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El Rey del Río Plateado contemplaba, con profunda tristeza y gran desánimo, el mundo de los hombres mortales apostado en el límite de los Jardines que habían constituido sus dominios desde los albores de la era de los elfos. El terreno enfermaba y moría por doquier, la rica tierra negra se transformaba en polvo, las praderas se agostaban, los bosques se convertían en grandes extensiones de madera muerta y los lagos y ríos se estancaban o evaporaban. Asimismo, las criaturas enfermaban y morían a causa de la escasez de recursos, ya que los alimentos cada día estaban más contaminados. Hasta el aire había empezado a ser casi irrespirable.
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Y mientras tanto, pensó el Rey del Río Plateado, los Espectros se fortalecen.
Extendió la mano para acariciar los pétalos carmesíes del ciclamen que crecía alrededor de sus pies. La forsitia se apiñaba más allá, junto con los cornejos y las zarzas, las fucsias y los hibiscos, los rododendros y las dalias, los macizos de lirios, azaleas, narcisos, rosas y un centenar de variedades de plantas siempre en flor, una profusión de colores que se extendía ante sus ojos hasta perderse de vista. También había animales, grandes y pequeños, criaturas cuya evolución se remontaba a la época lejana en que todos los seres vivían en paz y armonía.
En el mundo actual, el mundo de las Cuatro Tierras y las Razas que se había desarrollado a partir del caos y la destrucción de las Grandes Guerras, ese tiempo no se recordaba. El Rey del Río Plateado era su único superviviente. Existía ya cuando el mundo era nuevo y sus primeras criaturas empezaban a nacer. Entonces era joven, y había muchos como él. Ahora ya era viejo, el último de su especie. Todo lo que entonces existía, excepto los Jardines en que habitaba, había muerto. Sólo los Jardines sobrevivían, inmutables, conservados por la magia. La Palabra le había dado los Jardines, encomendándole su cuidado, para que permanecieran como recordatorio de lo que había sido y tal vez pudiera ser de nuevo. El mundo exterior evolucionaría, pero los Jardines permanecerían inalterables.
A pesar de ello, se estaban contrayendo. No era algo físico, sino espiritual. Los límites se mantenían fijos, inalterables, ya que se hallaban en un plano de existencia que no podía resultar afectado por los cambios registrados en el mundo de los hombres mortales. Los Jardines eran una presencia más que un lugar. Sin embargo, esa presencia perdía consistencia a causa de la enfermedad del mundo al que estaba unida, pues su misión, y también la de su cuidador, era mantener ese mundo. A medida que las Cuatro Tierras se iban envenenando, el trabajo se hacía más duro, sus efectos eran menos duraderos y la creencia humana en ellos, siempre difusa, empezaba a desaparecer.
Eso entristecía al Rey del Río Plateado. No sentía lástima por sí mismo, sino por los habitantes de las Cuatro Tierras, los hombres y mujeres mortales que corrían el riesgo de perder la magia de una forma definitiva. Los Jardines habían sido un refugio para ellos en la tierra del Río Plateado durante siglos, mientras que él era el espíritu amistoso que los protegía. Había velado por ellos, les había proporcionado un sentido de paz y bienestar que trascendía las fronteras físicas, y asegurado que la benevolencia y la buena voluntad eran todavía posibles en algunos rincones del mundo. Ahora eso había terminado, ya no podía proteger a nadie. La perversidad de los Espectros, el veneno que incesantemente inoculaban en las Cuatro Tierras, había ido erosionando su propia fuerza hasta dejarlo casi encerrado en sus Jardines, sin que pudiera acudir en ayuda de aquellos por quienes se había esforzado durante tanto tiempo.
Dominado por la desesperación, el Rey del Río Plateado contempló la ruina del mundo. Los recuerdos jugaron al escondite en su mente. Los druidas, guardianes de las Cuatro Tierras, habían desaparecido. Algunos descendientes de la casa élfica de Shannara habían sido los paladines de las Razas durante generaciones, protegiendo los restos de la magia, pero todos ellos ya habían muerto.
Se propuso rechazar el sentimiento de desesperación que había hecho presa en él. Los druidas regresarían, porque había nuevas generaciones en la antigua estirpe de Shannara. El Rey del Río Plateado conocía de manera minuciosa casi todo lo que sucedía en las Cuatro Tierras, aunque no podía visitarlas. El espíritu de Allanon había convocado a varios descendientes de Shannara, que estaban dispersos, con el fin de recuperar la magia perdida, y tal vez lo lograran si conseguían sobrevivir el tiempo suficiente para encontrar la manera de hacerlo. Sin embargo, todos ellos estaban atravesando una situación peligrosa. Todos corrían el riesgo de morir, amenazados en el este, el sur y el oeste por los Espectros, y en el norte por Uhl Belk, el Rey de Piedra.
Sus cansados ojos se cerraron durante un breve instante. Sabía lo que se necesitaba para salvarlos; un acto de magia, tan poderoso y complicado que nada pudiera impedir su éxito, un acto de magia que traspasara las barreras que sus enemigos habían creado, que rompiera la pantalla de mentiras y falsedades colocada ante los cuatro de quienes tanto dependía.
Sí, cuatro, no tres. Ni siquiera Allanon podía captar toda la realidad.
Se dio la vuelta y se dirigió al centro de su refugio. Dejó que las canciones de los pájaros, la fragancia de las flores y el aire templado sosegaran su espíritu mientras caminaba y permitía que el color, el sabor y el sonido de todo lo que le rodeaba penetraran en él a través de sus sentidos. En realidad, podía hacer cualquier cosa dentro de sus Jardines, pero era afuera donde su magia era necesaria. Sabía muy bien que lo era. Como preparación, adoptó la forma del anciano con la que en ocasiones se mostraba al mundo exterior.
Sus pasos se convirtieron en un bamboleo inestable, su respiración se volvió entrecortada, sus ojos se nublaron y su cuerpo se encorvó por el peso de la edad avanzada. Cesó el canto de los pájaros, y los animalillos que estaban cerca se escondieron con rapidez. El Rey del Río Plateado se propuso alejarse de todo aquello en lo que estaba inmerso, retrocediendo a lo que podría haber sido, por la necesidad de sentir la mortalidad humana para comprender con claridad cuál era la parte de sí mismo que debía entregar.
Cuando llegó al centro de sus dominios, se detuvo junto a una laguna de purísimas aguas alimentada por un pequeño arroyo, en la que en aquel momento bebía un unicornio. La tierra que la rodeaba era oscura y fértil. Flores diminutas y delicadas que no tenían nombre crecían al borde del agua. Eran tan blancas como la nieve recién caída. Un pequeño árbol se levantaba en medio de una plantación de violetas al otro lado de la laguna. Sus delicadas hojas verdes estaban moteadas de rojo. En un par de enormes rocas, las vetas de mineral brillaban bajo la luz del Sol.
El Rey del Río Plateado permaneció inmóvil sintiendo la vida que lo rodeaba, y deseó fundirse con ella. Cuando lo hizo, cuando todo se entramó con la forma humana que había adoptado, se expandió para abarcarla en su interior. Sus manos, de frágiles huesos y arrugada piel humana, se levantaron y convocaron su magia, y las sensaciones de la vejez que recordaban la existencia mortal desaparecieron.
El arbolito llegó primero, desarraigado, transportado, y se asentó ante él; el armazón de huesos sobre el cual podría edificar. Poco a poco, el árbol se curvó para adoptar la forma que él deseaba, plegando las hojas contra las ramas, envolviéndose y cerrándose. A continuación llegó la tierra, arrastrada por palas invisibles que la apilaban sobre el árbol, cubriendo y definiendo. Luego se aproximaron los minerales para los músculos, el agua para los fluidos y los pétalos de las diminutas flores para la piel. Cogió seda de la crin del unicornio para el cabello y perlas negras para los ojos. La magia modeló y urdió todos los elementos, y su creación fue tomando forma.
Cuando terminó, la muchacha que se encontraba ante él era perfecta en todos los sentidos, salvo en uno. Aún le faltaba la vida.
Él miró a su alrededor y eligió a la paloma. La cogió en el aire y la depositó, todavía viva, en el pecho de la muchacha, donde se convirtió en su corazón. Entonces la abrazó y le insufló su propia vida, dio un paso atrás y esperó.
El pecho de la muchacha se levantó y se contrajo, y sus miembros se movieron. Abrió los ojos, unos carbones negros en contraste con sus delicadas y blancas facciones. Era de complexión pequeña y delicada, como una figura de papel cuyos bordes y ángulos hubiesen sido reemplazados por curvas. Sus cabellos eran tan blancos que parecían de plata, y había en ellos un brillo que sugería la presencia del precioso metal.
–¿Quién soy? –preguntó con una voz suave y musical, que recordaba los susurros de los arroyuelos y los apagados sonidos nocturnos.
–Eres mi hija –respondió el Rey del Río Plateado, descubriendo en su interior el renacimiento de unos sentimientos que creía perdidos hacía ya mucho tiempo.
No se molestó en decirle que era una elemental, una hija de la tierra creada por su magia. Ella podría sentir lo que era a partir de los instintos que le había proporcionado. No era necesaria ninguna otra explicación.
La muchacha dio un cauteloso paso hacia adelante, y luego otro. Al descubrir que podía andar, empezó a moverse con más rapidez, probando sus habilidades de distintas formas mientras rodeaba a su padre, a quien contemplaba con timidez y precaución. Contempló los alrededores con curiosidad, absorbiendo las vistas, olores, sonidos y sabores de los Jardines, descubriendo en ellos una relación que no pudo entender en aquel instante.
–¿Son mi madre estos Jardines? –preguntó de pronto, y el Rey del Río Plateado respondió que así era.
–¿Soy parte de ambos? –volvió a preguntar, y el Rey respondió que sí.
–Ven conmigo –le dijo con amabilidad el Rey del Río Plateado.
Recorrieron juntos los Jardines, explorándolos como un padre y su pequeña hija, contemplando las flores, observando los rápidos movimientos de los pájaros y los animales, estudiando los vastos y complicados diseños de las raíces enmarañadas, las complejas capas de roca y tierra y las pautas tejidas por los hilos de la existencia de los Jardines. Ella era rápida e inteligente, se interesaba por todo, respetaba la vida, se preocupaba. Él se sentía satisfecho, consciente de que la había creado bien.
Un rato más tarde, empezó a enseñarle los rudimentos de la magia. Primero le mostró la suya propia; sólo pequeños retazos, para no abrumarla. Entonces le permitió que ella probara la suya. La muchacha se sorprendió al comprobar que la poseía, y más aún cuando descubrió lo que podía hacer. Pero no titubeó en emplearla. Estaba ansiosa.
–Tienes un nombre –le dijo el Rey del Río Plateado–. ¿Te gustaría saberlo?
–Sí –respondió, deteniéndose y mirándolo fijamente.
–Tu nombre es Despertar. –Hizo una breve pausa–. ¿Comprendes por qué?
–Sí –respondió la muchacha, tras reflexionar un instante.
Él la llevó hasta un viejo nogal, cuya corteza se desprendía del tronco en grandes y gruesas tiras. Soplaba una fresca brisa, olía a begonia y a jazmín, y la hierba era suave al tacto cuando se sentaron sobre ella. Un grifo deambulaba por allí y olisqueó la mano de la muchacha.
–Despertar –dijo el Rey del Río Plateado–. Hay algo que debes hacer.
Con tranquilidad y de forma clara y precisa, le explicó las razones por las que debía abandonar los Jardines y salir al mundo de los hombres. Le indicó dónde debía ir y qué era lo que tenía que hacer. Le habló del Tío Oscuro, del joven de las tierras altas, y del otro que no tenía nombre, de los Espectros, de Uhl Belk y Eldwist, y de la piedra élfica negra. Mientras le hablaba, revelándole la verdad de lo que ella era, experimentó un dolor dentro de su pecho que era inequívocamente humano, una parte de sí mismo que había permanecido arrinconada durante muchos siglos. El dolor provocó en él una tristeza que a punto estuvo de quebrar su voz y de hacerle derramar lágrimas. Sorprendido, se detuvo para controlarse, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para proseguir con su explicación. La muchacha lo observaba en silencio, atenta, introspectiva y expectante. No puso objeciones a sus palabras ni formuló preguntas. Simplemente, se limitó a escuchar y aceptar.
–Comprendo lo que se espera de mí –dijo Despertar, poniéndose de pie, cuando el Rey del Río Plateado terminó su explicación–. Estoy dispuesta.
–No, hija, no lo estás –respondió él, haciendo un gesto negativo–. Lo descubrirás cuando salgas de aquí. A pesar de ser quien eres y de tus capacidades, serás vulnerable a cosas contra las que no puedo protegerte. Ten cuidado. Ponte en guardia contra lo que no puedas comprender.
–Lo haré –respondió la muchacha.
El Rey del Río Plateado la acompañó hasta el final de los Jardines, donde empezaba el mundo de los hombres, y juntos contemplaron su estado ruinoso. Permanecieron en silencio durante largo rato.
–Comprendo por qué soy necesaria allí –dijo por fin Despertar.
Él hizo un gesto de asentimiento dominado por la tristeza, sintiendo su pérdida aunque aún no se había marchado. Es sólo una elemental, pensó, pero enseguida supo que estaba equivocado. Era parte de él, como si la hubiera engendrado.
–Adiós, padre –dijo Despertar de repente, y empezó a alejarse.
Salió de los Jardines y desapareció en el mundo de más allá. Cuando partió, no se despidió con un beso ni con un abrazo. Simplemente se marchó, porque era todo lo que sabía hacer.
El Rey del Río Plateado se dio media vuelta. Los esfuerzos que había hecho, lo habían debilitado, extrayendo parte de su magia. Necesitaba tiempo para descansar. Se despojó de su imagen humana, apartando la falsa cobertura de piel y huesos, liberándose de sus recuerdos y sensaciones, y volvió a ser la criatura fantástica que era.
Sin embargo, los sentimientos que había provocado en él Despertar, su hija, la niña de su creación, siguieron con él.
2
Un escalofrío despertó a Walker Boh.
Tío Oscuro.
El susurro de una voz en su mente lo apartó de la orilla del estanque negro hacia el que se deslizaba, sacándolo de la intensa oscuridad a las franjas de luz grisácea, y el sobresalto fue tan violento que sintió calambres en los músculos de sus piernas. Levantó la cabeza del brazo que le servía de almohada y abrió los ojos, pero no descubrió nada. El dolor recorría todo su cuerpo en incesantes oleadas. Era como si lo hubieran tocado con un hierro candente, y se curvó sobre sí mismo en un inútil intento de aminorarlo. Sólo su brazo derecho permaneció extendido, como algo pesado y molesto que ya no le pertenecía, unido para siempre al suelo de la caverna donde se hallaba, convertido en piedra hasta el codo.
Allí estaba el origen del dolor.
Cerró los ojos, deseando que se disolviera, que desapareciera. Pero carecía de la fortaleza necesaria para ordenarlo, porque su magia estaba muy debilitada, casi agotada por el esfuerzo realizado para resistir el avance del veneno del Áspid. Habían pasado siete días desde su llegada a la Morada de los Reyes en busca de la piedra élfica negra, siete días desde que, en lugar de la piedra, había encontrado a la criatura letal que había sido puesta allí para acabar con su vida.
¡Oh, sí!, pensó lleno de angustia. Para acabar con mi vida de una forma cruel.
Pero ¿quién la había puesto allí? ¿Los Espectros u otros seres? ¿Quién tenía en su poder la piedra negra?
Recordó con desesperación los sucesos que lo habían llevado al estado en que se hallaba. La llamada del espíritu de Allanon, muerto trescientos años antes, a los herederos de la magia de Shannara: su sobrino Par Ohmsford, su prima Wren Ohmsford y él. Recibieron la convocatoria y también una visita del antiguo druida Cogline pidiéndoles que la atendieran. Y lo hicieron. Se reunieron los tres en el Cuerno del Infierno, el antiguo lugar de descanso de los druidas, donde Allanon se les apareció y les encomendó diferentes misiones para combatir el tétrico trabajo de los Espectros, que utilizaban su propia magia para agostar la vida de las Cuatro Tierras. A Walker le encomendó la misión de recuperar Paranor, el desaparecido hogar de los druidas, y con él a los druidas que lo habían habitado. Se resistió hasta que Cogline volvió a visitarlo, esta vez llevando consigo un volumen de las Historias de los druidas que hablaba de una piedra élfica negra con el poder de recuperar Paranor. Eso lo impulsó a visitar al Oráculo Siniestro, adivino de los secretos de la tierra y de los hombres mortales.
Escudriñó la penumbra de la caverna que lo rodeaba, las puertas que cerraban los Sepulcros de los Reyes de las Cuatro Tierras, muertos hacía varios siglos, los tesoros apilados ante las criptas donde yacían, y los centinelas de piedra que montaban guardia sobre sus restos. Ojos pétreos en rostros inexpresivos, ciegos, indiferentes. Estaba solo con sus fantasmas.
Se moría.
Las lágrimas inundaron sus ojos, nublándole la vista mientras luchaba por contenerlas. ¡Qué idiota había sido!
Tío Oscuro. Las palabras le llegaron sin sonido, un recuerdo que se burlaba y lo zahería. Era la voz del Oráculo Siniestro, el espíritu insidioso y responsable de la situación en que ahora se encontraba. Sus adivinanzas lo habían llevado a la Morada de los Reyes en busca de la piedra élfica negra. El Oráculo debía de saber lo que le esperaba, que allí no encontraría ninguna piedra élfica sino el Áspid, una trampa mortal que lo destruiría.
¿Por qué había creído que sucedería otra cosa?, se preguntó Walker. ¿No lo odiaba el Oráculo Siniestro más que a nadie? ¿No se había vanagloriado de que lo enviaba a la perdición al darle lo que le pedía? Walker había seguido el camino marcado sólo para complacer al espíritu, corriendo al encuentro de la muerte prometida, creyendo con frivolidad que sería capaz de protegerse contra cualquier mal que lo acechara. ¿Recuerdas?, se reprendió. ¿Recuerdas lo confiado que eras?
Se retorció mientras el veneno ardía en su interior. Bien. ¿Qué había sido de su confianza?
Se puso de rodillas con gran esfuerzo y se inclinó sobre la grieta del suelo de la caverna donde su mano estaba clavada a la piedra. Apenas podía distinguir los restos del Áspid, el serpentino cuerpo pétreo enroscado en su brazo de piedra, los dos unidos para siempre, atados a la roca de la montaña. Apretó los dientes y subió la manga de su túnica. Tenía el brazo duro y rígido, gris hasta el codo, y vetas grises que ascendían hacia su hombro. El proceso era lento, pero irreversible. Todo su cuerpo se convertiría en piedra.
No importaba demasiado, pensó, pues moriría de hambre, de sed o a causa del veneno mucho antes de que eso llegara a suceder.
Dejó que la manga volviera a su sitio, cubriendo el horror de aquello en que se había convertido. Siete días. Las escasas provisiones que había llevado, hacía tiempo que se habían acabado, y también el agua, aunque ésta le había durado algo más. Estaba perdiendo sus fuerzas a un ritmo vertiginoso. Tenía fiebre, y sus períodos de lucidez eran cada vez más cortos. Al principio luchó con todas sus fuerzas contra lo que le sucedía, intentando utilizar su magia para expulsar el veneno de su cuerpo, para recuperar su mano y su brazo de carne y hueso. Pero la magia le había fallado por completo. Intentó liberar el brazo del suelo de piedra, pensando en que encontraría la forma de lograrlo, pero no lo consiguió. Era un condenado sin esperanza. Después, el cansancio lo indujo al sueño, cada vez con mayor frecuencia a medida que pasaban los días. Ahora ya le era muy difícil mantenerse despierto.
Mientras permanecía arrodillado en una terrible confusión de tinieblas y dolor, salvado momentáneamente de la muerte por la voz del Oráculo Siniestro, comprendió con aterradora certidumbre que si volvía a ceder al sueño, sería su perdición. Respiró con rapidez, ahogando el miedo que sentía. No debía permitir que eso sucediera. No podía rendirse.
Se propuso pensar. Mientras consiguiera hacerlo, razonó, no se quedaría dormido. Repasó mentalmente la conversación que había mantenido con el Oráculo Siniestro, oyendo de nuevo las palabras del espíritu, intentando descifrar una vez más su significado. El Oráculo no había nombrado la Morada de los Reyes cuando describió el lugar donde se encontraba la piedra élfica negra. ¿Se había precipitado Walker y llegado a una conclusión errónea? ¿Lo había confundido de manera deliberada? ¿Había algo de verdad en lo que le había dicho?
Sus pensamientos se dispersaron en la confusión, y su mente se negó a realizar lo que le pedía. Cerró los ojos, desesperado, y volvió a abrirlos con gran dificultad. Tenía las ropas heladas y empapadas por su propio sudor. Su cuerpo temblaba, su respiración era fatigosa, su vista estaba nublada y cada vez le costaba más trabajo tragar saliva. Con tantas distracciones… ¿cómo podía pensar? Su único deseo era tenderse y…
Se aterrorizó al advertir que esa necesidad amenazaba con engullirlo. Cambió de postura, frotando las rodillas contra el suelo hasta que empezaron a sangrar. Un poco de dolor me mantendrá despierto, pensó. Sin embargo, apenas lo sentía. Volvió a pensar en el Oráculo Siniestro. Vio al espectro riéndose de su situación, regocijándose con ella. Oyó su voz burlona que lo llamaba, y la furia aumentó su fuerza. Había algo que necesitaba recordar, algo que el Oráculo le había dicho que debía recordar.
¡Por favor, no permitas que me quede dormido!
La Morada de los Reyes no respondió a su angustiosa súplica; las estatuas permanecieron silenciosas, desinteresadas, ajenas. La montaña esperaba.
¡Tengo que conseguir liberarme!, gritó sin pronunciar una sola palabra.
Y entonces recordó las visiones; o, mejor dicho, la primera de las tres que le había mostrado el Oráculo, aquella en la que se encontraba de pie sobre una nube por encima de los otros miembros del grupo que se había reunido en el Cuerno del Infierno en respuesta a la llamada del espíritu de Allanon, cuando dijo que prefería cortarse la mano antes que propiciar el regreso de los druidas, y después levantó el brazo para reforzar sus palabras.
Recordó la visión y reconoció la verdad que encerraba. El impacto que el recuerdo de esa visión provocó en él se tornó en incredulidad horrorizada, y dejó caer la cabeza hasta apoyarla en el suelo de piedra de la caverna. Lloró, sintiendo que las lágrimas corrían por sus mejillas, y que los extremos de los ojos le escocían al mezclarse éstas con el sudor. Su cuerpo se retorció ante la angustia que le producía su única alternativa.
¡No! ¡No lo haría!
Pero sabía que debía hacerlo.
Su llanto se trocó en una risa demente y gélida que surgía de su interior hacia el vacío de la tumba. Esperó hasta que terminó y los ecos se extinguieron en el silencio. Entonces levantó los ojos. Sus posibilidades se habían agotado; su destino estaba sellado. Si no se liberaba inmediatamente, no volvería a tener la oportunidad de hacerlo.
Y sólo había una forma de lograrlo.
Se endureció para poder llevarlo a cabo, escudándose contra las emociones, recurriendo a la última reserva de fuerzas. Escrutó el suelo de la caverna hasta encontrar lo que necesitaba. Era una piedra de la forma y el tamaño aproximado de la hoja de un hacha, dentada por un lado, lo bastante dura para mantenerse intacta tras la caída desde el techo del que se había desprendido durante la batalla mantenida cuatro siglos antes entre Allanon y la serpiente Valg. La piedra estaba a unos cinco metros de distancia, más allá del alcance de cualquier hombre normal. Pero él no era un hombre normal. Recurrió a la poca la magia que le quedaba, obligándose a permanecer inmóvil mientras la utilizaba. La piedra se acercó un poco, arañando el suelo al moverse, produciendo un lento chirrido en el silencio de la caverna. Walker se mareó por la tensión, consumido por la fiebre. Sin embargo, continuó atrayendo la piedra hacia él.
Por fin quedó al alcance de su mano libre. Dejó que la magia se disolviera mientras descansaba para recuperarse. Después extendió el brazo hacia la piedra, y sus dedos se cerraron en torno a ella. La acercó muy despacio. Le pareció que era muy pesada, hasta el extremo de no estar seguro de si conseguiría levantarla ni…
No concluyó el pensamiento. No podía demorar más tiempo lo que tenía que hacer. Arrastró la piedra hasta que la tuvo junto a él, se apuntaló con las rodillas, tragó una gran bocanada de aire, levantó la piedra sobre su cabeza, vaciló un instante y, en un arrebato de miedo y angustia, descargó el golpe contra la piedra de su brazo entre el codo y la muñeca con tanta fuerza que todo su cuerpo se estremeció. Sintió un dolor tan intenso que estuvo a punto de perder el conocimiento. Gritó mientras sus oleadas lo atravesaban, presa de la sensación de que lo estaban despedazando. Se inclinó hacia delante, esforzándose para respirar, y el hacha cayó de sus dedos inertes.
Entonces se dio cuenta de que algo había cambiado.
Se irguió y bajó la mirada hacia el brazo. El golpe había roto el miembro de piedra en el punto del impacto. La muñeca y la mano permanecían unidas al Áspid en la penumbra del compartimento oculto de la caverna, pero él estaba libre.
Continuó arrodillado y aturdido durante largo rato, contemplando su brazo destrozado, la carne veteada de gris por encima del codo y los cascotes de piedra debajo de éste. Sentía el brazo envarado y plomizo. El veneno inoculado en su interior continuaba ejerciendo su letal efecto. El dolor lo atravesó.
¡Pero estaba libre! ¡Estaba libre!
De repente algo se movió en la cámara contigua, un roce leve y distante, como si hubiera despertado algún ser. Walker Boh sintió frío en la boca del estómago y comprendió lo que había sucedido. Su grito lo había delatado. Aquella cámara era la Asamblea, el lugar donde había vivido la serpiente Valg, guardiana de los muertos.
Y tal vez viviera todavía.
Walker se puso de pie, y sintió un ataque de vértigo. Lo ignoró, y también hizo caso omiso del dolor y el aturdimiento, y se dirigió con paso vacilante hacia las pesadas puertas forradas de hierro que le habían facilitado la entrada. Apartó de sí los sonidos de cuanto lo rodeaba, y los que procedían de su interior, concentrando sus fuerzas en recorrer la distancia que lo separaba del pasadizo que se iniciaba detrás. Si la serpiente vivía y lo encontraba ahora, Walker tendría los minutos contados.
Pero, afortunadamente, lo acompañó la suerte. La serpiente no salió al exterior. No apareció nada. Walker llegó hasta las puertas, las atravesó y prosiguió su camino en la oscuridad. Nunca supo muy bien qué fue lo que sucedió después. De algún modo consiguió atravesar la Morada de los Reyes, dejando atrás a los Heraldos de la Muerte cuyos terroríficos gritos podían volver locos a los hombres, y también a las Esfinges cuya mirada podía convertirlos en piedra. Oyó los gritos de los Heraldos, sintió las miradas ardientes de las Esfinges y experimentó el terror de la antigua magia de la montaña que intentaba capturarlo, convertirlo en una víctima más. Sin embargo, consiguió huir. Su inquebrantable determinación, una voluntad de hierro combinada con el cansancio, el dolor y la locura, fue el escudo que lo protegió mientras avanzaba. Quizá la magia también contribuyera a ello en alguna medida. Walker consideró esa posibilidad. Después de todo, la magia siempre era caprichosa, un misterio constante. Continuó avanzando en la oscuridad, entre imágenes fantasmagóricas, dejando atrás muros de roca que amenazaban con cerrarse a su alrededor, bajando túneles de vista y sonido en los que nada podía ver ni oír. Por fin, alcanzó la libertad.
Amanecía cuando salió al mundo exterior. La luz del Sol, tras atravesar un cielo cubierto de nubes y lluvia, residuos de la tormenta de la noche anterior, era débil y fría. Con el brazo mutilado protegido bajo la capa como un niño herido, recorrió el sendero montañoso que conducía a las llanuras del sur, sin volver la vista atrás en ningún momento. Apenas lograba ver lo que tenía delante. Sólo conseguía mantenerse en pie porque se negaba a rendirse. Apenas si era capaz de percibir sensaciones, ni siquiera era consciente del dolor que le producía el envenenamiento. Caminaba como si fuera una marioneta movida por alguien. El viento agitaba con furia su pelo negro, flagelando su pálido rostro, haciendo que sus ojos lloraran. Era como un espantapájaros loco que se bamboleaba entre la bruma gris.
Tío Oscuro, susurró en su mente la voz del Oráculo Siniestro, y rió de alegría.
Había perdido por completo la noción del tiempo. La débil luz del Sol no conseguía dispersar las nubes de tormenta, y el día continuaba gris y desapacible. Los senderos aparecían y desaparecían en una interminable procesión de rocas, desfiladeros, cañones y precipicios. Walker permanecía ajeno a todo lo que le rodeaba. Sólo sabía que estaba descendiendo, de vuelta al mundo que había abandonado de una manera tan estúpida, que estaba intentando salvar la vida.
Al mediodía llegó al Valle de Pizarra. Walker Boh era un despojo humano tan debilitado por la fiebre que continuó su avance tambaleándose sobre las planas y brillantes piedras negras del valle antes de caer en la cuenta de dónde se hallaba. Cuando se cercioró, sus fuerzas cedieron. Se derrumbó sobre su arrugada capa, sintiendo que los afilados bordes de la roca le cortaban la piel de las manos y la cara, pero indiferente al dolor que esos cortes le producían mientras yacía boca abajo, exhausto. Poco después, se arrastró hasta las plácidas aguas del lago, palmo a palmo, dolorosamente, con su brazo inerte rematado en piedra. En su delirio, creía que si lograba llegar a la orilla del Cuerno del Infierno y sumergía en él su brazo destrozado, las aguas letales contrarrestarían el veneno que estaba acabando con su vida. No tenía sentido, pero para Walker Boh la locura se había convertido en norma de vida.
Fracasó incluso en esta pequeña empresa. A causa de su extrema debilidad sólo pudo acercarse unos metros, y después perdió el conocimiento. Lo último que recordaba era la oscuridad reinante aunque sabía que era de día. El mundo era un lugar tenebroso.
Durmió y soñó que se le aparecía el espíritu de Allanon. El fantasma emergía de las convulsas aguas del Cuerno del Infierno, oscuro y místico, mientras se materializaba desde el mundo de ultratumba donde había sido confinado. Se aproximó a Walker, lo puso de pie, le infundió nuevas fuerzas y otorgó claridad a sus pensamientos y a su visión. Fantasmal y transparente, gravitaba sobre las aguas oscuras y verdosas, aunque su contacto era extrañamente humano.
Tío Oscuro…
Cuando el fantasma del druida pronunció estas palabras, al contrario que cuando lo hizo el Oráculo Siniestro, estaban desprovistas de burla y de odio. Sólo definían quién y qué era Walker. ¿Por qué no quieres aceptar la misión que te he encomendado?
Walker intentó responder con acritud, pero no fue capaz de encontrar las palabras adecuadas.
La necesidad de tu colaboración es muy grande, Walker. Yo no te necesito, son las Tierras y sus gentes, las Razas del nuevo mundo, las que te necesitan. Si no aceptas la misión que te he encomendado, no habrá esperanza para ellas.
Walker sintió una furia ilimitada. ¿Restaurar a los druidas, que ya no existían, y el desaparecido Paranor? Claro, respondió mentalmente Walker. Claro, espíritu de Allanon. Llevaré mi cuerpo deshecho en busca de lo que quieres, mi brazo envenenado. Aunque me estoy muriendo y no puedo ayudar a nadie, yo…
–Acepta mi encargo, Walker. Hasta ahora no lo has aceptado. Reconoce la verdad de ti mismo y de tu propio destino.
Walker no conseguía comprenderlo.
Afinidad con aquellos que han sido antes que tú, aquellos que comprendieron lo que significa «aceptar». Eso es lo que te falta.
Walker sintió un estremecimiento, que interrumpió la visión de su sueño. Las fuerzas lo abandonaron. Estaba junto a la orilla del Cuerno del Infierno, abrumado por la confusión y el miedo, sintiéndose tan perdido que le parecía imposible volver a encontrarse.
Ayúdame, Allanon, suplicó con desesperación.
El fantasma del druida flotó inmóvil en el aire, etéreo contra un fondo de cielos invernales y picos pelados, levantándose como el espectro de la muerte dispuesto a recoger una nueva víctima. De pronto, a Walker le pareció que morir era lo único que le quedaba.
¿Quieres que muera?, le preguntó. ¿Es eso lo que me pides?
El fantasma del druida guardó silencio.
¿Sabías que me sucedería esto? Extendió el brazo, el muñón de piedra quebrada, la carne veteada de veneno.
El fantasma de Allanon permaneció en silencio.
¿Por qué no me ayudas?, gritó Walker.
¿Por qué no me ayudas tú?, respondió el espíritu del druida.
Las palabras resonaron en su mente, urgentes y cargadas de oscuros propósitos. Pero no las había pronunciado él, sino Allanon.
Entonces, de repente, la figura lanzó un destello y se desvaneció. Las aguas del Cuerno del Infierno burbujearon y sisearon, rugieron de furia y volvieron a recuperar la quietud. La atmósfera era brumosa y oscura, llena de fantasmas y locos delirios, un lugar donde la vida y la muerte se encontraban en una encrucijada de preguntas sin respuesta y acertijos sin solución.
Walker Boh las vio sólo un momento, consciente de que no estaba dormido, sino despierto, dándose cuenta de que su visión podía ser real.
Entonces todo desapareció, y se sumergió en las tinieblas.
Cuando recuperó el conocimiento, alguien estaba inclinado sobre él. Walker lo vio a través de una neblina de fiebre y dolor. Era una figura delgada como un palo, vestida de gris, con el rostro afilado, la barba y el pelo rizados y escasos, la nariz ganchuda, y estaba tan cerca que parecía que quisiera sorber la poca vida que le quedaba.
–¿Walker? –dijo la figura con amabilidad.
Era Cogline. Walker tragó saliva con dificultad e intentó incorporarse, pero el peso de su brazo se lo impidió, obligándolo a echarse. Las manos del anciano palparon bajo la capa y encontraron el muñón. Walker sintió que se le cortaba la respiración.
–¿Cómo me… has encontrado? –consiguió preguntar.
–Allanon –respondió Cogline. Su voz era áspera y malhumorada.
–¿Cuánto tiempo llevo…? –preguntó Walker, dando un suspiro.
–Tres días. No sé cómo todavía puedes seguir con vida. No tienes derecho a estarlo.
–Ninguno –reconoció Walker, y abrazó impulsivamente a Cogline. El contacto y el olor familiar del cuerpo del anciano hicieron que sus ojos se llenaran de lágrimas–. Creo que no… debo morir… todavía.
Cogline le devolvió el abrazo.
–No, Walker. Todavía no.
Entonces le ayudó a ponerse de pie, levantándolo con una fuerza que sorprendió a Walker, sujetándolo mientras se dirigía hacia el sur del valle. Volvía a amanecer, y los dorados rayos del Sol iluminaban el horizonte sin nubes. El aire estaba tranquilo y expectante, a la espera de su llegada.
–Agárrate a mí –le dijo Cogline, mientras caminaba por el terreno cubierto de piedras negras–. Alguien nos espera con unos caballos para ayudarnos. Agárrate fuerte, Walker.
Walker Boh se agarró del anciano con todas sus fuerzas.
todo mal!!!!
no pude descargarlo asi q no se como es!! cuando queres descargar te manda a una pagina de juegos!
Así es, parece una trampa, no se deja descargar, te envía a páginas llenas de riesgos.
Los herederos de Shannara
:angry: No se pueden descargar los librros. Todo es una trampa para sacarle datos a los incautos. No advierten desde un principio que hay que proporcionar datos personales como el teléfono celular. ¿Para qué?
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