpeando la vaina. Y varias veces vimos al ingeniero, Traveller, trotando por el campamento hasta la tienda de Raglan cargando con planos misteriosos y otras especificaciones; y así supimos que finalmente debían estar considerando el despliegue de esa extraña sustancia, el antihielo.
Pero de lord Raglan no había ni rastro.
Imaginé al caballero, padre, con el rostro lleno de preocupación y náusea y la cabeza llena de recuerdos de Waterloo y el Duque de Hierro, en el ojo de una tormenta de ofensas e inquisiciones.
Finalmente, el 27 de junio, nuestro capitán nos reunió. Con expresión sombría, nos informó que lord Fitzroy Raglan había muerto el día anterior, el 26; que el general sir James Simpson había sido nombrado nuestro comandante en jefe; y que debíamos prepararnos para un nuevo asalto en veinticuatro horas. Ese asalto, nos dijo el capitán, seguiría a «un nuevo aluvión de artillería de ferocidad sin precedentes».
Luego se alejó, con la espalda recta, negándose a decir más.
Nunca nos dijeron la causa de la muerte de Raglan. Algunos dicen que murió de desilusión, después del último y fallido asalto contra los reductos rusos; pero no puedo creerlo. Porque apenas un mes antes, cuando visitó nuestro campamento, padre, la preocupación y la fatiga parecían grabadas en su noble rostro. Buen Dios, que no llegue usted nunca a ver una víctima del cólera, señor —yo he visto demasiadas—, pero si lo hace, estoy seguro de que notará el aspecto agotado y preocupado del desafortunado; y, por tanto, no dudo que ésa fue la causa de la muerte de Raglan.
Los hombres como Raglan no mueren de corazón roto.
Esa noche nos retiramos a los cuarteles embarrados. No dormí bien, padre, pero no por aprehensión, o emoción, o incluso por el grito constante de la artillería; más bien me sentía hundido en la depresión, tengo que decirle, después de la muerte de tantos buenos hombres —y ahora el mismo Raglan— para conseguir tan poco. Esa noche me parecía como si el Ejército inglés estuviese muriendo en las llanuras de Crimea.
Nos levantaron al amanecer. Las cornetas y tambores estaban en silencio, pero nos dijeron que formásemos para instrucción y que nos preparásemos para avanzar.
Así salí, con los dedos metidos en los puños para escapar del frío gris del amanecer, la cinta del Minié rozándome el cuello sin afeitar. La barrera de fuego de artillería a nuestra espalda siguió sin pausa; y también seguían, noté, las respuestas desde los reductos de Sebastopol, y una aprehensión enfermiza me atenazó. Porque si los cañones rusos no habían sido sometidos, el asalto sería otra carga suicida. Una vez más, padre, le ruego que no me considere un cobarde; pero no tenía —ni tengo— deseo de vender mi vida sin ganar algo a cambio, y ésa parecía la perspectiva que tenía frente a mí
Luego, de pronto, se acallaron los cañones que tenía detrás; e inmediatamente, como en respuesta, los rusos también callaron. Un silencio cayó sobre el campamento, y se combinó con la luz nebulosa del amanecer para producir una sensación de extrañeza que me hizo pasar los brazos a mi alrededor porque estaba temblando. El único movimiento era el de la pequeña luna que se elevaba sobre nosotros, un deslumbrante faro de luz, hundiéndose en otro de sus saltos de media hora por el cielo. Miré a mi alrededor, buscando seguridad en las líneas de rostros demacrados e inciertos que me rodeaban; no había consuelo. Era como si todos nosotros, soldados de infantería, oficiales y caballos, hubiésemos sido transportados a una lejana estrella gris.
Contuve la respiración.
Luego, desde los emplazamientos aliados a mi espalda, oí cómo hablaba una única pieza de artillería.
Más tarde, un soldado amable me relató los momentos que habían precedido a ese único disparo. Ese artillero había visto cómo el ingeniero Josiah Traveller se acercaba a un emplazamiento en particular, con la chistera bien metida hasta las orejas. El caballero llevaba gruesos guantes de goma que, según mi informador, producían un efecto bastante cómico; y con el brazo extendido llevaba un gran recipiente de metal que relucía por la escarcha, como si estuviese tan frío como la muerte. Después de Traveller llegó sir James Simpson en persona y varios miembros de su personal, rostros sombríos, con las charreteras y medallas brillando. En la boca del cañón el ingeniero situó el recipiente en el suelo y, soltando los cierres, lo abrió. La cavidad central era muy pequeña, me informó mi amigo, por lo que las paredes del recipiente tenían varias pulgadas de ancho y podrían, supuso, contener alguna sustancia que mantenía muy baja la temperatura del recipiente.
Dentro de la cavidad había un único proyectil, como de diez libras. El ingeniero lo levantó con delicadeza, como si fuese un bebé y lo colocó con cuidado en la boca del cañón. Luego se echó atrás.
El cañón disparó, con una explosión apagada, como un estornudo. En segundos, el precioso proyectil seguía un arco sobre mi cabeza, llevando unas pocas onzas de antihielo a Sebastopol.
Desde mi posición no podía ver la ciudad, pero, aun así, miré por encima de la cabeza de mis compañeros anticipando la llegada del proyectil a la fortaleza; incluso me eché atrás a gorra y me puse la mano sobre los ojos para ver mejor.
Desde entonces, padre, he aprendido algo sobre las propiedades de esa extraña sustancia, el antihielo. Se la extrae de un extraño filón en el océano helado del Polo Sur, y siempre que se la mantenga en esas temperaturas heladas es perfectamente segura. Pero una vez que se la calienta…
Bien, permítame describirle lo que vi.
El chillido del proyectil se apagó.
Luego fue como si el Sol hubiese tocado la Tierra.
El horizonte en dirección a Sebastopol explotó en un silencioso mar de luz. Era una luz que cortaba la carne, por lo que podían sentirse las ampollas al saltar. Me eché atrás, mis gritos por el horror y el impacto se unieron a los de mis compañeros. Bajé la mano de la frente y la miré; quemada y llena de ampollas, la mano era como una grotesca pieza de cera, no parte de mi cuerpo para nada. Luego el dolor llegó hasta mi adormecido entendimiento y aullé; y al hacerlo sentí como mis mejillas quemadas se abrían y supuraban, y pronto me callé. Pero, padre, pronto descubrí que una vez más había sido inmerecidamente afortunado; porque la mano me había protegido la vista de lo peor de ese golpe de luz, mientras que a mi alrededor mis compañeros estaban acurrucados en el suelo, apretándose los ojos quemados. Luego —sólo segundos después del gran impacto óptico— llegó un viento como el aliento de Dios. Me caí de espaldas, y me metí la mano herida en el uniforme para protegerla; me quedé en el suelo en medio del polvo y grité al viento.
El calor era asombroso.
Largos minutos después el vendaval amainó, y me puse en pie, vacilante. Hombres, quemados y llorosos, armas, los restos de las tiendas, caballos aterrados, todo estaba esparcido sobre el suelo como los juguetes de un niño gigante caprichoso. Padre, en menos de un cuarto de hora nuestro campamento había quedado más devastado de lo que hasta ese momento habían podido hacer los rusos, la Dama Cólera, y los generales enero y febrero.
Mientras tanto, sobre Sebastopol, se elevó en el aire una nube con la forma de un martillo negro.
A mi lado había un compañero gimiendo, con los ojos convertidos en charcos líquidos, horrible como los ojos de una trucha cocida. Durante los siguientes minutos estuve a su lado y le agarré la mano, ofreciéndole silencioso el poco alivio que podía. Luego se acercó un oficial —tenía el uniforme quemado e irreconocible, pero todavía llevaba al cinto los restos de una espada— y lo llamé.
—¿Qué nos han hecho, señor? ¿Es ésta alguna nueva arma diabólica de los cosacos?
Se detuvo y me miró. Era un joven, pero aquella luz infernal había grabado las líneas de la vejez en su cara; y dijo:
—No, muchacho, los cosacos no; fue cosa nuestra.
Al principio no pude entenderle, pero señaló a la nube dispersa sobre Sebastopol, y comprendí la asombrosa verdad: el único proyectil del ingeniero, al chocar con Sebastopol, había provocado una explosión de tal severidad que incluso nosotros —a tres millas de distancia— habíamos quedado incapacitados.
Estaba claro que se había subestimado el poder del nuevo proyectil; porque en caso contrario nos hubiesen confinado a trincheras y cubiertas.
Lentamente fui consciente de que los cañones rusos, un coro constante desde mi llegada a la península, se habían callado por fin. ¿Habíamos logrado el objetivo principal? ¿Había sido destruida Sebastopol con aquel único golpe devastador?
Algo de alegría, de victoria, recorrió mis venas; pero mi propio dolor, la devastación que me rodeaba, y la nube terrible sobre Sebastopol se aliaron rápidamente para reducirla; y de los que estaban de pie a mi alrededor no oí ninguna palabra de alegría.
Sólo eran las siete y media.
Los oficiales nos organizaron con rapidez. Los que estaban razonablemente en condiciones —lo que me incluía a mí, padre, una vez que mi pobre mano fue curada, vendada y envuelta en una gruesa manopla— fueron asignados a ayudar a los demás. Volvimos a montar las tiendas y volvimos a darle al campamento un aspecto similar al de una operación militar británica.
Luego empezó a formarse la fila de carros hospitales.
Así que estuvimos ocupados hasta el mediodía, para cuando el sol estaba en lo más alto. Me senté a la sombra, con el sudor salado corriéndome por las heridas, y comí carne en conserva y bebí agua con los labios rotos.
Aunque las nubes tormentosas se habían dispersado, todavía no se oían los cañones rusos de Sebastopol.
Como a las dos de la tarde nos ordenaron formar para el asalto final. Pero, padre, iba a ser un asalto muy extraño: llevábamos los Minie y munición, sí; pero también llevábamos palas para trincheras, picos y otras herramientas, y cargamos los carros con todas las mantas, vendas, medicamentos y agua que pudimos conseguir.
Y así nos pusimos en marcha para atravesar las últimas tres millas hacia Sebastopol.
Nos llevó dos horas, supongo. Después de diez meses de bombardeo de artillería y guerra de asalto el suelo era un mar de barro seco y requemado; me caía continuamente en los cráteres de bombas, y al poco tiempo estábamos empapados de agua apestosa y salobre. Y por todas partes me encontraba los restos de la guerra: cajas de bombas abiertas, equipos abandonados, los restos de piezas de artillería… y uno o dos adornos más desagradables que, por respeto, padre, omito describir.
Pero al final llegamos a Sebastopol; y durante unos minutos me quedé en una subida mirando la ciudad.
Padre, recordará mi anterior descripción de esa ciudad cuando estaba intacta tras sus muros, que habían estado repletos de armas. Bien, ahora era como si una gran bota hubiese caído… no puedo pensar en ninguna otra descripción. Había un cráter de un cuarto de milla de ancho instalado en el centro de la ciudad, cerca de los puertos; y podía ver cómo la tierra abierta seguía emitiendo vapor, las rocas y la escoria ardiendo al rojo vivo. Y alrededor del cráter había un gran círculo en el que las casas y los edificios habían sido arrasados por completo; se podían ver los perfiles de los cimientos, como si uno mirase el plano arquitectónico de un gigante… aunque aquí y allá una chimenea o un trozo de pared, completamente negras, seguían manteniendo desafiantes la vertical. Más allá de la región de devastación parecía que los edificios se habían conservado mayoritariamente intactos… pero las ventanas y la pizarra de los tejados habían desaparecido. En varias zonas de la ciudad vimos grandes fuegos, ardiendo aparentemente sin control.
Ahora los sólidos muros de la ciudad eran líneas de escombros arrojadas hacia fuera por la explosión; los cañones de las piezas de artillería apuntaban al azar hacia el cielo. Y los reductos estaban destrozados; cuerpos con uniformes rusos colgaban de los restos de los cañones.
Más allá de ese paisaje infernal la bahía relucía de azul, bastante impasible; pero los cadáveres de varios barcos iban a la deriva en el agua, con los mástiles rotos.
Durante varios minutos miramos boquiabiertos. Luego el capitán dijo:
—Vamos, muchachos; tenemos que cumplir con nuestro deber.
Formamos una vez más. Sonaron una corneta y un tambor, sonidos enardecedores muy fuera de lugar, y cruzamos las ruinas de las murallas.
Así que al final, como a las cuatro de la tarde, el Ejército británico entró en Sebastopol.
Al principio llevábamos las armas listas para la batalla y nos movíamos en perfecto orden militar, reconociendo el terreno y con vigías; pero el único sonido era el crujido del vidrio y los materiales de construcción bajo las botas, y era como si caminásemos por la superficie de la Luna. Incluso en las afueras de la ciudad los edificios estaban uniformemente quemados y ennegrecidos, y recordé el terrible calor que había consumido el corazón de Sebastopol. Llegamos a una casa que parecía como si la hubiesen abierto de un tajo, por lo que podíamos ver los muebles y elementos decorativos de los desafortunados ocupantes. Vehículos destrozados salpicaban las calles, caballos muertos o heridos todavía atrapados en sus arneses.
Y la gente:
Padre, yacían allí donde habían caído, hombres, mujeres y niños por igual, los cuerpos retorcidos y arrojados como muñecos, las ropas rusas rotas, manchadas de sangre y quemadas. De alguna forma la posición de aquellos cadáveres desafortunados hacía que pareciesen menos que humanos, y yo sólo sentía un entumecimiento enfermizo.
Luego nos encontramos con nuestro primer ruso vivo.
Salió tambaleándose de una puerta que ya no llevaba a ningún sitio. Era un soldado —un oficial, por lo que pude ver— y a mi alrededor pude oír a los muchachos murmurando y manoseándose los brazos. Pero el pobre tipo había perdido la gorra, no llevaba armas de ningún tipo y, con un pie colgando tras él, se las arreglaba para caminar sosteniéndose sobre una muleta improvisada con un trozo de madera. El capitán nos ordenó que nos echásemos las armas al hombro. El tipo empezó a hablar en esa lengua gutural de ellos, y gradualmente el capitán dedujo que había varias personas, quizás una docena, atrapadas en las ruinas de la escuela, a un centenar de yardas de allí.
A un grupo de soldados se les dio palas y herramientas y se les envió con los rusos.
Y así fue durante los siguientes días. Padre, por lo que sé, no se disparó ni un solo tiro por furia en Sebastopol después de la caída del proyectil de antihielo; en lugar de eso, trabajamos junto con los supervivientes rusos —y con los franceses y turcos— en las entrañas del puerto caído.
Recuerdo una niña, tirada de espaldas, con un pañuelo rojo alrededor de la cabeza. Tenía una mano extendida hacia el cielo que la había traicionado, y los dedos ardían como velas. Un muchacho salió de las ruinas de los astilleros, arrastrándose con los brazos; dejó un rastro brillante al moverse, como si fuese una horrible babosa.
Padre, he decidido contarle estas cosas; pero sé que no permitirá que madre y el joven Ned sufran por la repetición de este relato.
El trabajo más importante era retirar los cadáveres; pero no lo podíamos hacer con la rapidez suficiente. Después de unos días bajo el cálido sol de Crimea, el olor en aquel lugar era imposible de soportar, y sobre la boca todos llevábamos pañuelos empapados en «raki».
La visión más extraña se produjo después de unos días, cuando me enviaron a un cráter en el corazón de la ciudad.
Teníamos que atarnos trapos mojados alrededor de las botas porque, incluso entonces, todo estaba todavía tan caliente como para quemar la piel. Allí encontré un trozo de pared que surgía como una lápida de la tierra destrozada; la pared estaba uniformemente ennegrecida exceptuando una mancha de forma extraña cerca del suelo; y esa mancha, comprendí después de un momento, tenía la forma de una vieja mujer, que recorría pacíficamente la calle.
Padre, sobre la pared se dibujaba la sombra de una dama proyectada por la luz del proyectil de antihielo. Por supuesto de la dama en sí no había ni rastro; ni tampoco encontramos ningún superviviente en esa parte de la ciudad.
En más de una ocasión me crucé con el ingeniero Traveller trabajando con el resto de nosotros; y en una ocasión vi cómo las lágrimas caían por sus sucias mejillas. Quizá, supusimos, ni siquiera él había previsto la devastación que iba a provocar su invento. Me pregunté cómo pasaría Traveller el resto de sus días; y qué otros milagros —o maldiciones— podría producir a partir de antihielo.
Pero no me acerqué a él, y no sé de nadie que lo hiciese.
Poco más hay que decir, querido padre. Se me relevó de mi trabajo en Sebastopol en cuanto llegaron nuevas tropas desde Gran Bretaña y Francia; ahora, después de nueve o diez días, la ciudad —aunque destruida— ya se parece menos a una escena de la Divina Comedia; y el puerto comienza a funcionar de nuevo.
Por supuesto, los meses de sitio están a punto de acabar y hemos ganado la guerra. Pero desde que ocupamos la ciudad sabemos que antes del bombardeo con antihielo los rusos perdían mil vidas cada día, debido a los disparos de nuestra artillería y las privaciones que sufrían. Aparentemente cada vez estaban más desesperados y —me han dicho— sus oficiales habían estado considerando una jugada final, una salida y asalto que, estoy seguro, hubiésemos podido rechazar y ganar la guerra.
Por tanto, padre, ¿era necesario emplear el antihielo? ¿Podíamos haber ganado sin tanto sufrimiento en la población de la ciudad?
Me temo que sólo Dios, el Señor de otros mundos aparte de éste, conoce la respuesta a esas preguntas.
En lo que a mí respecta: el doctor me ha dicho que con el tiempo recuperaré el uso parcial de la mano quemada, aunque nunca será un espectáculo agradable, ¡y jamás podré sostener un violín con ella! Y hablando de espectáculos agradables —debo decirlo antes del encuentro y reconciliación entre nosotros que, espero, se producirá algún día—, me temo que mi rostro quedó dañado por las llamas del antihielo y que permanecerá marcado de esa forma durante el resto de mi vida; todo el rostro menos la inconfundible y clara sombra de la mano que tenía sobre los ojos en el momento en que el extraño proyectil cayó sobre Sebastopol.
Padre, acabo ahora. Por favor, transmita mi amor y devoción a madre y Ned; como he dicho, espero verles de nuevo una vez más, si desean recibirme, a mi regreso a Inglaterra; ocasión en que podré agradecerle, padre, las reparaciones que realizó a la joven dama cuyo honor tan inconscientemente mancillé con los actos de mi juventud.
Que Dios le guarde, Señor.
Sigo siendo, con amor, su devoto hijo
Hedley Vicars
1
EN LA GRAN EXPOSICIÓN
Fue en la inauguración de la Nueva Gran Exposición, el 18 de julio de 1870, donde me encontré por primera vez en persona con el famoso ingeniero Josiah Traveller, aunque había crecido con el relato de mi hermano Hedley del terror acarreado por el antihielo de Traveller en la campaña de Crimea. Nuestro primer encuentro fue muy breve y quedó enmascarado en mi mente por las maravillas de la Catedral de Cristal y todo lo que contenía —por no mencionar el rostro de una tal Françoise Michelet— pero, sin embargo, la cadena de eventos iniciada por ese primer encuentro casual llevaría de eslabón en eslabón a una aventura asombrosa que me elevaría por encima de la misma estratosfera; y que me hundiría finalmente en las profundidades de un infierno provocado por el hombre en Orléans.
En ese año culminante de 1870 yo era agregado subalterno del Foreign Office. Mi padre, desesperado por mi poco carácter y aún más reducido intelecto, había estado dispuesto a encontrar un puesto en el que pudiese realizar un significativo servicio al país. Sospecho que jugó con la idea de adquirir una comisión para mí en uno u otro servicio militar; pero, advertido como estaba por las experiencias de Hedley en Crimea, se había decidido en contra de ese curso de acción. Además, yo siempre había demostrado facilidad para los idiomas, y padre imaginaba vagamente que eso podría ser útil en puestos de ultramar (se equivocaba, por supuesto; el inglés sigue siendo la lengua común del mundo civilizado).
Y así me convertí en diplomático.
Deben imaginarme entonces, a los veintitrés años de edad, en algún lugar por debajo del primer escalón de la gran Escalera de la Diplomacia. Medía cinco pies y diez pulgadas, tenía complexión esbelta, pelo rubio e iba bien afeitado; una apariencia aceptable, si puedo decirlo, aunque no demasiado brillante. No hacía mucho que había salido de la universidad pero ya estaba aburrido de mi trabajo, que consistía en su mayor parte en mover papeles en una pequeña oficina en el fondo de Whitehall (había deseado un destino en la capital, Manchester, pero pronto había descubierto que Londres seguía siendo el centro administrativo del Imperio, a pesar de su reducido estatus nacional). ¡Cómo había esperado con ansia mi primer destino en ultramar! Mientras miraba distraído al papel secante, caminaba frente a los palacios enjoyados de los príncipes de Raj, me enfrentaba a los indios salvajes de Canadá armado sólo con notas del Tesoro y clips de cocodrilo, y mi taza de té era una goleta en la que navegaba a las órdenes de Cook hacia los brazos morenos de doncellas de los Mares del Sur.
Con todo eso para hacer durante el día, no completaba demasiados trabajos; y el señor Spiers, mi superior, empezó pronto a mostrar una presión de vapor peligrosamente alta.
Por tanto, me sentí más que feliz cuando mi facilidad para las lenguas me proporcionó una misión para asistir a la inauguración de la Nueva Gran Exposición.
Spiers apareció sobre mi escritorio manchado de tinta, las temblorosas mejillas hinchadas por la ginebra y el triste bigote de morsa colgándole sobre la boca.
—Serás el asistente de la delegación prusiana —dijo—. El viejo Bismarck en persona asistirá, o eso me han dicho.
Podía sentir un murmullo de envidia entre los compañeros de fatigas. Codearse con el príncipe Otto von Schönhausen.
Bismark, el Canciller de Hierro de Prusia, quien ni cuatro años antes le había dado a los ejércitos del viejo Franz Joseph de Austria un buen repaso en menos de dos meses… Spiers dijo:
—Los prusianos viajarán en tren ligero hasta los puertos belgas, y luego por correo rápido hasta Dover. Estarás en la delegación que los recibirá en tierra.
—Sí, ¿por qué una ruta tan complicada? El tren ligero desde Calais es mucho más rápido…
Puso los ojos en blanco.
—Vicars, siempre que pienso que te he subestimado, lo vuelves a hacer. Por la situación entre Prusia y Francia, muchacho. ¿No lees los periódicos? Por Dios, no hables con Bismark o comenzarás otra maldita guerra…
Y continuó con comentarios de ese estilo.
En cualquier caso, ordené mi mesa con el corazón ligero y me encaminé a Dover. La delegación prusiana viajó desde ese puerto por tren ligero hasta Londres; la compañía de ferrocarriles había dispuesto un vagón especialmente decorado con las armas del rey Guillermo de Prusia, y el águila prusiana volaba en gallardetes en cada esquina. ¡Debíamos formar un buen espectáculo al recorrer nuestro único raíl a cincuenta millas por hora y a cien pies por encima de la campiña de Kent!
La delegación cenó en la embajada imperial en la plaza de St. James, y también fue un gran espectáculo. La docena de prusianos en uniformes de gala, con los pechos brillantes por las medallas, parecían una fila de pavos reales avejentados. Con mi nueva faja, el más joven de la delegación y sin medallas, me sentí sin habla; pero en cuanto el vino y otros licores ejecutaron su magia mi espíritu pareció expandirse para llenar el espacio ornamentado del comedor de Su Excelencia. Jugué con la cubertería de plata y saboreé el aroma de un brandy embotellado antes de que Napoleón fuese un muchacho, y mi mundo de las mesas manchadas de tinta parecía tan lejano como la Pequeña Luna. Al fin, me decía, sabía por qué me había unido al servicio diplomático.
Mientras la noche se acababa, el mismo Bismarck acabó tomándome aprecio. Otto von Bismarck era un caballero rotundo, como un abuelo; y para él yo era «Herr Vicars, mi amable anfitrión». Yo sonreía con ojos vidriosos y buscaba temas de conversación. Bismarck comía vorazmente, pero sólo bebía una cerveza germánica de terrible olor que venía en una jarra con una enorme tapa; yo suponía que filtraba los peores elementos de la cerveza por medio de su impresionante bigote. La cerveza, me susurró Bismarck en su inglés entrecortado, le ayudaba a olvidar las complejidades de su vida en la corte del rey Guillermo, y a quedarse dormido cada noche.
En la mañana del dieciocho nos levantamos temprano. La Pequeña Luna todavía era visible en el cielo de la mañana, un puño de luz que se movía sin pausa hacia el horizonte. Tomamos el tren ligero de Euston a Manchester Piccadilly, y de allí nos abrimos paso en cabriolé hasta el parque Peel, al norte de la ciudad. Al mediodía, nos habíamos unido a la procesión de dignatarios que se acercaba a las grandes puertas de la Catedral de Cristal que había sido construida en el parque. Incluso Bismarck, Coloso de Europa, se convirtió en otro rostro en la multitud; y me divertía —e impresionaba— ver cómo la redonda mandíbula prusiana caía al acercarnos al nuevo símbolo del ingenio británico.
Como el primer Palacio de Cristal —que había sido edificado en Hyde Park para la Gran Exposición de 1851— la catedral era un monumento de hierro y cristal diseñado por sir John Paxton. Distribuido en el estilo gótico cruciforme, sus paredes se elevaban sobre nosotros bajo la luz del sol de julio que se reflejaba en miles de placas de vidrio. Una conexión de tren ligero venía del este sobre fáciles pilones y entraba en el edificio por medio de un portal arqueado a unos cien pies del suelo. Sobre la entrada de la Catedral había una aguja de quinientos pies de alto; la distante punta, que mostraba una agitada bandera británica, parecía rozar las nubes.
Apenas escuché el murmullo continuado de mis colegas mientras explicaban la exposición a la sorprendida delegación prusiana.
—Con más de cincuenta acres de vidrio, el doble que el Palacio de Cristal del 51, y con cien mil compañías en exhibición (el doble que París en 1867) esta feria será realmente una exposición de las obras industriales de todas las naciones; además de ser una celebración adecuada de la nueva situación de Manchester; Manchester y el norte de Inglaterra, taller y capital de Gran Bretaña y el Imperio… los organizadores esperan un total de diez millones de visitantes; cien mil sólo el primer día…
Entramos en el edificio. Me quedé bajo el vasto y silencioso espacio: el techo de vidrio parecía estar tan alto que parecía que podrían formarse nubes bajo él, y el armazón de hierro de la construcción de sir Joseph parecía demasiado ligero, claramente incapaz de soportar el peso de tanto vidrio. La impresión total era la de un inmenso invernadero, pero sin el calor que cabía esperar; de hecho, el aire en el interior del edificio era agradablemente fresco, gracias a veinte grandes ventiladores colocados en lo alto de las paredes y propulsados, se me dio a entender, por turbinas de antihielo.
El murmullo de voces emocionadas que cubría el edificio parecía confinado a unos pocos metros de atmósfera justo por encima de mi cabeza, como si el vasto volumen de aire redujese las actividades humanas a lo insignificante. La conexión de tren ligero recorría el gran espacio sin ningún medio visible de apoyo, terminando en una pequeña plataforma construida en el interior de la pared; una escalera mecánica llevaba a los pasajeros de la plataforma al suelo.
Se había construido una tarima alta en el otro extremo del edificio; y exhibía un conjunto de caballeros de aspecto distinguido con levitas y sombreros de copa… sin mencionar una orquesta completa y miles de cantantes de coro. Reyes, cancilleres y presidentes formaron mansamente en filas frente a la tarima. Guié a mi expedición de prusianos a las posiciones marcadas con cintas rojas sostenidas por apoyos de bronce. Permanecí en mi lugar pacientemente, con las manos enguantadas cruzadas frente a mí; y mirando hacia abajo, me asombré al comprobar que todo el suelo de la catedral estaba cubierto de una gruesa alfombra roja.
—Es ciertamente una ocasión muy cara.
Miré a mi derecha, sorprendido… y me encontré mirando a un par de ojos femeninos, azules como el hielo y de agudo humor, engarzados en un rostro de porcelana china.
Ensayé una respuesta entrecortada.
—Perdóneme —me dijo tolerante—. Le pillé mirando a la alfombra extensa. Yo también me sentía impresionada —me sonrió y fue como si hubiese salido el sol. Mi nueva interlocutora tenía quizás unos veinticinco años; vestía un elegante vestido de terciopelo azul pálido de delgada cintura que destacaba sus ojos perfectamente; llevaba el pelo negro como la noche en un moño simple, aunque los rizos caían encantadores por los bordes. Alrededor del cuello llevaba una cinta de terciopelo negro, y ese cuello, una escultura en pálida carne, guiaba suavemente mis ojos a zonas de piel cremosa…
Que yo, imbécil de campeonato, miraba imperdonablemente. Era vagamente consciente de un joven más allá de ella, un ejemplar delgado y moreno que me miraba sospechosamente —Perdóneme Vicars —dije al fin— Mi nombre es Vicars; Ned Vicars.
Ella me ofreció una pequeña mano enguantada; la sostuve con suavidad.
—Yo soy Françoise Michelet.
—Ah… —Su acento era ligero pero inconfundible; vocales cortas con la suave entonación de las provincias galaicas del sur, quizá Marsella—. Es francesa, señorita.
—Debería estar en su Foreign Office —dijo con sequedad.
—Lo estoy —contesté como un idiota, y luego sonreí para mí al entender el chiste—. Me temo que estoy aquí a causa de mis obligaciones oficiales.
—Estoy segura de que hay obligaciones más terribles.
—¿Y usted?
—Estrictamente por placer —dijo, la voz ligera y algo aburrida—. Éste es uno de los grandes acontecimientos de la temporada; y pronto me iré a Bélgica para el lanzamiento del Príncipe Alberto. Hay que reconocer que hoy en día los británicos dan buenas fiestas.
—Y si todos los invitados son tan encantadores como usted, estoy seguro de que las molestias valen la pena.
Levantó las cejas ante ese torpe requiebro.
—¿Asistirá usted al lanzamiento del Príncipe Alberto, señor Vicars?
Fruncí el ceño.
—Me temo que mis obligaciones con la delegación de Herr Bismarck me mantendrán ocupado hasta después del lanzamiento. Pero —me apresuré a añadir— quizá podríamos…
Pero no había ninguna posibilidad de seguir hablando con aquella encantadora extranjera; porque, a la señal del repique de un coro de voces que se reflejaba en las paredes de vidrio, la procesión real subía grandiosamente por unos tramos de escaleras hasta la tarima. Su Majestad imperial era una figura elegante de negro, casi perdida entre el escarlata y la plata de los uniformes oficiales. Un poco detrás de Eduardo marchaba Gladstone, el primer ministro, siendo su traje gris una mancha sosa entre el brillo militar.
Se hizo el silencio en el coro, los últimos ecos resonando en las placas de vidrio como aves atrapadas. Luego, el arzobispo de Canterbury se adelantó, con mitra y todo, y nos llamó, con tonos sonoros, a la oración.
Un silencio reverencial descendió sobre la gran multitud.
Entonces el mismo Eduardo se puso en pie. Yo estaba muy lejos en aquel vasto espacio del edificio, pero pude ver cómo se ajustaba los quevedos y se refería a un pequeño libro de notas. Habló en voz baja, pero aun así parecía llenar el enorme salón de vidrio.
Con palabras simples y sin afectación, recordó la primera exposición en 1851 que, como la presente, había tenido el propósito de «unir al gran arte con las grandes habilidades mecánicas», que la primera feria había sido inspirada por el padre de Eduardo, el príncipe consorte Alberto, desde entonces muerto de fiebres tifoideas; y Eduardo señaló lo orgulloso que se hubiese sentido Alberto de ver los acontecimientos de hoy.
Mientras hablaba el Rey, me asaltó una sensación de dislocación. Jefes de Estado como Bismarck y Grant permanecían respetuosamente en pie, en el corazón del imperio más poderoso que el mundo hubiese conocido; un imperio cuyas naves dominaban los mares, y cuyas maravillas mecánicas de antihielo unían el globo.
Y, sin embargo, allí estaba un joven delgado de aspecto llano, hablando tranquilamente de su padre perdido.
Su Majestad acabó y se retiró, y el coro se embarcó en el Coro del Aleluya.
Françoise se inclinó hacia mí y me murmuró por entre la música.
—Una actuación bastante contenida para el nuevo Rey.
—¿Cómo dice?
—Se dice que el joven, Eduardo, con su círculo de amigos acomodados como Lipton es una especie de… ¿cuál es la palabra? ¿Un sibarita? Un hedonista tan llano encaja bien con el tipo de hombre con poder hoy en día en su país, me refiero a los industriales, cosa que su madre no pudo hacer nunca.
Respondí algo envarado.
—Victoria abdicó después de la pérdida de su marido, y la súbita retirada de Disraeli hace dos años. Y en lo que se refiere a Eduardo…
Pero sus labios húmedos formaron una deliciosa —pero jocosa— mueca.
—Oh, ¿le he ofendido?… Bien, mis disculpas. Pero Eduardo tiene razón en una cosa: Alberto se hubiese sentido orgulloso de ver esto. Y más orgulloso aún de ver el comportamiento de los ansiosos políticos de su Parlamento.
Su perfume me llenaba la cabeza, y luché por conservar el dominio del habla.
—¿Qué quiere decir, señorita?
Agitó el guante en el aire.
—Françoise, por favor. Sus parlamentarios se opusieron a la primera exposición de Alberto; pero en cuanto vieron lo bien que consiguió sus fines, se echaron unos sobre otros para apoyar eventos posteriores. —Me miró curiosa, y dos pequeñas arrugas aparecieron en su naricita—. Entiende usted el propósito de estas ferias, ¿no, señor Vicars?
—Como dijo Su Majestad, una celebración de…
El guante volvió a agitarse, un poco más impaciente.
—Para promover el comercio, señor Vicars. Su Catedral de Cristal es un vasto escaparate para los productos británicos.
Mientras forzaba mi pequeño cerebro en busca de una forma de continuar la conversación, el acompañante de Françoise le tocó el brazo.
—No debemos retener a tu nuevo amigo, querida. —Su acento era torpe, y fijó la vista en mí con mirada de pez—. Estoy seguro de que tiene obligaciones.
Nos presentamos formalmente —resultó ser un tal Frédéric Bourne, un joven francés aristocrático sin ocupación evidente y nos dimos la mano con aún más rigidez.
Françoise lo observó todo con diversión clínica.
La música había terminado; los asistentes desmontaron las cuerdas, y las filas de dignatarios se separaron. Me volví una vez más hacia Françoise.
—Ha sido un placer conocerla.
—Para mí también —dijo rápidamente en francés—. Al menos me alegró descubrir que no pertenecía a esa delegación de cerdos alemanes.
Esas palabras me sorprendieron.
—Señorita —protesté en su lengua—, tiene usted opiniones fuertes.
—¿Le sorprende? —Levantó una ceja perfecta—. Usted es diplomático, señor; seguro que entiende la importancia del telegrama Ems.
Ese documento era la comidilla de Europa en aquel momento. Se había producido una disputa entre Francia y Prusia por la propuesta del rey Guillermo proponiendo a su pariente, el príncipe Leopoldo Hohenzollern, como candidato al trono de España (que había sido abandonado por la escandalosamente promiscua reina Isabel). Francia, por supuesto, protestó; pero las alegaciones hechas directamente a Guillermo por el embajador francés habían caído en oídos sordos. Ahora los prusianos habían manifestado de forma insultante esas alegaciones en el telegrama Ems.
—Ese documento —dijo la muchacha—, es una afrenta para Francia.
Sonreí, esperaba que indulgentemente.
—Mi querida señorita, temas tan anticuados como la sucesión española apenas tienen sentido en el mundo moderno. —Señalé con la mano todas las maravillas que nos rodeaban—. ¡Y éste, señorita, es el mundo moderno!
Ella frunció el ceño.
—¿Sí? No sea paternalista conmigo, señor. Es evidente para todos menos los más ingenuos —me ruboricé— que la candidatura española tiene poco interés intrínseco, pero es un asunto que el taimado Bismarck está empleando para provocar una guerra con Francia.
Me incliné hacia ella y expresé tranquilamente el punto de vista del cuerpo diplomático británico.
—Para ser sincero, señorita, los prusianos son como un chiste, con todos esos gestos —conté con los dedos—. Primero, Francia posee el mejor ejército de Europa. Segundo, vivimos en la Edad de la Razón. Hay un equilibrio de poder que ha permanecido desde el Congreso de Viena, que siguió a la caída de Bonaparte hace más de cincuenta años; y…
Me hizo callar con un gesto.
—Bismarck es un oportunista. No le importa nada el equilibrio; su único motivo es su propia ambición.
Negué con la cabeza.
—¿Pero cómo podría ayudarle una guerra con Francia?
—Eso debe preguntárselo a él, señor Vicars. En lo que a Francia se refiere, seguro que ya sabe que nos hemos movilizado…
Sentí que se me caía la mandíbula, como a un pez.
—Pero…
Pero el moreno Bourne le volvía a tocar la manga, y ella terminó nuestra conversación con gracia. Me maldije a mí mismo. ¡Haber permitido que aquella visión se manchase con los detalles oscuros de la candidatura de Hohenzollern! ¿En qué estaba pensando?
Le grité:
—Quizá la veré más tarde…
Pero había desaparecido en la multitud que se disolvía.
Los expositores estaban distribuidos alrededor del suelo de la catedral —y en el balcón que recorría las paredes— bajo masivos emblemas que identificaban los países de origen.
Aquellos emblemas estaban construidos con tubos que brillaban con luz eléctrica. Bismarck y su séquito recorrían las muestras con paciencia y humor. Se sintieron particularmente atraídos por los expositores de los Estados Unidos de América. Entre los revólveres Colt, tarrinas de tabaco de mascar, y otras expresiones del carácter americano, había máquinas cosechadoras de la compañía McCormick; las calderas y chimeneas parecían lo suficientemente grandes para un acorazado, y los prusianos se arremolinaron asombrados bajo las hojas de cortar de seis pies de alto.
Un extraño, un hombre bajo con rostro redondo y burlón, se inclinó hacia mí.
—Una yuxtaposición interesante ¿no cree?
—¿Perdone?
—Aquí, ante los frutos del ingenio anglosajón moderno, tenemos a los avejentados generales del Viejo Mundo; y mientras sus ejércitos se acercan a Francia no dudan en pensar en cómo podrían convertir ese gran arado americano en una espada mecánica.
Me reí.
—Conociendo a esos prusianos, sospecho que tiene usted razón, señor.
Me tendió la mano; la estreché.
—Me llamo George Holden —dijo. Me estudió, mirándome a la cara con una mirada sincera y clara; juzgué que tendría unos cuarenta años, con rasgos sonrosados y algo toscos bajo una mata de pelo negro. Una cadena de reloj Alberto como una cuerda le cruzaba la amplia barriga.
Me presenté.
Holden dijo:
—Me alegra conocerle. Me siento afortunado de poder mezclarme con esta compañía; soy un simple periodista, informando sobre estas festividades para el Manchester Guardian.
Los prusianos se habían desplazado hasta la exhibición de Canadá. Bismarck cogió una navaja suiza del tamaño de un libro pequeño de la que un cartel decía con orgullo que tenía no menos de quinientas hojas. Con el rostro maravillado, el Canciller de Hierro fue sacando una hoja tras otra.
—Mire eso —dijo Holden agriamente—. Son como niños encantados, ¿no?
En realidad, yo consideraba el disfrute juvenil de Bismarck como bastante atractivo; pero no dije nada.
El grupo se movió como un todo al siguiente expositor: el británico. Se me aceleró el pulso por la anticipación al acercarnos; pero los alemanes, sin duda deseosos de ganar algún punto, pasaron corriendo por la espectacular exhibición, con las grises cabezas militares completamente rectas. Sin embargo, vi más de un ojo reumático que se movía ligeramente a los lados; y en lo que a mí respecta, miré ansioso, deseoso de beber todos los detalles de aquellas maravillas.
La exhibición estaba dominada por grandes máquinas relucientes con pistones unidos y altas chimeneas, que en el interior de la delicada catedral parecían pájaros enjaulados. Había un nuevo tipo de tren ligero, en el que la locomotora tenía forma de bala con las bocas de las chimeneas a ras del casco. La locomotora tenía un aspecto tan ligero y grácil como si pudiese volar, y estaba montada sobre una sección del estrecho y único raíl que era la característica del tren ligero. La novedosa forma de bala, me dijo mi nuevo conocido Holden, estaba diseñada para que el aire pasase por el tren con mayor facilidad, permitiendo así que el tren ligero alcanzase mayor velocidad.
—Pero —me explicó—, es la enorme concentración de energía calorífica posible con el antihielo, y la gran eficacia mecánica consecuente, la que permite la construcción de maravillas compactas como ésta.
Un único vagón estaba unido a la locomotora (aunque un cartel nos informó que aquel modelo podía manejar con seguridad hasta cincuenta). A través de las grandes ventanillas, examiné los cómodos asientos tapizados de terciopelo rojo, y el brillo del bronce y el cuero pulido hacía que el vagón fuese tan invitador como el salón del mejor club.
Otro dispositivo que me llamó la atención fue una nueva forma de máquina excavadora. Un carruaje cerrado no mayor que una camilla de hospital tenía al frente un disco de acero endurecido. Ese disco tenía unos diez pies de diámetro y llevaba hojas y palas de todos los tamaños.
—Esto va a revolucionar la extracción de carbón y otros minerales —dijo Holden—. Aquí tenemos otro invento imposible sin el antihielo; sin las calderas compactas y limpias posibles con el antihielo, una máquina como ésta exigiría una caldera del tamaño de una locomotora, y en el interior de una mina se ahogaría en sus propios vapores.
Admiramos nuevos diseños de prensas de vapor y máquinas para algodón.
Mi imaginación juvenil se vio atrapada por la maqueta del nuevo Puerto Rey Eduardo en Liverpool, ¡incluso con pequeñas cantidades de agua para representar el Mersey, y clípers y cargueros de juguete que flotaban de verdad!
Ahora la expedición se detuvo y, mirando más allá de las espaldas rectas como baquetas de los prusianos, podía ver cómo a Bismarck se le presentaba un caballero alto, de más de setenta años. Ese caballero llevaba una gastada chistera del estilo dominante treinta o cuarenta años atrás, y su rostro, enmarcado por elegantes patillas como chuletas de ternera marcadas de gris, era una máscara arrugada de cicatrices y quemaduras, y en el centro descansaba una nariz artificial esculpida en platino.
Los brillantes ojos azules miraron a Bismarck, y sostuvo la mano del Canciller como si fuese carne muerta desde hacía un mes.
Me volví agitado hacia Holden.
—Ése es… ése es…
Le divirtió mi emoción.
—Sir Josiah Traveller; el gran ingeniero, y el heredero del manto de Brunel, en persona.
—No sabía que Traveller iba a asistir. Corren rumores de que es casi como un recluso.
—Quizás el atractivo de los presidentes y los cancilleres ha superado la timidez del gran hombre.
Estudié a Holden brevemente; aunque el tono era cansado y desdeñoso, vi cómo tenía los ojos fijos en Traveller con ansia. Para picarle, dije:
—Claro, los periodistas siempre dicen que sir Josiah está sobrevalorado. Es sólo su acceso virtualmente exclusivo a esa sustancia maravillosa el antihielo, lo que le da fama.
Holden gruñó.
—Descubrirá que este periodista no dice tales tonterías. Traveller es un genio, amigo. Sí, el antihielo ha convertido sus visiones en realidades; pero ningún otro hombre hubiese podido concebirlas. Los dispositivos de antihielo de Traveller tejen caminos plateados por encima y por debajo del globo. Josiah Traveller es el Leonardo de nuestro tiempo… —Se acarició inquisitivo la barbilla—. Pero eso no quiere decir, por supuesto, que sea un genio en todos los campos. Los asuntos financieros y comerciales parecen confundirle; de forma muy similar a su famoso mentor, Brunel. ¿Sabe que se duda del lanzamiento del crucero terrestre el Príncipe Alberto?
Negué con la cabeza.
—Está prácticamente terminado, pero la compañía de Traveller todavía debe obtener los fondos para mantenerlo operativo. He oído que se emitirán nuevas acciones, y que Traveller también, me han dicho, ha consultado con el Gabinete. —Holden exhaló y tiró de la cadena del reloj—. Quizás eso explique su presencia aquí. ¿Va a asistir al almuerzo, señor Vicars?
—Me temo que no —contesté sombrío—. Aunque me gustaría mucho… por varias razones —dije, pensando en Françoise.
Holden me miró con curiosidad, pero no siguió preguntando.
Examiné el disgusto en el rostro castigado pero bastante noble de Traveller, y me imaginé lo impaciente que debía sentirse por terminar con aquello y volver a sus talleres y mesas de diseño.
—Es una desgracia —le comenté a Holden— que esperemos que nuestros ingenieros sean también diplomáticos.
Holden sonrió.
—Quizá también sea una suerte que no les pidamos a nuestros diplomáticos que sean ingenieros.
Ahora los prusianos, siempre deseosos de demostrar lo poco impresionados que se sentían, se volvieron lánguidamente a otra exhibición, un conjunto de fotografías. Traveller se quedó solo, con el demacrado rostro totalmente inexpresivo; y yo, movido por un impulso, me acerqué al ingeniero.
—Sir Josiah —dije para quedar confundido a continuación, porque la mirada que bajó por el pico de platino era simultáneamente desdeñosa y penetrante—. Perdóneme señor —continué y me presenté.
Asintió cortés.
—Bien, señor diplomático —dijo—, ¿cuál es el punto de vista diplomático sobre estos juguetes que he presentado? —su voz era como el estruendo de un enorme motor de vapor, y me pregunté si su garganta y pulmones no habrían quedado tan dañados como su rostro en los accidentes que tan marcado le habían dejado.
—¿Juguetes, señor? —Señalé las líneas gráciles de la máquina de tren ligero, que estaba bañada por la luz azul de la catedral—. Pero si éstos son logros de la mecánica racional moderna, ayudada por el potencial del antihielo…
Se inclinó hacia mí.
—Juguetes, muchacho —dijo— Juguetes para los que son como estos prusianos suyos. Mientras estén distraídos no se les ocurrirá explotar el antihielo con propósitos más siniestros.
Creí entender.
—Se refiere a Crimea, señor.
—Sí. —Me miró con algo de curiosidad—. La mayoría de los jóvenes de su edad ignoran tan por completo esa terrible campaña como las expediciones galas de julio César.
—Yo no. —Le describí las experiencias de mi hermano Hedley. Le conté cómo, al regresar a Inglaterra herido pero vivo, Hedley había vuelto al hogar paterno, Sylvan, y ahora trabajaba tranquilamente como contable. Finalmente se había casado con la dama, antes una ayudante de cocina, con la que previamente había formado una unión indiscreta, lo que le había impulsado a huir hacia la guerra en Rusia. Hedley me había contado sus impresiones de las reacciones de Traveller al uso del antihielo. Traveller escuchó con cuidado—. Por tanto —concluí—, desde Sebastopol, usted ha decidido que la única aplicación del antihielo sería para proyectos de paz.
Asintió con los ojos azules como diamantes.
—Pero —continué—, sir Josiah, esto es Inglaterra, no Prusia. Seguro que no debe temer que el gobierno británico vuelva a pedir el uso del antihielo para esos propósitos…
—Creo —me interrumpió, apartando la vista de mí—, que sus prusianos ya han terminado su paseo. Quizá debería reunirse con ellos.
Y sí, Bismarck y sus acompañantes se apartaban regiamente del conjunto de fotografías. Buscando algo que decir como despedida a Traveller, probé:
—Una intrigante muestra fotográfica. —De hecho eran bastante confusas; miré a una serie de superficies curvas y brillantes situadas contra fondo negro.
Traveller volvió a acercárseme.
—Intrigante, sí. ¿Sabe qué muestran?
Indiqué mi ignorancia.
—El planeta Tierra —susurró Traveller—, desde quinientas millas sobre la superficie.
Abrí la boca sorprendido, e intenté plantear una pregunta; pero Traveller ya se había dado la vuelta y sólo pude ver su espalda recta perdiéndose en la multitud.
Los prusianos formaban una fila orgullosa frente a las exhibiciones donadas por su patria, y un fotógrafo se escondió bajo su terciopelo negro. Bismarck me hizo un gesto.
—Entonces, Herr Ned Vicars —dijo—, ¿no está impresionado por lo que los alemanes tienen para ofrecer al mundo?
Improvisé una respuesta.
—Señor, sus expositores demuestran un alto grado de habilidad.
Él inclinó la cabeza y suspiró burlón.
—Nosotros pobres alemanes no tenemos su antihielo para jugar con él; así que tenemos que compensarlo con mejor ingeniería, mejores artesanos, y mejores técnicas de producción. ¿Eh, Herr Vicars?
Enrojeciendo sin remedio, busqué una respuesta a esa burla, pero en ese momento un asistente tocó la manga de Bismarck. El Canciller escuchó atentamente. Finalmente se enderezó con los ojos brillantes y duros.
—Debe perdonarme. —Palmeó las manos una vez, dos; y la fila ordenada de prusianos se rompió inmediatamente. El fotógrafo salió de la tela, con todos los signos de la exasperación en el rostro.
Pronto los prusianos se encontraron casi en formación militar y se dirigieron con rapidez hacia la salida. Mi superior por ese día, un tal Roderick McAllister, se apresuró tras ellos; le agarré el brazo.
—McAllister, ¿qué pasa?
—Me temo que la fiesta ha terminado, Vicars. Los prusianos acortan su visita; tengo que ir a buscarles transporte…
—¿Pero qué hay de mí? ¿Qué haré?
Miró por encima de mi hombro.
—¡Quedas relevado! Vete de vacaciones… —Y desapareció; los prusianos habían creado un camino que atravesaba las sorprendidas multitudes de dignatarios, y el pobre Roderick corrió tras ellos como un perrillo.
—Tipos decididos, ¿no?
Me rasqué la cabeza.
—Un cambio muy drástico, señor Holden. ¿Sabe qué ha pasado?
Me miró sorprendido, y se aplastó el pelo negro grasiento sobre la cabeza.
—A los diplomáticos no les cuentan nada, ¿eh? El resto de la exposición conoce ya la noticia.
es un libro muy entretenido los felicito por sus elecciones :whistle: 😛 😀