El Crisol del Tiempo

 

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La gente se reunió para esperar la narración de una historia muy antigua en el centro del inmenso globo artificial en rotación.
Ante ellos nadaba una luz inconcreta. A su alrededor flotaban las feromonas. Luego empezó el sonido y se formaron las imágenes.
Apareció un sol con su séquito de planetas, lunas y cometas. Uno de ellos era Mundocapullo. Lentamente —¡y sin embargo, cuánto más rápido de lo que en el pasado había sido realmente!— un planeta salvaje recorrió el espacio hacia el que una vez fuera el hogar de su especie.
—¡Si por lo menos lo hubieran sabido…! —murmuró alguien.
—¡Pero no lo sabían! —recalcó el instructor—. ¡Recordadlo mientras miráis! ¡No estáis aquí para compadecerlos, sino para admirarlos!

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Ahora que el sol se había puesto, la barq se estaba cansando. La corriente en contra era rápida y corría verdadero riesgo de terminar arrastrada contra las rocas que rodeaban el canal, con las vejigas de flotación agujereadas. Después de innumerables intentos por tratar de que lo intentara con más vigor, el timonel, de mal humor, dejó la espuela y volcó dentro de las grandes fauces el último barril de pescado y algas fermentadas que servía para alimentar bote, tripulación y pasajeros por igual. Mientras esperaba el eructo, señal de la digestión, el timonel notó que Jing lo miraba desde la montura de tablas atadas, tan ansioso como si su clima-sentido estuviera prediciendo tormentas. Se rió.
—¡No os preocupéis, no vais a tener ensoñaciones antes de llegar! —prometió en el dialecto ronco del norte al que el oído del extranjero apenas empezaba a acostumbrarse.
Era difícil creer que hubiera un lugar digno de ser visitado en aquel árido paisaje. La mayor parte del tiempo, la orilla estaba velada por jirones de niebla debido a que el agua era mucho más tibia que el aire. ¡Vaya lugar para estudiar el cielo! Aunque la puesta de sol cada día más temprana haría posible creer en la leyenda que lo había atraído hasta allí: una noche de casi medio año de duración. Aunque no hubiese una total oscuridad; allí, como en todas partes, el Puente del Cielo —lo que los norteños llamaban Honda del Hacedor— tendía su brillante arco a través del firmamento. Y, cerca del horizonte, menos familiar e inspirando un temor reverencial, estaba la Nueva Estrella, enmarcada por su cuadro irregular absolutamente como una joya en su almohadilla de cueroscuro.
Pero ni tal misterio celestial ni la idea de pasar hambre eran lo que más pesaba en la mente de Ayi-Huat Jing, astrólogo de la corte y enviado plenipotenciario de Su Más Poderosa Majestad Waw-Yint, Señor de las Cinco Veintenas de Islas de Ntah. Obligado por el juramento que había hecho sobre su espada, había partido hacía ya un año aciago en la mejor montura de la manada de su señor, acompañado por cuarenta hombrespúa de escolta y diez banderas inscriptas con su rango y alcurnia. Su misión era buscar sabios más allá de las montañas que rodeaban el Lago de Ntah, gente que pudiera explicarle el significado de la Nueva Estrella. Sus compatriotas suponían que entendían la razón de que los cielos cambiaran —porque lo harían, no cabía duda—. Llevaba con él un grueso rollo de pergaminos en los que había copiado los mapas de las estrellas que constelaban el cielo en el día de la ascensión de los últimos gobernantes de Ntah y en las fechas de cada eclipse habido durante sus reinados. En el más reciente aparecían dieciséis estrellas que antes no habían estado allí, y había marcas que daban fe de otras aparecidas y desaparecidas luego en cuestión de días. Pero nunca hubo ninguna que durara tanto y fuera tan brillante, ni que se asentara de aquel modo en una parte tan negra del cielo. Según los filósofos de Ntah, una buena acción se reflejaba en el cielo y suficientes buenas acciones daban como resultado una disminución de la oscuridad. Finalmente, prometían, llegaría el tiempo en que los cielos serían tan brillantes de noche como de día.
Y así había sucedido y también dejado de suceder, y todo el mundo estaba turbado y apenado porque la enfermedad y el infortunio habían seguido lo que debiera haber sido una señal de buena fortuna sin precedentes.
El viaje de Jing no había dado frutos pero tampoco estaba condenado al fracaso todavía. Le quedaba más de la mitad de la reserva de perlasemillas que había traído del Lago porque, a medida que viajaba, se hacían cada vez más raras y más preciadas y podía cambiarlas por más comida y más tiempo de alojamiento. Se había aferrado a su rollo de mapas aunque, de todas las ciudades y tierras que había visitado, sólo una persona parecía haber entendido su significado. Jing esperaba encontrar estudiosos de la ciencia de los cielos tan dedicados como él mismo, también bibliotecas —aunque los escritos estuvieran redactados en lenguas desconocidas y sobre materiales extraños— porque la tradición hablaba de mercaderes de Geys y Yown y Elgwim portadores de cuernos, pieles, semillas y especias sorprendentes además de jactanciosas historias sobre las riquezas de sus tierras natales. Lo que había encontrado en realidad…
Destripaterrones medio muertos de hambre, incapaces de distinguir los sueños de la realidad, gente que atribuía la ruina de las cosechas, las enfermedades y las plagas a seres sobrenaturales, y creía que podía protegerse sacrificando la mayor parte de cuanto le quedaba; con ello, por supuesto, la debilidad y la fatiga hacían que los sueños invadieran aún más su mente. ¡Qué locura, qué locura! ¿Cómo era posible que no supieran que los cielos encarnaban la imagen impersonal del mundo inferior, nada más y nada menos? En los tiempos que corrían, ¿cómo era posible que alguien diera crédito a un dios dispuesto a disparar proyectiles indiscriminadamente para matar gente? ¡El firmamento enviaba mensajes, no muerte!
Todo su viaje desde Ntah había sido una sucesión de espantosas sorpresas. Geys, una de las primeras ciudades que había pensado visitar, estaba abandonada, invadida por la vegetación porque —según le dijeron— una flecha de fuego del cielo había golpeado una colina cercana y todo el mundo había huido aterrorizado. Y para más desgracia, de los portaestandartes y escoltas que con él iban (otros funcionarios de la corte habrían llevado también concubinas pero Jing estaba obligado al celibato por su vocación), la mayoría había desertado al descubrir la sordidez del mundo que se extendía detrás de las montañas, y no pocos, entre ellos su montura, habían sucumbido a la mala comida y el agua contaminada.
Uno sólo había sobrevivido para acompañarlo hasta las inmediaciones de la gran ciudad de Forb, donde había encontrado por primera vez lo que él había considerado como hombres de estudio. Sin embargo, eran sólo parásitos, reconoció Jing, que vivían del pasado de su ciudad, desdeñando las verdades del cielo, apenas capaces de explicar inscripciones y vestigios sin importancia que, según decían, eran los más antiguos del mundo. Jing tenía sus dudas al respecto, pero no era muy diplomático mostrarlas, en parte porque no hablaba bien el lenguaje de la región, en parte porque aquellos maestros detentaban auténtico poder que él no deseaba ver volverse contra Ntah, principalmente debido a la naturaleza del mismo.
Su altura, y el hecho de que su compañero fuese todavía más alto, harían de él alguien notable. La nobleza lo invitó a banquetes y celebraciones a guisa de curiosidad. Era una época de carestía, como había descubierto en el camino, y sin embargo, tales fiestas eran pródigas en comida. Esto daba a entender que los señores de Forb controlaban vastos dominios aunque no lo suficiente como para que estuviesen satisfechos, según parecía por la forma en que se pasaban todo el tiempo maquinando para conseguir ventajas unos sobre otros e instruían a sus intérpretes para que hicieran constantes preguntas a Jing sobre armamento. Estaban dispuestos a actos tan bajos como propagar enfermedades en las cosechas de sus rivales, algo tan rastrero que sólo podía ser superado por un incendio intencionado. ¡Si tales monstruos entraran a la pacífica región de Ntah!
Estremecido pero decidido a seguir con su misión, Jing descubrió finalmente el secreto de su poder. No dependía de sus ejércitos ni de sus tesoros. Se basaba en la explotación sistemática y deliberada de los sueños de los menos favorecidos, posibilidad que a él nunca se le hubiera ocurrido y que la barrera del idioma impedía que entendiera por completo, hasta que un señor cuyo deseo de conseguir armamentos nuevos él había frustrado puso saerdotes en sus aposentos.
El había visto a muchos como ésos a la cola de la escolta de un noble, siempre flacos en contraste profundo con la gordura de sus señores y, al principio, había creído que no eran otra cosa que sirvientes: escribas, tal vez, o contables, aunque era difícil concebir por qué alguien confiaba en aquellos debiluchos con tendencia a las ensoñaciones.
Sin embargo, actuaban más como personas con autoridad que como subordinados y lo interrogaban constantemente sobre Ntah. Contento de encontrarse con alguien dispuesto a hablar de lo que él consideraba temas serios, Jing contestaba con toda sinceridad. Esperaba demostrar así que la relación entre Ntah y sus satrapías, desarrollada sobre la base del intercambio de información sobre lo que presagiaban los cielos, tenía que ver más con la civilización que con la fuerza.
¿Acaso él no reconocía —le contestaron ellos sorprendidos— el ejemplo del Hacedor de Todo, que cada día vigilaba el mundo con Su ojo que-todo-lo-ve, el sol, y que de noche lanzaba feroces rayos como advertencia de que todos debían seguir Sus enseñanzas so pena de la destrucción más terrible? ¿No se daba cuenta de que el arco que había en el cielo era la Honda del Hacedor, de que el Manto del Hacedor era lo que iluminaba los cielos con el brillo tenue de sus maravillosos colores? Entonces estaba en peligro de desastre inminente, y si todavía vivía en Forb cuando éste lo alcanzara, miles y miles de personas inocentes se verían involucradas en la catástrofe. Debía partir de la ciudad inmediatamente o ellos mismos llevarían a cabo los deseos del Hacedor!
La fe en la bondad del universo que Jing había sostenido toda su vida había sufrido un duro golpe, pero no pensaba caer en el delirio como hacían otros. Hizo cuanto pudo para ignorar la advertencia… hasta el día en que su único compañero superviviente, Drakh, cayó en manos de una banda de desconocidos que lo atacaron con armas que jamás hubieran sido permitidas en Ntah: lanzas impregnadas con la ponzoña de un cadáver podrido que envenenaban con el más pequeño corte aunque éste no fuera lo suficientemente grande como para dejar escapar la vida.
Ahora Drakh yacía allí, a su lado, delirando desde hacía días, temblando menos por el aire helado que por la locura de la enfermedad. Habría muerto a no ser porque el señorárbol de Jing —un Shreeban, acostumbrado a que sus vecinos de Forb lo evitaran y los niños de esos vecinos se burlaran de él cuando se iba a otras tierras-había llamado a un médico que, según él, tenía el criadero de los mejores limpialamedores de la ciudad.
Y el doctor no sólo había salvado la vida de Drakh (por ahora, se corrigió amargamente Jing, porque el lamedor se estaba debilitando y los absorbentes que pasaba una y otra vez sobre la herida se iban volviendo amarillos) sino también la misión que los había llevado allí. Olvidando a sus otros clientes, se había sentado durante días a estudiar los mapas de Jing. De vez en cuando, mencionaba que tal o cual de sus antepasados había dicho que era más viejo que tal o cual estrella: información herética en Forb, donde se suponía que la Creación había sido perfecta desde el Comienzo.
¿Cómo semejante tontería podía sobrevivir a la aparición de la Nueva Estrella que había brillado más que el Puente del Cielo durante muchas noches, y que hoy, después de cuatro años, amenazaba con brillar más que ninguna otra cosa en el firmamento, excepto el sol y la luna?
Tal vez no sobreviviría mucho, explicaba el doctor. A medida que la gente prosperaba y se alimentaba mejor, también se volvía más capaz de diferenciar entre hechos y fantasías. Por eso se burlaban de los saerdotes, cuyo poder había ido decreciendo de generación en generación a pesar de sus autoinflingidas privaciones. Ahora se veían obligados a afirmar que la Nueva Estrella era una ilusión de las fuerzas del mal, que —según decían— moraban en esa zona desierta de la cual el Hacedor había expulsado a todas las demás estrellas como advertencia de la eternidad sin luz a la que condenaría a todos los transgresores. Pero había quienes sostenían que el significado era que nacería una persona supremamente justa —debía haberlo hecho ya— que podría encender una antorcha allí donde el Hacedor había impuesto oscuridad y que libraría a la gente de la esclavitud mental.
Mirando las brilloplantas que adornaban las paredes de su casa alquilada, Jing lo incitó a más revelaciones. ¿No había nadie en el Norte que estudiara la ciencia de las estrellas?
El jefe de todos ellos, dijo el doctor, se había refugiado en el castillo del Conde de Espina. Señalado por los saerdotes con el estigma de la maldición divina, el Conde se había retirado a una fortaleza ártica donde burbujeaban arroyuelos calientes que brotaban del helado suelo, prueba clara, según los saerdotes, de su relación con el mal, porque en ausencia de luz solar sólo el fuego podía calentar el agua, y el fuego era prerrogativa del Hacedor y por lo tanto, quienes lo usurpaban apoyaban necesariamente a su adversario. Y además, se decía que en el sitio en donde se había instalado Espina la noche duraba medio año, y todo el mundo sabía que el mal vive en la oscuridad, ¿no es cierto? Sin embargo, también se decía que quienes lo habían seguido gozaban de prosperidad mientras en el resto del mundo las epidemias sucedían a las hambrunas.
—Ha habido algún tipo de cambio —susurró el doctor—. Mis mejores remedios han dejado de funcionar y muchos bebés brotan muertos o torcidos. Y también hay una mancha en las nueces de este año que parece volver loca a la gente. Si yo fuera valiente, me iría con Espina. No me paguéis nada por mis servicios. Prometedme que mandaréis noticias de lo que han descubierto allí, en el país de hielo. Es un lugar de sabiduría antigua, una sabiduría que los saerdotes prohibieron; decían que era fantasía. Creo que también en eso se equivocan.
Ahora Jing, agotado hasta el punto de que ya casi no podía distinguir los sueños de la realidad, estaba a punto de llegar al Castillo Espina, en el nacimiento del canal tibio. La niebla se disipó. La luna se levantó, gibosa en su tercer cuarto, y, como siempre, su lado oscuro centelleó.

II

Si Forb era antigua, entonces el Castillo Espina era una reliquia. Se alzaba en la entrada de un valle redondo, tan grande y amenazador como una ciudad, aunque él no podía abarcarlo todo desde la roca que le servía de muelle, a pesar de las brilloplantas que lo delimitaban en la distancia, dado que sus defensas, elaboradas y de largo alcance, impedían una visión de conjunto. A cada orilla, temblaban las bomas, listas para doblar sus erizadas ramas, y masas de abrojosemillas se desprendían sólo en respuesta a un silbido muy agudo. Hombrespúa se acercaron a tomar los tentáculos de anclaje de la barq, acompañados de enormes canidientes.
Justo antes de amarrar, Jing se había dado cuenta de que la cadena de colinas brillaba en el horizonte con un blanco puro a la luz de la luna. Había dicho:
—¿Nieve? ¿Ya?
Y el timonel había gruñido:
—Siempre.
Así que realmente existía un lugar donde el hielo desafiaba el verano. Por primera vez, Jing sintió en sus túbulos internos la gran distancia que lo separaba de su hogar.
Pero no había tiempo para reflexionar. Una voz lo llamaba en forbés:
—¡Saludos al extranjero! Me dicen que su hombrepúa está enfermo. Apenas esté en tierra, veré lo que puedo hacer por él. Soy el Académico Varilla.
Tenía bastantes años, y lo bajo y gordinflón que era —dos rasgos característicos de aquellos norteños— se veía agravado por la pérdida de presión de sus túbulos tensores, aunque su expresión estaba alerta y sus modales eran rápidos. Agradecido porque Varilla era el nombre que le había dado el médico en el Sur, Jing devolvió el saludo.
—¿Cómo saber yo vengo? —preguntó.
—Ah, vos sois noticia en medio continente —fue la rápida respuesta—. Lamento no tener a nadie que hable ntahés, pero hasta que aparecisteis la mayoría pensaba que vuestra tierra era sólo una leyenda, ¿sabíais? Decid, ¿es verdad que tenéis mapas de estrellas que se remontan al Comienzo? ¿Cuándo puedo verlos?
Tratando de comprender aquel torrente de palabras, Jing recordó el protocolo seguido con los embajadores que llegaban a Ntah.
—¿No saludar al señor primero debo?         
—Está cenando en el gran salón. Lo veréis dentro de un rato. Primero, os presento a mis colegas. Él es Cerco; él, Arbusto; éste…
Imposible registrar tantos nombres desconocidos estando tan cansado.
—¿Pero mi hombre…? —se aventuró a decir.
—Ah, ¿en qué estoy pensando? Claro, claro, ¡tenemos que llevarlo a los cuarteles ahora mismo! Y a vos…
Después de dar algunas órdenes a los jóvenes para que se llevaran a Drakh, Varilla los guió a paso ligero.
Jing hubiera querido ir más despacio porque no estaba preparado para el lujo que veía a su alrededor. Hasta las piedras eran tibias bajo las zarpas. Los troncos retorcidos del castillo eran los más gruesos que había visto en su vida e, incluso en aquella época del año, estaban llenos de guirnaldas de útiles plantas secundarias. Había lagunas humeantes en las que era evidente la presencia de peces, y de las ramas altas colgaban frutas que él no había probado desde que dejara Ntah. En todas partes crecían los emparrados luminosos. Mientras ascendía por las ramas siguiendo a Varilla, Jing vio en parte un paisaje, que le recordó con dolor algunos parajes de Ntah, apareciendo de vez en cuando por entre las grietas que había entre los troncos. Había estado pensando en términos de mera supervivencia, pero seguramente el valle podía acoger bastante población. Vio tres aldeas, cada una con un número considerable de casas, rodeadas de graneros y campos trillados lo suficientemente grandes para dar cabida a las provisiones de un año, y eso sólo a un lado del castillo. ¡Sorprendente! Ahora se sentía de mucho mejor ánimo.
Todavía se sintió mejor más adelante, cuando acostaron a Drakh cómodamente en una horqueta y una sierva trajo bebidas tibias. Mientras le pasaba una vaina repleta, Varilla dijo con sequedad:
—En caso de que seáis supersticioso con respecto al fuego, esto no ha sido tocado por las llamas. Mantenemos las bolsas en un arroyo caliente.
La gente de Jing se preocupaba muy poco por el fuego de todos modos, así que el enviado decidió no contestar. Fuera cual fuese su composición, la bebida disipaba las ensoñaciones con mucha eficacia, no cabía duda. Mientras tanto, Varilla estaba examinando el lamedor de Drakh y decía con asco:
—¡Habría que haber cambiado esto hace días! ¡Ey! —a la sierva—, llévatelo y trae uno de los míos enseguida. Son de la misma cepa —agregó dirigiéndose a Jing—. Aunque aquí tenemos menos venenos y no aprenden tan bien a vérselas con todos. ¡Aj! ¡Cómo huelen en este estadio!, ¿no es cierto?
Ahora que los sentidos de Jing habían vuelto a la normalidad, se dio cuenta de que hasta el aire del interior del castillo olía mal, posiblemente a causa del agua caliente. Pero daba igual. Hizo la pregunta que importaba:
—Drakh vivirá, ¿no es cierto?
—No soy especialista en enfermedades extranjeras, ya lo sabéis. Pero, sí, probablemente. Voy a mandar a buscar algo de jugo para ponerle entre las mandíbulas. No considero conveniente darle comida sólida en su estado.
Jing asintió, sombrío. Estaba de acuerdo. Tal vez Drakh se mordiera sus propios miembros por reflejo.
—¿Son ésos los mapas? —siguió diciendo Varilla, mientras señalaba los rollos—. ¡Ah, tengo tantas ganas de verlos…! Pero seguramente tenéis hambre. Venid, os llevaré al gran salón.

Allí, en su mismo centro, se ponía realmente de manifiesto la antigüedad del castillo. A pesar de los grupos densos de brilloplantas que cubrían las paredes, Jing podía ver sin dificultad que los troncos siempre gruesos de los bravoárboles que lo constituían habían levantado varias rocas enormes hasta una altura cuatro o cinco veces mayor que la suya propia. Algunas se inclinaban peligrosamente hacia dentro allí donde se arqueaban un poco los troncos. Y sin embargo, nadie parecía preocuparse por lo que pasaría si se derrumbaban. Tal vez no había terremotos en esa zona helada; tal vez allí se helaba también la tierra, y no sólo el agua, todo el año. Sin embargo, ¡el aire era tan tibio!
Pospuso la solución de aquellos misterios para mejor poder situarse en su nuevo ambiente.
El espacio principal del salón estaba lleno de tocones-plato, muchos más que los que necesitaban los comensales presentes, tres o tal vez cuatro en total. Los tocones no sólo estaban más hinchados de lo que Jing hubiera visto nunca en Forb: además estaban aderezados con muchas frutas y honguis y pedazos de carne y pescado. Un canal de tallos huecos pasaba entre ellos, rebosante del licor que Varilla le había servido poco antes. Las entradas quedaban al oeste y al este. Al sur, una hilera de campesinos esperaba su limosna, una lonja de madera-plato cortada por un altivo cocinero y lo que cabía en una zarpa de lo que habían rechazado los que cenaban al norte del salón. Jing reprimió una expresión de sorpresa. Era un milagro que los enemigos forbeses del Conde no hubieran marchado hacia allí para arrebatarle sus riquezas.

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