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El Comité para las Supresiones Estéticas
Desperté en la cama junto a un hombre y un gato. El hombre era un desconocido; el gato no.
Cerré los ojos e intenté centrarme…, aferrar el «ahora» a mis recuerdos de la noche pasada.
No sirvió de nada. No había ninguna «noche pasada». Mi único recuerdo definido era viajar como pasajera de un irrelevante autobús Burroughs, en dirección a New Liverpool, cuando se produjo un fuerte bang, mi cabeza golpeó el asiento que tenía delante, luego una dama me tendió un bebé, y nos dirigimos hacia la salida de emergencia de estribor, yo con un gato en un brazo y un bebé en el otro, y vi a un hombre con el brazo derecho arrancado de cuajo…
Tragué saliva y abrí los ojos. Un desconocido en mi cama era mejor que un hombre desangrándose por un muñón allá donde hubiera debido estar su brazo derecho. ¿Había sido todo una pesadilla? Deseaba fervientemente que sí.
Si no lo era, entonces, ¿qué había hecho yo con el bebé? Y, ¿de quién era ese bebé? Maureen, eso no se hace. Perder un bebé es inexcusable.
—Pixel, ¿has visto un bebé? —El gato guardó silencio, y un alegato de no culpabilidad fue dirigido al tribunal.
Mi padre me dijo en una ocasión que yo era la única de sus hijas capaz de sentarme en la iglesia y descubrir que lo había hecho encima de un pastel de merengue de limón caliente…, cualquier otro hubiera mirado antes. (Yo había mirado. Pero mi primo Nelson… Oh, no importa.)
Independientemente de los pasteles de limón, muñones sangrantes o bebés desaparecidos, estaba todavía aquel desconocido en mi cama, con su huesuda espalda vuelta hacia mí…, como un marido antes que como un amante. (Pero no recordaba haberme casado con él.)
He compartido mi cama con hombres antes, y con mujeres, y con bebés mojados, y con gatos que exigen la mayor parte de la cama, y (una vez) con un cuarteto de una barbería. Pero me gusta saber con quién estoy durmiendo (una chica chapada a la antigua, ésa soy yo). Así que le dije al gato:
—Pixel, ¿quién es? ¿Lo conocemos?
—No-o-o-o.
—Bueno, comprobemos. —Apoyé una mano en el hombro del hombre, con la intención de sacudirlo y despertarlo y luego preguntarle dónde nos habíamos conocido…, si nos habíamos conocido.
Su hombro estaba frío.
Estaba completamente muerto.
Ésta no es una buena forma de empezar el día.
Agarré a Pixel y salté de la cama por traslación instantánea; Pixel protestó. Dije secamente:
—¡Cállate!, ¿quieres? Mamá tiene problemas. —Forcé una pausa talámica de al menos un microsegundo, quizá más, y decidí no huir de cabeza al exterior, o al pasillo, como parecía lo aconsejable…, sino frenar un poco e intentar evaluar la situación antes de empezar a chillar pidiendo ayuda. Lo cual fue una buena idea, pues descubrí que iba descalza de pies para arriba. No es que me preocupe ir desnuda, pero parece prudente vestirse antes de informar del hallazgo de un cadáver. Seguramente la policía desearía interrogarme, y he conocido polis que explotarían cualquier ventaja para desequilibrarla a una.
Pero primero había que echarle una mirada al cadáver.
Aferrando todavía a Pixel, di un rodeo y me incliné al otro lado de la cama. (Gulp.) Nadie a quien conociera. Nadie con quien decidiera irme a la cama, aunque estuviera en perfecta salud. Lo cual no era el caso; aquel lado de la cama estaba empapado en sangre. (Dos gulps y un estremecimiento.) Había sangrado por la boca… o tenía rebanada la garganta; no estaba segura de cuál de las dos cosas, y no sentía deseos de investigarlo.
Así que retrocedí y miré a mi alrededor en busca de mis ropas. Sabía en lo más profundo de mis huesos que aquel dormitorio formaba parte de un establecimiento hotelero; las habitaciones de alquiler no tienen el mismo sabor que una casa particular. Era una suite lujosa; me tomó un larguísimo tiempo mirar en todos los armarios y compartimientos y cajones y alacenas y etcétera…, y luego volver a hacerlo de nuevo cuando mi primera búsqueda no dio con mis ropas. La segunda búsqueda, más concienzuda, no halló ni un harapo…, ni de su talla ni de la mía, ni ropas de hombre ni de mujer.
Decidí, de buen o mal grado, telefonear al director, contarle el problema, dejar que llamara a los polis…, y pedirle la cortesía de enviarme una bata de baño o un kimono o algo parecido.
Así que busqué un teléfono.
Alexander Graham Bell había vivido en vano.
Me detuve, frustrada.
—¡En nombre de un perro! ¿Dónde demonios han escondido este maldito teléfono?
Una voz incorpórea dijo:
—Madam, ¿podemos ofrecerle el desayuno? Nos sentimos orgullosos de nuestro Bruñen Cosecha: un abundante bol de frutas frescas surtidas; una bandeja de quesos; un cesto de panecillos calientes recién horneados y crujientes y blandas rebanadas de pan de molde, con mermeladas y jaleas y jarabes y mantequilla belga. Pequeños bocaditos en brochette; revoltillo de huevos a la octaviana; civet de la sabana ahumado; farkels en salsa agridulce; strudel bávaro; vinos normales y espumosos a elegir, cerveza Strine de alta graduación, Mocha, Kona, café turco y próxima, mezclados o solos; todo ello servido con…
Reprimí un reflejo de náusea.
—¡No quiero desayunar!
—Entonces quizá madam prefiera disfrutar de nuestro Despertador de Vacaciones: zumos de frutas a elegir, panecillos recién salidos de nuestros hornos, las mermeladas o jaleas de gourmet que desee, toda clase de batidos que llenan pero no engordan. Todo ello servido con las últimas noticias, o música de fondo, o silencio relajante.
—¡No quiero comer nada!
La voz respondió pensativamente:
—Madam, soy una máquina programada para ocuparme de nuestro servicio de comidas y bebidas. ¿Puedo pasarla a algún otro programa? ¿Limpieza? ¿Jefe de conserjes? ¿Mantenimiento?
—¡Póngame con el director!
Hubo una corta pausa.
—¡Servicio de habitaciones! ¡Hospitalidad con una sonrisa! ¿En qué podemos servirla?
—¡Póngame con el director!
—¿Tiene algún problema?
—¡Usted es el problema! ¿Es un hombre o una máquina?
—¿Tiene esto alguna importancia? Por favor, dígame en qué podemos servirla.
—Si no es usted el director, no puede. ¿Qué es lo que le cuelga, testículos o electrones?
—Madam, soy una máquina, pero muy flexible. Mis memorias incluyen todos los currículums del Instituto Procusto de Ciencias Hoteleras, incluidos todos los casos producidos hasta ayer a medianoche. Si tiene la amabilidad de exponer su problema, lo cotejaré inmediatamente con algún caso precedente y le mostraré cómo fue solucionado a satisfacción del huésped. ¿Por favor?
—Si no me pone con el director en menos de una fracción de segundo, le garantizo que el director enterrará un hacha en su oxidada sesera e instalará un cerebro analógico Burroughs-Libby en su lugar. ¿Quién afeitó al barbero? ¿Qué dicen sus currículums al respecto? Imbécil.
Esta vez obtuve una voz femenina.
—Oficina del director. ¿En qué podemos servirla?
—¡Pueden sacar a este hombre muerto de mi cama!
Una corta pausa.
—Servicio de limpieza, al habla Hester. ¿En qué podemos servirla?
—Hay un hombre muerto en mi cama. No me gusta. Lo ensucia todo.
Otra pausa.
—Servicio de Escolta César Augusto, al servicio de todas las eventualidades. ¿Debo entender que uno de sus caballeros acompañantes murió en su cama?
—No sé quién es; sólo sé que está muerto. ¿Quién se ocupa de esas cosas? ¿El servicio de habitaciones? ¿El de retirada de basuras? ¿El médico de la casa? Y quiero que cambien también las sábanas.
Esta vez me ofrecieron música de fondo mientras aguardaba…, y aguardaba…, durante las dos primeras óperas del Ciclo de los Anillos y buena parte de la tercera.
—Servicio de Administración y Contabilidad, al habla el señor Munster. Esa habitación no fue alquilada para ocupación doble. Habrá un cargo adicional…
—Escuche, amigo, se trata de un cadáver. No creo que un cadáver pueda considerarse como «ocupación doble». La sangre está goteando de la cama y mancha toda la alfombra. Si no envían a alguien inmediatamente aquí arriba, la alfombra se estropeará.
—Habrá un cargo adicional por daños en la alfombra. Eso puede considerarse algo más que desgaste natural.
—¡Grrr!
—¿Perdón?
—Voy a prender fuego a las cortinas.
—Malgastará su tiempo; las cortinas son ignífugas. Pero su amenaza ha quedado registrada. Según la Reglamentación de Alojamientos, sección Siete D…
—¡Saquen a este muerto de aquí!
—Por favor, aguarde. La pondré en comunicación con el jefe de conserjes.
—Hágalo, y le dispararé apenas cruce la puerta. Muerdo. Araño. Estoy echando espuma por la boca. No he tomado mis pildoras.
—Madam, por favor, contrólese. Nos enorgullecemos de…
—Y luego bajaré hasta su oficina y le encontraré, señor monstruo Munster, y lo arrancaré fuera de su silla y me sentaré yo en ella, y lo pondré boca abajo sobre mis rodillas y le bajaré los pantalones y… ¿Le he mencionado que soy de Hércules Gamma? Aceleración superficial de dos gravedades y media; nos comemos a los que son como usted para desayunar. Así que quédese donde está; no me haga tener que buscarle.
—Madam, lamento tener que decirle que no podrá usted sentarse en mi silla.
—¿Quiere apostar?
—No tengo ninguna silla; estoy firmemente atornillado al suelo. Y ahora tengo que desearle buenos días y pasar el asunto a nuestras fuerzas de seguridad. Hallará los cargos adicionales en su factura. Espero que disfrute de nuestra estancia con nosotros.
Aparecieron demasiado pronto; todavía estaba contemplando aquellas cortinas ignífugas, preguntándome si podría hacer con ellas lo mismo que Scarlett O ‘Hara había hecho con las cortinas de Tara, o podría arreglarme una simple toga, como Eunice en Los últimos días de Pompeya (¿o era en Quo Vadis?), cuando llegaron: un médico de la casa, un polizonte de la casa y un mono de la casa, este último con un carrito. Varias otras fruslerías se apiñaron tras ellos, hasta que fuimos los suficientes como para formar un par de equipos.
No necesité preocuparme acerca de estar desnuda; nadie pareció darse cuenta de ello…, lo cual me irritó. Los caballeros, al menos, hubieran debido babear. Y un silbido lobuno o algún que otro aplauso no hubiera estado fuera de lugar. Menos que esto hace que una mujer se sienta insegura de sí misma.
(Quizá soy demasiado sensible. Pero desde mi sesquiceníenario siento inclinación a examinar el espejo cada mañana, preguntándome.)
Sólo había una mujer en aquella multitud de intrusos. Me miró y resopló, lo cual me hizo sentirme un poco mejor.
Entonces recordé algo. Cuando tenía doce años, mi padre me dijo que iba a tener montones de problemas con los hombres. Yo le respondí:
—Padre, tu extraviada mente está más extraviada que nunca. No soy hermosa. Los chicos ni siquiera me arrojan bolas de nieve.
—Un poco de respeto, por favor. No, no eres hermosa. Es la forma en que hueles, mi querida hija. Vas a tener que bañarte a menudo…, o alguna noche especialmente cálida vas a resultar violada y asesinada.
—¡Oh, pero si me baño cada semana! Tú lo sabes.
—En tu caso, no es suficiente. Ten en cuenta mis palabras.
Tuve en cuenta sus palabras, y supe que mi padre sabía de lo que estaba hablando. Mi olor corporal cuando me siento bien y feliz es muy parecido al de una gata en celo. Pero hoy no me sentía feliz. Primero ese hombre muerto me asustó, y luego aquellas malditas máquinas me pusieron furiosa…, lo cual provoca un tipo de olor completamente distinto. Una gata que no esté en celo puede pasar directamente por en medio de una congregación de gatos, y éstos la ignorarán. Como yo estaba siendo ignorada.
Apartaron la sábana que cubría a medias mi difunto compañero de cama. El médico de la casa observó el cadáver sin tocarlo, luego miró más de cerca aquel horrible charco rojo…, se inclinó, lo olisqueó, luego hizo que se me pusiera la piel de gallina cuando mojó un dedo en él, se lo llevó a la boca y lo probó.
—Pruébelo usted, Adolf. Dígame lo que piensa.
Su colega (supuse que era otro médico) probó también la repugnante masa roja.
—Heinz.
—No. Skinner’s.
—Con el debido respeto, doctor Ridpath, ha estropeado usted su paladar con esa ginebra barata que toma. Heinz. El ketchup Skinner’s tiene más sal. Lo cual mata el delicado sabor del tomate. Cosa que usted no puede apreciar, con sus malos hábitos.
—¿Apuesta diez mil, doctor Weisskopf? Incluso en dinero.
—Hecho. ¿Qué sitúa usted como causa de la muerte, señor?
—No intente atraparme, doctor. La «causa de la muerte» es trabajo suyo.
—Su corazón se detuvo.
—¡Brillante, doctor, brillante! Pero, ¿por qué se detuvo?
—En el caso del juez Hardacres, durante algunos años la pregunta ha sido: ¿Qué lo mantiene con vida? Antes de que exprese alguna opinión, deseo colocarlo sobre una losa y abrirlo en canal. Puede que me haya apresurado; tal vez resulte que no tiene corazón.
—¿Va a abrirlo en canal para aprender algo, o para asegurarse de que sigue muerto?
—Hay mucho ruido aquí dentro, ¿no cree? ¿Autoriza a retirar el cuerpo? Haré que lo bajen.