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Este libro comienza así:
Temblaba todavía cuando llegué a la oficina de Chambord diez minutos después. Ramona, la preciosa chica nativa que servía de barrera entre Chambord y el mundo exterior, se llevó una mano a la boca cuando me vio.
—¡Madre de Dios! — exclamó, abriendo unos ojos enormes. Luego se persignó rápidamente. Parecía que hubiese visto un fantasma.
Y, en realidad, acababa de ver un fantasma.
Chambord levantó la vista de su mesa cuando abrí la puerta sin llamar. Detrás suyo, en la pared, había un gigantesco mapa de la Andrómeda Nebula — uno de la famosa serie tomada desde el Observatorio Lunar —, de forma que cuando estaba sentado erguido formaba como un halo en torno a su persona. Creo que lo había puesto allí sólo con este propósito.
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Estaba tan orgulloso de haberme reconocido al cabo de dos años, que comenzó a pronunciar la primera frase antes de haberse dado cuenta de mi extraña expresión.
—Si alguien me hubiese pedido que apostase sobre quién entraría aquí en el momento preciso, habría contestado: Naturalmente, David Drummond. Y… ¡En nombre de Dios, David! ¿Qué ocurre?
Me dejé caer en el sillón de los visitantes y me quité las gafas de sol para poder limpiarme el sudor del rostro. Aquel sudor no era producido por el calor; Quito se halla en el Ecuador, pero está situado a nueve mil pies de altitud. Podía también sentir como mi corazón amenazaba con abrirse paso por entre mis costillas.
—Henri — le dije —, acabo de ver a mi hermano. ¡He visto a León aquí, en Quito!
Chambord me miró. Como era francés de nacimiento, era demasiado cortés para decirme en pocas palabras que yo estaba loco, pero le costó mucho no hacerlo.
—¡Cálmate, David! Sosiégate — me aconsejó solícito —. ¿Un vaso de agua? ¿Un cigarrillo? Estás agitado…
—Tienes toda la razón — asentí. Me incliné sobre el borde de la mesa y repetí con firmeza mi declaración, lenta y despaciadamente —: ¡Acabo de ver a mi hermano León aquí, en Quito!
—Debes haber visto a otra persona, David.
—¡Un cuerno! — grité —. ¡Era mi hermano! Le vi en la calle Gagarín, aún no hace diez minutos.
—De lejos, seguramente. Debías estar pensando en tu hermano, y algún parecido…
Suspiré profundamente. Mi corazón pareció recobrar un ritmo rías acorde con el normal.
—¿Tienes algún hermano?
—Ah… sí, tengo dos.
—¿Crees entonces — le pregunté — que podrías confundir a otra persona con tu hermano si te cruzarás con él a sólo la anchura de la calle Gagarín?
—Mis hermanos están en Francia; hace muchos años que no les he visto, y…
—Hace sólo dos años desde que vi a León — le solté —. Y siempre estuvimos muy unidos. ¡Te aseguro que no es posible que haya sufrido una equivocación!
Pero en aquel momento yo sabía que estaba ya tratando de convencerme a mí mismo. Chambord se dio cuenta y se aprovechó de ello.
—Es más que posible — me dijo —. Es seguro. Tu hermano se halla a bordo del "Starventure", y el "Starventure" está atravesando la órbita de Júpiter.
En aquel momento volvieron a mí todos mis reflejos. Olvidé la ridícula idea de que había visto a León en Quito. Sabía que era imposible. Mi mente volvió a lo que había dicho Chambord cuando yo había llegado.
—…sobre quién entraría aquí en el momento preciso…
En aquel momento tenía mi magnetófono de bolsillo, plano, de cristal, del tamaño de dos paquetes de cigarrillos, fuera del bolsillo.
—¿Desde cuándo? ¿Cuánto tiempo hace que captaron su señal? — inquirí.
—Sólo algo más de una hora. Estaba precisamente trabajando en un suelto para la prensa cuando has llegado.
—Cuéntame los hechos escuetos.
Sonrió, aliviado al verme de nuevo en mi estado normal, y me entregó un teletipo oficial de la ONU. Había aprendido a leer los mensajes espaciales en clave. Y con una ojeada tuve bastante.
El "Starventure" volvía al espacio normal; a quince grados sobre el plano de la elíptica; la dirección de viaje con velocidad inferior a la luz, normal a Alfa del Centauro; las señales llegan claras y fuertes; la tripulación se hallaba en buen estado; la misión era un éxito.
—La hazaña más gloriosa desde Colón — exclamé, devolviéndole el teletipo y poniéndome en pie —. Y me hallo mejor informado que el público, gracias a ti. No tenía intenciones de visitarte hasta que vi a León… bueno, hasta que pensé ver a León — me corregí al observar una mirada desaprobadora en Chambord —. Quizás habría debido poner a prueba mi psicohabilidad. ¿Cuándo realizarán el contacto?
—Aún no lo sé — me confesó Chambord —. Claro está, depende de la velocidad resultando con la que vuelvan a entrar en el espacio normal. Presumiendo que sea del orden de miles de millas por segundo, suficiente para poner la nave en órbita en torno a la Tierra y bajo su propio impulso, unas cuarenta horas. Si necesitan remolques, un poco más.
—Excelente. Volveré.
Salí apresuradamente y cerré la puerta, con lo cual el escudo verde de las Naciones Unidas que había en la pared exterior casi se desprendió de su gancho. Ramona volvió la cabeza y me miró, disponiéndose a persignarse de nuevo; pero le dirigí una mirada lo más tranquilizadora posible y me encaminé hacia las cabinas telefónicas de pago del vestíbulo.
Fui probablemente el primer hombre en aprovecharme del lanzamiento del "Starventure". En aquella época — dos años antes — poseía una columna sindicada sobre ciencias modernas en unos treinta países a través de la "Prensa Solar" y sus agencias asociadas. Fue pura suerte que debido a mi posición interna y teniendo a León por hermano hiciera una fortuna con los artículos del lanzamiento, con la cual pude convertirme en escritor independiente, concentrándome en la redacción de libros en vez de tener que escribir varios artículos sueltos por semana.
Recordé, mientras esperaba en la cabina que me pusieran en comunicación con la oficina de Nueva York de "Prensa Solar", cómo Hank Sardler había recibido la noticia de mi decisión de abandonar mi empleo. Le dije que debía alegrarse al saber que le dejaba, porque siempre se estaba quejando de que mi tarjeta de crédito falsificada era la más cara que la agencia había garantizado en toda su existencia, teniendo prioridad para todas las llamadas de sonido y sivisión desde cualquier lugar de la Tierra a Nueva York. (Una vez intenté conseguir la ampliación a las llamadas a la Luna, pero en vista de que las comunicaciones por intermedio de los satélites enlaces costaban veinte pavos por segundo, desistí.)
Dejé la tarjeta delante de sus narices, esperando que intentase hacerme desistir de mi decisión. Pero no hizo tal cosa. Se limitó a coger la tarjeta y devolvérmela, diciendo:
—Con las felicitaciones de la "Prensa Solar".
No la habían utilizado desde entonces, pero tampoco iba a ninguna parte sin ella. Y ahora la estaba usando.
El rostro de un empleado de la oficina de Nueva York apareció en la pantalla, gris, blanca y negra. Se llamaba Jimmy Weston.
—¡Gracias a Dios que le hemos localizado a usted, señor Drummond! — exclamó —. El señor Sandler se estaba volviendo medio loco.
Parpadeé.
—¿Que me han localizado? ¿Qué quiere decir?
—¿No está usted en Venezuela? Le hemos llamado allá.
—No he estado allí desde ayer por la tarde. Bueno, sea lo que sea, puede esperar. Póngame con la oficina de copias… No dispongo de muchos minutos.
—Será mejor que le ponga con el señor Sandler.
Y así lo hizo antes de que yo pudiese replicar. La cara de Sandler apareció en la pantalla, fumando un grueso cigarro puro, cuyo humo se quedó como congelado en torno a su cabeza hasta que toda la imagen quedó debidamente fundida.
—Hank — exclamé —, me alegro de verle pero no le he llamado para una charla social. He estado intentando decirle a Jimmy Weston que tengo un notición. ¡El "Starventure" regresa!
Cuando contestó, su voz no demostró la menor emoción.
—Tal vez sea esto.
Me quedé completamente aturdido.
—¿Sea el qué? — grité enloquecido, pero casi al momento recobré mi compostura —. ¡No pierda tiempo contestándome! ¿Quiere ponerme ahora con la redacción?
—Bueno, ¿qué ocurre? — escuché rumor de papeles al ser movidos; luego la imagen volvió a captarle con un bloc de notas y un bolígrafo.
Le conté lo ocurrido, oí el chasquido del interfono y comprendí que la información estaba ya camino de los telefaxos. El primer paso estaba dado.
El segundo sería redactar toda la historia, pero la llevaba ya escrita en mi mente desde el día del lanzamiento, y saldría automáticamente.
—Gracias, David — dijo Sandler, al cabo de una pausa —. ¡Es un verdadero notición! ¿Va muy por delante de la competencia?
—Sólo unos minutos. Henri Chambord es demasiado estricto en estas cosas. Pero dio la casualidad de que yo había entrado en la oficina de prensa de las Naciones Unidas de Quito porque…
Vacilé. Debía decir: ¿acababa de ver a mi hermano? o ¿Pensé que había visto a mi hermano?
Medité. Estaba medio convencido de que era León a quién había visto bajo la brillante luz de mediodía. Pero por otra parte sabía perfectamente que se hallaba cruzando la órbita de Júpiter.
—Bueno, el motivo no importa — concluí —. Cuando visité a Henri estaba redactando su comunicado a la prensa. Y a propósito, ¿cómo es que estaba intentando ponerse usted en contacto conmigo? ¿Se ha vuelto usted telepático?
—No es eso — Sandler parecía intrigado —. David, ¿ha oído decir algo de la aparición de un monstruo en el cielo sobre el Sur de Chile? ¿No sabe nada del pánico que existe en un poblado de pescadores?
—¿Por esto me estaba buscando? Temo que la alucinación en masa no es mi fuerte.
—Esto es exactamente, David: alucinación en masa. Pero no… no parece ser realidad una de esas noticias veraniegas.
No repliqué. Hank Sandler podía no saber reconocer un nucleotrón de un ergiolizador, pero sí sabía reconocer una buena noticia, gracias a un sentido casi sobrenatural que poseía.
—Como usted está en América Latina — continuó —, pensé rogarle que lo investigase. Pero, en fin, olvídelo.
—¿Ha pensado tal vez que podría existir una conexión entre esto y la vuelta del "Starventure"? — le pregunté.
—Nada de eso, porque resultaría imposible. El "Starventure" regresó al espacio normal hace menos de una hora, y lo otro ocurrió a la noche pasada. Si le interesa, sin embargo, le pasaré la historia por intermedio de la oficina de las Naciones Unidas. Además, le daré uno o dos detalles más que completarán el relato.
Otra imagen le presentó recortándose hacia atrás con lúgubre expresión, que no concordaba bien con su cálida voz cuando concluyó:
—Bueno, esto es imposible. Lo que debo hacer es darle las gracias por haber pensado ante todo en nuestra "Prensa Solar". Pero me faltan las palabras.
—Ahórreselas A mí me sobran. Póngame con la redacción y le dictaré el artículo por teléfono.
Se borró la imagen y apareció una señal que decía:
"Por favor, empiece a hablar al tercer tono".
Cerré los ojos. No andaría a tientas. Sabía lo que tenía que decir.
Empecé:
—Un sueño tan viejo como la civilización se ha convertido en realidad. El hombre ha vencido en su reto a las estrellas…
peso justo para siempre
👿 no lo conozco
NO LO CONOZCO
Administrador Educativo, Camarógrafo de Tv. produc
Me encuentro muy contento por haber encontrado este sitio de distracción sano física y mentalmente, no había referido un comentario antes por tener mucho miedo de mi personalidad, pero eso está cambiando gracias a mis propios esfuerzos de querer hacerlo. Hoy estoy muy agradecido por todos los envíos que he recibido en mi bandeja de recibidos de mi correo, todo lo recibido por parte de usted ha venido alimentar gran parte de mi vida electrónico que es corta de conocimiento, pero muy bien aprovechada.
Doy gracias a dios y a ustede que me tomen en cuenta y ser parte de sus lectores electrónicos, gracias libros gratis, en otra oportunidad volveré a comentar mi razonamiento hacia esta misma actividad de lectura asídua.