Vlad Taltos – Teckla

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La vida de un noble de la Casa Jhereg, con amigos y conexiones tan influyentes como los que ha logrado conseguir Vlad Taltos, no debería producir demasiadas sorpresas. Al menos, nada que no pudiera arreglarse con un soborno o un cuchillo bien colocado.


Pero Vlad Taltos es también un hombre casado, y su mujer, Cawti, es algo temperamental. Últimamente le ha dado por relacionarse con un grupo de indeseables de Adrilankha Sur que propugnan curiosas ideas revolucionarias. Siempre ha existido descontento entre humanos y dragaeranos de la Casa Teckla, todo ellos encargados de las labores más serviles del Imperio, pero así son las cosas y nada puede alterarlas, de modo que Vlad sabe que no conviene tomárselos demasiado en serio.


Cawti, sin embargo, tiene ideas distintas al respecto, y Vlad se encuentra inmerso en una crisis conyugal. Muy pronto se descubre en una situación sobre la que no tiene control y al borde de una guerra, una guerra que no puede ganar.


Teckla es la tercera novela de la serie de Vlad Taltos, un verdadero hito de la fantasía moderna. Acción, humor y un ritmo narrativo endiablado son las marcas de fábrica con las que Steven Brust (nacido en 1955) ha logrado consagrar al personaje entre los más populares que ha dado el género.

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Prólogo

Descubrí un oráculo a tres manzanas de Undauntra, un poco fuera de mi zona. Exhibía el azul y blanco de la Casa del Tiassa, y trabajaba en un cuchitril situado sobre una panadería. Subías una escalera de madera larga y retorcida, entre dos paredes que se desmoronaban, y te parabas ante una puerta podrida. El interior no estaba mal. Dejémoslo así.


No estaba ocupado, así que tiré un par de imperiales de oro sobre la mesa y me senté frente a él, sobre un espantoso taburete octogonal igual que el suyo. El oráculo parecía algo viejo, tal vez unos mil quinientos años.


Echó un vistazo al par de jheregs posados sobre mis hombros y fingió indiferencia.
—Un oriental —dijo. Brillante—. Y jhereg. —El tipo era un genio—. ¿En qué puedo serviros?


—De pronto, he ganado más dinero del que jamás había soñado. Mi mujer quiere que construya un castillo. Podría comprar un título de más categoría en la Casa Jhereg, pues ahora sólo soy un baronet. También podría utilizar el dinero para ampliar mi negocio. Si me decanto por lo último, me arriesgo, hum, a que surjan problemas de competencia. ¿Serán muy serios? Esa es mi pregunta.


Puso el brazo derecho sobre la mesa y descansó la barbilla sobre él, mientras tabaleaba en la mesa con los dedos de la mano izquierda y me miraba. Me habría reconocido. ¿Cuántos orientales ocupan una posición elevada en la Organización y van por ahí con dos jheregs sobre los hombros?


Cuando me miró durante el rato suficiente para darse aires de importancia, dijo:
—Si intentáis ampliar vuestro negocio, una organización poderosa caerá.
 Ay, qué bien. Me incliné sobre la mesa y le abofeteé.


Rocza quiere devorarle, jefe. ¿Puede?
Tal vez más tarde, Loiosb. No me molestes.
—He tenido una visión de ti con las dos piernas rotas —dije al tiassa—. ¿Será auténtica?
Murmuró algo sobre el sentido del humor y cerró los ojos. Al cabo de unos treinta segundos, vi que aparecía sudor en su frente. Después sacudió la cabeza y extrajo un mazo de cartas, envueltas en terciopelo azul, con la insignia de su Casa. Gruñí. Odio a los echadores de cartas.


A lo mejor quiere echar una partidita de shereba, dijo Loiosh. Capté el tenue eco psiónico de la risa de Rocza.
El oráculo compuso una expresión de disculpa.
—No estaba consiguiendo nada —explicó.
—De acuerdo, de acuerdo —dije—. Continuemos.


Después del ritual, intentó explicar todos los significados oraculares que las Cartas le revelaban. Cuando dije: «Sólo las respuestas, por favor», pareció ofenderse.
Examinó un rato la Montaña de los Cambios.
—Por lo que veo, mi señor, da igual. Lo que va a suceder no depende de ninguna decisión que vayáis a tomar.


Me dedicó de nuevo aquella expresión de disculpa. Debía practicarla a menudo.
—No puedo hacer más.
Espléndido.
—De acuerdo —dije—. Quédate con el cambio.
Se suponía que era una broma, pero no creo que la captara, e imagino que aún pensará que carezco de sentido del humor.


Volví a la escalera y salí a Undauntra, una calle amplia llena de tiendas de artesanía en el lado este y unas cuantas casitas, bastante diseminadas, en el oeste, lo cual la dotaba de un aspecto algo desequilibrado.


Alguien viene, jefe. Parece un músculo, avisó Loiosh cuando estábamos a mitad de camino de la oficina.
Me aparté el pelo de los ojos con una mano y ajusté la capa con la otra, comprobando de paso que algunos juguetitos ocultos estuvieran en su sitio. Noté tensión en la presa de Rocza sobre mi hombro, pero dejé que Loiosh la calmara. Aún era nueva en este trabajo.


¿Sólo uno, Loiosh?
Seguro, jefe.
De acuerdo.
En aquel momento, un dragaerano de estatura mediana con los colores de la Casa del Jhereg (gris y negro, por si vais tomando notas) se puso a caminar a mi lado. Estatura mediana en un dragaerano significa que sólo me sacaba cabeza y media.
—Buenas tardes, lord Taltos —dijo. Pronunció mi nombre correctamente.
Respondí con un gruñido. Llevaba una espada ligera, ceñida a la cadera, y tintineaba entre nosotros. Su capa era lo bastante gruesa para ocultar decenas de las mismas cosas que mi capa disimulaba (sesenta y tres).
—A un amigo mío le gustaría felicitaros por vuestros recientes éxitos —dijo.
—Dadle las gracias de mi parte.
—Vive en un barrio muy bonito.
—Me alegro por él.
—Tal vez os gustaría visitarle en alguna ocasión.
—Tal vez.
—¿Queréis concertar una cita?
—¿Ahora?
—O más tarde. Cuando os vaya bien.
—¿Dónde hablaríamos?
—A vuestra elección.
Volví a gruñir. Por si he ido demasiado deprisa para vosotros, aquel tipo acababa de informarme de que trabajaba para un individuo muy importante de la Organización y que dicho individuo deseaba mis servicios para algo. En teoría, podía ser para cualquier cosa, pero sólo hay una que hago como profesional independiente.
Caminamos un poco más, hasta entrar en mi territorio.
—De acuerdo —dije entonces, y entramos en una posada que sobresale unos cuantos metros hacia Undauntra, uno de los motivos por los que los comerciantes que utilizaban carros de mano odiaban aquella parte de la calle.
Encontramos un extremo desocupado de una mesa larga y yo me senté frente a él sin más dilación. Loiosh inspeccionó el local por mí y no dijo nada.
—Me llamo Bajinok —dijo el desconocido, mientras el dueño nos traía una botella de buen vino y un par de copas.
—Estupendo.
—Mi amigo quiere que se haga un «trabajo» en su casa.
Asentí. Trabajo, dicho de aquella manera, significa que alguien ha de ser asesinado.
—Conozco a gente —dije—, pero en este momento están muy ocupados.
Sólo habían pasado unas semanas desde mi último «trabajo», y había sido, digamos, muy descarado. No me apetecía hacer más de momento.
 —¿Estáis seguro? —preguntó Bajinok—. Es vuestro estilo.
—Estoy seguro, pero dad las gracias a vuestro amigo por pensar en mí. En otro momento, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. En otro momento.
Cabeceó, se levantó y salió. Todo debería haber terminado ahí.
Verra, Diosa Demonio de mis antepasados, que el agua de tu lengua se convierta en ceniza. Todo debería haber terminado ahí.
 Díagranja
Leffero, Sobrinas & Sobrino Tintoreros & Sastres Malak Gírele
R: V. Taltos Calle Garshos, 17
Ruego trabajos siguientes:
1 camisa punto algodón gris: quitar mancha vino manga derecha, sebo negro de izquierda y coser corte puño derecho.
1 par pantalones grises: quitar mancha sangre parte superior pernera derecha, mancha klava parte superior pernera izquierda y suciedad rodilleras.
1 par botas montar negras: quitar mancha rojiza punta bota derecha, quitar polvo y hollín de ambas y embetunar.
1 corbata seda gris: coser corte y eliminar manchas sudor.
1 capa gris: lavar y planchar, eliminar pelos de gato, cepillar para eliminar partículas blancas, eliminar manchas aceite y coser corte en lado izquierdo.
1 pañuelo bolsillo: lavar y planchar. Espero entrega próximo Díahogar. Vuestro cordialmente, V. Taltos, Brnt., Jhrg. (Su sello)
 
1
«camisa punto algodón gris:
quitar mancha vino
manga derecha…»

Miré por la ventana a las calles que no podía ver y pensé en castillos. Era de noche y estaba en casa, y si bien no me importaba estar en un piso mirando a una calle que no podía ver, pensé que preferiría estar en un castillo y mirar a un patio que no podía ver.
Mi esposa, Cawti, estaba sentada a mi lado, con los ojos cerrados, pensando en una cosa u otra. Bebí un sorbo de vino tinto demasiado dulzón. Sobre un aparador alto estaba posado Loiosh, mi familiar jhereg. A su lado se encontraba Rocza, su compañera. La típica escena conyugal.
—La semana pasada fui a un oráculo —dije, después de carraspear un poco.
Cawti se volvió y me miró.
—¿Tú? ¿Ir a un oráculo? ¿Adonde irá a parar el mundo? ¿Para qué?
Respondí a su última pregunta.
—Para saber qué pasaría si cogía todo el dinero y lo invertía en el negocio.
—¡Ah! Ya volvemos a las andadas. Supongo que te dijo algo vago y místico, como que morirás antes de una semana si lo intentas.
—No exactamente.
Le conté la visita. Su rostro perdió la expresión burlona de antes. Claro que casi todas sus expresiones me gustan.
—¿Qué has sacado en limpio?
—No sé. Tú te tomas más en serio estas cosas. ¿Qué sacas en limpio?
Se mordisqueó el labio inferior unos instantes. En aquel momento, Loiosh y Rocza abandonaron el aparador, volaron hacia el pasillo y se refugiaron en un pequeño nicho reservado a su intimidad. Aquello me sugirió posibilidades que deseché, porque detesto que un reptil volador me dé ideas.
—No sé, Vladimir —dijo por fin Cawti—. Tendremos que esperar a ver qué pasa, supongo.
—Sí. Algo más de qué preocuparse. Como si no tuviera bastantes…
Se oyó un golpe sordo, como si alguien estuviera machacando el suelo con un objeto romo. Cawti y yo nos levantamos casi al unísono, yo armado con una daga, ella con un par. La copa de vino que yo sostenía fue a parar al suelo, y sacudí gotas de mi mano. Nos miramos y aguardamos. El sonido se repitió. Loiosh salió del nicho y se posó sobre mi hombro, seguido de Rocza, que se quejó ruidosamente. Empecé a decirle que cerrara el pico, pero Loiosh debió adelantarse, porque calló. Sabía que no podía ser un ataque, porque la Organización no va a tocarte las pelotas a casa, pero tenía más de un enemigo fuera de la Casa Jhereg.
Avanzamos hacia la puerta. Me situé en el lado al que abría, y Cawti delante. Respiré hondo, expulsé el aire y agarré el pomo. Loiosh se puso en tensión. Cawti asintió.
—Hola —dijo una voz desde el otro lado—. ¿Hay alguien en casa?
Me inmovilicé.
Cawti frunció el ceño.
—¿Gregory? —preguntó, vacilante.
—Sí. ¿Eres tú, Cawti?
—Sí.
—¿Qué…? —empecé.
—Está bien —dijo Cawti, pero su voz carecía de seguridad y no envainó las dagas.
Parpadeé un par de veces. Entonces se me ocurrió que Gregory era un nombre oriental. Golpear la puerta de alguien con el puño para anunciarse era una costumbre oriental.
—Oh —dije. Me relajé un poco—. Adelante —grité.
Un hombre, tan humano como yo, se dispuso a entrar, nos vio y se detuvo. Era bajo, de edad madura, medio calvo, y estaba sorprendido. Supongo que entrar por una puerta y encontrar tres armas apuntándote es suficiente para sorprender a alguien no acostumbrado a eso.
Sonreí.
—Vamos, Gregory, entra —dije, sin dejar de apuntar mi daga a su pecho—. ¿Una copa?
—Vladimir —dijo Cawti, al captar el tono de mi voz. Gregory no se movió ni dijo nada.
 No pasa nada, Vladimir, dijo Cawti.
¿A quién?, pregunté, pero oculté mi arma y me aparté. Gregory pasó a mi lado con cierta cautela, pero no se estaba portando demasiado mal, dadas las circunstancias.
No me gusta, jefe, dijo Loiosh.
¿Por qué?
Es un oriental. Debería llevar barba.
No contesté porque estaba de acuerdo, más o menos. El vello facial es algo que nos diferencia de los dragaeranos, por eso yo me había dejado crecer bigote. Intenté dejarme barba una vez, pero Cawti amenazó con afeitarme con un cuchillo oxidado, después de irritarle determinada piel por segunda vez.
Indicamos a Gregory que se sentara sobre un cojín y me di cuenta de que era más calvo que viejo, por su forma de moverse. Cawti, que también había guardado sus armas, se sentó en el sofá. Saqué un poco de vino, realicé un pequeño conjuro de enfriamiento y serví una copa a cada uno. Gregory cabeceó para dar las gracias y bebió. Me senté al lado de Cawti.
—Muy bien —dije—. ¿Quién eres?
—Vlad… —dijo Cawti. Suspiró—. Vladimir, te presento a Gregory. Gregory, mi marido, el baronet de Taltos.
Percibí un levísimo fruncimiento de sus labios cuando oyó mi título, y aún me desagradó más. Yo puedo mostrar desprecio hacia los títulos jheregs, pero eso no significa que cualquiera pueda despreciar el mío.
—Muy bien —dije—. Ya nos conocemos. Ahora, ¿quién eres y por qué intentabas derribar mi puerta?
Sus ojos se desviaron desde Loiosh, posado sobre mi hombro derecho, hasta mi cara, y de ahí al corte de mi ropa. Experimenté la sensación de que me estaba examinando. Eso no mejoró mi estado de ánimo. Miré a Cawti. Se mordió el labio. Era consciente de mi cabreo.
—Vladimir —dijo.
—¿Hum?
—Gregory es amigo mío. Le conocí cuando fui a visitar a tu abuelo, hace unas semanas.
—Continúa.
Se removió inquieta.
—Hay mucho más que contar. Primero, me gustaría saber qué quiere, si me dejas.
Capté una leve irritación en su voz, de manera que me contuve.
¿Voy a dar un paseo?
No, pero gracias por preguntarlo. Un beso.
La miré y esperé.
 —¿A qué pregunta deseáis que conteste primero? —dijo Gregory.
—¿Por qué no llevas barba?
—¿Qué?
Loiosh siseó una carcajada.
—Da igual —dije—. ¿Qué quieres?
Paseó la mirada entre Cawti y yo, y después clavó la vista en ella.
—Ayer por la noche mataron a Franz.
Miré a mi mujer para observar el efecto que obraba en ella la noticia. Abrió un poco los ojos. Me mordí la lengua.
—Cuéntamelo —pidió Cawti, después de un par de suspiros.
Gregory tuvo el morro de lanzar una mirada significativa en mi dirección. Casi le costó la cabeza. Debió decidir, sin embargo, que yo era de fiar.
—Estaba en la puerta de la sala que habíamos alquilado, vigilando a la gente, cuando alguien se acercó a él y le degolló. Oí el alboroto y corrí hacia allí, pero el asesino ya había desaparecido cuando llegué.
—¿Alguien le vio?
—Apenas. Era un dragaerano. Todos… Da igual. Iba de negro y gris.
—Parece obra de un profesional —comenté, y Gregory me miró de una forma que no se debe intentar jamás, a menos que tengas apretado un cuchillo contra la garganta del tipo. Cada vez resultaba más difícil pasar por alto esos detalles.
Cawti me dirigió una mirada rápida y se levantó.
—Muy bien, Gregory —dijo—. Hablaré contigo más tarde.
Gregory pareció sorprenderse, abrió la boca para decir algo, pero Cawti le dirigió una de esas miradas que me dedica cuando llevo la broma demasiado lejos. Le acompañó a la puerta. No me levanté.
—Muy bien —dije cuando volvió—. Cuéntamelo.
Me estudió un momento, como si me viera por primera vez. Yo sabía que no debía decir nada.
—Vamos a dar un paseo —dijo.

Nunca me había sentido tan conflictuado como cuando regresamos de aquel paseo. Nadie, incluido Loiosh, había hablado durante los últimos diez minutos, cuando se me habían agotado las preguntas sarcásticas y, por tanto, eliminado la necesidad de Cawti de responder con acritud. Loiosh me apretaba el hombro rítmicamente con ambas garras, alternándolas, y yo era consciente de ello y me proporcionaba consuelo. Rocza, que a veces  vuela sobre nuestras cabezas, a veces se posa sobre mi otro hombro y a veces se posa sobre el de Cawti, se había decantado por lo último. El aire de Adrilankha era cortante, y las infinitas luces de la ciudad arrojaban sombras delante de nuestros pies cuando encontré y abrí la puerta del piso.
Nos desnudamos y acostamos sin hablar más de lo necesario, y respondiendo con monosílabos. Permanecí despierto mucho rato, y me moví lo menos posible para que Cawti no se diera cuenta. No sé qué hacía, pero mantuvo una inmovilidad casi absoluta.
Por la mañana, se levantó antes que yo y tostó, molió e hirvió el klava. Me serví una taza, la bebí y me encaminé a la oficina. Loiosh me acompañó. Rocza se quedó en casa. Colgaba una bruma espesa y fría sobre el mar, y casi no soplaba brisa. Es lo que se llama un «tiempo de asesinos», lo cual es absurdo. Dije hola a Kragar y Melestav, y me senté a meditar. Me sentía fatal.
Anímate, jefe.
¿Por qué?
Porque tienes cosas que hacer.
¿Como qué?
Como descubrir quién se pulió al oriental.
Reflexioné un momento. Si quieres tener un familiar, has de hacerle caso.
Muy bien. ¿Por qué?
No dijo nada, pero al instante empezaron a desfilar recuerdos por mi mente para que los examinara. Cawti, tal como la había visto en la Montaña Dzur después de que me matara (ésa es una buena historia, pero da igual); Cawti abrazada a mí después de que otra persona intentara matarme; Cawti con un cuchillo apuntado a la garganta de Morrolan y explicando lo que iba a pasar, mientras yo estaba sentado, paralizado e impotente; la cara de Cawti cuando le hice el amor por primera vez. Extraños recuerdos, mis sentimientos en aquellos momentos, filtrados por una mente reptiliana ligada a la mía.
¡Basta, Loiosh!
Tú lo quisiste.
Suspiré.
Supongo que sí, pero ¿por qué tuvo ella que meterse en algo así? ¿Por qué…?
¿Por qué no se lo preguntas!'
Ya lo hice. No me contestó.
Lo habría hecho si tú no hubieras sido tan…
No necesito consejos sobre mi matrimonio de un maldito… No, supongo que tienes razón, ¿verdad? Muy bien. ¿Qué harías tú?
 Hummmm… Le diría que si tuviera dos tecklas muertos, le daría uno a ella.
Me has sido de gran ayuda.
—Melestav —grité—. Dile a Kragar que venga.
—Ahora mismo, jefe.
Kragar es una de esas personas que pasan desapercibidas por naturaleza. Podríais estar sentados en una silla, buscándole, sin daros cuenta de que estabais sentados sobre su regazo. Me concentré en la puerta con todas mis fuerzas y conseguí verle entrar.
—¿Qué pasa, Vlad?
—Abre tu mente, hombre. Voy a transmitirte una cara.
—De acuerdo.
Lo hizo, y yo me concentré en Bajikok, el tipo con quien había hablado unos días antes, el que me había ofrecido un «trabajo de mi estilo». No podía saber que liquidar a un oriental daría al traste con el propósito de haberme convertido en un asesino.
¿O no? Algo desagradable me hizo recordar cierta conversación que había sostenido en fecha reciente con Mera, pero preferí no pensar en ello.
—¿Le conoces? —pregunté a Kragar—. ¿Para quién trabaja?
—Sí. Trabaja para Herth.
—Aja.
—¿Aja?
—Herth controla toda la parte sur —dije.
—Donde viven los orientales.
—Exacto. Un oriental acaba de ser asesinado. Por uno de nosotros.
¿Nosotros?, repitió Loiosh. ¿Quiénes somos «nosotros»?
Has dado en el clavo. Me lo pensaré.
—¿Qué tiene que ver eso con nosotros? —preguntó Kragar, introduciendo otro significado de nosotros, sólo para confundirnos a nosotros. Perdonadme.
—Aún no lo sé —contesté—, pero… ¡Puerta de la Muerte, sí que lo sé! Todavía no estoy preparado para hablar de eso. ¿Podrías concertarme una cita con Herth?
Tabaleó con los dedos sobre el brazo de la silla y me miró con aire intrigado. No era habitual que yo le dejara en la inopia, pero al fin dijo: «De acuerdo», y se marchó.
Saqué una daga y empecé a darle vueltas.
Podría habérmelo dicho, comenté a Loiosh al cabo de un rato.
Lo intentó, pero tú no estabas muy interesado en hablar del asunto.
Podría haber insistido.
 No habría salido a la luz si esto no hubiera pasado. Es su vida. Si ella quiere pasar la mitad de su vida en el gheto de los orientales, agitando a las masas, es su…
A mí no me parece que se trate de eso.
Ab, dijo Loiosh.
Lo cual demuestra lo estupendo que es tratar de vencer dialécticamente a tu familiar.

Preferiría saltarme los dos días siguientes, pero como tuve que vivirlos, os bastará con un esbozo. Durante dos sólidos días, Cawti y yo apenas intercambiamos una palabra. Yo estaba enfadado porque no me hubiera hablado de aquel grupo de orientales y ella estaba enfadada porque yo estaba enfadado. En una o dos ocasiones dije algo así como «Si tú…» y luego me mordí la lengua. Noté que ella me miraba con aire expectante, pero demasiado tarde, y después salía de la habitación. En una o dos ocasiones ella dijo algo así como «Ni siquiera te importa…», y entonces se callaba. Loiosh, bendito sea su corazón, no decía nada. Hay cosas que ni siquiera un familiar puede ayudarte a solucionar.
Pero es muy jodido vivir días como ésos. Dejan cicatrices.
Herth accedió a encontrarse conmigo en un lugar llamado La Terraza, que me pertenece. Era un dragaerano silencioso y menudo, sólo media cabeza más alto que yo, con una forma de bajar la vista casi servil. Entró con dos protectores. Yo también llevaba dos, un individuo llamado Bastones por su afición a pegar a la gente con ellos y otro llamado Bichobrillante, cuyos ojos se iluminaban en los momentos más inesperados. Los protectores encontraron buenas posiciones para ejercer la labor por la que se les pagaba. Herth aceptó mi sugerencia y pidió la salchicha de pimienta, que sabe mejor de lo que augura su descripción.
Cuando estábamos a punto de terminar nuestro postre, unas tortitas al estilo oriental (nadie debería hacerlas, excepto Vala-bar, pero éstas no estaban mal), Herth dijo:
—¿Qué puedo hacer por vos?
—Tengo un problema —contesté.
Asintió y bajó la vista una vez más, como diciendo: «Oh, ¿cómo podría este humilde servidor ayudar a alguien como vos?».
Continué.
—Hace unos días, un profesional liquidó a un oriental. Sucedió en vuestra zona, y me he preguntado si podríais contarme lo que ocurrió y por qué.
Podría haberme respondido de varias formas. Podría haberme explicado todo cuanto sabía, podría haber sonreído y aducido ignorancia, podría haberme preguntado por qué me interesaba. En cambio, me miró, se levantó y dijo:
—Gracias por la comida. Tal vez volveremos a vernos.
Y se largó.
Yo seguí sentado un rato, mientras terminaba mi klava.
¿Qué opinas, Loiosh?
No sé, jefe. Es curioso que no preguntara por qué querías saberlo. Y si lo sabe, ¿por qué accedió a celebrar la entrevista?
Exacto.
Firmé la cuenta y me fui. Bastones y Bichobrillante salieron antes que yo. Cuando llegamos a la oficina, les dije que se marcharan. Era de noche, la hora en que solía concluir mi jornada laboral, pero no tenía ganas de volver a casa. Me cambié de armas, sólo para matar el rato. Cambio de armas cada dos o tres días, con el fin de que ningún arma permanezca sobre mi persona el tiempo suficiente para impregnarse de mi aura. La hechicería dragaerana no puede identificar auras, pero sí la brujería oriental, y si el Imperio se decide algún día a emplear brujos…

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