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Aún soplaban helados vientos. Caía una nieve cenicienta. Pero el antiguo mar no tenía prisa.
La Tierra había girado seis mil veces desde que florecieron las llamas y murieron las ciudades. Ahora, tras dieciséis recorridos del Sol, ya no se elevaban volutas de hollín en los bosques incendiados, transformando el día en noche.
Seis mil ocasos habían llegado y se habían ido brillantes, anaranjados, glorificados por el polvo en suspensión desde que los altos y ardientes embudos perforaron la estratosfera y la llenaron de diminutas partículas de roca y tierra. La oscurecida atmósfera dejó pasar menos luz solar y el frío hizo su aparición.
Apenas importaba ya qué lo había provocado: un gigantesco meteorito, un enorme volcán o una guerra atómica. Las temperaturas y las presiones se descompensaron y soplaron grandes vientos.
Por todo el norte caía una nieve sucia y, en algunos lugares, ni siquiera el verano la hacía desaparecer.
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Las cascadas
1
Entre el polvo y la sangre, con el agudo olor del pánico clavado en la nariz, la mente de un hombre a veces atrae hacia sí extrañas correlaciones. Después de pasar media vida en el salvajismo, en su mayor parte dedicada a luchar para sobrevivir, Gordon todavía se asombraba de que aquellos oscuros recuerdos afluyeran a su mente cuando se hallaba en pleno combate a vida o muerte.
Jadeando bajo la reseca maleza, reptando con desesperación para encontrar un refugio, de pronto acudió a su mente una imagen tan nítida como las polvorientas piedras que estaban debajo de él. Era un recuerdo por contraste: una tarde lluviosa en una cálida y segura biblioteca de universidad, hacía mucho tiempo; un mundo perdido lleno de libros, música y despreocupadas divagaciones filosóficas.
«Palabras sobre papel. »
Arrastrando el cuerpo entre correosos y duros helechos casi pudo ver las letras, negro sobre blanco. Y aunque no logró recordar el nombre del autor, las palabras le llegaron con gran claridad.
Salvo la Muerte misma, no existe nada que constituya una derrota «total»… Nunca se produce un desastre tan devastador que no permita que una persona decidida rescate algo de las cenizas, arriesgando todo aquello que le ha quedado…
Nada en el mundo es más peligroso que un hombre sumido en la desesperación.
Cordón deseó que el escritor, fallecido hacía tiempo, estuviese allí en aquellos momentos, compartiendo su situación. Se preguntó a qué podría agarrarse el tipo en la presente catástrofe.
Cubierto de arañazos y contusiones a causa de su desesperada huida entre aquella densa vegetación, reptó tan silenciosamente como pudo, deteniéndose para yacer inmóvil y cerrar los ojos con fuerza cada vez que el polvo en suspensión parecía a punto de hacerle estornudar. Era un lento y doloroso avance, y ni siquiera estaba seguro de adonde se dirigía.
Pocos minutos antes se hallaba tan cómodo y bien aprovisionado como cualquier viajero solitario podría esperar en aquellos días. Ahora, Cordón se había quedado con no mucho más que una camisa rota, unos vaqueros gastados y unos mocasines; y las espinas los estaban haciendo trizas.
Un agudo dolor seguía a cada nuevo arañazo en los brazos y espalda. Pero en esta pavorosa jungla, seca como un hueso, no cabía hacer nada excepto arrastrarse hacia adelante y rezar para que el tortuoso sendero no lo devolviera a sus enemigos, que en realidad ya le habían matado.
Al fin, cuando había empezado a pensar que la infernal espesura no terminaría nunca, apareció un claro ante él. Una angosta hendidura dividía los helechos y daba paso a un declive de rocas desprendidas. Gordon se vio libre de las espinas, rodó hasta quedar de espaldas y miró hacia el brumoso cielo, agradeciendo simplemente el aire no contaminado por el calor de la seca podredumbre.
«Bienvenido a Oregón –pensó amargamente–. Y yo que creía que Idaho era malo. –Alzó un brazo y trató de quitarse el polvo de los ojos–. ¿O sólo es que me estoy haciendo demasiado viejo para este tipo de cosas?»
Después de todo, ya había sobrepasado los treinta, expectativa de vida bastante superior a la normal para una persona a quien el holocausto había lanzado a una vida errante.
«Oh, Señor, ojalá estuviera en casa de nuevo. »
No estaba pensando en Minneapolis. La llanura era hoy un infierno del que él había tratado de escapar durante más de una década. No, casa significaba para Gordon algo más que un lugar concreto.
«Una hamburguesa, un baño caliente, música…
… una cerveza fría… »
Cuando su respiración dificultosa se normalizó, otros ruidos pasaron a primer plano: el inequívoco bullicio del reparto de un botín.
Provenía de unos treinta metros más abajo en la ladera de la montaña. Carcajadas, mientras los complacidos ladrones se repartían las pertenencias de Gordon.
«… unos cuantos polis amistosos de la vecindad… », dijo Gordon, clasificando aún con los criterios de un mundo desaparecido desde hacía mucho tiempo.
Los bandidos lo habían cogido desprevenido mientras saboreaba un té de bayas junto a una fogata preparada para la noche. Desde el primer instante, cuando se precipitaron por el sendero hacía él, había estado claro que aquellos sujetos de mala catadura le matarían en cuanto lo vieran.
Él no había esperado a que se decidieran. Arrojando té hirviendo al primer rostro barbudo, se lanzó a las zarzas cercanas. Dos disparos le habían seguido, y eso fue todo. Probablemente, su cadáver no valía tanto para los ladrones como una irremplazable bala. Ya tenían sus pertenencias, de todos modos.
«O probablemente lo pensaban. »
La sonrisa de Gordon fue amarga y mecánica al incorporarse con cautela y retroceder por el saliente rocoso hasta hallarse seguro de que no era visible desde la parte baja de la ladera. Limpió de ramitas su cinturón de viaje y sacó la cantimplora medio llena para tomar un trago largo y del todo necesario.
«Bendita seas, paranoia», pensó. Ni una sola vez desde la guerra Fatal había dejado que su cinturón estuviese a más de un metro de su lado. Era la única cosa que había conseguido coger antes de lanzarse hacia las zarzas.
El metal gris oscuro de su revólver del 38 brilló, incluso bajo la fina película de polvo, al extraerlo de la funda. Gordon sopló en la chata punta del arma y comprobó atentamente su mecanismo. Leves chasquidos testimoniaron con escueta elocuencia la habilidad y letal precisión de otra época. Incluso para matar, el viejo mundo se las había arreglado bien.
«Especialmente para matar», recordó Gordon.
Oyó unas groseras carcajadas procedentes de la parte baja de la ladera.
Normalmente sólo viajaba con cuatro cartuchos en el cargador. Sacó ahora dos valiosos cartuchos más de un bolsillo del cinturón y llenó las cámaras vacías debajo y detrás del percutor. La seguridad de las armas de fuego ya no era demasiado importante, especialmente porque, de todas formas, esperaba morir esa tarde.
«Dieciséis años persiguiendo un sueño –pensó Gordon–. Primero aquella larga y fútil lucha contra el colapso… debatiéndose para sobrevivir durante el Invierno de los Tres Años… y finalmente, más de una década trasladándose de un lugar a otro, eludiendo la peste y el hambre, luchando contra los malditos holnistas y las jaurías de perros salvajes… media vida pasada como un errante juglar de la edad oscura, actuando para obtener comida y salir del paso un día más, mientras buscaba…
… algún lugar… »
Gordon sacudió la cabeza. Conocía muy bien sus propios sueños. Eran las fantasías de un necio, y no tenían cabida en el mundo actual.
«… algún lugar donde alguien estuviera asumiendo la responsabilidad… »
Desechó aquellos pensamientos. Fuera lo que fuese lo que estaba buscando, su búsqueda parecía haber concluido allí, en las secas y frías montañas de lo que una vez fuera el este de Oregón.
Por los ruidos procedentes de abajo dedujo que los bandidos se preparaban para partir, dispuestos a marcharse con lo robado. Tupidos grupos de enredaderas resecas impedían a Gordon ver la parte baja del declive entre los grandes pinos, pero pronto apareció un hombre corpulento con un descolorido abrigo de caza a cuadros en la dirección en que había estado su campamento, avanzando hacia el noroeste por una senda que conducía al pie de la montaña.
La indumentaria del hombre confirmó lo que Gordon recordaba de aquellos borrosos segundos del ataque. Al menos sus asaltantes no vestían atuendos militares… la marca de los supervivencialistas de Holn.
«Deben de ser bandidos comunes, carne de cañón, que–se–asen–en–el–infierno. »
De ser así, había una mínima posibilidad de que el plan que tenía en la cabeza diera algún resultado.
Tal vez.
El primer bandido llevaba la chaqueta de Gordon para todo tiempo atada a la cintura. En su brazo derecho se mecía la escopeta que Gordon había llevado consigo durante todo el trayecto desde Montana.
–¡Vamos! –gritó el barbudo ladrón de espaldas al sendero–. Ya basta de comentarios. ¡Reunid esas cosas y cargadlas!
«El jefe», decidió Gordon.
Otro hombre, más bajo y andrajoso, se dejó ver de pronto acarreando un saco de tela y un baqueteado rifle.
–¡Muchacho, qué trofeo! Debemos celebrarlo. Cuando hayamos llevado estas cosas, ¿podremos tomar toda la bebida que queramos, Jas? –el pequeño ladrón aguardó como un pájaro nervioso–. Muchacho, Sheba y las chicas se desternillarán cuando sepan lo del conejito que hemos echado a los espinos. ¡Nunca he visto nada correr tan rápido! –cloqueó.
Gordon frunció el entrecejo ante el insulto añadido al daño. Era igual en casi todas las partes que había visitado: la insensibilidad tras el holocausto a la que nunca había llegado a acostumbrarse ni aun después de tanto tiempo. Escrutando con un solo ojo por entre la maleza que bordeaba la hendidura, inspiró profundamente y gritó:
–¡Yo no contaría con emborracharme aún, Osobuco! –La adrenalina dio a su voz un tono más agudo del que deseaba, pero no podía evitarlo.
El tipo grande se dejó caer torpemente en el suelo, intentando ponerse a cubierto detrás de un árbol cercano. El salteador flaco, sin embargo, miró boquiabierto hacia arriba.
–¿Qué… ? ¿Quién está ahí?
Gordon se sintió ligeramente aliviado. Su conducta confirmaba que esos hijos de perra no eran auténticos supervivencialistas. Sin duda no holnistas. Si lo hubiesen sido, ahora probablemente él estaría muerto.
Los demás bandidos, Gordon contó un total de cinco, bajaron rápidamente por el sendero acarreando los objetos de su pillaje.
–¡Agachaos! –ordenó el jefe desde su escondrijo.
El escuálido pareció percatarse de lo expuesto de su posición y corrió a unirse a sus compañeros tras la espesura.
Todos excepto un ladrón, un sujeto cetrino de cortas patillas medio encanecidas y un sombrero alpino. Éste, en vez de esconderse, avanzó un poco, mordisqueando una aguja de pino y ojeando la maleza de modo indiferente.
–¿Por qué, hermano? –preguntó con sosiego–. Ese pobre tipo llevaba encima poco más que la piel cuando nos lanzamos sobre él. Tenemos su escopeta. Vamos a descubrir lo que quiere.
Gordon mantuvo agachada la cabeza. Pero no pudo dejar de notar la lánguida y afectada pronunciación del sujeto. Era el único que iba bien afeitado e incluso, desde el lugar en que se encontraba, Gordon pudo apreciar que llevaba la ropa más limpia, más cuidada.
Un ronco gruñido del jefe bastó para que el tranquilo bandido se encogiera de hombros y, pausadamente, se situara tras un pino ahorquillado. Apenas a cubierto, gritó hacia la ladera:
–¿Estás ahí, señor Conejo? De ser así, lamento mucho que no te quedaras para invitarnos a té. Aunque, sabiendo cómo Jas y Pequeño Wally tienden a tratar a las visitas, supongo que no puedo culparte porque te largaras.
Gordon no podía creer que fuera a seguir la broma de aquel imbécil. Pero lo hizo.
–Eso imaginé en aquel momento –gritó–. Gracias por comprender mi falta de hospitalidad. A propósito, ¿con quién hablo?
El alto individuo sonrió ampliamente.
–¿Con quién… ? Ah, un gramático. Qué gozo. Hace tanto tiempo que no oigo una voz educada –el otro se quitó el sombrero alpino e hizo una reverencia–. Soy Roger Everett Septien, en tiempos agente de cambio y bolsa de la Pacific Stock Exchange, y en la actualidad un asaltante. En cuanto a mis colegas…
Los matorrales susurraron. Septien escuchó, y finalmente se encogió de hombros.
–Ah –dijo a Gordon–. En situación normal me tentaría la oportunidad de tener una auténtica conversación; estoy seguro de que tú la deseas tanto como yo. Desgraciadamente, el jefe de nuestra pequeña hermandad de degolladores insiste en que descubra lo que quieres y dé el asunto por terminado. Así que haz tu discurso, Señor Conejo. Somos todo oídos.
Gordon sacudió la cabeza. El sujeto obviamente se consideraba ingenioso, pero su humor era pésimo, incluso si se medía por el nivel de la posguerra.
–Observo que no lleváis todas mis pertenencias. ¿No habréis decidido por casualidad coger sólo lo que necesitáis y dejarme lo suficiente para sobrevivir?
Se oyó una estrepitosa risotada procedente de los matorrales de abajo; luego un torrente de soeces carcajadas se unieron a ella. Roger Septien miró a derecha e izquierda, y levantó las manos. Su exagerado suspiro pareció denotar que él, al menos, apreciaba la ironía de la pregunta de Gordon.
–Ay –repitió–. Recuerdo haber mencionado esa posibilidad a mis camaradas. Nuestras mujeres podrían encontrar algún uso para las barras de aluminio de tu tienda y el armazón de la mochila, pero he sugerido que dejáramos la bolsa de nilón y la tienda, que a nosotros no nos sirven. Hmm, eso hemos hecho en cierto sentido. Sin embargo, no creo que apruebes las… alteraciones hechas por Wally.
Aquella estridente risa volvió a oírse desde los matorrales. Gordon se hundió levemente.
–¿Qué hay de mis botas? Todos parecéis bastante bien calzados. ¿Le van bien a alguno? ¿Podríais dejarlas? ¿Y mi chaqueta y mis guantes?
Septien tosió.
–Ah, sí. Son los artículos principales, ¿no es cierto? Aparte de la escopeta, por supuesto, la cual es innegociable.
Gordon escupió. «Por supuesto, idiota. Sólo un cretino expresa lo obvio. »
De nuevo se dejó oír la voz del jefe, amortiguada por el follaje. Y otra vez se produjeron risas. Con expresión de pesar, el ex agente de bolsa suspiró.
–Mi jefe pregunta qué ofreces a cambio. Por supuesto, sé que no tienes nada. Pero a pesar de ello, debo preguntar.
A decir verdad, Gordon poseía unas cuantas cosas que podían interesarles. La brújula del cinturón, por ejemplo, y un cuchillo suizo del ejército.
Aunque ¿cuáles eran sus posibilidades de pactar un intercambio y salir con vida? No se necesitaba telepatía para saber que aquellos bastardos únicamente jugaban con su víctima.
Una ardiente cólera le invadió, especialmente por la falsa muestra de compasión de Septien. Había sido testigo de esta combinación de cruel desprecio y civilizados modales en personas educadas de antaño, en los años transcurridos desde el Colapso. En su opinión, la gente así era mucho más despreciable que quienes simplemente habían sucumbido a la barbarie de los tiempos.
–¡Escuchad! –gritó–. ¡No necesitáis esas condenadas botas! No tenéis auténtica necesidad de mi chaqueta o de mi cepillo de dientes o de mi cuaderno de notas. Esta zona está limpia, así que ¿para qué necesitáis mi contador Geiger? No soy tan estúpido como para creer que me vais a devolver la escopeta, pero sin algunas de las otras cosas moriré, ¡malditos seáis!
El eco de su discurso pareció derramarse por la ladera de la montaña, dejando una estela de sepulcral silencio.
Luego, hubo un susurro en los matorrales y el corpulento jefe de los bandidos se puso en pie. Escupió con aire desdeñoso y chasqueó los dedos en un gesto dirigido a los otros.
–Ahora ya sé que no tienes armas –les dijo. Frunció las pobladas cejas e hizo un ademán en dirección a Gordon–. Corre, conejito. ¡Corre o te desollaremos y serás nuestra cena! –Sopesó la escopeta de Gordon, se dio la vuelta y caminó lenta y despreocupadamente sendero abajo. Los demás le siguieron, riendo.
el cartero
Genial, ameno, me encantó. Muy bien escrito y con una riqueza de lenguaje envidiable. Recomendable