Fuera de este mundo

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 Cuento esto exactamente del modo que sucedió, porque yo comparto un vicio con todos los hombres: aunque disfruto de un matrimonio feliz y sigo enamorado de mi esposa,continúo enamorándome de mujeres con las que me cruzo. Me paro en un semáfororojo, miro a la chica del taxi de al lado, y me enamoro desesperadamente de ella. Suboen un ascensor y quedo cautivado por una chica que lleva un paquete en la mano.
Cuando sale en el décimo piso, se lleva con ella mi corazón. Recuerdo que en una
ocasión me enamoré de una modelo en un autobús. Llevaba una carta al correo e
intenté leer el remite y aprenderlo de memoria.
Las que se confunden por teléfono son siempre la tentación más fuerte. Suena el
teléfono, lo descuelgo, una chica dice:


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—¿Puedo hablar con David, por favor?
No hay ningún David en nuestra casa y yo sé que es una voz extraña, pero
emocionante y tentadora. A los dos segundos he tejido la fantasía de citarme con la
extraña, tener una aventura con ella. Abandonar mi casa, huir a Capri y vivir en glorioso
pecado. Luego digo:


—¿A qué número llama, por favor?
Y luego, tras colgar, apenas si puedo mirar a mi mujer, de lo culpable que me siento.
Así que cuando sonó aquella llamada en mi oficina, en Madison 509, caí en la misma
vieja trampa. Tanto mi secretaria como mi contable estaban fuera comiendo, así que
tomé la llamada directamente en mi mesa. Una voz emocionante comenzó a hablar a
cien por hora.


—¡Hola, Janet! Conseguí el trabajo, querida. Tienen una oficina encantadora justo a la
vuelta de la esquina del viejo edificio de Tiffany en la Quinta Avenida, y el horario es de
9 a 4. Tengo una mesa y un despachito con una ventana, para mí sola…
—Lo siento —dije, tras concluir mi fantasía—. ¿A qué número llama?
—¡Dios mío! Desde luego no pretendía hablar con usted.
—Me lo imagino.
—Siento muchísimo haberle molestado.

—No ha sido molestia. La felicito por el nuevo trabajo.
—Muchísimas gracias —contestó ella riendo.
Colgamos. Me pareció tan encantadora que decidí que esta vez sería Tahití en vez de
Capri. Entonces volvió sonar el teléfono. Era la misma voz.
—Janet, querida, soy Patsy. Me ha pasado una cosa terrible. Te llamé y marqué mal el
número y empezé a hablar y de pronto una voz de lo más sugestiva dijo…


—Gracias, Patsy, pero has vuelto a marcar mal el número.
—¡Oh, Dios mío! ¿De nuevo usted?
—Eso parece.
—¿No es ahí Prescott 9-3232?
—Ni mucho menos. Aquí es Plaza 9-5000.
—No entiendo cómo pude marcar eso. Debo de estar especialmente tonta hoy.
—Quizás sólo especialmente excitada.
—Perdóneme, por favor.
—No se preocupe —dije—. Creo que tiene usted también una voz muy sugestiva,
Patsy.


Colgamos y me fui a comer, reteniendo en la memoria Prescott 9-3232… Marcaría y
preguntaría por Janet y le diría… ¿Qué? No sabía. Sabía además que no iba a hacerlo
nunca; pero persistió aquel resplandor de ensueño que se prolongó hasta que volví a la
oficina para enfrentar los problemas de la tarde. Luego lo sacudí y volví a la realidad.
Pero estaba engañándome, pues cuando volví a casa aquella noche, no le hablé de ello
a mi mujer. Trabajaba para mí antes de que nos casáramos y aún se toma mucho
interés por todo lo que pasa en mi oficina. Dedicamos más o menos una agradable hora
cada noche a discutir y analizar el día de trabajo. Lo hicimos aquella noche, pero yo
oculté la llamada de Patsy. Me sentía culpable.


Tan culpable que me fui a la oficina al día siguiente más temprano de lo normal,
intentando aplacar mi conciencia con trabajo extra. Aún no habían llegado las chicas,
así que la línea telefónica daba directamente a mi mesa. Hacia las ocho y media sonó
mi teléfono y lo descolgué.
—Plaza 9-5000—dije.


Al otro lado no se oía nada, lo cual me enfureció. Odio a esas telefonistas que te llaman
y luego te dejan colgado mientras atienden otras llamadas.
—¡Escuche, monstruo! —dije—. Espero que pueda oírme. Haga el favor de no
llamarme a menos que piense comunicarme inmediatamente con quien sea. ¿Quién se
cree que soy? ¿Un lacayo? ¡Váyase al cuerno!
Cuando estaba a punto de colgar el teléfono, una voz
—Perdone.
—¿Qué? ¿Patsy? ¿Usted de nuevo?
—Sí—dijo ella.


Mi corazón dio un vuelco porque sabía… sabía que aquello no podía ser un accidente.
Ella había aprendido de memoria el número. Quería hablar conmigo otra vez.
—Buenos días, Patsy—dije.
—Vaya, veo que tiene usted un carácter terrible.
—Siento haber sido tan áspero…
—No. Es culpa mía. No debía molestarle. Pero cuando llamo a Jan sigue saliendo su
número. Deben de estar cruzadas las líneas.
—Oh. Qué decepción. Pensaba que había llamado usted para oír mi sugestiva voz.
Se echó a reír.
—No es tan sugestiva.
—Eso es porque antes fui grosero. Deseo compensarla. La convidaré a comer hoy.
—No, gracias.
—¿Cuándo empieza con el nuevo trabajo?
—Esta mañana. Adiós.


—Mucha suerte, Patsy. Llame a Jan esta tarde y cuéntemelo todo.
Colgué y me pregunté si no habría ido a la oficina aquel día más temprano que de
costumbre con la esperanza de recibir aquella llamada, más que por deseo de hacer
trabajo extra. No podía acallar mi conciencia. Cuando uno se encuentra en una posición
insostenible, todo lo que hace resulta sospechoso e inútil. Estaba irritado contra mí
mismo e hice pasar a las chicas una mañana espantosa.
Cuando volví de comer, le pregunté a mi secretaria si había llamado alguien estando yo
fuera.


—Sólo el supervisor telefónico del distrito—dijo—. Tienen problemas con las líneas.
Pensé: "Entonces esta mañana fue un accidente. Patsy no quería volver a hablar
conmigo".


A las cuatro en punto dejé irse a mis dos chicas en compensación por mi actitud de la
mañana… al menos eso fue lo que me dije. Anduve vagando por la oficina de cuatro a
cinco y media, esperando que llamase Patsy, construyendo fantasías hasta que me
avergoncé de mí mismo.


Tomé una copa de la última botella que quedaba de la fiesta de Navidad de la oficina,
cerré y me dispuse a irme a casa. Cuando pulsaba el botón del ascensor, oí que
sonaba el teléfono en la oficina. Volví como un rayo, abrí la puerta (aún tenía la llave en
la mano) y cogí el teléfono… sintiéndome un imbécil. Intenté cubrirme con un chiste.
—Prescott 9-3232 —dije, casi jadeando.


—Perdone—dijo mi mujer—. Me he equivocado de número.
Tuve que dejarla colgar. No podía explicárselo. Esperé a que llamase de nuevo,
intentando determinar qué tipo de voz usaría para que ella supiese que era yo y no
pudiese al mismo tiempo relacionarme con la voz que acababa de oír. Utilicé la técnica
de mantener el teléfono a cierta distancia de la boca y di varias instrucciones con voz
áspera a la oficina vacía. Luego aproximé la boca y hablé.


—¿Sí?
—Vaya, que voz tan distinguida. Como la de un general.
—¿Patsy?—mi corazón dio un vuelco.
—Eso me temo.
—¿Me llama a mí o a Jan?
—A Janet, por supuesto. Estas líneas son una lata, ¿No cree? Lo hemos comunicado a
la compañía.
—Lo sé. ¿Cómo le ha ido hoy en su nuevo trabajo?

 

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