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Hemos concluido el cartografiado del planeta de clase Q, Delta Canaris IV, y establecido el primer contacto con sus habitantes. Después de esta misión, la Enterprise precisa una revisión de mante-nimiento general, y la tripulación necesita un permiso para descansar en la Base Estelar Uno. He aconsejado que se incluyan notas de recomendación en los expedientes de varios tripulantes, en especial en el de Spock, por sus incansables esfuerzos por contactar con las minúsculas inteligencias de este planeta de elevada gravedad. Sus técnicas de comunicación establecerán un modelo que podremos utilizar durante lo que queda de los cinco años que ha de durar nuestra actual misión y, en los años venideros, servirá también de guía a otras naves de exploración.
—Allí la tenemos, capitán —dijo el teniente Sulu con voz emocionada—. La Base Estelar Uno. Nunca ha tenido mejor aspecto.
James T. Kirk se repantigó en su asiento de mando y miró de hito en hito la pantalla. Los di-ques secos orbitales, capaces de albergar a una nave enorme como la Enterprise, flotaban en perfec-tas hileras geométricas a un lado del planeta. Apenas una fracción más a la derecha, bajo las cerosas nubes ocasionalmente guarnecidas por el negro de las tormentas y el destello de los rayos, yacía el extenso complejo de la Base Estelar Uno. Kirk cerró los ojos durante un momento, y evocó vívida-mente la última vez que había estado allí.
Había sido antes de que comenzara la misión actual de exploración con la Enterprise. Antes de Alnath 11 y antes de encontrar a las asombrosas inteligencias que poblaban Delta Canaris. Había sido antes de que le dieran el mando de una nave. Como teniente, se había abierto una ancha senda a través de los círculos sociales de esta base estelar. Aún recordaba las largas noches, las fiestas, la emoción.
Kirk suspiró y abrió los ojos, mientras el recuerdo se desvanecía. Todo aquello ya había que-dado atrás. Tenía más responsabilidades de las que debería soportar nadie. Gobernar una nave este-lar del tamaño de la Enterprise suponía un trabajo continuo y una preocupación constante. Que fuesen sus oficiales más jóvenes quienes salieran e intentasen igualar los líos en que él se había me-tido cuando tenía la misma edad. Kirk sabía que él pasaría la mayor parte del tiempo a bordo de su nave, asegurándose de que todos y cada uno de los aparatos que había en ella eran reparados y acondicionados según los estrictos estándares de la Flota Estelar.
No aceptaría que fuese de ningún otro modo.
—Un mensaje, capitán —anunció la suave voz de Uhura—. De la almirante McKerma.
Kirk profirió un largo y profundo suspiro. La última persona con quien quería hablar era un almirante, especialmente uno de actitud tan inflexible como McKenna.
—Pase a la almirante a pantalla, teniente —dijo. La imagen del planeta se deshizo y fue re-emplazada por una mujer que llevaba el pelo recogido en un estilo severo que no realzaba en nada sus encantos.
—¿Qué tal está, almirante? —la saludó Kirk.
—Bien, Kirk —replicó ella con tono áspero y duro—. No se moleste en atracar. No permane-cerá en órbita mucho tiempo.
—¿Qué? —preguntó Kirk, ahora por completo alerta. Sus ojos se entrecerraron mientras la estudiaba. Hebras color plata listaban su cabello negro, cosa que añadía un aire de autoridad a su aspecto. Lo que una vez habían sido finas arrugas en la frente y alrededor de los ojos, se habían transformado en zanjas… zanjas duras que denotaban las tensiones que el mando había depositado sobre ella. Kirk no iba a permitir que la tensión se aliviara en lo más mínimo por el sistema de pasarle a él la responsabilidad. No en ese momento. No después del vapuleo que acababan de recibir su nave y su tripulación.
—Si su médico dictamina que padece usted una deficiencia auditiva, me encargaré de apartar-lo del mando. En caso contrario, prepárese para transportar a bordo un grupo de tres personas.
—Almirante McKenna, ha tenido tiempo para examinar mi informe de estado. Esta nave pre-cisa una exhaustiva revisión de mantenimiento. Nuestros motores necesitan reparaciones. La com-putadora hace tiempo que debería haber sido sometida a una revisión que sólo puede llevar a cabo un experto en cibernética de una base estelar. Mi tripulación está…
La mujer lo interrumpió con un gesto de la mano.
—Ha puesto usted una nota de múltiples recomendaciones para el comandante Scott. He comprobado su historial. Es capaz de mantener cualquier motor en funcionamiento, con indepen-dencia de en qué condiciones esté. Su señor Spock ha formado a nuestro jefe de cibernética. Su in-forme habla de excelencias de una punta a otra, en todas las secciones. ¿Acaso ha archivado un informe falso?
—Almirante, eso es injusto. Mi tripulación es la mejor del espacio. El historial de la Enterprise lo demuestra, pero necesitamos un permiso de tierra. Lo exijo. Mis hombres no son máquinas, capaces de funcionar eternamente. Son de carne y hueso.
La almirante McKenna hizo caso omiso del arrebato de Kirk.
—Fíjese en las naves que se encuentran en los muelles uno y cuatro. Dígame qué ve.
Kirk se recostó en el respaldo del asiento, mientras con los dedos tamborileaba sobre el posa-brazos. Sus ojos no abandonaron en ningún momento la pantalla desde donde el rostro de la almi-rante lo contemplaba en un tamaño superior al natural. Desde su puesto emplazado a la derecha, Spock le proporcionó la información solicitada por la almirante.
—En esos muelles hay naves que necesitan una reparación completa. Una se ha quedado sin motores. La otra parece que ha perdido gran parte del puente.
—No tiene puente, ya no. —El rostro de la almirante McKenna se puso tenso, los labios se contrajeron hasta ser una línea apenas más fina que el filo de una navaja—. Los romulanos se en-cargaron de que así fuera. Volaron el puente de la Scarborough, junto con el capitán Virzi y sus oficiales, desintegrándolos en átomos. Los cuatro alféreces que asumieron el mando recibieron notas de recomendación.
—¿Los romulanos? —preguntó Kirk con escepticismo—. No he tenido noticias de ningún problema con ellos.
—Tengo pleno conocimiento de sus escaramuzas con los Klingon. Esta situación es poten-cialmente igual de peligrosa.
Pero vayamos al grano: no hay ninguna otra nave estelar que se encuentre en unas condiciones ni siquiera la mitad de buenas que la Enterprise. Tampoco hay tiempo alguno que perder. Esta misión no exigirá que participe en ninguna batalla. Me disgusta enviarlo de vuelta ahí fuera sin haber sometido la nave a revisión, pero lo único que se le pide es que transporte un grupo de especialistas a Ammdon.
—¿Lo único? —insistió Jim.
—Casi lo único. El embajador Zarv y sus negociadores de paz le informarán de cualquier otro cometido. Le he dado orden al jefe del muelle catorce para que comience a cargar los suministros de repuesto. Si el personal de ingeniería se da prisa, tal vez les dé tiempo a solicitar lo que necesiten para trabajar en sus motores mientras van camino de Ammdon.
—Almirante McKenna, protesto. Aunque ésta pueda ser una situación grave…
—Lo es, capitán. El embajador Zarv le informará debidamente. Y considérelo como más que un simple pasajero. —¿Estoy bajo las órdenes de él?
—No, capitán Kirk, nada de eso. Y usted lo sabe. No obstante —dijo la mujer, y se aclaró la garganta—, cualquier cosa que sugiera el almirante debe ser considerada seriamente, poco menos que como una orden. ¿Me he expresado con claridad?
—Sí, almirante.
—Bien. —Durante un momento contempló con fijeza a Kirk, mientras sus ojos gris pálido se suavizaban un poco— Y, Jim, lamento todo esto. De veras que lo siento. —La imagen se deshizo y volvió a formarse con la vista original del planeta. Las nubes blancas se habían oscurecido de modo considerable, y las descargas de gigavoltios de los rayos azotaban ahora la montaña de cumbre alla-nada sobre la que se alzaba la Base Estelar Uno.
—Capitán —informó la voz serena de Spock—, están transportando a tres personas proceden-tes de la base estelar. ¿Desea ir a recibirlos?
—¿Tenemos alguna alternativa, señor Spock? —inquirió el capitán, con un dejo de amargura en la voz. Alzó los ojos hacia su oficial científico y vio que tenía una ceja arqueada, la única mani-festación que Spock se hubiera permitido ante la actitud rebelde del capitán—. Venga, pues. Vaya-mos a recibir al embajador Zarv y su equipo de especialistas de la paz. Señor Chekov, tiene usted el mando.
Las puertas del turboascensor se abrieron y cerraron, y luego volvieron a abrirse antes de que Kirk se diera cuenta de que había abandonado el puente. Sus pensamientos eran tan borrascosos como la tormenta que azotaba el planeta. Su tripulación merecía disfrutar de un permiso de tierra.
— Capitán, ¿se encuentra bien? —preguntó Spock. El vulcaniano se encontraba a un lado y tenía las manos cogidas a la espalda.
— Maldición, Spock, no, no me encuentro bien. McKenna no tiene ningún derecho a orde-narnos que regresemos al espacio. Mi tripulación necesita descansar y relajarse. Esta nave necesita una revisión concienzuda. Incluso a usted le vendría bien un poco de distracción.
— ¿A mí, capitán? Difícilmente. —Spock se volvió y contempló las chispeantes motas que danzaban por el interior de los rayos transportadores. Las columnas de centelleante energía se soli-dificaron en forma de siluetas.
Kirk avanzó para recibir a los negociadores de paz.
— ¿Kirk? —exigió saber un hombre de estatura baja y aspecto porcino—. ¿Cuándo podemos partir hacia Ammdon? El tiempo es esencial en este asunto. No debemos demorarnos. ¡Ni un instan-te!
— Embajador Zarv —lo saludó Kirk. El tellarita parecía una elección inverosímil para cual-quier clase de negociación. Era brusco, grosero, y se tomaba grandes molestias para resultar ofensi-vo—. Bienvenido a bordo de la nave estelar Enterprise.
— ¡Ya sé lo que es este trozo de hojalata!
El técnico del transportador se puso rígido. Kirk reprimió una sonrisa. Scotty les había imbui-do a los miembros de su sección de ingeniería el mismo amor por la Enterprise que sentía él. Si Scotty hubiese oído que se refería a la Enterprise como un «trozo de hojalata», habría arrojado al embajador de vuelta al transportador y habría dispersado el rayo en el espacio vacío.
— En ese caso, estará enterado de que estamos subiendo suministros y repuestos a bordo, y de que necesitamos algunas reparaciones, de que…
— Capitán Kirk —lo interrumpió otro miembro del trío—, el embajador Zarv está legítima-mente molesto por las demoras con que ya ha tropezado en este fastidioso asunto. Necesitamos lle-gar a Ammdon lo antes posible, como sin duda le han informado sus superiores.
—¿Por qué razón arriesgamos todos nosotros nuestra vida? —preguntó Kirk. El hombre al que le había dirigido la palabra parecía de la Tierra. Ataviado con chaqueta de terciopelo azul claro, camisa con volantes y calzones negros ajustados, podría haber sido un modelo de alta costura en lugar de un diplomático. Sin embargo, Kirk no cometió el error de catalogarlo como petimetre. Los ojos del hombre parecían trozos de hielo polar, y sólo las palabras que pronunciaba eran cordiales. Todo lo demás en su persona indicaba que había acero debajo del terciopelo.
—Los planetas Ammdon y Jurnamoria ocupan sistemas solares contiguos. Sus procedimientos diplomáticos son algo primitivos y deficientes comparados con los nuestros.
—Vaya al grano, Lorritson —le espetó Zarv—. Lo que está intentando decirle es que esos bárbaros van a comenzar a dispararse unos a otros a menos que nosotros intervengamos. La Federa-ción tiene un especial interés en mantener la paz en esa región. Minería, manufactura, todo eso. Y lo peor de todo es que Ammdon y Jurnamoria se encuentran en el brazo de Orión.
—Y los romulanos están realizando incursiones hostiles en la zona —concluyó Kirk. Recordó el lacónico comentario de la almirante McKenna acerca de la Scarborough.
—Precisamente. Aunque puede que para ustedes aún haya esperanza, capitán —declaró Zarv. Cuando se erguía en toda su estatura, apenas si le llegaba a Kirk al pecho. Diminutos ojos muy jun-tos miraron hacia arriba, impulsados por una intensidad que lindaba con el fanatismo—. Nosotros somos expertos en la situación, Kirk. Llévenos hasta allí. —Zarv señaló a Spock y continuó—: Us-ted. Condúzcanos a nuestras dependencias. Ahora. Y lleve esta nave a Ammdon.
Spock desvió la mirada hacia Kirk, quien asintió con la cabeza. Spock condujo silenciosa-mente al embajador fuera de la sala. Lorritson y el otro diplomático se quedaron atrás.
—No hemos sido formalmente presentados, capitán —dijo Lorritson— Soy Donald Lorritson, jefe adjunto en el sistema de Ammdon.
Kirk parpadeó una vez a causa de la sorpresa. Lorritson no tendría ni treinta años; era dema-siado joven para ostentar un cargo diplomático tan alto… a menos que fuese un negociador muy bien dotado. Eso hacía que el embajador Zarv pareciese tanto más capaz.
—Y el otro miembro de nuestro equipo es Mek Jokkor. Mek Jokkor es experto en productos agrícolas, en especial los que se cultivan en el brazo de Orión. —Kirk estrechó la mano de Mek Jokkor, y sintió una leve viscosidad al retirar la suya—. Mek no pertenece a ninguna especie animal, como nosotros, capitán. No tiene ADN. Tiene un parentesco más estrecho con las plantas de nuestro planeta que con nosotros.
—¿No habla usted? —preguntó Kirk, que ahora miraba abiertamente al ser. Un diminuto es-tremecimiento de una cabeza de apariencia humana fue la única respuesta que obtuvo.
—La especialidad de Mek Jokkor consiste en adaptar plantas de Ammdon para que crezcan en Jurnamoria, y viceversa. Es verdaderamente asombroso. Vamos a usar esto para influir en las negociaciones, dado que una gran parte de los problemas que existen entre ambos planetas tienen que ver con los suministros alimentarios.
Un poderoso grito resonó en el corredor al que daba la sala del transportador.
—Gracias por la información, señor Lorritson —dijo Kirk apresuradamente—. A pesar de lo mucho que me gustaría oír en este momento más cosas acerca de su misión, su embajador está… bramando.
Lorritson sonrió, y luego le hizo un brusco gesto con la cabeza a Mek Jokkor. Los dos salieron apresuradamente, cruzándose en la entrada con el doctor Leonard McCoy.
—¿Qué está sucediendo, Jim? —exigió saber McCoy—. ¿Qué significan tantos aspavientos con ese tellarita? ¿Y qué están haciendo a bordo?
—El embajador Zarv estará más que complacido de informarlo al respecto, Bones —replicó Kirk, travieso—. En cuanto a mí, creo que acabo de ser polinizado. —Se limpió la viscosidad de la mano derecha en la parte superior del uniforme, y a continuación se marchó antes de que McCoy pudiera formular alguna pregunta que no quería contestar.
—No es posible, señor —protestó el comandante Montgomery Scott—. Tal vez mis niños no resistirán el esfuerzo. —A juzgar por sus palabras, cualquiera hubiera dicho que estaba por abrazar a los poderosos motores de la Enterprise.
—Haga lo que pueda, Scotty. Haga que transporten a bordo todo el equipamiento posible mientras estemos en órbita.
—Necesitamos entrar en dique seco. Ninguna otra cosa servirá de nada.
James Kirk recorrió con los ojos la sala de motores. Todo estaba inmaculado, lustroso, perfec-to. Ningún capitán de la Flota Estelar tenía un oficial ingeniero mejor que Montgomery Scott. Scot-ty mantenía los motores como si la más diminuta desviación en la aguja de un indicador fuese una uña clavada en su propia carne.
—Éste va a ser un viaje tranquilo. Nada de prisas. Ni velocidades de emergencia ni maniobras. Lo único que vamos a hacer es llevar a un equipo de tres hombres hasta Ammdon.
—¡Ammdon! —gritó el ingeniero— ¡Eso está al otro lado del universo!
—No tanto —replicó Kirk, sonriendo—. Pero la nave se mantendrá de una pieza, ¿no es cier-to?
—Sí, eso sí —reconoció el ingeniero con algo de pesar. Kirk veía que lo que Scotty deseaba era desmontar los motores y reconstruirlos amorosamente desde cero, para hacerlos más potentes, para conferirles un poquitín más de rendimiento—. Pero no puedo recomendarlo.
—¿Cuál es la peor avería que podemos tener?
—Las botellas magnéticas. En algunos puntos los campos se han reducido considerablemente. Una sola ruptura y perderemos toda la potencia. Podría ser fatal, señor. —Scotty hizo un expresivo gesto con las manos para mostrar cómo estallaría todo.
Kirk pensó en aquello y preguntó:
—¿Qué factor hiperespacial considera el máximo dentro de los límites de seguridad? Que no sea potencia de impulsión hasta un dique seco.
—Bueno, señor, nada superior a factor hiperespacial tres. El esfuerzo excesivo…
—Lo sé, Scotty. No se imagina lo bien que lo sé. —Kirk respiró profundamente, recorrió la sala de motores una vez más con la mirada, y concluyó—: Adelante. Y yo intentaré no pedirle nada superior a un factor dos.
—No he querido decir que estuviera bien viajar siquiera a esa velocidad, señor. Lo que quise decir es que el factor tres es el máximo.
Kirk dejó a Scotty mascullando para sí, manoseando indicadores y tomando centenares de no-tas sobre nuevas y diversas maneras de realizar ajustes finos en sus preciosos motores. Sin embargo, el capitán Kirk estaba preocupado por la inestabilidad de las botellas magnéticas de los motores hiperespaciales. Los poderosos campos magnéticos contenían en su interior materia y antimateria, que impulsaban a la nave a través del hiperespacio. El más leve debilitamiento de ese campo signi-ficaba pérdida de energía en el mejor de los casos, y destrucción total en el peor.
Luego, Kirk apartó el tema de su mente. Él tenía sus órdenes. Que Scotty cumpliera con las suyas.
—Informe de estado, señor Chekov.
—Todo bien, capitán —respondió el navegante—. En curso, factor hiperespacial dos, según las órdenes.