Las montañas del Perú, que tras de los Andes se dilatan en extensión
inmensa, son, por su abundante y variada riqueza, objeto de importantísimo
estudio, y a las que ha debido consagrarse una constante y particular
atención.
Las pampas de Tarapacá, emporios de cuantiosa riqueza, han debido,
también, atraer las miradas y el interés de nuestros compatriotas y de los
hombres de empresa.
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Aquellas montañas y esas pampas serán, un día, fuentes copiosas en
donde irán a formarse ingentes fortunas: sólo se necesita, para que de una
vez comiencen a serlo, que el trabajo inteligente y perseverante se
acerque a ellas; sólo es preciso dar los primeros pasos, hacer los
primeros esfuerzos, para que los resultados sean tales que sucesivamente
vayan disminuyendo la fatiga, y haciendo más poderosa y fecunda la acción.
Dominados por estas ideas, y sabedores de que el señor don Modesto
Basadre había hecho estudios especiales en esas regiones, le pedimos su
importante cooperación, suministrándonos los datos que hubiese podido
reunir en sus penosas exploraciones por aquellas comarcas. Este caballero,
lejos de excusarse, ha correspondido espléndidamente a nuestro pedido,
redactando para La Tribuna los artículos que, después de publicados los
días sábados, reunimos hoy en un volumen, que damos en obsequio a aquellos
de los suscritores que la han favorecido desde que volvió a ver la luz
pública hasta el mes de octubre último.
En esos artículos traza el señor Basadre el camino que han de seguir
los que, con buena voluntad y constancia, se propongan [IV] explotar esos
grandes veneros de riqueza, los mismos que pueden aprovechar de la lección
que, adquirida por el autor de sus viajes, la ofrece en sus artículos, y
sacar la inmensa utilidad que de ella puede reportarse.
Desgraciados acontecimientos han cegado el manantial donde tomaban
entre nosotros origen la fortuna pública y la privada; pero publicaciones
como la que hemos coleccionado, demuestran que mucho tenemos en qué apoyar
gratas esperanzas; y, porque encontramos en esos datos los elementos del
porvenir del Perú, de un porvenir próximo y brillante, nos apresuramos a
presentarlos reunidos en un volumen, a nuestros compatriotas, y como
estímulo, también, al capital extranjero, para el que tiene el Perú, en
ese espléndido banquete de las grandes fortunas, un lugar de preferencia.
La colección que presentamos, no es un libro de aventuras, ni un
romance que halague la imaginación de un lector que busca sólo distraerse;
son relaciones de lugares en que la Naturaleza ostenta toda su belleza y
sus hermosas joyas, y que redactadas con una mira práctica, tienden a lo
real y positivo, a la adquisición de lo útil para todos. El autor no ha
tenido más propósito que narrar con exactitud y verdad, todo lo que ha
visto, tocado, examinado y estudiado; y al dar cuenta de sus
observaciones, las relata en el mismo orden y con la misma naturalidad con
que fueron hechas. No se ha cuidado de figuras retóricas, sino sólo de
exponer con claridad y sencillez los hechos y las cosas; circunstancias
que dan a su narración el mérito peculiar de esa clase de trabajos, a
saber: una expresión al alcance de todas las inteligencias, y un sello de
verdad, buena fe y patriotismo, que no puedo menos que producir en el
ánimo del lector, un profundo convencimiento de que lo que se relata es lo
que en efecto existe.
Si como es de esperar de la benevolencia y de la laboriosidad del
señor Basadre, La Tribuna sigue siendo favorecida por sus estudios, ella,
a su vez, hará, como ahora, cuanto esté a su alcance, para que duren más
que las pasajeras hojas de un diario. [1]
El hombre primitivo
El puerto de Ilo se hallaba situado en la embocadura del río, que
riega el fértil valle de Moquegua, con sus renombrados viñedos. La
hacienda de los Cornejos de Ite, se hallaba situada en la embocadura, al
lado Sur del río, que riega el valle de Locumba. Tanto el pueblo de Ilo,
cuanto la hacienda de Ite, fueron inundados por las impetuosas olas del
mar, el día 13 de Agosto de 1868, día memorable por el gran terremoto, que
arruinó todas las poblaciones del Sur de la República. Ambos territorios
no son hoy día, sino vastos y desolados campos cubiertos de arena y
cascajo. De Ilo a Ite, es decir, entre las embocaduras de ambos ríos,
habrá una distancia de catorce a quince leguas; camino carretero y llano,
antes frecuentado por millares de burros, que conducían los productos de
Arequipa y valle de Tambo a los convenientes mercados de Tacna y Arica.
Hoy ese camino se halla desierto y completamente abandonado. Los
comerciantes de Arequipa, los hacendados de Tambo, ya no llevan por esa
ruta sus harinas, alfeñiques, mieles, etc. Las harinas de Chile, los
azúcares del [2] norte del Perú, han destruido ese tráfico: los vapores
han reemplazado a los burros en el carguío de esas mercancías.
El camino del valle de Tambo desemboca a la costa sobre la Caleta de
Cocotea; y, desde esa caleta se extiende la vasta pampa que conduce a la
pampa de Silicate, lindante con el río de Locumba, llamado Ite en ese
punto. Esas pampas, viniendo del Norte al Sur, se hallan limitadas a la
derecha por las orillas del mar, a la izquierda por lomas, más o menos
elevadas. En un punto llamado Icuy, se eleva el majestuoso cerro conocido
en el país con el nombre de Puyte; desde el mar y a gran distancia se
puede distinguir ese cerro, tiene de alto más de tres mil pies. En su
mole, hacia la cumbre, se hallan gran número de vetas de cobre, antes
elaboradas, hoy abandonadas y casi desconocidas. La cumbre del cerro se
halla cubierta de escaso pasto, pero sí de muchísimas plantas del cactus
giganteus, algunos de la altura de diez y doce varas. Sobre sus abundantes
ramales, por siglos han anidado las águilas y halcones, muy abundantes en
ese punto. El arisco y veloz huanaco también abunda en esas alturas, y
muchas veces es perseguido por galgos, cuya velocidad de carrera es
conocida. En días más felices, cuando el valle de Locumba era habitado por
muchas familias de fortuna; cuando los Cornejos, Chocanos, Yañez, Vargas,
Zeballos, etc. eran propietarios pudientes y acomodados, salían de las
haciendas de Sitana, Locumba, Camiara, etc. partidas alegres y con
numeroso séquito, a la caza del huanaco o del venado: esos campos, esas
haciendas son hoy un desierto, una desolación. La guerra ha llevado allí
el incendio, la degollación de sus pacíficos moradores, su ruina, su
exterminio. Donde antes reinaba la alegría, donde se oía el canto y el
sonido de la guitarra y flauta, hoy no se oye sino el graznido del cuervo,
el lamento de la lechuza: [3] apartemos la vista de tan tristes cuadros.
Marchando de Ilo hacia el Sur, he dicho que a la izquierda se hallan las
pampas limitadas por las Lomas. Estas alturas, en los meses de Junio a
Diciembre, se hallan cubiertas de verde y abundante pasto, regadas por las
leves lluvias, llamadas garúas. Como en los campos de Piura, dos o tres
aguaceros abundantes, hacen brotar allí excelentes pastos e innumerables
flores de colores vivísimos, de especial fragancia. El año 1824 los pastos
eran más altos que un hombre a caballo: lo mismo sucedió en 1831; y el año
1846 sucedió lo mismo en los cerros de Talamolle. Los cerros de esas lomas
en varios puntos, se hallan cubiertos de plantas, allí casi de árboles, de
hielotropo, cuyas fragantes flores embalsaman gratamente la atmósfera. En
muchas de esas quebraditas corren límpidos arroyuelos, que más abajo
riegan los olivares, de que haré mención después. El temperamento, en esas
comarcas es de lo más delicioso y templado: allí no se conocen ni los
extremos del calor, ni los del frío. En las lomas nadie se enferma: todo
es vida y placer.
Siendo joven conocí en Tacna a don Mariano Dávila: este anciano
entonces me aseguró varias veces que mi tío abuelo don José Manuel
Cornejo, cuando Dávila era joven, es decir por el año de 1780, tenía la
costumbre de introducir sus ganados a las lomas de Talamolle, en el mes de
Mayo; hoy las circunstancias climatéricas, de las costas del Perú, han
cambiado muchísimo, y en varios años no se hallan pastos en las lomas,
sino a fines de Agosto; la consecuencia ha sido la casi completa
destrucción de la cría de ganado en nuestras costas. Cualquiera que haya
viajado por las costas del Perú, habrá podido notar el gran número de
quebradas, que patentizan haber tenido, en épocas mas o menos remotas,
corrientes de agua en sus hoy secos cauces: unos cortos aguaceros [4] son
pues bastantes para hacer fructíferos esos al parecer áridos desiertos.
Esos campos, esas lomas, se hallaban cubiertas en los meses indicados
de innumerables tropas de ganada vacuno, lanar y cabrío; todos los
hacendados de los valles inmediatos mandaban a esos campos sus animales,
pagando dos reales por cada cabeza de ganado vacuno. El señor don Bruno
Vargas, propietario de las lomas de Talamolle, y vecino pudiente de
Locumba, tenía una gran cría de ganado vacuno. En los meses de pastos, los
campos de Alfarillo y Talamolle se veían cubiertos con sus ganados; en los
meses de escasez los abundantes alfalfares de Camiarita y Locuraba
sustentaban parte de sus tropas; otras eran enviadas a los pastales de
Aigache, inmediatos al pueblo de Candarave, en el corazón de la
cordillera. Ya que traigo a la memoria el nombre querido de esa familia de
Vargas, diré que el referido don Bruno tuvo dos hijos: uno llamado Rafael
y otra Susanna. Esta era una niña de lo más bello en su físico, de lo más
digno y amable en su carácter. Rafael, asaltada y quemada su finca, hace
pocos meses, en la hacienda de Camiarita, huyó al monte: los restos de su
cadáver, devorado por los animales silvestres, fueron encontrados días
después. ¡Todas sus propiedades fueron destruidas, sus peones degollados,
su heredad desolada!
Marchando de Ilo hacia el Sur, y a la distancia como de dos leguas,
se hallan, a la izquierda, situadas las lomas llamadas el Mostasal,
risueños y verdes campos, frecuentados antes por las familias pudientes de
Moquegua, en los meses de octubre, noviembre y diciembre, con el objeto de
veranear y tomar baños. En esos meses esos campos se hallaban cubiertos de
tropas de ganado vacuno y lanar, conducidas de todos los pueblos de la
Provincia de Moquegua para el engorde. En todo el año existen allí [5]
tropas de burros cimarrones, cuya propiedad reclaman los señores Arguedas
y Flor de Moquegua. Al lado Sur del cerro de Puyte, y al mismo pie de él,
se halla situado el olivar de Icuy, antes propiedad de la familia Tamayo,
hoy de don Lorenzo Cornejo. Este olivar se halla cerrado de paredes de
piedra bruta, tiene buena casa, convenientes oficinas y costoso estanque.
Media legua más al Sur se halla el olivar Tacabuey, propiedad de la
familia Vargas. A las dos leguas, más o menos al Sur se hallan unos pocos
olivos, restos del antiguo olivar del Totoral, propiedad de la familia
Vertiz de Mirave, valle de Locumba arriba.
A las dos leguas, poco más o menos, se halla situado, en honda
quebrada, el olivar de Alfarillo, antes posesión de la familia Campoblanco
de Lima, heredera de los condes de Velayos, hoy propiedad de la familia
del ya mencionado don Bruno Vargas: este olivar es regado por unas
vertientes, que salen de la cueva de Uchupuru; sitio lo más bello que
desear ver se puede. A las pocas cuadras, y situado sobre una loma grande,
se halla el olivar de Talamolle, propiedad de la familia de los Condorpusa
y Ciesas, nietos de un señor Noriega, comerciante antiguo de Lima, y a
quien las vicisitudes de la vida desterraron, hacen cien años, a esas
lejanas tierras. Como una milla al Sur se halla el gran corralón de la
Cueva, en el cual se hacen los rodeos de ganado y otros animales en los
meses de diciembre de cada año. Como dos leguas y media al Sur se hallan
unos pocos olivos, restos del olivar de Mollegallo de los Cornejos. Poco
más de dos leguas más al Sur, se hallan los cerros que forman el cauce,
digamos del valle de Locumba, en la parte llamada la Sopladera. En ese
punto, el río de Locumba, en miles de años ha abierto su ancho cauce,
destruyendo lentamente la roca de granito, que impedía su tránsito, por
una distancia de más de tres leguas. [6]
Desde el Mostasal a Mollegallo todos los corres se hallan cubiertos
de pasto abundante, en los meses ya indicados. El terreno y cerros desde
Mollegallo a la Sopladera, es decir la distancia como de dos leguas, se
hallan cubiertos de escasísima verdura, es un terreno muy quebrado. El
granito y gneis cubren su extensión, y raro es el hombre que ha penetrado
en sus áridas quebradas y cuestas.
En la parte de la costa esa se hallan situadas las pampas de Silicate
y de Ite. Hace como cincuenta años que un señor Montes, chileno, formó el
proyecto de regar esas Pampas, sacando una acequia regadora, arriba de la
Sopladera. Su no corta fortuna, y los dineros de varios amigos suyos, se
emplearon en esa tan importante obra: fue superior a sus fuerzas, y redujo
a él y a su bellísima esposa, la señorita Vascones de Tacna, a la mayor
indigencia. Montes tuvo que regresar a Chile, dejando los campos de Ite
cubiertos con los sepulcros de su numerosa peonada chilena. En esos
tiempos era yo ganadero; y muchas veces merecí la hospitalidad de esa
familia, en esos inhabitados campos. El señor don Rudecindo Barrionuevo,
esposo de la señora doña Martina Hurtado, que había franqueado muchos
fondos a Montes, se encargó después de la obra infructuosamente. Después
compraron esos derechos los señores Carlos Zapata y Andrés Novillo, y
lograron dar gran impulso a la obra, consiguiendo sacar las aguas a la
pampa de Silicate, que se halla a más altura que la de Ite; logrando
plantar grandes potreros de alfalfal, etc., etc. El día que una empresa,
con suficientes capitales, tome por su cuenta esta obra, se formará en
esos campos la primera y más grande hacienda de caña que posea el Perú,
teniendo además la inmensa ventaja de hallarse con una excelente caleta,
en la misma hacienda, para exportar sus grandes y ricos productos. No
conozco ningún terreno en el Perú, [7] que se preste tan ventajosamente
para una colosal empresa, por sus abundantes terrenos. Las pampas de
Silicate e Ite tienen tres leguas de extensión, y más de una de ancho, con
tan gran caudal de agua, pues hay todo cuanto se necesita para el cultivo
de tres tantos de terrenos, y con un Puerto en la misma, finca. Solamente
la falta de capitales, y nuestro estado de constante inquietud política,
pueden haber demorado la formación de una sociedad, que tantos beneficios
atraería para sí, y que tantos podría producir a los valles inmediatos,
consumiendo sus producciones agrícolas. Esperamos que días más felices
quizá nos aguardan.
Desde el mes de octubre, puede decirse que todas las poblaciones de
los valles de Locumba e Ilabaya se bajaban a veranear a las Lomas de
Talamolle, etc., donde igualmente acudían con igual objeto gran número de
familias de Moquegna y Tacna. Las familias acampaban en grandes carpas,
colocadas bajo las sombras de los abundantes y frondosos olivos de que he
hablado. La vida en esos días y en esos lugares, era una constante
diversión y entretenimiento. Por la mañana a caballo, a tomar baños a
orillas del mar, de vuelta el almuerzo; seguía el baile de los jóvenes, el
juego o siesta de los viejos y viejas; a la tarde el paseo a caballo a
Sombrerito, un punto bellísimo cubierto de flores, hacia arriba de
Talamolle, o a orillas del mar, para apostar carreras en su arenosa y
sólida playa. A las seis abundantísima comida, el baile hasta la media
noche o los juegos de prenda; en fin el descanso para seguir al día
siguiente la misma rutina. Los jóvenes muchas veces, después de recogidas
las familias, se juntaban en alegres comparsas, y acompañados de conocidos
cantores en esos valles, iban de campamento en campamento, entonando
yaravís nacionales. Era de rigurosa etiqueta obsequiar dulces, vinos y
licores a los cantantes [8] de los Gallos. En algunos campamentos se
improvisaban bailes, que duraban hasta el amanecer. Todas las familias
tenían a honor recibir y obsequiar huéspedes en sus mesas: y los
forasteros o poco conocidos, eran tratados y recibidos con sin igual
franqueza y cordialidad. La política era desterrada, todos eran amigos,
todos miembros al parecer de una sola familia afectuosa. Tiempos eran esos
de verdadera dicha y felicidad, tiempos de paz y abundancia, de amistad y
franqueza, tiempos siempre recordados con amor.
Entre el olivar Mollegallo, de que ya he hablado, y la quebrada de la
Sopladera, llamada así parte del valle de Locumba, como tres leguas más
arriba de la desembocadura del río, los cerros y terrenos son muy
quebrados y pedregosos; escaso pasto sale en esos puntos, aun en los años
abundantes de garúas, por ser casi desprovistos de tierra. Las aguas del
río de Locumba, en miles y miles de años, con su corriente, han labrado un
profundo cauce, rompiendo su camino por enmedio de las rocas primitivas
(granito y gneiss) que forman ese terreno. En esos cerros y quebradas no
se veían ganados ni seres vivientes, era y es una región desierta y sin
agua. Sólo en la inmediata quebrada de Mollegallo se hallaban escasos
manantiales; reducidos restos de aguas abundantes, que en el remoto tiempo
servían para irrigar ese olivar de Mollegallo, y sus terrenos inmediatos.
Las aguas de esos manantiales, como la de varios otros puntos, han
desaparecido a consecuencia de los grandes terremotos, que se han
experimentado y se experimentan en la costa, y también como consecuencia
de los cambios climatéricos de que he hablado.
Era el mes de Noviembre de 1831. En el olivar de Talamolle se
hallaban reunidas algunas familias de Moquegua y Tacna, y gran número de
familias de Locumba, Mirave e Ilabaya, Entre todas reinaba la [9] mayor
cordialidad, la más estrecha unión. Gran número de las personas que las
componían acababan de regresar a caballo del baño, a orillas del mar se
preparaban para disfrutar de los más opíparos almuerzos, cuando el zambo
Ventura, vaquero del señor don Bruno Vargas, se presentó en el campamento
de su patrón a comunicarle que habiendo tenido necesidad de buscar unos
animales, que se hallaban extraviados había penetrado en ese territorio,
llamada el Desierto, existente entre Mollegallo y la Sopladera, y que de
repente se había encontrado, cara a cara con ¡el Diablo! Los concurrentes,
al oír la relación de Ventura, y ver lo conmovido y asustado que se
hallaba, prorrumpieron en estrepitosas carcajadas.
Ventura sostenía su relación con mil juramentos, asegurando que el
Diablo, al momento que tropezó con él, se había subido a los cerros con
asombrosa velocidad, desapareciendo de su vista. El zambo Ventura era un
hombre como de 50 años de edad, muy honrado y verídico, y tanto insistió
sobre la verdad de su relación, que los oyentes al fin suspendieron su
mofa. Don Tomás Chocano Moreno, abuelo materno mío, y uno de los hombres
más chistosos que se han conocido era muy empeñoso en averiguar de Ventura
si el tal Diablo tenía los cuernos retorcidos, como algunos carneros
viejos, o los tenía puntiagudos, como los toros bravos, indagación que
Ventura no pudo resolver. Durante el almuerzo se discutió largamente sobre
la relación de Ventura; y al fin se resolvió a instancias de don Carlos
Maule Stevenson, mi tío, el mandar a los puntos designados por Ventura,
varios hombres bien montados a buscar a ese Ser, o a ese animal, a quien
Ventura juzgaba representar a su Majestad Infernal. Marcharon los ocho o
diez comisionados al Desierto, así llamado: al anochecer regresaron, no
habían visto al Diablo, ni habían hallado huellas o señales de él. Ventura
fue por muchos [10] días objeto de la burla de varios; y en especial de mi
abuelo, quien afirmaba que lo que Ventura había considerado como
representante de Satanás, no podía ser sino algún toro viejo, que se había
retirado a esas soledades, después de ser maltratado por competidores más
jóvenes de su raza. Ventura sin embargo sostenía la verdad de su relación,
¡flaqueando sí su testimonio respecto a los cuernos! No habían pasado
muchos días, cuando unos arrieros arequipeños que regresaban de Tacna
aseguraron, que al pasar el río, por el vado enfrente de la Pampa de
Silicate, habían visto un mono tan grande como un hombre, el que al
verlos, huyó rápidamente internándose al monte, a orilla del río. Ya la
relación de Ventura tenía un comprobante: entre el Diablo y un gran mono
podría existir alguna analogía. Se resolvió mandar algunos agentes, que
apostados en determinados puntos, y en especial en los manantiales de
Mollegallo, y vado del río de Ite, pudiesen espiar los movimientos de ese
ser, fuese Diablo o mono. Al día siguiente volvieron algunos espías;
habían en realidad visto un ser, al parecer, hombre que huyó despavorido
al verlos, con asombrosa rapidez hacia los corros del Desierto. Con estas
relaciones no cabía la duda, existía un ser extraordinario en esos lugares
y se resolvió indagar por él y descubrirlo, averiguando su modo de
existir. Se formó un verdadero plan de campaña. El señor don Bruno Vargas,
con dos hombres debía salir al alto del Airampal, y marchar por esas
alturas hacia la Sopladera. El señor don José Tamayo y señor Yañes debían
marchar por las quebradas de Mollegallo, y coronar las alturas del cerro
del Pajarito; don Carlos Maule Stevenson debía vigilar las Pampas de
Silicate; don Pedro Portocarrero debía recorrer las pampas de Ite y vado
del río; don Jacinto y don Celestino Vargas debían penetrar con don
Ignacio Cossio por las alturas, frente [11] a los puntos, donde hoy se
hallan las casas de don Carlos Zapata; don José María Malo, don Saturnino
Cañas, y otros debían pasar por detrás del Cerro Verde, rebuscar esas
hondanadas, en fin otras partidas debían cubrir y rebuscar otras salidas
de ese territorio. Todas las patrullas debían marchar hacia un centro,
hasta encontrarse, y poder comunicar el resultado de sus indagaciones,
combinándose señales etc. para el caso de hallar el objeto de sus
pesquisas. Serían las dos de la tarde, cuando el señor Tamayo, que había
entrado por el lado de Mollegallo, hizo señales de haber descubierto al
Diablo, y notició que se dirigía al Sur, es decir hacia los crestones de
roca, que forman el lado Norte de la quebrada de la Sopladera. Con las
noticias recibidas, todos los exploradores se dirigieron hacia el punto
indicado, reconcentrándose del mejor modo posible. Como a tres de la tarde
quedaba poco terreno que reconocer, se hallaba este casi cercado por las
patrullas; sin embargo el Diablo no aparecía. Se desmontaron algunos
mozos, y exploraron las rocas y cuevas que allí se encuentran. En una poco
profunda, jadeante pero tranquilo, y al parecer apacible, se halló el
objeto de sus indagaciones. No era el Diablo; no era un mono, era un
hombre joven, al parecer de veinte años, de estatura mediana, su cuerpo
cubierto de espeso bello, con abundante barba, y larga y enredada
cabellera.
A las voces de los descubridores, todos acudieron a la cueva, morada
de tan extraordinario ser. Sobre montón de pasto seco se hallaba el objeto
de tantas indagaciones, mirando a sus perseguidores con ojos vagos, y con
signos de muy limitada inteligencia. Dos mozos robustos se le acercaron,
lo tomaron por los brazos y condujeron afuera, era un objeto de ansiosa
curiosidad para todos. En la cueva no existían armas o instrumentos de
ninguna clase, a no ser que [12] se considerasen como tales, un trozo de
granito amarrado a otro trozo de palo con fibras de algún animal; dos
costillas de buey algo afiladas en la punta, y que sin duda servían al
joven para escarbar las papas silvestres, y raíces que eran su alimento.
La cincelada copa de ese monarca del desierto, era un gran cuerno de buey,
llena de agua, arrimado a un rincón. El joven no tenía vestido: el único
que lo abrigaba era el largo y espeso vello que cubría su cuerpo. Sin duda
era de raza blanca: lo demostraba su color, que aunque muy tostado por el
sol, era blanco; su barba y la configuración general de sus facciones. No
hizo la más pequeña resistencia cuando lo separaron de su cueva, no dio
voces: parecía un niño, o un completo imbécil. Su mirada era vaga. Era el
Hombre Primitivo sin ninguno de los adelantos de la civilización, y sin
inteligencia. Más que voces eran aullidos los que de su pecho exhalaba. Se
despachó un propio a Talamolle, a traer alguna ropa para cubrir la
desnudez del expósito, poniéndose en marcha al campamento toda la
comitiva. Como a las seis de la tarde, ya vestido el joven, llegaron a
Talamolle, y la curiosidad de las hijas de Eva, fue insuperable para
examinar y reconocer al Diablo. Este fue conducido al campamento de don
José Tamayo. Al ver la llamarada del fogón de la cocina corrió a agarrar
con sus manos la llama viva de la leña, y se quemó las manos: el infeliz
creía poder agarrar sin duda con las manos, un trozo de ese astro, que
había iluminado sus ojos, que había calentado sus miembros desnudos.
Rechazó los alimentos preparados, sólo apetecía la carne cruda, y de
preferencia los vegetales crudos, como las papas, etc. Fue imposible
calzarlo: sus pies eran largos y anchos, con los dedos muy largos y
apartados. Satisfecho su reducido apetito, su gusto era dormir: en todos
sus actos demostraba la sencillez de un infante, y la más [13] completa
inocencia e ignorancia de todo. Al día siguiente de ser hallado, se le dio
una cajita de música, ya con cuerda. Al momento dio varios gritos, se puso
la cajita al oído, la trató de morder, con sus largas uñas quiso rasgarla;
parecía que consideraba la caja de música como un pajarito, que había
venido a sus manos. Se le cortó la barba y su enmarañada cabellera, sin
hacer la más pequeña resistencia. Se trató, sin el más pequeño resultado
favorable, el enseñarle a hablar: con grande dificultad se pudo hacer
comprender el sentido de algunas pocas palabras, su inteligencia al
parecer era muy limitada.
¿Quién era este joven? ¿Cuál era su procedencia y origen? ¿Quiénes
eran sus padres? ¿Era este joven hijo de alguna moderna Magdalena, que
había venido a la Tebaida de la Sopladera, a ocultar su vergüenza, al
fruto de su fragilidad, a llorar su desventura y abandono?
Y esa madre si existía. ¿Dónde se hallaba?, ¿y el padre de ese niño
fue por ventura, quien lo condujo a esas soledades, huyendo quizás de
doméstico infortunio? ¿Cómo se había mantenido en esas desiertas soledades
ese desdichado joven, tan apacible, tan inofensivo, tan infantil en sus
actos, tan niño en sus deseos? ¿Algún padre celoso había arrojado de su
paternal morada, a quien consideraba como fruto de un crimen, como muestra
constante de la degradación de su casa y blasones? Preguntas son estas que
jamás se podrán resolver; se hallan los pormenores sepultados en el más
profundo abismo y jamás, jamás se podrán publicar.
Entre el cura de Locumba, y el Reverendo Segura, Fraile Dominicano de
Moquegua, se resolvió bautizar al joven, se le puso el nombre de Andrés,
día en que se le halló en el desierto de la Sopladera: su nombre fue pues
Andrés Desierto.
En diciembre las familias abandonaron Talamolle, el señor Tamayo se
hizo cargo de la mantención y [14] educación de Andrés. En abril fue
Andrés atacado en Locumba de muy fuertes tercianas; un día, en ese mes
desapareció de la casa para él paterna: jamás se supo su suerte o
paradero. Meses después, en los montes de Camiarita, se hallaron los
esparcidos huesos de un joven, por la dentadura algo gastada se creyó
fuesen los restos del tan desgraciado Andrés. Peruano Gaspar Hauser (1) su
origen fue un misterio: su muerte fue lamentada por aquellos a quienes
había interesado por la dulzura de su carácter, por sus actos infantiles e
inofensivos.
Lima, julio 14 de 1883. [15]
Indios calaguayas
Hacen días me preguntaban ustedes ¿quiénes eran esos indios de
vistoso vestido, que delante de nosotros cruzaban la Plaza de Lima? -Voy a
decirles.
Uno de los departamentos de la República de Bolivia se llama La Paz,
una de las provincias de ese departamento se llama Muñecas, en honor de un
clérigo argentino de ese nombre, cura de una de las parroquias de la
ciudad del Cuzco en 1814, y valiente guerrillero, sostenedor de la
revolución del Indio Brigadier Pumacagua en esa época. Este Muñecas murió
por un tiro casual, que estando prisionero, le dio un sargento español de
orden del general Ramírez. Pueblo importante de la provincia de Muñecas,
al este de la Gran Cadena de los Andes, es el llamado Charasani; y siete
leguas más abajo de Charasani, pero en la misma quebrada, se halla situado
el pueblo de Curva -todos los indios Calaguayas, médicos y boticarios
ambulantes de la América del Sur, son oriundos de Curba y de sus
contornos.
Para llegar a Charasani hay precisa necesidad de pasar por la
vastísima Pampa, conocida con el nombre [16] de Umabamba (Llano de agua),
la que, como su nombre demuestra, ha sido, en épocas muy remotas, parte
integrante de la laguna Titicaca. La pampa de Umabamba linda, por el
norte, con las elevadísimas montañas, siempre cubiertas de eternas nieves
y conocidas con el nombre de Coololo; esas montañas forman en Coololo, el
nudo llamado de Apolobamba, y son el origen de la Gran Cadena, que se
dirige al Sur, ostentando en su curso los elevadísimos cerros llamados
Illampu e Illimani, de más de veinticinco mil pies de elevación. La mole o
cuerpo del Illimani no es inferior a la de ningún cerro del orbe; y en
cuanto a su altura es sólo inferior a algunos picos de los Himalayas. Por
el Sur linda la pampa de Umabamba con los llanos de Escoma y Carabuco por
el este con la cadena de cerros de la cordillera, que se dirige hacia el
Sur, y por el oeste con las alturas de las provincias de Azángaro y
Huancané. La pampa de Umabamba tiene una altura de más de doce mil
quinientos pies, sobre el nivel del mar: en otros países, a esa altura no
pueden vivir ni hombres ni animales.
Por el medio, puede decirse de esa pampa, corre el río Suches, que
tiene su origen en los inmensos y riquísimos lavaderos de oro de Poto
(provincia de Saudia) y en las serranías de Coololo. Poto es propiedad del
señor don José María Peña, vecino de Arequipa; antes fue propiedad de la
señora Rivero de Velasco. En Poto el frío es intenso, y los peones sufren
muchísimo al trabajar en los lavaderos, causa de su escaso actual laboreo.
En las cabeceras del río Suches, también se halla el oro en sus
conglomerados o placeres, como los llaman en California.
El río Suches desde su origen hasta un punto, frente a la Hacienda de
Ninantaya (candela fría), forma la línea divisoria de los territorios del
Perú y Bolivia; de Ninantaya corre la línea recta hacia un [17] punto, a
orillas de la laguna Titicaca, al esté del pueblo peruano llamado Conima.
El frío es tan fuerte en Ninantaya, que ni el fuego caliente -de allí el
nombre del lugar.
La pampa de Umabamba se halla cubierta de tropas inmensas de alpacas,
y es muy poblado por indígenas peruanos y bolivianos, estos en muy mayor
número. En esos vastos campos, no existen ni árboles ni raquíticos (2)
arbustos; y por ese motivo los habitantes han construido sus casas del
modo siguiente: aplanado el terreno señalado para la habitación, se van
poniendo en figura circular, y con el diámetro de tres varas, adobes
cortados de la turba o champa, que cubre el terreno, y resecados al sol. A
proporción que se van poniendo las hileras de adobes, se va angostando el
ancho del círculo, hasta que a la altura de cuatro o cinco varas, sólo
queda en la punta una abertura, como de un pie de diámetro, que sirve para
que salga el humo del fogón, que se alumbra en el interior. Las casas
tienen la figura de los moldes, que se usan en las haciendas de caña para
labrar panes de azúcar. Como el frío en esos campos es tan fuerte, las
puertas son bajas y angostas, y para entrar en las casas es necesario,
casi el arrastrarse por el suelo. Los Ostiakes del Norte de la Siberia en
algunos puntos tienen casuchas de parecida semejanza.
El alpaca, una de las tres familias, en que se halla dividida la raza
del carnero o camello americanos, es un bellísimo animal; su altura de la
cabeza a los pies será como de seis pies, de los cuales cerca de la mitad
lo forma el largo pescuezo. El alpaca es de diversos colores, pero
predominan en mucho los colores negro y café oscuro; tiene ojos muy
grandes y negros, y es mansísimo. La lana o vellón de los recién nacidos
es tan suave y fina como la seda; y alguna tiene después de un año, de
crecida, el largo [18] aun de doce pulgadas. Esta lana era casi
desconocida en Europa antes de la Independencia, a pesar de su abundancia
y calidad. En el año de 1835 los señores Hegan y Ca., comerciantes
ingleses de Tacna, mandaron a Liverpool unos pocos fardos, por vía de
ensayo. En ese puerto examinó la lana Titus Salt, escocés, fabricante de
tejidos de lana; tomó muestras, y produjo en sus talleres las primeras y
bellísimas alpacas, que han servido y sirven para vestidos lujosos. Salt
hizo con su descubrimiento una enormísima fortuna; recibió de la reina
Victoria el título de Baronet, el quinto en la jerarquía de la nobleza
hereditaria de Inglaterra. Los indios de Umabamba jamás soñarían, al
trasquilar sus alpacas, que estaban trabajando para construir los
suntuosos palacios y parque de Soltaire, residencia hoy de tan opulenta
familia.
La llama y la vicuña también se hallan en esos campos: la primera en
notable número. La llama se halla repartida desde el Ecuador hasta las
Pampas argentinas -la vicuña sólo se halla, según informes recibidos, en
las Cordilleras del Perú, y más abundancia en las de Bolivia. Tropas
grandes de vicuñas existen desde las faldas del Tutupaca y Tacora hasta
Ysluga y Atacania -en esas soledades son compañeras de la Rhea o avestruz
americana.
Hacen pocos años que un clérigo Cabrera, cura de Macusani, provincia
de Carabaya, logró formar una tropa del entrocamiento de la alpaca con la
vicuña: el producto era un bellísimo animal de lana blanca muy fina. El
Congreso del Perú decretó señaladas recompensas a Cabrera, y su retrato
fue depositado en el Museo nacional de Lima.
Con la muerte del citado cura, y con la necesaria incuria de sus
herederos, se perdió la cría de tan útil animal. Guariso se llama la cría
de la llama y alpaca es tan alto como la llama, con mucha más lana, [19]
pero no tan fina, como la de la alpaca. A veces el huanaco, que no es más
que la llama en estado salvaje o natural, forma cría con la llama, pero
jamás con la alpaca: el producto también se llama guariso, y es muy
difícil amansarlo y utilizarlo para la carga. El huanaco es abundante
desde el Ecuador hasta el Estrecho de Magallanes, y se encuentra en todas
las lomas de las costas del Perú. He visto huanacos en los cerros
inmediatos a Iquique y Choquemata.
El alpaca es un animal especial de Bolivia y el Perú: en ningún otro
punto del orbe se encuentra; y las pocas tropas, que contra leyes
terminantes se han conducido de contrabando a otros países han
desaparecido en limitados años. Un señor Carlos Ledger inglés, comerciante
en Tacna, venciendo mil dificultades, y después de más de dos años de
constantes esfuerzos, logró sacar una tropa de alpacas de Bolivia, y
conducirlas a Copiapó. En el puerto de Caldera las embarcó para Australia,
cuyo Gobierno le adjudicó grandes y señaladas recompensas. En Australia
lentamente desapareció la tropa de alpacas, a pesar de ser cuidadas por
indios pastores bolivianos, llevados a esas distantes regiones con ese
especial objeto. Millones sobre millones de pesos fuertes ha importado el
comercio de la lana de alpaca; en las chozas de los indios del Umabamba
deben existir enterradas inmensas sumas de numerario, pues es imposible
que esos indios, a pesar de su derroche y gastos, en especial en
aguardiente, pueden gastar las inmensas sumas que anualmente se emplean en
compra de las lanas. El punto principal hoy de ese comercio es el pueblo
de Cojata, fundado por mí en 1853, y centro hoy de grandes negociaciones
de lanas y cascarillas, extraídas de Bolivia. En 1853 Cojata era una
pequeña capilla, sin casas y sin habitantes. Centro de la Pampa de
Umabamba, y fronterizo a los valles de Pelechucos y Charasani, productores
de la cascarilla [20] de Bolivia, reunía ventajas notables para el
desarrollo de un activo comercio. Repartí los terrenos para casas entre
los vecinos de Moho, Vilquechico y Huancané, pueblos de la provincia de
este último nombre; llamé con igual objeto a algunos comerciantes de Puno
y Putina; y de una aldea abandonada, se ha formado un opulento pueblo con
grandes bodegas, almacenes y tiendas. Un clérigo Montiel dueño de una
corta hacienda inmediata, me permitió conducir de ella a Cojata, el agua
tan necesaria para su creciente número de habitantes: sírvale este
recuerdo de mi expresión de gratitud.
rIQUEZAS PERUANAS
ESTE LIBRO ME GUSTA MUCHO GRACIAS POR SU ENVIO, ES MUY INTERESAQNTE
riquezas
Se agradece al autor del envio de este articulo.
Nuestras tierras son oro en bruto y nuestros gobernantes electos son solo capataces de los depredadores de pobreza mental de los pueblos.