ellison_harlan_-_visiones_peligrosas_ii 750.46 Kb
Las líneas introductorias que escribí para Visiones peligrosas en enero de 1967,
empezaron a ser leídas en el mundo de la ciencia ficción en noviembre de aquel año.
Sentado en el apartamento de Terry Carr, en Brooklyn Heights, aquel mes de enero, con la espalda apoyada contra la pared y acabándose ya el plazo para la entrega del original, empecé mi introducción general al libro con estas palabras: «Esto que tienen ustedes en sus manos es más que un libro. Si tenemos suerte, será una revolución».
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El hombre que fue a la luna… dos veces
Originalmente, una de las intenciones secundarías (pero no menos importantes) de
esta antología era presentar y llamar la atención de los lectores sobre historias firmadas
por escritores muy alejados normalmente del campo de la ficción especulativa. Los
nombres de William Burroughs, Thomas Pynchon, Alan Sillitoe, Terry Southern, Thomas
Berger y Kingsley Amis se hallaban relacionados en mi lista preliminar de colaboradores.
El nombre de Howard Rodman también estaba en la lista. Circunstancias de naturaleza
casi maquiavélica impidieron la aparición aquí del primer sexteto. Howard Rodman está
entre nosotros. Me siento honrado.
(Un comentario: qué extraño me resulta el que los fans de la ciencia ficción, los que
eligen existir en mundos de ensueño llenos de vuelos siderales, ciudades de maravilla,
inventos maravillosos, puertas que se dilatan, tridivisión y «sensos», sean quienes
desprecian más ruidosamente la moderna televisión. La mayoría de los fans a los que he
conocido, cuando descubren que paso parte de mi tiempo escribiendo para los medios
audiovisuales, me dicen de una forma más bien condescendiente que ellos raramente
miran la televisión, como si el hecho de mirarla fuera considerado denigrante. Qué triste
debe de ser para ellos ver la televisión, los viajes espaciales, y todas las demás
predicciones de la «cientificción» gernsbackiana convertidos en realidad por los filisteos.
Supongo que, en un cierto sentido, es una pequeña tragedia, como el haber estado
convencido durante años de que Tolkien era algo grande, y encontrarse de pronto con
que todos los esnobs del mundo están leyendo las ediciones de bolsillo de El señor de los
Anillos en los transportes públicos. Pero esto es algo muy distinto. Afirmo
categóricamente que es mejor tener una televisión dirigida a la gran masa tal como la
tenemos ahora, aunque sea horrible en un 96 % de las veces, que relegarla al horrible
destino antiséptico que le reservaba la ciencia ficción en 1928.)
Howard Rodman ha ganado más premios de obras dramáticas para televisión que
ningún otro escritor que trabaje para el medio. Su famoso guión para Naked City (La
ciudad desnuda), Uniendo lugares muy alejados, ganó los premios Emmy y de la Unión
de Escritores, no sólo para él sino también para la serie en sí, e! director y los actores.
Recordemos el dramático televisivo del Bob Hope-Chrysler Theater, El juego con trozos
de cristal. Fue, de hecho, el estilo de Howard Rodman lo que dio el tono a lo mejor de
Naked City y de Route 66 (Itinerario 66) durante su celebrado paso por los canales de
televisión.
Howard Rodman nació en el Bronx, y a los diez años decidió ser escritor. Tomó esta
decisión seriamente a la edad de quince años, y desde los quince hasta los dieciséis leyó
como mínimo un volumen de relatos cortos al día; de los dieciséis a los diecisiete leyó
únicamente obras de teatro, cinco o seis al día; y de los diecisiete a los veintiuno escribió
tres mil palabras al día: relatos cortos, escenas de teatro, poemas, secuencias narrativas,
etc. Se graduó en el Brooklyn College, y luego prosiguió su educación en la Universidad
de lowa. A los veintiún años entró en el ejército (donde entre sus obligaciones se le
requirió que inspeccionara los burdeles de Lille como sargento de contrainteligencia). Ha
publicado más de ciento cincuenta relatos cortos, varios cientos de poemas, cuarenta
obras teatrales en un acto, cuatro en tres actos (y ha sido incluido en volúmenes de las
mejores obras teatrales del año). Durante los pasados diez años ha trabajado activamente
en radio, televisión y cine. A los cuarenta y siete años, Howard Rodman —alto, jovial,
increíblemente ingenioso y erudito Howard Rodman—, el apasionado al cine, se ha
casado, divorciado y vuelto a casar con la encantadora actriz llena de talento Norma
Connolly. Tienen cuatro hijos, varios de los cuales pueden ser alineados entre los genios
según los criterios más exigentes.
Me siento particularmente complacido de que Howard pueda aparecer en esta
antología, no solamente debido a que su historia es algo realmente muy distinto y muy
especial con relación a las demás de este libro, sino por un número de razones
secundarias, que relaciono a continuación: mucho antes de que yo llegara a Hollywood,
era un admirador de los guiones de Rodman. Me parecía que encarnaban los ideales que
un guionista debía mantener en un medio dedicado a vender a toda costa desodorantes
para el pelo, la boca, las axilas y los espacios entre los dedos de los pies. Me hice el firme
propósito de conocer a Rodman, a los primeros meses de mi estancia en la Ciudad de los
Payasos, y de él aprendí una importante lección. Una lección que cualquier escritor puede
utilizar. No se asusten. Es sencilla; no dejen que les abrume. Ellos no pueden hacerle
nada. Si los patean fuera del mundo cinematográfico, hagan televisión. Si los patean fuera
de la televisión, escriban novelas. Si no quieren comprar sus novelas, vendan relatos
cortos. Si no pueden hacer esto, entonces mejor dedíquense al negocio de la
construcción. Un escritor escribe siempre. Para eso ha sido hecho. Y si no le dejan
escribir un tipo determinado de cosa, si le echan de un mercado determinado, entonces
búsquense otro mercado. Y si les cierran todos los bazares, entonces, por el amor de
Dios, trabajen con sus manos hasta que puedan escribir de nuevo, porque el talento
estará siempre ahí. Pero la primera vez que digan: «¡Oh, Cristo, me están matando!»
están perdidos. Porque lo primero que tiene un escritor para vender es su valor. Y si no lo
tiene, entonces simplemente es un cobarde. Es un traidor y un esquirol y un herético,
porque escribir es un trabajo sagrado. Eso es lo que aprendí de Howard Rodman.
Otra razón de mi alegría por la inclusión de Rodman entre estas páginas es el
trasfondo de la historia que ha contado. Es una historia tierna, aparentemente común y no
muy «peligrosa». Sin embargo, cuando la leí por primera vez, y se me ocurrieron estos
pensamientos, hice una pausa con una advertencia parpadeando dentro de mí: Léela de
nuevo. Rodman es tortuoso. Así que la leí de nuevo, y además de comprender muchas
cosas que en una primera lectura no había comprendido, el dolor de la concepción misma
de la historia me sobrecogió. Rodman ha intentado algo muy difícil y en cierto modo
desconcertante. Ha hecho un sabio comentario sobre el mismo tema que yo he
comentado un poco antes, en el segundo párrafo de esta introducción (la parte que está
entre paréntesis). Este es el tipo de historia que Heinlein acostumbraba a escribir, y que
Vonnegut ha hecho varias veces, pero que la mayoría de los escritores especulativos
nunca tomarían en consideración. Están demasiado lejos en el espacio. Rodman
mantiene sustanciales lazos con el aquí y el ahora. Y es esta preocupación (e inclinación)
hacia la tragedia del aquí y ahora lo que ha inspirado la historia del hombre que fue a la
Luna… dos veces.
Una razón final por la que me regocijo de la presencia de Rodman aquí. Es un
luchador, no simplemente un liberal de salón. Su advertencia de que nunca me asustara
fue seguida por una orden de luchar por lo que había escrito. He intentado hacerlo,
algunas veces con éxito. Es difícil en Hollywood. Pero mi mentor, Howard Rodman, es el
hombre que en una ocasión no dudó en arrojar un pesado cenicero al hombre que había
abortado uno de sus guiones, y que tuvo que ser firmemente sujetado para que no le
arrancara a ese hombre la cabeza de sobre sus hombros. En otra ocasión envió a un
poderoso productor, que había hecho una carnicería con uno de sus guiones, un enorme
paquete envuelto con un crespón negro. Dentro había unas tijeras con una nota que
decía: Requiescat in pace, y el título del guión. Hay una leyenda que corre por los
estudios: si no consigue un dolor de cabeza con Ellison trabajando con usted, entonces
contrate a Rodman, y trabajará con el original.
El testimonio más visible de la calidad de su obra es que Howard Rodman es uno de
los escritores más ocupados de Hollywood.
* * *
La primera vez que Marshall Kiss fue a la Luna tenía nueve años, y el viaje fue
accidental. Un globo cautivo se soltó en la feria campestre y alzó el vuelo, con Marshall
dentro.
No regresó hasta doce horas más tarde.
—¿Dónde has estado? —le preguntó su papá a Marshall.
—Arriba, en la Luna —respondió Marshall.
—No me digas —dijo su papá, con la boca ligeramente abierta y la mandíbula colgante.
Y se fue a decírselo a sus vecinos.
La mamá de Marshall, que tenía una mente más práctica, se limitó a poner delante de
él un humeante tazón lleno de cereales recién cocidos.
—Tendrás mucha hambre después de un viaje como ese. Será mejor que comas algo
antes de irte a la cama.
—Creo que eso es lo que voy a hacer —dijo Marshall, dedicándose con ahínco a vaciar
el tazón.
Estaba afanándose en ello cuando llegaron los periodistas… un hombre grande con un
bigote pequeño y un joven delgado que trabajaba en el periódico para pagarse sus
estudios en la Escuela de Formación Profesional de Pompas Fúnebres.
—Bien —dijo el bigote—, así que has estado en la Luna.
Marshall se sintió un poco intimidado y asintió sin hablar.
El aspirante a pompas fúnebres hizo una mueca con los labios, pero lo dejó correr
cuando la mamá de Marshall lo fulminó con una mirada.
—¿A qué se parecía? —preguntó el bigote.
—Era algo encantador —respondió Marshall educadamente—. Fresco y suave y lleno
de cantos.
—¿Qué tipo de cantos?
—Simplemente cantos. Canciones hermosas.
El aspirante a pompas fúnebres dejó escapar una risita, pero la interrumpió
inmediatamente cuando la mamá de Marshall depositó el vaso de leche sobre la mesa
con un ruido seco y un fruncir de ceño.
—Canciones hermosas —repitió Marshall—. Como los himnos de la iglesia.
Llegaron tres vecinos para echarle una mirada a Marshall. Se mantuvieron algo
apartados de la mesa, contemplando con un ligero asombro al chico que había estado en
la Luna.
—¿Quién lo hubiera creído? —susurró uno de ellos—. Se le ve tan joven.
Marshall enrojeció, orgulloso, e inclinó la cabeza hacia su tazón de cereales.
Precisamente entonces, cuatro compañeros del colegio se deslizaron en la cocina y
metieron sus rostros entre los intersticios dejados por los vecinos.
—¡Pregúntaselo! —dijo el más pequeño de ellos.
—Hey, Marshall —dijo el más valiente en voz alta—, ¿vas a jugar a pelota mañana?
—Claro que sí —respondió Marshall.
—Entonces estupendo —dijo el más valiente a los demás—. No ha cambiado en
absoluto.
El papá de Marshall volvió con otros dos vecinos, y una mujer trajo a su esposo y sus
ocho hijos desde su casa a cuatro kilómetros de distancia carretera abajo. Un caballo
asomó la cabeza por la ventana de la cocina, y una gallina entró a sal ti tos y se escondió
bajo la estufa.
La maestra de Marshall tocó la campanilla de la puerta delantera, cruzó la casa hasta la
cocina y entró en ella por propia voluntad, ya que nadie acudió a abrirla.
Todo el mundo miraba a Marshall de una forma alegre y orgullosa, pero nadie parecía
ser capaz de pensar en nada que decir. Incluso cuando llegó el alcalde, recién afeitado y
deseando pronunciar un discurso, ocurrió algo, y cerró la boca sin haber dicho ni una
palabra.
Empezaba a hacer calor en la cocina, con tanta gente apretujándose, pero era un calor
agradable… alegre y feliz, y nadie empujaba a nadie. La mamá de Marshall simplemente
sonreía y radiaba felicidad, y su papá daba largas chupadas a su pipa de maíz, sentado
sobre una caja vuelta boca abajo junto a la estufa.
El periodista que estudiaba para la profesión de pompas fúnebres empezó a
preguntarle a Marshall:
—¿Cómo sabías tú que aquello era la Luna?
Pero no pudo ir más lejos, y sin saber cómo se encontró en la parte de atrás del grupo,
mirando por encima de la cabeza de los demás alzándose sobre la punta de sus pies.
Finalmente la gallina cacareó, y todo el mundo encontró aquello muy divertido, y se
echaron a reír fuerte y claramente.
Marshall terminó su tazón de cereales y su leche, y alzó la vista para ver, a través de la
ventana, que el patio exterior estaba también lleno de gente: habían venido desde
kilómetros y kilómetros de distancia, a caballo o en carro, a pie o de cualquier otro modo.
Se dio cuenta de que esperaban algunas palabras suyas, de modo que se puso en pie e
hizo un discurso.
—Nunca pretendí deliberadamente ir a la Luna —empezó Marshall—. Simplemente las
cosas ocurrieron así. El globo empezó a subir, y yo subía con él. Muy pronto estaba
mirando hacia abajo a las cimas de las montañas, y aquello era algo. Pero seguía
subiendo cada vez más y más. Por el camino vi a un águila enfadada. Estaba intentando
volar tan alto como yo, pero simplemente no podía. Se estaba volviendo loca de rabia,
aquella águila. Chillaba hasta hacer estallar su cabeza.
Toda la gente en la cocina, y fuera en el patio, asintieron comprensivamente.
—Al final —continuó Marshall—, llegué a la Luna. Como ya he dicho, era muy bonita.
Dejó de hablar, porque ya había dicho todo lo que tenía que decir.
—¿Estabas asustado? —preguntó alguien.
—Un poco —respondió Marshall—. Pero el aire era reconfortante, y lo superé.
—Bien —dijo el alcalde, sintiéndose obligado a pronunciar unas palabras—, nos
alegramos de que estés de vuelta.
Y tendió su mano para estrechar la de Marshall.
Tras lo cual, Marshall estrechó las manos de todos los que estaban allí, y todo el
mundo regresó a sus casas. El caballo sacó su cabeza de la ventana y regresó a
mordisquear la hierba del patio. Y la gallina salió a saltitos por la puerta, dejando un huevo
bajo la estufa. La casa quedó vacía pero aún alegre. Era como si todo el mundo hubiera
venido y se hubiera ido dejando tras ellos su felicidad como un regalo, del mismo modo
que la gallina había dejado el huevo.
—Ha sido un gran día para ti —dijo el papá de Marshall.
—Creo que será mejor que te vayas ahora a la cama —dijo la mamá de Marshall.
—Puede… —continuó el papá de Marshall, pensando en voz alta—, puede que algún
día te conviertas en un gran explorador.
Marshall miró a su mamá, vio su miedo a que su muchacho se convirtiera en un
vagabundo. Respondió, para su madre:
—Te diré, papá. Lo más probable es que me quede simplemente aquí sin ir a ningún
sitio. —Por supuesto, le guiñó un ojo a su padre para indicarle que quizás él tuviera razón
después de todo—. Buenas noches, papá. Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, hijo.
Su mamá le dio el beso de buenas noches.
Entonces Marshall se fue a su habitación, cerró la puerta, se desvistió, y se puso el
pijama. Se arrodilló al lado de su cama y cruzó sus dedos para rezar.
—Ha sido un día muy feliz, oh, Señor. Todo lo que puedo recordar es felicidad.
Gracias.
Se metió en la cama y se durmió.
Bien, ya saben como pasa el tiempo. Marshall se hizo un hombre, se casó y se
estableció. Tuvo hijos, y sus hijos tuvieron hijos. Sus hijos crecieron y de una forma muy
natural se marcharon para seguir sus propios caminos, y su esposa murió de muerte
natural. Y aquí hallamos de nuevo a Marshall Kiss viviendo solo en el mundo, en su
granja, y trabajando únicamente en lo que le gustaba.
Algunas veces iba a la ciudad y se sentaba junto a la estufa en el almacén general y
hablaba, y algunas veces se quedaba en casa y escuchaba la lluvia hablar en los cristales
de las ventanas. Llegó el momento en que Marshall rondó los noventa años. La mayor
parte de la gente que había vivido cuando él era un muchacho ya había muerto.
La gente de la ciudad era una nueva generación, y aunque no era desagradable,
tampoco era demasiado amistosa. El problema con las nuevas generaciones es que no
miran hacia atrás, mantienen la vista siempre fija hacia delante.
Llegó el momento en que Marshall podía cruzar toda la ciudad de extremo a extremo
sin ver ningún rostro conocido ni a nadie que le conociera a él. Saludaba con una
inclinación de cabeza y le respondían al saludo, pero no era un gesto realmente
humano…, sólo una fórmula de cortesía. Y todos sabemos cómo terminan estas cosas.
Cuando un hombre tiene que vivir así, llega a sentirse solitario.
Eso es precisamente lo que le ocurrió a Marshall. Se sintió solitario.
Primero pensó que podía olvidar su soledad quedándose simplemente en casa. Y pasó
todo un mes sin que Marshall se mostrara por ningún lado, esperando que alguien sintiera
una cierta curiosidad y quizás acudiera a ver cómo se encontraba. Pero nadie lo hizo. De
modo que Marshall regresó a la ciudad.
El dependiente del almacén pareció recordar algo acerca de que no había visto a
Marshall desde hada mucho, pero no parecía estar demasiado seguro.
—Hace un par o tres de días que no viene usted por aquí, ¿verdad? —preguntó a
Marshall.
—Más bien hace un mes —dijo Marshall.
—No me diga —murmuró el dependiente, mientras hacía la cuenta de las compras de
Marshall.
—He estado fuera —dijo Marshall.
—¿Viendo a su familia? —preguntó el dependiente.
—He estado en la Luna —dijo Marshall.
El dependiente pareció un poco fastidiado, en absoluto interesado, en absoluto
impresionado. De hecho, no parecía creer a Marshall. Pero era un hombre educado, de
modo que comentó:
—Debe de haber sido un hermoso viaje —y dejó de pensar en ello.
Marshall salió furioso del almacén y fue a cortarse el pelo.
—Ha crecido mucho su pelo, señor Kiss —dijo el barbero.
—Es lógico —respondió Marshall—. No hay barberías en la Luna, ya sabe.
—Espero que no —dijo el barbero, y empezó a trabajar, haciendo resonar activamente
sus tijeras y fingiendo que cortaba un cabello aquí, otro allá, pero sin decir ni una sola
palabra sobre la Luna, sin tener ni siquiera la decencia de preguntar a qué se parecía la
Luna.
De modo que Marshall se quedó dormido hasta que el barbero hubo terminado.
Entró el alcalde para su afeitado diario. Era un hombre joven, con una barba muy dura,
y miró casualmente a Marshall.
—Uno de los antiguos residentes —dijo al barbero. El barbero asintió mientras
trabajaba.
—Parece cansado —dijo el alcalde.
—Tiene que estarlo —comentó el barbero—. Acaba de regresar de la Luna.
Y rió fuertemente.
—No me diga —murmuró el alcalde.
—Eso es lo que pretende. —El barbero se rió de nuevo—. Que acaba de volver de la
Luna.
—Bueno, entonces no es sorprendente que esté cansado.
Pero por la forma en que el alcalde se reía y la forma en que el barbero se reía,
Marshall comprendió que simplemente se estaban burlando de él. Porque Marshall no
estaba realmente durmiendo, por supuesto.
Aquello enfureció a Marshall, y se puso en pie y tiró el trapo y salió a toda velocidad
hacia las oficinas del periódico.
—Me llamo Marshall Kiss —dijo Marshall al nuevo chico que había en la recepción—, y
acabo de regresar de un viaje a la Luna.
—Gracias por la noticia, abuelo —dijo el periodista, sonriendo con una comisura del
labio—. Me ocupará de ello en cuanto tenga un poco de tiempo. —Y, diciendo esto, cruzó
sus manos por detrás de la cabeza.
Las lágrimas afloraron a los ojos de Marshall.
—¡He estado en la Luna dos veces! —gritó—. La primera vez cuando tenía nueve
años, y apareció en este periódico por aquel entonces. La gente vino de quince kilómetros
a la redonda simplemente para verme. Fui allí en un viejo globo y le rompí el corazón a un
águila cuando intentó subir tanto como yo. —Miró duramente al periodista, y pudo ver que
éste no le creía ni intentaba creerle—. Ya no hay compasión en el mundo —dijo
Marshall—, y tampoco alegría.
Y diciendo esto, salió.
El camino que conducía hasta su casa era más bien rocoso y empinado, y Marshall
tuvo la impresión de que necesitaba mucho tiempo para recorrer una corta distancia.
—No puedo llegar a imaginarme cómo la gente ha cambiado tanto —se dijo Marshall a
sí mismo—. La hierba sigue siendo verde, y los caballos tienen cola, y las gallinas ponen
huevos…
Fue interrumpido por un muchachito que llegó corriendo desde atrás, haciendo como
que galopaba y golpeándose las nalgas como si estuviera azuzando a un caballo.
—Hola —dijo el muchachito—. ¿Adonde vas?
—Arriba a la colina, de vuelta a mi granja —respondió Marshall.
—¿Dónde has estado? —preguntó el muchachito.
—En la ciudad —dijo Marshall.
—¿Eso es todo? —preguntó el muchachito, decepcionado—. ¿No has estado en
ningún otro sitio?
—He estado en la Luna —dijo Marshall, un poco tímidamente. Los ojos del muchachito
se abrieron mucho y brillaron.
—Dos veces —añadió Marshall.
Los ojos del muchachito se abrieron más.
—¡De veras! —exclamó el muchachito, excitado—. ¿D-d-de veras?
Estaba tan excitado que tartamudeaba.
—De hecho —dijo Marshall—, acabo de regresar de la Luna. El muchachito
permaneció en silencio por un segundo.
—Oiga, señor —preguntó finalmente—, ¿le importaría si trajera a mi amiga para que
pueda verle?
—En absoluto. Vivo ahí mismo, en esa casa que puedes ver.
Marshall salió del camino para dirigirse a su casa.
—Volveré en seguida —prometió el muchachito, y se alejó corriendo tan rápido como
pudo para ir al encuentro de su amiga.
Sería media hora más tarde cuando el muchachito y su amiguita llegaron a la casa de
Marshall. Llamaron a la puerta, pero nadie contestó, así que simplemente entraron.
—No te preocupes —dijo el muchachito—, es muy amable. La cocina estaba vacía, así
que miraron en el salón, pero también estaba vacío.
—Quizás haya vuelto a la Luna —susurró la niñita, algo temerosa.
—Tal vez —admitió el muchachito.
Pero de todos modos fueron a mirar al dormitorio.
Allí estaba Marshall, tendido en la cama, y al principio pensaron que estaba durmiendo.
Pero tras un rato, cuando vieron que no se movía ni respiraba, el muchachito y la niñita
supieron que se había ido mucho más lejos que eso.
—Supongo que tú tenías razón —dijo el muchachito.
El y la niñita simplemente miraron y miraron con ojos tan grandes y abiertos como
podían, al hombre que había estado en la Luna dos veces.
—Supongo que ahora serán tres veces ya —dijo la niñita.
Y repentinamente, sin saber por qué, tuvieron miedo y echaron a correr, dejando la
puerta abierta tras ellos. Corrieron en silencio, cogidos de la mano, asustados, pero
contentos también, como si hubiera ocurrido algo maravilloso que no pudieran
comprender.
Tras un rato, como si fuera la primera vez que eso ocurría en aquella granja, el caballo
penetró en la casa y asomó la cabeza por la puerta del dormitorio, y miró.
Y luego una gallina entró dando saltitos y se ocultó bajo la cama.
Y mucho rato más tarde, un montón de gente vino a contemplar la sonrisa de
satisfacción en el rostro de Marshall.
—Es él —dijo el muchachito, señalando—. Es el hombre que estuvo en la Luna dos
veces.
Y por alguna razón, con la sonrisa de Marshall, y el caballo inmóvil allí agitando la cola,
y el repentino cacareo de la gallina bajo la cama…, por alguna razón, nadie contradijo al
muchachito.
Aquel era el día en que el cohete a Marte iniciaba sus tres vuelos regulares diarios.
Pero ya nadie iba a la Luna. No había allí nada que ver.
* * *
Esta historia en particular surgió de una repentina y fuerte comprensión personal de
algunos aspectos de la vida de mi padre… los enormes cambios que se produjeron en la
historia durante su existencia: desarrollos tecnológicos más allá de todo lo imaginable
cuando él era un muchacho.
Me había contado su maravilla cuando se había sentado para escuchar un fonógrafo
que un hombre llevaba a la espalda mientras iba de pueblo en pueblo en Polonia, donde
mi padre había nacido. Por un kopek el nombre le daba a la manecilla, el disco giraba, la
aguja chirriaba, y si acercabas tu oído a la bocina allí estaba el milagro de una voz, una
música, un poema.
Luego, en 1928 o 1929, mi padre subió a un avión que aterrizó en un campo de maíz
en las montañas Catskill. Por cinco dólares mi padre voló durante cinco minutos.
Si ésta fue la historia de mi padre, fue también la historia de su generación. En lo que
me parece un tiempo increíblemente corto, se perdieron el misterio y el milagro. Hay muy
poca maravilla en la televisión, pese al hecho de que la extraordinaria complejidad del
envío y la recepción de una señal de televisión se halla más allá de la capacidad de
comprensión de los millones de televidentes. El aparato de televisión es un éxito porque la
maravilla ha sido eliminada. Porque el aparato de televisión es realmente una caja idiota;
no por su contenido sino porque sus controles han sido simplificados de tal modo que
pueden ser manejados perfectamente por cualquiera que sea capaz simplemente de
pulsar un botón y girar un dial. El propio dial ha sido diseñado de tal modo que uno
simplemente tiene que irlo girando: ni siquiera necesita buscar un número específico.
Porque, si uno desea ver el programa del canal 8, lo único que tiene que hacer es seguir
girando el dial hasta que el programa aparezca en la pantalla. Entonces habrá conectado
el canal 8.
Y la maravilla ha desaparecido.
Porque la envergadura de la historia moderna me parece tener una sensación de
maravilla; porque tiene para mí un asomo de cuento de hadas y de incredulidad; porque el
milagro de los cambios producidos entre la época de la infancia de mi padre a la mía me
parecieron haberse perdido, es por lo que escribí esta historia.
Es simplemente un recordatorio de que la fantasía existe aún en nuestras vidas
cotidianas, del mismo modo que existe en las maravillas del futuro. Y es un recordatorio
de que lo mejor de nuestra civilización se halla mucho más allá de la comprensión de
nuestros ciudadanos corrientes. Lo más maravilloso es que exista tanta civilización donde
haya tan pocas personas civilizadas.
En otra disposición de ánimo quizás hubiera escrito una historia mucho más dura. Pero
en esta ocasión pensé simplemente que debía darle esta forma. La de un cuento de
hadas; chapado a la antigua y sentimental, escrito en una máquina de escribir eléctrica.