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Quiero decir unas palabras sobre esta historia. Contiene una trama que estuve a punto de no escribir.
Hace mucho tiempo que deseaba escribir un relato de este tipo, pero me sentí desanimado por la lectura continua de lo que ofrece hoy en día la ciencia ficción. Me imaginaba a un editor diciendo: "Este asunto está descartado. La destrucción del mundo, ¿en dónde está su heroína, su desviación en la trama?"
A esto se oponía mi sincero deseo de realizar esta tarea.
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De manera que he aquí mi historia sobre la rebeldía de las máquinas. La idea no es nueva y la estructura de la trama es bastante simple, pero representa un anhelo que he tenido, el de escribir realmente una historia que señale lo que les sucedería a los hombres si las máquinas se rebelaran.
Hay docenas de historias de este tipo que se han escrito a propósito, alrededor de esta idea; pero siempre alrededor de ella. El autor intentó escribir sobre este tema, pero era demasiado fuerte. Invariablemente se perdían detalles reales en unos cuantos párrafos: "Nueva York primero, y después Londres, quedaron ahogados por las máquinas." ¿Comprenden a qué me refiero? Generalizan excesivamente y luego la trama es arrastrada entre los pies; aparecerán un villano y una heroína, y el héroe que salvará al mundo en el último minuto.
Es por esto que digo que nunca se ha relatado la historia verdadera de una rebelión, con el recuento diario de lo que le sucede a la gente común y corriente en un mundo enloquecido. Esta es la historia que voy a relatar aquí. Sé que soy algo pretencioso, ya que la historia requiere a un H.G. Wells y es por eso por lo que la mayoría de los tescritores han temido escribirla; pero era necesario hacerlo. Yo también me vi tentado en varias ocasiones a utilizar varios medios pera introducir una trama artificial.
Luego comerendí que la potencia yacía en relatar con sencillez la verdadera historia detallada, el cumplimiento inexorable del destino del hombre. De manera que la escribí en esta forma, con sencillez. Si tiene la aprobación del editor, bien, si no, tómenla como un pecado literario por el que estoy agradecido de haberlo cometido.
CAPÍTULO I
EL MUNDO ENLOQUECIDO
Las dificultades comenzaron con el reloj despertador.
Comenzó a sonar en el estómago de Dick Sheldon.
Al menos, esto fue lo que Sheldon pensó al principio, luego cambió de posición y se convenció de que la maldita cosa repiqueteaba en algún lugar de su cabeza.
La razón vino a su rescate. Había estado bebiendo la noche anterior, era cierto; pero sin duda alguna no había llegado al punto de tragarse un reloj despertador.
No, el ruido debería provenir del reloj que está en el buró, cerca de la cama.
Sheldon extendió la mano delgada lentamente de debajo de las cobijas y la colocó sobre el buró, palpando, como si sus dedos fueran los tentáculos vacilantes de un pulpo ciego, hasta que resbalaron sobre la superficie metálica del despertador, asieron la perilla sobresaliente de la alarma y lo apagaron.
"Por fin", pensó al hacerlo; pero el timbre siguió repiqueteando.
Desesperado, Sheldon abrió los ojos y se sentó. Luego, furioso y sin pensarlo, extendió el brazo y cogió el maldito aparato, arrancó literalmente la perilla al pasarla al lado marcado como "apagado".
La alarma siguió sonando.
Con la furia que le producía la jaqueca, Dick Sheldon lanzó la manta hacia un lado, asiendo el reloj con la mano derecha y se puso en pie. Luego lo lanzó contra el suelo al tiempo que murmuraba palabras apropiadas al momento.
El despertador se deshizo en medio de ruidos metálicos. Sheldon se quedó mirándolo con disgusto reflejado en el rostro.
-¡Éste es mi día! -murmuró sarcásticamente.
Sus ojos recorrieron los confines del pequeño departamento y se encontraron con otro fenómeno extraño: la luz.
Era evidente que había estado tomando la noche anterior, cuando llegó se había echado sobre la cama y había dejado las luces encendidas.
Se tambaleó hasta llegar al interruptor y sus dedos tuvieron que tentalear nuevamente hasta encontrarlo y presionarlo hacia el lado "apagado". El interruptor produjo un chasquido.
Pero las luces continuaron brillando.
Sheldon volvió a tocarlo, pero la luz siguió proyectándose.
Luego volvió a pensar en lo que acababa de decir y exclamó:
-¡Santo Dios!
Lo que pasaba era que todavía estaba algo mareado: los nervios lo estaban engañando. Bien, existía una cura para eso, una cura drástica. Era algo desesperado, pero el único camino posible.
Sheldon se estremeció y caminó hacia el baño. Lleno de decisión utilizó los dedos nuevamente, esta vez para abrir la llave del agua fría.
Metió la cabeza, que le ardía, bajo la regadera de agua helada, la mantuvo ahí hasta que su propia carne emitió un dolor en forma de protesta. Luego la sacó para alcanzar la toalla, dejando mojado el tapete del baño.
Así estaba mejor.
Sheldon volvió y cerró la llave del agua.
Pero el agua siguió corriendo.
Trató de cerrarla nuevamente haciendo girar con fuerza la perilla y sintió que se movía, pero el agua siguió corriendo alegremente.
-¡Santo…! -murmuré Sheldon y se dio por vencido.
Seguramente era otra vez ese maldito casero. Le diría claramente lo que pensaba cuando bajara.
"No, eso tendrá que esperar hasta esta noche." Echó un vistazo a su reloj de pulsera y recordó la vieja historia, tenía que apresurarse o llegaría tarde a la oficina.
Después de todo, ¿cómo podrían sacar un periódico decente sin los bábiles servicios de Richard Sheldon, ese joven y brillante periodista?
Sheldon conocía la respuesta a esa pregunta, sabía que eran muy capaces de sacar el periódico sin sus brillantes y juveniles servicios.
Le convenía llegar a la oficina antes de que decidieran esto por sí solos.
Se vistió rápidamente, se puso el sombrero y observó su rostro delgado y cansado en el espejo. Luego hizo un gesto, el ruido del agua que seguía corriendo se escuchaba todavía.
Fue nuevamente al baño e hizo el último intento. La perilla giraba libremente en ambas direcciones, pero el agua no cesaba de caer con la misma intensidad. Era posible que inundara el apartamento antes de la noche.
Bueno, pues que lo inunde.
Volvió al cuarto, recogió su billetera y abrió la puerta. Apagó automáticamente las luces, el interruptor sonó, pero éstas siguieron brillando.
-Aquí es donde todo empezó -dijo y cerró la puerta tras él.
Sacó las llaves del auto antes de haber llegado a media escalera, y luego recordó que lo habla dejado en el estacionamiento de Tony's la noche anterior; habla tenido que tomar un taxi para que lo llevara a casa.
Ni modo, eso significaba que tendría que tomar un tranvía. Esto representaba un retraso más y, por ende, no podría desayunar.
Muy bien, de manera que este era otro de esos días.
Sheldon se dirigió hacia la esquina.
La pesadez de cabesa había desaparecido y su angustia era ahora más mental que física, ya que Sheldon tenía un odio extraño hacia los tranvías.
-¡Tranvías! -habla llegado a exclamar durante el curso de una noche de borrachera-. ¿Qué es el tranvía sino el símbolo mismo de la civilización? Ruido, luces y barras en las ventanas.
Sí, un monstruo mecánico, una prisión metálica en la que los humanos permanecían atrapados mientras se encaminaban a destinos poco agradables.
Sheldon tenía algo de filósofo, aunque también algo de idiota, lo cual no era ninguna ayuda; de todas maneras seguía odiando a los tranvías.
Al llegar a la esquina gimió; ahí estaban, un pequeño grupo de ovejas cerca de la señal de parada, esperando tonta y pacientemente. Aguardaban a que llegara el ruidoso monstruo de hierro, que abriera sus fauces y los tragara para después lanzarlos a la esclavitud diaria. Y no sólo era eso, sino que todavía tenían que pagar dinero por este privilegio.
Todos ellos, los viejos y los jóvenes, los hombres y las mujeres, miraban esperanzados hacia la izquierda. Esa era la dirección por la que vendría el tranvía. Observaban los rieles vacíos en una especie de ansiedad soñolienta, como si verdaderamente desearan que llegara el tranvía, como si los alegrara su llegada y esperasen que sus miradas de concentración apresurarían ese instante.
Dick Sheldon acarició una idea loca durante un instante: ¡quizá el tranvía no llegaría esta mañana! Quizá algo saldría mal y saltaría de los rieles o se rehusaría a moverse. Algo tan sencillo, algo que un pequeño defecto mecánico podía lograr. Como el reloj que no dejaba de sonar, o el interruptor de las luces, o la llave del agua.
¡Qué gran momento sería ese! Este pequeño grupo de esclavos de oficina liberados finalmente y para siempre de su dependencia mecánica de medios mecánicos. ¡Que caminaran al trabajo como hombres libres en lugar de ir parados y amontonados como cautivos en el Hoyo Negro de Calcuta, mientras una concha metálica de rejas y maloliente los arrastrara por las calles!
Sí, ¿y si el tranvía no viniera? ¿Y si la carreta de hierro no funcionara? Un ruido metálico arrancó a Sheldon de sus fantasías.
El tranvia se acercaba.
Los pequeños y humildes pasajeros se amontonaron cerca de los rieles, como si se reunieran para celebrar un rito ceremonial de bienvenida. Iban a ser presentados a Su Majestad La Máquina. Primero las doncellas hermosas y jóvenes, las estenógrafas; luego las matronas, después los hombres en buenas condiciones físicas y por último los ancianos. ¡Todo era tan ordenado, con un aire de tanta santidad!
El tranvía se acercó ruidosamente y luego se detuvo, pero no se abrió la puerta.
El conductor estaba ocupado en jalar las palancas; la multitud comenzó a murmurar y él enrojeció. Se escuchó un ruido y finalmente se puso en pie, se acercó a la puerta y trató de empujarla con la pierna. La puerta se abrió hacia afuera y los pasajeros pudieron abordar el tranvía.
Sheldon sonrió. Casi, casi…, ¡pero no del todo!
Luego respiró profundamente y se introdujo en la multitud. Tres minutos más tarde estaba parado como una sardina sobre su cola en el centro del tranvía.
La enorme lata siguió rodando y alguien timbró para bajar.
Sheldon se sostuvo con mayor fuerza para resistir el alto repentino del tranvía. Pero nada sucedió. Siguieron de largo en la esquina y no se detuvieron en absoluto.
El timbre sonó con furia y firmeza.
El conductor se había equivocado, alguien tendría que caminar dos calles más esta mañana; pero el tranvía se detendría ahora…
Pero tampoco se detuvo, sino que siguió adelante.
Una mujer gimió:
-¡Conductor, quiero bajar!
El conductor se volvió y miró a la gente.
-Lo siento, señora, el control está atorado; lo compondré en un minuto…; los frenos de aire no funcionan…
El timbre sonó de nuevo, pero el tranvia siguió su camino en medio de ruidos.
Sheldon sintió un repentino aumento de velocidad, parecía como si se moviera independientemente.
Sintió que el corazón le daba un vuelco, ¿y si su idea descabellada se hubiera convertido en realidad? ¿Y si el tranvía no se depuviera? ¿Y si por alguna coincidencia perversa siguiera caminando eternamente, llevando a estos mortales indefensos, sin detenerse, a través de las calles? ¿Y si fuera una especie de Barco Fantasma de los rieles?
Rió quedamente, pero los demás pasajeros no estaban riendo precisamente. Se escucharon casi todos los timbres que sonaban, para después convertirse en un sonido continuo y único.
-¡Ya está bien! -gritó el conductor perdiendo la paciencia-. ¡Por amor del cielo, amigos!… Voy a detenerme en cuanto componga esto.
Pero los timbres no dejaron de sonar: estaban atorados y Sheldon lo sabía, lo estaban al igual que su reloj despertador, sus luces y la llave del agua de su casa. Como los frenos del tranvía, los timbres, las llaves…, todo estaba descompuesto.
¿Qué significaba esto? ¿Había sucedido realmente algo? No, no podía ser, porque…, bueno, sólo porque era imposible, esa era la razón. Cualquier niño sabe eso.
Pero los pasajeros no estaban de acuerdo. Pensaron que sí podía suceder, estaban gritando y maldiciendo en esos instantes a una sola voz que se fue haciendo más fuerte, hasta sobrepasar incluso al timbre ensordecedor.
-¡Deténgase! ¡Déjenos salir… ¿Qué sucede, conductor?… ¡Voy a acusarlo por esto… ¡Quiero salir!
El conductor golpeaba y tiraba de los controles, abrió la ventana, pero el tranvía seguía velozmente su camino. Alguien comenzó a gritar y los pasajeros que eran sacudidos de un lado a otro comenzaron a angustiarse.
El conductor sacó la mano por la ventana y tiró del cordón de, la corriente. Se vio un relámpago, un cortocircuito y se escucharon unos cuantos gritos más; finalmente, el tranvía se detuvo.
A Sheldon le pareció que en las lamentaciones se reflejaba algo de rebelión.
Luego la multitud, presa del pánico, lo arrastró hacia adelante y salió del tranvia.
Sheldon se encontró a una calle de su oficina.
Caminó esa distancia con una sonrisa, mientras pensaba que esa experiencia había sido algo novedoso. Durante un momento le pareció como si los sueños se volviesen realidad.
No hizo caso de los mirones que estaban en la banqueta, sino que entró al edificio y se dirigió a los ascensores.
-Buenos días, señor Sheldon.
-Buenos días, Jake.
Jake cerró la puerta del ascensor y comenzó a elevarse.
Y subió…, y subió…, y subió…
-¡Eh, al octavo piso, Jake!
-¡Está atorado!
-¡Deténlo, idiota!
El "idiota" presionó el botón de paradas de enaergencia, pero el ascensor siguió subiendo.
-¡Oh…, oh!
Llegaron al último piso y Sheldon estaba tratando de abrir la puerta del piso… ¡Iban a estrellarse! El ascensor aumentaba de velocidad y se movía por sí mismo, sin ningún control; seguía su camino de ascenso, elevándose cada vez más y llevándolos a…
¡Pum!
Sheldon sintió que la sangre le golpeaba con furia en las sienes cuando sintió que el ascensor descendía violentamente.
Primero hacia arriba y ahora hacia abajo, a una velocidad increíble. Jake murmuraba, de una manera completamente desorientado, al mismo tiempo que intentaba lograr algo oprimiendo botones. Luego el ascensor se detuvo violenta y ruidosamente.
-Estamos en el sótano -murmuró Jake-; apenas lo logramos, señor Sheldon; es mejor que utilice las escaleras.
-Por supuesto, eso es lo que voy a hacer.
Sheldon corrió por las escaleras lo más rápidamente posible, mientras una idea jugueteaba en su mente.
Esta es una historia que he encontrado…, una gran historia…
Atravesó la oficina exterior entre hileras de escritorios y llegó hasta la puerta, en donde se leía: Lou Avery – Redactor, y la abrió.
La cabecilla calva que recordaba un ave, de Lou Avery, se inclinó interrogativamente cuando lo vio entrar. Sus pequeños ojos se entrecerraron y luego se puso de pie rápidamente para acercarse a Sheldon.
-Llegaste tarde, pero no tengo tiempo para despedirte. Algo está sucediendo y te necesito.
-Creo que tengo una buena historia, jefe… -comenzó a decir Sheldon.
-Crees que tienes una historia, ¿eh? ¡Conque crees que tienes una historia en el momento en que el caos más enorme del año gira en derredor nuestro! -farfulló Avery-. Yo soy el que tengo una historia, el relato más enloquecedor de que se tenga memoria -sus ojillos estaban resplandecientes-. Escucha, cerebro de mosquito, a ver si esto te cabe en la cabeza. Hace una hora, a las ocho de la mañana, el mundo enloqueció en cierta forma.
El corazón de Sheldon dio un brinco, sabía lo que estaba por comunicarle.
-Se suponía que el Siglo Veinte llegaría a las ocho y diez, pero no ha llegado. Está en Pennsylvania y se encamina al oeste. Regresó a los patios y volvió a salir en una aguja de cambio. Nadie sabe quién la movió ni por qué el tren no se detiene… ¡Se trata de una escapatoria! -Avery golpeteó el escritorio-. Hay tres aviones que deben aterrizar en el aeropuerto y que siguen volando en círculos sobre los Grandes Lagos, no pueden descender.
"El Albania tampoco ancló esta mañana. Está fuera de sonido y se dirige hacia el Sur. Aquí está el telegrama que envió el capitán; no puede detenerlo.
"la compañía de gas informa que no pueden desconectarlo. La compañía de luz nos dice que todos los focos están encendidos. El departamento de hidráulica ha recibido cincuenta llamadas telefónicas en las que se informa de inundaciones; las llaves no cortan el agua."
Cada una de las cosas que iba enumerando las subrayaba con ligeros golpecitos del lápiz contra el escritorio.
-La compañía de tranvías informa que todas las líneas han tenido problemas. Hubo un choque en el tren subterráneo en la calle 108. Los trenes no se detienen y los ascensores de las oficinas están fuera de control.
"El Teatro Imperio llamó y dijo que la película ha estado corriendo durante toda la noche y que no pueden apagar el proyector ni el aparato que la enrolla automáticamente.
"Todo el personal anda por la ciudad; he aislado todas las llamadas que se están recibiendo. Todas se refieren a lo mismo, ¿comprendes? Dicen que el mundo ha enloquecido."
-Esa es ni más ni menos mi historia -murmuró Sheldon.
-¡Ya lo creo que la es! -Avery caminó a la ventana y miró hacia abajo-. Algo está sucediendo allá afuera, algo espantoso, como si el infierno se hubiera desatado. Podemos informar sobre ello, pero eso no es todo lo que deseamos -el redactor dio media vuelta sobre el tacón-. ¡Lo que quiero saber es por qué está pasando!
-¿Llamó a la Fundación Rockefeller? ¿A las universidades?
-Naturalmente, ellos no saben nada, quizá tenga algo que ver con las manchas solares, algo que afecte a las leyes mecánicas. Están investigando, pero se sienten anonadados, eso es evidente. Hay una multitud de locos que no deja de llamar; afirman que es el fin del mundo o cosa por el estilo.
-¿Y qué hay de Krane? -sugirió Sheldon.
Atrapante. Cuenta el caos con sencillez y sin adjetivar con exceso . La rebelión de las máquinas complejas (2001 Odisea del Espacio)es algo que se percibe distante. Pero le rebelión y desobediencia de lo cotidiano ( las canillas, la perilla de la luz, loc medios de transporte) conlleva verosimilitud.