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Paul Harrel se despertó, confundido y semiinconsciente, con la sensación de haber sobrevivido a pesadillas durante largo tiempo. Cada músculo del cuerpo estaba resentido como si fuera un dolor de muelas, y tenía la cabeza como si sufriera una resaca terrible después de una borrachera sensacional.
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Recuerdos vagos, un hombre con su cara y su propia voz preguntando: ¿ Quién demonios eres tú? ¿No serás el diablo, por casualidad? Y no porque él creyera en el diablo ni en el infierno ni en ninguna de esas cosas inventadas para obligar a la gente a hacer lo que otros quieren en vez de hacer lo que cada uno considera mejor.
Movió la cabeza y el dolor lo acobardó.
¡Puf! ¡Realmente, me parece que debí de pescar una buena, anoche!
Se estiró, intentando darse vuelta, y descubrió que estaba acostado con las piernas extendidas, cómodamente estirado. Eso acabó por despertarlo del todo, en un estado de confusión.
Podía moverse, estirarse: ¡No estaba en la caja de estasis!
¿Todo había sido una pesadilla, entonces? La huida de la policía de Alfa, la rebelión que había liderado en la cocina, el enfrentamiento final, sus hombres baleados en torno a él, la captura y el juicio, y finalmente el horror de la caja de estasis que se cerró alrededor de él para siempre.
Para siempre. Ésa había sido su última idea. Para siempre.
Indoloro, por supuesto. Incluso placentero, como irse a dormir cuando uno estaba completamente exhausto. Pero él se había debatido y había luchado para detener ese último instante de conciencia, sabiendo que en efecto sería el último; nunca despertaría.
Los gobiernos humanos habían abolido la pena de muerte mucho tiempo atrás. Con demasiada frecuencia, pocos años después de la ejecución del prisionero, nuevas evidencias solían demostrar que el condenado había sido inocente. La muerte convertía el error en irrevocable, lo cual incomodaba a todo el sistema judicial.
La caja de estasis mantenía al prisionero alejado de la sociedad, pero siempre podía ser sobreseído y vuelto a la vida. Nada de prisiones, nada de recuerdos traumáticos por la asociación con criminales reincidentes, nada de motines en las cárceles, ninguna necesidad de consejeros, de recreación, de rehabilitación. Sólo había que encerrarlos en una caja de estasis, dejarlos envejecer naturalmente para que al final murieran en la inconsciencia, en el olvido… a menos que se demostrara su inocencia. Entonces, siempre podían sacarlos de allí.
Pero, pensó Paul Harrel, nadie conseguiría probar que él era inocente. Era más culpable que el demonio y, lo que es más, él mismo lo había admitido y había intentado con todas sus fuerzas que lo mataran antes de capturarlo. Además, se había asegurado de llevarse diez policías por delante, para que legalmente no pudieran concederle la opción de Rehabilitación.
El resto de sus hombres, los que no resultaron
muertos, fueron a rehabilitación dóciles como ovejas, para acabar transformados en esas nadas conformistas que es lo único que admiten en este estúpido mundo. Garitos domésticos. Fenómenos sin coraje. Y hasta el final, Paul advirtió que el juez y sus asesores legales esperaban que él se desmoronara y suplicara la clemencia del ejecutivo, una oportunidad de ir a Rehab, para que ellos pudieran meterse en su cabeza con drogas, reeducación y lavado de cerebro, con el propósito de convertirlo en un nadie y que siguiera a los otros marcando el paso a través de lo que ellos llamaban vida.
Pero yo no, gracias. Yo no quería jugar a su condenado juego. Al terminar mi turno, estaba dispuesto a irme, y me fui.
Había sido una buena vida mientras duró. ¡Se había burlado de sus estúpidas leyes porque durante años ellos no alcanzaron siquiera a sospechar que alguien pudiera transgredir sus leyes salvo accidentalmente o por ignorancia! Él había tenido todas las mujeres que había querido, todos los lujos.
Sobre todo mujeres. Él no participaba en los juegos estúpidos a que las mujeres solían empujar a los hombres. Él era un hombre, y si ellas querían un hombre en vez de una oveja, tenían que aprender enseguida que Paul Harrel no jugaba según sus reglas conformistas y de castrados.
Esa condenada mujer que me echó encima a la policía.
Probablemente su madre le había enseñado que debía gritar si la violaban, o si el hombre no se ponía de rodillas y fingía ser un capón, un estúpido sin pelotas que permitiera que una mujer lo arrastrara de la nariz… ¡y que no la tocara salvo cuando ella se lo permitía! Demonios, él sabía más. Eso era lo que las mujeres querían y lo que les gustaba: que un hombre las tomara sin aceptar un no como respuesta.
Bien, ella lo había descubierto; Paul no entraría en ese juego, ni siquiera con la caja de estasis pendiendo sobre su cabeza. Ella probablemente supuso que él gimotearía pidiendo la oportunidad de ir a Rehab… ¡para que lo convirtieran en un maricón que ella pudiera arrastrar de las pelotas!
Bien, al diablo con ella, se despertará todas las noches de su vida, recordando que al menos una vez tuvo a un verdadero hombre…
Cuando Paul Harrel llegó a ese punto de sus recuerdos, se sentó y observó. No estaba en la caja de estasis, pero tampoco en ningún lugar que recordara. Todo habría sido una pesadilla: la muchacha, la rebelión, el combate contra la policía, el juez, el juicio, la caja de estasis…
¿Habría estado alguna vez allí, habría ocurrido todo eso en el pasado?
En ese caso, ¿quién lo había sacado?
Yacía sobre un mullido colchón, estaba cubierto con sábanas rústicas pero limpias, gruesas mantas de lana y edredones de piel. A su alrededor brillaba una luz tenue y rojiza. Extendió la mano y descubrió que la luz entraba a través de gruesos cortinajes que rodeaban la cama, que él se encontraba en una alta cama doselada como las que había visto una vez en un museo, y que las cortinas que rodeaban la cama filtraban la luz. Cortinas rojas.
Las abrió. Se encontraba en una habitación que nunca había visto con anterioridad. No sólo se trataba de eso, sino que en su vida había visto nada que se le pareciera remotamente.
Una cosa era condenadamente segura; no estaba en la caja de estasis, a menos que una parte del castigo consistiera en una serie de sueños exóticos. Tampoco se encontraba en ninguna parte del centro de Rehab. En realidad, pensó mientras miraba a través de la alta
ventana de medio punto al sol enorme y rojo que se veía más allá, no estaba en absoluto en Alfa, ni en Terra, ni en ninguno de los planetas de los Mundos Confederados que hubiera visitado antes.
Tal vez esto fuera el Valhalla, o algo así. Circulaban viejas leyendas sobre el lugar perfecto de los guerreros que habían muerto como héroes. Sin duda él había caído combatiendo; en el juicio declararon que había matado a ocho policías y que había dejado a otro inválido de por vida.
Había caído como un hombre, no como un conformista con el cerebro lavado; no había gemido como un cobarde ni había suplicado que le dieran la oportunidad de arrastrarse de rodillas un poco más en un mundo que no sentía el menor respeto por quienes preferían morir de pie.
De todas maneras, estaba fuera de la caja, lo cual era un buen punto de partida. Sin embargo estaba desnudo y todavía tenía el cabello muy corto, como cuando lo habían encerrado en la caja. No. Le habían afeitado la cabeza, de modo que había estado allí dentro un par de meses, porque ahora notaba en la cabeza el suave crecimiento.
Miró alrededor. El cuarto tenía el suelo de piedra, con algunas alfombras de piel. No había mobiliario salvo la cama y una pesada cómoda tallada de madera oscura.
De pronto, aunque todavía le dolía la cabeza, recordó otra cosa: un dolor ardiente, relámpagos azules rodeándolo, un círculo de caras, una caída desde una gran altura, dolor y después un hombre. Un hombre con su propia cara y su propia voz preguntándole: ¿ Quién eres tú? ¿Eres el diablo, por casualidad?
Viejas leyendas. Si encuentras a un hombre con tu misma cara, si encuentras a tu doble, tu doppelganger, estás listo; o bien es el diablo o un anuncio de la muerte. Pero él había muerto, prácticamente, cuando lo habían encerrado en la caja de estasis. Entonces, ¿qué más podían hacerle? De todos modos, eso había sido un sueño. ¿O no? ¿Acaso, cuando lo metieron en la caja, lo habían clonado y le habían lavado el cerebro a su clon para que fuera el ciudadano conformista y respetable que siempre habían deseado que él fuera?
De alguna manera, algo lo había traído hasta aquí. ¿Pero quién, cuándo y cómo? Y, sobre todo, ¿por qué?
Entonces se abrió la puerta y entró el hombre con su mismo rostro.
No era un parecido, como el de hermanos o gemelos. Era él.
Como él, el hombre tenía cabello rubio, pero espeso, largo y recogido en una trenza apretada atada con una cuerda roja. Paul nunca había conocido a nadie que llevara el pelo de esa manera.
Nunca había visto a un hombre vestido como aquel hombre, con prendas de gruesa lana y cuero, un chaquetón de cuero con tiras sobre una gruesa túnica de lana sin teñir, pantalones de cuero, botas altas. Ahora que Paul estaba en parte destapado, advirtió que en el cuarto hacía frío, suficiente frío como para que esas ropas cobraran sentido.
A través de la ventana descubrió una espesa capa de nieve que cubría el suelo. Bien, ya sabía que no estaba en Alfa; si le hubiera quedado alguna duda, las suaves sombras púrpuras sobre la nieve y el gran sol rojo la habrían disipado.
Pero más allá de todo eso, estaba el hombre con su misma cara. No era una mera semejanza ni un parecido que fuera a desaparecer al acercarse. Ni siquiera se trataba de la imagen que él veía en el espejo, invertida, sino el rostro que había visto cuando observaba el vídeo de sí mismo, durante el juicio.
Un clon, si alguien aparte de los ricos excéntricos pudieran permitirse algo semejante. Una réplica absoluta e idéntica de sí mismo, hasta el mentón hendido y la pequeña y parda marca de nacimiento en el pulgar izquierdo. ¿ Qué demonios está pasando aquí?
—¿Quién demonios eres tú? —preguntó.
—He venido a hacerte la misma pregunta —respondió el hombre del chaquetón de cuero.
Paul registró la extrañeza de las sílabas. Sonaban vagamente parecidas al español antiguo, un idioma del que Paul sólo conocía unas pocas palabras. Sin embargo, comprendió a la perfección lo que decía el extraño, y eso lo asustó más que cualquier otra cosa que hubiera ocurrido hasta el momento. Se estaban leyendo los pensamientos.
—Diablos —espetó—. ¡Tú eres yo!
—No del todo —replicó el otro hombre—, pero casi. Por eso te trajimos hasta aquí.
—Aquí —repitió Paul, como si se aferrara a la palabra—. ¿Dónde es aquí? ¿Qué mundo es éste? ¿Y cómo he llegado hasta aquí? ¿Quién eres tú?
El hombre meneo la cabeza, y una vez más Paul tuvo la pavorosa sensación de estar contemplándose a sí mismo.
—El sol es el sol —dijo—, y estamos en lo que llaman los Cien Reinos, éste es el reino de Asturias. En cuanto a qué mundo es éste, lo llaman Darkover, y es el único mundo que conozco. Cuando era niño me contaron una fábula acerca de la existencia de otras estrellas parecidas a nuestro sol, con miles de millones de otros mundos que giraban alrededor de ellas, como el nuestro, pero siempre sospeché que eran historias para asustar a los bebés y a las niñas. Sin embargo, anoche vi y oí cosas más extrañas que ésa. La brujería de mi padre te trajo hasta aquí, y si quieres saber por qué debes preguntárselo a él. Pero no pretendemos hacerte daño.
Paul apenas si atendió a la explicación. Miraba fijamente al hombre con su rostro, su cuerpo, sus propias manos, tratando de comprender qué sentía por el hombre.
Su hermano. Él mismo. Él me comprendería.
Las ideas se apiñaban en su mente. Al mismo tiempo, envolviéndolas, sintió una ira súbita:
¿ Cómo se atreve a andar por ahí con mi cara?
Y luego, con total confusión:
Si él es yo, entonces, ¿quién demonios soy yo?
El otro hombre pronunció la pregunta en voz alta:
—Si tú eres yo —dijo con los puños apretados—, entonces, ¿ quién soy yo ?
—Tal vez eres el diablo, después de todo —contestó Paul, con una áspera especie de carcajada—. ¿Cómo te llamas?
—Bard —respondió el hombre—, pero me llaman Lobo. Bard di Asturien, el Lobo de Kilghard. ¿Y tú?
—Mi nombre es Paul Harrel —dijo, mareado.
¿Era todo esto un sueño raro producido por la caja de estasis? ¿Habría muerto y renacido en el Valhalla?
Nada de todo esto tenía sentido para él. Nada en absoluto.
Siete años antes…
LIBRO PRIMERO
LOS HERMANOS DE CRIANZA
La luz se filtraba por cada ventana y cada resquicio del castillo Asturias: esa noche era de gran celebración para el rey Ardrin de Asturias, pues iba a prometer a su hija Carlina con su hijo de crianza y sobrino, Bard di Asturien, hijo de su hermano, don Rafael de High Fens. Casi todos los nobles de Asturias y algunos de los reinos vecinos habían venido a hacer honores al compromiso y a la hija del rey, y el patio estaba encendido de brillos: extraños caballos y bestias de montar que había que albergar en los establos, nobles ricamente vestidos, plebeyos que se apiñaban para espiar lo que pudieran desde el otro lado de las puertas y para aceptar las raciones de comida, vino y dulces que las cocinas prodigaban a todos los asistentes, criados que corrían de aquí para allá llevando recados auténticos o inventados.
En lo alto del castillo, en las aisladas habitaciones de las mujeres, Carlina di Asturien miró con disgusto a los velos bordados y la túnica de terciopelo azul, bordada con perlas de Temora, que llevaría para la ceremonia de compromiso. Tenía catorce años, era una joven esbelta y pálida, de largas trenzas oscuras recogidas detrás de las orejas y grandes ojos grises que eran su único rasgo hermoso en un rostro demasiado
pensativo y delgado para ser bello. Tenía la piel enrojecida alrededor de los ojos; había estado llorando largo rato.
—Vamos, vamos —la urgió su niñera Ysabet—. No debes llorar de este modo, chiya. Mira ese bello vestido; nunca tendrás otro tan bonito. Además, Bard es apuesto y valiente, piénsalo, tu padre lo nombró portaestandarte por su valentía en la batalla de Snow Glens. Y, después de todo, querida niña, no es como si tuvieras que casarte con un extraño. Bard es tu hermano adoptivo, criado aquí en la casa del rey desde que tenía diez años. Bien, cuando erais niños, siempre jugabais juntos, yo creí que lo amabas…
—Y lo amo… como a un hermano —susurró Carlina—. Pero casarme con Bard… no, aya, no quiero. No quiero casarme con nadie, en absoluto…
—Eso es una tontería —espetó la mujer más vieja, chistándola, y sostuvo la túnica bordada con perlas para que la joven se la pusiera.
Carlina se sometió como una muñeca a quien vistieran, sabiendo que de nada le valdría oponerse.
—¿Y por qué no quieres casarte con Bard, entonces? Es guapo y valiente. ¿Cuántos jóvenes se distinguen como él antes de cumplir dieciséis años? —preguntó Ysabet—. Estoy segura de que algún día será general de los ejércitos de tu padre. No pensarás mal de él porque es nedestro, ¿verdad? ¡El pobre muchacho no eligió nacer de una mujer que sólo fue un antojo de su padre, en vez de nacer de su legítima esposa!
Carlina esbozó una sonrisa ante la idea de que alguien pudiera decirle a Bard «pobre muchacho».
Su niñera le pellizcó la mejilla y le dijo:
—¡Bien, eso sí que conviene a la noche de tu compromiso: una sonrisa! Deja que te haga bien los lazos. —Tiró de las cintas, luego las anudó—. Siéntate aquí, cariño, mientras te ato las sandalias. ¡Mira qué hermosas, tu
madre pidió que hicieran juego con el vestido, cuero azul con perlas! ¡Qué bonita estás, Carlie, como una flor azul! Deja que te ponga estas cintas en el pelo. No creo que esta noche haya una novia más bella en nueve reinos. Sin duda Bard es digno de ti, tan rubio y tú morena…
—Qué lástima —replicó Carlina con sequedad—, que no pueda casarse contigo, ya que te gusta tanto.
—¡Oh, vamos, él no me querría a mí, vieja y marchita como estoy! —contradijo Ysabet, ocupada con ¡as cintas—. Un apuesto guerrero joven como Bard debe tener una novia joven y hermosa, y eso es lo que su padre ha dispuesto. No entiendo por qué la boda no se celebra también esta misma noche.
—Porque yo le supliqué a mi madre, y ella habló por mí ante mi padre y señor, y él consintió en que no me casara hasta los quince años —respondió Carlina—. La boda se celebrará dentro de un año, en el festival del Solsticio de Verano.
—¿Cómo soportas esperar tanto? Que Evanda te bendiga, niña, si yo tuviera un amante joven y apuesto como Bard me consumiría la impaciencia.
La mujer vio que Carlina esbozaba un gesto de disgusto y siguió hablando con mayor suavidad.
—¿Tienes miedo del lecho matrimonial, niña? Ninguna mujer ha muerto jamás por eso, y no dudo de que te resultará placentero, pero te resultará menos atemorizador desde el principio, ya que tu esposo ha sido también tu compañero de juegos y tu hermano de crianza.
Carlina meneó la cabeza.
—No, no es eso, niñera, aunque, como te dije, no me interesa el matrimonio. Preferiría pasar mi vida en castidad y haciendo buenas obras con las sacerdotisas de Avarra.
—¡Que el cielo nos proteja! —exclamó la mujer
con expresión consternada—. ¡Tu padre jamás lo permitiría!
—Lo sé, aya. La diosa sabe que rogué a mi padre que me evitara este matrimonio y me permitiera marcharme, pero él me recordó que yo soy una princesa y que mi deber era casarme para sellar así alianzas poderosas para el trono. Como mi hermana Amalie, que ya ha sido enviada a casarse con el rey Lorill de Scathfell. Más allá del Kadarin, pobre chica, sola en esas montañas del norte, y mi hermana Manila fue casada al sur, en Dalereuth.
—¿Te molesta que ellas se hayan casado con príncipes y reyes, y tú tan sólo con el hijo bastardo del hermano de tu padre?
Carlina meneó la cabeza.
—No, no —dijo con impaciencia—. Sé lo que quiere padre: desea que exista un vínculo fuerte entre Bard y él, para que algún día Bard sea su más fuerte campeón y protector. No pensó en mí, ni en Bard. ¡Es tan sólo una de las maniobras de mi padre, destinadas a proteger el trono y el reino!
—Bien —suspiró la niñera—, la mayoría de los matrimonios se celebran por razones menos dignas que ésa.
—Pero no es necesario —objetó Carlina, impaciente—. Bard estaría satisfecho con cualquier mujer, y mi padre podría haber encontrado a alguna de sangre noble que contentara la ambición de Bard. ¡Por qué forzarme a pasar la vida con un hombre a quien no le importa que sea yo, Carlina, o cualquier otra, siempre que sea de alta cuna para satisfacer su ambición, y que tenga un rostro bonito y un cuerpo dispuesto! Por piedad de Avarra, ¿crees que no sé que hasta la última criada del castillo ha compartido su cama? ¡Después se jactan de ello!
—En cuanto a eso —replicó Ysabet—, él no es mejor ni peor que cualquiera de tus hermanos o de tus hermanos de crianza. No puedes reprochar a un joven porque ande con mujeres, y al menos sabes por los alardes de ellas que no es inválido ni un invertido. Cuando esté casado contigo, simplemente tendrás que darle en tu cama lo suficiente para mantenerlo alejado de las otras.
Carlina hizo un gesto de disgusto ante esta vulgaridad.
—Les doy la bienvenida —aseveró—, y no les disputaré el lugar en la cama de Bard. Sin embargo, he oído decir algo peor: que él no acepta negativas, que si una muchacha se resiste, o si él tiene motivos para pensar que se negará, su orgullo es tan grande que pone sobre la mujer una compulsión, un encantamiento, de modo que ella no pueda rechazarlo y vaya a la cama contra su voluntad, sin el poder de impedirlo.
Dos para conquistar
Me atrapan las figuras literarias que usa el autor y la semiologia que por cieto enriquece demasiado, y como te abruma la trama de manera tal que pareciera que fuera uno mismo como lector el protagonista
dospara conquistar
me gusta el libro bueno aun no lo leo todo pero parece interesante