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Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia durante el régimen de Horthy en los años veinte, hasta que abandonó definitivamente su país en 1948 con la llegada del régimen comunista y emigró a los Estados Unidos. La subsiguiente prohibición de su obra en Hungría hizo caer en el olvido a quien en ese momento estaba considerado uno de los escritores más importantes de la literatura centroeuropea. Así, habría que esperar varios decenios, hasta el ocaso del comunismo, para que este extraordinario escritor fuese redescubierto en su país y en el mundo entero. Sándor Márai se quitó la vida en 1989 en San Diego, California, pocos meses antes de la caída del muro de Berlín.
La búsqueda de la verdad como fuerza liberadora, como soporte ético imprescindible para sobrellevar el transcurso de una vida, está en el centro de esta novela magistral, que tras permanecer en el olvido durante más de cincuenta años fue rescatada por la prestigiosa editorial italiana Adelphi y se colocó rápidamente en el primer puesto de las listas de libros más vendidos de Italia. La tremenda exactitud de su prosa, apenas atemperada con un barniz de refinada melancolía, unida a la vigencia de sus propuestas morales, sitúa a Sándor Márai entre los grandes escritores europeos de este siglo. Un pequeño castillo de caza en Hungría, al pie de los Cárpatos, donde alguna vez se celebraron elegantes veladas y cuyos salones decorados al estilo francés se llenaban de la música de Chopin, ha cambiado radicalmente de aspecto. El esplendor de antaño ya no existe, todo anuncia el final de una época. Dos hombres mayores, que de jóvenes habían sido amigos inseparables, se citan a cenar tras cuarenta años sin verse. Uno ha pasado mucho tiempo en Extremo Oriente, el otro, en cambio, ha permanecido en su propiedad. Pero ambos han vivido a la espera de este momento, pues entre ellos se interpone un secreto de una fuerza singular. Todo converge en un duelo sin armas, aunque tal vez mucho más cruel, cuyo punto en común es el recuerdo imborrable de una mujer. La tensión aumenta, línea tras línea, hasta que se hace casi insoportable, pero la prosa continúa, implacable, precisa, fiel reflejo del empeño de los protagonistas por hurgar hasta en lo más recóndito de sus almas, allí donde se encuentran esas verdades cuyo descubrimiento provoca, al mismo tiempo, un insoslayable dolor y un incontenible impulso vital.
Título original: A Gyertyak Csonkig Egnek
Traducción del húngaro: Judit Xantus
Con la colaboración de Magyar Konyv Alapítvány (Fundación Húngara del Libro)
Copyright © Heirs of Sándor Márai, Vórosvary- Weller Publishing Toronto Copyright © Ediciones Salamandra, 1999
1
El general se entretuvo casi toda la mañana en la bodega del lagar. Había salido al viñedo de madrugada, junto con el vinatero, para ver qué se podía hacer con dos barriles de vino que habían empezado a fermentar. Eran las once pasadas cuando terminaron de embotellar el vino; entonces regresó a la casa. Bajo las columnas del porche de piedras húmedas que olían a moho le esperaba el montero, para entregar a su señor una carta que acababa de llegar.
—¿Qué quieres? —le preguntó, y se detuvo con fastidio. Se echó atrás el sombrero de paja de ala ancha que le cubría la frente y le oscurecía totalmente la cara rojiza. Hacía años que no leía ni abría ninguna carta. El correo lo abría, examinaba y seleccionaba uno de sus sirvientes de confianza, en la oficina del administrador.
—Un recadero acaba de traerla —dijo el montero, que se mantenía en posición de firme en el porche.
Reconoció la letra, cogió la carta y la guardó en el bolsillo. Entró en el frescor del vestíbulo y entregó al montero su sombrero y su bastón, sin musitar palabra. Sacó las gafas del bolsillo donde guardaba también los puros, se acercó a la ventana y se puso a leer la carta en la sombra rasgada apenas por algunos rayos que penetraban por las rendijas de las persianas medio echadas.
—Espera —dijo por encima del hombro al montero, que se disponía a retirarse con el sombrero y el bastón.
Arrugó la carta y se la guardó en el bolsillo.
—Que Kálmán prepare el coche para las seis. El landó, que va a llover. Que se ponga la librea de gala. Tú también —añadió con énfasis, como si estuviera enfadado por algo—. Que todo esté limpio y reluciente. Que empiecen ahora mismo a limpiar el coche y el aparejo. Te vistes de gala, ¿entendido? Y te sientas al lado de Kálmán, en el pescante.
—Entendido, excelencia —respondió el montero, mirando a su amo fijamente a los ojos—. A las seis en punto.
—A las seis y media os vais —dijo, moviendo a continuación los labios en silencio, como si estuviera contando—. Os presentáis en el Hotel del Águila Blanca. Sólo tienes que decir que te he enviado yo y que ya está dispuesto el coche del capitán. Repítelo. El montero repitió las instrucciones. Entonces el general levantó una mano y miró al techo, como si quisiera añadir algo más. No dijo nada y subió al primer piso. El montero, firme, lo observó con ojos vidriosos, lo siguió con la mirada y esperó a que la cuadrada figura de anchas espaldas desapareciera por el recodo de la escalera de piedra del primer piso.
El general entró en su habitación, se lavó las manos y se acercó al pupitre alto y estrecho, cubierto de paño verde, salpicado de manchas de tinta, donde había portaplumas, tinteros y cuadernos con tapas de hule a cuadros, como los que utilizan los colegiales para hacer los deberes, todos guardados con un orden milimétrico. En el centro del pupitre había una lámpara de pantalla verde y la encendió porque la habitación estaba a oscuras. Detrás de las persianas echadas, el verano quemaba el jardín lleno de plantas secas y de hojas arrugadas, como un pirómano colérico que incendiara toda la vegetación antes de desaparecer. El general sacó la carta del bolsillo, alisó el papel con gran cuidado y, con las gafas caladas, volvió a leer las frases cortas y rectas, escritas con letra fina, a la luz resplandeciente de la lámpara. Juntó las manos por detrás mientras leía.
En una pared había un almanaque de números enormes. Catorce de agosto. El general echó la cabeza hacia atrás, para contar. Catorce de agosto. Dos de julio. Contaba el tiempo transcurrido entre una fecha remota y aquel día. Cuarenta y un años, dijo en voz alta. Hacía rato que hablaba en voz alta, aunque estaba solo en la habitación. Cuarenta años, repitió después, un tanto confundido. Como un colegial que se enreda por lo difícil de los deberes, se puso colorado, echó la cabeza atrás y cerró los ojos humedecidos. Por encima de la chaqueta amarilla como el maíz tenía el cuello hinchado y rojo. Dos de julio de mil ochocientos noventa y nueve, la fecha de aquella cacería, musitó. Luego guardó silencio. Apoyó los codos en el pupitre, con preocupación, como si fuera un colegial aplicado, volvió a mirar el texto de la carta, aquellas pocas líneas. Cuarenta y uno, dijo al final, con la voz ronca. Y cuarenta y tres días. Eso era.
A continuación, como si ya se hubiese calmado, dio unos pasos por la habitación. En el centro había una columna que sustentaba el techo abovedado. Antaño había habido allí dos habitaciones: un dormitorio y un vestidor. Hacía muchísimos años —ya sólo contaba las décadas, no le gustaban los números exactos, como si todas las fechas le recordaran algo que prefiriese olvidar— había mandado derribar el muro que separaba las dos estancias. Sólo se dejó intacta la columna que soportaba las bóvedas del centro. La casa la había construido doscientos años atrás un proveedor militar que abastecía de avena a la caballería del ejército austriaco y que más tarde se hizo con el título de duque. Fue entonces cuando mandó construir la mansión. El general había nacido en la casa, en aquella habitación. La más oscura de las dos habitaciones, cuyas ventanas daban al jardín, al huerto y a los edificios de la hacienda, era por entonces la de su madre, y la más luminosa y alegre servía de vestidor. Hacía ya décadas, al cambiarse él a esta ala del edificio, había mandado derribar el tabique medianero y había convertido las dos habitaciones en una sola, más grande, dominada por las sombras. Había diecisiete pasos desde la puerta hasta la cama. Dieciocho desde la pared del jardín hasta el balcón. Los había contado muchas veces, y lo sabía con certeza y precisión.
Vivía en aquella habitación, adaptado a las dimensiones de las enfermedades que le acechaban. Le quedaba como hecha a medida. Pasaban años y años sin que se desplazara a la otra parte del edificio, ocupada por salones multicolores, verdes, azules y rojos, con arañas doradas en el techo. Allí las ventanas daban al parque, a los castaños que asomaban tras los cristales de ventanas y puertas, ascendiendo en semicírculo, orgullosos, ante los balcones de piedra del ala sur de la mansión, elevando en primavera sus flores rosadas y sus hojas verde oscuro. Unos angelitos regordetes de piedra sostenían los pasamanos de los balcones. El general se pasaba las mañanas en el lagar o en el bosque, se acercaba a diario al arroyo lleno de truchas, incluso en las mañanas lluviosas y frías del invierno. Luego, al volver a la casa, subía desde el porche a su dormitorio, donde le servían la comida.
—Así que ha regresado —dijo en voz alta—. Después de cuarenta y un años. Y cuarenta y tres días.
Se tambaleó de repente, como si se hubiese agotado al pronunciar tales palabras, como si hubiera comprendido de pronto lo mucho que eran cuarenta y un años y cuarenta y tres días. Se sentó en una de las sillas tapizadas en cuero, un tanto destartaladas. En la mesilla había una campanilla de plata al alcance de la mano: la agitó.
—Que suba Nini —le dijo al criado. Luego añadió cortésmente—: Que haga el favor.
No se movió, se quedó sentado, con la campanilla de plata en la mano, hasta que llegó Nini.
2
Nini tenía noventa y un años, pero llegó enseguida. Había criado al general en aquella misma habitación. Había estado presente durante su nacimiento. Tenía entonces dieciséis años y era muy hermosa. Era bajita, pero tan fuerte y tranquila como si su cuerpo conociese todos los secretos. Como si escondiese algo en sus huesos, en su sangre, en su carne, los secretos del tiempo o de la vida, algo que no se puede decir a los demás, algo que no se puede traducir a ningún idioma, un secreto que las palabras no pueden expresar. Era la hija del cartero del pueblo; a los dieciséis años dio a luz a un niño y nunca reveló a nadie quién era el padre. Amamantó al general, porque tenía leche en abundancia. Había subido a la mansión tras echarla su padre de casa. No tenía más que el vestido que llevaba puesto y un mechón del cabello de su hijo muerto que guardaba en un sobre. Así llegó a la mansión, y en el momento del parto. El primer sorbo de leche que tomó el general fue del seno de Nini.
Así vivió en la mansión, sin decir palabra, durante setenta y cinco años. Sonreía siempre. Su nombre volaba por las habitaciones, como si los habitantes de la mansión quisieran llamar la atención de los demás, comunicarles algo. Simplemente decían: «¡Nini!» Era como si dijeran: «Qué curioso, existe algo más en el mundo que la egolatría, la pasión o la vanidad. Existe Nini…» Como estaba siempre allí donde se la necesitaba, nunca se la veía en ningún sitio. Como siempre estaba contenta, nunca le preguntaban cómo podía estar de buen humor tras haberse ido el hombre al que amaba, tras haberse muerto el niño para quien se le habían hinchado los senos de leche. Amamantó y crió al general, y pasaron setenta y cinco años. A veces, el sol brillaba encima de la mansión, encima de la familia, y en aquellas ocasiones, en medio de aquel resplandor general, todos se daban cuenta, sorprendidos, de que Nini también sonreía. Más tarde murió la condesa, la madre del general, y Nini limpió su frente blanca, fría, cubierta de sudor, con un paño humedecido en vinagre. Más adelante llevaron al padre del general en una camilla, porque se había caído del caballo: vivió cinco años más. Nini lo cuidó. Le leía libros en francés, y como no hablaba aquel idioma, le deletreaba las palabras que no era capaz de pronunciar, leía todo letra por letra, muy lentamente, una palabra tras otra. El enfermo lo entendía de todas formas. Más tarde se casó el general, y cuando volvió con su esposa de la luna de miel, Nini los esperaba en la puerta de la mansión. Besó la mano a la nueva señora y le entregó un ramo de rosas. En aquel momento también sonreía, el general se acordaba a veces de ello. Más adelante, unos veinte años más adelante, murió la señora, y Nini cuidó de su tumba y sus vestidos.
No tenía título ni rango en la casa. Solamente tenía su fuerza, que todo el mundo sentía por igual. Sólo el general se acordaba, de manera un tanto distraída, de que Nini tenía más de noventa años. Nadie mencionaba este hecho. La fuerza de Nini llenaba la casa, a las personas, traspasaba las paredes, los objetos, como una corriente secreta: era como los hilos invisibles que mueven los muñecos del titiritero ambulante, como los hilos que mueven a Juanito y el Ogro. A veces les parecía que la casa se derrumbaría con todos sus muebles si la fuerza de Nini no lo tuviera todo unido; que se caería en pedazos, como los paños muy antiguos se deshacen al tocarlos. Cuando su esposa murió, el general partió de viaje. Regresó un año después, y enseguida se mudó al ala más antigua de la mansión, a la habitación que había sido de su madre. El ala nueva, donde había vivido con su esposa, se cerró: allí quedaron los salones multicolores, con sus paredes tapizadas en seda francesa que ya empezaba a rasgarse, la sala enorme con la chimenea y los libros, la escalera decorada con cornamentas de ciervo, con cabezas de gamuza y urogallos disecados, el gran comedor cuyas ventanas daban al valle y a la pequeña ciudad, a los montes lejanos de cimas azuladas, las habitaciones de su esposa y su antiguo dormitorio, que se encontraba al lado de aquéllas. Desde hacía treinta y dos años, desde que su esposa había muerto, y él había regresado del extranjero, solamente Nini entraba en aquellas salas y habitaciones, y los criados cuando, cada dos meses, hacían limpieza.
—Siéntate, Nini.
La nodriza se sentó. Había envejecido en el curso de aquel año. Cuando pasa de los noventa, la gente envejece de manera distinta que a los cincuenta o a los sesenta. Envejece sin resentimiento. La cara de Nini estaba llena de arrugas y era rosada: envejecía como los paños más nobles, como una seda fina y antigua, tejida por toda una familia de hábiles artesanos que hubiesen puesto todos sus sueños en aquel retal. Durante el último año, un ojo de Nini enfermó de cataratas. Desde aquel momento, el ojo se volvió gris, parecía apagado y triste. El otro era todavía azul, del color de los lagos profundos de los montes, del azul que ostentan durante los meses de agosto. Este ojo sonreía. Nini iba vestida de azul marino, como siempre, y llevaba una falda de pana azul marino y una blusa del mismo color. Era como si en setenta y cinco años nunca se hubiese puesto otra ropa.
—Me ha escrito Konrád —dijo el general, alzando la carta con la mano, sin dar importancia al gesto, con deseos de enseñársela—. ¿Te acuerdas de él?
—Sí —respondió Nini. Se acordaba de todo.
—Está aquí, en la ciudad —dijo el general muy bajo, como si le estuviera dando una noticia muy importante, muy confidencial—. Está alojado en el Hotel del Águila Blanca. Vendrá por la tarde, he ordenado disponer el coche para ir a buscarlo. Se quedará aquí para cenar.
—¿Aquí? ¿Dónde? —preguntó Nini, muy serena. Su ojo azul, vivo y sonriente, recorrió la habitación.
Hacía dos décadas que no recibían invitados. A las visitas que llegaban de vez en cuando y que se quedaban a almorzar, a los representantes de la autoridad municipal o provincial y a los participantes en las grandes cacerías los recibía el administrador de la hacienda, en la casa del bosque donde todo estaba dispuesto; siempre, día y noche y en cualquier estación; allí todo estaba preparado: los dormitorios, los cuartos de baño, la cocina, el gran comedor decorado con motivos de caza, el porche abierto, las mesas de borriquete. En tales ocasiones, el administrador de la hacienda presidía la mesa, e invitaba a los cazadores o a los representantes de la autoridad en nombre del general. Ningún invitado se enfadaba, puesto que todos sabían que el señor de la casa no se dejaba ver. A la mansión sólo llegaba el párroco, una vez al año, en invierno, cuando aparecía para apuntar con tiza en el dintel de la puerta las iniciales de los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. El mismo párroco que había enterrado a los muertos de la familia. Nadie más, nunca.
—En la otra ala —respondió el generad—. ¿Es posible?
—Hace un mes que hicimos limpieza —observó la nodriza—. Es posible.
—A las ocho en punto. ¿Es posible?… —preguntó, un tanto excitado, con la curiosidad de un niño, inclinándose hacia delante en el sillón—. En el gran comedor. Ahora son las doce.
—Las doce en punto —dijo la nodriza—. Voy a dar la orden. Que dejen las ventanas abiertas hasta las seis, para que se airee, y que pongan la mesa después. —A continuación, sus labios se movieron sin pronunciar palabra, como si estuviera echando cuentas. Calculaba el tiempo necesario para cada tarea—. Sí —afirmó al cabo de un rato, con voz tranquila y decidida.
El general la observó con curiosidad, inclinándose hacia delante. Su vida y la de ella habían transcurrido paralelas, con el movimiento lento y ondulado de los cuerpos muy viejos. Lo sabían todo el uno del otro, más de lo que una madre puede saber de su hijo, más de lo que un marido puede saber de su mujer. La comunión de sus cuerpos los unía con más fuerza que ningún otro lazo. Quizás fuera por la leche materna. Quizás porque Nini había sido el primer ser vivo que había visto al general al nacer, en el momento de llegar al mundo, lleno de sangre y de mucosidad, como se suele nacer. Quizás fuera por los setenta y cinco años que habían pasado juntos, bajo el mismo techo, comiendo la misma comida, respirando el mismo aire: lo compartían todo, hasta el olor a moho de la casa, hasta los árboles que crecían delante de las ventanas, todo. Y todo esto no se podía expresar con palabras. No eran hermanos, ni amantes. Existe algo diferente de todos esos lazos, y ellos lo intuían de una manera poco precisa. Existe una especie de hermandad, más fuerte y más densa que la que une a los gemelos que salen del mismo útero. La vida había mezclado sus días y sus noches, lo sabían todo del cuerpo del otro, de los sueños del otro.
La nodriza preguntó:
—¿Quieres que todo sea como antaño?
—Sí, eso quiero —respondió el general—. Exactamente igual. Como la última vez.
—Bien —respondió ella con parquedad.
Se acercó al general, se inclinó ante él y le besó la mano fuerte, vieja, llena de manchas parduscas y adornada con un anillo.