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Lo que en realidad embrolló a Doc Savage en el fantástico asunto fue un suelto publicado en un diario londinense de la tarde.
FANTASMA DE UN REY QUE MATA
«Los buenos granjeros de las marismas de El Pantano del condado de Holland dicen que el fantasma del rey Juan hizo otra víctima anoche en la persona de Joseph Shires, el granjero labrador, que entró, tambaleándose, en su casa, mortalmente herido.
»Se asegura que Joseph Shires exclamó que el fantasma del rey Juan le había herido, muriendo a continuación.
»Lo que ahora intriga a la policía es que las heridas que presenta el cuerpo del hombre parecen, en efecto, haber sido hechas con una antigua espada de dos filos, tal como el rey Juan, monarca inglés del siglo XIII, habría usado.
»Otra cosa que intriga enormemente también es la moneda acuñada en 1216. que fue hallada en el bolsillo de Joseph Shires después de su muerte. Juan reinó en 1216.
»Corren, por añadidura, rumores de que numerosas personas han visto recientemente en los alrededores de El Pantano el fantasma del rey Juan, ogro altísimo, con armadura y espada de dos filos. Se afirma, incluso, que el rey Juan ha hablado con algunas personas, proclamando su identidad.
»En conjunto sin embargo, la policía se inclina a creer que los cuentos del fantasma corren parejas con los relatos de serpientes marinas a los que se dio tanta publicidad hace unos meses. Se está llevando a cabo un interrogatorio a los vecinos de Joseph Shires para averiguar si no cometería el crimen alguno de ellos, con una guadaña tal vez.»
Es muy probable que la mar de gente leyera este suelto; pero no causó gran sensación entre los lectores, porque la noticia había sido relegada, a una página interior ya que Joseph Shires no era persona que tuviese gran importancia. William Harper Littlejohn fue la excepción. Leyó, primero la historia distraídamente, luego la releyó con creciente interés.
William Harper Littlejohn era un hombre muy alto y era también mucho más delgado de lo que parecía posible pudiese serlo ser humano alguno y seguir vivo. Sus íntimos decían con frecuencia que parecía el representante del Hambre.
Cuando William Harper Littlejohn se presentaba ante una reunión de geólogos y arqueólogos, nadie sonreía porque parecía un traje vacío puesto de pie, ni hacía comentario alguno acerca del monóculo con el que siempre estaban jugando sus dedos; pero que nunca se encajaba en el ojo.
Se reconocía que William Harper Littlejohn sabía más de arqueología y geología que casi cualquier otro hombre del universo.
La noticia acerca del fantasma real que mataba le llamó la atención, porque andaba buscando emociones.
Había estado dando conferencias durante unas semanas ante la Sociedad de Científicos, y se estaba cansando ya de hacerlo.
Nadie lo hubiera sospechado al mirarle; pero lo que más quería, William Harper Littlejohn en este mundo eran las emociones. Jamás se sentía tan feliz como cuando se hallaba en un trance apurado.
Por eso formaba parte del grupo de cinco ayudantes de Doc Savage. Los atolladeros eran las cosas de que Doc Savage se preocupaba; los atolladeros de los demás.
Porque Doc Savage era aquel asombroso hombre de bronce. Aquella combinación de genio científico y de osadía física que destinaba su existencia a sacar de apuros a quien lo necesitara.
Johnny—así le llamaban Doc Savage y sus ayudantes—dejó a un lado el periódico que publicaba la noticia del aparecido. Sacó dos radiogramas del bolsillo. El primero llevaba la fecha de cuatro días antes, y decía:
LLEGARÉ A LONDRES DENTRO DE CINCO DIAS. DOC SAVAGE.
El segundo radiograma, expedido horas más tarde, era al parecer, contestación a una pregunta que Johnny había radiografiado y decía:
LO SIENTO, PERO NO PUEDO PROMETER ACCIÓN ALGUNA STOP VOY SIMPLEMENTE A DAR UNA SERIE DE CONFERENCIAS ANTE LA SOCIEDAD DE CIENTIFICOS. DOC.
Johnny suspiró con melancolía. Aquel segundo mensaje le había causado una enorme decepción porque se había hecho la ilusión de que Doc Savage se dirigía a Inglaterra con el propósito de ayudar a alguien que se hallase en dificultades. Ello hubiera significado, a no dudar, acción de sobra.
Johnny volvió a consultar el periódico y llegó a una decisión. Doc Savage no llegaría a Londres hasta el día siguiente
El transatlántico en que viajaba atracaría en Southampton aquella noche.
Había tiempo antes de su llegada, para hacer una pequeña excursión a El Pantano e investigar la noticia del fantasma real que mataba con una espada de dos filos, Johnny alargó la mano hacia el teléfono.
—Póngame en comunicación con la estación aérea más próxima—solicitó. Luego una vez lograda la misma, preguntó:—¿Sería, factible fletar un vehículo aéreo para una peregrinación inmediata?
—Para… ¿qué?—inquirió la voz.
—Para un viaje nocturno inmediato a la vecindad de El Pantano.
Johnny jamás empleaba una palabra corta cuando tenía tiempo de pensar una larga. Era un diccionario ambulante de palabras de más de tres sílabas y, cuando estaba en plena marcha, un hombre normal no le podía entender.
—No estoy muy seguro de lo que usted desea, caballero—le contestó la voz desde el aeropuerto—. Pero si tiene dinero para pagarlo, lo encontrará aquí.
—Espéreme dentro de breves momentos—le dijo Johnny.
Poco más de dos horas después, el aeroplano fletado depositó a Johnny junto al pueblecito de Swineshead, que se hallaba a la orilla de la extensa marisma que rodea a la curiosa bahía de mareas llamada El Pantano.
Johnny despidió al piloto y vio cómo despegaba el avión para emprender el regreso a Londres. Tenía la intención de alquilar otro aparato al día siguiente o volver en automóvil a la metrópoli.
A pesar de lo avanzado de la hora, Johnny encontró que las tabernas de Swineshead aun estaban abiertas y servían a varios habitantes del pueblo, unos cuantos de los cuales estaban lo suficiente bebidos para que se les hubiera soltado la lengua.
Johnny sufrió un cambio curioso. Al alquilar el aeroplano y durante el vuelo, apenas había pronunciado una frase que consistiese de palabras lo bastante cortas para que las entendiera el piloto.
Pero ahora se ladeó el sombrero, se metió el monóculo de aumento en un sitio donde no fuese observado y empezó a hablar una clase de inglés que hubiese escandalizado a sus sabios colegas de la Sociedad de Científicos.
Es más, sus modales no eran, ni con mucho, los de un destacado intelectual.
Hizo preguntas acerca de Joseph Shires, de quien se decía que el fantasma del rey Juan había herido de muerte con una espada de dos filos. Averiguó varias cosas.
Por ejemplo, los habitantes de Swineshead—por lo menos los que se hallaban por allí a tan avanzada hora—estaban completamente convencidos de que el fantasma del rey Juan existía. Dos hombres insistían en que le habían visto personalmente.
—¡Hablé con el rey en persona hace menos de quince días! —aseguró uno de ellos, deteniéndose un instante a. saborear la cerveza a que Johnny le había invitado—. Fue mientras andaba yo cazando liebres en los cañaverales cercanos a la orilla de El Pantano. El rey Juan se acercó y me habló.
Johnny miró atentamente al hombre, preguntándose si estaría muy borracho. Estaba algo colorado: pero no borracho en realidad.
—¿Cómo supo usted que se trataba del fantasma, del rey Juan?—inquirió Johnny, muy serio.
—Me lo dijo él.
—¿Que él se lo dijo?
—Sí; y esa es la pura verdad. De todas formas, yo lo hubiese comprendido por su forma de vestir. Llevaba una cota de malla y una espada de dos filos. No cabe la menor duda de que era el rey Juan. He visto sus retratos en los libros de la escuela.
Johnny pagó otra ronda.
—¿De qué le habló?
—Principalmente de sí debía matarme.
—¿Matarle?
—Decía que yo era el individuo que le había envenenado hace setecientos años. Dijo que andaba buscando a ese individuo; que había estado buscando al tipo que le había envenenado y que cuando eso ocurriera, le atravesaría con su espada.
—Todo eso es muy interesante.
—EL fantasma del rey Juan dijo que había matado a gente con la que se había encontrado en sus excursiones nocturnas, por si acaso se hallaba entre ella el hombre que le había envenenado. Dijo que no estaba muy seguro de quién era su asesino y que por eso mataba a tantos.
—Comprendido. ¿Hubo algo más?
—Sólo me dijo que más me valdría no acercarme a El Pantano. Dijo que tal vez me matara la próxima vez que me viese, y dijo que cualquiera que se topase con él correría el riesgo de morir. Yo creo que fue así como recibió el pobre Joseph Shires el pasaporte.
—¿Acostumbra a vérsele usualmente al fantasma en la misma vecindad siempre?
—Generalmente, sí. Suele estar cerca de la desembocadura del Wellstream.
Johnny se retiró al silencio de la calle del pueblo para reflexionar acerca de lo que había averiguado. El rey Juan, según la Historia, había sido envenenado en aquellos alrededores, muriendo de resultas de ello. Johnny recordaba haber leído que el rey en cuestión había sido un monarca violento.
Era Juan el rey que firmara la Magna Carta que formaba el carácter de las libertades inglesas y en la que se inspiraba la parte de «derecho de gentes» de la constitución norteamericana.
El rey Juan tenía un genio muy violento, según la Historia y, después de verse obligado a firmar la Magna Carta había sufrido una fuerte crisis nerviosa.
Luego había formado un ejército y salido en plan de robar a los señores feudales que le obligaron a firmar. Era durante esta incursión que había muerto, por comer demasiado o por envenenamiento.
Johnny sacó su monóculo y empezó a jugar con él, costumbre suya cuando estaba intrigado.
No creía en la existencia de duendes que anduviesen por ahí con armadura y espada de dos filos; pero el relato de la aparición estaba demasiado generalizado para que pudiera pasarse por alto el asunto.
—¡Que me superamalgamen!—murmuró—. Me da en la nariz que voy a, investigar más a fondo.
No había transcurrido mucho tiempo cuando Johnny apareció solo en la región de la unión del río Wellstream y El Pantano.
Puesto que era de noche y la región estaba deshabitada, el eminente arqueólogo se quitó zapatos, calcetines y pantalones y se puso a andar sin más ropa que calzoncillos, camiseta, camisa y chaqueta.
Sus huesudas piernas presentaban un aspecto grotesco.
Los frecuentes charcos y pozos pantanosos hacían necesario semejante modo de proceder. También había trechos de arenas movedizas, muy peligrosos que eran más fáciles de descubrir con los pies descalzos.
Al principio Johnny intentó llegar a la playa y seguirla; pero abandonó la idea al darse cuenta de que en realidad, no existía playa alguna, sino simples planicies de barro y hierba de agua salada.
Era una región sombría que a nada se parecía tanto como a un extensísimo trigal barrido por la tormenta y salpicado de charcos y trechos de fango.
Llevaba cosa de una hora merodeando por la vecindad cuando se libró de buena.
Entró la marea. No era como el avance de una marea corriente el de aquélla, sino que subió con rapidez pasando sobre la marisma bastante más aprisa de lo que le hubiera sido posible correr a un hombre.
Johnny se empapó hasta la cintura antes de llegar a terreno más alto.
Se subió a un pequeño montículo, entre retorcidos matorrales, y contempló las marismas que rodeaban a El Pantano con respeto recién adquirido. No había luna y las aguas al deslizarse por entre la hierba, la hacían ondular como si fuera crin en el lomo de algún monstruo fabuloso.
Johnny pegó un salto de sorpresa al sonar tras él una voz hueca, ominosa.
—¡Volveos de forma que pueda ser visto vuestro semblante! — ordenó la voz sepulcral.
Johnny dio media vuelta y su primera tendencia fue la de echarse a reír.
Las, palabras eran tan arcaicas, que para oídos acostumbrados al inglés moderno resultaban cómicas incluso.
Pero el huesudo geólogo se olvidó de la risa al contemplar a la figura que se hallaba delante de él.