brackett_leigh_-_la_espada_de_rhiannon 610.09 Kb
Al salir de la casa de Madam Kan, Matt Carse notó que alguien le seguía. Aún
resonaba en sus oídos la risa de las muchachas de piel oscura, y los vapores del thil
nublaban sus ojos como un velo cálido y dulce. Pero ello no le impidió advertir a su
espalda, en el silencio de la fría noche marciana, el roce de unos pies calzados con
sandalias.
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Cautelosamente, Carse comprobó que la pistola de protones salía con facilidad de la
funda. Pero no intentó despistar a su perseguidor mientras recorría las calles de Jekkara
sin aflojar ni apretar el paso.
«En el Barrio Antiguo será mejor. Por aquí aún quedan demasiados transeúntes», se
dijo.
Jekkara no dormía, pese a lo avanzado de la hora. Nadie duerme en los Canales
Bajos, pues se hallan fuera de la Ley y allí el tiempo no cuenta. En Jekkara, en Valkis y en
Barrakesh la noche no es más que un día con menos luz.
Carse continuó su camino a la orilla de las aguas negras y tranquilas del antiguo canal,
abierto en el fondo de un mar ya extinguido para siempre. Vio que el viento agitaba la
llama de las antorchas siempre encendidas, y oyó fragmentos de melodía de los laúdes
que nunca dejaban de tocar. Mujeres y hombres, menudos, delgados y cautelosos como
gatos cruzaban por las calles en sombras, sin hacer otro ruido sino el tintineo de las
campanillas que llevaban ellas. Era un sonido tan tenue como el de la lluvia, un sonido en
el que se concentraban todas las dulces perversidades del mundo.
No hicieron caso de Carse, aunque las ropas de éste revelaban bien a las claras su
condición de terrícola. Normalmente, la vida de un terrícola vale menos que un cabo de
bujía en los Canales Bajos. Pero Carse era diferente. Los ladrones de Jekkara, de Valkis
y de Barrakesh son la aristocracia del hampa. Admiran la astucia, respetan la experiencia
y saben distinguir a un auténtico caballero en cuanto le ven.
Por eso Matthew Carse, ex miembro de la Sociedad de Arqueología Interplanetaria, ex
asistente a la Cátedra de historia antigua marciana de Kahora, afincado en Marte desde
hacía treinta de sus treinta y cinco años de edad, era bien recibido en aquella compañía,
mucho más exigente, del hampa marciana. Allí había prestado el juramento de amistad
que no puede ser violado.
Aunque ahora, mientras caminaba por las calles de Jekkara, uno de los supuestos
«amigos» de Carse estaba siguiéndole con toda la astucia de un lince. Por un instante se
preguntó si la Policía de Control terráquea habría enviado a algún agente para que
siguiera sus pasos. Pero descartó en seguida tal posibilidad.
No; ningún policía enviaba hombres a Jekkara. Tenía que ser un oriundo de los
Canales Bajos, impulsado por algún tejemaneje de los suyos.
Carse abandonó el canal, dando la espalda a lo que antaño fuera un fondo marino, y
dirigiéndose hacia la antigua tierra firme. El terreno subía en pendiente hacia los
acantilados, profundamente roídos por milenios de viento incesante. Sobre ellos se cernía
el barrio viejo, resto de la que fue capital de los Reyes-Almirantes de Jekkara, cuyo
imperio decayó cuando los mares empezaron a desecarse.
El Barrio Nuevo de Jekkara, es decir la parte habitada a orillas del canal, era ya viejo
cuando la terrestre Ur de los caldeos surgió como aldehuela recién fundada. La antigua
Jekkara, cuyos muelles de piedra y mármol aún podían verse en el puerto ya inútil y
cegado por la arena, existió en un pasado tan remoto que resultaba inconcebible para la
mente humana. El mismo Carse, que conocía aquel pasado como nadie entre los
terrícolas, se estremecía con sólo pensarlo.
Decidió ir allí, porque era un lugar totalmente muerto y abandonado. Es preciso, a
veces, buscar la soledad para entendérselas con un amigo.
Las casas desiertas abrían sus portales a la noche. Los siglos y el viento abrasivo
habían pulido sus esquinas y redondeado los dinteles de sus puertas hasta que se
confundieron con el paisaje borroso y monótono. Las dos lunas, pequeñas y bajas,
dibujaban sombras equívocas. No le fue difícil al corpulento terrícola envolverse en su
larga capa negra para fundirse con la oscuridad y desaparecer.
Oculto detrás de una pared, escuchó los pasos del individuo que le seguía. Las pisadas
se apresuraron, se hicieron más audibles; hubo unos instantes de titubeo y luego se
acercaron de nuevo, cada vez más rápidas. El desconocido pasó de largo, y entonces
Carse. saltó como un tigre, saliendo al centro de la calle. Una fracción de segundo
después aferraba entre sus puños un cuerpo menudo pero vigoroso. El perseguidor de
Carse aulló de miedo al sentir en las costillas el helado cañón de la pistola de protones.
-¡No! -chilló-. ¡No dispares! Estoy desarmado. No intentaba nada malo; sólo pretendía
hablar contigo unos momentos. -Pese al miedo, su voz no lograba disimular un deje de
astucia-. Tengo una cosa para ti.
Carse comprobó que su contrincante estaba efectivamente desarmado. Sólo entonces
aflojó la presa. El rostro del marciano podía distinguirse con bastante claridad. Era un tipo
esmirriado con cara de ratero, y no muy afortunado por cierto, según llevaba de
remendada la túnica y desprovista de adornos la coraza.
Las heces y fangos de los Canales Bajos producían individuos así, hermanos del
escorpión que mata traicioneramente, escondido bajo la arena. Carse no dejaba de
apuntarle con su arma.
-Adelante -replicó-. ¡Habla!
-Ante todo, te diré que soy Penkawr de Barrakesh. Puede que te hayan hablado de mí.
Al enunciar su propio nombre se pavoneaba como un viejo gallo de pelea.
-Pues no -le atajó Carse.
El tono acerado con que fueron pronunciadas esas palabras era como un bofetón.
Penkawr sonrió con rabia.
-No importa. Yo sí he oído hablar de ti, Carse. Como dije, te reservo un regalo. Un
objeto muy raro y valioso.
-Tan raro y valioso, que te ha inducido a seguirme por las calles a oscuras hasta
Jekkara, sólo para decírmelo.
Carse frunció el ceño mientras contemplaba a Penkawr, tratando de sondear su
duplicidad.
-¡Bien! ¿De qué se trata?
-Acompáñame y te lo enseñaré.
-¿Dónde está?
-Escondido y bien escondido, cerca de los muelles de Palacio.
Carse asintió.
-Un objeto demasiado raro y valioso para llevarlo encima o mostrarlo en la feria de
ladrones, ¿eh? Has conseguido aguijonear mi curiosidad, Penkawr. Vamos a echar un
vistazo a tu regalo.
Penkawr hizo brillar sus dientes puntiagudos a la claridad de las lunas y se volvió,
seguido de Carse. Este avanzaba con paso elástico, preparado para reaccionar en
cualquier momento.
Su mano apenas se apartaba de la pistolera. Empezaba a preguntarse qué le pediría
Penkawr de Barrakesh a cambio del supuesto «regalo».
Mientras subían por la pendiente hacia el palacio, trepando sobre arrecifes erosionados
y rocas que aún presentaban huellas del oleaje marino, a Carse le pareció como si
estuviera cruzando una especie de pasarela hacia el pasado. Le causaba un extraño
estremecimiento el ver aquellos enormes muelles casi intactos, todavía con las marcas de
los primitivos amarraderos. Bajo la extraña claridad lunar, uno casi podía imaginar…
-Entra aquí -dijo Penkawr.
Carse le siguió al interior de una oscura cabaña de piedra desmoronada, mientras
sacaba de su zurrón una linterna de kriptón para alumbrarse. Penkawr se arrodilló y
empezó a hurgar entre las losas rotas del suelo, hasta encontrar un lío de trapos que
envolvían un objeto de forma alargada.
Empezó a desatarlo dando muestras de un extraño respeto, casi de miedo. Carse se
arrodilló a su lado. Reparó en que estaba conteniendo la respiración mientras vigilaba las
finas manos del marciano. Parecía como si esperasen un acontecimiento desusado. Al
aventurero se le había contagiado la tensión del otro.
La linterna arrancó un reflejo a una gema todavía medio envuelta en trapos, y luego
hubo un limpio resplandor metálico.
Carse hizo un movimiento instintivo para ver mejor. Los ojos de Penkawr, rasgados
como los de un lobo y amarillos como el topacio, se volvieron hacia el terrícola y por unos
instantes sostuvieron la férrea mirada azul de éste. Luego Penkawr se volvió y quitó las
últimas envolturas que cubrían el objeto depositado en el suelo.
Carse no hizo el menor ademán. El objeto, terso y brillante, yacía entre los dos
hombres inmóviles, que no osaban respirar siquiera. La rojiza luz de la linterna iluminaba
sus rostros haciéndoles semejar calaveras de sombras aceradas. Los ojos de Matthew
Carse eran los del hombre que acababa de ver un milagro.
Al cabo de largo rato alargó la mano para tomar el objeto.
La mortífera pureza de sus líneas, su longitud y equilibrado perfecto, la guarda y la
empuñadura negra que se adaptaba perfectamente a su ancha mano, la solitaria gema
ahumada que parecía contemplarle como un testimonio viviente de sabiduría, el nombre
grabado en extraños y antiquísimos jeroglíficos sobre la hoja.
Entonces habló, y su voz fue apenas un susurro.
-¡La espada de Rhiannon!
Penkawr dejó escapar el aire en un prolongado suspiro.
-La encontré -dijo-. ¡La encontré!
-¿Dónde? -inquirió Carse.
-Eso no importa. La encontré, y puede ser tuya… por un módico precio.
-¡Un módico precio! -se sonrió Carse-. Un módico precio por la espada de un dios.
-De un dios malo -murmuró Penkawr-. Desde hace más de un millón de años, Marte ha
venido llamándole el Maldito.
-Lo sé -asintió Carse-. Rhiannon el Maldito, el Inmundo, el Maligno, el rebelde entre los
dioses de antaño. Sí; conozco la leyenda, el relato de cómo los dioses inmemoriales
vencieron a Rhiannon y le arrojaron a una tumba secreta.
Penkawr desvió la mirada y dijo:
-No sé nada de ninguna tumba.
-Mientes -replicó en voz baja Carse-. Tú has encontrado la Tumba de Rhiannon, o de lo
contrario no habrías hallado esta espada. De algún modo has encontrado la clave de la
más antigua y sagrada leyenda de Marte. Hasta las piedras de ese lugar valen su peso en
oro para los entendidos.
-No he encontrado ninguna tumba -se emperró Penkawr y agregó en seguida-: Pero la
espada vale por sí sola una fortuna. No me atrevía a venderla… Esos jekkaranos me la
habrían arrebatado como fieras tan pronto como la hubieran visto.
El ladronzuelo estaba temblando de codicia reprimida.
-Tú sí podrás venderla, Carse. Pásala de contrabando a Kahora y no faltarán
terráqueos dispuestos a pagar una fortuna por ella.
-Eso pienso hacer -asintió Carse-. Pero antes buscaremos los demás objetos de esa
tumba.
Penkawr sudaba de angustia. Al cabo de un largo rato replicó:
-conténtate con la espada, Carse. Es suficiente.
Le pareció a Carse que la angustia de Penkawr era una mezcla de codicia y miedo. Y
no era temor a los jekkaranos, sino a otra cosa, a algo que debía ser verdaderamente
terrible, puesto que vencía a la avaricia de un Penkawr.
Carse lanzó un juramento despectivo.
-¿Acaso tienes miedo del Maldito? ¿Estás temblando por una simple leyenda, tejida
quizás alrededor de algún viejo rey fenecido hace un millón de años?
Se echó a reír y esgrimió la espada, haciéndole lanzar destellos a la luz de la linterna.
-No te preocupes, pequeñín. ¡Yo ahuyentaré los espíritus de los difuntos! Piensa en el
dinero que podría ser tuyo. Podrías tener un palacio de tu propiedad, con cien esclavas
dedicadas a hacerte dichoso.
En las facciones del marciano, el pánico luchaba con la codicia.
-Había algo allí, Carse. Algo que me espantó, sin saber por qué.
Pero la codicia ganaba por fin. Penkawr se humedeció los labios resecos.
-Aunque, bien mirado, tal vez no sea más que una leyenda, como tú dices. Y hay
tesoros allí… sólo con la mitad que me corresponde tendría de sobra para vivir con más
lujo del que nunca soñé.
-¿La mitad? -repitió Carse con sorna-. Te equivocas, Penkawr. A ti te toca una tercera
parte.
La rabia desfiguró el rostro de Penkawr, quien se puso en pie de un salto.
-Pero, ¿qué te figuras? ¡Yo descubrí la tumba! ¡Es un secreto mío!
Carse se encogió de hombros.
-Si no te gusta el reparto, puedes quedarte con tu secreto.
Guárdatelo… que ya se encargarán de sacártelo con tenazas al rojo tus «hermanos» de
Jekkara, cuando yo les haya contado tu descubrimiento.
-¡Serías capaz! -se ahogó de ira Penkawr-. ¿Irías a decírselo para que acabaran
conmigo?
El ratero miraba a Carse con furor impotente, mientras su adversario se erguía en toda
su estatura a la luz de la linterna, con la espada en la mano, la capa medio caída de su
hombro desnudo, y el collar y el cinto robados de un tesoro real lanzando destellos. No
había la menor blandura en Carse, ni disposición alguna a hacer concesiones. Los
desiertos y los estíos de Marte, las hambres, los fríos y los calores, le habían templado y
resecado hasta no dejar más que los huesos y los nervios de hierro.
Penkawr se estremeció.
-Muy bien, Carse. Te conduciré allí… a cambio de la tercera parte del botín.
Carse asintió y sonrió.
-Me lo figuraba.
Dos horas más tarde, se encontraban en las negras colinas, erosionadas por el tiempo,
que dominaban Jekkara y el lecho del mar muerto.
Aquella hora avanzada era la preferida de Carse, pues le parecía que Marte se
mostraba entonces bajo su más auténtico aspecto. Hacía pensar en un viejo guerrero,
envuelto en una capa negra y con una espada rota entre las manos, perdido, añorando la
llamada del clarín y las risas y el vigor de la juventud.
El polvo de las antiguas colinas sollozaba bajo el viento eterno conjurado por Fobos, y
las estrellas tenían un brillo sobrenatural. Las luces de Jekkara y la gran llanura negra del
mar muerto quedaban ahora muy lejos debajo de ellos. Penkawr le conducía hacia los
desfiladeros, mientras sus extrañas monturas escalaban con agilidad asombrosa la
traicionera cuesta.
-Así fue como tropecé con el lugar -explicó Penkawr-. Al pasar un saliente, metí el pie
en un agujero… que fue haciéndose más grande a medida que se hundía la arena, y allí
estaba la tumba, excavada en la misma roca del desfiladero. Pero la entrada estaba
obstruida cuando yo la encontré.
A estas palabras hizo alto y se volvió para mirar a Carse con un fulgor amarillento en
los ojos.
-Sí, yo la encontré -repitió-. Sigo sin comprender por qué he de cederte a ti la parte del
león.
-Porque yo soy el león -replicó alegremente Carse.
Azotó el aire con la espada, satisfecho al comprobar cómo se adaptaba al flexible juego
de su muñeca, y contemplando cómo resbalaba el reflejo de las estrellas a lo largo de la
hoja. El corazón le latía con fuerza; era la emoción del arqueólogo, tanto como la del
saqueador.
Conocía incluso mejor que Penkawr la importancia de aquel descubrimiento. La historia
marciana abarca un lapso tan enorme, que su pasado se convierte en una niebla de
donde sólo emergen vagas leyendas…, relatos acerca de razas humanas y semihumanas,
de guerras olvidadas, de dioses muertos.
Los más grandes entre aquellos dioses fueron los Quiru, héroes divinizados que eran a
la vez humanos y sobrehumanos, que poseían el poder y la sabiduría. Pero hubo entre
ellos un rebelde…, el oscuro Rhiannon, el Maldito, cuyo pecado de orgullo acarreó quién
sabe qué catástrofe misteriosa.
Por ese pecado, según el mito, los Quiru aplastaron a Rhiannon y lo encerraron en una
tumba secreta. Y durante más de un millón de años, los hombres buscaron la Tumba de
Rhiannon, pues confiaban en hallar allí el secreto de los legendarios poderes de
Rhiannon.
Carse era demasiado versado en arqueología como para conceder mucha importancia
a las viejas leyendas. Pero estaba seguro de que debía existir en alguna parte una tumba
de incalculable antigüedad, que debió dar origen a todos aquellos mitos.
Tratándose de la más antigua reliquia de Marte, la tumba y los objetos que contuviera
harían de Matthew Carse el hombre más rico de los tres mundos… si lograba sobrevivir a
la aventura.
-Por aquí -dijo Penkawr de repente.
Había viajado largo rato en silencio, meditabundo.
Estaban en la parte más alejada de las colinas, a espaldas de Jekkara. Carse siguió al
pícaro por un estrecho sendero, al pie de una pared de roca.
Penkawr desmontó y empujó un grueso pedrusco, revelando una cavidad en la roca.
Por el agujero podía pasar con cierta dificultad un hombre.
-Tú primero -dijo Carse-. Toma la linterna.
Penkawr obedeció a regañadientes, y Carse le siguió al interior de la madriguera.
Al principio no vieron sino la oscuridad más impenetrable allí donde no llegaba la luz de
la linterna de kriptón. Penkawr avanzaba furtivamente, encogiéndose como un chacal
asustado.
Carse le quitó la linterna y la levantó por encima de la cabeza. La tortuosa entrada
daba a un corredor excavado en la roca viva. Era de sección cuadrada y sin ornamentos,
aunque la piedra aparecía espléndidamente pulida. Echó a andar por el mismo, seguido
de Penkawr.
Al final del corredor había una vasta cámara. Era también cuadrada y de una sencillez
magnífica, hasta donde Carse pudo abarcar. Al fondo se veía un estrado con un altar de
mármol, que ostentaba un símbolo idéntico al grabado en la cruz de la espada: el
ouroboros en figura de serpiente alada. Pero aquí el círculo estaba roto, la cabeza de la
serpiente levantada como para mirar hacia algún nuevo infinito.
La voz de Penkawr se dejó oír como un ronco susurro por encima de su hombro.
-Aquí fue donde encontré la espada. Hay otras cosas en esta cámara, pero no he
querido tocarlas.
Carse ya había entrevisto algunos objetos alineados junto a las paredes de la gran
cámara, brillando tenuemente a la luz de la linterna. Colgó ésta de su cinturón y se
dispuso a examinar los hallazgos.
¡Era un tesoro, en efecto! Había cotas de malla que eran verdaderas obras maestras
de la artesanía, enjoyadas con piedras preciosas de variedades desconocidas. Había
cascos de extrañas formas, cuyo metal lanzaba insólitos destellos. Halló también una silla
grande a modo de trono, ejecutada en oro con arabescos de un metal oscuro; cada brazo
lucía una gran gema de color leonado.
👿 👿 👿 👿 👿 ESTA DEL ASCO
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