alfred_bester_-_su_vida_ya_no_es_como_antes 279.40 Kb
La chica que conducía el jeep era muy guapa y muy nórdica. Llevaba el pelo
rubio recogido hacia atrás en una cola de caballo, pero lo tenía tan largo que
parecía más bien la cola de una yegua. Llevaba sandalias, unos vaqueros
gastados, y nada más. Estaba bellamente bronceada. Cuando hizo girar el jeep
saliéndose de la Quinta Avenida y enfiló entre saltos las escaleras de la
biblioteca, sus senos danzaban encantadoramente.
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Aparcó frente a la entrada de la biblioteca, salió del coche, y estaba a punto de
entrar cuando algo del otro lado de la calle atrajo su atención. Miró, vaciló, se
miró luego los pantalones e hizo una mueca. Se quitó los pantalones y se los
tiró a las palomas que perpetuamente pían y se arrullan en las escaleras de la
biblioteca. Mientras éstas levantaron el vuelo asustadas, la chica bajó corriendo
hasta la Quinta Avenida, cruzó y se detuvo ante el escaparate de una tienda.
En él había un vestido de lana color ciruela. Tenía la cintura alta, falda muy
larga, y no demasiados agujeros de polillas. El precio era setenta y nueve
dólares y noventa centavos.
La chica vagó entre los viejos coches que estaban aparcados en la avenida
hasta que dio con un guardabarros suelto. Rompió con él la puerta de cristal de
la tienda, entró, esquivando cuidadosamente los fragmentos de cristal y buscó
entre las polvorientas perchas.
Era una chica alta y no le resultaba fácil encontrar prendas de su talla. Por fin
abandonó el traje de lana color ciruela y se quedó con un tartán oscuro, talla
doce, de ciento veinte dólares, rebajado a noventa y nueve noventa. Localizó
un talón de facturas y un lápiz, sopló el polvo y cuidadosamente escribió 99,90
dólares. Linda Nielsen.
Regresó a la biblioteca y cruzó la puerta principal, que había tardado una
semana en abrir con una maza. Cortó a través del gran vestíbulo, sucio de los
excrementos de las palomas que entraban allí libremente desde hacia cinco
años. Mientras corría se cubría la cabeza con los brazos para protegerse el
pelo de las cagaditas. Subió las escaleras- en el tercer piso entró en la Sala de
Imprenta. Como siempre firmó en el registro: Fecha -20 de junio de 1981.
Nombré -Linda Nielsen. Dirección Central Park Estanque de Modelos de
Barcos. Negocio o Empresa Ultimo Hombre Sobre la Tierra.
Había tenido una larga discusión consigo misma sobre Negocio o Empresa la
primera vez que entró en la biblioteca. Desde un punto de vista estricto, ella era
la última mujer sobre la tierra, pero había pensado que si escribía eso
parecería chauvinismo; y "Ultima Persona Sobre la Tierra" parecía estúpido,
algo así como llamar pócima a una bebida.
Sacó carpetas de las estanterías y comenzó a ojearlas. Sabía exactamente lo
que quería; algo cálido con tonos azules que se ajustase a un marco de 20X30
para su dormitorio. En una colección de Hiroshige, de incalculable valor,
encontró un grabado con un hermoso paisaje. Rellenó una ficha la colocó
cuidadosamente sobre la mesa del bibliotecario y se fue con el grabado.
Abajo, se detuvo en la sala principal de comunicación, se acercó a las
estanterías posteriores y eligió dos gramáticas italianas y un diccionario
italiano. Luego volvió al salón principal, salió hacia su jeep, y colocó los libros y
el grabado en el asiento delantero junto a su acompañante, una maravillosa
muñeca de porcelana de Dresde. Cogió una lista que decía:
Grabado Japonés
Italiano
Marco de 20X30
Sopa de Langosta
Limpiavajillas
Detergente
Limpiamuebles
Estropajo
Tachó los dos primeros artículos, colocó de nuevo la lista en la guantera, entró
en el vehículo y bajó a saltos las escaleras de la biblioteca. Subió por la Quinta
Avenida, esquivando los montones de escombros. Cuando pasaba ante las
ruinas de la Catedral de San Patricio, en la calle Cincuenta apareció un hombre
que pareció surgir de la nada.
Salió de entre los escombros y, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, comenzó
a cruzar la avenida frente a ella. Ella lanzó un grito, tocó la bocina, que no
sonó, y frenó tan precipitadamente que el jeep derrapó y fue a dar contra los
restos de un autobús número 3. El hombre lanzó un grito, dio un salto de tres
metros y luego se quedó paralizado, mirándola.
—No sabe usted circular por la calle—gritó ella—. ¿Por qué no mira por dónde
va? ¿Se cree usted que está solo en la ciudad?
El la miraba sin poder articular palabra. Era un hombre alto, de pelo tupido y
rizado, barba pelirroja y piel curtida. Vestía ropa del ejército, pesadas botas de
esquiador y llevaba una mochila y una manta a la espalda. Llevaba también un
viejo fusil y los bolsillos llenos de cosas. Parecía un explorador.
—Dios mío—murmuró al fin con voz áspera—. Alguien al fin. Lo sabía. Siempre
supe que encontraría a alguien. —Luego advirtió su hermoso y largo pelo, y
bajó los ojos—. Pero una mujer—murmuró—. Esta condenada mala suerte
mía…
—¿Qué eres tú, una especie de loco?—gritó ella—. ¿No sabes nada mejor que
cruzar con el semáforo en rojo?
Él miró a su alrededor desconcertado.
—¿Qué semáforo?
—Bueno, está bien, no hay semáforos, pero podías mirar por dónde vas…
—Lo siento, señora. A decir verdad, no esperaba que hubiese tráfico.
—Pues es puro sentido común—gruñó ella, apartando el jeep del autobús.
—Hey, señora, espere un momento.
—¿Sí?
—Escuche, ¿Sabe usted algo de televisión? De electrónica, como dicen…
—¿Está intentado burlarse?
—No, hablo en serio. De veras.
Ella soltó un bufido e intentó continuar Quinta Avenida arriba, pero él no se
apartaba para dejarla paso.
—Por favor, señora —insistió—. Tengo buenas razones para preguntarlo.
¿Sabe algo o no?
—No.
—¡Maldita sea! Señora, perdóneme, no pretendo ofenderla, pero dígame, ¿Ha
encontrado a alguien más en esta ciudad?
—No hay nadie más que yo. Yo soy el último hombre sobre la Tierra.
—Qué curioso. Yo siempre pensé que lo era yo.
—Muy bien, pues soy la última mujer sobre la Tierra.
Él movió la cabeza, negando.
—Tiene que haber más gente; tiene que haberla. Es lógico. Al sur, quizás. Yo
vengo de New Haven, y supuse que si me dirigía hacia donde el clima era más
cálido, encontraría tipos a los que podría preguntarles algo.
—¿Preguntar qué?
—Bueno, una mujer no lo entendería. Y no es que pretenda ofender.
—Bueno, si quiere usted seguir hacia el sur va en dirección contraria.
—Esto es el sur, ¿No?—preguntó, señalando Quinta Avenida abajo.
—Sí, pero acabará en un callejón sin salida. Manhattan es una isla. Lo que
tiene que hacer es ir hacia arriba y cruzar por el puente George Washington a
Jersey.
—¿Hacia arriba? ¿Qué camino es ése?
—Tiene que ir por la Quinta Avenida arriba hasta Cathedral Parkwell, luego
tiene que seguir hasta el West Side y luego por River Side arriba. No tiene
pérdida.
Él la miró desesperado.
—¿Es usted forastero en la ciudad?
Él asintió. –
—Bueno, está bien—dijo ella—. Suba. Le llevaré.
Trasladó los libros y la muñeca de porcelana al asiento trasero y él se sentó a
su lado. Mientras arrancaba, ella miró sus gastadas botas de esquiador.
—Ha caminado mucho, ¿verdad?
—Sí.
—¿Por qué no conduce? Puede encontrar fácilmente un coche que funcione, y
hay aceite y gasolina en abundancia.
—Yo no sé conducir—dijo él con tristeza—. Es la historia de mi vida.
Lanzó un suspiro, y esto hizo que la mochila chocase aparatosamente contra el
hombro de ella. Ella le examinó con el rabillo del ojo. Tenía un vigoroso pecho,
un torso largo y sólido y piernas fuertes. Tenía las manos grandes y fuertes, y
en el cuello se abultaban los músculos. Quedó un momento pensativa y luego
hizo un gesto de asentimiento y paró el jeep.
—¿Qué pasa? —preguntó él—. ¿Se ha estropeado?
—¿Cómo te llamas?
—Mayo. Jim Mayo.
—Yo soy Linda Nielsen.
—Ya. Encantado de conocerla. ¿Qué le ha pasado al coche?
—Jim, quiero hacerte una proposición.
—¿Cómo? —la miró dubitativamente—. Escucharé con mucho gusto, señora…
quiero decir, Linda. Pero he de decirte que tengo que hacer una cosa que me
mantendrá ocupado durante mucho tiem… —su voz se perdió al huir de la
intensa mirada ella.
—Jim, si tú haces algo por mí, yo haré algo por ti.
—¿Cómo qué, por ejemplo?
—Bueno, yo me siento terriblemente sola, por las noches. Durante el día no es
tan terrible (siempre hay montones de tareas que te mantienen ocupada), pero
de noche es sencillamente horrible.
—Ya lo sé —murmuró él.
—Tengo que hacer algo para resolverlo.
—Pero, ¿Qué puedo hacer yo?—preguntó él, nervioso.
—¿Por qué no te quedas un tiempo en Nueva York? Si lo haces, te enseñaré a
conducir y te buscaré un coche para que no tengas que seguir hacia el sur
caminando.
—Vaya, es una buena idea. ¿Resulta difícil aprender a conducir?
—Podría enseñarte en un par de días.
—Yo no aprendo las cosas tan deprisa.
—Está bien, un par de semanas, pero piensa en el tiempo que ahorrarás a la
larga.
—Sí—dijo—, parece una gran idea.—Luego apartó otra vez la mirada—. Pero,
¿Qué he de hacer yo por ti?
La emoción iluminó la cara de ella.
—Jim, quiero que me ayudes a trasladar un piano.
—¿Un piano? ¿Qué piano?
—Un piano de madera de rosal de Steinway, de la calle Cincuenta y Siete. Me
muero de ganas de tenerlo en casa. El salón está pidiéndolo a gritos.
—Oh, ¿Quieres decir que estás amueblando?
su vida ya no es como antes
es exelente cuando uno lee pero mas lindo es cuando uno cre crear una nobela es dificil pero es facil si lovives .muy buena conbinacion de palabras, es un exito comparar gracias por el enbio
su vida ya no es como antes
🙂 Me gusta como empieza. sOlo he leIdo esta parte. Continua escribiendo.
NO LO TOMES A MALPERO LEER NOS AYUDA MUCHISIMO A MEJORAR NUESTRA ORTOGRAFIA Y LA VERDAD TE UUURGE MEJORARLA
alfred bester su vida no es como antes
como puedo buscar para poder terminar de leer el libro gratis
su vida ya no es como antes
He leído solo la parte inicial del relato, parece que puede ser entretenido.
Saludos
Muchas gracias por los libros que me está enviando.
Son extraordinarios. Sabe escoger.