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En una oscura y sucia choza de la aldea caníbal de Obebe, situada en las orillas del río Ugogo, Esteban Miranda mordisqueaba en cuclillas los restos de un pescado medio cocido. Llevaba alrededor del cuello una argolla de hierro sujeta, mediante una cadena oxidada de pocos metros de longitud, a una robusta estaca clavada en el suelo cerca de la entrada baja, que llegaba, por la única calle de la aldea, hasta no lejos de la choza del propio Obebe.
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Esteban Miranda llevaba un año encadenado así, como un perro, y como un perro a veces se arrastraba por la puerta baja de su choza y se tumbaba al sol. Tenía dos diversiones, y sólo dos. Una era la persistente idea de que él era Tarzán de los Monos, cuya identidad había usurpado durante tanto tiempo y con tanto éxito que, como buen actor que era, no sólo había interpretado el papel, sino que lo había vivido; se había convertido en Tarzán. Para él, él era el auténtico Tarzán de los Monos, y también lo era para Obebe; pero el hechicero de la aldea insistía en que era el demonio del río y, como tal, había que propiciarlo y no encolerizarlo.
Esta diferencia de opiniones entre el jefe y el hechicero era lo que había mantenido a Esteban alejado de las ollas de la aldea, pues Obebe quería comérselo, pensado que era su viejo enemigo, el hombre–mono; pero el hechicero había despertado los temores supersticiosos de los aldeanos convenciéndolos a medias de que su prisionero era el demonio del río que se disfrazaba de Tarzán y que, por tanto, el desastre absoluto descendería sobre la aldea si le infligían algún daño. La consecuencia de esta diferencia entre Obebe y el hechicero era que el español conservaría la vida hasta que se demostrara la verdad de una afirmación u otra; si Esteban moría de muerte natural, era Tarzán, el mortal, y el jefe Obebe estaba vengado; si vivía eternamente o desaparecía de forma misteriosa, la afirmación del hechicero sería aceptada sin discusión alguna.
Después de aprender su lengua, y con ello enterarse del capricho del destino que había desviado su suerte por un margen muy estrecho de las ollas de los caníbales, estaba menos impaciente por proclamarse Tarzán de los Monos. En lugar de ello lanzaba misteriosas sugerencias de que, en realidad, no era otro que el demonio del río. El hechicero estaba encantado y todos fueron engañados excepto Obebe, que era anciano y sabio y no creía en demonios del río, y el propio hechicero, que también era anciano y sabio y tampoco creía en ellos, pero se dio cuenta de que era estupendo que sus feligreses creyeran en él.
La otra diversión de Esteban Miranda, aparte de creerse Tarzán en secreto, consistía en regodearse con la bolsa de diamantes que Kraski, el ruso, había robado al hombre–mono y que había caído en manos del español después de que éste asesinara a Kraski; la misma bolsa de diamantes que había entregado a Tarzán en las cámaras acorazadas de La Torre de los Diamantes, en el valle del Palacio de los Diamantes, cuando había rescatado a los gomangani del valle de la tiránica opresión de los bolgani.
Esteban Miranda pasaba horas enteras sentado a la débil luz de su sucia choza, contando y acariciando las relucientes piedras. Mil veces había pesado cada una en la palma de la mano, calculando su valor y traduciéndolo a la cantidad de placer carnal que una riqueza tan grande podría proporcionarle en las capitales del mundo. Vivía entre su propia porquería, se alimentaba de restos podridos que manos sucias le arrojaban, y sin embargo poseía la riqueza de un Creso, y en su imaginación vivía como Creso y su repugnante choza adquiría la pompa y circunstancia de un palacio gracias a los destellos de las piedras preciosas. Cuando oía ruido de pasos que se aproximaban, escondía apresuradamente su fabulosa fortuna en el raído taparrabo que constituía su único atuendo y de nuevo se convertía en prisionero en una choza de una aldea de caníbales.
Y de pronto, tras un año de solitario confinamiento, le llegó una tercera diversión: Uhha, la hija de Khamis, el hechicero. Uhha tenía catorce años y era gentil y curiosa. Desde hacía un año había observado al misterioso prisionero desde cierta distancia, hasta que, por fin, la familiaridad venció sus temores y un día se le acercó cuando yacía al sol frente a su choza. Esteban, que había estado observando su tímido avance, sonrió para darle ánimos. No tenía ningún amigo entre los lugareños y era consciente de que, si podía entablar amistad aunque sólo fuera con uno, su sino sería mucho más fácil y la libertad estaría un paso más cerca. Por fin Uhha se detuvo a unos pasos de Esteban. Era una niña, ignorante y salvaje; pero mujer, al fin y al cabo, y Esteban Miranda conocía bien a las mujeres.
–Llevo un año en la aldea del jefe Obebe –dijo él vacilante en el lenguaje de sus captores, que tan laboriosamente había aprendido–, pero nunca había imaginado que sus muros contuvieran una belleza como tú. ¿Cómo te llamas?
Uhha se sintió complacida. Esbozó una amplia sonrisa.
–Soy Uhha –le dijo–. Mi padre es Khamis, el hechicero.
Ahora fue Esteban Miranda el complacido. El destino, después de darle la espalda durante tanto tiempo, por ¡In estaba de su lado. Le había enviado a alguien que podría resultar una flor de esperanza si la cultivaba.
–¿Por qué nunca habías venido a visitarme? preguntó Esteban.
–Tenía miedo –respondió Uhha con candor. –¿Por qué?
–Tenía miedo… –vaciló.
–¿Miedo de que fuera el demonio del río y te hiciera daño? –preguntó el español, sonriendo. –Sí –dijo ella.
–Escucha –susurró Esteban–, pero no se lo digas a nadie: soy el demonio del río, pero no te haré ningún daño.
–Si eres el demonio del río, ¿por qué sigues encadenado a una estaca? –preguntó Uhha–. ¿Por qué no te transformas en otra cosa y regresas al río?
–Te preguntas eso, ¿verdad? –dijo Miranda, dándose tiempo para inventar alguna respuesta plausible.
–No sólo es Uhha quien se lo pregunta –dijo la chiquilla–. Otros muchos se han preguntado lo mismo últimamente. Obebe fue el primero en hacerlo y nadie le ha dado una explicación. Obebe dice que eres Tarzan, el enemigo de Obebe y de su pueblo; pero mi padre Khamis dice que eres el demonio del río y que si quisieras huir te transformarías en una serpiente y saldrías de la argolla de hierro que llevas al cuello. La gente se pregunta por qué no lo haces, y muchos empiezan a creer que no eres el demonio del río.
–Acércate, hermosa Uhha –susurró Miranda–, para que sólo tus oídos sean testigo de lo que voy a decirte.
La niña se acercó un poco y se inclinó hacia él, que estaba en cuclillas.
–En verdad soy el demonio del río –dijo Esteban y voy y vengo como quiero. Por la noche, cuando la aldea duerme, vago por las aguas del Ugogo, pero siempre regreso. Estoy esperando, Uhha, para demostrar a los habitantes de la aldea de Obebe que sé quiénes son mis amigos y mis enemigos. Ya me he enterado de que Obebe no es amigo mío, y no estoy seguro de Khamis. Si Khamis fuera un buen amigo me habría traído buena comida y cerveza para beber. Podría ir adonde quisiera, pero aguardo para ver si hay alguien en la aldea de Obebe que me deje en libertad. Así sabré quién es mi mejor amigo. Si éste existiera, Uhha, la fortuna le sonreiría siempre, todos sus deseos le serían concedidos y viviría hasta una edad avanzada, pues no tendría nada que temer del demonio del río, que lo ayudaría en todas sus empresas. ¡Pero escucha, Uhha: no digas a nadie lo que te acabo de decir! Esperaré un poco más y después, si no encuentro a dicho amigo en la aldea de Obebe, regresaré junto a mi padre y mi madre, el Ugogo, y destruiré a todo el pueblo de Obebe. No quedará ni uno solo con vida.
La muchacha se apartó, aterrada. Era evidente que estaba muy impresionada.
–No tengas miedo –la tranquilizó él–; a ti no te haré ningún daño.
–Pero si destruyes a todo el pueblo…
–Entonces, claro –dijo–, no podré ayudarte; pero esperemos que venga alguien a liberarme para que sepa que tengo aquí al menos un buen amigo. Ahora corre, Uhha, y recuerda que no debes contarle a nadie lo que te he dicho.
Se alejó unos metros y volvió.
–¿Cuándo destruirás la aldea? –preguntó.
–Dentro de unos días –respondió él.
Uhha, temblando de miedo, corrió en dirección a la choza de su padre, Khamis, el hechicero. Esteban Miranda sonrió con satisfacción y se arrastró de nuevo a su agujero para jugar con sus diamantes.
Khamis, el hechicero, no se hallaba en su umbría choza cuando su hija Uhha entró medio desmayada por el miedo. Tampoco se encontraban allí las esposas, que estaban con sus hijos en los campos situados fuera de la empalizada, donde Uhha debería estar. Por eso la niña tuvo tiempo de pensar antes de verlas y recordar lo que casi había olvidado en el primer frenesí del miedo: que el demonio del río le había recalcado que no debía revelar a nadie ni una palabra de lo que le había dicho.
¡Y ella había estado a punto de contárselo todo a su padre! ¿Qué espantosa calamidad le habría ocurrido? Temblaba ante la idea de un destino tan espantoso que ni siquiera podía imaginar. ¡Qué cerca había estado de ello! Pero ¿qué iba a hacer?
Se acurrucó en una alfombra de hierbas tejidas, estrujando su pequeño y salvaje cerebro en busca de una solución al inmenso problema con que se enfrentaba; el primer problema que jamás había encontrado en su joven vida aparte del de cómo eludir más fácilmente su parte en las tareas de los campos, que siempre tenía presente. Entonces, de pronto, se irguió, paralizada en una pétrea rigidez por un pensamiento generado al recordar una de las observaciones que había hecho el demonio del río. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? Él había dicho con toda claridad, y lo había repetido, que si lo liberaban sabría que al menos tenía un amigo en la aldea de Obebe, y que cualquiera que lo liberara viviría hasta una edad avanzada y tendría todo lo que deseara. Pero al cabo de unos minutos de pensar Uhha se desanimó de nuevo. ¿Cómo iba ella, una niña, a liberar sola al demonio del río?
–Baba, ¿cómo destruye –preguntó a su padre cuando éste regresó a la choza más tarde– el demonio del río a los que le hacen daño?
–Como los peces del río, así son los caminos del demonio del río: incontables –respondió Khamis–. Podría hacer que los peces salieran del río, los animales, de la jungla y que nuestras cosechas murieran. Entonces nos moriríamos de hambre. Podría hacer caer el fuego del firmamento por la noche y matar a todo el pueblo de Obebe.
–¿Y crees que nos haría esas cosas a nosotros, baba?
–No hará ningún daño a Khamis, que lo salvó de la muerte que Obebe quería infligirle –respondió el hechicero.
Uhha recordó que el demonio del río se había quejado de que Khamis no le había llevado buena comida ni cerveza, pero no dijo nada de ello, aunque se dio cuenta de que su padre distaba de estar tan bien situado en la escala del demonio del río como al parecer él creía estarlo. Adoptó otra táctica.
–¿Cómo puede escapar –preguntó– con el collar puesto? ¿Quién se lo quitará?
–Nadie más que Obebe puede quitárselo; él lleva en su bolsa el trozo de latón que abre el collar –respondió Khamis–. Pero el demonio del río no necesita ayuda, pues, cuando llegue el momento en que desee ser libre, no tiene más que convertirse en serpiente y salir del aro de hierro que rodea su cuello. ¿Adónde vas, Uhha?
–A visitar a la hija de Obebe –gritó por encima del hombro.
La hija del jefe estaba moliendo maíz, como Uhha debería estar haciendo. Levantó la vista y sonrió a la hija del hechicero cuando se aproximó a ella.
–No hagas ruido, Uhha –le previno–, porque Obebe, mi padre, duerme dentro. –Señaló con la cabeza hacia la choza.
La visitante se sentó y las dos niñas se pusieron a charlar en voz baja. Hablaron de sus adornos, sus peinados y de los jóvenes de la aldea, ahogando risitas cuando se referían a éstos. Su conversación no era diferente de la que podrían mantener dos jovencitas de cualquier raza o clima. Mientras hablaban, Uhha no dejaba de dirigir la vista hacia la entrada de la choza de Obebe y a menudo contraía las cejas en un gesto que indicaba un pensamiento más profundo de lo que sus ociosos comentarios justificaban.
–¿Dónde está –preguntó de pronto– el brazalete de hilo de cobre que el hermano de tu padre te regaló al principio de la última luna?
La hija de Obebe se encogió de hombros.
–Me lo quitó –respondió– y se lo dio a la hermana de su esposa más joven.
Uhha parecía alicaída. ¿Podría ser que codiciara la pulsera de cobre? Sus ojos escrutaron de cerca a su amiga. Frunció el entrecejo hasta casi unir las cejas, concentrada en sus pensamientos. De pronto se le iluminó el rostro.
–¡El collar de abalorios que tu padre quitó del cuerpo del guerrero que capturó para el último festín! –exclamó–. ¿No lo habrás perdido?
–No –respondió su amiga–. Está en casa de mi padre. Cuando muelo maíz me estorba y no me lo he puesto.
–¿Puedo verlo? –pidió Uhha–. Iré a buscarlo.
–No; despertarás a Obebe y se enfadará mucho –dijo la hija el jefe.
–No lo despertaré –replicó Uhha, y se arrastró hacia la entrada de la choza.
Su amiga intentó disuadirla.
–Iré a buscarlo en cuanto baba haya despertado –dijo a Uhha, pero ésta no le prestó atención y gateó con sigilo hasta el interior de la choza. Una vez dentro esperó en silencio hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Obebe yacía despatarrado sobre una estera arrimada a la pared opuesta de la choza. Roncaba sonoramente. Uhha se arrastró hacia él. Se movía como Sheeta, el leopardo. El corazón le latía como un tam–tam cuando la danza se halla en su apogeo. Temía que el ruido de sus palpitaciones y de su respiración rápida despertara al jefe, al que temía tanto como al demonio del río; pero Obebe siguió roncando.
Uhha se acercó a él. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra del interior de la choza. Junto a Obebe, casi oculta bajo su cuerpo, vio la bolsa del jefe. Alargó el brazo con cautela y con mano temblorosa cogió la bolsa. Intentó sacarla de debajo del cuerpo del hombre dormido, que se agitó inquieto. Uhha se retiró, aterrada. Obebe cambió de postura y Uhha creyó que había despertado. De no haber estado paralizada por el terror habría huido precipitadamente, pero por fortuna no podía moverse, y entonces oyó que Obebe reanudaba los ronquidos que había interrumpido; pero había perdido el valor y sólo pensaba en escapar de la choza sin que la descubrieran. Lanzó una última mirada asustada al jefe para asegurarse de que aún dormía. Sus ojos se posaron en la bolsa. Obebe se había dado la vuelta y ahora se hallaba al alcance de la mano, libre del peso de su cuerpo.
La chiquilla alargó el brazo, pero retiró la mano con brusquedad. Se volvió. Tenía el corazón en la boca. Se tambaleó, mareada, y luego pensó en el demonio del río y en las posibilidades de una muerte horrible que éste tenía en sus manos. De nuevo alargó el brazo para coger la bolsa y esta vez lo consiguió. La abrió apresuradamente y examinó el contenido: allí estaba la llave de latón. La reconoció porque era lo único cuyo fin ella desconocía. La argolla, la cadena y la llave habían sido arrebatadas a un mercader de esclavos árabe al que Obebe había matado y devorado y, como algunos ancianos de su aldea habían lucido cadenas similares en el pasado, no resultaba difícil utilizarlo para sus propósitos cuando la ocasión lo exigía.
Uhha cerró enseguida la bolsa y la volvió a dejar al lado de Obebe. Luego, aferrando la llave en la palma de la mano, se arrastró deprisa hacia la puerta.
Aquella noche, después de que los fuegos para cocinar se habían convertido en ascuas y se extinguían cubiertos con tierra, cuando los súbditos de Obebe se habían retirado a sus respectivas cabañas, Esteban Miranda percibió un movimiento cauto a la entrada de su choza. Escuchó con atención: alguien estaba entrando a rastras. Alguien o algo.
–¿Quién es? –preguntó el español, haciendo esfuerzos para impedir que le temblara la voz.
–¡Silencio! –respondió la intrusa en voz baja–. Soy yo, Uhha, la hija de Khamis, el hechicero. He venido a liberarte para que sepas que tienes una buena amiga en la aldea de Obebe y no nos destruyas.
Miranda sonrió. Su insinuación había dado frutos antes de lo que él se había atrevido a esperar, y era evidente que la muchacha había obedecido su petición de que no contara nada. En este asunto había razonado mal, pero no tenía importancia, ya que su único objetivo en la vida –la libertad– iba a cumplirse. Había advertido a la chiquilla que guardara silencio creyendo que era la manera más segura de difundir el mensaje que él deseaba que se propagara por la aldea, pues estaba seguro de que llegaría a oídos de algunos salvajes supersticiosos con medios para liberarlo.
–¿Y cómo vas a liberarme? –preguntó Miranda. –¡Mira! –dijo Uhha–. Traigo la llave de la argolla que llevas al cuello.
–¡Bien! –exclamó el español–. ¿Dónde está? Uhha se acercó al hombre, se la entregó y se dio la vuelta para marcharse.
–¡Espera! –le pidió el prisionero–. Cuando esté libre debes guiarme hasta la jungla. El que me libere debe hacer esto para ganarse el favor del dios del río.
Uhha tenía miedo, pero no se atrevió a negarse. Miranda hurgó unos minutos en la antigua cerradura hasta que por fin la gastada llave que le había traído la niña cedió. Luego volvió a cerrar el candado y, llevando la llave consigo, se arrastró hacia la entrada.
–Dame armas –susurró a la niña, y Uhha partió a través de las sombras de la calle de la aldea.
Miranda sabía que la niña estaba aterrorizada, pero confiaba en que ese mismo miedo la haría volver junto a él con las armas. No se equivocó, pues apenas habían transcurrido cinco minutos cuando Uhha regresó con un carcaj con flechas, un arco y un gran cuchillo.
–Ahora llévame hasta la puerta de la aldea –ordenó Esteban.
Manteniéndolo lejos de la calle principal, y lo más alejado de las chozas como le era posible, Uhha condujo al fugitivo hacia las puertas de la aldea. La sorprendió un poco que un demonio del río no supiera abrirlas por sí mismo, pues creía que ellos lo sabían todo; pero hizo lo que el hombre le pedía, le enseñó cómo retirar la gran barra y le ayudó a empujar las puertas para abrirlas lo suficiente para pasar. Detrás de ellas se extendía el claro que conducía al río, y a ambos lados se elevaban los gigantes de la jungla. Reinaba la oscuridad y Esteban Miranda descubrió de pronto que su recién hallada libertad tenía sus inconvenientes: avanzar en solitario por la noche en la oscura y misteriosa jungla lo llenaba de un vago temor.
Uhha se retiró de las puertas. Había cumplido su parte y salvado a la aldea de la destrucción. Ahora deseaba cerrarlas y regresar enseguida a la choza de su padre para acostarse, temblando de excitación y de terror ante la mañana… que revelaría a la aldea la huida del demonio del río.
Esteban la cogió del brazo.
–Ven –dijo– a recibir tu recompensa.
Uhha dio un tirón para apartarse.
–¡Suéltame! –exclamó–. Tengo miedo.
Pero también Esteban tenía miedo, y había decidido que la compañía de aquella niña negra sería mejor que no disponer de ninguna en las profundidades de la solitaria jungla. Posiblemente cuando amaneciera le dejaría regresar con su gente, pero esa noche Esteban sentía escalofríos sólo de pensar en penetrar en la jungla sin compañía humana.
Uhha intentó liberarse de la mano de Esteban. Forcejeó como una pequeña leona y habría alzado la voz para lanzar un grito salvaje pidiendo ayuda si Miranda, de pronto, no le hubiera tapado la boca con la mano para después levantarla en vilo y correr velozmente por el claro hasta desaparecer en la jungla.
Detrás de ellos los guerreros de Obebe el caníbal dormían en pacífica ignorancia de la súbita tragedia que acaba de sufrir la pequeña Uhha, y ante ellos, en la lejana jungla, un león lanzó un rugido atronador.
II
Tres personas salieron del porche del bungaló africano de lord Greystoke y enfilaron con paso lento el sendero bordeado de rosales que trazaba una elegante curva en los terrenos bien cuidados, aunque sin pretensiones, que rodeaban la casa de una sola planta del hombre–mono. Eran dos hombres y una mujer, todos ellos vestidos de caqui; el de más edad llevaba casco de aviador y unas gafas de vuelo en una mano. Sonreía en silencio mientras escuchaba al hombre más joven.
–No lo harías si madre estuviera aquí –dijo este último–; ella nunca te lo permitiría.
–Me temo que tienes razón, hijo –respondió Tarzán–, pero efectuaré este viaje solo, y te prometo que no volveré a volar hasta que ella regrese. Tú mismo has dicho que soy un alumno apto y que, si fueras instructor, confiarías plenamente en mí después de haber dicho que soy absolutamente competente para pilotar solo. ¿Eh, Meriem? ¿No es cierto? –preguntó a la mujer.
Ella hizo un gesto de negación con la cabeza.
–Siempre temo por ti, mon père –respondió ella–. Corres tantos riesgos que parece que te consideres inmortal. Deberías tener más cuidado.
El hombre más joven pasó un brazo sobre los hombres de su esposa.
–Meriem tiene razón –dijo–: deberías tener más cuidado, padre.
Tarzán se encogió de hombros.
–Si os hubiera hecho caso a ti y a tu madre, hace tiempo que mis nervios y mis músculos se habrían atrofiado. Me fueron dados para que los utilizara y tengo intención de utilizarlos… con discreción. No cabe duda de que pronto seré viejo e inútil, y durante mucho tiempo.
De pronto del bungaló salió un niño, perseguido por una institutriz sudorosa, y corrió a ponerse al lado de Meriem.
–Mami –dijo–. ¿Dackie doe? ¿Dackie doe?