Presiona aqui para descargar el libro El escondido y la tapada
Lee aqui las primeras paginas del libro online
Salen haciendo algún ruido don CÉSAR y
MOSQUITO, vestidos de camino, con botas y
espuelas
CÉSAR: Pues no podemos entrar
en Madrid, hasta que sea
de noche ya, ata las mulas
a esos troncos; y sobre esta
tejida alfombra de flores
que bordó la primavera,
entre estos estanques donde
la Casa del Campo ostenta
tanta variedad podemos
esperar a que anochezca.
MOSQUITO: Ya están las mulas atadas;
y aun fuera más justo que ellas
nos ataran a nosotros.
CÉSAR: ¿Por qué?
MOSQUITO: Porque son más cuerdas.
CÉSAR: Luego ¿los dos somos locos?
MOSQUITO: Concedo la consecuencia;
mas con una distinción.
CÉSAR: ¿Cuál?
MOSQUITO: Tú por naturaleza,
y yo por concomitancia;
que es por lo que se me pega
de andar contigo.
CÉSAR: ¿Aquí, pues,
qué hay que locura sea?
MOSQUITO: ¡Cuerpo de Cristo conmigo!
Habrá tres meses apenas
que salimos de Madrid,
por haber dejado en ella
muerto a un noble caballero,
que era hermano, por más señas,
de una de aquellas dos damas
que a un mismo tiempo festejas,
y por celos de la otra;
que, como autor de comedias,
tienes en tu compañía
segunda dama y primera.
Pasamos a Portugal
y, porque en una estafeta
nos vino un pliego –que yo
aun no sé lo que contenga–
sin mirar inconvenientes,
dimos a Madrid la vuelta;
y dices que ¿qué locura
hay aquí? ¿No consideras
que no hay alcalde de corte
que no esté echando centellas
por aquella boca, y que
juran que hemos de ver puestas,
tú la cabeza a tus plantas,
las plantas yo a otras cabezas?
CÉSAR: Confieso que dices bien
en que mi vida se arriesga
hoy en Madrid, pero donde
mi vida trae una pena
misma, habiendo de morir
en Lisboa de una ausencia
o en Madrid de mis desdichas,
ya que dos muertes me cercan
y que me dan a escoger
el modo de morir, deja
que muera contento donde
Lisarda hermosa lo vea.
MOSQUITO: Yo, aunque el martirologio
romano aquí me trajeran,
para que escogiera muerte
a mi propósito, fuera,
sin agradarme ninguna,
vanísima diligencia,
porque no hay tan bien prendida
muerte que bien me parezca.
¿Qué culpa tengo de que
tú a morir contento vengas
para traerme de reata?
CÉSAR: Pues dime ¿tú qué recelas,
si tú en nada estás culpado
ni te hallaste en la pendencia?
MOSQUITO: Pues si un triunfo matador
arrastra los que se encuentra,
¿un amo matador, dime,
no arrastrará –cosa es cierta–
cualquiera triunfo crïado?
CÉSAR: ¡No vi locura más necia!
MOSQUITO: Y esto a una parte, señor,
¿qué razón hay de que sea
tan cerrado tu capricho
que, ya que me traes, no sepa
a qué me traes? Dime, pues,
¿qué es lo que en Madrid intentas?
CÉSAR: Eso te diré, no tanto,
Mosquito, porque lo sepas,
como por descansar yo
con decirlo; que las penas
no tienen otro consuelo
sino el rato que se cuentan;
que, como mujeres son,
le despican con la lengua.
Lisarda, raro milagro,
donde la naturaleza
para modelo compuso
de una hermosura perfecta
la belleza y el ingenio,
haciendo paces en ella,
que hasta allí estaban reñidos
el ingenio y la belleza,
fue –ya lo sabes– del templo
de amor la deidad más bella,
a cuyas aras no hay
vida y alma que no sea
mudo sacrificio. Bien
tantas víctimas lo muestran
como yacen a sus ojos
rendidas, si no sangrientas.
Yo, que entre el mortal consuelo
de sus victorias apenas
la vi cuando con la mía
hizo número y no cuenta,
idolatrando su imagen
viví, sin que mereciera
perdón por el sacrificio
ni mérito por la ofrenda.
Desvalido amante, pues,
de este hermoso hechizo, de esta
hermosa mujer, mi vida
a tanto esplendor atenta,
la Clicie fue de sus rayos
y el imán de sus estrellas.
Viendo, pues, que a todo un sol
alas fïaba de cera,
y que al generoso vuelo
sólo monumento era
el mar de mi llanto, donde
se apagaban sus centellas,
dispuse olvidarla, como,
–¡qué error!– como si estuviera
el olvidarla en la mano
de quien no estuvo el quererla;
y por hacerme en efecto
contraveneno a mis penas,
venciendo amor con amor,
puse los ojos en Celia;
Celia, que fuera milagro
de hermosura, si no fuera
porque Lisarda se alzó
con todo el imperio della.
Si donde amé fui infelice,
y los afectos se truecan,
donde no amé ¿qué sería?
Saca tú la consecuencia.
¡Oh Amor! Si te llaman dios,
¿cómo de Dios desemejas
tanto que los fingimientos
y no las verdades premias?
O deja, Amor, de ser dios,
o de ser ingrato deja;
porque decir dios e ingrato
o suena mal o no suena.
De Celia en fin admitido,
estaba siempre con Celia
como extranjero mi amor,
dejando a Lisarda bella