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En 1990 RCN Televisión me encomendó la tarea de escribir una historia que tuviera como trasfondo el universo cafetero colombiano. Para la programadora resultaba curioso que la televisión no se hubiera ocupado del tema hasta el momento; un tema vital para la economía y la cultura del país, y un tema que abarcaba a un porcentaje muy alto e importante de la población colombiana. Y todo, a partir de ese momento, fue curioso.
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INTRODUCCIÓN
En 1990 RCN Televisión me encomendó la tarea de escribir una historia que tuviera como trasfondo el universo cafetero colombiano. Para la programadora resultaba curioso que la televisión no se hubiera ocupado del tema hasta el momento; un tema vital para la economía y la cultura del país, y un tema que abarcaba a un porcentaje muy alto e importante de la población colombiana. Y todo, a partir de ese momento, fue curioso. Cuando empecé las investigaciones, lo primero a lo que traté de recurrir fue a la literatura con la ilusión de encontrar en ella los personajes más arraigados de la cultura cafetera y también para impregnarme de la atmósfera particular de este universo. Fue sorprendente que en toda una vasta y prolífera zona, que ha parido grandes escritores colombianos, no existiera más que una novela, La Cosecha, de un escritor y periodista bogotano: José Antonio Osorio Lizarazo. Si bien la novela me dio las primeras luces sobre un ambiente cafetero, no reflejaba el universo que deseaba tocar en mi historia. La novela se desarrollaba en una etapa muy oscura para el cafetero, era una novela de personajes pobres, desesperanzados, sometidos a la dictadura de tenderos y de comerciantes sin escrúpulos que recorrían la región comprando café. Sin embargo, había algo que me conmovió y donde entendí el sentido de la vida del cafetero: su existencia y la de su familia giraban alrededor del café y, sobre todo, de la ilusión de la cosecha.De aquí en adelante, todo estaba por hacerse. Me desplacé a la zona cafetera, en épocas de cosecha. Si bien no era el mundo de la opulencia, tampoco era el panorama negro de La Cosecha. Había cambiado. Por tanto habría que construir una nueva realidad. Me puse en la tarea de realizar varios reportajes, de seguir los itinerarios de los personajes que participaban en la producción; estuve a su lado en los cultivos, en el pueblo, los vi en las cantinas, en las fuentes de soda, escuchando su música, bebiendo su aguardiente, encomendándome a sus santos; aprendí su mitología y creo que comprendí sus sueños.Luego, vino la investigación en la ciudad. Penetré en el mundo de los exportadores, en el mundo de la Federación Nacional de Cafeteros. Me sumergí en la historia del café, desde cuando llegó a Colombia hasta nuestros días, me rompí la cabeza tratando de comprender el gran andamiaje económico del grano, seleccioné los universos y los personajes más importantes que surgían desde la tierra hasta las altas esferas en Londres, estudié el organigrama de algunas familias importantes, y al cabo de unos meses, empecé a armar la historia.
La armazón fue una serie continuada de saqueos: de la realidad que me brindaba la investigación, del cine y de la literatura. Desempolvé argumentos que tenía archivados y reviví personajes destinados para otros oficios. Y desde luego, exorcicé fantasmas y recuerdos. Y pude armar la historia.
Y la armé a manera de una crónica, buscando un esquema narrativo que no cayera en una sinopsis escueta, y que tampoco cayera en la disquisición y el análisis. Y el resultado, el lector lo sostiene en sus manos en este momento. Una sinopsis narrada, como una crónica, sin presunciones literarias, la misma sinopsis que presenté a un grupo de ejecutivos de la programadora, en 1992. A pesar que tuve la conciencia que el grupo de lectores era reducido, procuré escribirla con el mayor esmero, tratando de evitar preguntas posteriores y buscando que fuera completa y convincente. Como escritor de televisión, siempre he mantenido la filosofía que la sinopsis debe ser tan contundente como cualquier texto literario: no sólo es la presentación de la obra, sino también el indicio certero de cómo se manejará, y debe estar impregnada del ambiente que posteriormente se transmitirá en el libreto. No importa que el número de lectores no pase de diez. No importa que esos lectores estén a la mano del autor para añadirles información, y menos para rendirles las odiosas disculpas de los vacíos de la obra. La sinopsis debe ser clara y contundente y defenderse por sí sola. Y el resultado no pudo ser mejor: luego de la lectura de la sinopsis, no hubo preguntas. Sólo una orden: hay que empezar a escribirla en libretos.
Y mucho mejor ahora el resultado, cuando una editorial como La Oveja Negra, ha decidido editarla por considerarla de interés.
Así, en estas páginas encontrarán la historia original de Café, Con Aroma de Mujer, las páginas que fueron mi directriz a lo largo de más de dos años que duró la elaboración de los libretos. Quienes hayan seguido la novela con algún rigor encontrarán en esencia la misma historia. Pero también encontrarán variaciones que no aparecieron en la pantalla. Personajes que murieron en el papel y salieron campantes de la muerte en el libreto. Hechos de sangre que resultaron purificados, sucesos felices que en realidad se convirtieron en el infierno de los protagonistas.
Estas páginas siguen siendo las mismas que presenté en 1992. No han sufrido modificación alguna: en esa medida, no hubo reescritura, ni un ajuste de sus líneas para volverlas acordes con las que aparecieron en pantalla.
Siguen siendo las páginas que para mí son la esencia de la obra.
1
LA AGONÍA DEL PATRIARCA
BOGOTÁ, 7 DE SEPTIEMBRE DE 1975
Con serenidad, "como quien escucha la más trivial de las informaciones, Octavio Vallejo recibe en el consultorio de su médico y amigo la noticia de su propia muerte. La ha esperado desde hace más de una década, y ahora, a sus 83 años, le parece apenas justa. «Algún día tenía que descansar», le comenta al médico que, incómodo, se disculpa por su crudeza, muy necesaria, teniendo en cuenta que Octavio debe preparar y ordenar cientos de cosas antes de partir de este mundo.
Don Octavio sale del consultorio, y se dirige a su automóvil donde lo aguardan su conductor y Jorge Latorre, su abogado, asesor de cabecera y amigo de confianza. En el interior del carro, Latorre le confirma la noticia que todo el país, el gobierno, los cafeteros y los exportadores esperaban: la helada en el Brasil. Le comenta que el café colombiano se ha disparado en las bolsas del mundo, que en pocos días logrará un precio récord, que la cosecha del año, que ya se empieza a recoger, producirá el grano más bien pago en toda la historia. El país está a las puertas de la bonanza cafetera, tendrá divisas jamás imaginadas y los exportadores vivirán su mejor época. Latorre afirma que en pocos días se iniciará el congreso cafetero, que estará más agitado que nunca con el suceso de la helada, y que los exportadores y la Asociación Nacional de Cafeteros están ansiosos por las proyecciones que él, «el patriarca del café», dará para estos nuevos horizontes de riqueza y bienestar.
Pero don Octavio no se inmuta. Durante muchos años estuvo a la espera de esa noticia y ahora que es realidad ya no le conmueve. Tan sólo atina a decir a su conductor que lo lleve a su casa para recoger a su esposa, y que luego lo lleve al aeropuerto. Le dice a Latorre que cancele todas sus citas, incluida la del congreso. Jamás ha dejado de presidirlo. Don Octavio se siente interrogado por la mirada de su asesor y le dice: «Tengo un imprevisto de última hora. Una cita inaplazable.»
MANIZALES, 8 DE SEPTIEMBRE DE 1975
Un elegante carro está parqueado al lado del avión de donde desciende don Octavio con Cecilia, su esposa, ayudados por sus asistentes. El carro arranca parsimoniosamente del aeropuerto y toma la sinuosa y polvorienta carretera que los conducirá a la hacienda Casablanca, una de las pocas que sobreviven en la zona y que es un hermoso monumento a la tradición centenaria de los Vallejo, una de las cuatro familias más poderosas en el mundo del café.
En la carretera, un viejo campero Willys se desplaza lento, con dificultad, tal vez a causa del peso de más de una docena de personas que lleva sentadas sobre bultos de café o colgadas del estribo trasero. Son los recolectores que cada seis meses o cada año se reencuentran en el Viejo Caldas, atraídos por la cosecha del café. Son colombianos con alma de gitanos: no pertenecen a ningún sitio, no tienen casa, tan sólo poseen lo que llevan puesto; vienen de recorrer diferentes partes del país; vienen de otra cosecha, vienen de donde se necesita de una mano de obra temporal; vienen del César de recoger algodón o del Tolima donde trabajan en las cosechas de sorgo, o del Chocó de donde regresan como siempre con la ilusión rota de no encontrar oro, o de cualquier otra parte del país donde puedan sobrevivir mientras llega la cosecha del café.
El carro negro y lujoso de don Octavio pasa velozmente el campero. Los recolectores observan con deslumbramiento su paso. Pero tal vez quien parece más fascinada es una muchacha de 18 años y mirada vivaz, Teresita Suárez, más conocida como «La Gaviota», que no cesa de observar el carro mientras se pierde en un punto lejano de la carretera.
–Ese sí debe ser un pesado de peso completo –le dice a su madre que es la menos deslumbrada con la aparición del carro.
–Es el del patriarca del café –atina a responder la mujer a su hija.
El carro de don Octavio llega a Casablanca. Una puerta electrónica se abre. Los jornaleros y algunos de los recolectores que ya se encuentran en la hacienda observan con curiosidad el arribo. Saben que deben guardar distancia. Ha llegado el patriarca del café: como siempre en octubre, como siempre, puntual, al iniciarse los días de la cosecha, ha llegado don Octavio. Saben cómo se llama, conocen bastantes cosas sobre él, pero jamás logran distinguir su figura, en la distancia: cada trabajador tiene sus conjeturas: es canoso… es alto… es rubio… es muy anciano… nadie sabe a ciencia cierta cómo es don Octavio.
En esta discusión se encuentran los trabajadores y recolectores cuando aparece el viejo campero y se estaciona frente a la finca. La Gaviota desciende con su madre y pide al conductor que le entregue su maletín: un maletín que para todos es exótico. En realidad es una maleta de colegiala, un poco raída y deteriorada por los eternos viajes y desplazamientos. Con desdén, el chofer coge la maleta y la lanza como si fuera uno de los bultos que lleva consigo. Gaviota reacciona enfurecida, insulta al chofer tildándolo de inculto, de animal y de ignorante. Así no se trata una maleta que tiene libros. Y de no ser por la intervención de su madre que la sujeta de los brazos, habría terminado liada a golpes con el chofer.
Aurelio, el capataz de la finca, recibe a las mujeres, con un secreto entusiasmo, que parece avivarse cada vez que su mirada vuela hasta la Gaviota. Es notorio su interés por todas las mujeres y como siempre las acompaña a alojarse en el cuartel, donde pasarán todo el tiempo de la cosecha, junto a los demás jornaleros, compartiendo el mismo techo.
Gaviota es blanco de toda suerte de piropos por parte de los trabajadores, piropos que, saben, son inútiles. La Gaviota es difícil. Es invulnerable a los asedios masculinos: en su eterno trasegar por el país, desde que nació en una travesía hacia el Magdalena, ha compartido techo, mesas y áreas de trabajo con toda suerte de hombres, desde los románticos más castos hasta los tramposos de feria, y nadie tiene memoria de que alguien la haya podido seducir. Su temperamento, tan sólo dominado por su madre, la hace inaccesible. Su sobria belleza, su sensualidad natural, y una ternura detrás de la cual se esconde un poderoso instinto de protección, son como una coraza difícil de romper. Pero esto no es obstáculo para que los hombres intenten agotarle una vez más la paciencia con sus bromas y pesados piropos. Y a pesar de su temperamento, los recolectores y todo el mundo, incluida su madre, la llaman la Gaviota por su marcada obsesión por una canción de carrilera, La Gaviota Traidora, de las Hermanas Calle –sus máximos ídolos–; les pareció que se ajustaba con su caminado suave, la ternura que en todo caso irradiaba, la inquietud que despertaba entre los hombres y su capacidad de sueño.
Carmenza, la madre de la Gaviota, no entiende por qué tanta romería en torno a la casa y la hacienda. Uno de los jornaleros le explica que acaba de llegar don Octavio y que una vez más todos desean verlo, memorizar la imagen del patriarca del café. Carmenza guarda silencio, y continúa su camino hacia el cuartel, con Gaviota, quien también está intrigada y fascinada. Carmenza le dice a Gaviota, para disiparle sus dudas, que don Octavio es un anciano, de cabellos blancos, alto y fuerte como un roble. Gaviota queda sorprendida. Ignora por qué su madre conoce con tanto detalle al patriarca. Carmenza elude las preguntas y el asedio de su hija.
En el galpón, Aurelio les entrega los catres y la mesita donde Gaviota coloca sus libros para estudiar en la noche. Para Gaviota la mesa es tan importante como extraña para los demás recolectores. A sus 18 años, es una de las pocas personas entre los recolectores que saben leer y escribir, y sus libros, de aquellos que dan la sensación de haber pasado por muchas manos durante generaciones, son algunos textos primarios que compra con lo poco que les deja la cosecha. Leer y escribir la hace aún más exótica entre sus compañeros, casi todos analfabetos, resignados a la pobreza, a su vida nómada, a despilfarrar cada domingo de pago el dinero en las cantinas, al lado de mujeres tan rotas y desesperanzadas como ellos mismos. Su horizonte es reducido. Saben que cualquier día morirán en una plantación o en cualquiera de las carreteras que transitan durante el año. No apuestan más por sus vidas. Nacen derrotados.
Pero Gaviota es diferente: piensa que si bien su vida puede estar destinada a la gitanería, leer y escribir aún como una adolescente, y hacer elementales operaciones contables resolverá con más facilidad sus problemas de dinero, problemas que se reducen a cosas como la cantidad de sacos que deben evacuar con su madre en una jornada. Y piensa que con eso ella escapará algún día del destino inexorable que se cierne sobre todos los recolectores.
Carmenza la apoya. Y a pesar de que Gaviota le lee cuentos en las noches y le ayuda en los manejos de dinero, piensa que, a sus 40 años, la existencia no le depara nada diferente que a cualquier otro recolector.
Hija de campesinos desheredados de sus tierras por la violencia y que luego se vieron forzados a deambular por el país, detrás de una cosecha, su itinerario siempre tiene un punto de retorno, un lugar que le sirve como centro y punto de referencia de cualquier peregrinación: la hacienda Casablanca, grande, imperial, capaz de otorgar a cualquiera cierta confianza con tan sólo mirarla a lo lejos. Desde niña viene todos los octubres a recoger café. Y a pesar de que para esa misma época, en otros años, la vida le ha presentado otras alternativas, Carmenza lo abandona todo por estar siempre en la hacienda en octubre: su vida ha sido azarosa: romances fugaces, amores de aquí y allá que duran lo que demora una cosecha, asedios de toda suerte, más sexuales que sentimentales. Uno de ellos desembocó en el parto de Gaviota.
Carmenza es una mujer hermosa, con una sonrisa cálida que aparece, como por arte de magia, en los instantes más aciagos, y parece disiparlos; unos ojos de echadora de naipes, dormidos y profundos, en los que se refleja con la misma intensidad el sentimiento de la melancolía que el estallido de felicidad; es levemente maciza y sus movimientos, cuando se pierde entre el océano rojizo de los cafetales, podrían ser los de una adolescente; profundamente sexual y vigorosa, se resiste a dejar vencer su atractivo por el paso de los años: su figura explica en parte la indescifrable belleza de Gaviota. Silenciosa, amorosa en ocasiones, estricta en el cuidado de su hija, su vida es un misterio. Cada año por la época de la cosecha, se torna aún más enigmática. Mientras Gaviota se queda en el galpón estudiando sus viejos libros, Carmenza se pierde en la noche: sale del galpón y regresa muy tarde. Y es curioso: esta costumbre no la practica en ningún otro lado, solamente en la hacienda Casablanca. Pero Gaviota no pregunta. Sabe que su madre es cuidadosa: jamás ha permitido que ella presencie sus romances, que conozca el nombre de su amante de turno, y que incluso sepa el nombre de su padre.
En la hacienda Casablanca, Octavio Vallejo ha pedido que le abran las cortinas de su habitación para contemplar, como si fuera por última vez, el paisaje ancestral: cientos de cafetos verdes, abarrotados de granos rojos, en medio de unas laderas turbias por la neblina mañanera, diáfanos y nítidos al mediodía, cálidos en la noche. Silencioso, como siempre, observa el paisaje desde la habitación principal, la que mandó construir especialmente para él hace ya más de 60 años, cuando contrajo matrimonio con Cecilia, su esposa, su compañera, la madre de sus hijos, pero no su confidente.
Para Cecilia, Octavio es un enigma perpetuó que vive con ella hace más de sesenta años. Lo ha acompañado en silencio desde cuando era un comerciante de telas y de productos europeos que compraba en Honda y que comercializaba en todas las zonas del Viejo Caldas. Estuvo con él cuando adquirió y comercializó los primeros carros que llegaron a la región. Lo acompañaba en infinitas tardes de modorra, en su estudio, donde pasaban largas horas leyendo una extensa biblioteca que en principio heredó de su familia, colonizadores paisas, y que después fue aumentando con sus viajes; lo acompañó a todas sus actividades sociales: a las fiestas coloridas en Manizales, ciudad donde adquirió varias propiedades y era más respetado que los políticos, no sólo por su fortuna, en parte heredada y en gran parte conformada por los negocios, sino además por su linaje; estuvo a su lado cuando decidió cultivar café en las grandes extensiones de tierra de su hacienda; lo vio convertirse en pocos años en el hombre que producía más café en la región, y también divagando como un obseso por todos los rincones, a las horas más insospechadas, como por ejemplo cuando todos en la región ya dormían, razonando que el negocio del café no sólo era cultivarlo, sino venderlo en el mundo; lo acompañó en sus viajes a Nueva York, ayudándole a soportar el miedo que le producían los aviones, la imborrable huella del accidente de Carlos Gardel; conoció de cerca el mundo de la banca mundial, con sus hombres perfectamente vestidos que, no obstante, pueden descomponerse en una fracción de segundo, y todos sus movimientos posteriores al colapso de Wall Street; vivió con él el esplendor de las grandes fiestas y recepciones en la Bogotá anterior y posterior a la violencia; era una esposa orgullosa, que le dio la mano a todos los presidentes de la república, de los bancos, de las empresas más importantes del país; lo acompañó en todas las actividades cafeteras, presididas siempre por él, uno de los hombres más importantes del mundo en el café. Era, pues, la orgullosa mujer del patriarca del café, la compañera perenne de su vida oficial. Pero jamás pudo penetrar en su mundo interior.
Cecilia siempre supo que Octavio llevaba otra vida, secreta e intensa, rodeada de aventuras con varios géneros de mujeres. Era un hombre de una virilidad extraordinaria. Nunca cesó en su empresa amorosa, sino cuando sus ímpetus de conquistador magnífico se estrellaron con la barrera dolorosa y fría de los sesenta. Entonces, Cecilia pudo descansar. Sabía que habían pasado los años del gran peligro, que su esposo estaría junto a ella hasta el final de sus días, y se sentía orgullosa porque finalmente ninguna mujer pudo arrancárselo de su lado, ni siquiera las más ávidas cazafortunas, porque Octavio tenía un concepto sólido del matrimonio aunque no de la fidelidad. Nunca se atrevió a cuestionarle su vida íntima, ni sus extrañas costumbres: como aquella de venir cada año a la hacienda, en época de cosecha, sin la menor necesidad real de su presencia.
Regresaba pues cada año, y en las noches salía a caminar, solitario y un poco taciturno, y nunca nadie supo a qué sitio. Pero Cecilia no preguntaba ni censuraba, ni siquiera cuando la asaltaban los temores de que en medio de tantos amoríos borrascosos e indiscriminados pudiera extender la estirpe, procrear bastardía que más adelante reclamase el más digno de los apellidos. Nunca, supo que él hubiera engendrado en otras mujeres, pero no dejaba de preocuparle que Octavio, en algunos de sus deslices, hubiera dejado una criatura de su sangre.
No lo contradijo jamás en sus deseos y empeños, por más tercos que fueran, como aquel de continuar produciendo café en la hacienda, a pesar de que ésta no producía cantidades importantes y que de esa producción no se devengaba tanto como de las exportaciones. Era, se repetía ella, más por honor que por divisas, que Octavio regresaba a la hacienda y ponía su esmero en que siempre pareciera tan nueva y opulenta, tan grandiosa e importante como el primer día. Allí había sido criado. Y en sus manos firmes logró su esplendor, cuando las haciendas ya habían decaído en el Viejo Caldas: el solo hecho de su existencia, de estar levantada allí, en medio de pequeñas fincas, significaba para él que los Vallejo, como siempre, subsistían, y que sus símbolos eran vistos y reconocidos por todos.
Octavio no le ha contado a Cecilia la sentencia definitiva de su médico. Pero una esposa aprende a reconocer en las mínimas gestualidades y en las actitudes más cotidianas, el aviso de una calamidad. Ella ha concluido que Octavio tiene las horas contadas pues le pareció extraño que cancelara su cita infaltable al congreso cafetero, que no le entusiasmara para nada la extraordinaria noticia de que Colombia vendería café como nunca, por las heladas del Brasil, y que lograría el precio más alto de su historia en las bolsas de Londres y Nueva York, y que tampoco saliera como siempre en las noches, a su misterioso paseo nocturno. Y confirma su premonición no sólo al ver su estado cada vez más deplorable y agónico, sino cuando pide que le traigan en el término de la distancia al señor obispo de Manizales.
Cecilia trata de convencerlo de que se vayan a Bogotá, donde estarán más seguros si acaso sufre una recaída, o de que viajen a Londres y se haga revisar de los grandes especialistas. Pero Octavio se niega una y otra vez, lleno de convicción. Sabe que ningún médico del mundo podrá evitar el designio ya señalado: «Ya es hora de terminar mis relaciones con este mundo.»
Con estas mismas palabras recibe Cecilia a Rafael y a Carlota, quienes al saber de la presencia del patriarca en la hacienda, han viajado desde Manizales.
Rafael, un hombre manso de 56 años, es el hijo menor de don Octavio. Y a diferencia de Francisco, su hermano único y encargado de los manejos de exportación y comercialización del café, toda la vida ha estado vinculado sentimentalmente a la tierra, al grano y a la cosecha. Pasa gran parte del tiempo en la hacienda y otra parte en una elegante casa de Manizales, siempre en compañía de su mujer. Simultáneamente se encarga de todos los negocios de la familia en Colombia, es su representante en las juntas regionales cafeteras, y maneja las demás haciendas y fincas de la familia. Rafael sabe de la importancia que tiene para Octavio la hacienda y por eso le dedica más tiempo que a las demás.
Octavio podrá morir en paz, pues sabe que su hacienda, en manos de Rafael, podrá perpetuarse. Y así se lo hace saber en su lecho de muerte. «Tú, y en tu ausencia tus hijos, deberán asegurar que esta hacienda jamás saldrá de las manos de la familia, sea cual fuere la situación.» Rafael vuelve a prometerle que Casablanca jamás será perdida, será el refugio, el santuario, la morada ideal de los Vallejo.
El obispo de Manizales no demora en atender el reclamo de Octavio Vallejo. Su llegada a la hacienda, en su auto oscuro, piloteado por un chofer circunspecto y distante, levanta el estupor de los trabajadores. Carmenza observa a prudente distancia su arribo, y escucha en silencio el rumor que corre entre los trabajadores de que el patriarca agoniza. La actividad de la cosecha se congela.
La noticia es inesperada y hasta cierto punto fantástica: la muerte de un fantasma recóndito… que es precisamente lo que fue siempre Octavio para esos jornaleros y recolectores que ahora, en grupos casi reverentes, se arremolinan en torno a la casa, preguntando a Aurelio por la suerte del patriarca. Su muerte es inminente. La presencia del obispo significa, sin duda alguna, la aplicación de los santos óleos, tal como sucede en la habitación de don Octavio, quien ya ha perdido la lucidez y ha entrado en el trayecto que lo comunicará con la muerte. Carmenza se arrodilla, como todos los demás, y empieza a rezar, al lado de su hija.
A la Gaviota la ha sorprendido que en esta estancia, Carmenza no salió más que una noche del cuartel y regresó temprano. Por lo demás, pasó el resto de las noches con ella, e incluso la acompañó algunas veces hasta la casa de la hacienda para ver a escondidas y a través de la ventana del estar de la casa, el televisor de doña Cecilia que, al igual que ellas, estaba atrapada en el itinerario de una telenovela, que ahora seguía en compañía de Carlota. Gaviota y su madre vienen siguiendo la trama desde el César, e incluso antes desde el Urabá.
Pero mientras en las otras cosechas se les permitía ver televisión en las áreas sociales de las plantaciones, en la hacienda Casablanca no se les brindaba esta oportunidad, y el único televisor que había era el de doña Cecilia, y ella, como era fama entre todos, jamás permitió que un recolector, miembro del estrato más bajo, entrara en su casa a compartir sus esparcimientos. Por ello, Gaviota y Carmenza habían venido siguiendo la telenovela a escondidas, desde la ventana, suponiendo con la imaginación los diálogos que no alcanzaban a escuchar con nitidez.
Al anochecer, la única luz que está encendida en la casa de los Vallejo es la de la habitación de don Octavio, y todos los trabajadores continúan afuera, rodeando la casa, y las mujeres insisten en rezar nuevamente oraciones que permitan la glorificación de su alma. Cientos de familias caficultoras, esparcidas a lo largo de las laderas, y que han escuchado el rumor, aguardan en sus casas, desde donde pueden ver la silueta de la gran finca, la noticia de muerte.
Hay un extraño mutis en la luz de la habitación del patriarca. Y todos entienden que don Octavio ha muerto. Algunas mujeres sueltan con intensidad sus llantos de plañideras, mientras que los hombres se arrodillan en silencio y se dan la bendición. Carmenza, que ha estado postrada orando y observando la habitación, se levanta al ver el cambio de luz y mientras hay consternación general, ella tan sólo se apresura y sale corriendo de allí, en medio de la mirada inquieta de Gaviota, que si bien no entiende el llanto de las mujeres, menos aún la actitud desesperada de su madre.
Se escucha un hondo, impresionante e inesperado sonido proveniente de las montañas. Es un sonido funeral que parece navegar los vientos y que ocupa toda la inmensidad. Es el sonido de un cuerno que alguien toca desde su casa, y que tradicionalmente anuncia que alguien de la región ha fallecido, alguien conocido, significativo, importante: hoy se trata del patriarca lejano del que todos vivieron, del que todos hablaron, del que todos especularon pero que muy pocos llegaron a conocer. Ha muerto don Octavio Vallejo.
Es como si el sonido del cuerno, incesante, se propagara por toda la región, sobrepasara las barreras de la región cafetera y llegara raudo hasta Bogotá, hasta Londres, hasta Nueva York, hasta cada uno de los puntos del universo donde la muerte de Octavio Vallejo va a estallar como una bomba, engendrando las incidencias más insospechadas.
NUEVA YORK, 8 DE SEPTIEMBRE DE 1975 (8 P.M.)
Es como si llegara a una de las calles cercanas de Wall Street, se detuviera frente a una gran edificación y entrara a uno de sus pisos altos, a una confortable pero agitada oficina, donde varios ejecutivos chequean computadores que brindan información de los movimientos de las bolsas, especialmente la de Nueva York y la bolsa del café, el cacao y el azúcar, donde el precio del grano ha estado variando casi todo el día. Los ejecutivos, en su mayoría colombianos, exponen sus teorías a Francisco Vallejo, un veterano exportador que anda por los sesenta años, hijo mayor de Octavio y Cecilia, el primero en la familia en estudiar en el exterior, en abrirle los ojos al viejo Octavio sobre las proyecciones mundiales del café. La oficina que ahora controla, y que tiene dependencias en otras ciudades de Estados Unidos y Europa, se creó con una fuerte inversión del patriarca, pero con el paso de los años Francisco logró darle una mayor relevancia, hasta convertirla en una de las tres más importantes de Colombia, y una de las principales oficinas exportadoras en Estados Unidos. Francisco escucha con gesto de trasnocho y fatiga el incesante balbuceo de sus ejecutivos que analizan las ofertas para el día siguiente, mientras que aún, a esa hora, siguen recibiendo llamadas de los corredores de bolsa y de los clientes americanos que regatean precios a última hora. La helada del Brasil ha desordenado la vida de estos ejecutivos y los ha lanzado a trabajar horas extras, intensas jornadas que requieren de una atención crispada y tensa, pues están en juego millones de dólares. Los teléfonos repican sin cesar, y una de esas llamadas es recibida por la secretaria de Francisco que se ve obligada a interrumpir la junta permanente del experto cafetero. Le hace entender que es urgente, imperioso, que es de Colombia. Francisco toma el aparato; es Cecilia, su madre. Francisco escucha la noticia de la muerte de su padre, y queda estupefacto, nunca creyó que escucharía lo que escucha; también él, como los distantes trabajadores de la hacienda, se acostumbró a creer en la inmortalidad del patriarca.
BOGOTÁ, 8 DE SEPTIEMBRE DE 1975 (8 P.M.)
Es como si el sonido del cuerno se filtrara ahora en la lujosa residencia de Francisco, en Bogotá, donde Ángela, su esposa, termina de recoger las cartas de bridge, mientras planea las actividades para el día siguiente con sus amigas, casi todas esposas de exportadores y de tostadores. Ángela prefiere permanecer en Bogotá cuando Francisco está muy atareado en Nueva York, como ahora con los asuntos de la helada brasileña, y se mantiene con sus amigas jugando en las tardes, o realizando obras de beneficencia para los pobres que, según ella, son su mayor debilidad.
Es en ese preciso instante cuando recibe la llamada de Francisco desde Nueva York, informándole que debe recibirlo en el aeropuerto y los dos tomar un avión hacia la región cafetera, pues su padre ha muerto. Ángela acepta el pedido de su esposo, no sin cierta carga de aflicción. Cuelga el auricular y da la noticia a sus amigas, entre quienes se instala el estupor y el silencio. Luego agrega que le duele la muerte del viejo porque frustra los planes de actividad social que han diseñado para las próximas jornadas, pero que tratará de estar de regreso al día siguiente, después del obligatorio sepelio.
LONDRES, 8 DE SEPTIEMBRE DE 1975 (3 A.M.)
Es como si el sonido del cuerno atravesara ahora el Atlántico, llegara hasta Londres y se detuviera frente a un edificio, de aquellos característicos de esa ciudad, oscilantes entre la lobreguez y la elegancia, y entrara en una habitación, donde una voluptuosa rubia, desnuda bajo las sábanas, observa con furia y decepción a Sebastián, que se viste lentamente, en silencio y con claras señas de derrota. Antes de salir de la habitación, Sebastián solamente le dice, en inglés, «perdóname». En la sala, su primo Iván besuquea sistemáticamente, con furia casi perversa, a dos inglesitas, y al ver el gesto depresivo que tiene Sebastián, no puede evitar sonreírle, burlón: sabe que nuevamente ha fracasado en un lance amoroso.
Sebastián ha cometido el error de confesarle a Iván que jamás ha podido hacerle el amor a mujer alguna. Y se vio forzado a hacerlo desde los primeros días en que empezaron a compartir el apartamento, cuando Iván empezó a urdir, con minuciosa picardía, siempre con los ojos encendidos y el principio de una sonrisa, citas amorosas conjuntas, con varias de sus compañeras de clase, o con algunas vecinas fogosas e inquietas del mismo edificio. Pero, a pesar de la confesión, Iván le aseguraba que la única manera de salir de ese fango y esa opacidad sexuales, era intentándolo, una y otra vez, sin tregua, con fe, hasta superar completamente el trauma. Sebastián, cándido hasta cierto punto, se deja llevar por los consejos de su primo, pero siempre obtiene los mismos resultados infructuosos y queda un tanto más abatido.
Dos años atrás, Sebastián había sido enviado por su familia a Londres, para estudiar Ingeniería Agrícola, siguiendo la afinidad romántica de su padre por la tierra. Iván ya se encontraba en Londres, estudiando economía y era sobresaliente y desenvuelto en las clases, respetado entre los compañeros y obseso reconocido de algunas materias y algunos temas, especialmente aquéllos relacionados con el mundo bursátil y el comercio exterior. En el fondo, sus fijaciones corresponden a la vena de gran negociante internacional, heredada de su padre, Francisco. Iván, al contrario de Sebastián, desprecia la tierra, la vida de las haciendas, y prefiere ver al café, no en su forma primitiva sino transformado, por la magia de la economía y de las transacciones ambiciosas, en acciones de la bolsa internacional. No se cansa ahora de vaticinarle a su primo, con cierta burla latente, que su delirio por el universo agrícola lo mantendrá aislado del mundo, de las grandes metrópolis y de sus mujeres, de las oficinas donde se maneja el negocio del café, de la bullente vida social de las ciudades, y que él, por el contrario, se mantendrá marginado toda su vida, en una granja, alucinado por las «tontas» experiencias naturales. Sebastián, empero, es invulnerable a el mare magnum de mofas y oscuras profecías. La idea de aislarse en una hacienda, haciendo toda clase de «tontos» experimentos con la naturaleza, le resulta algo más que seductora: lo mantendrá alejado de las ciudades y de la tentación carnal de las mujeres. Tal vez por ello ha escogido la ingeniería agrícola: se ha formado la idea de vivir en celibato por el resto de sus días.
El teléfono suena. Sebastián lo contesta, extrañado por la hora, y juzgando que debe tratarse de otra de las amiguitas de Iván. Pero es su madre, Carlota, que llama desde la hacienda para darle la noticia de la muerte de su abuelo. Ella le dice que debe informar lo sucedido a Iván y que ambos deben tomar el primer vuelo hacia Colombia, pues el sepelio se realizará únicamente cuando esté la familia en pleno. Sebastián cuelga muy afligido y con la voz quebrada, comunica el hecho a su primo. Este se queda pensativo, reflexionando, en silencio, sin demostrar mayor sorpresa ni, menos aún, algún dolor. Hay que deshacernos de ellas, dice Iván, señalando a las mujeres que no parecen entender nada y se empeñan en prolongar el ambiente de fiesta borrascosa. Luego se retira a su cuarto y empieza a hacer sus maletas, silencioso y abatido.
Iván, casi siguiendo también en la tónica de fiesta, despide a todas las muchachas, no sin antes comunicarles algo grave, fundamental para su vida: sale de viaje hacia su país, pero volverá, volverá siendo un tipo nuevo; atrás queda desde ahora mismo el simple estudiante de economía, ha nacido un importante hombre del universo del café.
LONDRES, 8 DE SEPTIEMBRE DE 1975
Es como si el sonido del cuerno se trasladara dentro del mismo Londres, y llegara hasta otro edificio, penetrando con su velocidad pasmosa en la habitación de Paula, que duerme profundamente cuando suena el teléfono. Contesta. Es su madre para darle la noticia. La enorme y rubia cabeza de Arthur emerge de las cobijas algo atontada, y trata de preguntar por el motivo de una llamada a esa hora, pero Paula le tapa la boca, angustiada, diciéndole en secreto que es su madre. Después cuelga el teléfono, afectada por la noticia, y le comunica a su novio que debe viajar cuanto antes a Colombia para el sepelio de su abuelo.
Arthur se entusiasma bastante, le dice que la acompañará, que siempre ha querido conocer el país de donde proviene el café más suave del mundo, al que degusta todos los días en las instalaciones de la Organización Internacional del Café (OIC), donde trabaja como catador y donde la conoció, según sus palabras, «la tarde de mi fortuna». Ella se niega, rotunda, no quiere que conozca Colombia, le dice que ése es otro universo y que él jamás podría entenderlo. Pero le asegura, mientras él trata de protestar en inglés y en rudimentario español, que se encontrará de regreso en una semana, a más tardar.
HACIENDA CASABLANCA, 9 DE SEPTIEMBRE DE 1975 (1 P.M.)
Una gran congestión se ha formado en los alrededores de la hacienda. El parqueadero está saturado de vehículos –la gran mayoría elegantes, brillantes, codiciables, pertenecientes a las marcas más exclusivas que se producen en el mundo–; pertenecen a políticos encumbrados de toda la nación, a los ministros de Hacienda y Agricultura, a los representantes de la presidencia de la república, a los exportadores y tostadores, al gerente de la Asociación Cafetera, a familiares y conocidos de los Vallejo y amigos caficultores de la zona, a empleados de las empresas de la familia y administradores de otras fincas del patriarca ausente. Hay también una danza de periodistas con cámaras filmadoras, máquinas de fotografía y grabadoras acechantes. Y más allá de los linderos de la casa, jornaleros y recolectores, curiosos, pequeños caficultores, todos muy serios, todos luciendo sus trajes de ocasión importante.
Gaviota se encuentra en este último grupo. Observa con su madre el movimiento casi histérico que se desarrolla en la hacienda. Carmenza tiene en el rostro las secuelas de una noche de angustia y zozobra, y Gaviota no logra descifrar la agonía interna de su madre. Sabe que muchas de las mujeres trabajadoras de la hacienda lloran por don Octavio Vallejo usando sus artes de plañideras, aprendidas desde la infancia como condimento ideal de los velorios, y que sus gemidos pertenecen más al teatro que a la verdad, pues nunca lo conocieron, ni hablaron con él, ni supieron cómo era y, en muchos casos, ni siquiera tuvieron la feliz opción de saludarlo. Pero su madre, se dice Gaviota, su madre es otro asunto. No es como ellas. Sería incapaz de fingir, de lograr que su rostro fuera visitado por las lágrimas sin una verdad que lo provocara. Existe, cavila la joven, algo muy profundo, algo que pertenece al reino de los secretos impronunciables, algo importante que no será posible preguntar.
Se encuentra sumida en estos pensamientos cuando la llegada de un nuevo automóvil eclipsa su atención, sobre todo cuando de él descienden esos tres jóvenes intachablemente vestidos, como los de las telenovelas que mira su madre, haciendo alarde de un estilo que el dolor no logra fracturar. Se trata de Sebastián, Iván y Paula. Ella los estudia uno a uno, juzgándolos encantadores, pero no puede dejar de reparar con más intensidad en Sebastián: le llama la atención su porte distinguido, poderoso pero dulce, realzado por un par de gafas oscuras que esconden sus ojos de luto, su perfecto traje inglés que le debe estar cocinando con el tremendo calor, sus movimientos suaves, como estudiados, como mandados a hacer también en una fábrica de cosas elegantes.
–Es uno de los nietos de don Octavio –explica Carmenza.
Gaviota observa cómo Sebastián abraza afligido a su abuela, a sus padres, mientras que Iván parece más seco, parco en el saludo a los suyos y más interesado en los invitados que inundan la casa que en el dolor de las circunstancias.
–Pero mamá –estalla la Gaviota–, en esa finca parece que ocurriera más bien como una fiesta… eh, eso tiene de todo menos de velorio. ¿Será que alguien allá se acuerda del muerto?
Y tiene razón. El sepelio de don Octavio Vallejo se ha convertido en una reunión extraordinaria del Congreso Cafetero. Francisco, que no ha parado un solo instante de recibir llamadas de sus ejecutivos en Nueva York, pidiendo instrucciones de venta, es la estrella, el centro de atracción: ha estado, más que cualquier otro, en los pormenores de la naciente bonanza, viviendo las incidencias de la subida del precio del grano. Todos allí hacen pronósticos sobre el tiempo que durará la helada y el precio que alcanzará el café colombiano, cruzan negocios tentativos, comentan posibles estrategias de mercado. Iván, el más entusiasta con el tema, parece adquirir una vitalidad enorme cuando toma la palabra. Y la toma cada instante, hasta que debe interrumpir sus fogosas pláticas para atender a Lucrecia, su novia oficial, que se encuentra allí hace tiempo, y le reprende agriamente por no haberle avisado que vendría a Colombia al sepelio de su abuelo. Iván la calma con un par de palabras y una mirada severa, y le presenta a Marcos Trujillo, joven caficultor, amigo de Sebastián que, a diferencia de los Vallejo, prefirió quedarse en Pereira y no especializarse en el exterior, para estar al frente de su finca cafetera, y sobre todo, de la política, según él, su obsesión principal.
Dos familiares más se suman al cortejo. Ángela y Bernardo, el hijo menor de Francisco, un hombre que parece esculpido en roca, silencioso, ordenado, puntual y sistemático como un reloj suizo, al que jamás se le ha conocido romance alguno. Trabaja para su padre, viajando por el mundo, especialmente por los países asiáticos como el Japón, en busca de nuevos clientes.
Y Marcela, hermana menor de Sebastián, joven excéntrica que desertó de la familia apenas terminó la secundaria, para irse a París a estudiar teatro. Considerada la oveja negra por su abierta oposición al mundo de la burguesía y por no querer terminar hundida en el universo del café. Ella asegura que su familia solamente puede hablar con el corazón y ponerse sentimental cuando habla de café, y este sepelio no es más, para ella, que otra confirmación de su teoría.
Ángela, que ha estado llamando al aeropuerto, corriendo su reservación a medida que se prolonga el sepelio, les dice a todos que en vista de que ya toda la familia está reunida, se deben iniciar las honras fúnebres, alegando que entre más breves y lacónicas sean éstas, menos dolorosas serán para la abuela Cecilia.
La gran procesión parte de la hacienda. Adelante, el coche fúnebre, seguido por los carros de los familiares e invitados, y más atrás los carros de los empleados, y por último, a pie, los jornaleros y recolectores, y entre ellos Gaviota y su madre.
la oveja negra
necesito urgente
necesito urgente, error en correo este es el verdadero
EXITE ALGUN RESUMEN
podria tener un resumen de este libro de Cafe con Aroma de Mujer yo vi la telenovela y voy a leer el libro
gracias ya lo imprimi