La Antorcha

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 La lluvia había estado cayendo durante todo el día; ora con fuerza, ora debilitándose en algunos aguaceros, pero sin detenerse nunca por completo. Las mujeres trasladaron sus ruecas bajo techado, junto al mar, y los niños se agolparon buscando protección en los voladizos del patio, aventurándose unos minutos entre los chaparrones para chapotear en las pozas de ladrillo y regresar al interior llevando sus embarradas huellas hasta el propio mar. Hacia el ocaso, la más anciana de las mujeres que estaban junto al hogar creyó volverse loca con los chillidos y los chapoteos, los ataques de los pequeños ejércitos, los golpes de las espadas de madera sobre escudos también de madera, los cambios de bando de los contendientes, los gritos de muerto y herido cuando quedaban fuera del juego.

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Era demasiada la lluvia que seguía cayendo por la chimenea para que pudiera cocinarse como es debido. Al concluir aquella tarde invernal se encendieron fuegos en los braseros. Cuando la carne y el pan cocidos empezaron a exhalar su aroma, uno tras otro acudieron los niños y se acurrucaron como cachorros hambrientos, husmeando ruidosamente y disputando todavía a media voz. Poco antes de cenar apareció un huésped en la puerta: un vate, un vagabundo cuya lira sujeta a su hombro le aseguraba en todas partes acogida y alojamiento excelentes. Tras haber comido y después de bañarse y ponerse ropa seca, el vate eligió para descansar el lugar reservado al más grato de los huéspedes, cerca del fuego. Empezó a templar su instrumento, acercando la oreja a las clavijas de concha y probando el sonido con un dedo. Luego, sin pedir permiso —también en aquellos días un vate podía hacer cuanto quisiera— tocó un solo y sonoro acorde y declamó:


Cantaré las batallas y a los grandes hombres que las libraron.
A los hombres que aguardaron diez años ante las murallas de Troya, alzadas por gigantes.


Y a los dioses que al fin derribaron aquellas murallas: a Apolo, Señor del Sol, y a Poseidón, el que agita con fuerza la Tierra.
Cantaré la historia de la cólera del poderoso Aquiles, nacido de una diosa y tan fuerte que ningún arma podía abatirle.
Y también la historia de su arrogante orgullo y de aquel combate, en que por tres días pelearon él y el gran Héctor en la planicie, ante las altas murallas de Troya.
Al altivo Héctor y al valiente Aquiles, a los centauros y a las amazonas, a los dioses y a los héroes.


A Odisea y a Eneas, a todos los que lucharon y muñeron en la planicie ante Troya…
—¡No! —exclamó ásperamente la anciana, dejando caer la rueca al tiempo que se ponía en pie—. ¡No lo permitiré! ¡No dejaré que se cante en mi casa tal dislate!
El vate abandonó su mano sobre las cuerdas entre sonidos disonantes; su mirada estaba llena de consternación y de sorpresa pero su tono fue cortés.


—Señora…
—¡Te digo que no consentiré que se canten junto a millar esas estúpidas mentiras! —exclamó con vehemencia.
Los niños mostraron ruidosamente su decepción. Con un gesto imperioso les impuso silencio.


—Vate, aquí comerás y disfrutarás del fuego pero no consentiré que llenes los oídos de los niños con esos mentirosos relatos. No sucedió en modo alguno como dices.
—¿Sí? —inquirió el tañedor, aún cortésmente—. ¿Cómo sabéis eso, señora? Canto la historia tal como la aprendí de mi maestro, tal como se canta en todas partes, desde Creta a la Cólquida…


—Puede que se cante de esa manera desde aquí hasta el mismo fin del mundo —dijo la anciana—, pero no sucedió así en modo alguno.
—¿Cómo sabéis eso? —preguntó el vate.
—Porque yo estaba allí y lo vi todo.
Los niños murmuraron y gritaron.


—Nunca nos dijiste eso, abuela ¿Conociste a Aquiles, a Héctor, a Príamo y a todos aquellos héroes?
—¡Héroes! —exclamó con desdén—. Sí, los conocí. Héctor era hermano mío.
El vate se inclinó hacía adelante y la miró fijamente.
—Ahora sé quien sois —dijo al fin.
Asintió ella, inclinando su cabeza blanca.


—Entonces señora, quizá debáis contar vos misma la historia; y así yo, que sirvo al dios de la verdad, no cantaría mentiras para que todos los hombres las escuchasen.
La anciana calló durante largo tiempo. Al fin contestó:
—No, no puedo revivirlo. —Los niños protestaron, desilusionados—. ¿No tienes otro tema que cantar?


—Tengo muchos —repuso el tañedor—, pero no quiero narrar una historia de la que os burléis, diciendo que es falsa. ¿Por qué no me relatáis la verdad para que pueda cantarla en todas partes?
Ella negó con la cabeza.
—La verdad no es tan maravillosa.


—¿Podéis al menos decirme en dónde se desvía mi relato, para que pueda enmendarlo?
—Hubo un tiempo en que lo hubiera intentado, pero ningún hombre desea saber la verdad. Porque tu relato habla de héroes y de reyes, no de reinas; y de dioses, no de diosas.


—No es cierto —contestó el vate—, pues gran parte de la historia se refiere a la bella Helena, secuestrada por Paris; y a Leda, la madre de Helena, y Clitemnestra, que fue seducida por el gran Zeus, bajo la forma de su esposo el rey…
—Ya sabía yo que no entenderías —lo interrumpió la anciana—. Porque, para empezar, en esta tierra no había reyes sino sólo reinas, las hijas de las diosas, y tomaban consortes donde les placía. Y luego llegaron hasta nuestro país los adoradores de los dioses del cielo, los jinetes, los que empleaban hierro; y cuando las reinas los tomaron como esposos se llamaron reyes a sí mismos y exigieron el derecho de reinar. Y así los dioses y las diosas contendieron y llegó un momento en que llevaron a Troya sus rencillas…


Calló abruptamente.
—Ya es bastante —declaró después—. El mundo ha cambiado. Lo que ahora puedo decirte serviría para que me creyeses una anciana cuya mente desvaría. Ése ha sido siempre mi destino: decir la verdad y nunca ser creída. Así ha sido y así será. Canta lo que te plazca; pero no te burles de mi propia verdad en mi propio hogar. No faltan relatos. Háblanos de Medea, señora de la Cólquida, y del vellocino de oro que Jasón robó de su templo; si es que lo hizo. Yo podría afirmar que la verdad de esa historia es otra, pero no sé cual ni me importa. Hace muchísimos años que no he pisado la Cólquida.
Cogió su rueca y comenzó a hilar.


El vate inclinó la cabeza.
—Sea como decís, Casandra —afirmó—. Todos creíamos que habíais muerto en Troya o en Micenas, poco después.
—Eso te demuestra que, al menos en algunos pasajes, ese relato no dice la verdad —contestó ella en voz baja.

Sigue siendo mi destino: decir siempre la verdad, para que me consideren loca. Aún no me ha perdonado el Señor del Sol…

LIBRO PRIMERO

La llamada de Apolo
1
En aquella época del año, la luz retrasaba su marcha hasta muy tarde; pero el último resplandor del ocaso había desaparecido ya por el oeste y las brumas comenzaban a alzarse del mar.


Leda, Señora de Esparta, se levantó del lecho en donde aun estaba su cónyuge, Tíndaro. Como de costumbre, tras yacer con ella, se había sumido en un pesado sueño y no advirtió que abandonaba el lecho ni que, echándose sobre los hombros un ligero chal, salía al patio cercano al recinto de las mujeres. El recinto de las mujeres, pensó con rabia la reina, cuando es mi propio palacio; podría pensarse que soy yo, y no él, la intrusa; que él, y no yo, es quien rige legítimamente Esparta. La Madre Tierra ni siquiera conoce su nombre.


Se mostró bien dispuesta cuando él llegó a solicitar su mano, aunque era un invasor del norte, un adorador del trueno, del roble y de los dioses del cielo, un hombre rudo y cubierto de vello que lucía el odioso y negro hierro en su lanza y su coraza. Y ahora los de su clase estaban por doquier y solicitaban esposas conforme a sus nuevas leyes, como si sus dioses hubiesen arrojado de su trono a la diosa que era dueña de la tierra, de las cosechas y de las gentes. De la mujer que se casaba con uno de estos portadores de hierro esperaban que se le uniera en la adoración a sus dioses y que sólo a ese hombre entregase su cuerpo.


Leda pensó que la diosa castigaría a aquellos hombres por impedir que las mujeres rindieran el debido homenaje a las fuerzas de la vida. Aquellos hombres afirmaban que las diosas estaban sometidas a los dioses, lo que a Leda le parecía una horrible blasfemia y una inversión demencial del orden natural de las cosas. Los hombres carecían de fuerza divina; no concebían ni parían y, sin embargo, de alguna manera, creían poseer un derecho natural al fruto de los cuerpos de sus mujeres, como si yacer con una mujer les diese alguna clase de propiedad, como si los hijos no pertenecieran de modo natural a la mujer cuyo cuerpo los había albergado y nutrido.


Mas Tíndaro era su esposo y ella lo quería; y, como lo amaba, se hallaba incluso dispuesta a tolerar su locura y sus celos y a arriesgarse a la cólera de la Madre Tierra por yacer sólo con él.


Sin embargo deseaba lograr que comprendiera que no debía estar encerrada en el recinto de las mujeres; que, siendo sacerdotisa, tenía que salir y recorrer los campos para asegurarse de que la diosa recibiera los servicios que se le debían; hacerle entender que tenía que ofrecer el don de su fertilidad a todos los hombres, y no sólo a su cónyuge, porque la diosa no podía acceder a que ella limitara sus dones a uno solo aunque se llamara rey a sí mismo.


El gruñido del trueno resonó lejano, como si hubiera salido del mar o como si la Gran Serpiente que causaba los temblores de la tierra estuviera removiéndose en sus profundidades.


Un soplo de viento batió el ligero chal en torno de los hombros de Leda y sus cabellos se agitaron como un pájaro solitario en pleno vuelo. Un tenue relámpago iluminó de repente todo el patio. En el umbral de la puerta distinguió la silueta de su esposo que iba en su busca. Leda sintió miedo. ¿La reprendería por haber abandonado el recinto de las mujeres, incluso a esta hora de la noche?


Pero no habló; se limitó a avanzar hacia ella, y algo en sus pasos y en su forma de andar, le dijo que, a pesar de su figura y sus rasgos familiares, ahora claramente visibles a la luz de la luna, aquél no era su esposo. Ignoraba cómo resultaba posible tal cosa, pero en torno a sus hombros parecían juguetear rayos fugaces y, al caminar, sus pies golpeaban las losas con el leve sonido de un trueno lejano. Parecía más alto, con la cabeza echada hacia atrás contra la luz que crepitaba en su pelo. Con un estremecimiento que erizó el vello de su cuerpo, Leda supo que uno de los dioses extranjeros se había introducido en su esposo, dirigiéndolo como dirigiría a uno de sus caballos. Y el resplandor de las chispas le dijo que era Zeus del Olimpo, Amo del Trueno, señor del Rayo.


Esto no era nuevo para ella que conocía la sensación del momento en que la diosa llenaba y rebosaba su cuerpo cuando bendecía las cosechas o cuando yacía en el campo invocando el poder divino que hacía crecer el grano. Recordó cómo le parecía hallarse fuera de su propia naturaleza, siendo la diosa quien en realidad oficiaba los ritos, dominando a todos los demás con el poder que emanaba de ella.


Supo que Tíndaro estaba ahora observando desde dentro cómo Zeus, el dueño de su cuerpo, se acercaba a su esposa. Lo supo porque Tíndaro le dijo una vez que, de todos sus dioses, el Señor del Trueno era el de su mayor devoción.


Se apartó. Quizá no captara su presencia y lograra mantenerse oculta hasta que el dios abandonara a su marido. La cabeza que ahora era del dios se movió, y el aleteo luminoso siguió el movimiento de su cabello. Se dio cuenta de que la había visto. Pero no fue la voz de Tíndaro la que habló sino una voz más cálida y profunda, una voz grave que se impuso a los ecos del distante tronar.
—Leda —dijo Zeus Tenante—, ven a mí.


Tendió su mano para tomar la de ella, y obedientemente, dominando su súbito temor interior —¿sería abatida por una centella al contacto de este dios portador del rayo?—, se la entregó. Su carne estaba fría y la mano de Leda se estremeció al tocarla. Cuando le miró, percibió en su rostro la sombra de una sonrisa, por completo diferente del semblante adusto e inflexible de Tíndaro, como si el dios se riese… no, no de ella, sino con ella. La rodeó con el brazo, cubriéndola con el borde de su manto, de modo que pudo percibir su calor. No volvió a hablar mientras la conducía a la estancia que ella había abandonado hacía sólo unos momentos.


Entonces la abrazó con más fuerza, bajó el manto, y pudo sentir el deseo que albergaba.


¿Acaso las leyes que prohíben yacer con cualquier otro hombre incluyen a un dios que ha adoptado la apariencia de mi esposo?, se preguntó desatinadamente. Desde algún lugar, el auténtico Tíndaro debía de estar mirándola, ¿celoso o complacido, de que su esposa fuera objeto de la elección de su dios? No podía saberlo; y por la fuerza con que la estrechaba supo que era inútil resistirse.


Al principio, le había parecido helada su piel desconocida, ahora la sentía cálida, casi febril.


Lo sintió sobre sí. Los relámpagos destellaban alrededor de su rostro y de su cuerpo. Los truenos eran como un eco de los latidos de su corazón. Por un momento le pareció que no era un hombre, que no era humano en absoluto; que se hallaba sola en una alta cima barrida por el viento, rodeada de batientes, alas o de un gran anillo de lenguas de fuego, o como si alguna bestia estuviese dando vueltas en torno a ella hasta atraparla al fin, llenándola de confusión. Batir de alas, truenos…


De repente, todo terminó y fue como si hubiera sucedido hacía mucho tiempo, como un recuerdo borroso o un sueño. Se encontró sola en el lecho, sintiéndose muy pequeña, aterida y abandonada, mientras el dios se erguía ante ella. Se inclinó y la besó con gran ternura. Leda cerró los ojos y, cuando despertó, Tíndaro se hallaba profundamente dormido a su lado. Ni siquiera estaba segura de haber abandonado la cama. Era Tíndaro. Cuando extendió la mano para cerciorarse, advirtió que su carne estaba caliente y que no existía el más ligero rastro de luminosidad en los cabellos que yacían en la almohada junto a ella.


¿Habría sido sólo un sueño? Cuando aquel pensamiento cruzó por su mente, oyó lejano el retumbar del trueno. Allá donde había ido, el dios no la había abandonado por completo. Y ahora sabía que, por largo que fuese el tiempo en que viviera como esposa de Tíndaro, jamás miraría a su marido a la cara sin buscar allí algún signo del dios que la había visitado bajo tal forma.


La reina Hécuba jamás traspasaba las murallas de Troya sin volver la cabeza para contemplar con orgullo esta ciudadela que se alzaba, terraza tras terraza, sobre la planicie fértil del verde Escamandro, tras el cual se extendía el mar. Siempre se maravillaba de la obra de los dioses que le habían confiado la soberanía de Troya. A ella, la reina, y a Príamo, como su esposo, guerrero y consorte.


Era la madre del príncipe Héctor, su sucesor. Un día sus hijos y sus hijas heredarían la ciudad y las tierras que se desplegaban hasta donde alcanzaban sus ojos.
Incluso si el niño que esperaba fuera una hija, Príamo no tendría motivos de queja. Héctor contaba siete años, edad suficiente para aprender el manejo de las armas. Ya habían encargado al herrero que servía a la casa real su primera armadura. Su hija Polixena había cumplido cuatro años y sería una mujer hermosa, con largos cabellos rojizos como la propia Hécuba; un día sería tan valiosa como cualquier hijo, porque a una hija podían casarla con alguno de los reyes rivales de Príamo y consolidar una firme alianza.


La casa de un rey debe abundar en hijos y en hijas. Las mujeres del palacio le habían dado muchos hijos y pocas hijas. Pero Hécuba, como reina, se hallaba al frente del recinto infantil y era su deber, o mejor su privilegio, indicar la forma en que debía ser educado cada uno de los hijos del rey, nacido de ella o de cualquier otra mujer.
La reina Hécuba era hermosa, alta y de anchos hombros. Llevaba su cabello castaño con reflejos rojos suavemente peinado hacia atrás desde la frente y caía en largos bucles siguiendo la línea de su cuello. Caminaba como la diosa Hera, portando con orgullo el embarazo, ya próximo a su fin. Vestía el corpiño corto y las faldas superpuestas de brillantes rayas que constituían la indumentaria habitual de las mujeres nobles de Troya. En su cuello relucía un collar de oro tan ancho como la palma de la mano.


Mientras avanzaba por una tranquila calle próxima a la plaza del mercado, una mujer de la plebe, morena, baja y pobremente vestida de lino color de tierra, se adelantó a tocar su vientre, murmurando como sorprendida de su propia temeridad:
—¡Una bendición, oh reina!


—No soy yo —replicó Hécuba—, sino la diosa quien te bendice.
Cuando tendió sus manos, sintió sobre ella la sombra de la diosa como una tensión sobre su cabeza, y pudo ver en el rostro de la mujer el reflejo del espanto y el asombro que le produjo tan súbito cambio.


—Que concibas muchos hijos e hijas, para nuestra ciudad. Te ruego que tú también me bendigas —dijo Hécuba, con voz grave.
La mujer alzó los ojos hacia la reina, aunque quizá sólo vio a la diosa y, murmuró:
—Señora, que la fama del príncipe que lleváis en vuestro seno supere incluso a la fama del príncipe Héctor.


—Así sea —murmuró la reina y se preguntó por qué sentía un estremecimiento premonitorio, como si de algún modo, entre los labios de la mujer y sus propios oídos, la bendición se hubiese transmutado en maldición.


Esa sensación debió evidenciarse en su cara porque la doncella que la acompañaba se acercó y le dijo al oído:
—Señora, estáis pálida. ¿Es que el parto ha comenzado?
Tal era la confusión de la reina que por un momento creyó que el extraño sudor helado que le cubría indicaba el inicio del nacimiento. ¿O se trataba sólo del resultado de la breve presencia de la sombra de la diosa? No recordaba que le ocurriera nada semejante durante el embarazo de Héctor, pero entonces era muy joven y apenas consciente del proceso que tenía lugar en su interior.


—No lo sé —contestó—. Es posible.
—Entonces debéis volver al palacio y habrá que informar al rey —dijo la mujer.
Hécuba dudó. No tenía deseos de regresar al interior de las murallas pero, si verdaderamente estaba de parto, era su deber; no sólo respecto al niño y a su esposo, sino también respecto al rey y a todo el pueblo de Troya. Tenía que salvaguardar al príncipe o a la princesa que llevaba en su seno.


—Muy bien, regresaremos a palacio —dijo y se volvió.
Una de las cosas que le molestaban cuando caminaba por la ciudad era la multitud de mujeres y de niños que la seguían siempre, pidiéndole que los bendijera. Desde que su embarazo se hizo visible, le suplicaban la bendición de la fertilidad como si ella pudiera, al igual que la diosa, otorgar el don de tener hijos.


Acompañada de la doncella, pasó bajo las leonas gemelas que guardaban las puertas del palacio de Príamo y cruzó el gran patio que había tras ellas, donde los soldados se adiestraban en el manejo de las armas. Ante la entrada, un centinela alzó su lanza en señal de saludo.


Hécuba observó a los soldados, que luchaban por parejas con armas de punta roma. Sabía de armas tanto como cualquiera de ellos porque había nacido y se había criado en la planicie, hija de una tribu nómada cuyas mujeres cabalgaban y se adiestraban como los hombres de las ciudades en el empleo de la espada y de la lanza. Su mano anhelaba una espada, pero no era costumbre en Troya y, aunque al principio Príamo le permitió manejar armas y ejercitarse con sus soldados, cuando quedó embarazada de Héctor se lo prohibió. En vano le explicó ella que las mujeres de su tribu montaban a caballo y empuñaban las armas hasta pocos días antes de tener a sus hijos; no quiso escucharla.
Las parteras reales le dijeron que con sólo tocar armas afiladas, podría herir a su hijo y quizás a los propietarios de las mismas. El contacto de una mujer, afirmaban, en especial el de una en su situación, inutilizaría el arma para la batalla. Aquello le pareció a Hécuba una solemne necedad, como si a los hombres les asustara la idea de que una mujer pudiera ser lo bastante fuerte para protegerse a sí misma.


—Pero no necesitas protegerte, amor mío —le dijo Príamo—. ¿Qué clase de hombre sería yo si no pudiese tener en seguridad a mi esposa y a mi hijo?
Eso zanjó la cuestión y desde aquel día, Hécuba ni siquiera tocó la empuñadura de un arma. Ahora, al pensar en el peso de una espada en su mano, hizo una mueca, sabiendo que se había debilitado a causa del trabajo doméstico femenino y reblandecido por falta de adiestramiento. Príamo no era tan duro como los reyes argivos que mantenían confinadas a sus mujeres en el interior de sus casas, pero no le complacía que se alejase mucho del palacio. Había crecido con mujeres que siempre estaban bajo techo, y sentía cierto desprecio por las que perdían la blancura de su piel por su afición a permanecer al aire libre.


La reina franqueó una puertecita que la condujo a la fresca penumbra del palacio. Cruzó salas pavimentadas con mármol, percibiendo en el silencio el susurro de sus faldas al rozar con el suelo y el leve sonido de las pisadas de su doméstica tras ella.
En sus soleadas habitaciones, con todas las cortinas descorridas, como ella prefería que estuvieran, sus mujeres se hallaban soleando y aireando la ropa de cama y, cuando cruzaba las puertas, se detenían a saludar.


—La reina está de parto —anunció la doncella—. Llamad a la partera real.
—No, espera. —La voz suave pero enérgica de Hécuba cortó los gritos de excitación—. No hay prisa. Aún no estoy segura. Me siento extraña y no sé a qué atribuir mi malestar, pero eso no significa nada.


—Entonces, señora, si no estáis segura, deberíais permitir que venga —dijo la doméstica para convencerla, y la reina accedió al fin.
Era evidente que no había necesidad de apresurarse. Si estaba de parto, no tardaría en saberse; si no lo estaba, no le perjudicaría hablar con esa mujer. La extraña sensación había pasado como si nunca hubiese existido, y no volvió.
 

2 comentarios en “La Antorcha”

  1. hola
    yo la verdad quise bajar varios y no me lo permitio, dice que no se encontro, si alguien me puede ayudar porfis 🙁

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