Xenogénesis – Amanecer

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Octavia Butler

¡Viva!
Viva…, de nuevo.
El Despertar fue duro, como siempre. El más definitivo de los desencantos. Era toda una lucha sólo lograr inspirar el aire suficiente como para borrar la pesadilla de la sensación de asfixia. Lilith lyapo yació jadeante, estremecida por lo violento de su esfuerzo. Su corazón latía demasiado fuerte, demasiado aprisa. Se enroscó en torno a él, fetal, inerme. La circulación empezó a volver a sus brazos y piernas en oleadas de diminutos, exquisitos dolores.
 

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Cuando su cuerpo se calmó, y se fue reconciliando con la reanimación, miró en derredor. La habitación parecía estar iluminada de modo tenue, aunque nunca antes se había despertado bajo una iluminación tenue. Corrigió su pensamiento: la habitación no sólo parecía estar tenuemente iluminada, estaba tenuemente iluminada. En un anterior Despertar había decidido que la realidad sería lo que pasase, lo que ella percibiese. Naturalmente, se le había ocurrido —¿cuántas veces se le había ocurrido?— que podía estar loca o drogada, enferma o herida. Pero nada de aquello importaba. No podía importar mientras estuviera confinada de aquel modo, mientras la mantuvieran inerme, sola e ignorante.


Se sentó y se tambaleó, mareada, luego se volvió para mirar al resto de la habitación.
Las paredes eran de color claro…, quizá blancas o grises. La cama era lo que siempre había sido: una plataforma sólida, que cedía algo al tacto y que parecía brotar del suelo. Al otro lado de la habitación había una puerta que probablemente daba a un lavabo. Usualmente, la habitación tenía baño. En dos ocasiones no lo había habido y, metida en un cubículo sin ventanas ni puertas, se había visto forzada simplemente a elegir un rincón para hacer sus necesidades.


Fue hasta la puerta, atisbó a través de la uniforme penumbra y comprobó satisfecha que, desde luego, tenía un servicio. Y que éste no sólo contenía el retrete y el lavabo, sino además una ducha. ¡Puro lujo!
¿Qué más tenía?


Muy poco. Había otra plataforma, quizá un palmo más alta que la cama. Podía ser utilizada como mesa, aunque no había silla. Y había algunas cosas sobre ella. Lo primero que descubrió fue la comida. Era el habitual cereal o estofado grumoso, de irreconocible sabor, contenido en un bol comestible que se desintegraría si no se lo comía también.
Y había algo más junto al bol. No pudo verlo claramente, así que lo palpó.


¡Ropa! Un montón de ropa doblada. La alzó de un tirón, se le cayó en su ansiedad, la recogió de nuevo y empezó a ponérsela: una chaqueta de color claro que le llegaba hasta las caderas, y unos pantalones largos y sueltos. Ambas prendas estaban hechas con un material fresco y exquisitamente suave que le hizo pensar en la seda pero que, por algún motivo que no pudo racionalizar, no creyó que fuese seda. La chaqueta se adhería a sí misma y permanecía cerrada cuando la cerraba, pero se abría con suficiente facilidad cuando apartaba los dos lados frontales. La forma en que se separaban le hizo pensar en el velcro, aunque no veía nada de ese material adhesivo. Los pantalones se cerraban del mismo modo. Desde el primer Despertar hasta ahora no le había sido permitida ninguna ropa. Había suplicado que se la dieran, pero sus captores habían ignorado sus súplicas. Ahora, vestida, se sintió más segura que nunca antes durante su cautiverio. Sabía que era una falsa seguridad, pero había aprendido a saborear cualquier placer, cualquier suplemento a su autoestima que pudiera conseguir.


Mientras abría y cerraba su chaqueta, su mano tocó la larga cicatriz que atravesaba su abdomen. Había aparecido, de algún modo, entre su segundo y su tercer Despertar: la había examinado temerosa, preguntándose qué le habrían hecho. ¿Qué habría ganado o perdido, y por qué? ¿Y qué más le podrían hacer? Ya no se poseía a sí misma. Incluso su carne podía ser cortada y cosida sin su consentimiento ni conocimiento.


La irritaba el hecho de que, durante otros Despertares, hubiera habido momentos en los que, realmente, se había sentido agradecida hacia sus mutiladores por haberla dejado dormir durante lo que fuese que la hubieran hecho…, y por haberlo hecho lo suficientemente bien como para que luego no sintiese dolor ni hubiese quedado disminuida.


Se frotó la cicatriz, trazando su perfil. Finalmente, se sentó en la cama y comió su insípida comida, junto con el bol, más por disfrutar del cambio de textura que por satisfacer ningún hambre residual. Luego, inició la más antigua y fútil de sus actividades: la búsqueda de alguna grieta, algún sonido a hueco, alguna indicación de que hubiese un camino por el que salir de su prisión.


Había hecho aquello a cada Despertar. En su primer Despertar, había estado llamando durante toda su búsqueda. Al no recibir respuesta, había gritado, luego llorado, luego maldecido, hasta que le había fallado la voz. Y había golpeado las paredes hasta que sus manos habían sangrado y se le habían hinchado grotescamente.


No había habido ni un susurro de respuesta. Sus captores habían hablado cuando estuvieron dispuestos, y no antes. Desde luego, no se mostraron: ella siguió encerrada en su cubículo, y sus voces le llegaron desde arriba, como la luz. No se veía altavoz de ningún tipo, del mismo modo que no había ningún punto concreto donde se originase la luz. Todo el techo parecía ser un altavoz y una luz…, y quizá también un ventilador, pues el aire se mantenía ¡fresco. Se imaginó a sí misma en una gran caja, como un ratón de laboratorio en su jaula. Quizás había gente arriba, contemplándola allá abajo, a través de un cristal de un solo sentido o mediante algún vídeo de circuito cerrado.
¿Por qué?


No había respuesta. Se lo había preguntado a sus aprehensores cuando, finalmente, habían empezado a hablar con ella. Habían rehusado explicárselo y, en cambio, la habían hecho preguntas a ella. Al principio simples.
¿Qué edad tenía?


Ventiséis años, había pensado en silencio. ¿Tenía aún ventiséis años? ¿Cuánto tiempo hacía que la mantenían cautiva? No se lo dijeron.
¿Había estado casada?
Sí, pero él se había ido, hacía mucho, más allá de su alcance, más allá de su prisión.
¿Había tenido hijos?


¡Oh, Dios! Un hijo, ido también hacía mucho, con su padre. Un hijo. Ido. ¡Si hay otro mundo, qué lugar tan atestado debe de ser ahora!
¿Había tenido compañeros de camada? Ésa era la palabra que habían empleado, camada.


Dos hermanos y una hermana, probablemente muertos junto con el resto de su familia. Una madre, muerta hacía mucho; un padre, probablemente muerto también; diversos tíos y tías, primos y primas, sobrinos y sobrinas… todos probablemente muertos.
¿Qué trabajo había llevado a cabo?


Ninguno. Su hijo y su marido habían sido su trabajo durante unos breves años. Después de que el accidente de coche los hubiera matado, ella había regresado a la Universidad, para decidir allí qué hacer con su vida.
¿Recordaba la guerra?


Tonta pregunta… ¿Podía, alguien que hubiese vivido la guerra, llegar a olvidarla? Un puñado de gente había intentado cometer un humanicidio. Casi lo habían conseguido. Ella había logrado, por puro azar, sobrevivir…, sólo para ser capturada por Dios sabía quién y encarcelada. Se había ofrecido a contestar sus preguntas si la dejaban salir del cubículo. No lo habían aceptado.


Les había ofrecido intercambiar respuestas de ella por otras de ellos: ¿Quiénes eran? ¿Por qué la tenían prisionera? ¿Dónde estaba? Respuesta por respuesta. Se habían negado.


Así que, a su vez, ella se había negado también; no les había dado respuestas, había ignorado las pruebas, físicas y mentales, a las que habían intentado someterla. No sabía lo que le harían ahora. Le aterraba que fuesen a hacerle daño, a castigarla. Pero creía que tenía que arriesgarse a negociar, intentar ganar algo, y que su única moneda de cambio era la cooperación.


Ni la habían castigado ni habían negociado. Simplemente, habían dejado de hablarle.
La comida continuaba apareciendo, misteriosamente, cuando se adormilaba. El agua seguía fluyendo de los grifos del lavabo. La luz aún brillaba. Pero, fuera de eso, no había nada ni nadie, ningún sonido a menos que ella lo produjese, ningún objeto con el que divertirse. Sólo estaban las plataformas de la cama y la mesa. Y éstas no podían ser separadas del suelo, por mucho que lo intentase. Las manchas se desdibujaban enseguida y acababan por desaparecer de las superficies. Pasó horas tratando, vanamente, de resolver el problema de cómo intentar destruirlos. Ésta era una de las actividades que la mantenían relativamente cuerda. Otra era tratar de alcanzar el techo. Nada, sobre lo que pudiera ponerse en pie, la colocaba a distancia de salto del mismo. Experimentalmente, le lanzó un bol de comida…, la mejor arma de que disponía. La comida se estrelló contra el techo, confirmándole que era sólido y no algún tipo de proyección o truco de espejos. Pero quizá no fuese tan grueso como las paredes. Quizá incluso fuera de cristal o de plástico delgado.


Nunca lo descubrió.
Se planteó una tabla de ejercicios físicos, y los hubiera realizado diariamente si hubiera tenido algún modo de distinguir un día del siguiente, o el día de la noche. Tal como estaban las cosas, la hacía después de sus siestas más largas.
Dormía mucho, y estaba agradecida a su cuerpo por responder a sus sentimientos alternativos de miedo y aburrimiento adormilándose con frecuencia. Los pequeños e indoloros despertares de esas siestas empezaron, al fin, a dejarla tan desencantada como lo había hecho el gran Despertar.


¿El gran Despertar de qué? ¿De un sueño inducido por las drogas? ¿Qué otra cosa podía ser? No había resultado herida en la guerra, no había solicitado ni necesitado ayuda médica. Y, sin embargo, allí estaba.


Cantó canciones y recordó libros que había leído, películas y programas de televisión que había visto, historias familiares que había oído, retazos de su propia vida que tan vulgares le habían parecido mientras era libre para vivirla. Se inventó cuentos y argumentó en ambos puntos de vista sobre cuestiones por las que en otro tiempo había sentido pasión… ¡Cualquier cosa!


Pasó más tiempo. Resistió, no habló directamente a sus captores, como no fuera para maldecirlos. No les ofreció cooperación. Hubo momentos en los que no sabía para qué resistía. ¿Qué iba a perder si contestaba a las preguntas de sus carceleros? ¿Qué tenía que perder, como no fuese la desesperación, el aislamiento y el silencio? Y, sin embargo, resistió.


Llegó un momento en que no pudo evitar el hablar consigo misma, en que le pareció que cada pensamiento que se le ocurría debía de ser dicho en voz alta. Hacía intentos desesperados por estar callada, pero, de algún modo, las palabras empezaban a brotar de ella otra vez. Pensó que perdería la cordura, que ya había empezado a perderla. Se puso a llorar.


Al fin, mientras estaba sentada en el suelo, balanceándose, pensando en volverse loca, y quizá también hablando de ello consigo misma, algo fue metido en la habitación… algún gas quizá. Cayó hacia atrás y se hundió en lo que luego consideraría como su segundo largo sueño.


En su siguiente Despertar, fuera horas, días o años después, sus captores comenzaron a hablar de nuevo con ella, haciéndole las mismas preguntas, como si no se las hubieran hecho antes. Esta vez les contestó. Cuando le parecía, les mentía, pero siempre les contestaba. En el largo sueño había estado su curación: se despertó sin una tendencia especial a decir en voz alta lo que pensaba, o a sentarse en el suelo y balancearse de adelante hacia atrás, pero conservaba sus recuerdos. Se acordaba muy bien del largo período de silencio y aislamiento, y pensó que incluso resultaba preferible un inquisidor no visto.


Las preguntas se hicieron más complejas. De hecho, durante los Despertares posteriores, llegaron a convertirse en conversaciones. En una ocasión pusieron con ella a un niño…, un pequeño de largo y liso cabello negro y piel marrón humo, más pálida que la de ella. No hablaba inglés, y sentía pánico de ella. Sólo tendría unos cinco años de edad, un poco mayor que Ayre, su hijo. El Despertar junto a ella, en aquel extraño lugar, probablemente había sido la cosa más aterradora que jamás hubiera experimentado el pequeño.

 

El niño pasó muchas de las primeras horas encerrado en el lavabo o apretado contra el rincón más alejado a ella. Le llevó largo tiempo convencerle de que no era peligrosa. Luego empezó a enseñarle inglés, y él le enseñó su propio idioma, fuera el que fuese. Se llamaba Sharad. Ella le cantaba canciones, y él las aprendía al momento. Las cantaba luego, en un inglés casi sin acento, y no comprendía por qué ella no hacía lo mismo cuando él le cantaba sus propias canciones.


Al final, ella aprendió sus canciones. Disfrutaba con el ejercicio. Cualquier cosa nueva era un tesoro.


Sharad fue una bendición. Incluso cuando mojaba la cama que compartían, o se ponía impaciente porque ella no lograba entenderle con la bastante rapidez. No era muy parecido a Ayre ni en aspecto ni en temperamento, pero podía tocarlo. No recordaba cuándo era la última vez en que había tocado a alguien, y no se había dado cuenta de lo mucho que había notado a faltar esto. Se preocupaba por él y se preguntaba cómo protegerlo. ¿Quién sabía lo que le habrían hecho sus carceleros…, o lo que le podrían hacer? Pero tenía tan poco poder sobre ellos como lo pudiese tener él: al siguiente Despertar, había desaparecido. Experimento terminado.


Les suplicó que lo dejasen volver, pero se negaron. Le contestaron que estaba con su madre. No los creyó. Se imaginó a Sharad encerrado a solas en su propio cubículo diminuto, con su retentiva mente embotándose a medida que pasaba el tiempo.
Impertérritos, sus captores empezaron una nueva y compleja serie de preguntas y ejercicios.
 
2
¿Qué le harían esta vez? ¿Más preguntas? ¿Darle otro compañero? Apenas si le importaba.


Permaneció sentada en la cama, vestida, cansada de un modo profundo y vacío que nada tenía que ver con el cansancio físico. Más pronto o más tarde, alguien le hablaría.
Fue una larga espera. Se había recostado, ya casi dormida, cuando una voz dijo su nombre.


—¿Lilith?—La habitual, tranquila y andrógina voz.
Inspiró, cansina y profundamente
—¿Qué?— respondió. Pero, en el mismo momento en que hablaba, se dio cuenta de que la voz no le había llegado de arriba, como siempre. Se incorporó con premura y miró en derredor. En un rincón divisó la figura de un hombre, alto y de largos cabellos.
¿Era aquel el motivo por el que esta vez le habían dado ropa? Él parecía vestir un conjunto similar. ¿Algo que quitarse cuando ambos hubieran llegado a conocerse mejor? ¡Buen Dios!


—Creo —dijo ella— que usted puede ser la gota que desborda el vaso.
—No estoy aquí para hacerle daño —afirmó él.
—No. Claro que no.
—Estoy aquí para sacarla fuera.
Ahora ella se puso en pie, mirándole fijamente, deseando que hubiera más luz. ¿Estaría bromeando? ¿Burlándose de ella?
—Fuera, ¿para qué?
—Para su educación, para trabajar… Para el inicio de una nueva vida.
Ella dio un paso hacia él y se detuvo. De algún modo, la asustaba. No podía obligarse a sí misma a acercársele.


—Algo anda mal —afirmó—. ¿Quién es usted?
Él se movió un poco:
—¿Y qué soy?
Ella se sobresaltó, porque había estado a punto de preguntárselo.
—No soy un hombre —prosiguió él—. No soy un ser humano.
Ella retrocedió hasta la cama, pero no se sentó.
—Dígame qué es.
—Estoy aquí para explicárselo…, y para mostrárselo. ¿Querrá mirarme ahora?
Dado que ya estaba mirando en su dirección, eso la hizo fruncir el entrecejo:
—La luz…


—Cambiará cuando usted esté dispuesta.
—¿Qué… es usted? ¿Viene de otro mundo?
—De un cierto número de otros mundos. Usted es una de los pocos angloparlantes que nunca consideró la posibilidad de que podía estar en manos de extraterrestres.
—La consideré —susurró Lilith—. Así como la posibilidad de que estuviera en prisión, en un manicomio, en manos del FBI, la CÍA o el KGB. Las otras posibilidades me parecían marginalmente menos ridículas.


El ser no dijo nada. Permanecía absolutamente inmóvil en su rincón, y ella supo, por los muchos Despertares anteriores, que no volvería a hablar de nuevo con ella hasta que ella hiciese lo que él quería…, hasta que le dijese que estaba dispuesta a mirarle y luego, bajo una luz más brillante, le diese la obligada mirada. Aquellas cosas, fueran lo que fuesen, eran asombrosamente eficientes en aquello de saber esperar. Así que, a su vez, hizo que aquel ser esperase durante varios minutos, y él no sólo permaneció en silencio, sino que, además, no movió ni un músculo. ¿Disciplina o fisiología?


No sentía miedo. Ya antes de su captura había superado aquello de que la asustasen las caras «feas». Lo que sí la asustaba era lo desconocido. Pero prefería acostumbrarse a cualquier número de caras feas a permanecer en su jaula.
—Muy bien —dijo—. Veámoslo.


Las luces se hicieron más brillantes, como ella había supuesto que sucedería, y lo que había parecido ser un hombre alto y delgado siguió siendo humanoide; pero no tenía nariz…, ni protuberancia ni ventanillas, simplemente una piel plana y gris. Todo él era gris: piel gris pálido, un cabello de un gris más oscuro en su cabeza, que crecía hacia abajo alrededor de sus ojos, orejas y garganta.

 

Había tanto cabello por delante de los ojos, que se preguntó cómo podría ver. El largo y espeso cabello parecía surgir tanto de dentro de las orejas como de alrededor de las mismas. Por encima, se unía al cabello de los ojos y, por abajo y por detrás, al del cráneo. La isla de cabello de la garganta parecía moverse un poco, y se le ocurrió que podía ser por allí por donde respirase…, como en una especie de traqueotomía natural.


Lilith contempló el cuerpo humanoide, preguntándose cuan parecido a los seres humanos sería en realidad.
—No pretendo ofenderle —le dijo—. Pero, ¿es usted macho o hembra?
—Es un error asumir que debo ser de un sexo con el que usted esté familiarizada —contestó él—. Pero resulta que soy macho.
Bien. Al menos podía atribuirle un género concreto. Era menos molesto.


—Observe —prosiguió él— que lo que probablemente usted ve como cabello no lo es en realidad. No tengo cabello, y lo que realmente tengo no parece gustarles a los humanos.
—¿Por qué?
—Acérquese más y véalo usted misma.


No deseaba estar más cerca de él. Antes, no había sabido qué era lo que la había mantenido alejada; ahora, estaba segura de que era su inhumanidad, sus diferencias, el hecho de ser auténticamente de otro mundo. Descubrió que seguía siendo incapaz de dar un solo paso más hacia él.


—Oh, Dios —susurró, y el cabello…, o lo que fuese, se movió. Una parte del mismo pareció moverse hacia ella como impulsado por el viento…, aunque el aire de la habitación no se movía ni un ápice.


Frunció el entrecejo, forzó la vista para ver, para comprender. Luego, bruscamente, comprendió. Se echó hacia atrás, rodeó la cama corriendo, y se dirigió hacia la pared más lejana. Cuando no pudo seguir más lejos, se apretó contra la pared, mirándole.
Medusa.


Algo del «cabello» se estremeció independientemente, como un nido de víboras sobresaltado, haciéndolas partir en todas direcciones.
Volvió la cara hacia la pared, presa de repugnancia.


—No son animales diferenciados—explicó él—. Son órganos sensoriales. No son más peligrosos de lo que lo puedan ser su nariz o sus ojos. Es natural en ellos el moverse en respuesta a mis deseos o emociones, o a estímulos externos. También los tenemos en nuestros cuerpos. Los necesitamos, del mismo modo que ustedes necesitan sus ojos, orejas o nariz.


—Pero… —de nuevo le hizo frente, incrédula. ¿Para qué iba a necesitar esas cosas… esos tentáculos, para complementar sus otros sentidos?
—Cuando pueda —dijo él—, venga más cerca y míreme. He comprobado que algunos humanos creían ver órganos sensoriales en mi cabeza…, y luego los he visto irritarse conmigo cuando se han dado cuenta de que estaban equivocados.


—No puedo —susurró ella, aunque ahora deseaba hacerlo. ¿Cómo podía haber estado tan equivocada? ¿Cómo podían haberle engañado de tal modo sus propios sentidos?
—Lo hará —afirmó él—. Mis órganos sensoriales no son peligrosos para usted. Tendrá que acostumbrarse a ellos.


—¡No!
Los tentáculos eran elásticos. Ante su grito, algunos de ellos se alargaron, tendiéndose hacia ella. Imaginó unos enormes gusanos nocturnos, estremeciéndose lentamente, moribundos, extendidos a lo largo de la acera tras una lluvia. Imaginó pequeños y tentaculados gusanos de mar, nudibranquios, que hubieran crecido de un modo imposible hasta adquirir tamaño y forma humanos y que, cosa obscena, sus voces sonasen más a ser humano que las de muchos seres humanos. Y, sin embargo, necesitaba oírle hablar. Callado, entonces sí que le parecía absolutamente alienígena.


Tragó saliva.
—¡Escuche! ¡No se quede en silencio, hábleme!
-¿Sí?
—Y, ya que estamos en ello, dígame: ¿Cómo es que habla tan bien el inglés? Por lo menos, debería tener un acento poco normal.
—Me ha enseñado gente como usted. Hablo varios idiomas humanos. Empecé a aprenderlos de muy joven.
—¿Cuántos otros humanos tienen aquí? Y, de paso, ¿dónde es aquí?


—Éste es mi hogar. Usted lo llamaría una nave…, una nave muy grande, en comparación con las que construyó su gente. Lo que realmente es este lugar, no lo puedo traducir. Pero, si lo llama nave, la entenderán. Se encuentra en órbita alrededor de su planeta Tierra, en algún punto de más allá de la órbita de su satélite, la Luna. En cuanto al número de humanos que hay aquí…, están todos los que sobrevivieron a su guerra. Recogimos a todos los que pudimos. Aquellos a los que no hallamos a tiempo murieron a causa de las heridas, las enfermedades, el hambre, las radiaciones, el frío… Los encontramos luego, demasiado tarde.


Le creía. En su intento de destruirse a sí misma, la Humanidad había convertido a su mundo en algo inhabitable. Ella había estado segura de que iba a morir, a pesar de que había sobrevivido a las bombas sin sufrir siquiera un rasguño. Entonces había considerado que su supervivencia era cuestión de mala suerte…, la promesa de una muerte más lenta. Y, ahora…


—¿Queda algo en la Tierra? —susurró—. Algo vivo, quiero decir…
—¡Oh, sí! El tiempo y nuestros esfuerzos han ido restaurando su planeta…
Esto la sobresaltó. Consiguió mirarle por un momento sin ser distraída por los tentáculos, que se movían lentamente.


—¿Restaurarla? ¿Para qué?
—Para usarla. Finalmente, usted volverá allí.
—¿Me enviarán de vuelta? ¿Y también a los otros humanos?
—Sí.
—¿Para qué?
—Lo irá comprendiendo poco a poco.
Ella frunció el entrecejo.
—De acuerdo, empezaré ahora. Cuéntemelo.


Los tentáculos de su cabeza ondularon. Individualmente, se parecían más a gusanos grandes que a serpientes pequeñas. Largos y delgados, o cortos y gruesos como…, ¿como qué? ¿Ha cambiado su humor? ¿Presta ahora atención a otra cosa? Apartó la mirada.


—¡No! —dijo él secamente—. Lilith, sólo hablaré con usted si me mira.
Ella cerró una mano en un puño y deliberadamente se clavó las uñas en la palma hasta casi hacerse sangre. Con el dolor de esto para distraerla, se le enfrentó otra vez.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó.
—Kaaltediinjdahya lel Kahguyaht aj Dinso.


Ella se le quedó mirando, luego suspiró y agitó negativamente la cabeza.
—Jdahya —dijo él—. Esa parte soy yo. Lo demás es mi familia y otras cosas.
Ella repitió el nombre más corto, tratando de pronunciarlo exactamente como lo había hecho él, para así conseguir pronunciar de un modo correcto el inusitado sonido de la j casi insonora:
—Jdahya —dijo—. Quiero saber cuál es el precio de la ayuda de su gente. ¿Qué es lo que quieren de nosotros?


—No más de lo que ustedes pueden darnos…, pero más de lo que usted pueda entender aquí y ahora. Hay cosas que, en un principio, le ayudarán a entenderlo más que las palabras. Hay cosas fuera que tiene que ver y oír.
—Dígame algo ahora, lo entienda o no.


Sus tentáculos ondularon.
—Sólo puedo decirle que su gente tiene algo que nosotros valoramos. Podrá empezar a comprender lo mucho que lo valoramos si le digo que, según su modo de calcular el tiempo, han pasado varios millones de años desde la última vez que nos atrevimos a interferir en el acto de autodestrucción de otro pueblo. Muchos de nosotros nos preguntamos si sería bueno hacerlo. Pensamos… que había existido un consenso entre ustedes, que habían estado de acuerdo en morir.
—¡Ninguna especie acordaría tal cosa!


—Sí, algunas lo han hecho. Y unas pocas de las que lo han hecho se han llevado con ellas a naves enteras de nuestra gente. Así que hemos aprendido. El suicidio en masa es una de las pocas cosas en las que habitualmente no intervenimos.
—¿Comprende lo que nos pasó?


—Entiendo lo que les pasó. Me… parece extraño. Para mí, es aterradoramente extraño.
—Sí. Yo también siento algo similar, pese a que se trata de mi pueblo. Fue algo… que estaba más allá de la misma locura.


—Alguna de la gente que recogimos había estado escondida bajo tierra, a gran profundidad. Eran los culpables de mucha de la destrucción.
—¿Aún siguen vivos?
—Algunos de ellos.
—¿Y planean ustedes mandarlos de vuelta a la Tierra?
—No.
—¿Cómo?


—Los que siguen con vida son ya muy viejos. Los hemos utilizado lentamente, aprendiendo de ellos idiomas, cultura, biología. Los Despertamos de pocos en pocos y les dejamos vivir aquí sus vidas, en partes diferentes de la nave, mientras usted dormía.
—Dormía… Jdahya, ¿cuánto tiempo he estado durmiendo?


Él avanzó a través de la habitación hasta la plataforma-mesa, puso una mano de muchos dedos encima y se impulsó hacia arriba, con las piernas pegadas al cuerpo, luego caminó fácilmente sobre sus manos hasta el centro de la plataforma. Toda la serie de movimientos fue tan fluida y natural, al tiempo que tan alienígena, que la fascinó.
De repente, ella se dio cuenta de que estaba varios pasos más cerca y se apartó de un salto. Luego, sintiéndose absolutamente estúpida, trató de regresar. Él se había doblado de un modo compacto, hasta adoptar una posición sentada de aspecto poco confortable. Había ignorado el súbito movimiento de ella…, excepto los tentáculos de su cabeza, que se movieron, todos, hacia ella, como impulsados por un repentino viento. Pareció estar contemplándola mientras ella regresaba, centímetro a centímetro, hacia la cama. Pero, ¿puede contemplar un ser con tentáculos sensoriales en lugar de ojos?
Cuando se hubo acercado a él tanto como pudo, se detuvo y se sentó en el suelo. El quedarse donde estaba era lo más que podía hacer. Subió las rodillas hacia su pecho y las abrazó con fuerza.


—No comprendo por qué… le tengo tanto miedo —susurró—. Miedo a su aspecto, quiero decir. No es usted tan diferente. En la Tierra hay…, o había, algunas formas de vida que se parecían algo a usted.
Él no contestó.


Ella le miró con fijeza, temiendo que hubiese caído en uno de sus largos silencios.
—¿Está usted haciendo algo aquí? —preguntó—. ¿Algo que yo no conozca?
—Estoy aquí para enseñarle a estar cómoda con nosotros —contestó él—. Hasta ahora, lo está haciendo usted muy bien.
Ella no creía estar haciéndolo bien.
—¿Cómo lo han hecho los otros?
—Varios han tratado de matarme.


Ella tragó saliva. Le asombraba que hubiesen sido capaces de forzarse a tocarlo.
—¿Y qué les hizo usted?
—¿Por intentar matarme?
—No, antes…, para incitarles a intentarlo.
—No más de lo que le estoy haciendo ahora a usted.
—No comprendo. —Se obligó a mirarle—. Realmente, ¿puede usted ver?
—Muy bien.
—¿En colores? ¿En profundidad?
—Sí.


Y, sin embargo, era cierto que no tenía ojos. Ahora podía ver que sólo tenía zonas oscuras, donde los tentáculos crecían muy densos. Lo mismo ocurría con los lados de su cabeza, allá donde deberían haber estado las orejas. Y en su garganta había como unas aberturas; los tentáculos que las rodeaban no parecían tan oscuros como los otros: eran lóbregamente traslúcidos, como pálidos gusanos grises.


—De hecho —dijo—, debería darse cuenta usted de que yo puedo ver por todas partes por las que tengo tentáculos…, y que puedo ver aunque parezca no estar haciéndolo. No puedo dejar de ver.
Eso sonaba a una existencia terrible: el no ser capaz de cerrar los ojos, de hundirse en una oscuridad privada tras los propios párpados.
—¿Es que ustedes no duermen?


—Sí. Pero no del modo en que lo hacen ustedes.
De repente, ella pasó del tema del sueño de él al del sueño de ella.
—Aún no me ha dicho cuánto tiempo me han tenido dormida.
—Unos… doscientos cincuenta de sus años.
Esto era más de lo que podía asimilar de una sola vez. Estuvo tanto tiempo sin decir nada, que fue él quien rompió el silencio.


—Cuando fue Despertada por primera vez, algo fue mal. Me lo han contado distintas personas. Alguien la trató de mala manera…, la infravaloró. Usted es similar a nosotros en algunas cosas, pero creyeron que era como sus militares, los que estaban escondidos bajo el suelo. Ellos también se negaron a hablarnos. Al principio. Tras ese primer error, la dejaron dormir durante unos cincuenta años.


Gusanos o no, se arrastró hasta la cama y se recostó contra el borde de la misma.
—Siempre pensé que mis Despertares podían estar a varios años de distancia unos de los otros, pero en realidad no lo creía.


—Le pasaba a usted lo que a su mundo: necesitaba tiempo para curarse. Y nosotros necesitábamos tiempo para aprender más acerca de su gente. —Hizo una pausa—. Cuando alguna de su gente se mató, no supimos qué pensar. Algunos pensamos que era a causa de que habían sido dejados fuera del suicidio en masa…, que, simplemente, lo que querían era terminar con las muertes. Otros dijeron que era porque los manteníamos aislados. Empezamos a poner dos o más juntos, y muchos se hirieron entre sí. El aislamiento nos costaba menos vidas.
Esas últimas palabras despertaron en ella un recuerdo:
—Jdahya… —dijo.
Los tentáculos que caían por los lados de la cara del ser ondularon, y por un momento parecieron como unos enormes bigotes negros.
—En un cierto momento pusieron conmigo a un pequeño. Su nombre era Sharad. ¿Qué pasó con él?
Durante un instante él no dijo nada. Luego, sus tentáculos se tendieron hacia arriba. Alguien le habló desde el techo en el modo usual y con una voz muy parecida a la suya, pero esta vez en un idioma extraño, ondulado y rápido.
—Mi familiar lo averiguará —dijo luego—. Lo más probable es que Sharad esté bien, aunque quizá ya no sea un niño.
—¿Han dejado que los niños crezcan y se hagan viejos?
—Sí. A unos pocos. Pero han vivido entre nosotros. No los hemos aislado.
—No deberían de habernos aislado a ninguno, a menos que su objetivo fuera volvernos locos. Conmigo casi lo lograron en más de una ocasión. Los humanos nos necesitamos los unos a los otros.
Los tentáculos se estremecieron de un modo repulsivo.
—Lo sabemos. A mí no me hubiera gustado el sufrir tanta soledad como la que usted ha soportado. Pero no teníamos la habilidad de reunir a los humanos en grupos que fueran convenientes.
—Pero, Sharad y yo…
—Quizá él tuviera padres, Lilith.
Alguien habló desde arriba, esta vez en inglés:
—El chico tiene padres y una hermana. Duerme con ellos, y aún es muy joven. —Hubo una pausa—. Lilith, ¿en qué idioma hablaba?
—No lo sé. O era demasiado pequeño para explicármelo, o bien lo intentó y yo no le entendí. Creo que debía de ser de las Antillas…, no sé si esto le servirá de algo.
—Otros lo saben. Yo sólo sentía curiosidad.
—¿Está seguro de que se encuentra bien?
—Está bien.
Esto la tranquilizó, pero de inmediato cuestionó esa emoción. ¿Por qué debía tranquilizarla una voz anónima que le decía que todo estaba bien?
—¿Podré verle?—preguntó.
—¿Jdahya?—inquirió la voz.
Jdahya se volvió hacia ella:
—Lo podrá ver cuando pueda caminar entre nosotros sin sentir pánico. Ésta es su última habitación de aislamiento. En cuanto esté dispuesta, la sacaré fuera.
 
 

1 comentario en “Xenogénesis – Amanecer”

  1. IMPORTANTE.
    muchas felicidades!!!! sus libros estan muy buenos.

    solo que no se si pudieran publicar los libros:
    *the notebook
    *lo que el viento se llevo.

    y asi poder descargarlos.

    bien, me despido.

    salu2.

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