La madre

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 En la cocina de la pequeña granja, techada de bálago, la madre sentábase en un bajo taburete de bambú, frente al fogón de tierra, alimentando con hierba el fuego que ardía bajo la caldereta de hierro. Las llamas acababan de prender y ella movía una ramita aquí, un puñado de hojas allí y echaba un poco más de hierba seca que había cortado el último otoño en la ladera de la colina.

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En un rincón de la cocina, arrimada al fuego, estaba sentada una mujer muy vieja y flaca, envuelta en un grueso vestido acolchado de brillante tela roja de algodón cuyos bordes asomaban por bajo otro vestido azul, remendado, que llevaba sobre el primero. Estaba medio ciega debido a una maligna enfermedad de los ojos, que casi le cerraba por completo los párpados, pero por las pequeñas ranuras que permanecían abiertas veía mucho aún y contemplaba el brillo de las llamas que prendían bajo las fuertes y hábiles manos de la madre. Entonces habló, silbando las palabras con suavidad entre sus hundidas encías sin dientes.

—Ten cuidado con el fuego —dijo—. No tenemos más que una carga, ¿o son dos?, y la primavera empieza ahora y pasará todavía mucho tiempo antes de que la hierba crezca lo bastante para cortarla, y aquí estoy yo como estoy, y dudo que jamás pueda volver a buscar combustible. No soy más que una vieja ahora, y debería morir…


Estas últimas palabras las repetía la vieja muchas veces durante el día, y cada vez que las decía esperaba oír a la mujer del hijo hablando como habló entonces.
—¡No digas eso, vieja madre! ¿Qué haríamos nosotros si no te tuviéramos para vigilar la puerta mientras estamos en el campo y procurar que los pequeños no caigan al estanque?


La vieja madre tosió ruidosamente al oír estas palabras, y habló con voz entrecortada.
—Es verdad… que lo hago… Hay que vigilar la puerta en esos malos tiempos, pues hay ladrones en todas partes. ¡Cómo gritaría si entraran aquí, hija! Recuerdo que no era así cuando yo era joven. No; entonces, si dejabas una hoz afuera, por la noche, allí la encontrabas por la mañana, y en verano, atábamos los animales a la aldaba de la puerta y allí estaban al día siguiente, y…
—¿Sí, vieja madre? —dijo la joven madre, riendo educadamente, aun sin prestar atención a la vieja, que hablaba sin descanso todo el día.

Mientras aquella cascada voz divagaba, la joven madre pensaba en el combustible y preguntábase si duraría hasta que la siembra de la primavera terminara, hasta que ella tuviera tiempo para salir con su cuchillo a cortar ramitas de los árboles, recogiendo acá y acullá cuanto pudiera arder. Cierto que junto a la puerta de la cocina, por la parte de afuera, cerca de la era que también era patio, había aún dos hacinas de paja de arroz, cuidadosamente cubiertas para protegerlas de la humedad de la lluvia y la nieve. Pero la paja de arroz era demasiado buena para quemar. Sólo la gente de las ciudades quemaba paja de arroz, y ella o su hombre la llevarían a la ciudad en grandes balas sostenidas con una pértiga, y obtendrían buena plata por ella.


Ponía hierba al fuego, poco a poco, absorta en su tarea. La luz de las llamas le iluminaba la cara, una cara ancha y fuerte, de labios llenos, atezada y enrojecida por el viento y el sol. Sus ojos negros brillaban a la luz; ojos de mirada clara, rectos bajo las cejas. No era una cara hermosa, sino apasionada y buena. Uno se diría: he aquí una mujer de temperamento vivo, pero afectuosa esposa y madre, y buena en su casa con una vieja.
La mujer vieja seguía hablando. Estaba sola todo el día, con los niños, puesto que su hijo y la mujer de su hijo debían trabajar la tierra y, en aquel momento, parecíale que tenía muchas cosas que decir a su nuera, a quien quería. Su vieja voz cascada siguió hablando, tosiendo, de vez en cuando, a causa del humo que salía del fogón.
—Siempre dije que, cuando un hombre tiene hambre y especialmente si es joven y vigoroso como mi hijo, un huevo batido con los fideos…


La vieja voz se alzó un poco más, para hacerse oír sobre la impaciencia de dos niños, que se agarraban a los hombros de su madre, al agacharse ella para continuar alimentando el fuego.


Pero la madre seguía en su tarea, con el rostro tranquilo. Sí, estaba tan tranquila como si no oyera las palabras de los hijos, un niño y una niña, y como si tampoco percibiera la sempiterna vieja voz. Estaba pensando que, en verdad, se había retrasado algo aquella noche; había mucho que hacer en la tierra en primavera, y ella no regresó del campo hasta haber sembrado la última hilera de habas. Los cálidos días y las suaves noches húmedas, llenas de rocío, debían ser aprovechadas al máximo, por lo que había llegado hasta la última hilera. Aquella vida nocturna empezaría a agitarse en las habas secas.

 

Ese pensamiento la satisfacía. Sí, en todo aquel campo empezaría a agitarse secretamente la vida, en la cálida y húmeda tierra. El hombre estaba trabajando allí aún, pisando la tierra sobre los surcos con los pies desnudos. Habíale dejado solo en su trabajo, porque hasta el campo llegaron las voces de los niños, llamándola, y ella se había apresurado en su labor regresando después a casa.


Los niños esperaban, hambrientos, junto a la puerta de la cocina, cuando llegó, y ambos lloraban; suavemente y sin lágrimas el niño, y gimiendo y mordiéndose el puño la niña. La vieja permanecía sentada escuchándoles tranquilamente. Había intentado consolarles durante un rato, pero seguían llorando y finalmente, les dejó. Tampoco la madre les dijo nada; dirigióse directamente al fogón, agachándose para coger hierba. Esta señal bastó. El niño dejó de gritar y corrió tras ella, con toda la velocidad de sus cinco años, y también lo hizo la niña, lo mejor que pudo, pues no había cumplido tres años aún.
La comida en la caldereta estaba hirviendo y, por debajo de la tapa de madera, empezaron a salir nubes de fragante vapor.

 

La vieja aspiraba profundamente y movió sus desdentadas mandíbulas. Bajo la caldereta se alzaban las llamas, lamiendo su fondo de hierro, y, al no encontrar paso por él, se extendían hasta los bordes y subían, convirtiéndose en denso humo que llenaba la pequeña habitación. La madre se echó hacia atrás, retirando también a la niña, pero el acre humo había llegado ya hasta la pequeña, que parpadeó y se frotó los ojos con las sucias manecitas, y empezó a gritar. Entonces, la madre se alzó rápidamente y levantó a la niña, sacándola de la cocina.
—Quédate aquí, pequeña —díjole—. El humo te hace daño a los ojos, pero tú siempre metes la cabeza en él.


La vieja escuchó, como siempre hacía cuando hablaba la mujer de su hijo, encontrando en sus palabras un nuevo tema del que hablar ella misma.
—¡Ay!, —empezó a gimotear—. Siempre dije que, si no hubiera tenido que cuidar del fuego durante tantos años, ahora no estada medio ciega. El humo me ha vuelto tan ciega como estoy ahora…


Pero la madre no escuchó la vieja voz; oía el ruido que hacía la niña, sentada fuera de la cocina, en el suelo, gritando, frotándose los ojos y tratando de abrirlos. Los ojos de la niña estaban siempre enrojecidos e irritados. Sin embargo, si alguien decía a la madre: «¿No tiene tu hija alguna enfermedad en los ojos?», la madre contestaba: «Es que siempre mete la cabeza en el humo, cuando pongo hierba al fuego.»


Pero aquel llanto no la conmovía como antaño había hecho. Estaba demasiado ocupada entonces y los hijos llegaban de prisa. Cuando el primero nació, no podía soportar que llorase. Parecíale entonces que cuando un niño lloraba, la madre debía calmarle de alguna forma, y por eso, cuando el suyo gimoteaba, dejaba lo que estaba haciendo y le daba el pecho. Entonces el hombre se enfadaba, porque ella se detenía demasiado a menudo en su trabajo, y le gritaba: «¡Qué! ¿Piensas darle de mamar a tu hijo y dejarme todo el trabajo a mí? Empiezas ahora a parir y durante veinte años amamantarás a uno u otro. ¿Crees que lo soportaré? No eres la mujer de ningún hombre rico que no tiene que trabajar sino parir y criar, y puede alquilar a quienes hagan su trabajo.»


Entonces, ella, revolvíase, como siempre hacia, pues ambos eran jóvenes y llenos de vida y pasión, y le gritaba: «¿No he de tener algo que me compense de mis dolores? ¿Vas tú al trabajo cargado, durante muchos meses, como yo, y tienes tú los dolores del parto? No; tú descansas al llegar a casa, pero cuando llego yo tengo que preparar la comida y cuidar de un niño y una vieja y complacer sus caprichos y…»


Disputaban acaloradamente durante un rato y no había vencedor ni vencido. Pero esa disputa no duró mucho, pues sus pechos pronto se secaron, dado que ella concebía tan fácilmente como un animal sano y limpio. Incluso habíase secado nuevamente su leche, cuando dio a luz prematuramente el verano pasado, al caer y herirse con la punta del arado… Bien; los niños debían conformarse, y si lloraban, que llorasen; no podía correr para darles el pecho, y tenían que esperar y aguardar el hambre hasta que ella llegara. Eso dijo, pero la verdad era que tenía un corazón más suave que sus palabras y que aún se apresuraba, cuando sus hijos la llamaban.

Cuando el guiso hubo hervido un rato y el humo se mezcló con el aroma del arroz, cogió una escudilla y la llenó para la vieja. La puso en la mesa, en la habitación mayor en que todos vivían, y, luego, llevó a la vieja allí, sin escuchar apenas su voz cascada.
—…y si mezclas guisantes con el arroz, es tan bueno que…
La vieja se sentó, cogió la escudilla en sus huesudas manos y guardó silencio, temblando súbitamente con ansia por la comida, babeando por las comisuras de su arrugada boca.
—¿Dónde está la cuchara? No encuentro mi cuchara…


La madre puso la cuchara de porcelana en la vacilante mano y salió. Entonces cogió dos escudillas pequeñas de hojalata y dos pares de palillos de bambú y llenó una a la niña primero, porque seguía llorando y frotándose los ojos. La niña estaba sentada en el polvo de la era y, con las lágrimas y las sucias manecitas, habíase embadurnado la cara. La madre la puso en pie y le limpió un poco la cara con la palma de su áspera mano oscura. Luego, levantando el borde del remendado vestido que la pequeña llevaba, le secó los ojos. Pero lo hizo suavemente, pues los ojos de la niña estaban enrojecidos e irritados y tenía los bordes de los párpados en carne viva: cuando la hija volvió la cabeza, encogiéndose y gimoteando, la madre se apiadó, sintiéndose turbada por el dolor de la pequeña.


Dejó la escudilla sobre una burda mesa sin pintar, colocada junto a la puerta de la casa, por la parte de afuera, y habló a la niña con voz fuerte y bondadosa.
—Come, come.


La niña anduvo, vacilante, y se agarró a la mesa, entornando los enrojecidos párpados para protegerse del sol de la tarde y alargó la mano hacia la escudilla.
—¡Ten cuidado! ¡Está caliente! —gritó la madre.


La niña vaciló y empezó a soplar sobre la comida para enfriarla, pero la madre seguía mirándola, turbada aún, murmurando para sí misma: «Cuando el hombre lleve la próxima carga de paja de arroz a la ciudad, le pediré que vaya a una botica y compre ungüento para los ojos irritados.»


Entonces, el niño empezó a quejarse porque ella no había colocado también su escudilla en la mesa; la madre fue a buscarla y la dejó allí y, durante un rato, hubo silencio.
La madre se sintió demasiado cansada, incluso para comer, suspiró profundamente, buscó un pequeño taburete de bambú, lo puso junto a la puerta y se sentó a descansar; luego aspiró una gran bocanada de aire, alisóse con la mano el áspero cabello y miró a su alrededor. Las bajas colinas que circundaban el valle en que se encontraba su tierra destacábanse, negras, contra un cielo amarillo pálido, y en el corazón de aquel valle, en la pequeña aldea, se encendían los fuegos para la cena y el humo empezaba a elevarse lánguidamente en el quieto aire. La madre miraba y sentíase llena de contento.

 

Ni en una sola de las seis o siete casas que componían la aldea, pensó súbitamente, la madre cuidaba a los hijos mejor que ella lo hacía. Había algunas más ricas; indudablemente, la mujer del posadero tenía algún dinero, pues llevaba dos sortijas de plata en las manos y aretes en las orejas, como la joven madre ansiara tener en su juventud y jamás tuviera. Ella prefería ver cómo su dinero se convertía en la buena carne que cubría los huesos de sus hijos.

 

Murmurábase que el posadero no daba a sus hijos sino las sobras de la comida que sus huéspedes dejaban en las escudillas; pero ella, la madre, daba a los suyos el buen arroz que cultivaban en su tierra y, si los ojos de la niña estuvieran sanos, no tendrían de qué preocuparse; tenían salud y crecían bien, hasta el punto de que el niño aparentaba tener siete u ocho años.
Si, ella siempre tenía hijos sanos y, si aquél no hubiera nacido demasiado pronto y hubiera muerto, después de haber respirado sólo una vez, también hubiese sido fuerte y poco faltaría para que empezara ya a caminar.


Volvió a suspirar. Bueno, dentro de un mes o dos nacería otro. Pero sentíase contenta, especialmente cuando estaba encinta, y llena de vida…

 

7 comentarios en “La madre”

  1. la madre
    me interesa bajar el libro la madre. pero lamentablemente, solo puedo leer las 1º paginas. y cuando intento bajarlo ,no logro hacerlo. espero una solucion pornta porq me interesa el tema.,desde ya muchas gracias

  2. Sara Torres Díaz

    La Madre
    No puedio decargarlo. Solamente las primeras páginas aparecen. Al tratar de descargarlo me llevan a una publicidad . Conmo puedo hacer?

    Gracias

  3. la madre
    para descargarlo o abrilo yo seleccione el titulo y di clic en el recuadro que sigue abajo. espero ustedes puedan.

Los comentarios están cerrados.

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