cuaderohallado_en_una_casa_deshabitada 257.92 Kb
Ante todo, quiero decir que yo no he hecho nunca nada malo. A nadie. No tienen ningún derecho a encerrarme aquí, sean quienes fueren. Y no tienen ningún motivo para hacer lo que presiento que van a hacer.
Creo que no tardarán en entrar, porque hace ya mucho tiempo que se han marchado. Supongo que estarán excavando en el pozo viejo. He oído que buscan una entrada. No una entrada normal, por supuesto, sino algo distinto.
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Tengo una idea concreta de lo que pretenden, y estoy asustado.
Quisiera asomarme a las ventanas, pero naturalmente las han clavado con tablas, y no puede ser.
Pero he encendido la lámpara, y he encontrado este cuaderno, así que voy a contarlo todo. Luego, si tengo suerte, quizá pueda hacerlo llegar a alguien capaz de ayudarme. O tal vez lo encuentre alguien. En cualquier caso, es preferible contarlo lo mejor que pueda, a estar sentado aquí esperando. Esperando a que vengan ellos a cogerme.
Será mejor que empiece por decir mi nombre, que es Willie Osborne, y que cumplí los doce años en julio pasado. No sé dónde he nacido.
Lo primero que recuerdo es que vivía en la carretera de Roodsford, en lo que la gente llama la loma de atrás. Es un paraje solitario rodeado de espeso bosque, y de montañas y colinas a las que nadie sube jamás.
Abuela solía contármelo cuando era más pequeño. Era con quien yo vivía, porque mis padres habían muerto. Abuela me enseñó a leer y escribir. Nunca he ido a la escuela.
Abuela sabía toda clase de cosas sobre las montañas y los bosques, y me contaba algunas historias que eran muy extrañas. Al menos me lo parecían a mí, cuando era pequeño y vivía solo con ella. Eran historias como las que vienen en los libros.
Como las historias sobre que ellos se ocultaban en los pantanos, y estaban ya aquí antes que los colonizadores y los indios, y que había círculos en los pantanos, y grandes piedras llamadas altares donde ellos solían ofrecer sacrificios a lo que adoraban.
Abuela decía que esas historias se las había contado su abuela… las de que se ocultaban ellos en los bosques y los pantanos, porque no podían soportar la luz del sol, y de que los indios se mantenían alejados de esos lugares. Ella decía que a veces los indios abandonaban a algún niño atado a los árboles del bosque como sacrificio, para tenerlos a ellos contentos y pacíficos.
Los indios lo sabían todo sobre ellos y procuraban que los blancos no supieran nada ni se fueran a vivir demasiado cerca de las montañas. Ellos no les molestaban demasiado, pero cuando eran muchos sí. Así que los indios ponían pretextos para no asentarse, y decían que no habla bastante caza ni había rastros y que estaba demasiado lejos de la costa.
Abuela me contó que por eso no había muchos lugares colonizados aun hoy. Sólo unas cuantas granjas aquí y allá. Y me contó que ellos estaban vivos todavía y que a beces, en algunas noches de primavera y otoño, se podía ber luz y oír ruidos allá en la cima de las montañas.
Abuela me dijo que yo tenía una tía Lucy y un tío Fred que vivían justo en mitad de los montes. Y dijo que Papá solía visitarlos antes de casarse, y que una vez les oyó a ellos tocar un tambor de tronco una noche, en la víspera de Todos los Santos. Eso fue antes de conocer a Mamá, y se casaron y ella murió cuando yo nací y él se marchó.
Yo le oía toda clase de historias. Sobre brujas y demonios y hombres murciélagos que te chupaban la sangre y te atormentaban. Sobre Salem y Arkham, porque yo nunca he estado en una ciudad y quería que me contara cómo eran. Sobre un pueblo llamado Insmouth, de casas podridas, donde la gente ocultaba seres horrendos en los sótanos y los áticos. Y me contó que cavaban las sepulturas muy hondas en Arkham. Parecía como si toda la región estuviese llena de fantasmas.
Solía asustarme contándome lo que parecían algunos de esos seres y todo, pero en cambio nunca quiso decirme cómo eran ellos por mucho que yo le preguntaba. Decía que no quería que yo andara pensando en esas cosas, bastante malas, por lo que ella y su familia sabían, casi demasiado para gente decente y temerosa de Dios. Tuve suerte al no preocuparme por tales ideas, como una antepasada mía por parte de mi padre, Mehitabel Osborne, a la que colgaron por bruja en tiempos de Salem.
Así que para mí no fueron más que consejos, hasta el año pasado en que Abuela murió y el Juez Crubinthorp me metió en el tren, y me fui a vivir con Tía Lucy y Tío Fred, en los mismos montes de los que tanto me había hablado Abuela.
Desde luego que estaba yo escitado, y el conductor me dejó conducir todo el camino y me habló de los pueblos y de todo.
Tío Fred me esperaba en la estación. Era un hombre alto y flaco con una barba larga. Me llevó en una calesa desde el pequeño apeadero -no había casas ni nada por los alrededores- hasta los bosques.
Hay algo raro en esos bosques. Estaban muy quietos y callados. Me daban escalofríos el verlos tan oscuros y solitarios. Parecía como si nadie hubiese gritado o reído jamás en ellos. No podía imaginarme a alguien hablando, como no fuera en susurros.
Los árboles y todo eran muy viejos, también. No había animales ni pájaros. El camino era una especie de maleza como no había otra. Pero Tío Fred iba deprisa; no me habló apenas, y hacía que el viejo caballo echara el bofe.
No tardamos en adentramos entre los montes, que eran muy altos. Había bosques en ellos, también, y a beces bajaba algún arroyo, pero no vimos ninguna casa y allí donde mirábamos estaba oscuro como en el anochecer.
Finalmente llegamos a la granja: era un pequeño lugar, una casa de viejo armazón y un granero en un claro, con árboles de aspecto sombrío alrededor. Tía Lucy salió a recibirnos; era una especie de señora bajita, de mediana edad, que me abrazó y entró mis cosas.
Pero todo esto no tiene nada que ver con lo que yo quiero contar aquí. No importa que todo este año pasado viviese en la casa con ellos, comiendo de lo que Tío Fred cultivaba, sin bajar nunca al pueblo. No había otra granja en seis
kilómetros a la redonda, ni escuela tampoco; así que por las noches Tía Lucy me tomaba la lectura. Nunca he jugado mucho.
Al principio tenía miedo de internarme en el bosque por lo que me había contado Abuela. Además, diría que Tía Lucy y Tío Fred tenían miedo de algo, por la manera de cerrar las puertas por la noche y nunca se internaban en el bosque después de oscurecer, ni aun en verano.
Pero al cabo de un tiempo, me acostumbré a la idea de vivir en el bosque, y ellos no parecieron tan asustados. Yo hacía tareas para Tío Fred, naturalmente, pero a beces, las tardes en que él estaba ocupado, salía a dar una vuelta solo. Sobre todo en el otoño.
Y así fue como oí a uno de los seres. Fue a principios de octubre, y yo estaba en la cañada que hay junto a la gran peña. Entonces empezó el ruido. Yo me escondí rápidamente detrás de esa roca.
Escucha, me dije, en el bosque no hay animales. Ni gente. Salvo, quizá, el viejo Cap Pritchett, el cartero, que sólo viene los jueves por la tarde.
Así que al oír el ruido, no siendo Tío Fred o Tía Lucy que me llamaban, pensé que era mejor esconderme.
Y sobre ese ruido. Al principio era muy lejano, una especie de goteo. Sonaba como la sangre al caer en pequeños chorritos en el fondo de un cubo, cuando Tío Fred colgaba un cerdo sacrificado.
Miré a mi alrededor pero no pude descubrir nada, ni tampoco averiguar la dirección del ruido. El ruido pareció parar durante un minuto, y todo era oscuridad y árboles, quietos como la muerte. Luego empezó el ruido otra vez, más fuerte y más alto.
Sonaba como un montón de gente corriendo o andando todos a la vez, hacia donde yo estaba. El chasquido de ramitas al quebrarse bajo los pies y el remover de arbustos se mezclaban con el ruido. Yo me aplasté detrás de aquella peña y me estuve completamente quieto.
Puedo decir que, fuera lo que fuese, estaba ahora muy cerca, justo en la cañada. Quiero mirar, pero no puede ser porque el ruido es muy alto y ruin. Y también hay un olor espantoso como de algún animal muerto y enterrado que ha sido destapado después al sol.
De repente el ruido se para otra vez y puedo decir que sea lo que sea lo que lo produce, está muy cerca. Durante un minuto, los bosques están tremendamente silenciosos. Luego vuelve el ruido.
Es como una voz que no es voz. O sea, no suena como una voz, sino como un zumbido o gruñido profundo y ronroneante. Pero tiene que ser voz porque dice palabras.
No palabras que yo puedo entender, pero son palabras. Palabras que hacen que mantenga la cabeza bajada, temeroso de que me vean, y temeroso también de ver algo. Permanecí allí sudando y temblando. El hedor me estaba poniendo enfermo, pero esa voz espantosa, profunda, ronroneante, era peor. Una y otra vez repetía algo que sonaba a una cosa así como:
«E uh shub nigger ath ngaa ryla neb shoggoth».
No creo que lo haya escrito tal como sonaba, pero lo oí las suficientes veces como para recordarlo. Aún lo estaba escuchando, cuando el hedor se hizo tan espantosamente denso que creo que me desmayé, porque cuando desperté la voz había desaparecido y estaba oscureciendo.
No paré de correr hasta la casa esa tarde, aunque antes fui a ver dónde había estado el que habló… y era un animal.
Ningún ser humano puede dejar huellas en el barro que son como pezuñas de cabra, todas verdes de limo, con un olor nauseabundo… y no eran cuatro ni ocho, ¡eran lo menos doscientas!
No se lo dije a Tía Lucy ni a Tío Fred. Pero esa noche, cuando me fui a la cama, tuve sueños terribles. Estaba de nuevo en la cañada, sólo que esta vez pude ver a la monstruosidad. Era muy alta y negra como el betún, sin una forma concreta, salvo un montón de cuerdas negras que remataban como con pezuñas. O sea, tenía forma, pero cambiante: se combaba y retorcía en diferentes maneras. Tenía un montón de bocas por todas partes que se arremolinaban como hojas en las ramas.
Es lo más parecido que se me ocurre. Las bocas eran como hojas y todo el ser aquél era como un árbol al viento, un árbol negro con montones de ramas que azotaban el suelo, y un sinfín de raíces que acababan en pezuñas. Y el limo verdoso que goteaba de sus bocas y se escurría por las patas era ¡como la savia!
Al día siguiente me acordé de mirar en un libro que Tía Lucy tenía abajo. Se llamaba mitología. Este libro hablaba de ciertas gentes que vivían en Inglaterra y en Francia antiguamente y que se llamaban druidas. Adoraban a los árboles y creían que estaban vivos. A lo mejor ese ser era como los que ellos adoraban, un llamado espíritu-naturaleza.
Pero si estos druidas vivían al otro lado del océano, ¿cómo podía ser? Esto me hizo pensar un montón, los dos días siguientes, y os aseguro que no volví a jugar más en aquellos bosques.
Finalmente me figuré más o menos lo siguiente:
Que esos druidas fueron expulsados de los bosques de Inglaterra y de Francia y que algunos fueron lo bastante listos como para construir embarcaciones y cruzar el océano, como se cuenta que hizo el Viejo Leaf Erikson. Entonces pudieron asentarse en estos bosques de aquí y ahuyentar a los indios con sus hechizos mágicos.
Sabrían ocultarse en los pantanos, y seguirían celebrando sus cultos paganos e invocando a estos espíritus de la tierra o de donde quiera que vengan.
Los indios suelen creer que los dioses blancos vinieron del mar hace mucho tiempo. ¿Y si eso es ni más ni menos que otra manera de decir cómo llegaron aquí los druidas? Algunos indios verdaderamente civilizados de México o Sudamérica -aztecas o incas, supongo- decían que un dios blanco vino en un barco y les enseñó toda clase de magia. ¿No pudo ser un druida?
Eso también explicaría las historias de Abuela sobre ellos.
Aquellos druidas que se ocultaban en los pantanos serían los que batían y golpeaban tambores y encendían fogatas en los montes. Y los llamarían a ellos espíritus de los árboles o lo que fuera, haciendolos salir de la tierra. Entonces les harían sacrificios. Estos druidas hacían siempre sacrificios de sangre, igual que las viejas brujas. ¿Y no decía Abuela que la gente que vivía demasiado cerca de los montes desaparecía y no se la volvía a ber?
Nosotros vivíamos en un lugar exactamente así.
Y se acercaba el Día de Difuntos. Abuela siempre decía que ése era un día grande.
Yo empecé a preguntarme, ¿qué pasará ahora?
Me daba tanto miedo que no salía de casa. Tía Lucy me hizo tomar un tónico; decía que yo estaba chupado. Supongo que lo estaba. Todo lo que sé es que una tarde en que oí llegar una calesa por el bosque eché a correr y me escondí debajo de la cama.
Pero sólo era Cap Pritchett con el correo. Tío Fred lo cogió y se puso muy excitado al ver una carta.
Primo Osborne iba a venir a estar con nosotros. Era pariente de Tía Lucy y tenía vacaciones y quería pasar una semana. Llegaría aquí en el mismo tren que yo -el único tren que pasaba por esta parte- el 25 de octubre a mediodía.
Los días siguientes estuvimos todos tan excitados que a mí se me olvidaron todas las ideas como por encanto. Tío Fred arregló la habitación de atrás para que Primo Osborne durmiese allí, y yo le ayudé con la carpintería.
Los días acortaron, y las noches se hicieron frías y con grandes vientos. Era la madrugada del 25, y Tío Fred se abrigó bien para cruzar el bosque con la calesa. Quería traer a Primo Osborne a mediodía, y había diez kilómetros hasta el apeadero. No quiso llevarme, y yo no dije nada. El bosque estaba lleno de ruidos y crujidos del viento… ruidos que podían ser debidos a otras cosas, también.
Bueno, se marchó, y Tía Lucy y yo nos quedamos en la casa. Ella guardaba conservas -ciruelas- para el invierno. Yo sacaba cántaros del pozo.
Creo que tenía que haber dicho antes que teníamos dos pozos Uno nuevo con una bomba grande y flamante junto a la casa. Y luego otro de piedra al lado del granero, con una bomba estropeada. Nunca había servido para nada, decía Tío Fred; ya estaba así cuando compraron el lugar. El agua estaba llena de limo. Y era curioso, porque aunque no funcionaba la bomba, a veces parecía que bajaba el nivel. Tío Fred no sabía por qué, pero algunas mañanas el agua se desbordaba… un agua verdosa, llena de limo, que olía terriblemente.
No nos acercábamos a él, y yo estuve en el pozo nuevo hasta el mediodía, cuando empezó a nublarse. Tía Lucy preparó la comida, y empezó a llover fuerte y los truenos retumbaban en los grandes montes del oeste.
Pensé que Tío Fred y Primo Osborne iban a tener dificultades para llegar a casa con la tormenta, pero Tía Lucy no se inquietó por eso, me hizo que la ayudara a guardar las provisiones.
A las cinco empezó a oscurecer, y Tío Fred no había regresado. Entonces empezamos a preocuparnos. A lo mejor el tren se había retrasado, o le había pasado algo al caballo o a la calesa.
Las seis y Tío Fred sin venir. Había parado de llover, pero todavía se podían escuchar los truenos como gruñendo por los montes, y las ramas mojadas seguían goteando en el bosque, haciendo un ruido como de mujeres riéndose.
A lo mejor el camino estaba demasiado mal para meterse en él. La calesa podía atascarse en el barro. Tal vez habían decidido quedarse en el apeadero a pasar la noche.
Las siete, y fuera estaba oscuro como la boca de un lobo. Ya no se oía ruido de lluvia. Tía Lucy estaba muy asustada. Dijo que saliéramos a poner un farol en la cerca junto al camino.
Empezamos a bajar por el sendero, en dirección a la cerca. Estaba oscuro y el viento había parado. Todo estaba quieto, como en lo más profundo del bosque. Yo sentía una especie de miedo mientras bajaba por el sendero con Tía Lucy… era como si hubiese algo en la quieta oscuridad en algún lugar, esperando para atraparme.
Encendimos el farol y estuvimos mirando hacia el camino y «¿Qué es eso?», dijo Tía Lucy con un grito muy fuerte. Escuché y ol como un redoblar a lo lejos.
-El caballo y la calesa -dije. Tía Lucy se reanimó.
-Tienes razón -dijo de repente. Y es, porque lo vemos. El caballo corre de prisa y la calesa va saltando detrás como loca. No tardamos ni un segundo en ver que algo ha pasado, porque la calesa no se para junto a la entrada, sino que sigue hasta el granero con Tía Lucy y yo corriendo por el barro detrás del caballo. El caballo está lleno de espuma, y cundo se par no puede estarse quieto. Tía Lucy y yo esperamos que bajen Tío Fred y Primo Osborne, pero no. Entonces miramos dentro.
No hay nadie dentro de la calesa.
Tía Lucy dice «¡Oh!», dando un grito muy fuerte, y luego se desmaya. Yo tuve que llevarla a casa y meterla en la cama.
:confused: no esta completo?
me puedes mandar la parte siguiente 🙂
esta interesante
No està completo y està muy interesante. còmo puedo obtener la ota parte.:(